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Thursday, February 28, 2019

Mijaíl Bulgákov: La toalla con el gallo rojo


 A quien no haya viajado a caballo por perdidos caminos vecinales, no tiene sentido que le cuente nada de esto: de todas formas no lo entendería. Y a quien ha viajado, prefiero no recordarle nada.
Seré breve: mi cochero y yo recorrimos las cuarenta verstas que separan la ciudad de Grachovka del hospital de Múrievo exactamente en un día. Incluso con una curiosa exactitud: a las dos de la tarde del 16 de septiembre de 1917 estábamos junto al último almacén que se encuentra en el límite de la magnífica ciudad de Grachovka; a las dos y cinco de la tarde del 17 de septiembre de ese mismo e inolvidable año de 1917, me encontraba de pie sobre la hierba aplastada, moribunda y reblandecida por las lluvias de septiembre, en el patio del hospital de Múrievo. Mi aspecto era el siguiente: las piernas se me habían entumecido hasta tal punto que allí mismo, en el patio, repasaba confusamente en mi pensamiento las páginas de los manuales intentando con torpeza recordar si en realidad existía -o lo había soñado la noche anterior, en la aldea Grabílovka- una enfermedad por la cual se entumecen los músculos de una persona. ¿Cómo se llama esa maldita enfermedad en latín? Cada músculo me producía un dolor insoportable que me recordaba el dolor de muelas. De los dedos de los pies ni siquiera vale la pena hablar: ya no se movían dentro de las botas, yacían apaciblemente, parecidos a muñones de madera. Reconozco que en un ataque de cobardía maldije mentalmente la medicina y la solicitud de ingreso que había presentado, cinco años atrás, al rector de la universidad. Mientras tanto, la lluvia caía como a través de un cedazo. Mi abrigo se había hinchado como una esponja. Con los dedos de la mano derecha trataba inútilmente de coger el asa de la maleta, hasta que desistí y escupí sobre la hierba mojada. Mis dedos no podían sujetar nada y de nuevo yo, saturado de todo tipo de conocimientos obtenidos en interesantes libros de medicina, recordé otra enfermedad: la parálisis.
“Parálisis”, no sé por qué me dije mentalmente y con desesperación.
-Hay que… -dije en voz alta con labios azulados y rígidos-, hay que acostumbrarse a viajar por estos caminos.
Al mismo tiempo, por alguna razón miré con enfado al cochero, aunque él en realidad no era el culpable del estado del camino.
-Eh… camarada doctor -respondió el cochero, también moviendo a duras penas los labios bajo sus rubios bigotillos-, hace quince años que viajo y todavía no he podido acostumbrarme.
Me estremecí, miré melancólicamente la descascarada casa de dos pisos, las paredes de madera rústica de la casita del enfermero, y mi futura residencia, una casa de dos pisos muy limpia, con misteriosas ventanas en forma de ataúd. Suspiré largamente. En ese momento, en lugar de las palabras latinas, atravesó mi mente una dulce frase que, en mi cerebro embrutecido por el traqueteo y el frío, cantaba un grueso tenor de muslos azulados:
…Te saludo… refugio sagrado…
Adiós, adiós por mucho tiempo al rojizo-dorado teatro Bolshói, a Moscú, a los escaparates… ay, adiós.
“La próxima vez me pondré la pelliza… -pensaba yo con enojo y desesperación, mientras trataba de arrancar la maleta sujetándola por las correas con mis dedos rígidos-, yo… aunque la próxima vez ya será octubre… y entonces ni dos pellizas serán suficiente. Y antes de un mes no iré, no, no iré a Grachovka… Piénsenlo ustedes mismos… ¡fue necesario pernoctar por el camino! Habíamos recorrido veinte verstas y ya nos encontrábamos en una oscuridad sepulcral… la noche… tuvimos que pasar la noche en Grabílovka… el maestro de la escuela nos dio hospedaje… Y hoy por la mañana nos pusimos en camino a las siete… Y el coche viaja… por todos los santos… más lento que un peatón. Una rueda se mete en un hoyo y la otra se levanta en el aire; la maleta te cae en los pies… luego en un costado y más tarde en el otro; luego, te vas de narices y un momento después te golpeas en la nuca. Y la lluvia cae y cae, y no cesa de caer, y los huesos se entumecen. ¡¿Acaso me habría podido imaginar que a mediados de un gris y acre mes de septiembre alguien puede congelarse en el campo como en el más crudo invierno?! Pues resulta que sí. Y en su larga agonía no ve más que lo mismo, siempre lo mismo. A la derecha un campo encorvado y roído, a la izquierda un marchito claro, y junto a él, cinco o seis isbas grises y viejas. Parecería que en ellas no hay ni un alma viviente. Silencio, sólo silencio alrededor…”
La maleta cedió por fin. El cochero se acostó con la barriga sobre ella y la arrojó directamente hacia mí. Yo quise sujetarla de la correa pero mi mano se negó a trabajar, y entonces mi hinchada y hastiada compañera -llena de libros y de toda clase de trapos- cayó directamente sobre la hierba, golpeándome fuertemente las piernas.
-Oh, Dios… -comenzó a decir el cochero asustado, pero yo no le recriminé: mis piernas no me servían para nada.
-¡Eh! ¿Hay alguien ahí? ¡Eh! -gritó el cochero, y agitó los brazos como un gallo que agita las alas-. ¡Eh, he traído al doctor!
En ese momento, en las oscuras ventanas de la casa del enfermero aparecieron unos rostros y se pegaron a ellas; se oyó el ruido de una puerta y vi cómo, cojeando por la hierba, se dirigía hacia mí un hombre con un abrigo roto y unas botas pequeñas. El hombre se quitó la gorra respetuosa y apresuradamente, llegó hasta unos dos pasos de donde yo me encontraba, por alguna razón sonrió con recato, y me saludó con voz ronca:
-Buenos días, camarada doctor.
-¿Quién es usted? -pregunté yo.
-Soy Egórich -se presentó el hombre-, el guardián de este lugar. Le hemos estado esperando y esperando…
Al instante cogió la maleta, se la echó al hombro y se la llevó. Yo le seguí cojeando, tratando inútilmente de meter la mano en el bolsillo de los pantalones para sacar la cartera.
El ser humano necesita en realidad muy poco. Pero ante todo le hace falta el fuego. Al ponerme en camino hacia el lejano Múrievo, cuando aún me encontraba en Moscú, me había dado a mí mismo la palabra de comportarme como una persona respetable. Mi aspecto juvenil me había envenenado la vida en un comienzo. Cuando me presentaba ante alguien, invariablemente debía decir:
-Soy el doctor tal.
Y todos, ineludiblemente, arqueaban las cejas y preguntaban:
-¿De verdad? Hubiera creído que era usted un estudiante todavía.
-No, ya he terminado la carrera -respondía con aire hosco, y pensaba: “Lo que necesito es un par de gafas.” Pero no tenía para qué usar gafas, ya que mis ojos estaban sanos y su claridad aún no había sido enturbiada por la experiencia de la vida. Al no tener la posibilidad de defenderme de las eternas sonrisas condescendientes y cariñosas con ayuda de unas gafas, traté de desarrollar unos hábitos especiales que inspiraran respeto. Procuraba hablar pausadamente y con autoridad, intentaba controlar los movimientos bruscos, trataba de no correr -como corren los estudiantes de veintitrés años que apenas han terminado la universidad-, sino de caminar. Transcurridos muchos años, ahora comprendo que todo eso se me daba, en realidad, bastante mal.
En ese momento había infringido mi tácita norma de conducta. Estaba sentado, hecho un ovillo y en calcetines, y no en el gabinete sino en la cocina, y, como un adorador del fuego, me acercaba con entusiasmo y apasionamiento a los troncos de abedul que ardían en la estufa. A mi izquierda había un cubo puesto al revés; sobre él estaban mis botas y junto a ellas un gallo pelado y con el cuello ensangrentado. Junto al gallo estaban, formando un montoncito, sus plumas de diversos colores. Pero el caso es que, aun en ese estado de entumecimiento, había tenido tiempo de realizar una serie de cosas que exigía la vida misma. A Axinia, una mujer de nariz puntiaguda, esposa de Egórich, la había confirmado en su puesto de cocinera. Y, como consecuencia, a manos de Axinia pereció un gallo. ¡Y debía comérmelo yo! Ya había conocido a todo el personal. El enfermero se llamaba Demián Lukich, las comadronas, Pelagueia Ivánovna y Ana Nikoláievna. También había tenido tiempo de recorrer el hospital y, con la más absoluta claridad, me había convencido de que su instrumental era abundantísimo. Al mismo tiempo, y con la misma claridad, tuve que reconocer (para mi, por supuesto) que el uso de muchos de aquellos instrumentos que brillaban virginalmente me era por completo desconocido. No sólo no los había tenido nunca en mis manos sino que, hablando con franqueza, ni siquiera los había visto.
-Hmm… -murmuré con aire de gran importancia-, tienen ustedes un instrumental magnífico. Hmm…
-Por supuesto -anotó dulcemente Demián Lukich-, es el resultado de los esfuerzos de su antecesor, Leopold Leopóldovich. Él operaba de la mañana a la noche.
Sentí un sudor frío en la frente y miré con tristeza los pequeños armarios que brillaban como espejos.
Después recorrimos las salas vacías y me convencí de que en ellas podrían caber con facilidad hasta cuarenta enfermos.
-Leopold Leopóldovich tenía a veces hasta cincuenta enfermos internados en el hospital -me consoló Demián Lukich, mientras Ana Nikoláievna, una mujer que tenía una corona de cabellos grises, dijo:
-Usted, doctor, tiene un aspecto tan joven, tan joven… En verdad es asombroso. Parece usted un estudiante.
“¡Diablos -pensé yo-, como si se hubieran puesto de acuerdo, palabra de honor!”
Y murmuré entre dientes, con sequedad:
-Hmm… no, yo… es decir yo… sí, tengo un aspecto muy joven…
Luego bajamos a la farmacia, y de inmediato vi que en ella no faltaba absolutamente nada. En las dos habitaciones -un tanto oscuras- olía fuertemente a hierbas y en las estanterías se encontraba todo lo que se podía desear. Incluso había medicamentos extranjeros de patente, y quizá no haga falta añadir que jamás había oído hablar de ellos.
-Los encargó Leopold Leopóldovich -me informó orgullosamente Pelagueia Ivánovna.
“Ese Leopold Leopóldovich era de verdad un genio”, pensé, y sentí un enorme respeto hacia el misterioso Leopold, que había abandonado el hospital de Múrievo.
El hombre, además del fuego, necesita poder habituarse. Me había comido el gallo hacía mucho tiempo. Egórich había rellenado para mí el jergón de paja y lo había cubierto con sábanas. Una lámpara ardía en el gabinete de mi residencia. Estaba sentado y, como encantado, miraba el tercer logro del legendario Leopold: la estantería estaba llena de libros. Conté rápidamente unos treinta tomos sólo de manuales de cirugía, en ruso y en alemán. ¡Y cuántos tratados de terapia! ¡Maravillosos atlas encuadernados en piel!
Se acercaba la noche y yo comenzaba a acostumbrarme.
“No tengo la culpa de nada -pensaba de manera insistente y atormentadora-; tengo un diploma con quince sobresalientes. Yo les había advertido en la ciudad que quería venir como segundo médico. Pero no. Ellos sonrieron y dijeron: ‘Ya se acostumbrará.’ Vaya con el ‘ya se acostumbrará’. ¿Y si alguien llega con una hernia? Díganme. ¿Cómo me voy a acostumbrar a ella? Pero, sobre todo, ¿cómo va a sentirse el herniado en mis manos? Se acostumbrará, sí, pero en el otro mundo (en ese momento una sensación de frío me recorrió la columna vertebral)…
“¿Y un caso de peritonitis? ¡Ja! ¿Y la difteria que suelen padecer los niños campesinos? Pero… ¿cuándo es necesario practicar una traqueotomía? Tampoco me irá muy bien sin la traqueotomía… ¿Y… y… los partos? ¡Había olvidado los partos! ¡Las posiciones incorrectas! ¿Qué voy a hacer? ¡Ah, qué persona tan irresponsable soy! Nunca debí haber aceptado este distrito. No debí haberlo aceptado. Se hubieran podido conseguir a algún Leopold.”
