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Tuesday, November 07, 2017

La vida inútil de Pito Pérez lV


—¿Y se estableció usted de nueva cuenta en su pueblo?  —Por una temporada nada más, porque se hace vicio rodar por el mundo, y yo no renunciaré a mis viajes, aunque sólo sean de aquí a Opopeo. Así como la comida de la casa ajena nos resulta más sabrosa, el vino de otros pueblos para los borrachos tiene un sabor más incitante. Al llegar de nuevo a mi tierra, encontré como novedad que en el changarro de Solórzano había, noche a noche, concurso de borrachos. Un tal José Vásquez, secretario de los juzgados y a quien yo no conocía, por tener poco tiempo en el pueblo, ocupaba el primer lugar. Según decían era un fenómeno para eso de soplarles a las botellas, dejando muy atrás al sordo Juárez, a don Pedro Sandoval y a don Alipio Aguilera, quienes gozaron antes de gloria y fama. Picome la curiosidad por conocer al campeón, y una tarde fui a esperarlo a la tienda de Solórzano. Llegó Vásquez y pidió que se le sirviera un refresquito. Llenaron de aguardiente un vaso grande y Vásquez se lo empinó de un sorbo, como si fuese garapiña. Presentáronme con él y al oír que los de la reunión me llamaban Pito, pensó quizá, que mi apodo era diminutivo cariñoso de Agapito, y comenzó a decirme con mucha amabilidad: don Pito por aquí, don Pito por allá, provocando la risa de todos. —Señor don Pito, dicen que usted conoce medio mundo. —De la jurisdicción de la Biblia, excepto a Sodoma, conozco Nínive, Jerusalén, Babilonia. De este hemisferio conozco Tecario, Ario, La Huacana y otros puntos más cuyos nombres, por ser muchos, no retengo en la memoria. ¡Pueblos que parecen ranchos; ranchos que parecen ciudades!   Recordando que el dueño de la tienda era oriundo de Pátzcuaro y nos escuchaba atentamente, exclamé con gran proso popeya: —Pero la metrópoli que más me gusta es Pátzcuaro. ¡En dónde una ciudad con una tristeza más poética! ¡En dónde un lago como el suyo, mineral líquido, cuya veta de peces de plata es inagotable! ¡En dónde un panorama más hermoso que el que se descubre desde la cima del Calvario, que abarca todo Michoacán, y si apuramos un poco la vista, hasta las torres de Guadalajara, único en el mundo, por la diafanidad del aire en los contados días que no llueve! ¡En dónde una virgen más milagrosa que la de la Salud, que concede cuanto se le pide! — ¿Verdad, señor Solórzano? —interrogué al dueño del establecimiento, a quien le temblaban los bigotes de pura emoción al oírme exaltar con tanto calor a su tierra. Yo sentí que maduraba dentro de mi cabeza un plan diabólico: —Mire usted, señor Vásquez, vamos a pedir de beber a la Virgen, y si realmente es milagrosa, ella proveerá lo necesario. Estoy seguro de que la Virgen no quedará mal por una bagatela como la que vamos a pedirle, pues su negativa sería un baldón para Pátzcuaro. Junté las manos devotamente, como si rezara con los ojos puestos en el techo, y la flecha dio en el blanco, o sea, en el sentimiento religioso de Solórzano, que se apresuró a servirnos sendos vasos del Tancítaro más puro, fabricado de contrabando por él, en la trastienda de su acreditado comercio. La virgen realizó el prodigio diez veces seguidas, hasta que el secretario clavó el pico, dormido sobre unos cajones, y yo di con mi casa de pura casualidad. Pretendí alguna otra vez despertar el amor propio de aquel místico tabernero, pero la Virgen no repitió el milagro, quizá porque no lo pedí con la fe requerida. Por aquel entonces la cruda suerte aún no alteraba mi pulso y era yo poseedor de una letra hermosa, redonda y clara. Cuando Vásquez, el secretario, la conoció, invitome a servirle de   amanuense, lo que acepté porque creí que, siendo camaradas de borracheras, nos llevaríamos bien a la hora del trabajo. ¡Qué va! Vásquez era de esos funcionarios que aprovechan al subalterno para todo, sin manifestarse jamás complacidos, y que se visten con las ideas de los otros. Yo decía mi parecer ingenuamente, al hablar