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Monday, November 06, 2017

La vida inútil de Pito Pérez lll

Rudolf Nureyev 

Tendí el vuelo a La Huacana, dando un rodeo para no tocar la hacienda de San Pedro, Jorullo, propiedad de unos paisanos míos, cuyo encuentro procuraba evitar, porque si me hubiesen descubierto, habrían corrido traslado a mi familia de mi aparición por aquellos rumbos. De no vivir en una gran metrópoli, preferí siempre los pequeños poblados a las capitales provincianas, que son planteles de vanidad y asiento de extravagancias. Sus habitantes pueden ser clasificados de este modo; tres o cuatro familias dueñas de hacienda grande, que fue heredada o hecha al vapor en negocios usurarios; diez casas muy ilustres, arruinadas, y con las cómodas repletas de pergaminos, en donde consta que un bisabuelo fue Oidor, otro Coronel realista, otro cuñado del Conde de Cerro Gordo o sobrino del Marqués de Sierra Madre. Estas dan el tono en las reuniones de la buena sociedad, en donde salen a relucir los pendientes que regaló la Emperatriz Carlota, o la mantilla de punto que usó la abuela cuando fue madrina de matrimonio de doña Lorenza Negrete Cortina de Sánchez de Tagle. Gente muy encopetada, que se pone en ridículo en todas partes por presumir de expedita, como sucedió cuando convidaron a Maximiliano para que visitara Morelia. Uno de los más caracterizados vecinos de la capital michoacana, dándola de cortesano, preguntó al Emperador: — ¿Cómo está Carlotita? A lo que contestó el Emperador, muy circunspecto: —Su Majestad la Emperatriz está bien. Y declinó la invitación de aquellas gentes que tan mal conocían el protocolo. Después de esta casta de muñecos de oropel, vienen las familias de los empleados del gobierno, las de los profesionales,   las amas de los canónigos, y esa masa anónima de humildes menestrales que comen de milagro y cuyas hijas saludan en las serenatas a los pollos ricos, no sé por qué antecedentes o por qué razones: adivínalo tú, buen adivinador. En estas ciudades la miseria adquiere gestos trágicos, y los sinvergüenzas, como yo, no pueden vivir decorosamente. En cambio, los pueblos chicos son de mi gusto, porque en ellos el hombre se confunde con la naturaleza, o yo confundo la naturaleza con el hombre. Lo cierto es que me gusta vivir en los pueblos rabones porque en ellos soy primera figura, agasajado por gentes humildes que se honran con mi amistad y se divierten con mis pláticas. Me he sentado largos días a la mesa de un ranchero pesudo, a quien tuve embobado con mis mentiras. Oyéndolas, no paraba de decirme, como los niños que escuchan un cuento fantástico: — ¿Y qué más, señor Pérez? ¿Y qué más, señor Pito? Hasta que se agotó el agua de mi noria y tuve que renunciar a una hospitalidad pagada con monedas de mi escasa inventiva. En los pueblos pequeños, el rico es agricultor y el pobre campesino, que es la misma cosa, salvo Don Fulanito, el de la tienda, que roba a ambos, y Don Menganito que tiene botica y los limpia a todos: unas veces del estómago o del hígado, pero de la bolsa siempre. Al anochecer el labrador vuelve del potrero, rendido por las duras faenas del surco, y en busca de un rato de conversación, acércase a la tienda de su compadre Gumersindo. Allí como de casualidad, cae también Pito Pérez, a quien, para que anime la reunión, ofrecen una copa. Su servidor comenta las noticias del periódico, repite lo bueno que ha oído decir de cada uno de los presentes, cuidando de no tropezar con alguna palabra que desagrade al dadivoso; y convite del uno, y convite del otro. Pito Pérez guarda en la barriga sus buenos tragos y una torta de pan con queso que el dueño de la tienda le da a hurtadillas, porque también él saca de la tertulia su buena raja. ¡Oh, los pueblos chicos, Jauja de holgazanes, paraíso de platicones!  