En medio de la tristeza y el crepúsculo, me puse a caminar por el gabinete. Cuando llegué a la altura de la lámpara vi cómo, en medio de la ilimitada oscuridad de los campos, aparecía en la ventana mi pálido rostro junto a las lucecitas de la lámpara.
“Me parezco al falso Dimitri”, pensé de pronto tontamente, y volví a sentarme al escritorio.
Durante dos horas de soledad me martiricé, y lo hice hasta tal punto que mis nervios ya no podían soportar los miedos que yo mismo había creado. Entonces comencé a tranquilizarme e incluso a hacer algunos planes.
Bien… Dicen que ahora hay pocos pacientes. En las aldeas están agramando el lino, los caminos son impracticables… “Justamente por eso te traerán un caso de hernia -retumbó una voz severa en mi cerebro-, porque alguien que tiene un resfriado (o cualquier enfermedad sencilla) no vendrá por estos caminos, pero a alguien con una hernia lo traerán, ¡puedes estar tranquilo, querido colega!”
La observación no era nada tonta, ¿no es verdad? Me estremecí.
“Calla -le dije a la voz-, no necesariamente tiene que ser una hernia. ¿Qué neurastenia es ésta? Si ya estás aquí… ¡adelante!”
“Si ya estás aquí…”, repitió mordazmente la voz.
Bien… no me separaré del manual… Si hay que recetar algo, puedo pensarlo mientras me lavo las manos. Tendré el manual siempre abierto dentro del libro en el que llevaré el registro de los pacientes. Daré recetas útiles, pero sencillas. Por ejemplo: 0.5 de salicilato de sodio, tres veces al día…
“¡Podrías recetar bicarbonato!”, respondió, burlándose abiertamente de mí, mi interlocutor interno.
¿Qué tiene que ver aquí el bicarbonato? También podré recetar ipecacuana, en infusión a 180. Ó a 200.
E inmediatamente, aunque en mi soledad junto a la lámpara nadie me pidiera ipecacuana, pasé temeroso las hojas del vademécum, comprobé lo de la ipecacuana y al mismo tiempo leí que existe en el mundo una tal insipina, que no es otra cosa que el “sulfato de quinina”… ¡Pero sin el sabor de la quinina! ¿Cómo recetarlo? ¿Qué es, polvo? ¡Que el diablo se los lleve!
“Estoy de acuerdo con la insipina… pero ¿qué ocurrirá con la hernia?”, seguía importunándome con tenacidad el miedo en forma de voz.
“Meteré al paciente en la bañera -me defendía furiosamente-, lo meteré en la bañera y trataré de ponerla en su lugar.”
“¡Una hernia estrangulada, ángel mío! ¡De qué te servirá entonces la bañera! Estrangulada -cantaba con voz demoníaca el miedo-. Habrá que operar…”
En ese momento me rendí y por poco me echo a llorar. Elevé una plegaria a las tinieblas del exterior: cualquier cosa pero no una hernia estrangulada.
Y el cansancio entonaba:
“Acuéstate a dormir, desdichado esculapio. Descansa y por la mañana ya se verá qué hacer. Tranquilízate, joven neurasténico. Observa: la oscuridad del exterior está tranquila, los campos congelados duermen, no hay ninguna hernia. Por la mañana se verá. Te acostumbrarás… Duerme… Deja el atlas… De todas formas ahora no entiendes nada. Un anillo de hernia…”
 
Ni siquiera me di cuenta de cómo irrumpió en la habitación. Recuerdo que la barra de la puerta resonó. Axinia gritó algo y fuera se oyó el chirrido de una carreta.
El hombre no llevaba gorra y tenía abierto el abrigo, la barba enredada y una expresión de locura en los ojos.
Se santiguó, se arrodilló y golpeó el suelo con la frente. En mi honor.
“Estoy perdido”, pensé tristemente.
-¡Qué hace usted, qué hace, pero qué está haciendo! -exclamé, y traté de levantarlo cogiéndolo de la manga gris.
Su rostro se contrajo y como respuesta, atragantándose, comenzó a pronunciar atropelladamente palabras entrecortadas:
-Señor doctor… señor… es la única, la única… ¡es la única! -gritó de pronto, con una sonoridad juvenil en la voz que hizo vibrar la pantalla de la lámpara-. ¡Ah, Dios!.. ¡Ah!.. -En medio de su tristeza se retorció las manos y nuevamente golpeó los tablones del suelo con la frente, como si quisiera romperlo-. ¿Por qué? ¿Por qué este castigo?… ¿En qué hemos ofendido a Dios?
-¿Qué…? ¿Qué ha ocurrido? -grité yo, sintiendo que mi rostro se enfriaba.
El hombre se puso de pie, se agitó y murmuró:
-Señor doctor… lo que usted quiera… le daré dinero… Pida el dinero que quiera. El que quiera. Le proveeremos de alimentos… Pero que no muera. Que no muera. Aunque esté inválida, no importa. ¡No importa! -gritó hacia el techo-. Tengo suficiente para alimentarla, me basta.
El pálido rostro de Axinia se enmarcaba en el cuadrado negro de la puerta. La tristeza envolvía mi corazón.
-¿Qué…? ¿Qué ha ocurrido? ¡Hable! -grité dolorosamente.
El hombre se calmó y en un susurro, como si fuera un secreto, con ojos insondables me dijo:
-Cayó en la agramadera…
-En la agramadera… ¿En la agramadera? -pregunté de nuevo-. ¿Qué es eso?
-El lino, agramaban el lino…, señor doctor… -me aclaró Axinia en voz muy baja-, la agramadera…, el lino se agrama…
“Aquí está el comienzo. Aquí está. ¡Oh, por qué habré venido!”, pensé horrorizado.
-¿Quién?
-Mi hijita -contestó él en un susurro, y luego gritó-: ¡Ayúdela! -De nuevo se arrodilló y sus cabellos cortados en redondo le cayeron sobre los ojos.
* * *
La lámpara de petróleo, con una torcida pantalla de hojalata, ardía intensamente con sus dos quemadores. La vi en la mesa de operaciones, sobre un hule blanco de fresco olor, y la hernia palideció en mi memoria.
Los cabellos rubios, de un tinte algo rojizo, colgaban de la mesa secos y apelotonados. La trenza era gigantesca, y su extremo tocaba el suelo.
La falda de percal estaba desgarrada y había en ella sangre de distintos colores: una mancha parda, otra espesa, escarlata. La luz de la lámpara de petróleo me parecía amarilla y viva; su rostro parecía de papel, blanco, con la nariz afilada.
En su pálido rostro se apagaba, inmóvil como si fuera de yeso, una belleza poco común. No siempre, no, no es frecuente encontrar un rostro como aquél.
En la sala de operaciones, durante unos diez segundos, hubo un silencio total, pero detrás de las puertas cerradas se oía cómo alguien gritaba con voz sorda y golpeaba, golpeaba repetidamente con la cabeza.
“Se ha vuelto loco -pensé-, y las enfermeras deben estarle dando alguna medicina… ¿Por qué es tan hermosa? Aunque… también él tiene facciones muy correctas… Se ve que la madre fue hermosa… Es viudo…”
-¿Es viudo? -susurré maquinalmente.
-Viudo -contestó en voz baja Pelagueia Ivánovna.
En ese momento Demián Lukich, con un movimiento brusco y casi rabioso, rompió la falda de abajo hacia arriba dejando descubierta a la muchacha. Lo que vi entonces superó todo lo que esperaba: la pierna izquierda prácticamente no existía. A partir de la rodilla fracturada, la pierna no era más que un amasijo sanguinolento: rojos músculos aplastados y blancos huesos triturados que sobresalían en todas direcciones. La pierna derecha estaba rota entre la rodilla y el pie de tal suerte que los extremos de los huesos habían desgarrado la piel y se asomaban. Como consecuencia la planta del pie yacía inerte, como algo independiente, apoyada sobre un costado.
-Sí -dijo en voz muy baja el enfermero, y no añadió nada más.
En ese momento salí de mi inmovilidad y tomé el pulso de la muchacha. No lo sentí en su muñeca helada. Sólo después de unos cuantos segundos logré encontrar una onda poco frecuente y apenas perceptible. Pasó… sobrevino una pausa durante la cual tuve tiempo de mirar las azuladas aletas de su nariz y sus labios blancos… Quise decir: es el fin… pero por fortuna me contuve… La onda pasó nuevamente como un hilillo.
“Así se apaga una persona despedazada -pensé-, aquí no hay nada que hacer…”
Pero de pronto dije con severidad, sin reconocer mi propia voz:
-Alcanfor.
Ana Nikoláievna se inclinó hacia mi oreja y susurró:
-¿Para qué, doctor? No la martirice. ¿Para qué pincharla? Pronto morirá… No podrá salvarla.
La miré con rabia y un aire sombrío y dije:
-Le he pedido alcanfor…
Entonces Ana Nikoláievna, con el rostro enrojecido por la ofensa, se lanzó de inmediato hacia la mesa y rompió una ampolla.
El enfermero, por lo visto, tampoco aprobaba el alcanfor. Sin embargo tomó la jeringuilla rápida y hábilmente, y el aceite amarillo penetró bajo la piel del hombro.
“Muere. Muere pronto -pensé-, muere. De lo contrario, ¿qué haré contigo?”
-Morirá de un momento a otro -susurró el enfermero, como si hubiera adivinado mi pensamiento. Miró de reojo la sábana, pero por lo visto cambió de opinión: le dolía mancharla de sangre. Sin embargo, unos segundos más tarde hubo que cubrir a la muchacha. Yacía como un cadáver, pero no había muerto. De pronto se hizo la claridad en mi cabeza, como si me encontrara bajo el techo de cristal de nuestro lejano anfiteatro de anatomía.
-Más alcanfor -dije con voz ronca.
Una vez más el enfermero, obedientemente, inyectó el aceite.
“¿Será posible que no muera…? -pensé con desesperación-. ¿Tendré acaso que…?”
Todo se aclaraba en mi cerebro y de pronto, sin ningún manual, ni consejos, ni ayuda, comprendí -la convicción de que había comprendido era férrea- que, por primera vez en mi vida, tendría que realizar una amputación a una persona moribunda. Y esa persona moriría durante la operación. ¡Sin duda moriría durante la operación! ¡Casi no le quedaba sangre! A lo largo de diez verstas la había perdido toda por las piernas destrozadas. Yo no sabía siquiera si ella sentía algo en ese momento, si nos oía. Ella callaba. Ah, ¿por qué no moría? ¿Qué me diría su padre enloquecido?
-Prepare todo para una amputación -dije al enfermero con voz ajena.
La comadrona me lanzó una mirada salvaje, pero en los ojos del enfermero apareció una chispa de simpatía; éste comenzó a ocuparse del instrumental. El reverbero rugió entre sus manos…
Pasó un cuarto de hora. Yo, con terror supersticioso, levantaba un párpado de la muchacha y observaba su ojo apagado. No comprendía nada… ¿Cómo puede vivir un semicadáver? Las gotas de sudor corrían irrefrenables por mi frente, bajo el gorro blanco; Pelagueia Ivánovna me secaba con gasa el sudor salado. En la poca sangre que aún quedaba en las venas de la muchacha, ahora nadaba también la cafeína. ¿Habría que inyectarla otra vez o no? Ana Nikoláievna acariciaba suavemente los montículos que se habían formado en las caderas de la muchacha como consecuencia del suero fisiológico. Seguía con vida.
Tomé el bisturí tratando de imitar (una vez en mi vida, en la universidad, había visto una amputación) a alguien… Ahora le rogaba al destino que la joven no muriera en los siguientes treinta minutos… “Que muera en la sala, cuando yo haya terminado la operación…”
En mi favor trabajaba sólo mi sentido común, aguijoneado por lo inusitado de la situación. Hábilmente, de forma circular, como un carnicero experto, corté con un afilado bisturí la cadera; la piel se separó sin que saliera una sola gota de sangre. “Si las arterias comienzan a sangrar, ¿qué voy a hacer?”, pensé, y como un lobo miré de reojo la montaña de pinzas de torsión. Corté un enorme pedazo de carne femenina y una de las arterias -con forma de tubito blancuzco-, pero de ella no salió ni una gota de sangre. La cerré con una pinza y continué. Coloqué esas pinzas de torsión en todos los lugares donde suponía que debía haber arterias… “Arteria… arteria… Diablos, ¿cómo se llama?…” La sala de operaciones parecía un hospital. Las pinzas de torsión colgaban en racimos. Con ayuda de la gasa las levantaron, y yo comencé, con una sierra de dientes pequeños, a aserrar el redondo hueso.
