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Monday, November 06, 2017

La vida inútil de Pito Pérez: José Rubén Romero


La silueta obscura de un hombre recortaba el arco luminoso  del campanario. Era Pito Pérez, absorto en la contemplación del paisaje. Sus grandes zapatones rotos hacían muecas de dolor; su pantalón parecía confeccionado con telarañas, y su chaqueta, abrochada con un alfiler de seguridad, pedía socorro por todas las abiertas costuras sin que sus gritos lograran la conmiseración de las gentes. Un viejo “carrete” de paja nimbaba de oro la cabeza de Pito Pérez. Debajo de tan miserable vestidura el cuerpo, aun más miserable, mostraba sus pellejos descoloridos; y el rostro, pálido y enjuto, parecía el de un asceta consumido por los ayunos y las vigilias. — ¿Qué hace usted en la torre, Pito Pérez? —Vine a pescar recuerdos con el cebo del paisaje. —Pues yo vengo a forjar imágenes en la fragua del crepúsculo. — ¿Le hago a usted mala obra? —Hombre, no. ¿Y yo a usted? —Tampoco. Subimos a la torre con fines diversos, y cada quien, por su lado, conseguirá su intento: usted, el poeta, apartarse de la tierra el tiempo necesario para cazar los consonantes —catorce avecillas temblorosas— de un soneto. Yo, acercarme más a mi pueblo, para recogerlo con los ojos antes de dejarlo, quizá para siempre; para llevarme en la memoria todos sus rincones; sus calles, sus huertas, sus cerros. ¡Acaso nunca más vuelva a mirarlos! — ¿Otra vez a peregrinar, Pito Pérez? — ¡Qué quiere usted que haga! Soy un pito inquieto que no encontrará jamás acomodo. Y no es que quiera irme; palabra.   Me resisto a dejar esta tierra que, al fin de cuentas, es muy mía. ¡Oh, las carnitas de canuto! ¡Oh, el menudo de la tía “Susa”! ¡Oh, las “tortas de coco” de Lino, el panadero! Pero acabo de dar fin a una larga y azarosa borrachera, y mis parientes quieren descansar de mi persona, lo mismo que todo el pueblo. Cada detalle me lo demuestra: en las tiendas ya no quieren fiarme; los amigos no me invitan a sus reuniones, y el Presidente Municipal me trata como si fuera el peor de los criminales. ¿Por qué cree usted que me dobló la condena que acabo de cumplir? Pues porque le hice una inocente reflexión, a la hora de la consigna. Él dijo su sentencia salomónica: para Pito Pérez, por escandaloso y borracho, diez pesos de multa, o treinta días de prisión, a lo que yo contesté con toda urbanidad: pero, señor Presidente, ¿qué va usted a hacer con el Pito adentro tantos días? El señor Presidente me disparó toda la artillería de su autoridad, condenándome a limpiar el retrete de los presos durante tres noches consecutivas. ¿No ha observado usted que la profesión de déspota es más fácil que la de médico o la de abogado? Primer año: ciclo de promesas, sonrisas y cortesía para los electores; segundo año: liquidación de viejas amistades para evitar que con su presencia recuerden el pasado, y creación de un Supremo Consejo de Lambiscones; tercer año: curso completo de egolatría y megalomanía; cuarto y último año: preponderancia de la opinión personal y arbitrariedades a toda orquesta. A los cuatro años el título comienza a hacerse odioso, sin que universidad alguna ose revalidarlo. —Es usted inteligente, Pito Pérez, y apenas se concibe cómo malgasta usted su vida bebiendo y censurando a los demás. —Yo soy amigo de la verdad, y si me embriago es nada más que para sentirme con ánimos de decirla: ya sabe usted que los muchachos y los borrachos… Agregue usted a esto que odio las castas privilegiadas. —Venga, siéntese usted, y vamos a platicar como buenos amigos. —De acuerdo. Nuestra conversación podría titularse: Diálogo entre un poeta y un loco.     