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Tuesday, November 07, 2017

La vida inútil de Pito Pérez V




—Y el amor, Pito Pérez, ¿ha sido con usted generoso, o ingrato? —Amigo, no ponga usted el dedo en la llaga, ni miente la soga en casa del ahorcado. El amor es la incubadora de todas mis amarguras; el espejo de todos mis desengaños. Ha influido en contra mía de tal manera, que otro gallo me cantara si en el amor hubiera encontrado estímulo para luchar por algo o por alguien. Dicen que tira más una mujer que una yunta de bueyes, lo creo pero conmigo han ensayado las mujeres su fuerza de repulsión y no la de atracción. Aquí, en la intimidad, confieso a usted mis culpas que, por otra parte, no son un secreto para nadie. Borracho y tramposo, el amor me hubiera regenerado, pero ese diosecillo impertinente jamás se acercó a mí con intenciones de redimirme, sino de escarnecerme. Con sus manos de niño inocente rompió todos los resortes de mi voluntad. ¿Qué voy por la vida sucio, greñudo, desgarrado? ¡Y qué importa si no tengo con quién quedar bien! ¿Que no trabajo? ¡Qué más da, si nadie tiene que vivir a mi costa! ¿Quién se ha interesado por mí con algún sentimiento afectuoso? Usted mismo, a quien estoy contando mi historia, ¿se ha preocupado por conocerme, por estudiarme con alguna indulgencia? No, usted quiere que yo le cuente aventuras que le hagan reír: mis andanzas de Periquillo o mis argucias de Gil Blas. Pero, ¿ya se fijó usted que mis travesuras no son regocijadas? Yo no soy de espíritu generoso, ni tuve una juventud atolondrada, de ésas que al llegar a la madurez vuelven al buen camino y acaban predicando moralidad, mientras mecen la cuna del hijo. No, yo seré malo hasta el fin, borracho hasta morir congestionado por el alcohol; envidioso del bien ajeno, porque nunca he tenido bien propio; malediciente, porque en ello estriba mi venganza en contra de quienes me desprecian. Nada pondré de mi parte para corregirme. Solamente los cobardes ofrecen enmienda, o se retractan, y yo no haré ni una ni otra cosa. La humanidad es una hipócrita que pasa la vida alabando a Dios, pretendiendo engañarlo con el Jesús en los labios y maldiciendo y renegando sin piedad del Diablo. ¡Pobrecito del Diablo, qué lástima le tengo, porque no ha oído jamás una palabra de compasión o de cariño! Los hombres son realmente aburridos, insoportables. Cuando se dirigen a Dios, lo hacen con fórmulas escritas para cada caso: Ayúdanos, Señor, danos el pan de cada día; ¡ten misericordia de nosotros!... Para librarse del dolor ocurren a Dios, como al dentista; pero para la disipación, buscan vergonzantemente al Diablo y se anegan en todas las delicias del pecado, sin que Satanás oiga alguna vez un ¡gracias, Diablo mío! Por el contrario, aún tiene que escuchar cómo los hombres, después del goce prohibido, dan gracias a Dios por el placer que obtuvieron. Yo no sé qué Fausto agradeciera al Diablo la juventud, el amor y el dinero que recibió de sus manos. El Diablo habita en círculos de sombras luchando contra el odio y la envidia, ajeno a toda caricia, a todo sentimiento de ternura. El Diablo no conoció calor de madre; Jesús nació de una virgen toda pureza, toda amor. El Diablo pudiera odiar el mal y amar el bien, pero no es dueño de su albedrío; él fue condenado a amar el odio y a odiar el amor, y jamás romperá su destino. Jesucristo murió una sola vez, con todos los dolores humanos; el Diablo padecerá, por los siglos de los siglos, sus suplicios y los que Dante le inventó. ¡Pobrecito del Diablo, qué lástima le tengo! —Pito Pérez, perdone que interrumpa sus disquisiciones diabólicas, pero estoy ávido de saber cómo fueron sus éxitos y sus desastres amorosos.   —Pues bien, ya que usted se empeña, voy a contarle cuántas veces y de qué manera el amor se ha burlado de mí, pero no espere hallar idilios engarzados en hilos de luna, con cartas extraídas de algún libro de Lamartine o de Víctor Hugo. Mis amores fueron de pueblo, vulgares, y el más profundo, el de mi niñez, murió en secreto, sin que el ser amado hubiera entendido mis declaraciones musicales. Ella vivía frente a mi casa y se llamaba Irene, ¡Irene!, lo más bonito de su persona. Era tres o cuatro años mayor que yo; alta, delgada, color de raja de canela, con unos senos que parecían dos peritas robadas y ocultas debajo del corpiño. En su casa pasaban