“¿Por qué no muere?… Es sorprendente… ¡Oh, cuánta vitalidad tiene el ser humano!”
El hueso se desprendió. En las manos de Demián Lukich quedó lo que había sido una pierna de muchacha. ¡Jirones, carne, huesos! Pusimos todo eso a un lado. Sobre la mesa de operaciones yacía una muchacha que parecía haber sido recortada en un tercio, con un muñón extendido hacia un lado. “Un poco, un poco más… No mueras ahora -pensaba yo con ardor-, espera hasta llegar a la habitación, permíteme salir con éxito de este terrible suceso de mi vida.”
Luego la cosimos con puntadas grandes; luego, haciendo chasquear las pinzas, comencé a coser la piel con puntadas pequeñas… pero me detuve iluminado, comprendí… había que dejar un pequeño agujero para que la herida drenara… Coloqué un tapón de gasa… El sudor me cubría los ojos y tenía la impresión de encontrarme en un baño de vapor…
Suspiré. Miré pesadamente el muñón y aquel rostro del color de la cera. Pregunté:
-¿Está viva?
-Está viva… -respondieron al unísono, como un eco sin sonido, Ana Nikoláievna y el enfermero.
-Vivirá unos segundos más -me dijo al oído el enfermero, sin voz, hablando únicamente con los labios. Luego titubeó y me aconsejó con delicadeza-: Quizá no deberíamos tocar la otra pierna, doctor. Podríamos envolvérsela con gasa… de lo contrario no llegará a la habitación… ¿Eh? Es mejor que no muera en la sala de operaciones.
-Deme yeso -respondí con voz ronca, empujado por una fuerza desconocida.
El suelo estaba lleno de manchas blancas, todos estábamos cubiertos de sudor. El semicadáver yacía inmóvil. La pierna derecha estaba enyesada y en el lugar de la fractura brillaba la ventanilla que yo había dejado en un momento de inspiración.
-Vive… -dijo asombrado y con voz ronca el enfermero.
Luego comenzamos a levantarla y bajo la sábana se veía una gigantesca hendidura: habíamos dejado una tercera parte de su cuerpo en la sala de operaciones.
Se agitaron unas sombras en el corredor, las enfermeras iban y venían; vi cómo, pegada a la pared, se movía subrepticiamente una desarreglada figura masculina y lanzaba un gemido. Pero se lo llevaron de allí. Todo quedó en silencio.
En la sala de operaciones me lavé las manos, ensangrentadas hasta el codo.
-Usted, doctor, ¿ha hecho muchas amputaciones? -preguntó de pronto Ana Nikoláievna-. Muy, muy bien… Tan bien como Leopold…
En sus labios, la palabra Leopold invariablemente sonaba como doyen.
Miré los rostros de reojo. En todos -también en el de Demián Lukich y en el Pelagueia Ivánovna- noté respeto y asombro.
-Hmm… yo… Lo he hecho sólo dos veces…
¿Por qué mentí? Ahora no lo entiendo.
El hospital quedó en silencio. Absoluto.
-Cuando muera, envíen a alguien a buscarme -ordené a media voz al enfermero; y éste, por alguna razón, en lugar de “está bien” contestó respetuosamente:
-A sus órdenes…
Unos minutos más tarde me encontraba junto a la lámpara verde en el gabinete del apartamento del médico. La casa estaba en silencio.
Un rostro pálido se reflejaba en un cristal profundamente negro.
“No, no me parezco al falso Dimitri; yo… en cierta forma he envejecido… Tengo una arruga en el entrecejo… No tardarán en llamar… Me dirán: ‘Ha muerto…'”
“Sí, iré y la veré por última vez… Dentro de poco llamarán…”
* * *
Llamaron a la puerta. Pero fue dos meses y medio más tarde. A través de la ventana brillaba uno de los primeros días de invierno.
Entró él y sólo en ese momento pude observarle con detenimiento. Sí, sus facciones eran en verdad correctas. Tenía unos cuarenta y cinco años. Sus ojos brillaban.
Luego un rumor… Saltando con ayuda de dos muletas, entró una muchacha de encantadora belleza; tenía una sola pierna y llevaba una falda muy amplia, con un borde rojo cosido en la parte inferior.
La muchacha me miró y sus mejillas se cubrieron de un tinte rojizo.
-En Moscú… en Moscú… -me puse a escribir una dirección-. Allí en Moscú le harán una prótesis, una pierna artificial.
-Bésale la mano -dijo inesperadamente el padre.
Yo me sentí hasta tal punto confundido que en lugar de los labios le besé la nariz.
Entonces ella, apoyada en las muletas, desenrolló un paquetito de donde salió una larga toalla, blanca como la nieve, con un sencillo gallo rojo bordado. ¡Así que eso era lo que escondía bajo la almohada cada vez que la visitaba! Recordé que había visto hilos sobre su mesita.
-No lo aceptaré -dije severamente, e incluso moví la cabeza. Pero su rostro y sus ojos adoptaron tal expresión que la acepté.
Durante muchos años esa toalla estuvo colgada en mi dormitorio en Múrievo; luego viajó conmigo. Finalmente envejeció, se borró, se llenó de agujeros y, por fin, desapareció, como se borran y desaparecen los recuerdos.






Monday, February 25, 2019

Mijaíl Bulgákov: Morfina


Las personas inteligentes han observado desde hace tiempo que la felicidad es como la salud: cuando la tienes, no la percibes. Pero, cuando pasan los años, cómo recuerdas la felicidad, ¡oh, cómo la recuerdas!
En lo que a mí se refiere, sólo ahora me doy cuenta de que en el invierno de 1917 fui feliz. ¡Un año inolvidable, impetuoso, acosado por las tormentas de nieve!
La tormenta que había comenzado me atrapó, como a un trozo de periódico roto, y me transportó de un lugar perdido a la capital de distrito. ¡Vaya gran cosa, dirán ustedes, la capital de un distrito! Pero si alguien hubiera pasado un año y medio -como lo hice yo- en medio de la nieve en invierno y de los severos y pobres bosques durante el verano sin ausentarse ni un solo día, si alguien hubiera roto la tira de papel que envolvía el periódico de la semana anterior con fuertes latidos del corazón como un amante feliz rompe un sobre azul, si alguien hubiera recorrido, para atender un parto, dieciocho verstas en un trineo tirado por caballos que marchan en fila india, si alguien hubiera hecho todo esto, supongo que me comprendería.
La lámpara de petróleo es comodísima, ¡pero yo prefiero la electricidad!
¡Así pues, finalmente vi de nuevo las seductoras lámparas eléctricas! La calle principal de la pequeña ciudad, perfectamente aplanada por los trineos de los campesinos, era una calle en la que, para delicia de los ojos, colgaba un rótulo con unas botas, un bollo dorado, algunas banderas rojas, la imagen de un hombre joven de porcinos y desvergonzados ojillos y un peinado absolutamente inverosímil, lo que significaba que detrás de las puertas de cristal de aquel establecimiento se encontraba el Basil local, dispuesto, por treinta kopeks, a afeitarle a uno en cualquier momento excepto los días de fiesta, que tanto abundan en mi país.
Aún ahora me estremezco al recordar los paños de Basil, esos paños que con insistencia, a pesar de mi voluntad, me traían a la mente aquella página de un manual alemán de enfermedades de la piel en la que, con convincente claridad, estaba representado un chancro en la barbilla de un ciudadano.
¡Pero ni esos paños pueden ensombrecer mis recuerdos!
En una esquina había un policía de carne y hueso, en una vitrina empolvada se veían confusamente hojas de metal llenas de apretadas filas de pastelillos recubiertos de una crema rojiza, el heno cubría la plaza., las personas iban a pie o en trineos y conversaban, en un quiosco vendían periódicos moscovitas del día anterior con noticias sensacionales, cerca de allí silbaban los trenes que llegaban de Moscú. En una palabra, era la civilización, Babilonia, la Perspectiva Nevski.
Ni siquiera es necesario hablar del hospital. En él había secciones de cirugía, terapia, enfermedades infecciosas, obstetricia. Había una sala de operaciones en la que brillaba la autoclave y los grifos emitían destellos plateados; las mesas mostraban sus ingeniosas patas, dientes y tornillos. En el hospital había un médico principal, tres internos (aparte de mí), enfermeros, comadronas, enfermeras, una farmacia y un laboratorio. ¡Un laboratorio, imaginaos! Con un microscopio Zeiss y una magnífica reserva de tintes.
Yo temblaba y me quedaba helado bajo el peso de todas aquellas impresiones. Pasaron no pocos días antes de que me acostumbrara a que durante los crepúsculos de diciembre los pabellones del hospital se llenaran de luz eléctrica como si obedecieran una orden.
La luz me había cegado. En las bañeras el agua se agitaba y retumbaba y sucios termómetros de madera se hundían y flotaban en ellas. En la sección pediátrica de enfermedades contagiosas, todo el día estallaban gemidos, se escuchaba un llanto débil y conmovedor, un ronco gorgoteo…
Las enfermeras corrían, atendían…
Mi alma se había librado de una pesada carga. Ya no llevaba sobre mis espaldas la responsabilidad fatal por todo lo que ocurriera en el mundo. No era el culpable de una hernia estrangulada, no me estremecía cuando llegaba un trineo trayendo a una parturienta con el niño en posición transversal, las pleuritis purulentas que necesitaban ser operadas inmediatamente ya no tenían que ver conmigo… Por primera vez me sentía un ser humano, cuya responsabilidad tenía unos límites bien determinados. ¿Un parto? Por favor, allí tienen ese pabellón y allí la ventana del extremo cubierta por gasa blanca. Dentro está un ginecólogo, gordo y simpático, con bigote rojizo y calvo. Es cosa de él. ¡Trineo, gira hacia la ventana de la gasa! ¿Una fractura múltiple? El cirujano principal. ¿Una pulmonía? A la sección de terapia, a ver a Pável Vladímirovich.
¡Oh, era la máquina majestuosa de un gran hospital en su funcionamiento armonioso, como si estuviera perfectamente lubricado! Yo entré en aquel aparato como un tornillo en una rosca previamente preparada, y me hice cargo de la sección pediátrica. La difteria y la escarlatina me absorbieron, se apoderaron de mis días. Pero no solamente de los días. Comencé a dormir por las noches, porque ya no se oía, bajo mi ventana, aquel siniestro golpe nocturno que me obligaba a levantarme y me llevaba a la oscuridad, al peligro y a lo ineludible. Durante las noches comencé a leer textos sobre la escarlatina y la difteria, por supuesto, y después, no sé por qué, con un extraño interés, a Fenimore Cooper, y aprecié en lo debido la lámpara sobre la mesa, los trozos de carbón en la bandeja del samovar, el té que se enfriaba y el sueño, después de un año y medio de insomnio…
Así pues, durante el invierno de 1917, después de haber sido trasladado de un lugar perdido entre las tormentas de nieve a la capital del distrito, fui feliz.
II
Pasó rápidamente un mes, después un segundo y luego un tercero; terminó el año 1917 y pasó volando febrero de  1918. Me había acostumbrado a mi nueva situación y poco a poco comencé a olvidar aquel lejano distrito en donde había estado. Se borró de mi memoria la lámpara verde con el petróleo que silbaba, la soledad, los montones de nieve… ¡Desagradecido! Había olvidado mi antiguo puesto de combate, desde donde yo solo, sin apoyo de ninguna clase, había luchado contra las enfermedades, con mis propias fuerzas, a semejanza de un héroe de Fenimore Cooper que logra salir adelante en las situaciones más inverosímiles.
