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Monday, November 06, 2017

La vida inútil de Pito Pérez ll


—¿Por qué le dicen Pito Pérez? Créame usted que aún no me entero. —Este apodo no tiene la malicia que las gentes imaginan, y va usted a saber su origen: Como todos los niños pobres, yo no tuve juguetes costosos ni diversiones presumidas. Mi madre me tenía muy sujeto y no me dejaba salir a la calle por miedo de que me perdiera, en el recto sentido de la palabra. ¡Mire usted que si la pobre levantara ahora la cabeza! Así es que, relegado en el corral de mi casa, pasaba los días riñendo con mis hermanas, o haciendo pequeños hornos de tierra en los que cocía panes de lodo. Mis manos fabricaban con mucha habilidad chilindrinas rociadas de arena, roscas de barro, empanadas rellenas de pasojo, que a Concha mi hermana tocábale consumir so pena de acusarla con mi madre de ciertos coqueteos con el hijo de don Zenón, el sordo. Dediqué mis largos ocios a labrar con navaja un pito de carrizo, al que, a fuerza de paciencia y de saliva, logré arrancarle primero unas notas destempladas, y después de muchos trabajos, las canciones en boga por aquellos rumbos. Se desesperaban los vecinos escuchando mis largos conciertos de trémolos, arpegios, fermatas y trinos; tenías pito para levantarse, pito para comer y pito para la hora de acostarse, a tal extremo, que protestaban y gritaban pidiendo misericordia: —¡Doña Herlinda, silencie ese pito! —¡Que se calle ese pito! Y Pito me pusieron de apodo, sin que me hayan lastimado con el sobrenombre. Después de mi aventura por los dineros del Señor del Prendimiento, me dediqué con más ahínco a la flautita porque mi  madre Herlinda, avergonzada por el pregón del cura, prohibiome terminantemente salir a la calle. Pasaba la vida sentado en el brocal del pozo, como un encantador de serpientes, haciendo bailar, al compás de la música, mis tristes y aburridos pensamientos. Pero llegó un día en que cansado de aquella cárcel, quise emprender el vuelo; y al obscurecer de un jueves salí de mi casa diciendo a mi familia que me iba a rezar la Hora Santa. Sin una muda de repuesto, sin sombrero, sin planes para el porvenir, con un capital de diez centavos en la bolsa, subí a toda prisa por la calzada de las Tenerías, y al llegar a la cerca del Cerrito, me detuve para tomar alientos y para cerciorarme de que nadie me seguía. El pueblo alargaba sus calles blancas, como si quisiera retenerme con sus brazos amorosos; pero el camino, lleno de misterio, me atraía. ¡Adiós, Santa Clara del Cobre, que me viste nacer y crecer, humillado y triste! Volveré a ti vencedor, y tus campanas se echarán a vuelo para recibirme. —¿Y a dónde fue usted a parar, Pito Pérez? —A Tecario, al amanecer del siguiente día, cansado, muriéndome de hambre y de frío. Así me acerqué a la plaza en busca de algo qué comer y de algún sitio en donde calentarme. Mirándome pasar por las calles a tan temprana hora y sin sombrero, las gentes debieron figurarse que yo era de algún rancho inmediato. En un portal pequeño unas mujeres vendían tazas de café y hojas de naranjo con sus buenos chorros de aguardiente. La primera que tomé me hizo entrar en reacción, y a la segunda, olvidé que andaba huido de la casa paterna y fortaleciose mi ánimo para seguir adelante como descubridor de un nuevo mundo. Apenas unas cuantas leguas me separaban de mi pueblo y ya pensaba que había realizado una proeza digna de los grandes conquistadores: Julio César + Hernán Cortés = Pito Pérez. A la tercera taza, mi capital exhaló el último suspiro, pero mi fantasía encendió sus primeras luces. Desde el banco en donde me encontraba sentado, veía  un comercio grande, muy surtido, quizá el mejor del pueblo, atestado de marchantes en aquella primera hora de la mañana. Dos o tres dependientes, en mangas de camisa, atendían a los parroquianos, y un viejo calvo, ganchudo como alcayata, tal vez el dueño del negocio, escribía ensimismado sobre un libro de cuentas. En lo más alto de las armazones de la tienda, con sus faldas amponas y azules, alineábanse grandes pilones de azúcar, ostentando orgullosos su marca de fábrica: Hacienda del Cahulote. Me vino la idea de apoderarme, por medio de un ardid atrevido, de una de aquellas codiciadas pirámides. Entré al comercio, y dirigiéndome a uno de lo dependientes, le pedí un centavo de canela. ¡Mi única moneda superviviente! Cuando tuve la raja en la mano acerqueme