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Sunday, November 12, 2017

La vida inútil de Pito Pérez Vlll

Buenas noches a toda la compañía —dijo Pito Pérez, al  llegar a la tienda. Su estampa era la misma que yo conocí diez años antes: levita deteriorada con flor en el ojal, bastón de puño niquelado, pantalón con unas rodilleras tan amplias que podría guardar en ellas a sus hijos, a semejanza de los canguros; sombrero carrete haciendo equilibrios para conservarse sobre la melena alborotada y que, por su color de oro viejo, parecía aureola de santo. —¿Y las canastas, Pito Pérez? —No vengo en plan de comerciante. Las agujas y los peines peluqueros a esta hora duermen con inocencia infantil. Yo me acerco a la tertulia como esas madres que se reúnen al anochecer, para contarse las monerías de sus hijos, después de dejarlos dormidos. —¿Qué ha hecho usted en tantos años que no nos vemos, Pito Pérez? —Beber para emborracharme, y después, para curarme la cruda, hasta que me asalta el delirium tremens y caigo medio muerto, perdida por completo la conciencia, en la cuneta de algún camino. La muerte y yo nos hablamos de tú desde hace tiempo; ella juega conmigo sin hacerme daño. ¡Los peligros de que he escapado, quizá con su ayuda! Me caí a un río, en estado de ebriedad, que ya es mi estado perfecto, y sin saber cómo ni cuándo, me salvé. He pasado victorioso como un general por campos de batalla, cubiertos de cadáveres, aspirando el hedor de la carne podrida, y he visto cómo los ojos de los difuntos adquieren brillo de celuloide al ausentarse la luz del pensamiento. He palpado con mis manos el frío del cristal de los pies de un hombre muerto,    pretendiendo calentarlos en un rapto de alcohólica compasión. He recibido en el hospital la visita de dos colegas borrachos, que me llevaban cuatro cirios, con esa complaciente sonrisa de quien regala una caja de dulces, y escuchado a uno de ellos que, tartamudeando, dábame el pésame por mi muerte y la disculpa de que no podría acompañarme al cementerio, al siguiente día, por tener que evacuar otro negocio. He llorado sobre mis tristes despojos, con dolor verdadero, y he sentido que no hay pena comparable a la de morir. Sin embargo, aquí me tiene usted, guardando mi propio luto sin que todavía haya estacado la zalea. —Pero, ¿dónde ha pasado usted tantos peligros? —¡Calcule usted! He sido huésped de un buen número de hospitales en donde, si no mueren los pacientes de la enfermedad que allí los llevó, sucumben de hambre o en algún experimento clínico. Estuve en el hospital de San Vicente de Paul, y para subsistir, salíamos a la calle los asilados, pidiendo limosna de puerta en puerta. ¡Hubo tifosos que apenas tenían alientos para cargar el cobertor, y que expiraban en los quicios de las puertas! En el hospital del Santo Refugio, los enfermos danzábamos en el jardín desde las primeras horas de la mañana, sin más vestidura que unas sábanas de dudosa limpieza. Salíamos a cortar quelites, romeritos, talayotes que, cocidos en una olla común, constituían el único alimento de aquella sociedad vegetariana. ¡Fantástico espectáculo el de aquellas enormes mariposas blancas, volando de quelite en quelite —volando, es la palabra— porque no había en nuestros cuerpos ni un gramo de carne! —Compañeros, prueben como postre las malvas —aconsejábales yo, que era el más optimista de la pandilla. Luchaba elocuentemente por convencer a los enteleridos comensales de que el talayote tiene sabor de pechuga de pollo. “Sobrepónganse a la realidad —predicábales— y coman con la fantasía, a imitación de los hambrientos que se dan banquetes espirituales, contemplando los aparadores de las pastelerías. Sigan mi ejemplo: yo tomo violetas cocidas como demostración  de cultura; los aristócratas las saborean cristalizadas con azúcar, acaso para inspirarse despertando sus aficiones poéticas”. Estuve en el hospital de Cotija, y de veintiocho enfermos soy el único superviviente. Verá usted: Era su director un botánico insigne, citado frecuentemente en los textos de