Corro en el aire contigo,
y la tez invoca los labios
que desde ayer respiran tu partida,
muerte lenta en atónitos huesos,
el velo blanco de este sigilo
y su fulgor palpitan
en el corazón frío de esta casa.
Cierro el espacio
y al elevarnos en la chispa
somos dos naturalezas inventadas
por la providencia carnal
que nos da un rostro nuevo.
Flechazo y albur,
piezas unidas en el mismo sitio,
cuando a la contemplación le faltó un
punto
y ganaba arrogancia
las manos vieron tus ojos
en el lente caprichoso de la suerte.
Averiguo tu perfil en orfandad que
domina,
porque la inclemencia llegó con tu
silueta,
cabalgo con siete gatos en arena de
ratas,
perdida en el sueño de mi cobija vacía
y con la falda llena de rumores,
me ahorco en la negligencia de esta
cuerda,
y en mi timidez de ave
observo a través del espejo
que el maquillaje no me dio otra cara
para resistir.
Desde alguna luneta se reproduce esta
vivienda,
donde envuelves el mantel de mi tiempo
tan nocturno, traslúcido
y la pimienta de estas manos consumidas
saben de ti, pestañeo,
y pinto una sonrisa enamorada en el
rostro
con la ceniza de mis golpes.
¿Por qué no grito para que
desaparezca
el hoyo infeliz
que aspira lentamente mis vigilias?
¿Por qué no me descoso
y vuelo dentro del abismo sanguíneo
y palpo el arcoíris de los cuerpos que
me forman?
Cerco el tragaluz de los muslos,
estás en mi oscurecer bebiéndote las
sienes,
hincado en el quicio de la falda
bramándole a mi luna.
Nadie frena el tiempo,
cayó la noche con cepillo sorprendente
y limpió todo.
Prisionera, con alma de dado me deslizo
sin un te quiero que malvenda el cuerpo,
alguien que le diga a mis hormonas,
que es hora de plagiar a los pájaros
que bajan la cortina,
para liarse en los pechos de la luna.
Veo desde este cordón el puente
que inventaron tus dedos
entre mi espalda y tu corazón,
cuando ajustamos flor
y macho, en mis perniles de lodo,
cuando el querer nos sabía a tierra
erizaste mi soledad
en la caldera de tu abrazo.

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