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Tuesday, January 23, 2018

VERANO: Mishima Yukio


-Que duermas bien, cariño.
La madre de Noboru salió del cuarto del chico y cerró la puerta con llave. ¿Cuál sería su reacción en caso de incendio? En primer lugar, lo sacaría de allí: se había hecho esa promesa. Pero ¿y si el calor retorcía la puerta de madera o la pintura obstruía el ojo de la cerradura? ¿La ventana? El camino de abajo era de grava, y la altura del segundo piso de aquella casa alta y estrecha tampoco permitía abrigar demasiadas esperanzas. La culpa era del chico. Nada habría pasado si no se hubiera dejado convencer por el jefe y no se hubiera escapado de casa aquella noche. Luego vino la letanía de preguntas, pero él se había negado a revelar el nombre de su jefe. Vivían en la cima de Yado Hill, en Yokohama, en una casa construida por su padre. Al terminar la guerra la casa había sido requisada por el ejército de ocupación, y se había instalado un servicio en cada dormitorio del piso superior. Pasar la noche allí encerrado no era excesivamente incómodo, pero para un chico de trece años suponía una enorme humillación. Una mañana, solo y al cuidado de la casa, Noboru, ansioso por desahogar de algún modo su despecho, se puso a revolver su habitación. Había un gran armario empotrado cuya pared del fondo daba al dormitorio de su madre. Sacó todos los cajones y, al vaciarlos desordenadamente por el suelo, vio que un hilo de luz iluminaba uno de los huecos del armario. Metió en él la cabeza y descubrió la fuente de la luz: el fuerte sol estival se reflejaba en el mar e inundaba el dormitorio vacío de su madre. Había mucho espacio en el armario: incluso un adulto, deslizándose en sentido horizontal, podría introducirse hasta la cintura. Al examinar la alcoba de su madre a través de la abertura, Noboru experimentó una nueva y refrescante sensación. Las relucientes camas de latón que su padre hiciera traer de Nueva Orleans seguían, como antes de su muerte, contra la pared del lado izquierdo de la alcoba. Sobre una de ellas se veía una colcha extendida con esmero, y una gran K sobre el blanco de la sábana (el apellido familiar era Kuroda). Había un sombrero de paja azul con una larga cinta azul pálido encima de la cama. Y sobre la mesilla de noche un ventilador eléctrico también azul. Al otro lado, cerca de la ventana, podía verse un tocador con un espejo ovalado de tres cuerpos. Los bordes superiores del espejo, que no estaba cerrado por completo, brillaban a través de las rendijas como astillas de hielo. Frente al espejo se alzaba una pequeña urbe de frascos: eau de Cologne, pulverizadores de perfume, agua de lavanda, un centro de mesa de cristal de Bohemia de rutilantes facetas..., y unos guantes de encaje arrugados, de color castaño, marchitándose como dos hojas de cedro. Bajo la ventana, un canapé y dos sillas, una lámpara de pie y una exquisita mesa baja. Sobre el canapé se hallaba recostado un bastidor de bordados con las puntadas iniciales de un boceto hilvanadas en la seda. Hacía tiempo que el gusto por estas cosas había caído en desuso, pero su madre amaba todo tipo de trabajos manuales. El boceto parecía representar las alas de algún pájaro vistoso, tal vez un papagayo, sobre un fondo gris plata. Junto al bordado se veían unas medias hechas un ovillo. La brusca conjunción del fino nylon y del falso damasco del canapé daba a la habitación un aire de desasosiego. Tal vez su madre, al salir, había descubierto una carrera en la media y se había cambiado precipitadamente. A través de la ventana sólo alcanzaba a ver el cielo deslumbrante y algunos fragmentos de nubes que, a la luz reflejada por las aguas, se recortaban relucientes como esmalte. Noboru no podía creer que estuviera contemplando el dormitorio de su madre. Podría haber pertenecido a cualquier extraño. Pero no había duda de que allí vivía una mujer: la femineidad latía en cada esquina, y en el aire flotaba aún un tenue aroma. Entonces lo asaltó una extraña idea: ¿era aquella