grandes privaciones. El padre, un arriero sin hatajo; la madre molía chocolate para las tiendas. Irene solía llamar a la puerta de mi casa para pedir prestado, roja de vergüenza, un puñado de sal o un terrón de azúcar. Algunas veces iba descalza y viéndole los pies y el nacimiento de las piernas, despertáronse mis primeros pensamientos voluptuosos. Desde el zaguán de mi casa descubríase el interior de la suya: dos camas sin colchones, una mesa sin barnizar y un banco viejo, cargado de macetas rotas, por cuyos agujeros salían las flores como salen los dedos de los niños por un zapatito hecho pedazos. Todas las tardes, al oscurecer, Irene asomaba a su puerta, y el pito de Pito Pérez entonaba su amorosa canción: “Te amo en secreto, si lo supieras nunca me hirieras con tu desdén…” Ahora sí debe haberme comprendido —pensaba yo, al acostarme, dibujando en mi cerebro las dos peritas de San Juan, ocultas bajo la blusa, y aquellos pies desnudos que las piedras de la calle trataban con tanta crueldad.  Un año largo de pasión, un año de concierto y de miradas tiernas, sin resolverme a decir una palabra; pero llegaron las vacaciones y con ellas mis hermanos los colegiales, Joaquín, el que estudiaba para cura, y Francisco, el que pretendía ser abogado y resultó ser mi rival, pues una noche lo sorprendí besando a Irene, a quien como supe después, había besado ya en las vacaciones anteriores. Corrí al corral sollozando por la muerte de mi primer amor. Y mi hermano Joaquín entró en mi seguimiento: — ¿Lloras, Jesús? —me dijo. ¡Ya sé por qué! Llora cuanto quieras, que el amor se deshace con lágrimas… —¡Y dicen que la música doma a las fieras, Pito Pérez! —A las fieras, no lo dudo; pero las mujeres son torcazas cuyo corazón está defendido por una rodela de plumas que embota los dardos más venenosos. Ya escuchó usted el capítulo cursi de mi frustrado idilio; ahora vamos a la comedia que, entre risas y burlas, también rompiome un ala. Yo tuve un tío con tienda en la plaza, perilla a la Napoleón III, sombrero de copa y más tonto que el puño de un paraguas. Discúlpeme usted si paso por alto algún otro detalle de su filiación. Mi madre Herlinda habló con mi tío para que yo entrara a su tienda como dependiente. Él accedió después de largarme una filípica sobre la honradez, insinuando que la mía andaba en tela de juicio desde el robo al Señor del Prendimiento, y agregó algunas consideraciones sobre el mérito y las ventajas del abstemio. Fui a la tienda, dispuesto a ser más honrado que San Dimas, el auténtico, y a no ingerir sino lo preciso para mantener incorrupto el cadáver de mi última esperanza. Mis propósitos de honradez duraron hasta que supe que mi tío asignábame por único salario la comida, no muy abundante, por cierto. El trabajo era duro: hacíame poner en pie a las cinco de la mañana y caer rendido a las once de la noche. En cuanto a la bebida, me las compuse de manera de estar chupando todo el día,   en las propias barbas de mi tío, asegurando que lo que tomaba eran medicamentos que surtía en la botica, y para corroborar mi dicho, envolvía el pomo en papel oscuro y le pegaba las tibias y la calavera con que suelen señalarse las substancias venenosas. Para que el olor no me denunciara mezclaba al aguardiente algunas gotas de esencia de clavo. Consumía diariamente una botella de tal medicina, recordando a los enfermos de Urapa, en donde puse de moda tan original terapéutica. Por las noches las cucharadas se me subían a la cabeza y yo veía la tienda menos oscura y con ojos de piedad a los marchantes, al grado de que hacía correr en su favor el fiel de las balanzas. Los muy ladinos lo notaron y hacían cola para surtir sus despensas momentos antes de cerrar “El Moro Musa”, que era el nombre de nuestro establecimiento. Mi tío tenía varias hijas, tan diferentes entre sí como si hubieran sido de padres distintos: altas y rubias, morenas y bajas. Llamábase Chucha la más tostada de color; parecía una monita traviesa, sombreada de vellos y con unos dientes de ratón, blancos y menuditos. Aprovechando la circunstancia de que mi tío dormía las siestas, entraba Chucha al almacén, sonreíame coquetonamente y acercábase a don Prudencio, del que extraía sus dos o tres monedas de plata. Ella decía que tal contribución era para los pobres de la Conferencia, pero yo notaba que Chucha era la más bien vestida de mis primas