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Friday, September 21, 2018

REGISTRO DE RECONOCIMIENTO TERRITORIO ANCESTRAL DE LA TRIBU YAQUI.



REGISTRO DE RECONOCIMIENTO TERRITORIO ANCESTRAL DE LA TRIBU YAQUI.

El 20 de marzo de 1825 se estableció un acuerdo entre las autoridades Yaquis , de los 8 Pueblos, con el Gobernador del estado, Sr. Simón Elías González:

“en mi Categoría de Gobernador de mi Estado les reconozco sus derechos a toda la Tribu Yaqui a sus Gobernadores, a sus Capitanes y tropa en general, les hago presencia y estoy conforme de Decreto que tienen en su poder del Escrito Firmado en el año de 1615 por el aquel entonces Rey Español Felipe III, Rey de España[….] y para finalizar dijo el Gobernador del Estado, Igualmente les propongo la paz en la misma forma que lo dictó el Rey español Felipe III, de cómo lo expuso el Virrey de la Nueva España, y como lo dictó el Gobernante Diego Martínez de Hurdaide, que propuso lo Siguiente; en el año de 1615…

Que autorizamos entregarle un decreto Firmado, por Vuestra Majestad Felipe III Rey de España y Reconociese por el padre Provincial de Méjico, y de la Nueva España los terrenos que les pertenece por competencia y que conocen ustedes de norte a sur y del este a oeste a colinda de los terrenos de cada Tribu”.

Este acuerdo firmado es un reconocimiento del gobierno mexicano, a través del gobernador de Sonora y registra el de la Corona Española de “pacto de no agresión” pues la tribu había vencido en 3 ocasiones a españoles, no estaba ni derrotada ni vencida sino que llevaba la ofensiva y que la entrada a la región tiene limites y si los respetan no serán atacados.

Fuente: archivo de Jesús Quintero con fecha 15 de marzo de 1901, en el Médano, río yaqui pueblo de Huirivis; archivo copiado por su hijo Jesús Quintero Valencia.

El documento citado de Jesús Quintero de fecha 15 de marzo de 1901, se presentó completo e íntegro de manera anexada al primer documento de fecha 25 de Enero del año 2006, de petición de admisibilidad de Pueblo Tribu Yaqui contra México, ante la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), dependiente de la OEA y esta a su vez de la Organización de la Naciones Unidas (ONU), con las siglas otorgadas por la CIDH; REF: Pueblo Yaqui P-79-06 México.






AZARES DE LA MOMIA DE UN EMPERADOR: Ramiro Arredondo-Hernández:



Según entiendo el cadáver del emperador fue levantado del lugar de fusilamiento como a las siete de la mañana del 19 de junio de 1867 y ahí lo cubrieron con una sábana chorreada e hicieron un intento por hacerlo caber dentro de una caja de madera demasiado chica por lo que a pesar de tantos pujidos por meterlo allí optaron por dejarle los pies por fuera del cajón porque el archiduque era muy alto y habrían de fabricarle una caja especial para esa talla. Paso seguido este cadáver sería trasladado hasta el convento de Capuchinas en Querétaro donde el coronel Palacios dijera ‘he aquí la obra de Francia’.
Ya ahí al desnudar a este muerto se le pudieron contar cinco plomazos bien puestos a nivel del tórax y en el abdomen a más del feroz tiro de gracia justo en la altura del corazón que le hubiera propinado el entonces sargento segundo Aureliano Blanquet. La frente del emperador estaba bastante abollada después de caer hacia adelante contra el suelo y por eso el doctor Licea tuvo que resanarle esa lesión con una plasta de yeso con barniz. Durante esa semana del embalsamamiento muchos aristócratas llorosos desfilaron por las Capuchinas para empapar sus pañuelos en la cadaverina de Maximiliano.
La princesa de Salm-Salm que días antes se arrodillara ante don Benito Juárez rogando por la vida del emperador visitó ahora al presidente para denunciar al embalsamador quien le hubiera propuesto la venta de esa ropa del emperador en su fusilamiento. Ofrecía una banda de seda ensangrentada, un pantalón negro agujerado por las balas sobre el vientre, una camiseta con hoyos en el pecho, calcetines, corbata, pelos de barba y cabeza, la sábana que envolviera el cadáver, el plomo que le desgarró el corazón y aquella malhechura de yeso que el tal doctor Licea hubiera moldeado sobre la cara al difunto.
El médico comentó a la princesa que unos aristócratas de Querétaro le ofrecían hasta 30 mil pesos por aquel lote pero que él se conformaría con sólo 15 mil. La princesa contestó ‘ajá, conozco a alguien que pagará ese precio, haga usted una lista de los objetos para poder mostrar ese papel’. Licea hizo el listado y lo firmó sellando también su fatalidad. Benito Juárez se indignó ante el vil tráfico que este médico deseaba hacer con estos despojos imperiales y aconsejó a la princesa interponer una demanda en los tribunales. Agnes Salm Salm lo acató y Licea fue detenido pasando dos años en prisión.
El tribunal de inmediato procedió a ordenar que las macabras prendas le fueran entregadas a la Salm-Salm dado que era la única persona que las hubiera reclamado pero ésta dama ya había pelado gallo desde antes de que se dictara este fallo. Según Ramón del Llano Ibáñez en el libro ‘Miradas de los Últimos Días de Maximiliano de Habsburgo en la ciudad de Querétaro durante el sitio de las fuerzas del Imperio en el año de 1867’ Porrúa 2009 aquel tribunal absolvería al doctor Licea argumentando que éste individuo sólo había recogido unas ropas abandonadas y que no había cometido crimen alguno.
Para el juez luego de momificar aquel cadáver sin recibir pago por estos servicios, Licea se había mirado en la necesidad de vender aquellas prendas. La pregunta ahora es ¿cuál fue el paradero de esa ropa? Para rematarla en el tortuoso camino a la capital el carretón que trasladaba al embalsamado volcó en un arroyo. Aparte de aquel embalsamamiento imperfecto de la momia, este fiambre tan remojado llegó a la ciudad de México demasiado ennegrecido, hecho un imperial desastre. Juárez supuso que ‘la Casa de Austria reclamaría aquel cuerpo que tendría que hacer un dilatado camino los atravesando mares’.
Así que ordenó otro embalsamamiento pero ahora por los doctores Agustín Andrade, Rafael Ramiro Montaño y Felipe Buenrostro. La operación vendría siendo ejecutada en cierta pequeña iglesia del hospital de San Andrés fundada en el año de 1779 en una de las peores epidemias de viruela que hubo en la Nueva España. Se localizaba en donde hoy se alza el espléndido Museo Nacional de Arte en la Tacuba No. 8. Los religiosos de San Andrés recibieron la orden de desalojar los ornamentos de la iglesia —el Santísimo, los vasos sagrados y demás paramentos— en cuanto aquel cadáver fuera recibido.
Aquél pequeño templo se convertiría ahora en un quirófano para llevar a cabo las maniobras para reparar aquel notorio despojo. El cronista don José María Marroqui relata que los doctores Andrade, Montaño y Buenrostro con la finalidad de que los líquidos retenidos se escurrieran bien determinaron suspender el cuerpo, colgándolo del techo por algunos días. En los primeros días del mes de octubre de 1867 se dio aviso a Juárez de que el embalsamamiento se había consumado. Esa misma noche en punto de las doce un sobrio carruaje negro se detuvo frente al portón de madera de ese templo.
Bien acompañado por su ministro don Sebastián Lerdo de Tejada, el presidente don Benito Juárez se presentaba de incógnito y luego de internarse dentro del pequeño templo se descubrió la cabeza y enlazando sus manos tras la espalda procedió a observar de manera detenida a Maximiliano sin que Juárez denotara dolor ni gozo y midió el cadáver con la mano derecha. Dijo ‘era alto este hombre pero no tenía buen cuerpo; tenía las piernas muy largas y desproporcionadas’ Un instante después muy pensativo agregó ‘no tenía talento porque aunque la frente parece espaciosa, es por la calvicie’.
De manera muy irónica el cadáver de Maximiliano se iría de México en la reconocida fragata de guerra ‘Novara’ misma que años antes lo hubiera traído a México. Marroqui detalla un relato extraordinario de lo que vendría después cuando ‘luego de que este templo de San Andrés volviera al culto se llenaría de fanáticos del Segundo Imperio que daban a sus reuniones un aire tumultuario y significativo’ —escribe Marroqui— ‘y formaban sus grupos en la puerta del templo y salpicaban sus conversaciones con palabras hirientes con intención de lastimar a transeúntes de ideologías distintas’.
Alegaban que habían colgado a Maximiliano de una viga del techo para vilipendiarlo debido a que ‘como a él no pudieron colgarlo en vida lo colgaron después de muerto’. Pronto este templo comenzó a conocerse como ‘La Capilla del Mártir’. El gobernador Juan José Baz estaba muy al tanto de aquellas reuniones aunque él sólo se dedicara a observarlas. El día 18 de junio de 1868 al completarse el primer aniversario de la muerte en el paredón del Cerro de las Campanas, de Miguel Miramón, Tomás Mejía y Maximiliano de Habsburgo, los nostálgicos del imperio lo conmemoraron con una misa.
El ardoroso sacerdote jesuita Mario Cavalieri recitaría un iracundo sermón donde se fuera de boca, cuenta Marroqui, con recriminaciones en contra del gobierno juarista. Los asistentes a esa misa abandonaron el templo entre sollozos y lágrimas, vomitando improperios. Baz puso a Juárez al tanto y enterándose de aquel sermón y de la reacción de la grey don Benito se le acercó al gobernador preguntándole en voz baja ‘¿conoce usted a un tal señor Baz que puede tirar la capilla?’ Baz contestó ‘sí le conozco, se lo diré y la tirará’. La noche del día 28 del mismo mes la iglesia de San Andrés fue quemada.
Marroqui a quien el propio gobernador le confió esta versión sostiene que 'el funcionario irrumpió de imprevisto en este templo acompañado por un grupo de albañiles mandando hacer un corte circular en la base de la cúpula y metió cuñas de madera empapadas de aguarrás y les prendió fuego. Todas ardieron a un tiempo y al mismo tiempo cedieron todas desplomándose aquello con gran estrépito'. Pocas veces se puede fechar el nacimiento de una calle con exactitud. A las seis de la mañana del 29 de junio de 1868 el templo de San Andrés había desaparecido y la ciudad estrenaba calle nueva.
La llamaron Felipe Santiago Xicoténcatl del Batallón de San Blas que en el año 1847 defendió Chapultepec. En 1931 en la casona en el número 9 de esa calle, comenzaría a sesionar la Cámara de Senadores permaneciendo allí durante 80 años. La ciudad cuenta historias que no siempre somos capaces de escuchar. En la calle Xicoténcatl entre el antiguo Senado y el Museo Nacional de Arte se levanta desde hace más de medio siglo cierta estatua dedicada a Sebastián Lerdo de Tejada. Es a la memoria de cierta medianoche de 1868 que un sobrio carruaje se detuviera y la suerte de un templo se decidiera.