abertura fruto del azar o es que después de la guerra, cuando las familias de los soldados habían vivido con ellos en la casa...? De pronto tuvo el presentimiento de que un cuerpo mayor que el suyo, un cuerpo rubio y velludo, se había acurrucado un día en aquel hueco polvoriento. La idea agrió el aire cerrado y le produjo náuseas. Retrocedió en zigzag y, una vez fuera del armario, corrió al cuarto contiguo. No olvidaría nunca la extraña sensación que le invadió al irrumpir en él después de abrir de golpe la puerta. Anodina y familiar, la habitación no guardaba similitud alguna con la cámara misteriosa que había contemplado a través de la abertura. Era allí adonde acudía a gimotear y a enfurruñarse («Ya es hora de que dejes de venir tan a menudo al cuarto de tu madre con la excusa de ver los barcos; ya no eres ningún chiquillo, cariño»); el lugar donde su madre dejaba a un lado su bordado y, disimulando los bostezos, le ayudaba en los deberes; o donde le reñía por no llevar derecha la corbata; o donde examinaba los libros de contabilidad que traía de la tienda... Trató de hallar la abertura: no era fácil. El pequeño agujero, hábilmente disimulado en el friso tallado con adornos, estaba situado sobre el borde superior, donde los rizos de la decoración se superponían hasta ocultarlo. Noboru, atropelladamente, volvió a su habitación, recogió las ropas desperdigadas y las volvió a meter en los cajones. Una vez todo en su sitio, se juró que jamás haría nada que pudiera atraer hacia el armario la atención de los adultos. Poco después de su descubrimiento, Noboru empezó a espiar a su madre por las noches, en especial cuando le había sermoneado o regañado. En cuanto se quedaba solo, encerrado en su habitación, sacaba el cajón silenciosamente y se ponía a mirar, siempre fascinado, los preparativos de su madre a la hora de acostarse. Pero jamás lo hacía cuando su madre se había mostrado dulce. Descubrió que, aunque las noches aún no eran sofocantes, su madre, antes de acostarse, acostumbraba a quedarse sentada unos instantes completamente desnuda. Era terrible cuando iba a mirarse en el espejo de pared, porque se hallaba colgado en un rincón del cuarto que él no podía ver. A los treinta y tres años, el cuerpo delgado de su madre, estilizado gracias al tenis semanal, era muy bello. Normalmente se acostaba después de humedecer su cuerpo con agua perfumada, pero a veces se sentaba frente al tocador y miraba durante unos minutos su perfil en el espejo, con los ojos vacíos, como agostados por la fiebre, y los dedos perfumados hundidos entre los muslos. Noboru, entonces, se ponía a temblar, pues tomaba por sangre el amasijo carmesí de las uñas de su madre. Nunca había tenido tan cerca de sus ojos un cuerpo de mujer. Los hombros dibujaban un pequeño declive, como la suave pendiente de una playa. Tenía el cuello y los brazos ligeramente bronceados, pero a la altura del pecho, como si una lámpara la iluminara desde dentro, afloraba una blancura cálida y carnosa. Los arrogantes pechos se apartaban brusca y oblicuamente de su cuerpo, y respondían al rítmico masaje haciendo bailar sus pezones rosados y despiertos. Vio el vientre tembloroso, la cicatriz que revelaba en ella la maternidad, según aprendió un día en un libro rojo y polvoriento del estudio de su padre. Había dado con él en el estante más alto, vuelto hacia dentro, entre un manual de comercio de bolsillo y un libro de jardinería. Y la zona de negro. El ángulo de visión era, en cierto modo, difícil, y le obligó a torcer tanto la mirada que pronto sintió dolor en los ojos. Intentó imaginar todas las obscenidades que sabía, pero las palabras no lograban por sí mismas penetrar aquella espesura. Probablemente sus amigos tenían razón al decir que era una pequeña morada vacía y digna de lástima. Y se preguntó si ella tendría algo que ver con el vacío de su propio mundo. Noboru, a los trece años, estaba convencido de su genio (todos los del grupo pensaban de igual forma respecto de sí mismos), y tenía la certeza de que la vida