medicina. Este sabio eminente había clasificado más de veinte mil plantas de la flora de nuestro país y ensayaba en nosotros sus propiedades terapéuticas dosificándolas a costa de los enfermos. ¿Que moría un paciente, vaciado por la infusión de coloquíntida?, pues a disminuir la dosis en el tratamiento, y a olvidarse del pobre conejito sacrificado en aras de la ciencia. Yo pude escapar de las escoletas de este médico famoso, debido a que salté muy a tiempo las tapias del hospital. El galeno corrió a darme alcance, prometiéndome que pondría sus cinco sentidos en mi curación, pero yo, a larga distancia, le grité: “De veneno a veneno, opto por el tequila Cuervo”. —Bueno, Pito, ¿de dónde le han llovido tantas enfermedades? —Del mentado veneno. Según dicen los historiadores, los reyes habituaban su naturaleza al uso de los venenos más activos, para inmunizarla en previsión de cualquier atentado. A nosotros, los borrachos, no nos sirve el experimento porque a medida que bebemos, resentimos más los efectos de nuestros filtros venenosos. Pero, proseguiré el itinerario de mis malandanzas. Sólo por un milagro de la muerte que, como ya digo, es mi mejor amiga, pude salir del hospital de Morelia. Trabajaba en él una enfermera, de corazón altruista. Llamábase Pelagia, y este nombre ya era de mal agüero para los supersticiosos que caían en sus manos. Nació Pelagia en Hoyo del Aire, del Municipio de Taretan; hizo sus estudios en un solo día, y recibió su título de enfermera en el mismo instante en que la contrataron como criada del hospital. Le encasquetaron un gorro blanco, la metieron dentro de un mandil que le arrastraba, y la plantaron en medio de un pabellón de aislados, sin inquirir si debajo de la toca había una cabeza, y si ésta tenía sesos, o era una sonaja rellena con piedrecitas del arroyo.  A la hora de la visita médica, Pelagia seguía al doctor, de catre en catre, recogiendo las recetas que él formulaba, para surtirlas después en la farmacia del propio edificio. Pelagia hablaba, sin parar, de los enfermos a su cuidado: —Él   no durmió anoche, y por si juera de hambre le truje su torta de sardinas, que lo dejó súpito; el 4, lleva seis deposiciones muy jediondas, que le guardé, dotorcito, pa’ si quere esaminarlas; el  ya no está tan malo, no crea. Anoche me quería apapachar los cuadriles. Cuando Pelagia volvía de la botica con las fórmulas surtidas, parábase en la puerta del salón y nos gritaba jubilosa, igual que una madre que llega de paseo, con golosinas para sus hijos: —Aquí están las melecinas. Vamos a ver, ¿quén quere píldoras? ¿Quén quere cucharadas? ¿Quén papeles? Y daba a cada enfermo lo que le pedía, con peligro de reventarnos a todos. A mí no me quería por lurio, como afirmaba, y por este motivo ensartábame los lavados intestinales recetados a otros. —Pal escribano —decía— las lavativas, porque es capaz de emborracharse con cásulas. Quizá por esto no estiré la pata, pues por esa boca no suelen recetarse venenos muy activos. Las ideas políticas constituían otro peligro en el interior del hospital. Había médicos mochos que atendían con gran esmero a los pacientes que comulgaban, y medicos liberales que no veían con buenos ojos a sus clientes del bando contrario. A los primeros les hablaba de mi hermano el padre, y a los otros, le contaba que yo pertenecía a la secta de los husitas, y que si bebía vino en ayunas, era en la recepción de uno de nuestros sacramentos. Un doctor Ortiz creyó en mis doctrinas, permitiéndome comulgar todas las mañanas con un vaso de fino moscatel que me proporcionaban, por orden suya, en la despensa del establecimiento. Algunos días comulgaba yo hasta tres veces, como una práctica propiciatoria para la salvación de mi alma. Por supuesto que ya estas cosas marcaban el principio de mi convalecencia y la vuelta de mi yo interno a su estado normal.  