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Monday, July 16, 2018

Instrucciones para cantar: Julio Cortázar




 Empiece por romper los espejos de su casa, deje caer los brazos, mire vagamente la pared, olvídese. Cante una sola nota, escuche por dentro. Si oye (pero esto ocurrirá mucho después) algo como un paisaje sumido en el miedo, con hogueras entre las piedras, con siluetas semidesnudas en cuclillas, creo que estará bien encaminado, y lo mismo si oye un río por donde bajan barcas pintadas de amarillo y negro, si oye un sabor de pan, un tacto de dedos, una sombra de caballo.
Después compre solfeos y un frac, y por favor no cante por la nariz y deje en paz a Schumann.






Julio Cortázar: En un vaso de agua fría o preferentemente tibia




Es triste, pero jamás comprenderé las aspirinas efervescentes, los alcaselser y las vitaminas C. Jamás comprenderé nada efervescente porque una medicina efervescente no se puede tomar mientras efervesce puesto que parte de la pastilla se te pega al paladar y qué cosquillas, por lo demás totalmente desprovistas de propiedades terapéuticas. Si en cambio se la toma una vez que ha efervescido ya no se ve para qué sirve que sea efervescente. He leído mucho los prospectos que acompañan a esos productos, sin encontrar una explicación satisfactoria; sin duda la hay, pero para enfermos más inteligentes.