En ocasiones, es verdad, cuando me acostaba en mi cama, pensando con placer en que pronto me quedaría dormido, algunos fragmentos atravesaban mi mente cada vez más obnubilada. La lamparita verde, la luz parpadeante del farol…, el chirrido de los trineos…, un corto gemido, luego las tinieblas, el aullido sordo de la tormenta en los campos… Después, todo se caía y desaparecía…
«¿Quién estará ocupando ahora el lugar que yo tenía…? Seguramente debe haber alguien… Algún médico joven como yo… Pero yo ya he cumplido con lo que me tocaba. Febrero, marzo, abril…, digamos mayo y habrá terminado mi práctica. Eso quiere decir que a finales de mayo me despediré de esta mi espléndida ciudad y volveré a Moscú. Y si la revolución me toma en su ala, es probable que tenga que seguir viajando… En todo caso, nunca más, en toda mi vida, veré de nuevo mi distrito… Nunca más… La capital… El hospital… El asfalto… Las luces…»
Así pensaba yo.
«…Pero de todas formas fue bueno haber vivido en ese distrito… Me he convertido en un hombre audaz… No tengo miedo… ¿¡Qué no habré curado!? ¡En serio! ¡Ah…! Bueno, no curé enfermedades mentales… Seguramente no… Pero permítanme… El agrónomo aquel se había vuelto un borracho perdido… Yo lo traté, sí, pero con muy poco éxito…Delirium tremens… ¿Acaso no es una enfermedad mental…? Debería leer algún manual de siquiatría… Bah, al diablo con ella… Ya lo leeré en el futuro, algún día, en Moscú… Ahora en primer lugar están las enfermedades infantiles… y especialmente esta terrible farmacología pediátrica… Diablos… Si un niño tiene diez años, por ejemplo, ¿cuánto piramidol se le puede dar en cada toma? ¿0.1 o 0.15…? Lo he olvidado. ¿Y si tiene tres años…? Sí, sólo las enfermedades infantiles… Y nada más… ¡Ya basta de casos extraordinarios! ¡Adiós, distrito mío…! ¿Pero por qué esta noche me viene con tanta insistencia el distrito a la cabeza…? La luz verde… Pero si ése ya es un capítulo concluido para siempre… Basta… Ahora debo dormir…»
-Aquí tiene una carta. La ha traído alguien que venía a la ciudad.
-Démela.
La enfermera estaba de pie en el recibidor. Llevaba un abrigo con un cuello de piel pelado, puesto encima de la bata blanca con el sello. En el sobre azul y barato se derretía la nieve.
-¿Hoy está usted de guardia en la recepción? -pregunté bostezando.
-Sí.
-¿No hay nadie?
-No, nadie.
-Si es que… (el bostezo me desfiguraba la boca y por eso pronunciaba las palabras con descuido) traen a alguien… hágamelo saber aquí… Me acostaré a dormir un rato.
-Está bien. ¿Puedo retirarme?
-Sí, sí. Váyase.
La enfermera se marchó. La puerta rechinó y yo, arrastrando los chanclos, me dirigí hacia el dormitorio, mientras por el camino rompía con los dedos, descuidada y transversalmente, el sobre.
Dentro había un formulario alargado y arrugado, con el sello azul de mi distrito, de mi antiguo hospital… Un formulario inolvidable…
Sonreí.
«Es curioso…, toda la noche he estado pensando en el distrito y he aquí que él mismo se presenta ante mí… Un presentimiento…»
Bajo el sello, estaba escrita con lápiz de tinta una receta. Palabras latinas, indescifrables, tachadas…
«No comprendo nada… Una receta confusa… -me dije, y me detuve en la palabra «morphini…»-. ¡Hay algo raro en esta receta..! Ah, sí… ¡Una solución al cuatro por ciento! ¿Pero quién ha podido recetar morfina en una solución al cuatro por ciento…? ¿Y para qué?»
Di la vuelta a la hoja y mis bostezos cesaron inmediatamente. En el reverso, con una caligrafía insegura y muy espaciada, estaba escrito con tinta:
«11 de febrero de 1918.
¡Querido collega!
Discúlpeme por escribirle en un trozo de papel. No tenía otras hojas a mi alcance. Padezco una grave y terrible enfermedad. No hay nadie que pueda ayudarme y yo no quiero pedir ayuda a nadie que no sea usted.
Desde hace casi dos meses me encuentro en este distrito, que antes fue el suyo, y sé que usted está en la ciudad, relativamente cerca de mí.
En nombre de nuestra amistad y de nuestros años en la universidad, le ruego que venga lo más rápidamente posible. Aunque sea por un día. Aunque sólo sea por una hora. Si usted me dice que estoy desahuciado, le creeré… ¿Pero quizá aún puedo salvarme…? ¡Sí, quizá aún pueda salvarme…? ¿Habrá alguna esperanza para mí? Le pido que no comunique a nadie el contenido de esta carta.»
-¡Maria! Vaya ahora mismo a la recepción y haga que venga la enfermera de guardia… ¿Cómo se llama…? Lo he olvidado… En una palabra, la enfermera de guardia que hace poco me ha traído una carta. ¡Apresúrese!
-Enseguida.
Minutos más tarde la enfermera estaba de pie delante de mí mientras la nieve se derretía sobre la piel pelada que servía de cuello a su abrigo.
-¿Quién ha traído la carta?
-No lo sé. Un tipo con barba. Uno de la cooperativa. Ha dicho que venía a la ciudad.
-Hmm…, está bien, retírese. ¡No! Espere. Voy a escribir una nota para el médico en jefe; entréguesela por favor y tráigame la respuesta.
-Bien.
He aquí el texto de mi nota para el médico en jefe:
«13 de febrero de 1918.
Estimado Pável Ilariónovich. Acabo de recibir una carta del doctor Poliakov, mi compañero de estudios universitarios. Está completamente solo en Gorelovo, mi antiguo distrito. Por lo visto ha enfermado gravemente.
Considero mi deber ir a verle. Si usted me otorga el permiso, mañana dejaré mi sección a cargo del doctor Rodóvich e iré a ver a Poliakov. Está completamente desamparado.
Con mis mayores respetos,
DR. BOMGARD.»
La respuesta del médico en jefe:
«Estimado Vladímir Mijáilovich, puede marcharse.
PETROV.»
Pasé la noche estudiando una guía de ferrocarriles. El único modo de llegar a Gorelovo era éste: salir al día siguiente a las dos de la tarde en el tren-correo que venía de Moscú, recorrer treinta verstas en ferrocarril, bajar en la estación N, y de allí viajar veintidós verstas en trineo hasta el hospital de Gorelovo.
«Con suerte estaré en Gorelovo mañana por la noche -pensaba yo, acostado en mi cama-. ¿De qué habrá enfermado? ¿Tifus? ¿Pulmonía? No, ni lo uno ni lo otro… En ese caso habría escrito sencillamente: «He enfermado de pulmonía.» Y la carta es confusa, incluso algo falsa… «Padezco una grave… y terrible enfermedad…» ¿Cuál? ¿Sífilis? Sí, indudablemente es sífilis y está horrorizado…, lo oculta…, tiene miedo… Pero me gustaría saber de qué caballos podré disponer para ir desde la estación de ferrocarril hasta Gorelovo. Sería un muy mal asunto llegar al anochecer a la estación y no tener en qué continuar el viaje… No. Encontraré un medio. En la estación encontraré a alguien que tenga caballos. ¿Mandarle un telegrama para que envíe los caballos? ¡No tiene sentido! El telegrama llegará un día después que yo… No puede llegar volando hasta Gorelovo. Se quedará en la estación hasta que encuentren con quién enviarlo. Conozco ese Gorelovo. ¡Oh, qué lugar tan alejado de la mano de Dios!»
La carta escrita en el formulario estaba sobre la mesita de noche, dentro del círculo de luz que proyectaba la lámpara, y junto a la carta se encontraba el compañero de mi exasperante insomnio: el cenicero poblado de colillas. Yo daba vueltas en la sábana arrugada y el enojo nacía en mi alma. Aquella carta comenzaba a irritarme.
«Pero veamos: si no se trata de algo grave sino de, supongamos, sífilis, entonces ¿por qué no viene él aquí? ¿Por qué tengo que ir yo, en medio de la tormenta de nieve, a verle? ¿Acaso en una noche podré curarlo del Lúes? ¿O es un cáncer de esófago? Pero no, ¡no puede haber ningún cáncer! Es dos años menor que yo. Tiene veinticinco años… “Padezco una grave…” ¿Sarcoma? Es una carta absurda, histérica. Una carta capaz de producir migraña a quien la recibe… Y hela aquí, la migraña. Me estira las venas en la sien… Mañana por la mañana me despertaré y el dolor pasará de las sienes a la cabeza, me paralizará la mitad de ella y por la noche deberé tomar piramidón con cafeína. ¡Fantástico viajar en trineo con el piramidón! Mañana tendré que pedir al enfermero la pelliza de viaje, de lo contrario, sólo con mi abrigo, me moriré de frío… ¿Qué le ocurrirá…? “¿Habrá alguna esperanza…?” ¡Así se escriben las novelas y no las cartas serias de un médico…! Debo dormir, dormir… No debo pensar más en esto. Mañana se aclarará todo… Mañana.»
Giré el interruptor e inmediatamente la oscuridad devoró la habitación.
«Dormir… Las sienes me duelen… Pero no tengo derecho a enfadarme con una persona por una carta absurda sin saber todavía qué le sucede. Esa persona sufre a su manera y le escribe a otro. Lo hace como puede, como cree que debe hacerlo… Es indigno, debido a la intranquilidad o a la migraña, denigrarle, aunque sólo sea mentalmente. Quizá no sea una carta falsa ni novelesca. No he visto a Seriozha Poliakov en dos años, pero le recuerdo perfectamente. Siempre fue un hombre muy sensato… Sí. Quiere decir que ha ocurrido alguna desgracia… Las sienes me duelen menos…
»Por lo visto ya llega el sueño. ¿En qué consiste el mecanismo del sueño…? Lo he leído en el manual de fisiología… pero es un asunto oscuro… No entiendo lo que significa el sueño… ¡¿Cómo se quedan dormidas las células del cerebro?! No lo entiendo, lo digo en secreto. Por alguna razón estoy convencido de que el autor mismo de ese manual tampoco estaba firmemente convencido… Una teoría vale lo mismo que otra… Veo a Seriozha Poliakov con un uniforme verde de botones dorados, está inclinado sobre una mesa de zinc, en la mesa yace un cadáver…
»Hmm, sí… pero esto es un sueño…»
III
Toe, toe… Bum, bum, bum… Ajá… ¿Quién? ¿Quién? ¿Qué pasa…? Ah, llaman. ¡Oh, diablos, están llamando… ¿Dónde estoy? ¿Qué hago…? ¿De qué se trata? Ah, sí, estoy en mi cama… Pero ¿por qué me despiertan? Tienen derecho a hacerlo, puesto que soy el médico de guardia. Despierte, doctor Bomgard. Maria, en chanclos, se dirige hacia la puerta para abrirla. ¿Qué hora es? Las doce y media… Es de noche. Quiere decir que he dormido apenas una hora. ¿Y la migraña? Presente. ¡Aquí está!
Llamaron suavemente a la puerta.
-¿Qué ocurre?
Entreabrí la puerta que daba al comedor. El rostro de la enfermera me miraba desde la oscuridad y me di cuenta enseguida de que estaba pálida. Tenía los ojos muy abiertos y alarmados.
-¿A quién han traído?
-Al médico del distrito de Gorelovo -contestó la enfermera con voz fuerte y ronca-, se ha pegado un tiro.
-¿Po-lia-kov? ¡No puede ser! ¡¿Poliakov?!
-No sé cómo se llama.
-Vaya historia… Ahora mismo voy, ahora mismo. Usted corra a buscar al médico en jefe. Despiértelo enseguida. Dígale que le necesito urgentemente en la sala de recepción.
La enfermera se marchó rápidamente y la mancha blanca desapareció de mi vista.
Dos minutos más tarde, en el balcón de mi casa, una fiera tormenta de nieve, seca y punzante, me golpeó en las mejillas, hinchó los faldones de mi abrigo y heló mi cuerpo asustado.
En las ventanas de la sala de recepción ardía una luz blanca e inquieta. En el balcón, en medio de una nube de nieve, me encontré con el médico en jefe que se dirigía rápidamente al mismo lugar que yo.