 




Monday, September 17, 2018

Adolfo Bioy Casares: La francesa


Me dice que está aburrida de la gente. Las conversaciones se repiten. Siempre los hombres empiezan interrogándola en español: «¿Usted es francesa?» y continúan con la afirmación en francés: « J’aime la France». Cuando, a la inevitable pregunta sobre el lugar de su nacimiento ella contesta «Paris», todos exclaman: «Parisienne!», con sonriente admiración, no exenta de grivoiseriecomo si dijeran «comme vous devez éter cochonne!». Mientras la oigo recuerdo mi primera conversación con ella: fue minuciosamente idéntica a la que me refiere. Sin embargo, no está burlándose de mí. Me cuenta la verdad. Todos los interlocutores le dicen lo mismo. La prueba de esto es que yo también se lo dije. Y yo también en algún momento le comuniqué mi sospecha de que a mí me gusta Francia más que a ella. Parece que todos, tarde o temprano, le comunican ese hallazgo. No comprendo -no comprendemos- que Francia para ella es el recuerdo de su madre, de su casa, de todo lo que ha querido y que tal vez no volverá a ver.






Sunday, September 16, 2018

Currículum: Elia Casillas












Elia Casillas: De (s) dijo





Adolfo Bioy Casares: Postrimerías


Cuando entró en el edificio, buscó las escaleras, para subir. Encontrarlas era difícil. Preguntaba por ellas, y algunos le contestaban: “No hay.” Otros le daban la espalda. Acababa siempre por encontrarlas y por subir otro piso. La circunstancia de que muchas veces las escaleras fueran endebles, arduas y estrechas, aumentaba su fe. En un piso había una ciudad, con plazas y calles bien trazadas. Nevaba, caía la noche. Algunas casas -eran todas de tamaño reducido- estaban iluminadas vivamen­te. Por las ventanas veía a hombres y mujeres de dos pies de estatura. No podía quedarse entre esos enanos. Descubrió una amplia escalinata de piedra, que lo llevó a otro piso. Este era un antecomedor, donde mozos, con chaqueta blanca y modales pésimos, limpiaban juegos de té. Sin volverse, le dijeron que había más pisos y que podía subir. Llegó a una terraza con vastos parques crepusculares, hermosos, pero un poco tristes. Una mujer, con vestido de terciopelo rojo, lo miró espantada y huyó por el enorme paisaje, meciéndose la cabellera, gimiendo. Él entendió que cuantos vivían allí estaban locos. Pudo subir otro piso. En una arquitectura propia del interior de un buque, en la que abundaban maderas y hierros pintados de blanco, halló una escalera de caracol. Subió por ella a un altillo donde estaban los peroles que daban el agua caliente a los pisos de abajo. Dijo: “Sobre el fuego está el cielo” y, seguro de su destino, se agarró de un caño, para subir más. El caño se dobló; hubo un escape de vapor, que le rozó el brazo. Esto lo disuadió de seguir subiendo. Pensó: “En el cielo me quemaré.” Se preguntó a cuál de los horribles pisos inferiores debería descender. En todos él se había sentido fuera de lugar. Esto no probaba que no fuese la morada que le correspondía, porque justamente el infierno es un sitio donde uno se cree fuera de lugar.






Saturday, September 15, 2018

Adolfo Bioy Casares: Retrato



Conozco a una muchacha generosa y valiente, siempre resuelta a sacrificarse, a perderlo todo, aun la vida, y luego a recapacitar, a recuperar parte de lo que dio con amplitud, a exaltar su ejemplo, a reprochar la flaqueza del prójimo, a cobrar hasta el último centavo.