Sunday, July 15, 2018

Un árbol de Noel y una boda: Fiodor Dostoyevski



 Hace un par de días asistí yo a una boda… Pero no… Antes he de contarles algo relativo a una fiesta de Navidad. Una boda es, ya de por sí, cosa linda, y aquella de marras me gustó mucho… Pero el otro acontecimiento me impresionó más todavía. Al asistir a aquella boda, hube de acordarme de la fiesta de Navidad. Pero voy a contarles lo que allí sucedió.
Hará unos cinco años, cierto día entre Navidad y Año Nuevo, recibí una invitación para un baile infantil que había de celebrarse en casa de una respetable familia amiga mía. El dueño de la casa era un personaje influyente que estaba muy bien relacionado; tenía un gran círculo de amistades, desempeñaba un gran papel en sociedad y solía urdir todos los enredos posibles; de suerte que podía suponerse, desde luego, que aquel baile de niños sólo era un pretexto para que las personas mayores, especialmente los señores papás, pudieran reunirse de un modo completamente inocente en mayor número que de costumbre y aprovechar aquella ocasión para hablar, como casualmente, de toda clase de acontecimientos y cosas notables. Pero como a mí las referidas cosas y acontecimientos no me interesaban lo más mínimo, y como entre los presentes apenas si tenía algún conocido, me pasé toda la velada entre la gente, sin que nadie me molestara, abandonado por completo a mí mismo.
Otro tanto hubo de sucederle a otro caballero, que, según me pareció, no se distinguía ni por su posición social, ni por su apellido, y, a semejanza mía, sólo por pura causalidad se encontraba en aquel baile infantil… Inmediatamente hubo de llamarme la atención. Su aspecto exterior impresionaba bien: era de gran estatura, delgado, sumamente serio e iba muy bien vestido. Se advertía de inmediato que no era amigo de distracciones ni de pláticas frívolas. Al instalarse en un rinconcito tranquilo, su semblante, cuyas negras cejas se fruncieron, asumió una expresión dura, casi sombría. Saltaba a la vista que, quitando al dueño de la casa, no conocía a ninguno de los presentes. Y tampoco era difícil adivinar que aquella fiestecita lo aburría hasta la náusea, aunque, a pesar de ello, mostró hasta el final el aspecto de un hombre feliz que pasa agradablemente el tiempo. Después supe que procedía de la provincia y sólo por una temporada había venido a Petersburgo, donde debía de fallarse al día siguiente un pleito, enrevesado, del que dependía todo su porvenir. Se le había presentado con una carta de recomendación a nuestro amigo el dueño de la casa, por lo que aquél cortésmente lo había invitado a la velada: pero, según parecía, no contaba lo más mínimo con que el dueño de la casa se tomase por él la más ligera molestia. Y como allí no se jugaba a las cartas y nadie le ofrecía un cigarro ni se dignaba dirigirle la palabra -probablemente conocían ya de lejos al pájaro por la pluma-, se vio obligado nuestro hombre, para dar algún entretenimiento a sus manos, a estar toda la noche mesándose las patillas. Tenía, verdaderamente, unas patillas muy hermosas; pero, así y todo, se las acariciaba demasiado, dando a entender que primero habían sido creadas aquellas patillas, y luego le habían añadido el hombre, con el solo objeto de que les prodigase sus caricias.
Además de aquel caballero que no se preocupaba lo más mínimo por aquella fiesta de los cinco chicos pequeñines y regordetes del anfitrión, hubo de chocarme también otro individuo. Pero éste mostraba un porte totalmente distinto: ¡era todo un personaje!
Se llamaba Yulián Mastakóvich. A la primera mirada se comprendía que era un huésped de honor y se hallaba, respecto al dueño de la casa, en la misma relación, aproximadamente, en que respecto a éste se encontraba el forastero desconocido. El dueño de la casa y su señora se desvivían por decirle palabras lisonjeras, le hacían lo que se dice la corte, lo presentaban a todos sus invitados, pero sin presentárselo a ninguno. Según pude observar, el dueño de la casa mostró en sus ojos el brillo de una lagrimita de emoción cuando Yulián Mastakóvich, elogiando la fiesta, le aseguró que rara vez había pasado un rato tan agradable. Yo, por lo general, suelo sentir un malestar extraño en presencia de hombres tan importantes; así que, luego de recrear suficientemente mis ojos en la contemplación de los niños, me retiré a un pequeño boudoir, en el que, por casualidad, no había nadie, y allí me instalé en el florido parterre de la dueña de la casa, que cogía casi todo el aposento.
Los niños eran todos increíblemente simpáticos e ingenuos y verdaderamente infantiles, y en modo alguno pretendían dárselas de mayores, pese a todas las exhortaciones de ayas y madres. Habían literalmente saqueado todo el árbol de Navidad hasta la última rama, y también tuvieron tiempo de romper la mitad de los juguetes, aun antes de haber puesto en claro para quién estaba destinado cada uno. Un chiquillo de aquellos de negros ojos y rizos negros, hubo de llamarme la atención de un modo particular: estaba empeñado en dispararme un tiro, pues le había tocado una pistola de madera. Pero la que más llamaba la atención de los huéspedes era su hermanita. Tendría ésta unos once años, era delicada y pálida, con unos ojazos grandes y pensativos. Los demás niños debían de haberla ofendido por algún concepto, pues se vino al cuarto donde yo me encontraba, se sentó en un rincón y se puso a jugar con su muñeca. Los convidados se señalaban unos a otros con mucho respeto a un opulento comerciante, el padre de la niña, y no faltó quién en voz baja hiciese observar que ya tenía apartados para la dote de la pequeña sus buenos trescientos mil rublos en dinero contante y sonante. Yo, involuntariamente, dirigí la vista hacia el grupo que tan interesante conversación sostenía, y mi mirada fue a dar en Yulián Mastakóvich, que, con las manos cruzadas a la espalda y un poco ladeada la cabeza, parecía escuchar muy atentamente el insulso diálogo. Al mismo tiempo hube de admirar no poco la sabiduría del dueño de la casa, que había sabido acreditarla en la distribución de los regalos. A la muchacha que poseía ya trescientos mil rublos le había correspondido la muñeca más bonita y más cara. Y el valor de los demás regalos iba bajando gradualmente, según la categoría de los respectivos padres de los chicos. Al último niño, un chiquillo de unos diez años, delgadito, pelirrojo y con pecas, sólo le tocó un libro que contenía historias instructivas y trataba de la grandeza del mundo natural, de las lágrimas de la emoción y demás cosas por el estilo: un árido libraco, sin una estampa ni un adorno.
Era el hijo de una pobre viuda, que les daba clase a los niños del anfitrión, y a la que llamaban, por abreviar, el aya. Era el tal chico un niño tímido, pusilánime. Vestía una blusilla rusa de nanquín barato. Después de recoger su libro, anduvo largo rato huroneando en torno a los juguetes de los demás niños; se le notaban unas ganas terribles de jugar con ellos; pero no se atrevía; era claro que ya comprendía muy bien su posición social. Yo contemplaba complacido los juguetes de los niños. Me resultaba de un interés extraordinario la independencia con que se manifestaban en la vida. Me chocaba que aquel pobre chico de que hablé se sintiera tan atraído por los valiosos juguetes de los otros nenes, sobre todo por un teatrillo de marionetas en el que seguramente habría deseado desempeñar algún papel, hasta el extremo de decidirse a una lisonja. Se sonrió y trató de hacerse simpático a los demás: le dio su manzana a una nena mofletuda, que ya tenía todo un bolso de golosinas, y llegó hasta el punto de decidirse a llevar a uno de los chicos a cuestas, todo con tal de que no lo excluyesen del teatro. Pero en el mismo instante surgió un adulto, que en cierto modo hacía allí de inspector, y lo echó a empujones y codazos. El chico no se atrevió a llorar. En seguida apareció también el aya, su madre, y le dijo que no molestase a los demás. Entonces se vino el chico al cuarto donde estaba la nena. Ella lo recibió con cariño, y ambos se pusieron, con mucha aplicación, a vestir a la muñeca.
Yo llevaba ya sentado media horita en el parterre, y casi me había adormilado, arrullado inconscientemente por el parloteo infantil del chico pelirrojo y la futura belleza con dote de trescientos mil rublos, cuando de repente hizo irrupción en la estancia Yulián Mastakóvich. Aprovechó la ocasión de haberse suscitado una gran disputa entre los niños del salón para desaparecer de allí sin ser notado. Hacía unos minutos nada más lo había visto yo al lado del opulento comerciante, padre de la pequeña, en vivo coloquio, y, por alguna que otra palabra suelta que cogiera al vuelo, adiviné que estaba ensalzando las ventajas de un empleo con relación a otro. Ahora estaba pensativo, en pie, junto al parterre, sin verme a mí, y parecía meditar algo.
“Trescientos…, trescientos… -murmuraba-. Once…. doce…, trece…, dieciséis… ¡Cinco años! Supongamos al cuatro por ciento… Doce por cinco… Sesenta. Bueno; pongamos, en total, al cabo de cinco años… Cuatrocientos. Eso es… Pero él no se ha de contentar con el cuatro por ciento, el muy perro. Lo menos querrá un ocho y hasta un diez. ¡Bah! Pongamos… quinientos mil… ¡Hum! Medio millón de rublos. Esto es ya mejor… Bueno…; y luego, encima, los impuestos… ¡Hum!”
Su resolución era firme. Se escombró, y se disponía ya a salir de la habitación, cuando, de pronto, hubo de reparar en la pequeña. que estaba con su muñeca en un rincón, junto al niñito pobre, y se quedó parado. A mí no me vio, escondido, como estaba, detrás del denso follaje. Según me pareció, estaba muy excitado. Difícil sería, no obstante, precisar si su emoción era debida a la cuenta que acababa de echar o a alguna otra causa, pues se frotó sonriendo las manos, y parecía como si no pudiese estarse quieto. Su excitación fue creciendo hasta un extremo incomprensible, al dirigir una segunda y resuelta mirada a la rica heredera. Quiso avanzar un paso; pero volvió a detenerse y miró con mucho cuidado en torno suyo. Luego se aproximó de puntillas, como consciente de una culpa, lentamente y sin hacer ruido, a la pequeña. Como ésta se hallaba detrás del chico, se inclinó el hombre y le dio un beso en su cabecita. La pequeña lanzó un grito, asustada, pues no había advertido hasta entonces su presencia.
