miércoles, diciembre 06, 2023

Vladímir Mayakovski

 


Puerto
 

Sábanas de agua debajo del vientre.
Rasgadas en olas por los blancos dientes.
Era el gemido de la chimenea-como si anduvieran
el amor y la lujuria por la chimenea de cobre.

Se arrimaron las lanchas a las salidas de las cunas
a chupar a la madre de hierro.
En las orejas de los sordos barcos
ardían los aretes de las anclas.


¿Y usted podría?
 

De un golpe manché el mapa de los días,
salpicando la pintura del frasco;
y mostré en el plato de aspic
los oblicuos pómulos del océano.

En las escamas de un pez de estaño
he leído el llamado de nuevos labios.
¿Y usted
un nocturno tocar
podría
en la flauta de los tubos del desagüe?


Unas cuantas palabras acerca de mí mismo
 

Me gusta ver morir a los niños.
¿Usted notaría la cresta de la risa, la ola brumosa
tras la trompa de la tristeza?
Yyo—
en las calles de lectura—
tan a menudo he hojeado tomos de ataúdes.
La media noche
con húmedos dedos me tienta
a mí
y a la apisonada cerca,
y con las gotas del aguacero sobre las calvas cúpulas
galopa enloquecida la catedral.
Veo a Cristo huir del icono
mostrando al viento sus heridas
besadas llorando por el barro.
Grito al letrero de "Prohibido",
hundiré el puñal de palabras poseídas
en las henchidas carnes del cielo:
"¡Sol!
¡Padre mío!
¡Sé al menos compasivo y no me atormentes!
Es en ti que mi sangre derramada fluye en costosos hilos.
¡Es mi alma la que está,
cual jirones de nube desgarrada
en el cielo calcinado,
en la oxidada cruz del campanario!
¡Tiempo!
¡Al menos tú, lisiado peregrino,
pinta mi rostro
para la deforme capilla de los siglos!
¡Estoy solo, como el último ojo
de un hombre que va hacia los ciegos!"


Mamá y el crepúsculo asesinado
por los alemanos
 

Por negras calles blancas madres
se alargan convulsas, como bajo luz de lápida,
llorando por aquellos que gritaron sobre el enemigo vencido:
"¡Ay, cierren, cierren los ojos de los periódicos!"
Carta.
¡Mamá, más alto!
Humo.
Humo.
¡Humo aún!
¿Qué me murmura, mamá?
Vea
¡todo el aire está inundado
por las piedras arrancadas por la metralla!
¡Ma-má-a-á!
Ahora arrastraron al crepúsculo herido
Aguantó mucho,
romo,
rugoso,
y de pronto—
vencidos sus poderosos hombros—
rompió en llanto, el pobre, en brazos de Varsovia.
Las estrellas con sus pañuelos de algodón azul
berreaban:
"¡Muerto,
querido,
querido mío!"
Y el ojo de la luna nueva miraba espantado
el puño muerto con los cartuchos vacíos.
Corrieron a ver los pueblos lituanos
cómo, besando los trenzados barrotes,
con lágrimas de los dorados ojos de las iglesias,
los dedos de las calles fracturaba Kovna.
Y el crepúsculo gritaba,
sin piernas,
sin brazos:
¡No es verdad,
yo puedo aún,
eh:
Agarrando el ritmo de la ardiente mazurca
puedo desternillarme mi pardo bigote!
Campana.
¿Qué
mamá?
Blanca, blanca como bajo luz de lápida,
¡Déjelo!
Acerca de él,
del muerto, un telegrama.
"¡Ay, cierren,
cierren los ojos de los periódicos!"


¡Escuchen!
 

¡Escuchen!
Si las estrellas se encienden,
¿quiere decir que alguien quiere que ellas estén?
¿quiere decir que alguien llama a estos escupitajos?
¿quieren decir que alguien llama a estos escupitajos
perlas?
Y, agotado
en la borrasca de polvo del mediodía,
irrumpe ante Dios;
teme haber llegado tarde,
llora,
le besa la nudosa mano,
pide
¡que sin falta haya una estrella!
jura
¡no soportará este tormento sin estrellas!
Y después
camina ansioso,
pero tranquilo por fuera.
Le dice a alguien:
"¿Ahora estás bien?
¿No tienes miedo?
¡¿Sí?!"
¡Escuchen!
Si las estrellas
se encienden,
¿quiere decir que a alguien le hacen falta?
¡¿quiere decir que es necesario,
que cada tarde
sobre los tejados
se encienda al menos una estrella?!

A sí mismo, amado, dedica estos versos
el autor
 

Las cuatro.
Pesadas como un golpe.
"Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios."
Y a aquél
como yo,
¿a dónde se le escurre?
¿Dónde hay una guarida preparada para mí?
Si fuera yo
pequeño,
como el Gran Océano,
de puntas me pararía a mis anchas,
en la pleamar resarciría a la luna.
¿Dónde encontraré una amada
tal como yo?
¡Ésa no cabría en este minúsculo cielo!
¡Oh, si fuera indigente!
¡Como un millonario!
¿Qué es el dinero para el alma?
¡Un ladrón insaciable!
A la desordenada horda de mis deseos
no le basta el oro de todas las Californias.
¡Si yo fuera tartamudo
como Dante o Petrarca!
¡El alma de alguna encendería!
¡Ordenaría a los versos reducirla a cenizas!
Y las palabras
y mi amor
son un triunfal arco:
Suntuosamente,
sin rastro pasan a través de él
los amantes de todos los siglos.
Oh, si fuera yo
callado
como el trueno,
el galope estremecería la tierra decrépita.
Si yo
todo su poder
arrancara a mi voz enorme,
los cometas romperían sus brazos encendidos,
cayendo con tristeza.
Con los rayos de mis ojos mordería la noche,
¡oh, si fuera yo
opaco,
como el sol!
¡Me es tan necesario
que me den a beber leche
del regazo agotado de la tierra!
Paso,
arrastrando mi amor inmenso.
¿En qué noche
delirante,
enferma,
qué Goliaths me parieron
tan grande
y tan innecesario?



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