de los negocios del Juzgado, y él soltaba después mis opiniones como si fueran suyas, con el preámbulo de siempre: “A mi humilde juicio…” Para hacer el estudio de los necios, en general, me bastó conocer al juez y al secretario, y ahora ya sé que lo que cambia en los hombres es la dimensión de sus empleos, pero que el tonto o el sinvergüenza, lo mismo lo son de alcaldes de un pueblo que de ministros en la capital de la República. En una oficina del Gobierno se aprende mucho. Resístese uno a creer que los funcionarios públicos sean tan vanidosos, y los que los rodean tan serviles y aduladores. A propósito, contaré una sencilla anécdota: un Presidente de nuestra República, demócrata y bueno, tenía un amigo de la infancia que vivía soterrado en su pueblo y nunca le había pedido nada. Pero sucedió que el amigo tuvo que ir a la capital a curarse, por prescripción del médico del pueblo, y entonces se dijo muy ilusionado: —Ahora aprovecharé para saludar al señor Presidente y, de paso, pediré a él, que es tan generoso, ayuda para algunos de sus viejos amigos; no para mí que, gracias a Dios, no la necesito. Ya en la capital, el amigo comenzó a echar viajes a Palacio y a conocer el suplicio de las antesalas durante todo el tiempo que le dejaba libre su médico. Ante su lugareña curiosidad pasaban los ministros y los más altos dignatarios de la República, midiendo con la vista a los pobrecitos mortales que parecían hongos nacidos para morir en la penumbra de las antesalas. Pasaban, repito, personajes con las carteras debajo del brazo y, saludando apenas entre dientes, abrían la puerta del despacho presidencial y se perdían en el misterio. Después de algunas horas, los funcionarios volvían a aparecer en la puerta, y con los mismos aires de grandes visires, atravesaban de nuevo las antesalas, rodeados de sus clientes y agasajados por sus amigos. Uno de tantos días, enterose el señor Presidente de que su amigo de la infancia, aquel muchacho tristón y humilde a quien desde hacía tantos años no veía, solicitaba audiencia. —Que pase mi amigo —ordenó al ayudante de guardia, y el amigo pasó satisfecho y conmovido, encontrando al señor Presidente en compañía de algunos de aquellos señores que él había visto pasar por las antesalas, orgullosos y levantados. —Aguarda unos momentos —díjole con amabilidad el Primer Magistrado. El visitante acomodose en un rincón del despacho, en espera de que el señor Presidente se desocupara para charlar con él a sus anchas y hacer recuerdos de los días lejanos; mas notó, con sorpresa, que los señores allí presentes no se parecían en nada a los que él veía pasar por las antesalas. Estos hablaban en voz baja, con las cabezas humilladas; caminaban de puntillas y salían del despacho como si salieran del cuarto de un enfermo grave. El Presidente, por fin, quedó solo, y dirigiéndose a su amigo, le dijo: —Acércate, ¿qué haces por aquí? ¿En qué puedo servirte? Pero el amigo contemplaba ensimismado la puerta del despacho, moviendo tristemente la cabeza. — ¿Qué cosa ves? —interrogó el Presidente. —Esa puerta que separa lo real de lo ficticio, la puerta de las simulaciones, de las metamorfosis. Antes de entrar por ella los altos funcionarios esconden los anillos, los gestos, las ideas. Allá, afuera, son otros que olvidan tus doctrinas y te traicionan hasta con su porte. Afuera, desprecian a todos los hombres; aquí, adentro, no saben cómo hablarle a un hombre. ¡Pobre pueblo! Y dime, ¿quién tiene la culpa, tú o ellos? El señor Presidente creyó que su amigo se había vuelto loco, y lo dejó salir de la estancia sin tenderle la mano para detenerlo. El relato no viene a cuento, y si lo traigo a colación, es porque me acuerdo de Vásquez y del juez, que me hicieron  de la justicia de este mundo con todas sus triquiñuelas y sus maldades. ¡Pobre de los pobres! Yo les aconsejo que respeten siempre la ley, y que la cumplan, pero que se orinen en sus representantes.


(Continuará)




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