-¿Qué haces aquí, hija mía? -le preguntó por lo bajo, miró en torno suyo y le dio luego una palmadita en las mejillas.
-Estamos jugando…
-¡Ah! ¿Con éste? -y Yulián Mastakóvich lanzó una mirada al pequeño-. Mira, niño: mejor estarías en la sala -le dijo.
El chico no replicó, y se le quedó mirando fijo. Yulián Mastakóvich volvió a echar una rápida ojeada en torno suyo, y de nuevo se inclinó hacia la pequeña.
-¿Qué es esto, niña? ¿Una muñeca? -le preguntó.
-Sí, una muñequita… -repuso la nena algo forzada, y frunció levemente el ceño.
-Una muñeca… Pero ¿sabes tú, hija mía, de qué se hacen las muñecas?
-No… -respondió la niña en un murmullo, y volvió a bajar la cabeza.
-Bueno; pues mira: las hacen de trapos viejos, corazón. Pero tú estarías mejor en la sala, con los demás niños -y Yulián Mastakóvich, al decir esto, dirigió una severa mirada al pequeño. Pero éste y la niña fruncieron la frente y se apretaron más el uno contra el otro. Por lo visto, no querían separarse.
-¿Y sabes tú también para qué te han regalado esta muñeca? -tornó a preguntar Yulián Mastakóvich, que cada vez ponía en su voz más mimo.
-No.
-Pues para que seas buena y cariñosa.
Al decir esto, tornó Yulián Mastakóvich a mirar hacia la puerta, y luego le preguntó a la niña con voz apenas perceptible, trémula de emoción e impaciencia:
-Pero ¿me querrás tú también a mí si les hago una visita a tus padres? Al hablar así, intentó Yulián Mastakóvich darle otro beso a la pequeña; pero al ver el niño que su amiguita estaba ya a punto de romper en llanto, se apretujó contra su cuerpecito, lleno de súbita congoja, y por pura compasión y cariño rompió a llorar alto con ella. Yulián Mastakóvich se puso furioso.
-¡Largo de aquí! ¡Largo de aquí -le dijo con muy mal genio al chico-. ¡Vete a la sala! ¡Anda a reunirte con los demás niños!
-¡No, no, no! ¡No quiero que se vaya! ¿Por qué tiene que irse? ¡Usted es quien debe irse! -clamó la nena-. ¡Él se quedará aquí! ¡Déjele usted estar! -añadió casi llorando.
En aquel instante sonaron voces altas junto a la puerta y Yulián Mastakóvich irguió el busto imponente. Pero el niño se asustó todavía más que Yulián Mastakóvich; soltó a la amiguita y se escurrió, sin ser visto, a lo largo de las paredes, en el comedor. También al comedor se trasladó Yulián Mastakóvich, cual si nada hubiera pasado. Tenía el rostro como la grana, y como al pasar ante un espejo se mirase en él, pareció asombrarse él mismo de su aspecto. Quizá lo contrariase haberse excitado tanto y hablado de manera tan destemplada. Por lo visto, sus cálculos lo habían absorbido y entusiasmado de tal modo, que a pesar de toda su dignidad y astucia, procedió como un verdadero chiquillo, y en seguida, sin pararse a reflexionar, empezaba a atacar su objetivo. Yo lo seguí al otro cuarto…, y en verdad que fue un raro espectáculo el que allí presencié. Pues vi nada menos que a Yulián Mastakóvich, el digno y respetable Yulián Mastakóvich, hostigar al pequeño, que cada vez retrocedía más ante él y, de puro asustado, no sabía ya dónde meterse.
-¡Vamos, largo de aquí! ¿Qué haces aquí, holgazán? ¡Anda, vete! Has venido aquí a robar fruta, ¿verdad? Habrás robado alguna, ¿eh? ¡Pues lárgate en seguidita, que ya verás, si no, cómo te arreglo yo a ti!
El muchacho, azorado, se resolvió, finalmente, a adoptar un medio desesperado de salvación: se metió debajo de la mesa. Pero al ver aquello se puso todavía más furioso su perseguidor. Lleno de ira, tiró del largo mantel de batista que cubría la mesa, con objeto de sacar de allí al chico. Pero éste se estuvo quietecito, muertecito de miedo, y no se movió. Debo hacer notar que Yulián Mastakóvich era algo corpulento. Era lo que se dice un tipo gordo, con los mofletes colorados, una ligera tripa, rechoncho y con las pantorrillas gordas…; en una palabra: un tipo forzudo, que todo lo tenía redondito como la nuez. Gotas de sudor le corrían ya por la frente; respiraba jadeando y casi con estertor. La sangre, de estar agachado, se le subía, roja y caliente, a la cabeza. Estaba rabioso, de puro grande que eran su enojo o, ¿quién sabe?, sus celos. Yo me eché a reír alto. Yulián Mastakóvich se volvió como un relámpago hacia mí, y, no obstante su alta posición social, su influencia y sus años, se quedó enteramente confuso. En aquel instante entró por la puerta frontera el dueño de la casa. El chico se salió de debajo de la mesa y se sacudió el polvo de las rodillas y los codos. Yulián Mastakóvich recobró la serenidad, se llevó rápidamente el mantel, que aún tenía cogido de un pico, a la nariz, y se sonó.
El dueño de la casa nos miró a los tres sorprendido; pero, a fuer de hombre listo que toma la vida en serio, supo aprovechar la ocasión de poder hablar a solas con su huésped.
-¡Ah! Mire usted: éste es el muchacho en cuyo favor tuve la honra de interesarle… -empezó, señalando al pequeño.
-¡Ah! -replicó Yulián Mastakóvich, que seguía sin ponerse a la altura de la situación.
-Es el hijo del aya de mis hijos -continuó explicativo el dueño de la casa, y en tono comprometedor-, una pobre mujer. Es viuda de un honorable funcionario. ¿No habría medio, Yulián Mastakóvich…?
-¡Ah! Lo había olvidado. ¡No, no! -lo interrumpió éste presuroso-. No me lo tome usted a mal, mi querido Filipp Aleksiéyevich; pero es de todo punto imposible. Me he informado bien; no hay, actualmente, ninguna vacante, y aun cuando la hubiese, siempre tendría éste por delante diez candidatos con mayor derecho… Lo siento mucho, créame; pero…
-¡Lástima! -dijo pensativo el dueño de la casa-. Es un chico muy juicioso y modesto…
-Pues a mí, por lo que he podido ver, me parece un tunante -observó Yulián Mastakóvich con forzada sonrisa-. ¡Anda! ¿Qué haces aquí? ¡Vete con tus compañeros! -le dijo al muchacho, encarándose con él.
Luego no pudo, por lo visto, resistir la tentación de lanzarme a mí también una mirada terrible. Pero yo, lejos de intimidarme, me reí claramente en su cara. Yulián Mastakóvich la volvió inmediatamente a otro lado y le preguntó de un modo muy perceptible al dueño de la casa quién era aquel joven tan raro. Ambos se pusieron a cuchichear y salieron del aposento. Yo pude ver aún, por el resquicio de la puerta, cómo Yulián Mastakóvich, que escuchaba con mucha atención al dueño de la casa, movía la cabeza admirado y receloso.
Después de haberme reído lo bastante, yo también me trasladé al salón. Allí estaba ahora el personaje influyente, rodeado de padres y madres de familia y de los dueños de la casa, y hablaba en tono muy animado con una señora que acababan de presentarle. La señora tenía cogida de la mano a la pequeña que Yulián Mastakóvich besara hacía diez minutos. Ponderaba el hombre a. la niña, poniéndola en el séptimo cielo; ensalzaba su hermosura, su gracia, su buena educación, y la madre lo oía casi con lágrimas en los ojos. Los labios del padre sonreían. El dueño de la casa participaba con visible complacencia en el júbilo general. Los demás invitados también daban muestras de grata emoción, e incluso habían interrumpido los juegos de los niños para que éstos no molestasen con su algarabía. Todo el aire estaba lleno de exaltación. Luego pude oír yo cómo la madre de la niña, profundamente conmovida, con rebuscadas frases de cortesía, rogaba a Yulián Mastakóvich que le hiciese el honor especial de visitar su casa, y pude oír también cómo Yulián Mastakóvich, sinceramente encantado, prometía corresponder sin falta a la amable invitación, y cómo los circunstantes, al dispersarse por todos lados, según lo pedía el uso social, se deshacían en conmovidos elogios, poniendo por las nubes al comerciante, su mujer y su nena, pero sobre todo a Yulián Mastakóvich.
-¿Es casado ese señor? -pregunté yo alto a un amigo mío, que estaba al lado de Yulián Mastakóvich.
Yulián Mastakóvich me lanzó una mirada colérica, que reflejaba exactamente sus sentimientos.
-No -me respondió mi amigo, visiblemente contrariado por mi intempestiva pregunta, que yo, con toda intención, le hiciera en voz alta.
***
Hace un par de días hube de pasar por delante de la iglesia de ***. La muchedumbre que se apiñaba en el balcón, y sus ricos atavíos, hubieron de llamarme la atención. La gente hablaba de una boda. Era un nublado día de otoño, y empezaba a helar. Yo entré en la iglesia, confundido entre el gentío, y miré a ver quién fuese el novio. Era un tío bajo y rechoncho, con tripa y muchas condecoraciones en el pecho. Andaba muy ocupado, de acá para allá, dando órdenes, y parecía muy excitado. Por último, se produjo en la puerta un gran revuelo; acababa de llegar la novia. Yo me abrí paso entre la multitud y pude ver una beldad maravillosa, para la que apenas despuntara aún la primera primavera. Pero estaba pálida y triste. Sus ojos miraban distraídos. Hasta me pareció que las lágrimas vertidas habían ribeteado aquellos ojos. La severa hermosura de sus facciones prestaba a toda su figura cierta dignidad y solemnidad altivas. Y, no obstante, a través de esa seriedad y dignidad y de esa melancolía, resplandecía el alma inocente, inmaculada, de la infancia, y se delataba en ella algo indeciblemente inexperto, inconsciente, infantil, que, según parecía, sin decir palabra, tácitamente, imploraba piedad.
Se decía entre la gente que la novia apenas si tendría dieciséis años. Yo miré con más atención al novio, y de pronto reconocí al propio Yulián Mastakóvich, al que hacía cinco años que no volviera a ver. Y miré también a la novia. ¡Santo Dios! Me abrí paso entre el gentío en dirección a la salida, con el deseo de verme cuanto antes lejos de allí. Entre la gente se decía que la novia era rica en dinero contante y sonante y que poseía medio millón de rublos, más una renta por valor de tanto y cuanto…
“¡Le salió bien la cuenta”, pensé yo, y me salí a la calle.






