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Tuesday, April 03, 2018

Doña Apolonia y Navachiste: Gilberto Gutierrez



Oiga Doña Apo y ¿a dónde le gustaría ir de vacaciones de Semana Santa? - Pos la mera verdad igual que el año pasado a Navachiste a ver si con los olores de allá se me quitan estas reumas que traigo desde hace rato. -A poco el año pasado fue a la isla de los poetas. -No mijo el año pasado también tuve ganas de ir así como desde hace 20 y tantos años que he querido volver pero siempre me gana la pena y la vergüenza.
-Pero vergüenza porqué y menos a su edad Doña Apo me extraña. - Ahorita te voy a contar porqué no más no le vayas a decir a nadie. Era el año de 1993 o 94, muchos de los que van ahora todavía ni nacían, yo tenía entonces unos 38 0 39 años, estaba en la plena edad de entre madura y me vale madres, tenía lo mío y aparte como nunca usaba nada de maquillajes ni merjurges, ni había parido tenía la cara limpia, no aparentaba la edad que tenía me veía como de 30, me encantaba el baile y el desmadre como a pocas plebes de esa época. En ese entonces se empezó a correr un rumor de que habría un festival en semana santa tipo Avándaro que organizaría un maestro de la UAS dónde se iban a juntar un chingo de hippies en una playa cerca del cerro Cabezón y pos con mi comadre Julia que en ese entonces trabajaba conmigo en el Caballero Elegante una tienda que estaba por el centro, nos alborotamos, compramos una tiendita de campaña pa´  las dos allá en equipos y deportes, los mentados sleepings estaban muy caros en ese entonces así que nos llevamos un montón de cobijas, compramos unas latas de atún y sardinas, galletas saladas y juímosnos. Agarramos el camión en el mercadito Independencia un jueves muy temprano. Yo le dije a mí amá que iba con la familia de la Julia a un rancho pa´ Choix a pasar la semana santa y la Julia hizo lo mismo y ya no hubo bronca. Desde que llegamos al Cerro Cabezón nos empezó a ir a todo dar, unos pescadores de volada nos ofrecieron raíte en panga a Navachiste y pos cómo no si mi comadre en ese entonces estaba más buena que las que salían en el libro vaquero además llevaba un chorsito que casi enseñaba media nalga y yo no cantaba mal las rancheras, nombre hasta unos botes de Tecate nos invitaron, ya llegamos a la playa medio entonadas. En cuanto llegamos buscamos nuestro espacio para poner la tienda y nos acomodamos abajo de unas mezquites para poderla amarrar por si el viento se ponía canijo, recuerdo que fue todo un rollo el armarla, no sabíamos ni papa de cómo se hacía pero con  la buena suerte que nos cargábamos no tardó en llegar un señor muy amable con voz de chilango que se ofreció en ayudarnos, en un dos por tres la armó, después supe que era un escultor que se llamaba Antonio Nava porque hicieron unas cosas muy bonitas de cemento que dejaron en la playa que dizque para la posteridad. Lo bueno fue cuando nos dio hambre porque hasta entonces nos dimos cuenta que no llevábamos abrelatas porque en ese entonces no existían los abre fácil, de esos bien fáciles de ahora, antes estaba cabrón abrir una lata y venían bien duras las condenadas, hasta con el cuchillo batallabas. Ahí fue cuando empezó lo bueno o lo malo hasta ahorita no lo sé ni lo quiero averiguar. Tomé la lata de sardina y me fui derechito a la primera lancha que encontré en la playa ahí fue donde lo conocí, era un tipo como de mí edad. Fuerte, corpulento, sin camisa y un chor de un pantalón de mezclilla cortado parecía con cuchillo una pierna más larga que otra pero de esos que nada se les ve mal. Cabello rizado y ojos verdes como el mismo mar. Por Dios que cuando le entregué la lata para que la abriera mi mano temblaba. Él la tomó y como si destazara un pescado de un solo jalón la abrió y todavía muy amable me dijo: A mí también me gusta mucho la sardina pero pronto aburre al rato te voy a traer un ceviche de camarón que acabo de hacer que me quedó pa chuparse los dedos, he hizo un ademán de chuparse el dedo que hizo que mi corazón casi se saliera, ya no pude apartarlo de la mente. Al atardecer nos invitaron a hacer yoga, nunca había yo hecho esas cosas así que cuando nos dijeron pongan la mente en blanco mi mente, cuerpo y alma no más pensaba en los ojos de aquel pescador. Toda la tarde me la pasé buscándolo con la mirada, tenía que verlo, estaba hechizada. Por la noche se armó una fogata, sonaban los tambores de una forma diferente, no eran como la de los judíos, sentía que estaba como en África o algo así y todavía la Julia saca una botella de tequila que empezamos a saborear. Pronto sentí el calor no sé si del tequila o de la fogata. Me dieron ganas de bailar, de moverme al ritmo del tambor, de quitarme la blusa y sentirme libre. Nadie dijo nada solo sentí esa mano que me sacó del medio de la fogata y me llevó a la orilla del mar, vi sus ojos verdes y supe que estaba perdida que no podría decir que no, yo estaba de suerte, lo había pedido y se me concedía, era semana santa. Hicimos el amor no sé cuantas veces solo supe que cuando regresábamos de la cueva ya el sol salía. Al otro día todo mundo sabía lo que había pasado, que había bailado casi desnuda en la fogata y que me había metido con un hombre casado. No soporté, dejé todo y me vine en la primera lancha que salía esa mañana. Julia me alcanzó en el camión, nunca y hasta al fecha nunca me dijo nada, por eso era mi amiga. Lo mejor de todo, porque estoy seguro que es lo mejor que me ha pasado es que ya no me volvió a bajar, quedé embarazada y tuve a ese tesoro que ha sido mi luz de ojos color de mar y cabello rizado , mi guía mi todo en la vida que es mi Navoriel y hoy precisamente hoy me ha dicho que se van con sus amigos a una playa que se llama Navachiste, me dieron ganas de decirle todo, que buscara a Antonio Coronado Guerrero y le preguntara por su papá, pero mejor decidí callar, que todo se quede aquí en mi corazón...





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