Pero ya no divague tanto, Pito Pérez, cuénteme lo que hizo al llegar a La Huacana. —Sentarme en un banco de la plaza, debajo de unos tamarindos tan floreados que parecían un palio de tisú extendido por primera vez sobre la cabeza de un caminante. Las campanas de la parroquia llamaban a misa y unas cuantas personas se dirigían parsimoniosamente al templo. Entonces pensé en Dios, como lo hacen todos los necesitados. Vamos a probar —me dije— qué tal Providencia tienen estos de La Huacana, y de paso daremos una vuelta por el mercado para ver si el Señor pone algún comestible al alcance de mi boca. Después de torcer calles inútilmente, entré en la iglesia y me senté frente a un confesionario en que un sacerdote escuchaba el bisbiseo pecaminoso de una beata. Al fijarme en la cara negruzca y cacariza del Ministro del Señor, lo reconocí en seguida: era el padre Pureco, de Santa Clara, a quien yo había ayudado muchas veces a decir misa. No pude contenerme y fui a hincarme tan cerca del confesonario que llegaban a mis oídos los consejos menudos que el padre daba a la penitente: —Ama a tu esposo como la Iglesia a Cristo; las casadas deben ser mudas; no discutas con tu marido aunque sea más tonto que tú, como afirmas. Paga la penitencia y ve en paz, hija mía. Le dio la absolución y volviéndose a donde yo estaba, dijo: —Reza el Yo pecador… —Yo soy Jesús Pérez. —Ese no es el Yo pecador, ni te conozco. —Sí me conoce, padre, yo soy Pito Pérez, de Santa Clara. — ¿Tú eres Pito Pérez? —exclamó el sacerdote con un acento que me pareció de alegría. —El mero Pito, señor, pero muerto de hambre. —Ve a la sacristía y espérame para que me digas lo que te pasa. El padre Pureco tenía en mi tierra fama de lerdo, y que Dios me perdone si, diciéndolo, denigro a uno de sus representantes,   aunque, sin duda, el Espíritu Santo conocía muy bien los alcances de su ministro. Al llegar el padre a la sacristía le solté un patético relato, hablándole de la miseria de mi familia, que me había impulsado a salir de Santa Clara en busca de trabajo; de mi empeño por hacerme de recursos para ayudar a mis hermanas; y el hambre puso en mi voz tan conmovedor acento que, por primera providencia, el padre Pureco ofreciome asilo en su casa y, terciándose el manteo, me llevó a ella para obsequiarme con un jarro de leche y unos platanitos cocidos, al uso de tierra caliente. A la hora del almuerzo, el padre preguntó por la vida y milagros de todos los vecinos de nuestro pueblo, yo satisfice su curiosidad como pude, agregando de mi cosecha pequeños detalles, que pudieron dar al traste con mi generoso anfitrión: —Y Marín Pureco, ¿qué hace? —Nada, padre, porque pasó a mejor vida. — ¡Cómo! ¿Se murió? Estuvo en un tris que el padre no se desmayara al oírme, pues la persona aludida era su hermano, y yo no lo sabía. Tuve que resucitar al muerto rápidamente y, a fuerza de labia, hacer que mi interlocutor olvidara el falso informe necrológico. En los días que siguieron ayudé al padre en todos los menesteres del templo: junté las limosnas sin cobrar porcentaje, cambié de ropa a los santos, y como no había organista, con mi flauta prodigiosa llené de gorgoritos los ámbitos del recinto. Los fieles se sorprendieron con aquella música inusitada, pero noté desde el coro que cuando la pieza era de baile ellos se animaban, llevando el compás con la cabeza. En la misa mayor del domingo que siguió a mi llegada, cuando el lleno de campesinos era más imponente, el padre Pureco subió al púlpito a decir el sermón. Rezó primero un Ave María para que la Virgen lo inspirara, carraspeó, tascó bien la dentadura postiza y soltó el chorro de su elocuencia: “En otras ocasiones, desde esta cátedra sagrada, os he explicado, hermanos míos, las virtudes teologales, pero me habéis oído con indiferencia, como quien oye llover y no se moja. Bien   pocas son las virtudes teologales para que vosotros no las conozcáis, pero perdonadme, Soberano Señor Sacramentado —dijo el padre Pureco, volviéndose al altar mayor—, tengo un rebaño de brutos que no entienden la doctrina cristiana. Una vez más voy a explicaros lo que es la fe, lo que es la esperanza, lo que es la caridad: “¿Qué cosa es la fe? ¡Corazones de piedra, conmoveos! ¡La fe es una paloma blanca