Saturday, July 14, 2018

Saturday, July 07, 2018

Elia Casillas: Sola, sin tu sombra







Elia Casillas: Y mi vida


Y mi vida    Ya no es mía             La piel es gris         y peluda           No puedo desaparecer dilemas del  tablero           olvidar en otro sitio las razones que me llevaron          los ojos cantores           las manos despiertas                  Ayer         apenas caminaba con la luna                 iba en sus cuartos metálicos                                         cantando en otro cuerpo         y          En qué orgullo nos perdemos        Qué desgracia lleva nuestro tren de mil memorias            Quién es víctima        o cruz        Quién pone el último clavo en este juicio            Finalizó  arrepentimiento          cuando no hubo rezo                                   que te guiara                 No hay  féretro              para un espíritu de media vida                 que abre puerto                  donde la tormenta abandona su molino destrozado              Te atreves a preguntar por mi vida              El reloj cambió el rumbo del sol           y en diván de alicaídos eternizo            no hay  mano consolándome la mirada         el firmamento cerró        y ya no eres mi extremo más cercano                  Tal vez la cabeza                  a caso una avenida                         y su nota helada        La lluvia desde cualquier sitio cela ríos           pero en mí        en mí        la sombra se marchita            Hoy          otra catástrofe aparece          no hay salmo en la mesa              no existe flotador para mi ahogada           Porque jugabas a querer         y yo a dejarme        y en los muslos entendí la muerte          que prensa         sin que el pecho reclame            entre paso           y paso                 No hubo manera de entrar                                  y en mí  cayeron las noches y los días          Aún queda tu respiración                   en el lienzo que predijo apego                   cuando todo era carcajada           y podía tocar una nube con sólo verla          porque estaba contigo             y el amor nos hacía cosquillas              Sigo en esta sed de irme en cada madrugada            sin revisar          atravieso pistas                de un mar que no llega a rasgarme el cabello        Y mi vida            Piel triste            y  gusanillos             Soy el festín negro        de un gato  