Wednesday, September 12, 2018

Adolfo Bioy Casares: El caso de los viejitos voladores



Un diputado, que en estos años viajó con frecuencia al extranjero, pidió a la cámara que nombrara una comisión investigadora. El legislador había advertido, primero sin alegría, por último con alarma, que en aviones de diversas líneas cruzaba el espacio en todas direcciones, de modo casi continuo, un puñado de hombres muy viejos, poco menos que moribundos. A uno de ellos, que vio en un vuelo de mayo, de nuevo lo encontró en uno de junio. Según el diputado, lo reconoció “porque el destino lo quiso”.
En efecto, al anciano se lo veía tan desmejorado que parecía otro, más pálido, más débil, más decrépito. Esta circunstancia llevó al diputado a entrever una hipótesis que daba respuesta a sus preguntas.
Detrás de tan misterioso tráfico aéreo, ¿no habría una organización para el robo y la venta de órganos de viejos? Parece increíble, pero también es increíble que exista para el robo y la venta de órganos de jóvenes. ¿Los órganos de los jóvenes resultan más atractivos, más convenientes? De acuerdo: pero las dificultades para conseguirlos han de ser mayores. En el caso de los viejos podrá contarse, en alguna medida, con la complicidad de la familia.
En efecto, hoy todo viejo plantea dos alternativas: la molestia o el geriátrico. Una invitación al viaje procura, por regla general, la aceptación inmediata, sin averiguaciones previas. A caballo regalado no se le mira la boca.
La comisión bicameral, para peor, resultó demasiado numerosa para actuar con la agilidad y eficacia sugeridas. El diputado, que no daba el brazo a torcer, consiguió que la comisión delegara su cometido a un investigador profesional. Fue así como El caso de los viejos voladores llegó a esta oficina.
Lo primero que hice fue preguntar al diputado en aviones de qué líneas viajó en mayo y en junio.
“En Aerolíneas y en Líneas Aéreas Portuguesas” me contestó. Me presenté en ambas compañías, requerí las listas de pasajeros y no tardé en identificar al viejo en cuestión. Tenía que ser una de las dos personas que figuraban en ambas listas; la otra era el diputado.
Proseguí las investigaciones, con resultados poco estimulantes al principio (la contestación variaba entre “Ni idea” y “El hombre me suena”), pero finalmente un adolescente me dijo “Es una de las glorias de nuestra literatura”. No sé cómo uno se mete de investigador: es tan raro todo. Bastó que yo recibiera la respuesta del menor, para que todos los interrogados, como si se hubieran parado en San Benito, me contestaran: “¿Todavía no lo sabe? Es una de las glorias de nuestra literatura”.
Fui a la Sociedad de Escritores donde un socio joven confirmó en lo esencial la información. En realidad me preguntó:
-¿Usted es arqueólogo?
-No, ¿Por qué?
-¿No me diga que es escritor?
-Tampoco.
-Entonces no lo entiendo. Para el común de los mortales, el señor del que me habla tiene un interés puramente arqueológico. Para los escritores, él y algunos otros como él, son algo muy real y, sobre todo, muy molesto.
-Me parece que usted no le tiene simpatía.
-¿Cómo tener simpatía por un obstáculo? El señor en cuestión no es más que un obstáculo. Un obstáculo insalvable para todo escritor joven. Si llevamos un cuento, un poema, un ensayo a cualquier periódico, nos postergan indefinidamente, porque todos los espacios están ocupados por colaboraciones de ese individuo o de individuos como él. A ningún joven le dan premios o le hacen reportajes, porque todos los premios y todos los reportajes son para el señor o similares.
Resolví visitar al viejo. No fue fácil.En su casa, invariablemente, me decían que no estaba. Un día me preguntaron para qué deseaba hablar con él. “Quisiera preguntarle algo”, contesté. “Acabáramos”, dijeron y me comunicaron con el viejo. Este repitió la pregunta de si yo era periodista. Le dije que no. “¿Está seguro? preguntó.
“Segurísimo” dije. Me citó ese mismo día en su casa.
-Quisiera preguntarle, si usted me lo permite, ¿por qué viaja tanto?
-¿Usted es médico? -me preguntó-. Sí, viajo demasiado y sé que me hace mal, doctor.
-¿ Por qué viaja? ¿Por qué le han prometido operaciones que le devolverán la salud?
-¿De qué operaciones me está hablando?
-Operaciones quirúrgicas.
-¿Cómo se le ocurre? Viajaría para salvarme de que me las hicieran.
-Entonces, ¿por qué viaja?
-Porque me dan premios.
-Ya un escritor joven me dijo que usted acapara todos los premios.
-Si. Una prueba de la falta de originalidad de la gente. Uno le da un premio y todos sienten que ellos también tienen que darle un premio.
-¿No piensa que es una injusticia con los jóvenes?
-Si los premios se los dieran a los que escriben bien, sería una injusticia premiar a los jóvenes, porque no saben escribir. Pero no me premian porque escriba bien, sino porque otros me premiaron.
-La situación debe de ser muy dolorosa para los jóvenes.
-Dolorosa ¿Por qué? Cuando nos premian, pasamos unos días sonseando vanidosamente. Nos cansamos. Por un tiempo considerable no escribimos. Si los jóvenes tuvieran un poco de sentido de la oportunidad, llevarían en nuestra ausencia sus colaboraciones a los periódicos y por malas que sean tendrían siquiera una remota posibilidad de que se las aceptaran. Eso no es todo. Con estos premios el trabajo se nos atrasa y no llevamos en fecha el libro al editor. Otro claro que el joven despabilado puede aprovechar para colocar su mamotreto. Y todavía guardo en la manga otro regalo para los jóvenes, pero mejor no hablar, para que la impaciencia no los carcoma.
-A mí puede decirme cualquier cosa.
-Bueno, se lo digo: ya me dieron cinco o seis premios. Si continúan con este ritmo ¿usted cree que voy a sobrevivir? Desde ya le participo que no. ¿Usted sabe cómo le sacan la frisa al premiado? Creo que no me quedan fuerzas para aguantar otro premio.







...tus huellas disminuyen: Elia Casillas








Wednesday, September 05, 2018

La máscara: Elia Casillas


 Sin tus dedos he visto la risa del luto, llevo una máscara, no estaré con esta cara cuando camine, no quiero verme, la casa ya no tendrá tus ojos, más allá de donde cocinabas este amor y pude      llegar a un hombre como tú, tan verdadero, tan fuego y te amo donde nadie te extraña y te necesito y solo tengo un puñado de palabras y esta oscuridad sin tus índices y no te conozco, aunque sé tu nombre y tu nombre no es tu cuerpo, y tu respiración está como calor en mis oídos, como árbol, los pies se desatan y vuelan, entras, complicando todo lo que soy y me gusta contemplarme en tus dedos, mira, estoy sobre ti, tiemblo como una gota en tu nube roja, huele, tus deseos me ocupan, tus dedos guardan mis abandonos, y no importa la tarde de hoy, ni qué colores están en la incertidumbre cuando miramos las estrellas, que cursi, pero vimos el cielo, hoy sólo puedo oírte en cada libro cuando limpio, tus palabras vienen del anochecer y todo se va, y desempolvo el estante de libros, y de repente pasas y olvido los manuales porque hay muchas habitaciones,  en las caderas fantaseo con-ahora- y no sé en dónde están los libros, el cuello me duele, quiero darte un vistazo, y solo alcancé a escuchar esto, -solo por hoy, sólo por hoy- decimos y la libertad obstaculiza y con mucho gusto la dejaría entrar en tu piernas, en ese centro donde perdí una parte de mí, este faro rugoso ilumina mis labios, revuelve libros y tus dedos me integran  en la rueda de las horas, me olvido de ejemplares y tus manos me atacan con urgencia y no duermen, tus labios son un golpe en este insomnio, insomnio,  alabar al monstruo en los muslos, el insomnio me perfora con los dedos y jugamos con esta euforia debajo de la máscara, en las manchas del cuerpo busco tus voces y no puedo quitar tu saliva, en el abismo hay una canción y eres tú,  saltaré en   tu corazón contra el mundo, bajo la lluvia de tus dedos escribo, escribo para no estar triste, escribo porque el desierto me lleva a esta página, vuelvo a verte en estas letras y hago el amor con los ojos húmedos, te invento en mis almohadas, me rindo, tus dedos vuelven a escribir en mí, esta pausa me sepulta en tus dedos lúcidos y no voy a escribir, digo, y regreso a ti, llego a esos días con mi historia, el cofre  complica la historia, y soy el sol deshabitado de mi sombra, no tendré miedo, tengo razón, este presente está agotado y el hubiera no existe.






Monday, September 03, 2018

A 4 años de la partida de Gustavo Cerati.