y que nunca le faltaban cintas finas de vistosos colores en el pelo. Después de las sonrisas vinieron las conversaciones y las preguntas sobre los secretos de mi vida. El amor volvió a alcanzarme con una de sus flechas envenenadas, pero esta vez tuve el atrevimiento de confesarlo al objeto de mi pasión, aunque en un sitio desprovisto de toda poesía: en la trastienda, oliente a tabaco mije y a sobrón revenido. Con voz queda y temblorosa formulé mis amantes querellas: —Acércate, Chucha, yo te quiero…  — ¡Yo también te quiero, Pitito! Una tarde, atrenchilada con un tercio de salvado; intenté darle un beso. Ella retiró con presteza su boca y la mía le hizo cosquillas en el oído. — ¿Te duele alguna muela, Jesús? Hueles a esencia de clavo. ¡A esencia de borracho debí olerle, según la rapidez con que retiró su boca de la mía! Mis manifestaciones de cariño hacia Chucha y mis sacrificios por ella, aumentaron copiosamente: le guardaba las monedas de plata más nuevas que caían al cajón del dinero; compré un cepillo de dientes; reduje las cucharadas de alcohol a “cucharaditas” cafeteras, y no volví a rogarle que cuidara de la tienda cuando yo necesitaba visitar los apartados y malolientes rincones de la casa. ¡Oh, amor gozoso, pleno de abnegación! La enfermedad fue acentuándose hasta convertirse en un serio peligro, sobre todo para la estabilidad económica del negocio: A Ruperto “El Ocote”, quien tenía reputación de buen carpintero, le abrí trato para que me hiciera una cama de matrimonio, ancha y resistente, a cambio de clavos, cola y demás materiales de su oficio, de los que nosotros teníamos en existencia. Preguntome “El Ocote” con curiosidad: —¿Por qué quieres el catre tan fuerte? ¿Es que te vas a casar con doña Justina, la del mesón, que pesa once arrobas? Yo deseaba un lecho muy amplio para poder dormir a respetable distancia de la que iba a ser mi esposa, a fin de que no se diera cuenta de los olores de mi aliento, perfumado con tequila, mezcal, charanda y todas las esencias finas de la casa. Decía a Chucha, poniéndome serio: —¿Cuándo me das las medidas de tu ropa para mandar hacer las donas? Noche a noche proponíame hablar con mi tío para ponerlo al tanto de mis relaciones con su hija y pedirle su venia para el casorio; pero al hallarme en su presencia faltábame valor, impresionado por su perilla que le daba aspecto de retrato antiguo. En vista de que los días pasaban y no tenía valor de enfrentarme con aquella trinidad ingénita, compuesta por mi tío, mi patrón y mi suegro, decidí comisionar a don Santiago, nuestro vecino, para que, según costumbre en nuestra tierra, pasara a pedir la mano de Chucha. Don Santiago era un solterón rico y respetado, calvo y ventrudo como la mayoría de los ricos de pueblo. Don Santiago escuchó atentamente mi súplica y se hizo repetir varias veces el nombre de aquélla que iba a pedir: —Chucha, ¿no?, esa vivaracha, muy cantadora. La noche que convinimos presentose don Santiago a la petición de mano, muy limpio y rasurado y con su bastón de puño de cuerno en la diestra. En el colmo de la emoción olvidé mis propó- sitos de temperancia y, a boca de frasco, empiné no menos de un cuartillo de mezcal. Estirando las orejas rumbo a la sala, me pareció que la conversación tomaba un giro de cordial entendimiento. Hasta la tienda llegaban las risas de don Santiago y las de mi tío, cascadas y campanudas como de actor viejo. Llamaron a Chucha para que interviniera en aquella conferencia tripartita. “Ahora le estarán preguntando si me quiere —pensaba yo—, sufriendo de gozo; ahora, responderá ella tímidamente que sí; ahora le estarán diciendo los padres, como es costumbre, aunque no sea cierto, que la dejan en libertad para elegir esposo y le recordarán que en su casa no carecerá de cosa alguna, por si quiere desistirse del matrimonio; ahora, estarán señalando un plazo discreto para la boda”; y como si la realidad obdeciera a mi pensamientos, oí la voz de don Santiago que se despedía, dando las gracias, y vi entrar en la tienda a mi tío, sonriente y satisfecho. “Me va a decir algo cariñoso —pensé un poquillo cortado—, me va a abrazar”; pero fuese rumbo al comedor, con una botella en la mano, sin decirme cosa alguna. Después de cerrar la tienda salí a buscar todo anheloso a don Santiago, a quien hallé sentado en un equipal en la puerta de su casa y muy satisfecho, fumando