-¿Es su amigo? ¿Poliakov? -preguntó el cirujano, tosiendo.
-No comprendo nada. Por lo visto es él -contesté, y entramos deprisa en la sala de recepción.
Una mujer envuelta se levantó de uno de los bancos y vino a nuestro encuentro. Dos ojos conocidos me miraban llenos de llanto desde debajo del borde del pañuelo color castaño. Reconocí a Maria Vlásievna, la comadrona de Gorelovo, mi fiel ayudante durante los partos en aquel hospital.
-¿Poliakov? -pregunté.
-Sí -contestó Maria Vlásievna-, es terrible, doctor; he venido temblando todo el camino, temía que no llegase vivo…
-¿Cuándo?
-Hoy, al amanecer -murmuró Maria Vlásievna-, llegó corriendo el guardia y dijo: «Ha habido un disparo en el apartamento del doctor…»
El doctor Poliakov yacía bajo la lámpara, que arrojaba una luz deficiente e inquietante; desde la primera mirada a las inanimadas, casi pétreas, suelas de sus botas de fieltro, el corazón, como de costumbre, me dio un vuelco.
Le habían quitado la gorra dejando así a la vista los cabellos pegados y húmedos. Mis manos, las manos de la enfermera y las manos de Maria Vlásievna aparecieron en distintos lugares sobre Poliakov, y una gasa blanca, con manchas amarillo-rojizas que se iban extendiendo, salió de debajo del abrigo. El pecho de Poliakov apenas se levantaba. Le tomé el pulso y me estremecí: el pulso desaparecía debajo de mis dedos, iba y venía como ligado a un hilo con nudos, frecuentes y débiles. La mano del cirujano ya se extendía hacia el hombro de aquel cuerpo pálido, y lo tomaba con una pinza para inyectarle alcanfor. En ese momento el herido despegó los labios haciendo aparecer en ellos una franja rosada y sanguinolenta. Moviendo apenas sus azulados labios dijo débil y secamente:
-Deje el alcanfor. Al diablo.
-¡Silencio! -le contestó el cirujano, e inyectó el aceite amarillo bajo la piel.
-Seguramente el pericardio ha sufrido una lesión -susurró Maria Vlásievna; se sujetó con firmeza al borde de la mesa y comenzó a observar los párpados del herido, que parecían ser infinitos. Sus ojos estaban cerrados. Sombras de un tono gris violáceo, como las del ocaso, comenzaron a aparecer cada vez con mayor claridad en los contornos de la nariz; y un sudor fino, parecido al mercurio, apareció como si fuera el rocío de aquellas sombras.
-¿Un revólver? -preguntó el cirujano, contrayendo una mejilla.
-Un Browning -balbuceó Maria Vlásievna.
-Eh-eh -dijo de pronto el cirujano, casi con rabia y despecho. Hizo un gesto de renuncia con la mano y se alejó.
Yo me volví asustado hacia él, sin comprender. Dos ojos aparecieron detrás de su hombro: había llegado otro médico.
De pronto Poliakov torció la boca como una persona adormilada que intenta alejar una mosca impertinente; luego, su mandíbula inferior comenzó a moverse, como si el herido se estuviera asfixiando con un nudo y quisiera tragárselo. ¡Ah, quien haya visto malas heridas de revólver o de fusil conocerá esos movimientos! Maria Vlásievna hizo un gesto de dolor y suspiró.
-El doctor Bomgard -dijo Poliakov en tono apenas audible.
-Aquí estoy -susurré yo, y mi voz sonó con ternura junto a sus labios.
-El cuaderno es para usted… -replicó Poliakov con una voz ronca y cada vez más débil.
En ese momento abrió los ojos y los levantó hacia el triste techo de la sala que se perdía en la oscuridad. Las oscuras pupilas parecieron llenarse de una luz interior, el blanco de los ojos pareció volverse transparente, azulado. Los ojos se detuvieron en lo alto, después se enturbiaron y perdieron esa belleza fugaz.
El doctor Poliakov había muerto.
Es de noche. Cerca del amanecer. La lámpara brilla con enorme claridad, porque la ciudad duerme y hay mucha corriente eléctrica. Todo está en silencio y el cuerpo de Poliakov se encuentra en la capilla. Es de noche.
Sobre la mesa, ante mis ojos irritados por la lectura, yacen un sobre abierto y una hoja de papel. En ella está escrito:
«¡Querido compañero!
No lo esperaré. He renunciado a curarme. No hay esperanza. Tampoco quiero seguir sufriendo. Ya he tenido suficiente. Quiero prevenir a los otros para que tengan cuidado con los cristales blancos que se disuelven en veinticinco partes de agua. He confiado demasiado en ellos y me han destruido. Le regalo mi diario. Usted siempre me ha parecido una persona ávida de saber y amante de los documentos humanos. Si le interesa, lea la historia de mi enfermedad.
Adiós. Suyo, S. POLIAKOV.»
Un añadido escrito con grandes letras:
«Que no se culpe a nadie de mi muerte.
El doctor SERGUÉI POLIAKOV
13 de febrero de 1918.»
Junto a la carta del suicida había un cuaderno común y corriente, con la cubierta negra. La primera mitad de sus páginas había sido arrancada. En la mitad restante había anotaciones cortas. Las del principio estaban escritas con lápiz o tinta y una caligrafía clara y pequeña. Las del final, con lápiz de tinta o un grueso lápiz rojo, y una caligrafía descuidada, llena de saltos y de abreviaciones.
IV
…7, 20 de enero1
…y estoy muy contento. Gracias a Dios: cuanto más alejado, mejor. No puedo ver a la gente y aquí no veré a nadie, excepto a los campesinos enfermos. Pero ellos no agravarán en modo alguno mi herida. Por cierto, también otros han sido enviados a distritos campesinos en nada distintos del mío. Toda mi promoción, que no debía ser llamada a filas (los reservistas de segunda clase, de la promoción de 1916), fue distribuida por las asambleas locales y provinciales. Aunque en realidad eso no interesa a nadie. En cuanto a mis amigos, sólo he tenido noticias de Ivánov y de Bomgard. Ivánov escogió la provincia de Arjánguelsk (cuestión de gustos), y Bomgard, según me dijo la enfermera, trabaja en Gorelovo, un distrito alejado, similar al mío, a tres distritos de distancia de aquí. Quería escribirle, pero he cambiado de opinión. No deseo ver ni oír a nadie.
21 de enero.
Tormenta de nieve. Nada.
25 de enero.
Qué puesta de sol tan luminosa. Migrenin: una mezcla de antipirina, cafeína y ácido cítrico.
En polvo, en dosis de 1.0… ¿se puede en dosis de 1.0…? Sí, se puede.
3 de febrero.
Hoy he recibido los periódicos de la semana pasada. No los he leído, pero de todas formas he tenido ganas de mirar la sección teatral. Ponían Aída la semana pasada. Quiere decir que ella salía a escena y cantaba: «Mío caro amico, vieni da me…»
Tiene una voz extraordinaria y es extraño que una voz tan clara y tan imponente haya sido dada a un alma tan oscura…
(Aquí hay una interrupción. Han sido arrancadas dos o tres páginas.)
…por supuesto que no es digno, doctor Poliakov. ¡Es propio del comportamiento estúpido de un colegial lanzarse con insultos de carretero sobre una mujer porque se ha marchado! No quería vivir contigo y se marchó. Y basta. Así de sencillo es. Una cantante de ópera se juntó con un joven médico, vivió con él un año y luego se marchó.
¿Matarla? ¿Matar? Ah, cuán estúpido, cuán vacío es todo esto. ¡No hay esperanza!
No quiero pensar. No quiero…
11 de febrero.
No hay más que tormentas de nieve, una tras otra… ¡La nieve acabará por enterrarme! Paso las noches enteras solo, solo. Enciendo la lámpara y me siento. Durante el día aún veo a algunas personas. Pero trabajo de una manera mecánica. Me he habituado. El trabajo no es tan terrible como pensaba en un principio. Por lo demás, me ha ayudado mucho el hospital en la guerra. He llegado aquí con un mínimo de experiencia.
Hoy he realizado por primera vez una operación de cambio de posición del feto.
Y bien, tres personas están sepultadas aquí, bajo la nieve: Ana Kirílovna -la enfermera-comadrona-, el enfermero y yo. El enfermero está casado. Ellos (el personal de enfermería) habitan un ala de la casa. Y yo vivo solo.
15 de febrero.
Ayer por la noche ocurrió algo curioso. Me disponía a acostarme, cuando de pronto sentí dolores en la región del estómago. ¡Pero qué dolores! Un sudor frío me bañó la frente. Debo señalar que nuestra medicina es una ciencia dudosa. ¿Por qué una persona que no padece ninguna enfermedad gástrica o intestinal (apendicitis, por ejemplo), cuyo hígado y riñones están en un estado óptimo, cuyo intestino funciona de una manera completamente normal, puede padecer por la noche dolores tan agudos que le hacen revolcarse en la cama?
Gimiendo, logré llegar hasta la cocina, en donde duerme la cocinera con su marido, Vlas. Envié a Vlas a buscar a Ana Kirílovna. Ella vino en plena noche y tuvo que ponerme una inyección de morfina. Dijo que estaba completamente verde. ¿Por qué?
No me gusta nuestro enfermero. Es hosco. Por el contrario, Ana Kirílovna es una persona encantadora y culta. Me asombra que una mujer que no es vieja pueda vivir en la más completa soledad en este ataúd de nieve. A su marido lo han hecho prisionero los alemanes.
No puedo dejar de alabar a quien por primera vez extrajo la morfina de las cabecitas de las amapolas. Es un verdadero benefactor de la humanidad. Sólo siete minutos después de la inyección cesaron los dolores. Es interesante: los dolores eran continuos, sin ninguna pausa, de modo que yo, literalmente, me asfixiaba. Era como si me hubieran metido en el estómago un hierro al rojo vivo y lo hicieran girar. Unos cuatro minutos después de la inyección comencé a diferenciar las ondas del dolor:

Sería fantástico que el médico tuviera la posibilidad de experimentar en sí mismo diversas medicinas. Comprendería la acción de los medicamentos de un modo muy distinto. Después de la inyección -por primera vez en los últimos meses- dormí bien y profundamente, sin pensar en ella, en quien me había engañado.
16 de febrero.
Hoy Ana Kirílovna, durante la consulta, se ha interesado por cómo me sentía y ha dicho que por primera vez en todo este tiempo no me veía sombrío.
-¿Acaso soy una persona sombría?
-Muy sombría -respondió ella, y añadió que le asombraba mi continuo silencio.
-Así soy.
Pero es mentira. Yo era una persona llena de alegría de vivir, hasta antes de mi drama familiar.
Oscurece temprano. Estoy solo en mi apartamento. Por la noche nuevamente ha llegado el dolor, pero no fuerte, sino como una especie de sombra del dolor de ayer, en algún lugar detrás del esternón. Temiendo que se repitiera el ataque de la víspera, yo mismo me he inyectado en la cadera un centigramo.
El dolor ha cesado casi de inmediato. Menos mal que Ana Kirílovna me había dejado una ampolla.
18 de febrero.
Cuatro inyecciones: no es algo tan terrible.
25 de febrero.
¡Ana Kirílovna es una excéntrica! Como si yo no fuera médico. ¿Una jeringuilla y media = 0.015 de morfina? Sí.
1 de marzo.
¡Doctor Poliakov, tenga cuidado!
Tonterías.
Es el anochecer.
Hace ya quince días que no he pensado, ni una sola vez, en la mujer que me ha engañado. La melodía de su papel de Amneris me ha abandonado. Estoy muy orgulloso de esto. Soy un hombre.
Ana K. se ha convertido en mi esposa secreta. No podía ser de otra manera. Estamos encerrados en una isla desierta.