Nos sentamos al borde del campanario, con las piernas colgando hacia fuera. Mis zapatos nuevos junto a los de Pito Pérez brillaban con su necio orgullo de ricos, tanto, que Pito los miró con desdén y yo sentí el reproche de aquella mirada. Nuestros pies eran el compendio de todo un mundo social, lleno de injusticias y desigualdades. — ¿Por qué dijo usted que nuestra conversación sería el diálogo entre un poeta y un loco? —Porque usted presume de poeta y a mí me tienen por loco de remate en el pueblo. Aseguran que falta un tornillo a toda mi familia. ¡Qué barbaridad! Dicen que mis hermanas Herlinda y María padecen locura mística y que por eso no salen de la iglesia; afirman las gentes que Concha está tocada porque pasa los días enseñando a los perros callejeros a sentarse en las patas traseras y a un gato barcino que tiene, a comer en la mesa con la pulcritud de un caballero; Josefa se tiró de cabeza a un pozo dizque porque estaba loca; y Dolores se enamoró de un cirquero por la misma causa, según la infalibilidad de esos Santos Padres que andan por allí sueltos: Joaquín, el sacerdote, no quiere confesar a las beatas, porque está loco, y yo me emborracho, canto, lloro y voy por las calles con el vestido hecho jirones ¡porque estoy loco! ¡Qué lógica tan imbécil! Locos son los que viven sin voluntad de vivir, tan sólo por temor a la muerte, locas las que pretenden matar sus sentimientos y por el qué dirán no huyen con un cirquero; locos los que martirizan a los animales en lugar de enseñarles a amar a los hombres —¿no es cierto, hermano de Asís?—; locos los que se arrodillan delante de un ente igual a ellos, que masculla latín y viste sotana, para contarle cosas sucias, como esas lavanderas que bajan al río todos los sábados, a lavar su camisa, a sabiendas de que a la siguiente semana volverán a lo mismo porque no tienen otra que ponerse, y más locos que yo los que no ríen, ni lloran, ni beben porque son esclavos de inútiles respetos sociales. Prefiero a mi familia de chiflados y no a ese rebaño de hipócritas que me ven como animal raro porque no duermo en su majada, ni balo al unísono de los otros. —Pero una cosa es que algunos lo juzguen loco y otra que usted viva haciendo extravagancias —y perdone que se lo diga  colección los ríos profundos con tanta franqueza— sin que le importe su buena fama. ¿Para qué le sirve su inteligencia? — ¡Qué inteligencia ni qué demontre! Lo cierto —y usted no lo creerá— es que soy un desgraciado. Mi mala suerte me persigue desde que nací y todo lo que emprendo me sale al revés de como yo lo he deseado. Pero no vaya usted a pensar que por eso bebo; me emborracho porque me gusta, y nada más. Si tengo algún talento, lo aplico en encontrar los medios para que la bebida me resulte de balde, y así obtengo un doble placer. ¡Cómo gocé durante aquellos días en que me bebí un barril entero de catalán en la tienda de los Flores, sin que ellos se dieran cuenta de mi maña! Le voy a contar a usted cómo lo hice, por si algún día quiere aprovecharse de mi truco: En la tienda de los Flores los barriles del vino servían de respaldo a las sillas de los visitantes. En calidad de tal, llegaba yo todas las noches y tomaba asiento, muy en mi juicio, cerca de uno de los barriles. Después de un rato de charla me ponía en pie con grandes dificultades y hablando entre dientes. “¡Pero este Pito Pérez cómo se emborrachará! —comentaban, noche a noche, los dueños de la tienda. Llega en sus cabales y se va siempre en cuatro patas”. Y era verdad. A gatas tenía que atravesar las bocacalles para no perder el rumbo de mi casa, unas veces maullando como gato, y otras, ladrando como perro, de modo tan real, que los auténticos animales me seguían pretendiendo jugar conmigo. El secreto de mis borracheras era éste: Con un tirabuzón logré hacer un agujero en la tapa de uno de los barriles y por allí introduje una tripa de irrigador que, pasando por dentro de mi chaqueta, llevaba a mi boca el consuelo de tan sabroso líquido que, de tanto chupar, se liquidó también para siempre. Con un pegote de cera de Campeche disimulaba la existencia del agujero. (Lástima que otros no puedan disimularse lo mismo). El vicio del vino es terrible, amigo, y el borracho, por principio de cuentas, necesita perder el pudor. Cuesta trabajo perderlo, pero cuando uno lo pierde, qué descansado se queda, como dicen que dijo uno de los sinvergüenzas más famoso de México. —Cuénteme cosas de su vida, Pito Pérez.     —No puedo ahora, porque tengo que acudir a la cita de un amigo que me ofreció regalarme con unas copas; sería un sacrilegio desaprovechar tan rica ocasión. —Vamos a cerrar un trato: venga usted todas las tardes, y yo le pagaré su conversación, al bajar de la torre, con una botella. — ¿De lo que yo elija? ¿De coñac? ¿De champaña?... Pero no se asuste; esas bebidas son para ricos desnaturalizados que no sienten amor por nuestra patria. Imagino que los que toman esas cosas son como aquellos mexicanos que fueron a Europa a traerse a un príncipe rubio como el champaña. Hay que gastar de lo que el país produce: hombres morenos, como Juárez, para que nos gobiernen; y para beber, tequila, charanda o aguardiente de Puruarán, hijo de caña de azúcar, que es tan noble como la uva. Le aseguro que si en la misa se consagrara con aguardiente de caña, los curas serían más humildes y más dulces con su rebaño. —Bueno, es usted tan pintoresco que le pago cada hora de conversación con una botella de ese aguardiente de Puruarán que usted exalta tanto. ¡Así somos los hombres de malos: ofrecemos un aperitivo a un hambriento, pero nunca una pieza de pan! — ¿Y usted piensa que va a divertirse oyéndome, y que mi vida es un mosaico de gracias o una cajita de música que toca solamente aires alegres? Mi vida es triste como la de todos los truhanes, pero tanto he visto a las gentes reír de mi dolor, que he acabado por sonreír yo también, pensando que mis penas no serán tan amargas, puesto que producen en los demás algún regocijo. Me voy en busca de mi generoso copero, porque yo nunca falto a mi palabra de beber a costa ajena. Mañana le tocará a usted su turno, de acuerdo con lo estipulado. Y Pito Pérez desapareció por el caracol de la torre, como un centavo mugroso por la hendidura de una alcancía.   Pito Pérez llegó a nuestra cita, con exactitud cronométrica. Su porte era el mismo del día anterior, luciendo además, un cuello postizo, de celuloide, una corbata de plastrón, que semejaba nido despanzurrado, y un clavel rojo en el ojal, como mancha de sangre sobre la sucia chaqueta. El sol parecía también un clavel reventón prendido en la mantilla de encajes del firmamento. —Viene usted muy elegante, Pito Pérez. — ¡En qué forma! Ni mi madre me reconocería. Lo malo está en que no armoniza el terno con el color de los zapatos, y en que el sombrero me viene chico porque el difunto era menos cabezón que yo. Nombré a mi madre y comenzaremos por ella la narración que usted me ha pedido y que creo completamente inútil. Mi madre fue una santa que se desvivió por hacer el bien. Ella pasaba las noches en claro velando enfermos, como una hermana de la Caridad; ella nos quitaba el pan de la boca para ofrecerlo al más pobre; sus manos parecían de seda para amortajar difuntos, y cuando yo nací, otro niño de la vecindad se quedó sin madre, y la mía le brindó sus pechos generosos. El niño advenedizo se crió fuerte y robusto, en tanto que yo aparecía débil y enfermo porque la leche no alcanzaba para los dos. Este fue mi primer infortunio y el caso se ha repetido a través de toda mi existencia. Crecí al mismo tiempo que mis hermanos, pero como no había recursos para costearnos carrera a los tres, ni becas para todos, prefirieron a los dos mayores; de modo que Joaquín fue al Seminario y Francisco a San Nicolás, porque mi madre quería tener sacerdote y abogado. El uno para que nos tuviera bienquistos de tejas arriba, y el otro para que nos defendiera de tejas abajo. Para mí eligieron un oficio que    participara de las dos profesiones y me hicieron acólito de la parroquia. Así vestiría sotana, como el cura, y manejaría dineros como el abogado, porque los acólitos son como los albaceas de los santos, ya que en sus manos naufragan las limosnas que se colectan a la hora de los oficios divinos. En mis funciones eclesiásticas fui cumplido y respetuoso con los curas