un puro. —¿La dieron, don Santiago? —¡La dieron, hijo, la dieron! —¿Y qué plazo para la boda? —Ninguno. Pero debo advertirte una cosa, de poca importancia, esperando que no te molestará. Pedí la mano de Chuchita para mí, reflexionando que eres muy joven para echarte a cuestas semejantes obligaciones —y levantándose del equipal don Santiago me dio las buenas noches muy fino, y con la puerta en las narices. Cuando regresé a acostarme, todos los frascos de la tienda temblaron; las botellas tuvieron temor de ser violadas, los barriles creyeron llegada su última hora, hasta que, al fin, Baco se compadeció de mí y me durmió en sus brazos como en los de un padre cariñoso. En los días siguientes Chucha se hizo la desentendida, rehuyendo hablar de aquella cosa sin importancia. Entraba a la tienda, extraía los tostones del cajón del dinero y salía enseñándome, como antes, sus dientes blancos de monita inconsciente y traviesa. Pocos días después de la petición de mano, dijo mi tío que iría a Morelia al arreglo de algunos negocios y que yo quedaría al frente del establecimiento. Gozando de aquella libertad y del producto de las ventas, organicé bailecitos en los barrios apartados y comencé a fiar mercancías sin apuntarlas en ningún libro para no caer en la pichicatería de todo comerciante. Dios había tocado mi corazón y sentía, por primera vez, el regocijo de ser generoso con los necesitados. Los tramos de la tienda a medio vaciar, hablaban muy alto de mi desprendimiento, y yo miraba desaparecer sin dolor los bienes terrenales, embriagado por el deífico ejercicio de dar, o por el alcohol que ingería devota y abundantemente. Regresó mi tío de su viaje, y al mirar los armazones destartalados, frotose las manos satisfecho. —¿Qué ocurrió con las mercancías? ¡Por lo que veo, vendiste mucho! —Se han vendido, tío. El amo encaminose derechamente al cajón de las ventas, y al hallarlo vacío preguntó con cierta inquietud: —¿En dónde está el dinero?  —Se acabó en dar vueltos, señor —contesté modestamente, intentando ocultar mis buenas acciones porque, como dice la Biblia: que no sepa tu mano izquierda lo que da tu derecha. Mi tío no quiso hacerse cargo del mérito de mi conducta, y temblándole de rabia la perilla, hecho un basilisco, corriome injustamente de su casa. Yo salí de ella omnia mecum porto, como hubiera dicho el padre Pureco. Di a Chucha por muerta, y cuando su recuerdo me importuna, aun ahora que ya es madre de muchos hijos, me visto con una levita negra y un sombrero de copa muy deteriorados, y voy al cementerio a llevarle flores, que deposito en una tumba imaginaria. Sé que Chucha se molesta cuando las amigas le dicen que Pito Pérez le lleva coronas a su sepultura. En cuanto a don Santiago, me ve pasar con ojos entristecidos por la envidia y murmura en voz baja: “¡Lástima que no sea verdad tanta belleza!...” Para que acabe usted de convencerse de que mi sino es desdichado en el amor, le contaré mi última aventura, que resultó tragedia salpicada de sangre. Doña Cliseria y su sobrina Soledad se sostenían de vender en el zaguán de su casa el maíz del diezmo. Por aquella época yo no tenía más ocupación que estudiar mi papel de Ermitaño en el drama de Zorrilla, “El Puñal del Godo”, que se iba a llevar a la escena para festejar el onomástico de un vecino pudiente del pueblo. A la hora de los ensayos se charlaba, se reía, se bebía y se contaban cuentos picantes. Por cierto que esta voz sentenciosa que tengo, la debo, en parte, a aquella representación, pues tomé tan a pecho mi papel que a su influencia teatralizáronse todos los actos de mi vida, perdiendo el sentido de la naturalidad. Recuerdo que en aquella velada silbó maravillosamente un trozo de ópera el padre Buitrón, y José Elguero recitó unos versos de su cosecha. Pero regresaré a mi Soledad y a su tía doña Cliseria. He oído decir que hay toros de bandera y que se llaman así porque dan un juego brillante en todos los tercios. Doña Cliseria era uno de esos toros y llegaba a la suerte final con mucho empuje y muy altos los pitones.  