La nieve ha cambiado de aspecto y se ha vuelto, al parecer, más gris. Ya no hace aquel frío terrible, pero de tiempo en tiempo aún se desencadenan tormentas de nieve…
El primer minuto: una sensación de que algo roza el cuello. Ese roce se vuelve cálido y se extiende. En el segundo minuto una onda fría atraviesa repentinamente la cavidad estomacal e inmediatamente después comienza una extraordinaria lucidez en las ideas y se produce un estallido de la capacidad de trabajo. Todas las sensaciones desagradables desaparecen. Es el punto más alto de la expresión de la fuerza espiritual del hombre. Si yo no estuviera maleado por mi formación de médico, afirmaría que normalmente el ser humano sólo puede trabajar después de una inyección de morfina. En realidad: ¡para qué sirve el ser humano, si la más insignificante neuralgia pude hacerle perder completamente el equilibrio espiritual!
Ana K. tiene miedo. La tranquilicé diciéndole que desde la niñez me he distinguido por una extraordinaria fuerza de voluntad.
2 de marzo.
Hay rumores de que algo grandioso ha ocurrido. Al parecer han derrocado a Nicolás II.
Me acuesto muy temprano. A eso de las nueve. Duermo maravillosamente bien.
10 de marzo.
Allí se está llevando a cabo una revolución. Los días se han vuelto más largos y los atardeceres, al parecer, más azulados.
Nunca había tenido sueños como los que ahora tengo al amanecer. Son sueños dobles.
Además, diría que el sueño principal es de cristal. Es transparente.
Y bien: veo unas candilejas increíblemente luminosas, desde las que se desprende una banda de luces multicolores. Amneris, agitando una pluma verde, canta.
La orquesta, absolutamente celestial, tiene una sonoridad extraordinaria. Aunque… es imposible transmitir todo esto con palabras. En suma: en un sueño normal, la música no tiene sonido… (¿En un sueño normal? ¡Habría que investigar primero qué sueño es más normal! En realidad estoy bromeando…). Un sueño normal no tiene sonido, y en cambio en mi sueño la música se oye de una manera verdaderamente celestial. Y lo más importante: yo puedo, según mi voluntad, hacer que la música suene con mayor o menor intensidad. Recuerdo que en La guerra y la paz se describe cómo Petia Rostov, en duermevela, tuvo la misma sensación. ¡Lev Tolstói es un escritor extraordinario!
Ahora a propósito de la transparencia: he aquí que a través de los colores de Aída que se difuminan, aparece de un modo absolutamente real el borde de mi escritorio que se ve desde la puerta del gabinete, la lámpara, el suelo reluciente, y a través de los sonidos de la orquesta del teatro Bolshói se dejan oír unos pasos claros, que pisan agradablemente, como unas castañuelas sordas.
Quiere decir que son las ocho: es Ana K. que viene a mi habitación para despertarme e informarme de lo que ocurre en la sala de recepción.
Ella no sospecha que no es necesario despertarme, que lo oigo todo y que puedo hablar con ella.
Ayer realicé un experimento que tiene que ver con esto:
Ana: Serguéi Vasílievich…
Yo: La escucho… (en voz baja a la música: «más fuerte»).
Música: Un gran acorde.
Re sostenido…
Ana: Se han apuntado veinte personas.
Amneris (canta).
Pero esto es algo que no se puede transmitir a través del papel.
¿Son nocivos estos sueños? Oh, no. Después de ellos me levanto fuerte y animoso. Y trabajo bien. Incluso siento interés, cosa que antes no me sucedía. Y no es de extrañar, ya que todos mis pensamientos estaban concentrados en mi ex esposa.
Pero ahora estoy tranquilo.
Estoy tranquilo.
19 de marzo.
Por la noche tuve una discusión con Ana K.
-No le prepararé más solución.
Intenté convencerla.
-Tonterías, Anusia. ¿Acaso soy un niño?
-No se la prepararé. Usted acabará por destruirse.
-Está bien, haga lo que quiera. ¡Pero comprenda que tengo horribles dolores en el pecho!
-Cúrese.
-¿Dónde?
-Tómese unas vacaciones. Nadie se cura con morfina. (Luego pensó un momento y añadió:) No me puedo perdonar el haberle preparado entonces la segunda ampolla.
-¿Acaso soy un morfinómano?
-Sí, usted se está convirtiendo en un morfinómano.
-¿De modo que no la preparará?
-No.
Entonces descubrí por primera vez en mí la desagradable capacidad de enfurecerme y, lo que es peor, de gritar a la gente incluso cuando no tengo razón.
Aunque… eso no ocurrió enseguida. Fui a mi dormitorio. Observé. En el fondo del frasco apenas se distinguía el sonido de algo líquido. Lo saqué con la jeringuilla: no había más de 1/4. Arrojé la jeringa, que estuvo a punto de romperse; comencé a temblar. La levanté con cuidado, la examiné: no tenía una sola rajadura. Permanecí en mi dormitorio cerca de veinte minutos. Cuando salí ella ya no estaba.
Se había marchado.
Imagínense: no lo pude soportar y fui a verla. Llamé en la ventana iluminada del ala del edificio en donde ella vivía. Salió al pequeño balcón, envuelta en un pañuelo. La noche era silenciosa, muy silenciosa. La nieve estaba porosa. En algún lugar lejano del cielo se sentía la primavera.
-Ana Kirílovna, sea usted amable y déme las llaves de la farmacia.
Ella susurró:
-No se las daré.
-Colega, sea usted amable y deme las llaves de la farmacia. Le hablo como médico.
En medio de la oscuridad vi que su rostro había cambiado: había palidecido mucho y sus ojos se habían vuelto más profundos, más hundidos, más oscuros. Ella me respondió con una voz que despertó la compasión en mi alma.
Pero de inmediato la cólera se apoderó nuevamente de mí.
Ella:
-¿Por qué, por qué me habla usted así? Ah, Serguéi Vasílievich, siento compasión por usted.
Entonces sacó los brazos de debajo del pañuelo y vi que tenía las llaves en la mano. Quiere decir que las había cogido cuando salió a abrirme.
Yo (con rudeza):
-¡Deme las llaves!
Y se las arrebaté de las manos.
Por una pasarela podrida y temblorosa me dirigí hacia el blanco edificio del hospital.
En mi alma hervía la cólera, sobre todo porque no tengo ni la menor idea de cómo preparar una solución de morfina para una inyección subcutánea. ¡Soy un médico, no una enfermera!
Caminaba y temblaba.
Oí cómo detrás de mí, como un perro fiel, caminaba ella. Sentí ternura, pero la asfixié. Me volví y, muy agresivamente, le dije:
-¿La preparará o no?
Ella hizo un gesto con la mano, como de resignación, «lo mismo da», y respondió en voz baja:
-Está bien, lo haré.
…Una hora más tarde ya me encontraba en un estado normal. Naturalmente le pedí disculpas por mi absurda rudeza. Yo mismo no entiendo cómo me pudo ocurrir eso. Antes yo era una persona cortés.
Ella reaccionó de manera extraña ante mis disculpas. Se puso de rodillas, se apretó contra mis manos y dijo:
-No estoy enfadada con usted. No. Ahora sé que usted es un hombre acabado. Ahora ya lo sé. Y me maldigo por haberle puesto la inyección aquella vez.
La tranquilicé como pude, asegurándole que ella no tenía nada que ver en todo esto y que yo era responsable de mis actos. Le prometí que a partir del día siguiente comenzaría seriamente a deshabituarme, reduciendo la dosis.
-¿Cuánto se ha inyectado ahora?
-Una tontería. Tres jeringuillas de una solución al 1%.
Ella bajó la cabeza y permaneció en silencio.
-¡No se preocupe!
…En realidad comprendo su preocupación. Efectivamente el morphium hidrochloricum es algo terrible. La adicción a él se crea con mucha rapidez. Pero una afición moderada, ¿acaso es morfinismo…?
…A decir verdad, esa mujer es la única persona que me es realmente fiel. Y ella debería ser mi esposa. A la otra la he olvidado. La he olvidado. Después de todo, esto debo agradecérselo a la morfina…
8 de abril de 1917.
Esto es un martirio.
9 de abril.
La primavera es terrible.
El diablo en una ampolla. ¡La cocaína es el diablo en una ampolla!
Su efecto es el siguiente:
Tras una inyección de una solución al 2 % aparece, casi instantáneamente, una sensación de tranquilidad que de inmediato se convierte en éxtasis y beatitud. Esto dura sólo uno o dos minutos. Después todo desaparece sin dejar huellas, como si no hubiera existido. Llega el dolor, el terror, la oscuridad. Truena la primavera, pájaros negros vuelan entre las ramas desnudas; en lontananza el bosque intrincado, roto y oscuro se eleva hacia el cielo y detrás de él se inflama, ocupando una cuarta parte del cielo, el primer atardecer de la primavera.
Mido con pasos la solitaria y vacía habitación principal de mi apartamento de médico, caminando en diagonal de las puertas a la ventana y de la ventana a las puertas. ¿Cuántos de estos paseos puedo hacer? No más de quince o dieciséis. Luego tengo que volverme y dirigirme al dormitorio. La jeringuilla se encuentra sobre las gasas, junto a la ampolla. La tomo y, untando descuidadamente con yodo mi agujereada cadera, hundo la aguja en la piel. No hay ningún dolor. Oh, al contrario: saboreo por anticipado la euforia que está a punto de llegar. Y entonces llega. Lo sé porque los sonidos del acordeón -que el guardia Vlas, feliz por la llegada de la primavera, está tocando en el balcón-, esos sonidos desgarrados y roncos que me llegan apagados a través del cristal, se convierten en voces angelicales y los bastos bajos de los pliegues hinchados del acordeón cantan como un coro celestial. Pero hay un instante en el que la cocaína que está en la sangre, obedeciendo una ley misteriosa no descrita en ningún tratado de farmacología, se transforma en algo nuevo. Yo lo sé: es la mezcla del diablo con mi sangre. Vlas se marchita en el balcón, y yo le odio; el atardecer, retumbando intranquilo, me abrasa las entrañas. Y esto ocurre unas cuantas veces seguidas en el transcurso de la tarde, hasta que comprendo que estoy envenenado. El corazón comienza a latir de tal forma que lo siento en las manos, en las sienes…, pero luego cae en un abismo y hay momentos en que pienso que el doctor Poliakov no regresará más a la vida…
13 de abril.
Yo, el desdichado doctor Poliakov, que en febrero de este año enfermó de morfinismo, advierto a todos aquellos a quienes les toque mi misma suerte, que no traten de sustituir la morfina por cocaína. La cocaína es el veneno más terrible y pérfido. Ayer, Ana apenas logró reanimarme con alcanfor; hoy soy una especie de cadáver…
6 de mayo de 1917.
Hace mucho tiempo que no he escrito en mi diario. Es una lástima. En realidad no es un diario sino una historia clínica y, por lo visto, lo que siento es atracción profesional por el único amigo que tengo en el mundo (sin tener en cuenta a mi triste y a menudo llorosa amiga Ana).
Así pues, si he de llevar una historia clínica, aquí está: me inyecto morfina dos veces al día: a las cinco de la tarde (después de la comida) y a las doce de la noche, antes de dormir.
La solución es al 3%: dos jeringuillas. En consecuencia, recibo cada vez 0.06.
¡No es poco!
Mis anotaciones anteriores son un tanto histéricas. No hay nada particularmente aterrador. Esto no se refleja de ninguna manera en mi capacidad de trabajo. Al contrario: durante el día vivo de la inyección nocturna de la víspera. Realizo magníficamente las operaciones, soy irreprochablemente atento en las recetas y juro por mi palabra de médico que mi morfinismo no ha causado ningún daño a mis pacientes. Espero que en el futuro tampoco les cause. Pero es otra cosa lo que me atormenta. Constantemente tengo la sensación de que alguien descubrirá mi adicción. Y durante las horas de consulta me es muy difícil sentir en la espalda la pesada mirada escudriñadora de mi enfermero-asistente.
¡Absurdo! Él no sospecha nada. No hay nada que me delate. Mis pupilas pueden delatarme sólo por la noche, y por la noche no me encuentro con él.
He remediado la espantosa disminución de la morfina en nuestra farmacia yendo a la capital del distrito. Pero también allí tuve que sufrir momentos desagradables. El jefe del almacén cogió mi pedido, en el que yo había anotado, precavidamente, toda clase de tonterías -como cafeína, de la cual tenemos grandes cantidades-, y me dijo:
-¿Cuarenta gramos de morfina?
Sentí que esquivaba su mirada, como un colegial. Sentí que enrojecía…
Él me dijo:
-No tenemos una cantidad tan grande. Le daré unos diez gramos.
