domingo, agosto 27, 2023

Elia Casillas: FIL, POR ESTA HEBRA

 


Corro en el aire contigo,

 

y la tez invoca los labios 

 

que desde ayer respiran tu partida,

 

muerte lenta en atónitos huesos,

  

el velo blanco de este sigilo

 

y su fulgor palpitan

 

en el corazón frío de esta casa.

 

Cierro el espacio 

 

y al elevarnos en la chispa

 

somos dos naturalezas inventadas

 

por la providencia carnal

 

que nos da un rostro nuevo. 

 

Flechazo y albur,

 

piezas unidas en el mismo sitio,

 

cuando a la contemplación le faltó un punto

 

y ganaba arrogancia     

 

las manos vieron tus ojos

 

en el lente caprichoso de la suerte.

 

Averiguo tu perfil en orfandad que domina,

 

porque la inclemencia llegó con tu silueta,

 

cabalgo con siete gatos en arena de ratas,

 

perdida en el sueño de mi cobija vacía

 

y con la falda llena de rumores,

 

me ahorco en la negligencia de esta cuerda,

 

y en mi timidez de ave

 

observo a través del espejo

 

que el maquillaje no me dio otra cara para resistir.

 

Desde alguna luneta se reproduce esta vivienda,

 

donde envuelves el mantel de mi tiempo

 

tan nocturno, traslúcido

 

y la pimienta de estas manos consumidas

 

saben de ti, pestañeo,

 

y pinto una sonrisa enamorada en el rostro

 

con la ceniza de mis golpes.

 

¿Por qué no grito para que desaparezca 

 

el hoyo infeliz

 

que aspira lentamente mis vigilias?

 

¿Por qué no me descoso

 

y vuelo dentro del abismo sanguíneo

 

y palpo el arcoíris de los cuerpos que me forman?

 

Cerco el tragaluz de los muslos,

 

estás en mi oscurecer bebiéndote las sienes,

 

hincado en el quicio de la falda

 

bramándole a mi luna. 

 

Nadie frena el tiempo,

 

cayó la noche con cepillo sorprendente

 

y limpió todo.

 

Prisionera, con alma de dado me deslizo

 

sin un te quiero que malvenda el cuerpo,

 

alguien que le diga a mis hormonas,

 

que es hora de plagiar a los pájaros

 

que bajan la cortina,

 

para liarse en los pechos de la luna.

 

Veo desde este cordón el puente

  

que inventaron tus dedos

 

entre mi espalda y tu corazón,

 

cuando ajustamos flor

 

y macho, en mis perniles de lodo,

 

cuando el querer nos sabía a tierra

 

erizaste mi soledad

 

en la caldera de tu abrazo.







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