Del Muro de amigo Rafael Galvez

Fue poco después del mediodía, cuando murió Cerati;  ex líder del grupo Soda Stereo, murió a los cincuenta y cinco años, luego de cuatro años en coma, tras un largo sueño, que fue una pesadilla, para todos quienes lo queremos. Gustavo Cerati ya no despertó desde aquella noche del 17  de mayo de 2010 que terminó de dar el que fue su último concierto en Venezuela; desde entonces estuvo internado, hospitalizado, conectado y la única esperanza era que un día, volviera en sí; tan pronto sufrió el trastorno cardiovascular cerebral, el rockero fue trasladado inicialmente al Centro Médico Docente la Trinidad de Caracas, donde estuvo más de un mes; después fue ingresado en la Clínica Fleni en Buenos Aires, Argentina. Allí fue operado en 2001 para tratar un cuadro de hidrocefalia relacionado a su infarto hemisférico; Gustavo era el hijo mayor de un ingeniero y contador Juan José Cerati y de Lilian Clark; en la primaria le gustó mucho el dibujo y hacia personajes de comics, como "Supercerebro" ya de adolescente sin dejar de gustarle la música se aficionó al deporte, destacando en la natación y el atletismo;  también fue "visitador médico" para el laboratorio Boehringer Argentina su primer logro fue dirigir un coro, el del Instituto San Roque;  y después ganó un primer premio de canto en el Coliseo;  sus primeras grandes influencias en el rock fueron Police, Queen y The Cure;  después, David Bowie y Deep Purple;   estando en la secundarias se presentó en canal 9 de Televisión y ganó un concurso con una canción navideña;  luego formo dos bandas, simultáneamente : "Savage" y "Vozarron" y con dos coristas inglesas se presentaba en un cabaret frente al parque centenario. A los 32 años, formó la banda The Morgan y tocaba en Punta del Este;  en esa época trabajó para varios grupos  Stres, Los Estereotipos e incluso llego a cantar con Andrés Calamaro, con el que formó una banda como tecladista;  estudiando la carrera de publicidad en la Universidad conoció a Héctor "Zeta" Bosio  y en el verano del 82 seguían tocando en Punta del Este, pero a su regreso a Buenos Aires, fundan Soda Stereo la formación definitiva de Soda Stereo fue con Héctor Zeta Bosio y con Charly Alberti en la batería  y desde entonces, construyen su propia imagen. sus detalles estéticos, el maquillaje, peinados y hasta la tapa de los primeros discos así como las puestas en escena de los recitales;  hacia 1983 ya tocaban en la discoteca Airport, en el Stud Free Pub el Café Einstein, y en Zero  los lugares preferidos del rock argentino; con Soda Stereo, Cerati grabó siete discos de estudio:  Soda Stereo, Nada Personal, Signos, Doble Vida, Canción Animal, Dynamo y Sueño Stereo;  en 1993 visitaron México, Chile, Paraguay y Venezuela  en 1996 los Ángeles, Chicago, Nueva York y Miami en paralelo a Soda Stereo, entre 1985 y 1987 fue miembro de Fricción  y produjo dos álbumes  Consumo  y Para Terminar; en 1996 produce: Comfort y Música para volar, de su última presentación como banda en Mtv y el primero de mayo de 1997 Soda Stereo anunció y finalmente su separación  y ya para entonces había grabado dos discos con Plan V después de allí seguiría su carrera como solista desde 1998 hasta 2007;  En junio de 2007 se anuncia la vuelta de Soda Stereo a los escenarios con una gira que lleva por título Me veras volver  y en suma tuvieron 22 presentaciones que terminaron el veintiuno  de diciembre del mismo año  en el River Plate de Buenos Aires se programaron dos conciertos finales  y la gira todavía continuó por Chile Perú., Venezuela, Estados Unidos, México, Ecuador, Panamá y Colombia mucho es lo que falta por decir de este genio de la música... vanguardista siempre artista. sensible, creativo, creador el 4 de septiembre de 2014, mañana hará cuatro años, murió Gustavo Cerati a los  cincuenta y cinco años leyenda del rock, que sigue vivo a través de su obra. 

RG






Los cantos de Maldoror: Conde de Lautréamont


Me propongo, sin estar emocionado, declamar con voz potente la estrofa seria y fría que vais a oír. Prestad atención a su contenido y no os dejéis llevar por la impresión penosa que al modo de una contusión ha de producir seguramente en vuestras imaginaciones alteradas. No creáis que yo esté a punto de morir, pues todavía no me he vuelto esquelético ni la vejez está marcada en mi frente. Descartemos, por lo tanto, toda idea de comparación con el cisne en el momento en que su existencia lo abandona, y no veáis ante vosotros sino un monstruo cuyo semblante me hace feliz que no podáis contemplar: si bien es menos horrible que su alma. Con todo, no soy un criminal.

Pero dejemos esto. No hace mucho tiempo que he vuelto a ver el mar y que he puesto los pies sobre los puentes de los barcos, y mis recuerdos son tan vivos como si lo hubiera dejado ayer. Tratad, con todo, de mantener la misma calma que yo en esta lectura que ya estoy arrepentido de ofreceros, y de no enrojecer ante la idea de lo que es el corazón humano. ¡Oh pulpo de mirada de seda!, tú, cuya alma es inseparable de la mía, tú, el más bello de los habitantes del globo terráqueo, que mandas sobre un serrallo de cuatrocientas ventosas, tú, en quien residen noblemente como en su morada natural, en perfecto acuerdo y unidas por lazos indestructibles, la dulce virtud comunicativa y las divinas gracias, ¿por qué razón no estás junto a mí, tu vientre de mercurio contra mi pecho de aluminio, ambos sentados sobre alguna roca de la costa, para contemplar ese espectáculo que idolatro?