que llevamos oculta en nuestro tierno regazo! Pero hay que despertarla para que ella nos guíe a las puertas de la gloria, y para despertarla, es necesario arrojar primero de nuestros corazones el gavilán del pecado, porque si lo dejamos allí acabará por devorar a la inocente palomita. “¿Y la esperanza? ¿Habrá algo más hermoso que la esperanza? ¡Sólo María Santísima es más hermosa que ella! ¿Qué cosa es la esperanza? Fijaos bien y grabad mis palabras en vuestros corazones; es la segunda virtud teologal, y es tan dulce repetir con el Señor: yo tengo esperanza de enderezar mis pasos, de limpiar mi conciencia, de conocer a Dios. Hasta en las cosas materiales ¡es tan grato tener esperanza! Porque no es pecaminoso, hermanos míos, decir con el pensamiento puesto en Dios: yo tengo esperanza de tener una casita, y mujer, y muchos hijos, que son la bendición del sagrado vínculo; yo tengo esperanza de sacarme la lotería; yo tengo esperanza de que el día de mi santo mis fieles me compren una sotana nueva y un reloj, que tanta falta me hacen. “¿Y la caridad? Bien claro lo indica su nombre: Ca-ri-dad, dad, dad. ¡Por algo es la mayor y la más grande de las virtudes! Pero, ¿qué entendéis vosotros de cosas divinas, por más que el Espíritu Santo inspire mis palabras? Porque yo quiero iluminar la cerrazón de vuestro entendimiento con la luz indeficiente de la verdad, pero —con tu permiso, Soberano Señor Sacramentado— sois un hatajo de pendejos. No, no puedo retirar lo que he dicho, hasta que demostréis que vuestra fe existe, que vuestra esperanza vive y que vuestra caridad se manifiesta con los hechos. Ya sabéis que mi celebración es el 24 de agosto. Id en paz en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.”  El padre Pureco bajó del púlpito poseído por el fuego de la inspiración y no se dio cuenta de que el alba se le había enganchado en un clavo de la puerta, hasta que sintió la desgarradura, y sin pedir permiso al Soberano Señor Sacramentado, lanzó un carajo tan rotundo como una bofetada. Nos dirigimos a la casa, y a la hora de la comida, como no queriendo abordar el asunto, el padre Pureco me preguntó: — ¿Qué te pareció mi sermón, Pito Pérez? —Muy bien, padre, sobre todo esa figura tan bonita de nuestro tierno regazo; pero le faltó lo principal para conmover a los fieles: el latín, que es lo único que hace llorar en el templo a los piadosos oyentes. —Es cierto, Pito, pero ya no recuerdo las citas de los Santos Padres de la Iglesia. —Yo puedo servirle en eso, y en otras muchas cosas, padre —le dije, con el afán de conquistármelo. Verá usted: le apuntaré las oraciones en latín, usted se las aprende y las suelta en los sermones, sin pedir permiso al Señor Sacramentado, en lugar de esas palabras tan duras que acaba de proferir. —Te diré: sólo los domingos hablo así, porque es el día que bajan los rancheros a misa y no entienden de otra manera. —Ahí está el chiste, padre, que no le entiendan para que piensen que es usted un sabio. Los médicos también llaman a las enfermedades por sus nombres científicos delante de los dolientes, porque si les dieran sus nombres vulgares, los enfermos se atenderían solos, con infusiones de malvas o con ladrillos calientes. Convencí al padre Pureco y me puse a buscar sentencias en latín. Encontré un diccionario con locuciones en dicho idioma; pero como quería hacerme el indispensable, forré el libro con un periódico para que el padre no se diera cuenta cómo adquiría yo tanta erudición, y en tiritas de papel copiábale las sentencias que, a mi juicio, podían utilizarse, trocitos de papel que Pureco sacaba del breviario, cuando estaba en el púlpito, como esos pajaritos amaestrados que dicen en las ferias la buenaventura.     