Era cierto que no tenía tanta morfina, pero a mí me pareció que ese hombre había descubierto mi secreto, que me tanteaba y me escudriñaba con la mirada; y yo me agitaba y sufría.
No, las pupilas; sólo las pupilas son peligrosas, y por eso me he impuesto como norma no encontrarme con nadie por las noches. Por cierto, habría sido imposible encontrar un lugar más adecuado para eso que mi distrito: hace más de seis meses que no he visto a nadie, con excepción de mis pacientes. Y a ellos les tengo sin cuidado.
18 de mayo.
Una noche asfixiante. Habrá tormenta. A lo lejos, detrás del bosque, el vientre negro de la tormenta crece y se hincha. Un relámpago pálido e inquietante atraviesa el cielo. La tormenta ha comenzado.
Tengo ante mis ojos un libro en el que se describen los síntomas de la abstinencia en los morfinómanos:
«…inquietud, ansia y estado depresivo, irritabilidad, debilitamiento de la memoria, a veces alucinaciones y un grado ligero de ofuscamiento de la razón…»
Jamás he experimentado alucinaciones. En cuanto a lo demás, puedo decir que no son más que palabras opacas, triviales, carentes de significado.
¡«Estado depresivo…»!
No, yo, que he contraído esta terrible enfermedad, advierto a los médicos para que sean compasivos con sus pacientes. No es un «estado depresivo» sino una muerte lenta la que se apodera de un morfinómano si se le priva de la morfina, aunque sólo sea por una o dos horas. El aire pierde su consistencia y se hace irrespirable… No hay una sola célula en el cuerpo que no esté ansiosa… ¿De qué? Eso no se puede ni determinar ni explicar. En una palabra, la persona deja de existir. Está desconectada. Es un cadáver que se mueve, se deprime y sufre. No desea nada, ni piensa en nada que no sea la morfina. ¡Morfina!
La muerte de sed es una muerte paradisíaca, beatífica en comparación con la sed de morfina. Probablemente sólo alguien que haya sido enterrado vivo atrape así las últimas minúsculas burbujas de aire que hayan quedado en el ataúd y se desgarre con las uñas la piel del pecho. Así gime y se agita el hereje en la hoguera, cuando las primeras lenguas de fuego lamen sus piernas…
Una muerte seca, una muerte lenta…
Eso es lo que se esconde debajo de las eruditas palabras «estado depresivo».
No puedo más. Acabo de inyectarme. Un respiro. Un respiro más.
Me siento mejor. Y ahí está… ahí está… un ligero frío mentolado en la cavidad estomacal…
Tres jeringuillas de una solución al 3 %. Esto será suficiente hasta la medianoche…
Absurdo. Esta anotación es un absurdo. No es tan terrible. ¡Tarde o temprano la dejaré…! Pero ahora debo dormir, dormir.
Con esta estúpida lucha contra la morfina no hago más que atormentarme y debilitarme.
(Aquí han sido arrancadas unas veinte páginas del cuaderno.)
…mbre.
…vómito a las cuatro y media.
Cuando me sienta mejor, anotaré mis terribles impresiones.
14 de noviembre de 1917.
Así, después de fugarme de Moscú, del sanatorio del doctor… (el apellido está cuidadosamente tachado), estoy de nuevo en casa. La lluvia cae como una cortina y me oculta el mundo. Que lo oculte. No tengo necesidad de él, como nadie en el mundo tiene necesidad de mí. Todavía estaba en la clínica cuando el tiroteo y el golpe de Estado. Pero la idea de abandonar el tratamiento maduró furtivamente en mí aun antes de los combates en las calles de Moscú. Debo darle las gracias a la morfina por haber hecho de mí un valiente. No me asusta ningún tiroteo. Después de todo, ¿acaso hay algo que pueda asustar a un hombre que sólo piensa en una cosa: en los maravillosos y divinos cristales? Cuando la enfermera, completamente aterrorizada por el retumbar de la artillería…
(Una página ha sido arrancada.)
…nqué esta página, para que nadie lea la vergonzosa descripción de cómo un hombre diplomado huyó, furtiva y cobardemente, y robó su propio traje.
¡Como si se tratara de un traje!
Llevaba puesta la camisa del hospital. Tenía la cabeza en otro lado. Al día siguiente, después de haberme inyectado, reviví y volví a la clínica del doctor N. Éste me recibió con piedad, pero en su piedad se sentía, después de todo, el desprecio. No es justo. Es un siquiatra, debe comprender que no siempre soy dueño de mis actos. Estoy enfermo. ¿Por qué entonces despreciarme? Devolví la camisa del hospital.
El doctor dijo:
-Gracias. -Y añadió-: ¿Qué piensa hacer ahora?
Yo dije con ánimo (en ese momento me encontraba en un estado de euforia):
-He decidido regresar a mi rincón perdido, tanto más cuanto que mi permiso ha terminado. Le estoy muy agradecido por su ayuda, me siento mucho mejor. Continuaré curándome en casa.
Él contestó de la siguiente manera:
-Usted no se siente en absoluto mejor. Me resulta francamente cómico que me diga eso. Basta echar una mirada a sus pupilas. ¿Con quién cree que está hablando…?
-Yo, profesor, no me puedo deshabituar de inmediato…, sobre todo ahora, cuando están teniendo lugar todos estos acontecimientos…, el tiroteo me ha destrozado los nervios…
-Pero eso ya ha terminado. Tenemos un nuevo gobierno. Vuelva a ingresar en la clínica.
En ese momento lo recordé todo… los gélidos corredores… las paredes desnudas pintadas con pintura de aceite… y a mí, arrastrándome como un perro con una pata rota… Espero alguna cosa… ¿Qué? ¿Un baño caliente…? No, una pequeña inyección de 0.05 de morfina. Una dosis que no provoca la muerte, es cierto… solamente… todo ese abatimiento, ese peso que continúa oprimiendo como antes… Las noches vacías, la camisa que yo mismo desgarré sobre mi cuerpo mientras suplicaba que me dejaran salir.
No. No. Han inventado la morfina, la han extraído de las cabecitas secas y crujientes de la planta divina, ¡pues entonces que encuentren el modo de curar a las personas sin hacerlas sufrir! Moví tozudamente la cabeza. En ese momento él se levantó y yo me lancé aterrado hacia la puerta. Tuve la impresión de que quería cerrarla con llave y retenerme a la fuerza en el hospital…
El profesor enrojeció.
-No soy un carcelero -dijo no sin cierta irritación-, y esto no es la Butyrka. Puede estar tranquilo. Hace dos semanas usted presumió de ser una persona completamente normal. Y he aquí que… -El profesor repitió expresivamente mi gesto de terror-. Pero no le detengo…
-Profesor, devuélvame la declaración que firmé. Se lo suplico. -Y mi voz incluso tembló lastimeramente.
-Con gusto.
Hizo girar la llave en el escritorio y me devolvió mi declaración (en la que me comprometía a seguir el tratamiento completo durante dos meses, aceptaba que podía ser retenido por los médicos de la clínica, etcétera. En suma, un formulario común y corriente).
Cogí el papel con mano temblorosa y lo escondí mientras murmuraba:
-Se lo agradezco.
Luego me puse en pie para marcharme. Y salí.
-¡Doctor Poliakov! -se oyó detrás de mí. Me volví, sujetándome al pomo de la puerta-. Escuche -dijo el profesor-, recapacite. Comprenda que de todos modos acabará en una clínica siquiátrica, digamos que un poco más tarde… Además, para entonces su estado habrá empeorado notablemente. Hasta ahora le he tratado como a un médico. Pero más tarde se encontrará en un estado de absoluto desquiciamiento síquico. Usted, querido, en realidad no debería siquiera ejercer la medicina y, quizá, incluso sea criminal no poner sobre aviso al personal de su lugar de trabajo.
Me estremecí. Sentí claramente que mi rostro había perdido su color (aunque de todas formas me quedaba poco).
-Profesor -dije con voz sorda-, le suplico que no diga nada a nadie… Me quitarán el trabajo… Me declararán enfermo… ¿Por qué quiere hacerme eso?
-¡Márchese! -gritó el profesor con despecho-, ¡márchese! No diré nada. De todas formas lo traerán de regreso…
Salí y juro que durante todo el camino me sentí atormentado por el dolor y la vergüenza… ¿Por qué…?
Es muy simple. Ah, amigo mío, mi fiel diario. No me traicionarás, ¿verdad? En realidad no se trata del traje sino de que, en el sanatorio, había robado morfina. Tres cubitos en cristales y diez gramos de solución al 1%.
Pero no sólo esto me interesa, también me inquieta lo siguiente. La llave estaba puesta en el armario. Pero ¿y si no hubiera estado? ¿Habría roto el armario o no? ¿Eh? Con la mano en el corazón…
Lo habría roto.
Entonces, el doctor Poliakov es un ladrón. Tendré tiempo de arrancar la página.
En cuanto a lo de ejercer mi profesión, creo que exagero. Sí, soy un degenerado. Es completamente cierto. Ha comenzado ya la degeneración de mi personalidad moral. Pero aún puedo trabajar; soy incapaz de hacer ningún mal o daño a ninguno de mis pacientes.
¿Por qué robé? Muy sencillo. Pensé que durante los combates y toda la confusión relacionada con el golpe de Estado, no encontraría morfina en ningún lugar. Pero cuando las cosas se tranquilizaron, en una farmacia de la periferia conseguí quince gramos de solución al 1 %, cosa inútil y fastidiosa para mí (¡tendré que inyectarme 9 veces!). Además, tuve que humillarme. El boticario exigió un sello y me miró con aire sombrío y de sospecha. Sin embargo, al día siguiente, una vez que había vuelto a mi estado normal, obtuve sin ninguna dificultad, en otra farmacia, veinte gramos en cristales. Había escrito una receta para el hospital solicitando también, por supuesto, cafeína y aspirinas. Sí, después de todo, ¿por qué debo esconderme? ¿Por qué tener miedo? ¿Acaso llevo escrito en la frente que soy morfinómano? A fin de cuentas, ¿a quién le importa?
¿Tan avanzada está mi degeneración? Presento como testimonio estas notas. Son fragmentarias, ¡pero yo no soy un escritor! ¿Acaso hay en ellas ideas delirantes? Me parece que razono de manera perfectamente sana.
El morfinómano tiene una felicidad de la que nadie puede privarle: la capacidad de pasar la vida en el más completo aislamiento. Aislamiento significa pensamientos profundos y elevados, contemplación, serenidad, sabiduría…
La noche transcurre, negra y silenciosa. En alguna parte se encuentra el bosque desnudo y, detrás de él, algún riachuelo, el frío, el otoño. Lejos, muy lejos, está Moscú, desmelenada e impetuosa. No me importa nada, no tengo necesidad de nada y ningún lugar me atrae.
Arde, llama, en mi lámpara, arde, en silencio; quiero descansar después de las aventuras moscovitas, quiero olvidarlas.
Y las he olvidado.
Las he olvidado
18 de noviembre.
Primeras heladas. La tierra se ha secado. He salido a dar un paseo por el sendero que conduce al río, porque ya casi nunca estoy al aire libre.
Mi personalidad se degenera, de acuerdo, pero aún hago esfuerzos por evitarlo. Esta mañana, por ejemplo, no me he inyectado (actualmente me inyecto tres veces al día tres jeringuillas de solución al 4%). Me siento incómodo. Ana me da lástima. Cada vez que aumento la dosis ella sufre. Me da lástima. ¡Ah, qué ser humano!
Sí… así… que… al empezar a sentirme mal, he decidido sufrir un poco (¡el profesor N debería haberme visto), y aplazar el momento de la inyección, y entonces he salido en dirección al río.
Qué desierto. Ni un sonido, ni un murmullo. El crepúsculo no ha comenzado todavía, pero se siente cómo se arrastra por los pantanos, por los montículos, entre los troncos… Avanza, avanza hacia el hospital de Levkovo… Yo también me arrastro, apoyándome en el bastón (a decir verdad, me he debilitado un poco en este último tiempo).