Soledad, su sobrina, heredaba los arranques de la tía, y alegre y coqueta, pasábase la vida con el cigarro en la boca y punteando la guitarra. Cuando me veía pasar frente a su casa, gritábame con su natural desparpajo: —Pito Pérez, ven. Te damos una copa y te cantamos una canción si nos haces la cuenta del maíz vendido esta semana. Y yo no sólo ponía en claro los números, sino que despachaba la clientela, cuarterón tras cuarterón, con tal de que Soledad siguiera tocando y cantando. La pierna cruzada descubría el nacimiento de la pantorrilla, y al apoyar la sétima en el pecho, éste se ponía de relieve como un dúo de la inquietante partitura de “La Traviata”. Cierta ocasión, no pudiendo resistir por más tiempo la duda atormentadora de saber si aquellas exuberancias eran auténticas, extendí una mano y la puse encima del corazón de Soledad, que por no dejar de ensayar un acompañamiento difícil, no se retiró. —Espera, Pito, que ya va a salir la segunda. Y en efecto la segunda salió a la perfección. Desde aquella fecha; ¡qué existencia tan plácida, sin inquietudes ni deseos! ¡Tocatas armoniosas, canciones lánguidas, románticas, tristes, de ésas que hacen llorar sin saber por qué! Y como en casa de doña Cliseria me daban de comer, creí que, de pronto, me había vuelto rico y que los granos de maíz que llenaban aquellos cajones, eran monedas de oro relucientes, mediecitos antiguos con los que jugaban mis manos avarientas. Pero un día —¡dichoso día!— desapareció la guitarra. Soledad no salió de su cuarto y doña Cliseria me dijo con una franqueza que no me dejó formular ni el más leve reparo: —No vuelvas por aquí, Pito Pérez. Soledad se casa con el nuevo receptor de rentas, que tiene celos de tu persona. Digno y caballero, ya no volví a pasar ni por la calle. Leyéronse las amonestaciones, y llegó la fecha de la boda. Desde lejos seguí el cortejo de los novios rumbo a la iglesia y los vi regresar ya casados: ella, sin levantar los ojos del suelo, con un  recato de novicia, y él, limpiándose el sudor y bufando como un buey uncido a una carreta. En la casa del padrino había comelitón y bailecito, y yo decidí presentarme en la fiesta para comer una vez a expensas del novio, ya que tanto tiempo había comido a costa de la novia. El banquete era de los buenos: de tres sopas y tres dulces, y la concurrencia de lo más distinguido del pueblo. Hasta mi prima Chucha estaba allí con su venerable don Santehago, como ya comenzaban a decirle los maliciosos. La música de Hilario tocaba polcas y chotis, y la del Pedregoso, sones de la sierra. —Ándele, maistro, échese un valsecito —decían al director de esta música. —No puedo porque vengo templado pa’ jarabe. Antes de que los invitados se acomodaran en la mesa, repartieron vasos de un coyote trepador. Mezcla de catalán, de jerez y de otras mixtelas. Yo me acomodé en el extremo de la mesa, confundido con las gentes de poca importancia y procurando tapar, hasta donde fuera posible, las palideces agonizantes de mi traje. Llegó la hora de los brindis y habló el señor cura, con una sonrisita provocadora, que salía desde el fondo de su vaso de cariñena: Creced y multiplicaos, hijos míos. Después tomó la palabra el Secretario del Ayuntamiento, elogiando la juventud esplendorosa del novio y la inocencia de la virgen que llegaba vestida de blanco al himeneo. Al terminar el secretario, me puse de pie improvisando estos malos versos: “El pueblo lo felicita por la mujer que se lleva. Es dadivosa, bonita, diligente, y casi nueva. Tiene un lunar en el pecho, barbas en las pantorrillas. Y verá usted, satisfecho,   que ya no tiene cosquillas. Le huelen mal los sobacos, si seguido no se baña. Al fin de los arrumacos gime, muerde, grita, araña…” El novio se puso de pie con la cabellera alborotada, los ojos echando chispas, y cogiendo una botella de sobre la mesa, me la tiró con tal tino que, dándome con ella en la frente, me hizo rodar por el suelo bañado en mi propia sangre. Los comensales abandonaron la mesa, los músicos irrumpieron en la sala tocando sus instrumentos, y en medio de tanto alboroto, según oí referir después, sólo don Santehago reía, pensando, quizá con razón, que él escapó el día de su matrimonio de un brindis topográfico semejante. Mi suerte de amador ha sido muy infortunada. Recordando todas mis desgracias me vienen a la memoria estos versos populares, aunque no sinteticen mi vida al pie de la letra: “¿Qué favor le debo al sol por haberme calentado, si de chico fui a la escuela, si de grande fui soldado, si de casado cabrón y de muerto condenado? ¿Qué favor le debo al sol por haberme calentado?”


(Continuará)




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