Mis períodos largos de embriaguez culminaban siempre con un ataque de delirium tremens, y éste me conducía a regiones insospechadas para el resto de los mortales. Con el delirio adquiría formas de una hiperestesia exaltada, llena de alucinaciones. Cierta ocasión me sentí árbol: mis pies eran las raíces y mis piernas troncos por cuya corteza, áspera y dura, subían hormigas de todos tamaños. El ejército de pequeños animalitos cosquilleaba con sus patas de alambre mi carne rugosa, desesperando mis nervios. Yo los veía subir, y subir y me asaltaban deseos de limpiarlos, de arrojarlos lejos de mí, pero deteníame una idea: los árboles tienen obligación de prestar ayuda a estos parásitos, hijos, como ellos, de la naturaleza y, por lo tanto, hermanos suyos. Si yo soy un árbol, debo permitir que trepen por mi tronco —cavilaba—, que coman de mi carne. Y para que mis manos no atropellaran a aquellas criaturas indefensas, subí los brazos al cielo, y el cielo premió mis brazos convirtiéndolos en ramas verdes, frescas, floridas. No sentí más el cosquilleo de los insectos, sino el paso de una savia dulce por mis venas, que hacía nacer en mí pequeños brotes cuyas hojas aterciopeladas, mecidas por el aire, cantaban un allegro de primavera. Pájaros de diversos colores venían a anidar en mi fronda: eran mis pensamientos de toda la vida, que regresaban a su nido: chupamirtos embriagados por el néctar de las flores, sinsontes que soplaron por mi vieja flauta; golondrinas de amor, fugaces y asustadizas; loros que decían sus incoherencias inútiles y sus malas palabras, y la lechuza huraña y filosófica de mi melancolía. Era yo un renuevo en el bosque; mas de pronto me vine abajo, a los golpes de la cordura. Terminó mi delirio y volví a adquirir la forma estéril del hombre. —¡Pito Pérez, insigne borracho, es usted un loco! —¿Y por qué no un poeta?  Otra vez, tendido sobre un duro camastro, sentí que poco a poco me transformaba en un lienzo de seda, de esos que crujen con un frufrú sensual al más leve contacto. Mis ojos me veían descender por los lados de la cama, como un cortinaje sobre un balcón empavesado; mis manos y mis pies eran borlas colgantes de oro, y en mi barriga había chafaduras y roces, como si una persona hubiese permanecido de codos sobre mi cuerpo, mirando pasar el ejército de los siglos. Después, sentí que me cortaban con unas tijeras enormes y que hilvanaban con mis pedazos el traje de un niño, a quien sus padres no permitían moverse, temerosos de que rompiera su vestido nuevo. Yo también sentí la angustia de que el muchacho se arrastrara por el suelo, o se deslizara por el pasamano de la escalera. Mis carnes sufrían el dolor de verse magulladas y rotas, sin que nadie escuchara las voces, sin sonido, de mi desesperación. Di un suspiro de alivio, al notar que la tela de mi cuerpo adquirió un tono rosa y un brillo desusado. Entonces, ordené a mi fantasía: —Quiero ser camisón de dormir de una mujer hermosa y sentir su contacto tibio y perfumado. Voy a pecar, al menos una vez, sin que me desprecien, sin que me aparten con repugnancia; con cada hilo de mi cuerpo acecharé los más ocultos rincones de otro cuerpo, en medio de una fiesta de luz; con hebra de mi carne, lograré la posesión de la mujer deseada. Mi placer subirá en ondas voluptuosas desde la costura de la falda hasta los lazos del corpiño, y, ya saciado, dormiré con un sueño reparador, ceñido a un vientre de alabastro. ¡Y el milagro se hizo! Mis pliegues bajaron por unas caderas triunfales; quedé prendido a unos hombros de nieve; combado sobre unos pechos cuyos botones lastimaban mi sensibilidad, lo mismo que la aguja lastima la tela. Más comencé a sentir molestia de intemperie y a estornudar por todos mis tejidos, como si me hubiese constipado. Porque aquella figura femenina, con toda su pagana desnudez, era una estatua de mármol insensible, y su contacto frío hízome despertar de mi fiebre…  —Ahora que nos está usted contando estas cosas, Pito Pérez, ¿no tendríamos razón si pensáramos que se ha extraviado la suya? —Pero, ¿puede usted decirme cuál es mi realidad y cuál mi ficción? Yo estoy seguro de que existe todo lo que veo, y que la muerte me presta sus ojos para que me divierta, como un anticipo sobrenatural, con el panorama