Viejo océano de ondas de cristal, te pareces, guardadas las proporciones, a esas marcas azuladas que se ven en el dorso magullado de los grumetes, eres una inmensa equimosis que se muestra sobre el cuerpo de la tierra: me encanta esta comparación. Así, al primer golpe de vista, un soplo prolongado de tristeza, que se tomaría por el murmullo de tu brisa suave, pasa, dejando rastros inefables sobre el alma profundamente sacudida, y recuerdas a la memoria de tus amantes, sin que ellos lo adviertan, los duros comienzos del hombre en los que inicia sus relaciones con el dolor, que no ha de abandonarlo nunca más. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu forma armoniosamente esférica, que regocija la cara grave de la geometría, me recuerda demasiado los ojos del hombre, parecidos por su pequeñez a los del jabalí, y a los de las aves nocturnas por la perfección circular del contorno. Sin embargo, en el transcurso de los siglos, el hombre no ha dejado nunca de creerse bello. Pero pienso que más bien cree en su belleza por amor propio, aunque en realidad no es bello y lo sospecha; si no, ¿por qué contempla el rostro de sus semejantes con tanto desprecio? ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, eres el símbolo de la identidad: siempre igual a ti mismo. No presentas cambios fundamentales, y si tus olas en alguna parte están encrespadas, más lejos, en otra zona, se encuentran en la más completa calma. No eres como el hombre que se detiene en la calle para ver cómo se toman por el cuello dos bull-dogs, pero que no se detiene cuando pasa un entierro; que por la mañana está afable y por la tarde malhumorado, que hoy ríe y mañana llora. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, no sería del todo imposible que escondieras en tu seno futuros beneficios para el hombre. Ya le has dado la ballena. No dejas adivinar fácilmente a los ojos ávidos de las ciencias naturales los mil secretos de tu íntima estructura: eres modesto. El hombre se jacta continuamente, y sólo de minucias. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, las especies diversas de peces que alimentas, no se han jurado fraternidad entre sí. Cada especie vive apartada. Los temperamentos y las conformaciones variables de una a otra, explican, de manera satisfactoria, lo que al comienzo sólo parece una anomalía. Lo mismo pasa con el hombre, que no tiene los mismos motivos de disculpa. Si un trozo de tierra está ocupado por treinta millones de seres humanos, éstos se creen obligados a no mezclarse en la existencia de sus vecinos, que han echado raíces en el trozo de tierra contiguo. Grande o pequeño, cada hombre vive como un salvaje en su guarida, y sale de ella muy poco para visitar a sus congéneres, acurrucados igualmente en otra guarida. La gran familia universal de los seres humanos es una utopía digna de la lógica más mediocre. Además, del espectáculo de tus Mamas fecundas se deduce la noción de ingratitud: pues se piensa inmediatamente en la multitud de padres tan ingratos hacia el Creador como para abandonar el fruto de su miserable unión. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu grandeza material sólo puede medirse con la magnitud que uno se representa de la potencia activa que ha sido necesaria para engendrar la totalidad de tu masa. No se te puede abarcar de una ojeada. Para contemplarte es imprescindible que la vista haga girar su telescopio con movimiento continuo hacia los cuatro puntos del horizonte, del mismo modo que un matemático está obligado, para resolver una ecuación algebraica, a examinar por separado los distintos casos posibles, antes de superar la dificultad. El hombre ingiere sustancias nutritivas y realiza otros esfuerzos dignos de mejor suerte para dar idea de que es corpulento.. Que se hinche todo lo que quiera esa rana adorable. Quédate tranquilo, nunca igualará tu volumen; por lo menos ésa es mi opinión. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tus aguas son amargas. Tienen exactamente el mismo gusto que la hiel destilada por la crítica sobre las bellas artes, sobre las ciencias, sobre todo. Si alguien tiene genio, se lo hace pasar por idiota, si algún otro es corporalmente bello, resulta un horrible contrahecho. No hay duda de que el hombre debe sentir intensamente su imperfección, cuyas tres cuartas partes son, por lo demás, obra suya, para criticarla de tal modo. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, los hombres, pese a la excelencia de sus métodos, todavía no han logrado, con ayuda de los procedimientos de investigación de la ciencia, medir la profundidad vertiginosa de tus abismos, algunos de los cuales hasta las sondas más largas y pesadas han reconocido inaccesibles. A los peces… le está permitido; no a los hombres. Muchas veces me he preguntado si será más fácil de reconocer la profundidad del océano que la profundidad del corazón humano. A menudo, con la mano apoyada en la frente, de pie sobre los barcos, en tanto que la luna se balanceaba entre los mástiles en forma irregular, me he sorprendido mientras hacía a un lado todo aquello que no era el fin que yo perseguía, esforzándome por resolver ese difícil problema. Sí, ¿cuál es más profundo, más impenetrable de los dos: el océano o el corazón humano? Si treinta años de experiencia de la vida pueden, hasta cierto punto, inclinar la balanza hacia una u otra solución, me estará permitido decir que, pese a lo profundo del océano, no podrá igualarse, en lo que respecta a dicha propiedad, con lo profundo del corazón humano.

Estuve en contacto con hombres que fueron virtuosos. Morían a los sesenta años y nadie dejaba de exclamar: "Han practicado el bien en este mundo, lo que quiere decir que han sido caritativos: eso es todo; no hay en ello picardía alguna y cualquiera puede hacer otro tanto." ¿Quién comprenderá por qué dos amantes que se idolatraban la víspera, se separan por una palabra mal interpretada, uno hacia oriente, otro hacia occidente, con los aguijones del odio, de la venganza, del amor y de los remordimientos, y no se vuelven a ver nunca más, embozado cada uno en su altanería solitaria? Es un milagro que, aunque se renueva diariamente, no deja por eso de ser menos milagroso. ¿Quién comprenderá por qué se saborean, no sólo las desgracias generales de los semejantes, sino también las particulares de los amigos más queridos, aunque al mismo tiempo se sufra la aflicción? Un ejemplo irrebatible para cerrar la serie: el hombre dice hipócritamente sí y piensa no. Por esta razón los jabatos de la humanidad confían tanto los unos en los otros, y no son egoístas. Todavía le queda a la psicología mucho camino por andar. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, tu poder es extraordinario y los hombres han aprendido a conocerlo a sus expensas. Por más que empleen todos los recursos de su genio, son incapaces de dominarte. Han encontrado a su maestro. Debo agregar que han encontrado algo más fuerte que ellos. Ese algo tiene un nombre. Ese nombre es: ¡océano! El miedo que les inspiras ha hecho que te respeten. Con todo, haces danzar sus máquinas más pesadas con gracia, elegancia y facilidad. Les haces ejecutar saltos gimnásticos hasta el cielo y admirables zambullidas hasta el fondo de tus dominios que despertarían la envidia de un saltimbanqui. Bienaventurados aquellos que no llegas a envolver definitivamente con tus pliegues burbujeantes, para ir a ver, sin ferrocarril, en tus entrañas acuosas, cómo lo pasan los peces, y sobre todo, cómo lo pasan ellos mismos.

El hombre dice: Yo soy más inteligente que el océano. Es posible; quizás hasta sea cierto; pero más miedo le tiene el hombre al océano, que el que éste le tiene al hombre: lo cual no necesita demostración. Ese patriarca observador, contemporáneo de las primeras épocas de nuestro globo suspendido, sonríe compasivo cuando asiste a los combates navales de las naciones. Ahí tenéis un centenar de leviatanes salidos de las manos de la humanidad. Las órdenes enfáticas de los superiores, los gritos de los heridos, el estruendo de los cañones, constituyen una barahúnda apropiada para aniquilar a unos pocos segundos. Pareciera que el drama ha concluido y que el océano lo ha tragado todo en su vientre. Las fauces son formidables. ¡Qué inmenso debe de ser hacia abajo, en la dirección de lo desconocido! Como remate de la estúpida comedia, que ni siquiera despierta interés, se ve en medio de los aires alguna cigüeña retrasada por la fatiga, que se pone a gritar sin disminuir el empuje de su vuelo: ¡Vaya!… ¡no me gusta nada! Había allá abajo unos puntos negros; cerré los ojos y ya no están más. ¡Te saludo, viejo océano!

Viejo océano, oh gran célibe; cuando recorres la solemne soledad de tus reinos flemáticos, te enorgulleces con justicia de tu magnificencia natural y de la merecida alabanza que me apresuro a dedicarte. Voluptuosamente mecida por los tiernos efluvios de tu lentitud majestuosa —atributo, el más grandioso entre aquellos con que el soberano te ha favorecido—, tú haces rodar, en medio de un sombrío misterio, por toda tu superficie sublime, las olas incomparables, con el sentimiento sereno de tu eterno poder. Ellas desfilan paralelamente, separadas por cortos intervalos. Apenas una disminuye, otra que crece va a su encuentro, acompañada del rumor melancólico de la espuma que se deshace para advertimos que todo es sólo espuma. (Así los seres humanos, esas olas vivientes, perecen uno tras otro, de un modo monótono, sin producir siquiera un rumor espumoso.) El ave de paso reposa sobre ellas confiada, dejándose llevar por sus movimientos llenos de gracia arrogante, hasta que el armazón de sus alas haya recobrado el vigor normal para continuar su aérea peregrinación.