se reducía a unas cuantas señales y decisiones simples; de que la muerte sentaba ya sus raíces en el instante del nacimiento y que, en lo sucesivo, el hombre no podía sino procurar cuidado y riego a este germen; de que la reproducción era ficticia y, consecuentemente, la sociedad también lo era: padres y educadores, por el mero hecho de serlo, eran responsables de un ominoso pecado. La muerte de su propio padre, cuando él tenía ocho años, había constituido por tanto un feliz incidente, algo de lo que podía enorgullecerse. En las noches de luna, su madre apagaba la luz y se quedaba desnuda frente al espejo. Entonces él permanecía echado y despierto durante horas, asaltado por visiones de vacío. A la luz de la luna y de la suave sombra, una fealdad se desplegaba y anegaba el mundo entero. Si yo fuera una ameba -pensaba-, con un cuerpo infinitesimal, podría derrotar a la fealdad, pero el hombre no es lo suficientemente diminuto ni gigante para vencer a nada. A menudo, cuando estaba en la cama, le llegaba a través de la ventana abierta, como una pesadilla, el ulular de las sirenas de los barcos. Si su madre había sido amable, podía dormir sin espiarla. Pero entonces la visión aparecía en sus sueños. Nunca lloraba, ni aun en sueños, pues la dureza de corazón era para él motivo de orgullo. Le gustaba imaginar su corazón como una enorme ancla de hierro que resistía la corrosión del mar, y que, desdeñosa de las ostras y percebes que hostigaban los cascos de los buques, se hundía bruñida e indiferente, entre montones de vidrios rotos, peines sin dientes, tapones de botella, preservativos..., en el cieno del fondo del puerto. Algún día se haría tatuar un ancla en el pecho. La noche más desapacible de todas vino hacia el final de las vacaciones de verano. Todo fue súbito: no hubo manera de saber de antemano lo que iba a suceder. Su madre salió temprano, al atardecer, y dijo que había invitado a cenar a Tsukazaki, el Segundo Piloto, para agradecerle el haber enseñado el barco a Noboru el día anterior. Llevaba un kimono de encaje negro sobre una túnica roja y una faja japonesa de brocado blanco. Noboru, cuando la vio salir de casa, pensó que estaba preciosa. A las diez volvió con Tsukazaki. Noboru les abrió la puerta; fue a sentarse en la sala con el marino, que estaba algo achispado, y se puso a escuchar sus historias marineras. A las diez y media su madre les interrumpió y dijo al chico que ya era hora de acostarse. Le hizo subir de prisa al dormitorio y cerró la puerta con llave. En la humedad de la noche, el interior del armario era tan sofocante que Noboru apenas podía respirar. Se acuclilló afuera, junto al hueco, listo para deslizarse hasta su puesto cuando llegara el momento, y esperó. Pasada la medianoche oyó pasos furtivos en las escaleras. Alzó la vista y vio que el tirador de su puerta giraba con sigilo en la oscuridad: alguien tanteaba la puerta. Nunca había sucedido nada parecido. Un minuto después, al oír que se abría la puerta de su madre, Noboru se deslizó sudoroso en el armario. La luz lunar, que entraba por el sur, se reflejaba en uno de los cristales de la ventana, abierta de par en par. Tsukazaki estaba apoyado en el alféizar. En su camisa blanca, de manga corta, podían verse unos galones de trencilla dorada. La espalda de su madre entró en el campo visual y cruzó la habitación hacia el marino. Se fundieron en un prolongado beso. Luego, palpándole los botones de la camisa, dijo algo en voz baja, encendió la tenue lámpara de pie y volvió a salir de campo. Empezó a desnudarse frente al armario ropero, en un rincón de la alcoba que el chico no podía ver. Al áspero siseo, parecido a un silbido de serpiente, que produjo la faja al deshacerse siguió el sonido más suave y sedoso del kimono al deslizarse hasta el suelo. El aire que rodeaba la abertura se llenó de pronto de un fuerte aroma de Arpége. Ella se había paseado sudorosa y un tanto ebria por el aire nocturno y húmedo, y ahora su cuerpo, al desnudarse, exhalaba una fragancia almizclada que Noboru no