al dueño del comercio, y enseñándole mi compra le pedí por favor, poniendo cara de perro humilde, un piloncito de azúcar. —Que te lo den —contestó el viejo. Fui al otro extremo del mostrador y con tono garboso dije a otro de los dependientes: —Dice el amo que me dé un pilón de azúcar —apuntando con el dedo uno de los panes que moraban cerca del techo. El dependiente, desconfiado, preguntó en voz alta a su jefe: —¿Se le da un pilón de azúcar a este muchacho? A lo que el viejo contestó afirmativamente, sin levantar los ojos del libro y creyendo que se trataba de un piloncito con qué endulzar una taza de canela. El dependiente bajó el pan de azúcar y yo salí con él en brazos, acariciándolo cariñosamente, y me alejé de la tienda a toda prisa. Esta fue la primera contribución que impuse a los tontos y mi entrada triunfal al país de los borrachos, porque las tazas que empiné, cargadas de aguardientes, me hicieron el efecto de un sol esplendoroso. Desde entonces, por mi boca habla el espíritu… del vino y, como los profetas de la antigüedad, paso la vida iluminado. —Se queja usted de su mala estrella, y, sin embargo, el robo del pilón de azúcar no le salió mal. —Es que no fue robo, sino un préstamo obtenido con la venia de Dios. Yo no me quedo nunca con nada de nadie, sin   elevar antes una solicitud mental al Supremo Creador de todas las cosas y, por tanto, dueño absoluto de cuanto existe. Si el Señor está conforme con mi ruego, permite que yo me lleve el objeto que necesito, y si no lo está, pone en guardia a su poseedor accidental y éste evita, en la forma que más le place, que yo consume mis propósitos. —Pito Pérez, ¡es usted grandioso! —Gracioso querrá usted decir, porque vivo y bebo de pura gracia. Pero no tengo mucha confianza en mi sistema, porque sé de sobra que lo que la vida obsequia con una mano, lo quita con la otra. En un tendajón de las orillas de Tecario vendí el pan de azúcar, y seguí adelante, temeroso de que algún policía amargara con su presencia tanta dulzura. Con el pito en la boca pasé por los caminos, por las veredas, por los atajos de los montes, soñando —¡iluso!— que enseñaría a cantar a los pájaros pero los pájaros volaban asustados al oír aquellos sones broncos de mi flauta de carrizo, y como una protesta prendían sus trinos en las ramas de todos los árboles. ¿Qué cantarán los pájaros? ¿Qué romanza divina, sin palabras, capaz de conmover el alma sorda de un borracho? ¡Espera, pajarito pasajero —decía yo a la avecilla cautelosa, mirándola esconder en lo más alto de un pino gigante—, voy a tocar el miserere de “El Trovador”, que aprendí de la música de Hilario, mientras el señor cura levantaba la hostia! Mas el pájaro tarareaba su Novena Sinfonía, y se alejaba sin hacerme caso… Pian pianito llegué a Urapa, y en este pueblo rabón, situado ya en tierra caliente, me ofrecí como mancebo de botica. —¿Cómo te llamas, muchacho? —preguntome el boticario. —Jesús Pérez Gaona, para servir a usted… si es que nos arreglamos. —¿Qué sabes hacer? —Píldoras —contesté sin faltar a la verdad, recordando la frecuencia con que mis dedos exploraban mis fosas nasales. —¿Y qué más? —inquirió el boticario, midiéndome con la vista.   —Jarabes medicinales patentados en el extranjero. —Pues voy a probarte unos días —resolvió el viejo— para ver si me convienes. Entré a servir en la botica, animado de los mejores propó- sitos. Era el boticario hombre de unos cincuenta años; llamábase José de Jesús Jiménez y pesaba ciento treinta kilos, después de haberse sometido a cuanto régimen le recomendaron para adelgazar. Cuando entraba en la botica apenas cabía dentro de ella, y a su paso, movíanse los frascos, los tarros y los botes, como agitados por un temblor de tierra. No dejaba su casa ni para asistir a los actos religiosos ni para concurrir a las juntas del Ayuntamiento, y era de una pereza tan peligrosa para su clientela, que hubiera sido capaz de sustituir en las recetas el jarabe de quina con la valeriana, con tal de no pararse de la silla de brazos en la que acomodaba su nalgatorio, igual que en un molde hecho a su justa medida. Como no podía tener vanidad de su cuerpo de barrica sin aros, o de su rostro, todo él convertido en papada, la tenía de haber cursado su carrera en una de las mejores escuelas del mundo, según pregonaba a toda hora, y a tal grado, que en el centro del rótulo de la botica, que se llamaba Farmacia de la Providencia, había un círculo con una alegoría que representaba los atributos de la medicina, y este letrero dorado: J. de J. Jiménez. Ex alumno de la Escuela de Farmacia de Guadalajara. Ex Farmacéutico del Hospital de San Juan de Dios. Ex discípulo de don Próspero López.   