CHICOGRANDE
armando vega-gil
Allí va un hombre, un hombre atroz, hermoso y vil como un sol de granate montado en el lomo que hierve de un caballo: es él una estopa de piel hendida, hilacho de carne, sus adentros están rotos por un proyectil de plomo. ¿Está vivo? O...
--¿Pues qué traes, Chicogrande, qué traes? ¿Estás muerto, hermano, soldado del pueblo, miliciano del futuro?
En él, dentro de sí, la frontera de la vida y el silencio absoluto se desborra, va y viene apenas en un pendular exultante, como los cascos de la bestia de crines endurecidos por los coágulos que vomita el hombre, un hombre que es algo más que un hombre: él es «todos los hombres de la tierra» vueltos un esfuerzo que sólo un dios desgarrado puede ofrendar. El alazán que lleva en ancas el suspiro de este mensajero, de este salvador, se dobla bajo el peso del mundo, una nada tan densa y apretada sobre la respiración superficial de un pulmón anegado en sangre, que va a quién sabe dónde, quizá allá, atrás de ese cerro donde Dios se detuvo a llorar por todos los muertos de esta revolución que va a ninguna parte, por los rumbos de la noche interminable de la sierra. Lo persigue un pelotón de soldados yanquis para dar con Villa, él es un señuelo, es un frente a descubierto, lo sabe.
--¿Estoy vivo o estoy muerto?
--¿Pues qué traes, Chicogrande, qué traes? Claro que estás vivo. ¡Ándale pues! No te derrumbes, no mires hacia dentro, hacia la oscuridad que ya te cubre en el pequeño paraje interno que te aprisiona. Tienes una tarea, debes cumplirla a pesar de todo, a pesar de ti mismo; no puedes morir ahora, que morir es tan fácil, lo que es difícil es vivir correctamente y tu vas trotando en un caballo que eres tú mismo, como un centauro, como el Centauro del Norte, pues él te espera con la pierna destrozada en una cueva perdida en la inmensidad extraviada. No, no permitas que den con él, sálvalo. No me mires así, no te desangres, ¿pues qué traes, Chicogrande, qué traes?
Su brazo está tenso, apunta con una arma al médico yanqui que puede salvar a Francisco Villa, y Chicogrande y Villa están unidos por los vasos comunicantes de la agonía. Pero uno debe sobrevivir, y Chicogrande ya no está en su cuerpo, se ha ido, pero no tan lejos, no, señores, él está aún asido al cuerpo que es ya un cadáver, él ya es otro, y como todos los que van ya en pos de la muerte, es azuzado por un estallido de vida, un segundo aire, la lucidez que recobra el alma y la carne para bien despedirse del mundo, despedirse como un hombre de honor, como un dorado de Villa.
--¿Pues qué traes, Chicogrande, qué traes? Ya llevas a punta de pistola al médico para el general Villa, no caigas, no desmayes, no mueras. Habla, grita. ¡Viva Villa, jijos de la chingada! ¡Pinches gringos asesinos! Tú lo sabes bien, lo sabes mejor que nadie, la vida de Villa es la suma de todas nuestras vidas, y todos nuestros alientos es su respiración, y el tamborileo de nuestros corazones y la fiebre y la tos del general son nuestras. Para todos todo, para nosotros nada. La guerra no debe concluir, no así, no deben vencernos. Resiste. Resiste. Que los que buscan a Villa te vienen pisando la sombra. Van por su cabeza, quieren llevarlo como un trofeo de regreso a Arizona o a Texas o a California. La venganza de El Álamo.
Pero la muerte al fin define su territorio y se lleva el ánima del hombre. Pero un cadáver cabalga aún por la montaña, y el pelotón de cazadores persigue a un fantasma. La vida persiste, pues, luego de la muerte, y permanecemos como un acto en el mundo.
--¿Pues qué traes, Chicogrande, qué traes, que vienes atado a tu silla de montar con unas ramas de mezquite, y corres por los valles y las barrancas con los rangers siguiéndote a ninguna parte? Tú vas a cumplir con tu misión con la dignidad de un héroe, ellos no, ellos no saben de honor ni de sabiduría, ellos son sólo perros de caza, una jauría de galgos rubios y colorados envenenados por el odio y la discriminación. No, Chicogrande, no dejes de cabalgar jamás, que todos vamos ahora en las ancas de tu alazán yendo a hacia allá, ¡mira!, tras ese cerro donde Dios se detuvo a llorar por todos los muertos que cobró una revolución que no nos llevó a ningún lado.
Cabalga en paz, Chicogrande, vamos contigo.

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