Y, de pronto, veo a una viejecita de cabellos amarillos que viene desde el río, por la pendiente. No camina, corre hacia mí, pero sin mover las piernas bajo su abigarrada falda en forma de campana… En un primer momento no he comprendido quién era, ni siquiera me he asustado. Una ancianita como cualquier otra. Pero resultaba extraño que en aquel frío llevara la cabeza descubierta y no se cubriera el pecho más que con una blusa… ¿De dónde había salido aquella anciana mujer? ¿Quién era? Cuando terminan las consultas en Levkovo y se han marchado los últimos trineos de los campesinos, no queda nadie en diez verstas a la redonda. ¡Niebla, pantanos, bosques! Un sudor frío me ha corrido de pronto por la espalda, ¡había comprendido! La viejecita no corría, volaba, sin tocar la tierra. ¿Es correcto? Pero no era eso lo que me había arrancado un grito, no, sino el hecho de que la viejecita llevaba una horquilla en las manos. ¿Por qué me he asustado tanto? ¿Por qué? He caído sobre una rodilla, he extendido los brazos y me he cubierto para no verla; luego me he vuelto y, cojeando, he corrido a casa como a un lugar de salvación, deseando llegar rápido, antes de que me explotara el corazón, deseando llegar a las cálidas habitaciones, ver a Ana viva y… la morfina…
He entrado corriendo.
Absurdo. Una simple alucinación. Una alucinación casual.
19 de noviembre.
Vómito. Es un mal síntoma.
Mi conversación nocturna con Ana, el día 21.
Ana.- El enfermero lo sabe.
Yo.- ¿De verdad? Da lo mismo. Son tonterías.
Ana.- Si no te marchas de aquí a la ciudad, me ahorcaré. ¿Me oyes? Mira tus manos, míralas.
Yo.- Tiemblan un poco. Pero esto no me impide trabajar.
Ana.- Pero míralas: se han vuelto transparentes. No son más que piel y hueso… Mírate la cara… Escucha, Seriozha, vete, te lo suplico, vete…
Yo.- ¿Y tú?
Ana.- Vete. Vete. Te estás destruyendo.
Yo.- Exageras un poco. Aunque en realidad yo mismo no comprendo por qué me he debilitado tan rápidamente. Llevo enfermo menos de un año. Por lo visto se debe a que mi constitución es así.
Ana (tristemente).- ¿Qué puede devolverte a la vida? ¿Tal vez tu Amneris, tu esposa?
Yo.- Oh, no. Tranquilízate. Gracias a la morfina me he librado de ella. En lugar de ella tengo la morfina.
Ana.- ¡Oh, Dios…! ¿Qué puedo hacer?
Yo creía que personas como Ana sólo existían en las novelas. Si alguna vez me curo, uniré para siempre mi destino al de ella. Ojalá el otro no regrese de Alemania.
27 de diciembre.
Hace mucho que no he cogido el cuaderno. Me he puesto el abrigo, los caballos esperan. Bomgard se ha marchado del distrito de Gorelovo y me han enviado para reemplazarle. A mi distrito vendrá una doctora.
Ana se quedará aquí… Vendrá a visitarme…
Aunque son treinta verstas.
Hemos decidido firmemente que, a partir del 1 de enero, tomaré un mes de permiso por enfermedad e iré a Moscú a ver al profesor. De nuevo firmaré un compromiso y, durante un mes, sufriré tormentos inhumanos en su sanatorio.
Adiós, Levkovo. Hasta pronto, Ana.
1918
Enero.
No he ido. No puedo separarme de mi ídolo en forma de cristales solubles.
Moriría durante el tratamiento.
Cada vez con más frecuencia me ronda la idea de que no necesito curarme.
15  de enero.
Vómito por la mañana.
Tres jeringuillas de solución al 4% al atardecer. Tres jeringuillas de solución al 4% por la noche.
16  de enero.
Día de operaciones, por lo tanto he tenido una larga abstinencia: desde la noche hasta las seis de la tarde.
Al atardecer -la hora más terrible- ya en mi apartamento, he oído con toda claridad una voz, monótona y amenazadora, que repetía:
-Serguéi Vasílievich, Serguéi Vasílievich.
Después de la inyección, todo ha desaparecido de inmediato.
17 de enero.
Hay tormenta: no hay consulta. Durante mi abstinencia leí un manual de siquiatría que me produjo una impresión aterradora. Estoy perdido, no hay ninguna esperanza.
El más mínimo rumor me asusta, la gente me resulta odiosa durante la abstinencia. Me da miedo. Durante la euforia los amo a todos, pero prefiero la soledad.
Aquí debo andar con cuidado: hay un enfermero y dos comadronas. Debo estar muy atento para no traicionarme. Ahora tengo experiencia y no me traicionaré. Nadie sabrá nada, mientras tenga una reserva de morfina. Yo mismo me preparo la solución o bien le envío con tiempo la receta a Ana. En una ocasión ella hizo el intento (disparatado) de cambiar la solución al 5% por una al 2%. Ella misma la trajo de Levkovo, en medio del frío y la tormenta.
Esa fue la causa de que aquella noche tuviéramos una violenta discusión. La convencí de no volver a hacerlo. Comuniqué al personal de este lugar que me encontraba enfermo. Durante mucho tiempo me rompí la cabeza pensando qué enfermedad inventar. Dije que tenía reumatismo en las piernas y neurastenia aguda. Les he advertido que en febrero me marcharé con un permiso a Moscú para curarme. El asunto marcha bien. No hay ninguna interrupción en el trabajo. Evito operar los días en que soy víctima de vómitos incontenibles, acompañados de hipo. Por eso he tenido que diagnosticarme también un catarro estomacal. ¡Ah, son demasiadas enfermedades para una sola persona!
El personal de aquí es compasivo y ellos mismos me empujan a que tome un permiso.
Mi aspecto externo: delgado y pálido como la cera.
Me he dado un baño y luego me he pesado en la balanza del hospital. El año pasado pesaba 65 kilogramos; ahora peso 55. Me he asustado al mirar la flecha de la balanza, pero después ha pasado.
Tengo los antebrazos constantemente llenos de abscesos, igual que las caderas. No sé preparar con esterilidad la solución; además, unas tres veces me he inyectado con una jeringuilla que no había sido hervida; tenía mucha prisa, era antes de un viaje.
Esto es inadmisible.
18 de enero.
He tenido la siguiente alucinación:
Estaba esperando en unas ventanas negras la aparición de ciertas personas pálidas. Era insoportable. Sólo había una cortina. He cogido gasa en el hospital y la he colgado en la ventana. No he podido inventar una justificación.
¡Ah, diablos! ¿Por qué, a fin de cuentas, siempre debo buscar una justificación para cada una de mis acciones? ¡Esto no es vida, es un martirio!
¿Expreso mis pensamientos con claridad?
Creo que sí.
¿La vida? ¡Qué ridiculez!
19 de enero.
Hoy, durante un receso entre las consultas, cuando estábamos descansando y fumando en la farmacia, el enfermero, mientras mezclaba unos polvos, nos ha contado (riéndose por alguna razón) la historia de una enfermera morfinómana que, no pudiendo procurarse morfina, bebía media copa de un licor de opio. Yo no sabía adónde dirigir la mirada durante el tiempo que ha durado este atormentador relato. ¿Qué hay de gracioso en eso? El enfermero me es odioso. ¿Qué hay de gracioso? ¿Qué?
He salido de la farmacia caminando como un ladrón.
«¿Qué es lo que le resulta a usted gracioso en esa enfermedad…?»
Pero me he contenido, me he cont…
En mi situación, no debo ser especialmente petulante con la gente.
Ah, enfermero. Es tan cruel como esos siquiatras, que no son capaces de ayudar al enfermo de ninguna manera, de ninguna manera, de ninguna manera.
De ninguna manera.
De ninguna manera.
Las líneas anteriores fueron escritas en un momento de abstinencia y contienen muchas afirmaciones injustas.
Es noche de luna. Estoy acostado después de un ataque de vómito, me siento débil. No puedo levantar los brazos muy alto y trazo mis pensamientos con lápiz. Son puros y orgullosos. Soy feliz por unas cuantas horas. El sueño me espera. En lo alto brilla la luna, y en ella hay una corona. Nada es terrible después de la inyección.
1 de febrero.
Ha llegado Ana. Está amarilla, enferma.
He acabado con ella. Yo. Sí, sobre mi conciencia pesa un gran pecado.
Le he jurado que me marcharé a mediados de febrero.
¿Lo cumpliré?
Sí. Lo cumpliré.
Si aún estoy con vida.
3 de febrero.
Así pues, una montaña de nieve. Helada e interminable, como aquella desde la cual, en los cuentos de mi niñez, se llevaban en un trineo al fabuloso Kai. Es mi último vuelo por esta montaña y sé lo que me espera abajo. Ah, Ana, pronto tendrás un gran sufrimiento, si es que me has amado…
11 de febrero.
He decidido lo siguiente. Me dirigiré a Bomgard. ¿Por qué justamente a él? Porque no es siquiatra, porque es joven y fue mi compañero en la universidad. Es un hombre sano y fuerte pero al mismo tiempo es dulce, si no me equivoco. Lo recuerdo. Quizá sea… En él encontraré compasión. Él podrá hacer algo. Que me lleve a Moscú. No puedo ir hasta donde está él. He recibido el permiso. Estoy acostado. No voy al hospital.
He calumniado al enfermero. Es cierto que se rió… Y bien, no importa. Ha venido a visitarme. Me ha propuesto auscultarme.
No se lo he permitido. ¿Nuevamente debo encontrar un pretexto para negarme? No quiero inventar ningún pretexto.
La nota a Bomgard ha sido enviada.
¡Gente! ¿Alguien podrá ayudarme?
He comenzado a lanzar exclamaciones patéticas. Si alguien leyera esto, pensaría que son falsas. Pero nadie lo leerá.
Antes de escribir a Bomgard, lo he recordado todo. Sobre todo me venía con insistencia a la mente la estación de Moscú, cuando huí de la ciudad, en noviembre. Qué noche tan terrible. Encerrado en el lavabo, me inyectaba la morfina que había robado… Fue un martirio. Golpeaban la puerta, las voces retumbaban como si fueran de metal, me insultaban porque llevaba demasiado tiempo dentro del lavabo; me saltaban las manos, también saltaba el pestillo, de modo que en cualquier momento podía abrirse la puerta…
Desde entonces también tengo forúnculos.
Por la noche he llorado, al recordar todo esto.
12 de febrero, por la noche.
De nuevo el llanto. ¿A qué viene tanta debilidad y tanta infamia por las noches?
Año 1918. 13 de febrero al amanecer, en Gorelovo.
Puedo felicitarme: ¡no me he inyectado en catorce horas! ¡Catorce! Una cifra inimaginable. El amanecer es confuso y blanquecino. ¿Estaré completamente sano dentro de un momento?
Una reflexión madura: Bomgard no me es necesario, nadie me es necesario. Sería vergonzoso prolongar, aunque sólo fuera un minuto, mi vida. Una vida así no se puede prolongar. Tengo la medicina al alcance de la mano. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?
Y bien, manos a la obra. No le debo nada a nadie. Me he destruido solamente a mí mismo. Y a Ana. ¿Pero qué se puede hacer?
El tiempo lo curará, como cantaba Amneris. Con ella, naturalmente, todo es sencillo y fácil.
El cuaderno es para Bomgard. Es todo…
V
El amanecer del 14 de febrero de 1918, en una lejana ciudad de provincias, terminé de leer este diario de Serguéi Poliakov. Aquí está, en su totalidad, sin ninguna modificación. No soy siquiatra y no puedo decir con certeza si es útil o instructivo. Creo que lo es.
Ahora que ya han transcurrido diez años de todo esto se han disipado la compasión y el dolor provocados por el diario. Es natural, y sin embargo al releerlo me doy cuenta de que me sigue resultando interesante a pesar de que el cuerpo de Poliakov hace mucho que se ha convertido en cenizas y su recuerdo ha desaparecido por completo. ¿Podrá ser útil? Me atrevo a decir que sí. Ana K. murió en 1922 de tifus exantemático, en el mismo distrito en donde había trabajado. Amneris -la primera esposa de Poliakov- está en el extranjero. No volverá.
¿Puedo publicar este diario que me fue regalado?
Puedo. Lo publico. Doctor Bomgard.