Una mano anónima, ocultándose en las sombras de la noche, escribió debajo de tanto título, este otro: Ex Cremento. La mujer del boticario se llamaba Jovita Jaramillo, y por las iniciales de su nombre y las de su señor esposo, a la botica le decían en el pueblo El Cementerio de las Jotas. Era doña Jovita una mujer como de cuarenta años, flaca y amarilla, pero de facciones correctas y con unos ojos verdes que contrastaban con el color de su piel y con el negro zaino de sus trenzas. En sus doce años de matrimonio no había tenido hijos, y esto seguramente influyó en que se agriara su carácter y en que fuera regañona hasta con su marido que, delante de ella, no alardeaba de cosa alguna. Oí, cierta vez, que un amigo hizo alusión a la obesidad de mi amo, y él, bajando los ojos para contemplar aquella temblorosa montaña de manteca, suspiró tristemente, exclamando: ¡Hace diez años que no veo a mi Jesusito ni retratado en un espejo! Comencé a granjearme la voluntad del matrimonio, trabajando afanosamente en cuanto me mandaban. Para proteger sus hábitos de pereza el boticario se sentaba en su silla, y abanicándose con un periódico, pasaba los días diciéndome el contenido de los frascos y la aplicación más usual de los medicamentos. No dejaba de recomendarme que en la preparación de las recetas empleara siempre las substancias similares más baratas, por ejemplo, bicarbonato de sosa en lugar de pricolita, azúcar a cambio de antipirina. —Los médicos recetan cosas raras —decía—, sobre todo si no tienen un tanto por cierto en nuestras boticas, pero la farmacopea nos ayuda a defendernos de sus artimañas, acaso en beneficio de la humanidad puesto que, simplificando las medicinas, matamos menor número de personas. Aquí donde me ves, yo he ahorrado muchas vidas y algún dinerillo para mi regalo, haciendo pócimas de simple jarabe y píldoras de inofensivo almidón.        Aprende, Jesús, sigue honradamente mi ejemplo y gozarás de una conciencia tranquila y de una bolsa satisfecha. Escuchando sus consejos comencé a preparar recetas caprichosas y a tomarle gusto al oficio, como el cocinero que pone un poco de fantasía al condimentar sus platos. En la farmacia, teniendo ciertas inclinaciones pictóricas, se pueden emplear sin peligro colorantes que alegren los ojos de los enfermos: el jarabe de rosas, el de grosella en las cucharadas del 1 y del 2, para los niños que padecen colerín. El verde vegetal convierte las píldoras en cabuchones de esmeralda, que las mujeres toman sin repugnancia, por su afición a los adornos y a las joyas. Pero lo que más satisfizo a nuestra clientela fue el uso del alcohol mezclado moderadamente en el agua hervida de las cucharadas, de los pozuelos y de los demás bebedizos. A las primeras tomas los enfermos se animaban, cantaban, dormían bien, y algunos se escaparon de una muerte segura, con honra y fama para el médico que los asistía. Después, seguían surtiendo las recetas dizque para preservarse de todo género de dolencias. Como si me hubieran contagiado las enfermedades de todo el pueblo, yo daba el punto a tales medicinas, probándolas y saboreándolas lo mismo que los dulceros sus confituras. En aquel empleo la cosa pintaba bien para mí: dormía en la rebotica, en un catre de tambor, con obligación de atender las llamadas nocturnas, para que don J. de J. no interrumpiera su apacible sueño; me alimentaban con la misma pitanza de los amos: en las comidas del mediodía un plato rebosante de caldo, otro de arroz, carne cocida y frijoles. Al amo le doblaban la ración, y el caldo lo tomaba sorbiéndolo estrepitosamente de una sopera, después de aderezarlo con quince cosas distintas: plátano, sal, limón, chile, granos de granada, orégano, elote, aguacate, pedazos de tortilla, un chorro de vino tinto, otro de aceite, migas de pan francés, rodajas de huevo duro, cebolla y papas cocidas. Él mismo, diariamente, preparaba tan variado mejunje, con un gesto supersticioso de sacerdote que celebra un extraño rito, ante los ojos indiferentes de doña Jovita que no paraba de quejarse de algún mal imaginario.   