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Tuesday, November 14, 2017

La vida inútil de Pito Pérez lX



Alguno de la tertulia, sonriendo maliciosamente, interrogó a Pito Pérez: —¿Y la Caneca? —Está en casa, rodeada de comodidades. —¿Quién es la Caneca? —pregunté intrigado por saber a quién se referían. —¡El amor más fiel que he tenido en mi vida! —Pero, ¿vive usted con alguna mujer, Pito Pérez? —Desde que me la rapté, hace tiempo, del hospital de Zamora. La tenían encerrada en un cuarto contiguo a la administración. Una sola vez la vi, pero esa bastó para que decidiera llevármela, y así lo hice. La víspera de mi salida logré sacarla de su escondite y dormir con ella, en la misma cama, contando, claro está, con la complicidad de los demás enfermos. Al amanecer abandoné el hospital en su compañía, sin que el velador se diera cuenta. Hicimos el camino hasta Uruapan, y atravesamos la sierra de Purépero, durmiendo en los montes, pues me parecía peligroso entrar con ella en los poblados, porque la suspicacia de las gentes me habría ocasionado contratiempos: ¡Con cuánto sigilo tuve que caminar y qué larga me pareció esta travesía! Poco faltó para que se desmayara un peón, que me miró pasar por un potrero, cuando ya había obscurecido. En Uruapan fui a hospedarme con un amigote, pero su mujer puso el grito en el cielo al enterarse de que yo entraba en su casa muy acompañado, y con lágrimas y aspavientos, pidió a su marido que nos echara. Ella decía que era un gran pecado permitir que nos guareciéramos bajo su techo, y mi amigo no pudo  convencerla de que aquello carecía de importancia. ¡Supersticiones de gentes ignorantes! Vinimos, por fin a dar a Morelia, en tren, y para substraerla de miradas indiscretas, tuve que acomodarla dentro de un “chiquihuite”, en el que —¡la pobre!— sufrió mucho y lastimose de todas las coyunturas; pero con mis conocimentos anatómicos y con mi amorosa solicitud pronto logré dejarla restablecida. Ahora vivo con ella, muy a gusto; me espera en casa con mucha sumisión, teniendo siempre una copa en la mano; duerme junto a mí, digo mal, vela mi sueño, jamás cierra los ojos, en cuyo fondo anidan todas las ternuras. “¡La Caneca no es gorda, ni seca, ni come manteca!” —Bueno, Pito Pérez, pero ¿de quién se trata? Tanto misterio para viajar con una mujer y tanta virtud en ella, me parecen incomprensibles. —¡Pues de quién se ha de tratar! Del esqueleto de una mujer, armado cuidadosamente por el médico de Zamora y utilizado por los practicantes del hospital para estudiar anatomía. —¡Qué bárbaro! ¿No siente usted miedo al acostarse con un esqueleto? —Miedo, ¿y por qué? ¿No somos nosotros esqueletos más repugnantes, forrados de carne podrida? Y sabiéndolo, buscamos el contacto de las mujeres. La mía no padece flujos, ni huele mal, ni exige cosa alguna para su atavío. No es coqueta, ni parlanchina, ni rezandera, ni caprichosa. Muy al contrario, es un dechado de virtudes. ¡Qué suerte tuve al encontrármela! Aquí está su fotografía, conozca usted a la señora de Pito Pérez, colgada de su brazo; admire sus grandes ojos, sus dientes blancos, y fíjese que sobre su corazón lleva atado un ramito de azahares, como el que llevo yo prendido en la solapa de mi levita. La Epístola de San Pablo dice que el matrimonio acaba con la muerte; el mío ha comenzado con ella, y durará por toda la eternidad.   —¡Está usted loco de remate, Pito Pérez! —No lo crea —repuso el dueño de “La Central”—, pídale usted alguna cosa fiada, de las que lleva en sus canastos, y verá cómo no hay loco que coma lumbre… —Mucha conversación y poco vino —contestó Pito Pérez. —Sirva usted unas copas para todos —ordené—, aunque me parece algo paradójico brindar a la salud de la muerte. Hagámoslo por Pito Pérez y por su respetable consorte… Los vecinos madrugadores descubrieron el cadáver sobre   un montón de basura, con la melena en desorden, llena de lodo, la boca contraída por un rictus de amargura, y los ojos muy abiertos mirando con altivez desafiadora al firmamento. Una chamarra sucia y un pantalón raído, sujeto a la cintura con una cuerda, eran las prendas que cubrían el cadáver. Llamaron a la policía, y uno de los vecinos, examinando atentamente la cara del difunto, dijo: —Este hombre es Hilo Lacre, el barillero de las campanas. Llevaron una camilla y echaron en ella al muerto. De la bolsa de la chamarra desprendiéronse unos papeles y un retrato: en éste aparecía sonriendo, del brazo de la muerte. Uno de los papeles, escrito con lápiz, decía: Testamento “Lego a la Humanidad todo el caudal de mi amargura. “Para los ricos, sedientos de oro, dejo la mierda de mi vida. “Para los pobres, por cobardes, mi desprecio, porque no se alzan y lo toman todo en un arranque de suprema justicia. ¡Miserables esclavos de una iglesia que les predica resignación y de un gobierno que les pide sumisión, sin darles nada en cambio! “No creí en nadie. No respeté a nadie. ¿Por qué? Porque nadie creyó en mí, porque nadie me respetó. Solamente los tontos o los enamorados se entregan sin condición. “¡Libertad, Igualdad, Fraternidad! “¡Qué farsa más ridícula! A la Libertad la asesinan todos los que ejercen algún mando; la Igualdad la destruyen con el dinero, y la Fraternidad muere a manos de nuestro despiadado egoísmo.   “Esclavo miserable, si todavía alientas alguna esperanza, no te pares a escuchar la voz de los apóstoles: su ideal es subir y permanecer en lo alto, aun aplastando tu cabeza. “Si Jesús no quiso renunciar a ser Dios, ¿qué puedes esperar de los hombres?... “¡Humanidad, te conozco; he sido una de tus víctimas! “De niño, me robaste la escuela para que mis hermanos tuvieran profesión; de joven, me quitaste el amor, y en la edad madura, la fe y la confianza en mí mismo. ¡Hasta de mi nombre me despojaste para convertirlo en un apodo estrafalario y mezquino: Hilo Lacre! “Dije mis palabras, y otros las hicieron correr por suyas; hice algún bien, y otros recibieron el premio. “No pocas veces sufrí castigo por delitos ajenos. “Tuve amigos que me buscaron en sus días de hambre, y me desconocieron en sus horas de abundancia. “Cercáronme las gentes, como a un payaso, para que las hiciera reír con el relato de mi aventuras, ¡pero nunca enjugaron una sola de mis lágrimas! “Humanidad, yo te robé unas monedas; hice burla de ti, y mis vicios te escarnecieron. No me arrepiento, y al morir, quisiera tener fuerzas para escupirte en la faz todo mi desprecio. “Fui Pito Pérez: ¡una sombra que pasó sin comer, de cárcel en cárcel! Hilo Lacre: ¡un dolor hecho alegría de campanas! “Fui un borracho: ¡nadie! Una verdad en pie: ¡qué locura! Y caminando en la otra acera, enfrente de mí, paseó la Honestidad su decoro y la Cordura su prudencia. El pleito ha sido desigual, lo comprendo; pero del coraje de los humildes surgirá un día el terremoto, y entonces, no quedará piedra sobre piedra. “¡Humanidad, pronto cobraré lo que me debes!... Jesús Pérez Gaona. Morelia, a…”  Y mezcladas con el polvo de la tierra se perdieron, para siempre, las cenizas inútiles de un hombre…



FIN



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