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Saturday, July 28, 2018

Elia Casillas


Nosotros nos manteníamos con el dinero que mi abuela ganaba lavando ropa y, los encuentros con doña Teresa eran inevitables, ya que ella secaba su cabello con el viento del atardecer, ahí, justo al final de la escalera, acomodaba su silla, y dejaba que su cabellera volara. Mi abuelita, me mandaba a que llevara virotes con frijoles fritos a unos niños que casi vivían solos, porque su mami trabajaba todo el día. Ella los encerraba, pero la puerta de fierro tenía una ventana de vidrio, entonces, por ahí se los pasaba. Mi abuela nunca les cobró los virotes o la comida. De tanto encontrarnos,  un día encaré a doña Teresa, la vi de frente, y ya no me pareció tan fea, tan bruja, creo que me había acostumbrado a mirarla. Sus ojos eran los mismos, dos canicas azules, dos agujeros llenos de arrugas y un gran abismo.  "Mira, ¿te sabes la oración de la Santa cruz?" No. No me la sé. "Escucha y repite conmigo... Cruz bendita, cruz sagrada, a la hora de mi muerte, tú serás convidada" ¿Y eso, para qué es...? "Mira, eres medio gitanilla, cuando te encuentres una cruz en el camino, dices la oración. Cuentan que un hombre que andaba de pueblo en pueblo, cada vez que veía una cruz, mencionaba este rezo, cuando murió, todas las cruces vinieron a su tumba." ¿De veras...? ¿Y cómo supieron su dirección? Velia, Velia, (hasta que pidieron mi acta de nacimiento para el certificado de primaria, me llamé Velia), sólo tú haces esas preguntas. Yo, sólo imaginaba la tumba llena de cruces, se veía tan bonita, ahí, cruces de colores y todos los tamaños, sobre mi pequeño sepulcro.




Navojoa, Son. Jul./28/2018




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