Quisiera que la majestad humana fuera por lo menos la encarnación del reflejo de la tuya. Pido demasiado, y este deseo sincero te glorifica. Tu grandeza moral, imagen del infinito, es inmensa como la reflexión del filósofo, como el amor de la mujer, como la belleza divina del ave, como la meditación del poeta. Eres más bello que la noche. Contéstame, océano: ¿quieres ser mi hermano? Muévete impetuosamente… más… todavía más, si aspiras a que te compare con la venganza de Dios; alarga tus garras lívidas fraguándote un camino en tu propio seno… está bien. Haz rodar tus olas espantosas, océano horrible que sólo yo comprendo, y ante el cual caigo prosternado. La majestad del hombre es prestada; no se me impone; tú, sí. Oh, cuando avanzas con la cresta alta y terrible, rodeado por tus repliegues tortuosos como por un séquito, magnético y salvaje, haciendo rodar tus ondas unas sobre otras, con la conciencia de lo que eres, en tanto que lanzas desde las profundidades de tu pecho, como abrumado por un intenso remordimiento que no puedo descubrir, ese sordo bramido perpetuo que tanto atemoriza a los hombres, hasta cuando te contemplan trémulos desde la seguridad de la costa; entonces comprendo que no poseo el insigne derecho de proclamarme tu igual. Por eso, frente a tu superioridad, te entregaría todo mi amor (y nadie conoce la cantidad de amor contenida en mis aspiraciones hacia lo bello) si no me recordaras dolorosamente a mis semejantes, que forman contigo el más irónico contraste, la antítesis más grotesca que jamás se haya visto en la creación: no puedo amarte, te aborrezco. ¿Por qué entonces vuelvo a ti, por milésima vez, hacia tus manos amigas que se disponen a acariciar mi frente ardorosa, cuya fiebre desaparece a tu contacto? No conozco tu destino secreto, todo lo que te concierne me interesa. Dime, entonces, si eres la morada del príncipe de las tinieblas. Dímelo… dímelo, océano (solamente a mí para no entristecer a aquellos que hasta ahora sólo han conocido ilusiones), y si el soplo de Satán crea las tempestades que levantan tus aguas saladas hasta las nubes. Es preciso que me lo digas porque me alegraría saber que el infierno está tan cerca del hombre. Quiero que ésta sea la última estrofa de mi invocación. Por lo tanto, quiero saludarte una vez más y presentarte mi adiós. Viejo océano de ondas de cristal… abundantes lágrimas humedecen mis ojos, y me faltan fuerzas para proseguir, pues siento que ha llegado el momento de retornar con los hombres de aspecto brutal; pero… ¡ánimo! Hagamos un gran esfuerzo y cumplamos, con el sentimiento del deber, nuestro destino sobre esta tierra. ¡Te saludo, viejo océano!

conde de Lautréamont (1846-1870)


Saturday, September 01, 2018

Luis Donaldo Colosio Riojas ¿A qué venimos al Congreso Local?



¿A qué venimos al Congreso Local? ¿Para qué llegamos a este espacio? ¿Qué significa ser Diputado Local?
Algunos dirán que para dignificar la política.
Otros porque quieren transformar el estado de Nuevo León. Algunos más que quieren hacer historia.
Hay gente que está aquí porque le gusta el prestigio que le confiere un puesto de función pública. O bien… aquellos que buscaron el poder para para influir de alguna forma en las políticas públicas que habrán de aplicarse en favor del estado.
Pero muy pocos mencionamos a la gente.
Y aún cuando se le mencione, todas estas serían palabras vacías y gestos vacuos, si no tienen un contundente acompañamiento de acciones.
La gran mayoría de los que ayer rendimos protesta como Diputados Locales lo hacemos después de haber recorrido extremo a extremo cada uno de los distritos de nuestro estado.
Hemos visto la realidad de los dos Méxicos que cohabitan en un solo país y hemos escuchado de manera ubicua el mismo reclamo constante de parte de la gente:
No sienten cercanía, conexión, representación, o bien, relación alguna con sus diputados.
Nosotros, la #BancadaCiudadana, hemos llegado aquí para destruir lo que este espacio actualmente representa para la gente: corrupción, opacidad, impunidad.
Hemos llegado para recuperar de una buena vez esa Honorabilidad que se supone debe tener este recinto, más allá de una H. que meramente adorne la fachada.
Y la honorabilidad no tiene colores ni partidos. Le pertenece íntegramente a nuestro estado y nuestra gente.
No voy a demeritar en absoluto la enorme importancia de la función legislativa de los diputados; sin embargo, quien en su arrogancia aún no se ha dado cuenta de que las labores llevadas a cabo en el Congreso Local son sumamente insuficientes para recuperar la figura del diputado en beneficio de nuestro país, no se ha dado cuenta de que lo que debemos de transformar no es nuestro país ni nuestro estado sino nuestro trabajo.
Al trabajo de escritorio debe seguirle una agresiva jornada de trabajo en el territorio. Y transformar, más allá de lo que exige la ley, la entrega y el servicio de las diputadas y diputados de Nuevo León, en beneficio de la gente.
Porque para eso estamos aquí, porque para nosotros el gran honor es estar con la gente y eso significa ser Diputado: servir íntegramente a Nuevo León.
Y les doy mi palabra: cuando los Diputados de otras corrientes políticas impulsen proyectos, iniciativas o trabajos que sean congruentes con el propósito de servir a nuestro estado, encontrarán en un servidor y en la bancada ciudadana sus más grandes aliados.
Pero igualmente empeñamos la palabra para advertirles: cuando no lo sea así, encontrarán en nosotros la mas férrea línea de defensa y contrataque que tiene la gente de Nuevo León.
Porque durante nuestras campañas salimos a la calle a mirar a la gente a los ojos y nuevamente dimos nuestra palabra que haríamos todo cuanto estuviera a nuestro alcance para hacerles justicia, representarlos a cabalidad y de manera digna.
Ante esta gran oportunidad de servicio que hoy comienza, yo les invito a honrar su palabra y cumplirle a la gente de Nuevo León. De lo contrario, les garantizo: un servidor y la bancada ciudadana habremos de honrar la propia.