Cuando me veía leer a hurtadillas, imaginábase el padre que lo que yo traía entre las manos era alguna novela pornográfica y me reprendía severamente, aunque con cierta sonrisa socarrona en los labios. No muy seguro de lo que decía, y temeroso de ofender a Dios, el padre Pureco siguió diciendo: Con tu permiso, Soberano Señor Sacramentado, antes de soltar algún latín de los que yo le suministraba. “Hermanos en Jesucristo: me duele ab ovo vuestra ingratitud con el Divino Salvador. Venid todos a sus plantas como lo mandan los Evangelios: bonum vinum læctificat cor hominis. Yo quiero solamente vuestra salvación; pido para vosotros las gracias del Supremo Juez y ante Él quiero interceder y decirle: perdónales señor, aquí los tienes inpoculis y arrepentidos.” —Equivocó usted los papelitos, padre, y llamó borrachos a los fieles —decíale yo cuando descendía del púlpito. —No importa, Pito, antes les decía peores cosas y no se daban por ofendidos. Yo no sé si sería por el uso del latín, o por una mera coincidencia, el caso es que los feligreses comenzaron a dar muestras de mayor respeto para su pastor espiritual, y éste a sentirse más engreído y a estirarse, como cualquier funcionario, a tal extremo, que a mí mismo aplicábame los latines que le enseñaba, y con mayor acierto que en el púlpito. Antes de mandarme alguna cosa, decía: noc volo, sic jubes, sit pro ratione voluntas. Tanto despotismo, chocante a mi natural rebeldía; el no gozar de ningún sueldo, y el tirantito de embriagarme de cuando en cuando, pues ya le había tomado gusto al vino y el padre no me dejaba ni olerlo, hiciéronme pensar en salir de aquella casa para probar fortuna en otro sitio. Una enfermedad cayome encima, que vino a fortalecer mis proyectos de abandonar La Huacana: las calenturas intermitentes. A la hora de la fiebre temblaba mi cuerpo como si lo cernieran, y después, no tenía ánimo ni para llevarme el pan a la boca. Me resolví, pues, a dejar al padre Pureco enredado en la malla cada vez más espesa de sus latines; y a una escultura de   la Virgen de la Soledad que tenían con mucha veneración en el templo, le quité dos o tres milagros de oro, para llevarlos como recuerdo de tan bella imagen, pero, muy a mi pesar, tuve que venderlos en el camino. Puedo, pues, afirmar a los incrédulos que he palpado milagros patentes y aun he vivido de ellos. Sentíame agotado y tan triste que ya no tocaba la flauta, preocupándome solamente la idea de encontrar la forma adecuada de llegar a mi casa sin peligro de reprimendas y castigos. De La Huacana hice dos días a Ario, y otros dos de este pueblo a Santa Clara, pernoctando en los montes, tan debilitado por la fiebre y por el cansancio, que las estrellas me parecían cirios mortuorios temblando en torno de mi cadáver. Hubiera podido llegar a mi tierra con el sol muy alto, pero creí prudente esperar a que anocheciera, para no llamar la atención por las calles del pueblo. De seguro —pensaba yo— tendré que comparecer ante un consejo de familia; mis hermanas me increparán, mi madre Herlinda intentará castigarme; llorarán después, y calmada la tormenta, quizá escuchen con interés el relato de mis viajes, y acabarán por matar un cordero para festejar la vuelta del Hijo Pródigo. Sentado en una piedra del camino esperé a que la tarde se apagara, y como un perro derrengado, bajé lentamente hasta mi casa y llamé al zaguán con más susto que vergüenza. Una de mis hermanas abrió, diciéndome: —Pasa —con la naturalidad que si me hubiese visto salir unos cuantos minutos antes. Nadie se manifestó extrañado de mi presencia, nadie me preguntó de dónde venía, ni si pensaba quedarme. Yo fui, más bien, el que dijo a Concha, notando en ella alguna preocupación: —Te siento triste, hermanita. —Estoy preocupada porque anoche soñé que había puesto, con muchos trabajos, un huevo muy grande, y me asusta pensar en que mi pesadilla resulte cierta.   De pronto, caí en la cuenta de que Concha parecía gallina con anteojos, y de que en nuestra familia todos teníamos algo de animales: mi madre Herlinda, carita de perro; María, el aspecto de una tuza; Lola, facha de tarengo mojado; Joaquín, de inocente conejo, y yo, de rata cautelosa. ¡Delirios de calentura! Pero, ¿qué clase de fiebre era la de Concha que temía poner huevos?




(Continuará)








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