De los platos de antojo quintuplicábanle la ración, y maravilla pensar cómo no se derramaba el pozo de las defecaciones de aquella casa con los frecuentes viajes que a él hacía el señor boticario. Al alcance de mi mano tenía los frascos de los cordiales y el cajón del dinero que prudentemente soportaba mis acometidas. Por algo le llaman don Prudencio los dependientes de las tiendas. Además, Urapa es un pueblo chico, de pocos habitantes, y hasta allí era difícil que llegaran las pesquisas de mi amantísima familia para conocer mi paradero. El pueblo, pues resultaba un paraíso, sin la molestia de convivir con los animales de la creación, cada uno encerrado en su casa. Pero no hay paraíso sin tentaciones. ¿Desperté yo, por imprudente, las adormecidas dentro de aquel hogar, al contarles a los amos que en mi pueblo me llamaban Pito Pérez? Quizá por asociación de ideas, una tarde doña Jovita gritó, desde el interior de su cuarto: —Muchacho, tráeme un poco de linimento. Con mi cara de santo mojarro llevé el pomo de linimento a la pieza de la patrona que, tendida en su cama, boca abajo, quejábase pesarosamente. Según ella, le dolía un costado, la espalda, el cuello, y no resistía ni el peso de una mosca. —Es el reuma que me sube y me baja y me pone en un grito —decía con voz de muchacho consentido—; pero mi esposo no se preocupa por mi salud, ni se acomide a darme una frieguita de algo. ¡Ay! ¡Aay! ¡Aaay! Por caridad úntame un poco de linimento en la espalda. Y doña Jovita se enderezó para aflojarse los broches del corpiño. Mi alma se encendió en una ardiente compasión para aquella infeliz mujer que tanto padecía, y con el pensamiento puesto en Dios, introduje mi mano por la abertura del vestido, comenzando a frotar suavemente la espalda desnuda. —¡Así , así! —decían la enferma en tono suplicante. Después, se volteó boca arriba, con los ojos cerrados, diciéndome dulcemente:  —También en la cintura y en el pecho para calmar este dolor que me mata. Mi mano comenzó a frotar, y al subir tropezó con dos sólidas cúpulas cuyos pezones endureciéronse sensiblemente. —Así, así —repetía la enferma. Y echándome los brazos al cuello, atrájome sobre su cuerpo dolorido… Haciendo un juego de palabras, de las cúpulas pasamos a las cópulas. Los efectos de las medicinas fueron sorprendentes y, tarde a tarde, gritaba la enferma desde el fondo de su cuarto, en medio de quejidos lastimeros: —Muchacho, trai el linimento. Yo bajaba el frasco de su sitio y me aprestaba a cumplir devotamente con una obra de misericordia. Entretanto, don J. de J. quedaba al frente de la botica, inmóvil en su silla de brazos. Mas un día, uno de esos días aciagos que yo debiera relatar con una voz equivalente a letra bastardilla, coincidieron tres marchantes premiosos, y el farmacéutico, haciendo un esfuerzo sobrehumano, entró en mi busca hasta el interior de la casa. Empujó la puerta de la alcoba, y al mirar lo que miró, quedose de una pieza. El susto me hizo bajar de la cama, como un sonámbulo, mientras doña Jovita rompió a dar alaridos, igual que si le arrancaran las tiras del pellejo. Salí del cuarto tropezando con los muebles, mientras el boticario despertaba de su asombro y con una elocuencia arrolladora llamaba a su mujer puta, malagradecida y sonsacadora de menores. Sin detenerme a recoger mis exiguos ahorros, abandoné la casa por la puerta del corral, con tanto miedo a las iras de aquel marido coronado, que resolví dejar inmediatamente el pueblo, y si me hubiera sido posible, el globo terráqueo, sin atentar contra la vida. Aquella noche, caminando por un largo camino, cavilaba tristemente: ¡Cuán breves son las fiestas de este mundo y cómo nos dejamos engañar con un señuelo! Iba otra vez a la aventura, sin casa ni sostén, y todo por haber olvidado la historia de la mujer de Putifar.    El cansancio del sendero hacíame evocar la vida quieta y regalona de la casa del boticario: los platos sustanciosos, los tragos de la hemoglobina falsificada y los buenos pellizcos al cajón del dinero. ¡Todo perdido para siempre por causa de la insospechada temperatura de la señora doña Jovita!... —¡Es usted más poeta que yo, Pito Pérez! Y, ¿a dónde fue usted a parar, después de sus amores con la boticaria? —Mañana se lo contaré; ahora es preciso que yo vaya a consolar, con unas copitas, las penas que hemos removido. Hablar del pasado es resucitar un muerto, y yo tengo valor de hablar con los muertos únicamente cuando estoy borracho.





(Continuará)








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