Navojoa, Sonora. Septiembre/6/2006





Wednesday, June 27, 2018

Selección mexicana de fútbol 0- Suecia 3. Elia Casillas




Mi crónica Marimar Franco K.Denisse Coronado Gec Esquer Sarmiento Rita Girones
México no le debe nada a Corea, ellos, nuestros queridos coreanos iban por su orgullo, dignidad, en su clase no pueden caer, rendirse, menos ante una selección como la alemana. En el primer minuto le sacan una tarjeta amarilla al jugador azteca, hubo de todo, mano, brazo, autogol, desplomes frente a la portería de Memo Ochoa, que en esta ocasión vestía un traje deportivo color naranja resaltando el bronceado rostro del mexicano. Una belleza de hombre, Ochoa, trabajó igual que siempre, pero los suecos estuvieron cazándolo. La tarjeta amarilla a Jesús Gallardo hizo que los nuestros entraran en pánico, ya no fueron los mismos, ni ellos, ni nosotros o mejor dicho, yo. Empecé a angustiarme, Dios bendito, qué horrible es la angustia, el rostro de los muchachos, incluso el perfil de Memo, cambió. Los suecos también golpearon a los nuestros, señores, esto es una guerra, y los muchachos cayeron tres a cero. Yo vi la derrota desde endenantes, ellos estaban desarticulados, y aunque Vela el guapo, tuvo oportunidad de anotar, la diosa suerte no volteó a verlo, ni a él, ni a los otros, nada más se acomodó del lado contrario. Tremendos hombres, altos, con sobrepeso algunos, o más bien, musculosos, bien dados, así, así como el muro que Donald Trump quiere, así estuvo esa pared, ¿y qué haces ante tremenda muralla? Los muchachos hicieron lo posible, lo imposible y lo inimaginable, nada funcionó ante ese cortafuego. Ludwin Augustinsson y Andreas Granqvist anotaron en la segunda mitad, luego vino el autogol de Edson Álvarez. Pobre chaval, que tragedia, ojalá dé vuelta a la hoja, que piense en que es una pesadilla, que a todos nos pasa, que es un error del que no es responsable porque el balón lo buscó a él, y luego, viajó a la red, tomando a Memo por sorpresa. ¿Qué los Coreanos les dieron el pase? No. No lo creo, sin los seis puntos que consiguieron ante Alemania y la misma Corea, fueron suficientes para ir a la otra ronda. ¿Qué le ganaron a Alemania? A eso vinieron, y si hubieran podido contra los mexicanos, también les ganan. Cené pollo estilo Vallarta y bueno, las penas con pan, son menos.


Navojoa, Son. Junio/27/2018





México 2, Corea 1


I cooked before going to bed, I made my delicious potato salad, I served my dish with golden toasts that are unique and only sold in Navojoa, Son. Before, I had to bathe, because if not, I do not sleep, but I was going to watch the game. While Luis García, Martinoli and Jorge Campos commented, I eat and eat, as if I had been tied three days in a row. Oh, what a life and that's over! The selected ones warmed up, hey, how handsome is Memo Ochoa! He followed and continued the warm-up of Mexican and Korean players, he continued, he continued, he continued ... I fell asleep. It is not human to wait all night, to get lost from the game, when I woke up they were already wearing the MORENA shorts and the white camisole, before, I saw them combined, green and white. Thank God I opened my eyes, about ten minutes before the Koreans provoked the penalty. The boys dominated enemy territory, you know that Hirving Lozano is lethal on the left, one of the opposing players tried to deflect the ball, oh boy, with the hand no, no, he did not listen and the direct shot comes to us. Carlos Vela, tuned his studs, made them handsome, he very dashing, I want to tell my friends that they do not like the ball, that Vela more than Mexican, looks Indian (from India), or Arabic. Moreno, with a closed beard, big, deep, loving eyes, in other words: a Juan without Fear. You know that these shots are treacherous and even the best, you can grab the devil's leg. Thank God, this did not happen and the race could shout: Golllllllllllllll and they started singing in the stands and prayers in the houses. I was calm, or rather, drowsy, I would lie if I told them that I know at what moment Javier Hernández "El Chicharito" got the second goal, the only thing I saw, that I observed was that the trajectory of the play was so similar, as when Hirving scored against Germany, I know that if you did not see the game, he is going to demand the maneuver of Hernandez. The Chicharito, already with the aviada, makes a cut in front of the Korean defender and leaves him without possibility, he does it on one side and stands alone in front of the goalie, hear, a kick to that ball and with the speed that grabs the ball, crossed the opposite universe, a black hole was made, the ball was lost in the infinity of the network and Javier made his first goal of the world, fourth in his career. But this does not end here, the Koreans are not easy prey, naive yes, easy no. Son Heung-min, his star and yes he is a chosen one, he and his team fought until the last moment, Son, was, is a very dangerous opponent, if you think that Koreans are small, no. No, Son Heung-min is a tall man. They ran into a wall, a real wall, there was Carlos Salcido and he did not allow them to enter the territory of Memo Ochoa. However, Son and his fighters rushed, Guillermo Ochoa and his Albatros flight could not do anything, the ball traveled to the bottom, to the bottom of Mexican hearts, to the bottom of the Koreans, to the bottom of the Germans, yes, because I'm sure that all Germany longed for the Korean victory, to be less unbalanced in their group. Finally the whistle came, the Mexican team took the second triumph of the contest, the screams, the roosters, the cheers, and the hats, the cute Cielito, the other Mexican anthem fluttered among the fanatics of the organizations, strong, clinging to the throats of the believers, of the sublime, of those who saved for four years to travel to Russia to launch their cry: Viva Mexico Cabrones! Son Heung-min cried, in the middle of happiness, my sad little heart for the misfortune of the Korean player, he became smaller, then, big, big, big. However, he fell asleep, lulled by the comments of the boys of TV Azteca, channel 7. It is my chronicle, Denisse Coronado, Marimar Franco K. Gec Esquer Sarmiento





Saturday, June 23, 2018

Elia Casillas: Mi crónica: Selección Mexicana 2, Corea 1.