identificó. El marino seguía en la ventana, mirando directamente hacia Noboru. Su rostro carecía de facciones; sólo unos ojos brillantes a la luz de la lámpara. Al comparar al hombre con la lámpara, Noboru, que la había utilizado a menudo como patrón, pudo hacerse una idea de su altura. Calculó que no mediría más de uno setenta, tal vez un poco menos. No era un hombre muy alto. Tsukazaki se desabrochó lentamente la camisa, luego se desprendió con soltura de la ropa. De edad aproximada a la de la mujer, su cuerpo parecía más joven y sólido que el de cualquier hombre de tierra: acaso había sido moldeado por el mar. Sus hombros eran anchos y cuadrados como las vigas de la bóveda de un templo; el pecho tenso aparecía cubierto por un vello espeso y rizado; los músculos, nudosos como henequén trenzado, sembraban de relieves todo el cuerpo: parecía que su carne fuera una armadura de la que podía desprenderse a voluntad. Y entonces, fascinado, Noboru pudo ver cómo, rasgando la espesa mata de vello que crecía bajo el vientre, se erguía triunfalmente erecta la bruñida torre del templo. La respiración oscilante del marino hacía que el vello de su pecho diseminara en la luz tenue sombras palpitantes. Su mirada, de inquietante fulgor, no se apartó ni un instante de la mujer que se desnudaba. La luz de la luna, reflejada al fondo, dibujaba una cordillera de oro sobre sus hombros y doraba también la arteria que le surcaba el cuello. Era genuino oro de carne, oro de luz lunar y de sudor resplandeciente. Su madre tardaba mucho en desnudarse: tal vez lo hacía deliberadamente. De pronto, el hondo y dilatado lamento de la sirena de un buque irrumpió a través de la ventana abierta e inundó la penumbra del recinto. Era un gemido de oscura, infinita, imperiosa pesadumbre; negro como boca de lobo y liso como lomo de ballena, cargado con todas las pasiones de las mareas, con la memoria de los viajes sin cuento, con los júbilos, con las humillaciones... Era el grito del mar. La sirena, llena del fulgor y del delirio de la noche, irrumpía tonante, trayendo desde la lejanía marina, desde el muerto centro del mar, la noticia de su sed por el oscuro néctar de aquel pequeño cuarto. Tsukazaki, con un brusco giro de los hombros, se volvió y miró hacia las aguas. Fue como si todo formara parte de un milagro: en aquel instante, todas las cosas apelmazadas dentro del pecho de Noboru desde el primer día de su vida se vieron liberadas y alcanzaron su consumación. Hasta el ulular de la sirena, todo se había reducido a meros amagos de un boceto. Los más delicados materiales se hallaban ya a punto, las cosas tomaban forma, todo se abría paso hacia el instante no terreno. Sólo faltaba un elemento: la fuerza que transfiguraría aquellas abigarradas vertientes de realidad en un palacio magnífico. Entonces, al conjuro de la sirena, las partes se fundieron en un todo perfecto. Estaba la conjunción de la luna con un viento febril, de la carne desnuda e instigada de un hombre y una mujer, del sudor, del perfume, de las cicatrices de una vida en el mar, de la oscura memoria de puertos de todo el mundo, de una abertura estrecha, exenta de aire, del corazón de hierro de un chiquillo..., pero las cartas de esta baraja de adivino se hallaban diseminadas, no encerraban vaticinio alguno. Al fin, el orden universal, restablecido gracias a un súbito grito de sirena, revelaba un círculo vital ineluctable; las cartas casaban por fin: Noboru y la madre, la madre y el hombre, el hombre y el mar, el mar y Noboru... Se sentía asfixiado, empapado, extático. Estaba seguro de haber presenciado cómo se desenredaba un hilo enmarañado hasta componer una imagen sagrada. Algo que exigía protección, pues, hasta donde alcanzaba a ver, él, con sus trece años, era su solitario creador. «Si esto llega a destruirse un día -susurró Noboru, apenas consciente-, significará el final del mundo. Creo que sería capaz de hacer cualquier cosa para impedirlo por terrible que fuera.»





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