Ruby Vizcarra: Modelo
Dormía en la casita que rentaba mi tía Rosa, enseguida del hogar de mi abuela Cande. Mi tía se había ido a Salamanca, Gto. a curarse de un mal de amores y yo cuidaba los dos cuartos que, pertenecían a su refugio, una sala de estar y la cocina que improvisó como habitación, ah, un baño a un costado de la sala. En esos días, cursaba el primer año de secundaria, en la E.T.I. No. 49. En el Barrio Lindo, casi todos éramos adolescentes, la mayoría, estudiantes de diferentes centros educativos, otros, ya contaban con un trabajo fijo y, algunos (como Ramón, el Naranjitas), iniciaban su propio negocio. Aún nos sentábamos en las noches a charlar, siempre en la esquina de la tienda de don Silvino Cárdenas, es increíble, pero sus hijos, nunca jugaron con nosotros, tampoco los requerimos, eran sangre pesada. Sin embargo, tengo que contarles algo, debido a mis actividades, como el grupo de danza, la selección de volibol y las exigencias de la misma escuela, cuando iba a la cama, moría, nadie podía despertarme a deshoras, mi abuela decía que mi sueño era como si estuviera en otro mundo, por eso, nunca escuchaba los gritos de la gente, ni lo que sucedía en el barrio. Esa noche, una pesadilla me sacudió, soñaba al río Cuale, el río estaba revuelto, como cuando llueve un día entero o toda la noche, iba lleno de lodo y ramas, a un costado, pegado a los cimientos de un edificio, una gran sarta de perros muertos flotaba, y eran arrastrados por el agua. Fue tan real aquél mal sueño, que desperté. De pronto, sentí cerca de mí una respiración agitada, pensé que era un aparecido, alguien del más allá que buscaba ayuda. Dormía en ropa interior, por las fuertes temperaturas de esas noches, cruzábamos el mes de junio. Con más precaución que miedo, pregunté quién era, qué se le ofrecía, al mismo tiempo, cogí una gran almohada que me habían regalado en un viaje a Los Mochis, Sinaloa, e intenté cubrirme cuando imaginé que me veía, pero… Sólo escuchaba su respiración. En ese instante, mi abuela empezó a mover sus cosas, la escuché, él también y se echó encima de mí "Si gritas, te mato" -dijo. Tenía un brazo sobre mi cuello y con la otra mano, hacía como si trajera un cuchillo. Pensé que, si fuera un arma, brillaría, tendría algún resplandor en la oscuridad, en eso, soltó cuello y empezó a acariciar una de mis piernas, advertí que corría peligro, que el tipo no era ningún fantasma y que iba a violarme, entonces, armándome de valor grité: ¡Abuela, hay un hombre aquí! "Te dije que no gritaras" Soltó un golpe con el puño, me aflojó los dientes de enfrente y salió corriendo, por poco y se cruza con mi abuelita. Ella lo persiguió, mientras yo continuaba con mis alaridos para que se regresara, temía que él, le diera un mal golpe, yo tan solo lo vi de espalda cuando huía, andaba descalzo, sin camisa, únicamente vestía un pantalón corto. Luego, mi abuela vino y me preguntó si me había hecho algo, le dije que no, que solamente me había pegado en la boca. Yo dormía con la ventana de la sala abierta, éste, metió la mano y llegó a la chapa, abrió, alguien como él, debió decirle cómo era la vivienda por dentro. En ese momento, ante tanta trifulca, la calle se llenó de vecinos. Yo intentaba cubrirme con la almohada, porque muchos de los inquilinos, ya estaban frente a mí. Dios, todo ocurrió tan rápido. Al día siguiente tenía examen de biología en la secundaria. Debía dejar todo este asunto y concentrarme en lo que me esperaba en la escuela. Al tiempo, en la última noche del año viejo, una amiga fue violentada en su habitación, enfiestados, con unas copas de más, ella se fue a dormir. El tipo subió por el tamarindo que daba a su residencia y abusó de ella. Nosotros, los bailarines del grupo de danza Xalixtlico, recibimos el año nuevo en el "Rancho Grande", de ahí, nos encaminamos a la discoteca "Los Lobos" y ahí amanecimos, junto con los maestros y los papás de algunos. Cuando llegué a mi hogar, ya era de día, día para mi abuelita que madrugaba, entonces dejé mis trajes y me dirigí a la cama, cuando desperté, ella, me dijo que me encaminara a la casa de una de mis amigas, porque algo muy malo había pasado. Llegué, su hermana me contó lo ocurrido, nos dirigimos a su recámara, lloraba en silencio y yo, no me atreví a cuestionarla. Ella no volvió a ser la misma, como que si el maldito que la transgredió, también le hubiera arrebatado el espíritu. Hoy, pienso que fue el mismo que entró a la casa de mi tía Rosa. Vendía drogas en el barrio, vivía contra esquina de la tienda de don Silvino, lo apodaban “el Pichi”. El tamarindo donde jugábamos de niñas, el tamarindo en donde colgamos el columpio para divertirnos, el tamarindo de nuestra niñez, fue el único testigo.
Navojoa, Son. Septiembre/17/2017

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