Cociné antes de irme a la cama, hice mi rica ensalada de papa, serví mi plato con unas tostadas doradas que son únicas y que sólo se venden en Navojoa, Son. Antes, tuve que bañarme, porque si no, no duermo, pero iba a ver el partido. Mientras Luis García, Martinoli y Jorge Campos comentaban yo come y come, como si me hubieran tenido amarrada tres días seguidos. ¡Ay, qué vida y que se acabe! Los seleccionados calentaban, oiga, ¡qué guapo es Memo Ochoa! Siguió y siguió el calentamiento de jugadores mexicanos y coreanos, siguió, siguió, siguió... Me quedé dormida. No es de humanos esperar toda la noche, para perderme del partido, cuando desperté ya traían el short de MORENA y la camisola blanca, antes, los vi combinados, verde y blanco. Gracias a Dios abrí los ojos, como diez minutos antes de que los coreanos provocaran el penal. Los muchachos dominaban territorio enemigo, ya saben que Hirving Lozano es letal por la izquierda, uno de los jugadores contrarios intentó desviar el balón, ay muchacho, con la mano no, no, no escuchó y se nos viene el tiro directo. Carlos Vela, afinó sus tachones, los puso guapos, él muy gallardo, quiero decirles a mis amigas que no les gusta el balón pie, que Vela más que mexicano, parece indio (de la India), o árabe. Moreno, con barba cerrada, ojos grandes, profundos, amadores, en otras palabras: un Juan sin Miedo. Ustedes saben que estos tiros son traicioneros y hasta al mejor, le puede agarrar la pata el diablo. Gracias a Dios, esto no pasó y la raza pudo gritar: Golllllllllllllll y empezaron los cantos en las tribunas y los rezos en las casas. Yo estaba tranquila, o más bien, amodorrada, mentiría si les digo que sé en qué momento Javier Hernández "El Chicharito" metió el segundo tanto, lo único que vi, que observé es que era tan parecido el trayecto de la jugada, como cuando Hirving anotó contra Alemania, ya sé que si usted no vio el partido, me va a reclamar la maniobra de Hernández. El Chicharito, ya con la aviada, hace un recorte frente al defensa coreano y lo deja sin posibilidad, lo hace a un lado y se planta solo frente al portero, oigan, una patada a ese balón y con la velocidad que agarra la pelota, atravesó el universo contrario, se hizo un hoyo negro, el balón se perdió en el infinito de la red y Javier realizó su primer gol del mundial, cuarto en su carrera mundialista. Pero esto no acaba aquí, los coreanos no son presa fácil, ingenuos sí, fáciles no. Son Heung-min, su estrella y sí que es un elegido, él y su equipo lucharon hasta el último momento, Son, era, es un rival muy peligroso, si usted piensa que los coreanos son pequeños, no. No, Son Heung-min es un hombre alto. Se toparon con un muro, un muro real, ahí estaba Carlos Salcido y no les permitía las llegadas a territorio de Memo Ochoa. Sin embargo, Son y sus aguerridos se abalanzaron, Guillermo Ochoa y su vuelo de Albatros nada pudieron hacer, el balón viajó al fondo, al fondo de los corazones mexicanos, al fondo de los coreanos, al fondo de los alemanes, sí, porque estoy segura de que Alemania entera anhelaba la victoria coreana, para quedar menos desbalanceados en su grupo. Finalmente llegó el silbido, la selección mexicana se llevaba el segundo triunfo de la contienda, saltaron los gritos, los gallos, los vivas, y los sombreros, el Cielito lindo, el otro himno mexicano revoloteaba entre los fanáticos de las organizaciones, fuerte, aferrado a las gargantas de los creyentes, de los sublimes, de los que ahorraron por cuatro años para viajar a Rusia a lanzar su grito: ¡Viva México Cabrones! Son Heung-min lloró, en medio de la felicidad, mi corazoncito triste por la desgracia del jugador coreano, se hizo más chiquito, luego, grande, grande, grande. Sin embargo, se quedó dormido, arrullado por los comentarios de los muchachos de TV Azteca, canal 7. Es mi crónica, Denisse CoronadoMarimar Franco K. Gec Esquer Sarmiento




Tuesday, June 19, 2018

Los siete locos, Cap. 3, La farsa

 
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Ustedes saben mejor que yo que para ser diputado hay que haber tenido una carrera de mentiras, comenzando como vago de comité; transando y haciendo vida común con perdularios de todas las calañas, en fin, una vida al margen del código y de la verdad. No sé si esto ocurre en países más civilizados que los nuestros, pero aquí es así. En nuestra cámara de diputados y de senadores, hay sujetos acusados de usura y homicidio, bandidos vendidos a empresas extranjeras, individuos de una ignorancia tan crasa, que el parlamentarismo resulta aquí la comedia más grotesca que haya podido envilecer a un país. Las elecciones presidenciales se hacen con capitales norteamericanos, previa promesa de otorgar concesiones a una empresa interesada en explotar nuestras riquezas nacionales. No exagero cuando digo que la lucha de los partidos políticos en nuestra patria no es nada más que una riña entre comerciantes que quieren vender el país al mejor postor.