de otros mundos. Una noche sentí que traía un puñal y quise deshacerme de él, porque soy hombre pacífico y odio toda clase de armas, aun en mis mayores borracheras. Lo saqué de la vaina y lo tiré a lo alto, diciendo entre dientes: —No te quiero ver más; escóndete en el espacio. El puñal llegó al cielo y al descender rasgó con su afilada punta las cortinas del firmamento, que se abrieron como una puerta de un pabellón de campaña. Mis ojos atisbaron curiosamente por la rendija de aquel mundo desconocido, y caí en la cuenta de que estaba asomado a la gloria. Los árboles, de un verde artificial, parecían árboles de Nochebuena, cargados de juguetes y de bombones; el prado era un tapete estilo Luis XV, con grandes rosas bordadas; en el centro del cielo, el sol extendía sus rayos, como una lámpara irisada de almendras de cristal, y en las paredes translúcidas, colgaban santos en persona que parecían retratos pintados al óleo. De marco a marco, aquellos justos varones platicaban o discutían los dogmas católicos, con la intervención de San Agustín, que enfáticamente repetía para todo: “Lo he dicho yo”, mientras su maestro San Ambrosio componía, entonándola en voz baja, una canción litúrgica, que glosaba San Gregorio el Magno, con su divino contrapunto. Debajo de un árbol corpulento, el Santo Job jugaba con San Simeón el Estilita una partida de ajedrez, rodeados por algunos santos menores; el Estilita rascábase la cabeza, desesperado, y decía a los que le cercaban: —Job lleva cinco lustros frente al tablero ¡y aún no resuelve esta jugada!   Un anciano venerable, vestido con una túnica de lino, sobre la que flotaba el pabellón pacifista de su barba de nieve, apacentaba, majestuoso, un rebaño de ovejas blancas. Mirándolas con atención, descubrí que las ovejas tenían caras de gentes y unas tablitas al cuello, indicando su nombre y la fecha en que habían entrado al cielo. Todas las ovejas conservaban alguna insignia de su profesión terrenal: los santos esposos engañados, sus cuernos retorcidos; las adúlteras, su inocente sonrisa; las bacantes arrepentidas, su tarifa en dineros, en ropas y en otros obsequios; los tontos beatificados, sus bandas y sus vendas de vanidad. Discurrían por allí carneros lanudos, con etiquetas de ricos que habían legado sus bienes a la Iglesia; otros, con las vedijas ensortijadas y los ojos lánguidos: Magdalenas de sexo ambiguo, que obtuvieron perdón por haber amado mucho. Algunos carneros lucían charreteras de generales, por haber muerto, después de combatir cristianamente, a los enemigos de su religión. Vi unos corderos trasijados, con sus partes pudendas doradas y ostentando sobre su testuz coronas de mártires. El cartel que llevaban en el cuello, decía: Casados con ricas; supieron lo que es fornicar por obligación. Triscaban por todas partes unas ovejillas de ojos tristes, que se refregaban en los troncos de los árboles; eran las vírgenes virtuosas que, a todo trance, defendieron su doncellez. Recostadas con mansedumbre sobre el césped, dormían unas corderas velludas y obesas, cada vez que oían pasos levantábanse y avizoraban el camino: eran las mujeres de los tahúres y de los borrachos que pasaron la vida en espera de sus trasnochadores compañeros. Metí la cabeza por entre las cortinas del firmamento, y vi un cura gordo, con un platillo entre las manos, para no perder la costumbre, como si colectara limosnas. —Padre —le pregunté—, ¿aquí no hay ovejas negras? —No, candoroso hermano, las ovejas negras son los pobres de la Tierra, pero como hay tantos y aquí no cabrían, las acomodamos en el purgatorio, o en el limbo. —¿Y si no lo merecen?   —Los pobres lo merecen todo. Además, ¿qué ganarían con rebelarse? El infierno, como Luzbel. Asustado de la justicia celeste, tan parecida a la de nuestro mundo, me aparté presuroso de la cortina azul y maldije el puñal que desgarró el misterio… —¡Desventurado Pito Pérez, su razón se enreda y se desenreda, lo mismo que una bola de hilo lacre!...



(Continuará)




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