Texto de El Borrador: Mi Princesa Travestida



 Mi vecino era un travesti, de maquillaje barato, y ropa repetida. Olía a perfume y axila. Raquítico como una escoba, de pelo largo y mal cuidado. El personaje de la cuadra, a quien todos molestaban, pero nadie se atrevía a enfrentar, simplemente porque él o ella, tenía mucha más calle. Si alguien se burlaba, sacaba voz de hombre, y todos se asustaban, pero luego transformaba en voz de nena y te lanzaba un beso.
Yo le tenía miedo, para mí era como ver un quiltro con arestín. Cuando me mandaban a comprar pan, yo cruzaba a la vereda contraria a la que él (o ella) estaba. Una vez, salí del negocio y estaba afuera, me pidió cien pesos y yo salí arrancando, de hecho, se me quebraron los huevos en el piso al soltar la bolsa. Cada vez que me portaba mal, mi padre me amenazaba que llegaría el travesti de la vuelta y me raptaría. Yo soñaba con eso, despertaba llorando. Mi madre retó a mi taita, le dijo literalmente: No quiero que asustes más al niño con ese fleto.
Pero fui creciendo y el miedo se transformó en una simple omisión. Siempre lo veía en la calle, con la misma ropa, oliendo a perfume y axila. Siempre saludaba, me decía el Pepe Grillo, pero no le daba bola.
Una vez, me metí en un lío con los cabros de otra villa, todo por la rucia de allá, me iban a sacar la cresta. Me pillaron llegando a la población, eran cuatro, me tiraron al suelo y uno sacó una cuchilla, el otro me corrió el polerón y quedé a guata descubierta. Pero en ese instante, apareció el travesti, tres de ellos salieron arrancando, salvo el de la cuchilla, los dos de manera casi tácita tomaron un duelo, el travesti le pegó dos rajazos en la cara y otro en la mano. Me sorprendí, y me quedé ahí, callado. Me quede sólo con él y me dijo: “Te apuesto que es por la rucia de la otra población, ten cuidado, a esa le gusta meter a los niños en tetes”. Le dije gracias, y me pidió cien pesos, tenía cincuenta, se los pasé. Prendió un cigarro y se fue.
Desde ese día, ya lo saludaba, al menos le movía la cabeza, pero si yo iba con alguien, siempre lo negaba. Perfectamente me podría haber dicho algo, pero fue respetuoso, se hacía el loco, al parecer entendía perfectamente lo que él representaba para los demás, pero no le importaba, creo.
Mi madre falleció de un derrame cerebral, de un día para otro. Estábamos en el velorio, y a eso de las 12 de la noche apareció el travesti, fue con unas rosas que había sacado de por ahí. Nadie dijo nada, salvo yo, que le dije gracias, me esbozó una sonrisa y se fue. En el funeral, mientras estábamos en el desgarrador entierro, vi que desde unos metro más allá estaba aquel tipo fumándose un cigarro, y a lo lejos me preguntó ¿Estás bien? Yo le hice un gesto de “sí”.
Ya tenía 15, y aun no daba mi primer beso, y la única que me daba chances era la rucia con la que me había metido alguna vez en problemas, no sabía cómo hacerlo. Yo creo que el travesti me miró por mucho tiempo que ya me conocía de memoria. Recuerdo que se me acercó y me dijo: "Parece que aún no te haces respetar mi Pepe Grillo". Me tomó de la cintura, y me asusté: “Así la agarras y le das un beso”, yo le dije que se podía sentir abusada, o algo así, me dijo que no fuera leso, que ella hace rato me daba chances, era yo el pajarón.
Crucé la villa, entre todos esos flaites, me acerqué a la rucia, la tomé de la cintura y le chanté el beso. La solté, puso cara de contenta, y salí arrancando. Venían como diez, y el travesti los espero a la entrada de mi población… ahí nadie fue capaz de entrar. Me gritaban que me defendía detrás de la falda de un “caballo”. Me preguntó cómo me fue y le dije que bien, se puso a reír y me dijo que ya estaba grande.
Mi papá veía el partido de la U con el Colo, mientras yo, sacaba carne de la parrila y las guardaba en una servilleta, salía escondido y se las pasaba a esta “loca”
Crecí.
Me transformé en un cabro de 18, estudiaba en Santiago, y cuando volvía a Chillán, ahí estaba. Cara dura me decía que el “Pepe Grillo” estaba guapo, yo me reía no más. Y todas las vueltas era lo mismo. En los veranos salía con short a tomarme una chela en la puerta, y le tiraba una lata. Estaba bueno para toser, le dije que dejara el cigarro, pero él ni ahí.
Cuando había platos únicos, él se ofrecía a ayudar para cocinar, pero todos lo negaban. Yo le dije a mis tías que lo dejaran, pero pusieron el grito en el cielo, que estaba cochino, quizás con que cosa.
Era marzo, y me preguntó que porque no me iba a Santiago, le dije que no había lucas, mi taita estaba hasta el pico con deudas, yo estaba obligado a trabajar. Me dijo que eso no era posible, así que me pasó mil doscientos pesos en monedas de diez y cincuenta. No sé en qué espacio vivía, pero se notaba que no entendía mucho, yo me puse a reír, no sé, su gesto me puso contento. Caché que era como un perro golpeado, de la calle, ignorante del universo, pero siempre fiel con la gente de la villa.
Armamos un negocio con mi taita, un almacén, y nos faltaba alguien que hiciera aseo, yo le dije que le diera la pega… pero mi viejo se negó, tajantemente. Traté de hacerle ver que era buena persona, que le dieran una oportunidad. Mi papá a regañadientes aceptó. Le presté la ducha y le compré ropa nueva. Se cortó el pelo y parecía otro. Pero su gesticulación era la misma de siempre, con esa voz alharaca contando mentiras divertidas.
Mi papá se acostumbró, igual los tiempos habían cambiado, de ser un bicho raro pasó a ser persona.
Desde ahí todos le daban pega en la población, alguno que otro favor pagado, y este se gastaba la plata en cigarros, pero se veía contento.
Pude volver a la universidad, estaba ya en el último año.
Regresé a Chillán, con una noticia, iba a ser papá. Mi taita me felicitó y esta “loca” también, me dijo que me iba a tener un regalo para mi guagua, que lo esperara.
Al otro día, desperté a ayudar a mi viejo al almacén, y este loco no había llegado a trabajar. Según mi papá, quizás se había quedado borracho, por ahí. Pero lo conocía, era extraño que saliera de la villa.
Las horas pasaban y no aparecía. Hasta que se acercó carabineros, preguntándonos si conocíamos a un tal Cristian Lumier, mi papá dijo que no… pero yo sí, era su nombre. Pregunté qué pasaba…
… Lo encontraron tirado, lleno de cicatrices, apuñalado en todos lados, con una botella que le atravesó el ano, con la nariz partida en dos, sin dientes… y con un paquete de pañales a su lado... Aún me duele el corazón.
Se fue parte de mi, me lo arrebataron. Se fue mi infancia, se fue la mitad de mi vida con ella. Sentí y siento un vacío, y que nunca pensé que ella estaba a cargo de llenar.
No dije nada, mi padre tampoco. Estaba mudo, hipnotizado, pregunté donde había pasado, pensé que quizás fueron los de al frente, pero no... desconocidos, a quienes nunca encontraron, y que no sé si hayan ubicado con tanto ímpetu, después de todo ella solo era un vagabundo, disfrazado, una loca que de alguna forma tenía que morir, daba lo mismo si en el río o en la calle.
No hice nada, aún estaba sin decir nada.
La gente de la villa juntó dinero, sumada a la que una vecina consiguió en la municipalidad, con eso pudimos darle un entierro digno. Llegaron muchos travestis, uno que otro personaje de la ciudad. Quise llorar, pero nadie lo hacía, porque simplemente a nadie le importaba tanto, sentí vergüenza de hacerlo. Me aguanté la pena, me tragué la saliva y me fui a casa. No podía dejar de dormir. Me dolía la cabeza, la pena me tenía un tanto agripado.
Me senté afuera, muy tarde y vi entrar a un perro, se veía mal tratado y no se quería acercar. Lo llamé, pero no se decidía. Entré a la casa y saqué un pedazo de carne, lo dejé a mi lado y empezó a comer, le acaricié la cabeza… y mi pena se desató, y mis lágrimas empezaron a salir desde mi corazón, para desembocar en el lomo de aquel perro.
Perdóname. Mi perrito guacho, mi loca, mi angelito guardián. Mi personaje principal. Mi musa preferida. Te tenías que morir de cáncer al pulmón, no así, humillado, como cachorrito envenenado. Cada vez que sueño contigo, ya no eres esa pesadilla que me despertaba a gritos, sino que esa bella princesa que corre por la luna y que sigo por el universo y que repito mil veces que te quiero. Mi amiga fiel, la contadora de cuentos, mi bella hermana, aquella que dejó su sombra en la entrada de esta villa y que me espera para decirme mi Pepe Grillo.......
Mi vecino era un travesti, de maquillaje barato, y ropa repetida. Olía a perfume y axila. Raquítico como una escoba, de pelo largo y mal cuidado. El personaje de la cuadra, a quien todos molestaban, pero nadie se atrevía a enfrentar, simplemente porque él o ella, tenía mucha más calle. Si alguien se burlaba, sacaba voz de hombre, y todos se asustaban, pero luego transformaba en voz de nena y te lanzaba un beso.