Los siete locos, Cap. 3, La farsa

Monday, June 18, 2018

Alfredo Jalife: La Privatización del AGUA en México

Elia Casillas: México 1, Alemania 0


Dicen que no escribí mi crónica a cerca de la victoria de la selección de fútbol mexicana. Es cierto. Llegué de la calle con hambre, el espíritu tranquilo, fui directo a la televisión, Argentina me intrigaba por Messi. De pasada prendí mi computadora  de escritorio. Saqué el pollo con almendras y el espagueti. Supe que México jugaba a las ocho de la mañana, hora del pacífico. Dios mío, Dios Santo, Dios de los desvelados, ocho de la mañana. ¿Será que despierte? Ocho de la mañana. Ayer fui a escuchar a la gran banda de Javier Soto, una banda con once elementos, todos buenos, él, Javier, fue alumno del profesor Romeo Aguilar, imagino que muchos de los que ahí tocan también fueron sus pupilos. Pocos maestros como él. ¿Y la selección mexicana? Para empezar, sólo recuerdo a Guillermo Ochoa, a Rafa Márquez, al Chicharito Hernández, Guardado y... Me faltó uno. Aún así, iba a jugar la selección mexicana, y como quiera, siempre queremos que ganen, aunque sean unos perdedores, tal vez, nos proyectamos en ellos. No es que no ganen, les perdí la pista, un día me harté y dejé las migajas para que lo pájaros las desaparecieran. Cuando ellos jugaban (en otros tiempos), mis hijos y yo frente a la televisión   casi con la bandera en la mano, fritanga y refrescos, días, noches felices, gritando a la selección, ganaran o perdieran, nadie puedo quitarnos el ánimo.  Ahora estoy nada más con mi sombra y a veces, ni sombra hago. Pero es la selección, Tata, que no me vaya a quedar dormida, si apenas a las ocho de la mañana estoy en el primer sueño. Ocho de la mañana en punto, ocho de la mañana y abro un ojo. Vi el reloj de la televisión: 8:00 ¡Desperté! Me fui a los canales de ESPN, de FOX y tal vez era mi desesperación por encontrarlos que hasta dudé del día. Di clic al número 1 del control y entré a los canales de TV Azteca y escuché los gritos de Martinoli, García y Campos, canal 7. Ahí me quedé, me encantan ellos, son comentaristas divertidos, por lo menos hacen que el sufrimiento aligere.  El partido era para penar, pero en el medio tiempo los nuestros dominaban la cancha, el equipo alemán estaba desorientado, no esperaban la bravura, el empuje, el agarre, el tú por tú con los nuestros. Hubo una descolgada y no pasó a mayores, pero ellos insistían,  Javier, el Chicharito era el chile de todos los moles buscando una oportunidad, en eso dio un pase a Lozano y ya nadie lo detuvo, ahí, frente al portero germano, el balón solo, solo el balón tomó vuelo y se fue al fondo de la red.   Era gol, y aún así, esperé el grito de los Martinolis, de García y sus justicieros. Era gol. Era gol, increíble, era un gol de la selección mexicana. Luego, Guardado tuvo otra descolgada, y se le fue, casi era el segundo tanto, pero de tanto en tanto, nos quedamos con el grito.  En ese medio tiempo, las dos selecciones vendieron su alma. Aunque para el segundo,  Alemania sacó sus mejores bisteces, los mexicanos ya habían hecho la machaca. ¡Ay Dios Santo! Aquello era un merequetengue en la portería de Memo, ay ese Ochoa sí que estuvo con mucho trabajo, ya iba, venía, volaba, se caía, pero nunca dejó que la pelota nos agujerara el marcador. Hablamos del gol de Hirving, pero Memo Ochoa se cuece aparte. Los tres minutos que dio el árbitro fueron mi gran sufrir, ¿por qué no dio uno, por qué tres? Rafa Márquez ya estaba ahí, y me sentí tranquila, pero son los alemanes y no se dieron por vencidos, pero ya la diosa suerte, jugaba con los nuestros. Al fin sonó el silbato, al fin, al fin, una victoria contra los teutones, Marimar Franco K. Al fin. Me levanté, cociné unos huevos con chorizo y mi taza de café. ¿Por qué sentimos esa felicidad cuando gana la selección mexicana de fútbol? No lo sé, pero hoy, no me cambio por nadie. Aunque ya no ganen, este partido para mí, fue lo mejor de los muchachos, ojalá tengan más sorpresas, eso, sólo Dios lo sabe. ¿No cree usted?





Sunday, June 17, 2018

Saturday, June 16, 2018

Thursday, June 14, 2018

Elia Casillas: Sola, sin tu sombra


Marisa Monte, Cesaria Evora & Dulce Pontes - Sodade (Expo Lisboa '98)

José Angel Leyva: Restauración.




Restauración.
El voto en favor de López Obrador garantiza básicamente una cosa, no muchas más: restauración. Este concepto se emplea en las computadoras para recuperar el buen funcionamiento en un punto donde un proceso maligno comenzó a tener lugar en el sistema operativo.
López Obrador no es un revolucionario ni un izquierdista radical, es un político formado en el viejo PRI y en las nuevas luchas por la democracia mexicana. Dirigente del PRD y fundador de su propio partido: MORENA. Jefe de Gobierno de la ciudad más grande y la capital del país. Con una administración aceptable. Audaz y temerario en su proyecto de desarrollo urbano, que privilegió a los autos antes que a los peatones, pero impuso políticas sociales que le redituaron muchos votos entre las personas de la tercera edad y otros sectores vulnerables. La ciudad no sólo no se empobreció sino que mejoró mucho en seguridad y en ciudadanía. Otros han imitado sus acciones, buenas o malas, pero las han replicado.
Un hombre que ha luchado durante muchos años por la presidencia de la República, con la idea de recuperar lo perdido. Ese es su objetivo central, y no es poco. El país se ha empobrecido, ha sufrido una decadencia profunda en lo moral y en sus instituciones, la corrupción es asfixiante, el tejido social y cultural está podrido, el miedo crece y crece, la desconfianza sustituye al ánimo de construcción y de solidaridad, el saqueo no tiene parámetros, la política es un gran negocio y muchos ciudadanos ven en esa oportunidad, la de ejercer un cargo público o administrativo, un momento para enriquecerse porque confían en la impunidad. Y esta, la impunidad, es a todas luces el músculo más fuerte de los delincuentes y de los políticos, que ven un campo libre para la rapacidad y la violencia. La pobreza, el analfabetismo, la delincuencia, el desfalco de la nación, la destrucción de los recursos naturales, la pérdida de soberanía, son elementos corrosivos que afectan pilares centrales de la nación a punto del colapso.
López Obrador no sólo no es un peligro, no es tampoco un revolucionario, ni un comunista, ni un anarquista, ni un militar, es un reformador, un nacionalista católico, un ex priista que anhela retomar ese punto donde comenzó a desmoronarse la vida institucional de este país. Sólo eso. Pero hay decirlo, es mucho, es una acción de gran calado en una sociedad y una nación en decadencia.
Como en las computadoras, su gestión sería ese punto de restauración del sistema para funcionar de nuevo sin sobresaltos. Pero es cierto que desde ya debemos pensar en que seremos una masa crítica, una conciencia popular que demande ser parte de la toma de decisiones. Porque MORENA no está exenta de esos políticos que ven su oportunidad de servirse y no servir.