Yo le tenía miedo, para mí era como ver un quiltro con arestín. Cuando me mandaban a comprar pan, yo cruzaba a la vereda contraria a la que él (o ella) estaba. Una vez, salí del negocio y estaba afuera, me pidió cien pesos y yo salí arrancando, de hecho, se me quebraron los huevos en el piso al soltar la bolsa. Cada vez que me portaba mal, mi padre me amenazaba que llegaría el travesti de la vuelta y me raptaría. Yo soñaba con eso, despertaba llorando. Mi madre retó a mi taita, le dijo literalmente: No quiero que asustes más al niño con ese fleto.
Pero fui creciendo y el miedo se transformó en una simple omisión. Siempre lo veía en la calle, con la misma ropa, oliendo a perfume y axila. Siempre saludaba, me decía el Pepe Grillo, pero no le daba bola.
Una vez, me metí en un lío con los cabros de otra villa, todo por la rucia de allá, me iban a sacar la cresta. Me pillaron llegando a la población, eran cuatro, me tiraron al suelo y uno sacó una cuchilla, el otro me corrió el polerón y quedé a guata descubierta. Pero en ese instante, apareció el travesti, tres de ellos salieron arrancando, salvo el de la cuchilla, los dos de manera casi tácita tomaron un duelo, el travesti le pegó dos rajazos en la cara y otro en la mano. Me sorprendí, y me quedé ahí, callado. Me quede sólo con él y me dijo: “Te apuesto que es por la rucia de la otra población, ten cuidado, a esa le gusta meter a los niños en tetes”. Le dije gracias, y me pidió cien pesos, tenía cincuenta, se los pasé. Prendió un cigarro y se fue.
Desde ese día, ya lo saludaba, al menos le movía la cabeza, pero si yo iba con alguien, siempre lo negaba. Perfectamente me podría haber dicho algo, pero fue respetuoso, se hacía el loco, al parecer entendía perfectamente lo que él representaba para los demás, pero no le importaba, creo.
Mi madre falleció de un derrame cerebral, de un día para otro. Estábamos en el velorio, y a eso de las 12 de la noche apareció el travesti, fue con unas rosas que había sacado de por ahí. Nadie dijo nada, salvo yo, que le dije gracias, me esbozó una sonrisa y se fue. En el funeral, mientras estábamos en el desgarrador entierro, vi que desde unos metro más allá estaba aquel tipo fumándose un cigarro, y a lo lejos me preguntó ¿Estás bien? Yo le hice un gesto de “sí”.
Ya tenía 15, y aun no daba mi primer beso, y la única que me daba chances era la rucia con la que me había metido alguna vez en problemas, no sabía cómo hacerlo. Yo creo que el travesti me miró por mucho tiempo que ya me conocía de memoria. Recuerdo que se me acercó y me dijo: "Parece que aún no te haces respetar mi Pepe Grillo". Me tomó de la cintura, y me asusté: “Así la agarras y le das un beso”, yo le dije que se podía sentir abusada, o algo así, me dijo que no fuera leso, que ella hace rato me daba chances, era yo el pajarón.
Crucé la villa, entre todos esos flaites, me acerqué a la rucia, la tomé de la cintura y le chanté el beso. La solté, puso cara de contenta, y salí arrancando. Venían como diez, y el travesti los espero a la entrada de mi población… ahí nadie fue capaz de entrar. Me gritaban que me defendía detrás de la falda de un “caballo”. Me preguntó cómo me fue y le dije que bien, se puso a reír y me dijo que ya estaba grande.
Mi papá veía el partido de la U con el Colo, mientras yo, sacaba carne de la parrila y las guardaba en una servilleta, salía escondido y se las pasaba a esta “loca”
Crecí.
Me transformé en un cabro de 18, estudiaba en Santiago, y cuando volvía a Chillán, ahí estaba. Cara dura me decía que el “Pepe Grillo” estaba guapo, yo me reía no más. Y todas las vueltas era lo mismo. En los veranos salía con short a tomarme una chela en la puerta, y le tiraba una lata. Estaba bueno para toser, le dije que dejara el cigarro, pero él ni ahí.
Cuando había platos únicos, él se ofrecía a ayudar para cocinar, pero todos lo negaban. Yo le dije a mis tías que lo dejaran, pero pusieron el grito en el cielo, que estaba cochino, quizás con que cosa.
Era marzo, y me preguntó que porque no me iba a Santiago, le dije que no había lucas, mi taita estaba hasta el pico con deudas, yo estaba obligado a trabajar. Me dijo que eso no era posible, así que me pasó mil doscientos pesos en monedas de diez y cincuenta. No sé en qué espacio vivía, pero se notaba que no entendía mucho, yo me puse a reír, no sé, su gesto me puso contento. Caché que era como un perro golpeado, de la calle, ignorante del universo, pero siempre fiel con la gente de la villa.
Armamos un negocio con mi taita, un almacén, y nos faltaba alguien que hiciera aseo, yo le dije que le diera la pega… pero mi viejo se negó, tajantemente. Traté de hacerle ver que era buena persona, que le dieran una oportunidad. Mi papá a regañadientes aceptó. Le presté la ducha y le compré ropa nueva. Se cortó el pelo y parecía otro. Pero su gesticulación era la misma de siempre, con esa voz alharaca contando mentiras divertidas.
Mi papá se acostumbró, igual los tiempos habían cambiado, de ser un bicho raro pasó a ser persona.
Desde ahí todos le daban pega en la población, alguno que otro favor pagado, y este se gastaba la plata en cigarros, pero se veía contento.
Pude volver a la universidad, estaba ya en el último año.
Regresé a Chillán, con una noticia, iba a ser papá. Mi taita me felicitó y esta “loca” también, me dijo que me iba a tener un regalo para mi guagua, que lo esperara.
Al otro día, desperté a ayudar a mi viejo al almacén, y este loco no había llegado a trabajar. Según mi papá, quizás se había quedado borracho, por ahí. Pero lo conocía, era extraño que saliera de la villa.
Las horas pasaban y no aparecía. Hasta que se acercó carabineros, preguntándonos si conocíamos a un tal Cristian Lumier, mi papá dijo que no… pero yo sí, era su nombre. Pregunté qué pasaba…
… Lo encontraron tirado, lleno de cicatrices, apuñalado en todos lados, con una botella que le atravesó el ano, con la nariz partida en dos, sin dientes… y con un paquete de pañales a su lado... Aún me duele el corazón.
Se fue parte de mi, me lo arrebataron. Se fue mi infancia, se fue la mitad de mi vida con ella. Sentí y siento un vacío, y que nunca pensé que ella estaba a cargo de llenar.
No dije nada, mi padre tampoco. Estaba mudo, hipnotizado, pregunté donde había pasado, pensé que quizás fueron los de al frente, pero no... desconocidos, a quienes nunca encontraron, y que no sé si hayan ubicado con tanto ímpetu, después de todo ella solo era un vagabundo, disfrazado, una loca que de alguna forma tenía que morir, daba lo mismo si en el río o en la calle.
No hice nada, aún estaba sin decir nada.
La gente de la villa juntó dinero, sumada a la que una vecina consiguió en la municipalidad, con eso pudimos darle un entierro digno. Llegaron muchos travestis, uno que otro personaje de la ciudad. Quise llorar, pero nadie lo hacía, porque simplemente a nadie le importaba tanto, sentí vergüenza de hacerlo. Me aguanté la pena, me tragué la saliva y me fui a casa. No podía dejar de dormir. Me dolía la cabeza, la pena me tenía un tanto agripado.
Me senté afuera, muy tarde y vi entrar a un perro, se veía mal tratado y no se quería acercar. Lo llamé, pero no se decidía. Entré a la casa y saqué un pedazo de carne, lo dejé a mi lado y empezó a comer, le acaricié la cabeza… y mi pena se desató, y mis lágrimas empezaron a salir desde mi corazón, para desembocar en el lomo de aquel perro.
Perdóname. Mi perrito guacho, mi loca, mi angelito guardián. Mi personaje principal. Mi musa preferida. Te tenías que morir de cáncer al pulmón, no así, humillado, como cachorrito envenenado. Cada vez que sueño contigo, ya no eres esa pesadilla que me despertaba a gritos, sino que esa bella princesa que corre por la luna y que sigo por el universo y que repito mil veces que te quiero. Mi amiga fiel, la contadora de cuentos, mi bella hermana, aquella que dejó su sombra en la entrada de esta villa y que me espera para decirme mi Pepe Grillo...


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