Elia Casillas: y en mí






Monday, June 11, 2018

Elia Casillas: Sola, sin tu sombra








Esto escribió Anthony Bourdain sobre México


Esto escribió Anthony Bourdain sobre México, su gastronomía y su incómoda relación con EUA:
“Pasé la mayor parte de mi vida como cocinero trabajando con mexicanos.
En casi todas las cocinas en las que tropecé, desorientado y temeroso, fue un mexicano quien me cuidó y me mostró cómo hacer todo.
Las recientes expresiones vertidas en mi país en las que los mexicanos son llamados violadores y traficantes de drogas me dan ganas de vomitar de la vergüenza.
Los estadounidenses aman la comida mexicana. Consumimos grandes cantidades de nachos, tacos, burritos, tortas, enchiladas, tamales y todo lo que parezca mexicano.
Nos encantan las bebidas mexicanas y tomamos enormes cantidades de tequila, mezcal y cerveza mexicana cada año. Nos encantan los mexicanos, ciertamente empleamos a enormes cantidades de ellos.
A pesar de nuestras actitudes ridículamente hipócritas hacia la inmigración, exigimos que los mexicanos cocinen un gran porcentaje de los alimentos que comemos, que cultiven los ingredientes que necesitamos para hacer esa comida, que limpien nuestras casas, corten nuestro césped, laven nuestros platos, cuiden a nuestros hijos.
Como cualquier chef les dirá, toda nuestra industria de servicios -el negocio de los restaurantes tal como lo conocemos- colapsaría de la noche a la mañana en la mayoría de las ciudades estadounidenses sin trabajadores mexicanos.
A algunos, por supuesto, les gusta afirmar que los mexicanos están "robando empleos estadounidenses". Pero en dos décadas como chef y empleador nunca me pasó que un chico estadounidense entrara por mi puerta y solicitara un puesto de lavaplatos, de porter o o incluso un trabajo como cocinero de comida precocinada.
Los mexicanos hacen gran parte del trabajo en este país que los estadounidenses, de manera demostrable, simplemente no harán .
México. Nuestro hermano de otra madre. Un país con el cual, queramos o no, estamos inexorablemente comprometidos en un cercano, aunque frecuentemente incómodo, abrazo. Míralo. Es hermoso. Tiene algunas de las playas más deslumbrantemente bellas del mundo. Montañas, desiertos, selvas.
Una bella arquitectura colonial y una trágica, elegante, violenta, absurda, heroica, lamentable y descorazonadora historia. Las zonas vinícolas de México compiten con la Toscana en hermosura. Sus sitios arqueológicos, los restos de grandes imperios, sin paralelo en ninguna parte.
Y, por mucho que pensemos que la conocemos y amamos, apenas hemos rasguñado la superficie de lo que realmente es la comida mexicana . NO es queso derretido sobre una tortilla. No es simple ni fácil.
Una verdadera salsa de mole, por ejemplo, puede requerir DÍAS para hacer, un balance de ingredientes frescos (siempre frescos), meticulosamente preparados a mano. Podría ser, debería ser, una de las cocinas más excitantes del planeta.
Si prestamos atención. Las antiguas escuelas de cocina de Oaxaca hacen algunas de las salsas más difíciles y con más matices de la gastronomía. Y algunos en las nuevas generaciones, muchos de los cuales han sido entrenados en las cocinas de Estados Unidos y Europa han regresado a su país para llevar a la comida mexicana a nuevas y emocionantes alturas.
En los años que llevo haciendo televisión en México, este es uno de los lugares donde nosotros, como equipo, somos más felices cuando termina el día de trabajo. Nos reuniremos alrededor de un puesto callejero y pedimos tacos suaves con salsas frescas, brillantes y deliciosas.
Bebemos cerveza mexicana fría, sorbemos mezcal humeante, escuchamos con ojos húmedos a las canciones sentimentales de los músicos callejeros. Miraremos alrededor y destacaremos por centésima vez, qué lugar extraordinario es este.”







Sunday, June 10, 2018

Elia Casillas: POR ESTA HEBRA


FIL: Guadalajara, Jalisco

La sonrisa felina suena remota

tengo tus ojos en el amor de los dedos

y juego con ellos a las canicas.

Tu imagen en las manos es un relieve fresco,

    añoro la ternura que aún abraza las pestañas

y me hace mariposa azul

en esta burbuja de sueños infinitos.

Los barcos de la noche

están encarcelados en la niebla

y en el carnaval de los fantasmas

la luna se agita

con la sangre de mis gitanos.

Tienes la hebra bendita

que apresura el escrito con su remo

y creces en el alfabeto

pero hoy que sobra el papel,

los insectos se acabaron las palabras. 

Despierto con ilusiones

y me lastima el vacío,
 
pongo los muslos en oferta,

y en el juguetero de la vida

    un hombre araña mi vestido blanco

con un solo ojo.

Este es mi vino,

bienvenido a la cena del fruto,

vea el festín    

¿me reconoce en el río de uvas?

Estuve en sus venas,

y calenté la inspiración en el voladero de la

noche

solo los cuerpos alumbraron la neblina

que ardía entre las naves,

hoy me izo en su ganzúa

y un olor mulo chorrea

en la túnica blanca de mi esclavitud.

Se clavó en el pulso

y en las hebras zarcas de los muslos

soy una chispita en el latido

    elevada en el arrebato

y en la miel de su hombre perverso

una mujer hierve en sal líquida.
                         
Estoy en la carrera de los frágiles

 y desciendo sin un mendrugo

que disimule la suerte de ser letra

cuando el pueblo aprende que leer es moda

que llegó vestida                          

y se va desnuda.