de la iglesia. Jamás di la espalda, irreverentemente, al altar en que Nuestro Amo estaba manifiesto; nunca eché semillas de chile al incensario, para hacer llorar al celebrante y a los devotos que se le acercaban; ni me oriné por los rincones de la sacristía, como los demás acólitos. A la hora de las comidas, las gentes me veían pasar, rumbo a mi casa, vestido con la sotana roja, y comentaban emocionadas: “¡Ah, qué buen muchacho este de doña Conchita Gaona, tan piadoso y tan seriecito!” ¿Y sabe usted por qué no me apeaba mi vestido de acólito?, pues porque no tenía pantalones que ponerme y con las faldillas de la sotana cubría mis desnudeces hasta los tobillos. Así aprendí que los hábitos sirven para ocultar muchas cosas que a la luz del día son inmorales. Un tal Melquiades Ruiz, apodado San Dimas, era mi compañero de oficio y, además, mi mentor de picardías. Primero me enseñó a fumar hasta en el interior del templo, y después a beberme el vino de las vinajeras. Decíanle San Dimas, no porque fuera devoto del Buen Ladrón, sino por lo bueno de ladrón que era. El muy taimado se pasaba la vida quemándome las asentaderas con las brasas del incensario, y cuando yo protestaba, me decía: “Hermano Pito, el dolor es una penitencia por la cual tus quemaduras te acercan al Señor; yo soy la justicia divina que castiga tu lado flaco.” “¡Pero fíjate en que es mi lado gordo el que me chamuscas, grandísimo pendejo!” Cierta vez vimos que un ranchero rico, de Turiran, echó en el cepillo del Señor del Prendimiento una moneda de a peso, después de rezar largamente, en acción de gracia, porque en sus tierras no había helado.   “Mira, Pito —me dijo San Dimas—, qué suerte tiene el Señor del Prendimiento y con cuánto desdén recibe las dádivas de sus fieles para que luego el señor cura las gaste en su propio provecho. Ya oíste que quiere hacer un viaje a Morelia para comprarse, con todo lo que caiga de limosnas en estos días, un mueble de bejuco. ¿Qué te parece si nosotros madrugamos al cura y le damos su llegón a la alcancía?” San Dimas me convenció sin mucho esfuerzo. Él tenía cierto dominio sobre mí, por ser de mayor edad que yo y por sus ojos saltones que parecían de iluminado. Agregue usted a esto que mis teorías sobre la propiedad privada nunca fueron muy estrictas, y mucho menos tratándose de bienes terrenos de los santos, que siempre me imaginé muy indulgentes con los menesterosos y, además, sin personalidad legal reconocida para acusar a los hombres ante los tribunales del fuero común. — ¿Y la conciencia, Pito Pérez? —La tengo arrinconada en la covacha de los chismes inútiles. —A la mañana siguiente ambos monaguillos llegamos al templo cuando apenas clareaba el alba, y mientras San Dimas encendía las velas del altar mayor para la primera misa y vigilaba la puerta de la sacristía, encamineme de puntillas hasta donde estaba el Señor del Prendimiento, y sacando un cuchillo mocho que llevaba prevenido debajo de la sotana, levanté con él la tapa de la alcancía, metiendo en ella, con mucho miedo, ambas manos. Entre las monedas de cobre, las de plata abrían tamaños ojos, asustadas, como doncellas sorprendidas en cueros por una banda de salteadores. “¡Chist!”, me hizo San Dimas desde el altar mayor al oír tintinear los centavos, y yo me asusté tanto que vi claramente al Señor del Prendimiento que hacía ademán como para atraparme. En un colorado paliacate vacié el dinero y, apresurado y tembloroso, se lo entregué a San Dimas, que salió de la iglesia como alma que se lleva el Diablo. Entró Nazario, el sacristán, y me dijo: —Muévete, Pito, que ya se está revistiendo el padre para la misa.  Yo me dirigí a la sacristía mirando cómo llegaban al templo las primeras beatas, acomodándose en las tarimas de los confesonarios, para reconciliar culpas de la noche anterior. El padre Coscorrón estaba revistiéndose y sólo le faltaba embrocarse la negra y galoneada casulla de las celebraciones de difuntos. Los monaguillos decíamosle el padre Coscorrón, por su carácter iracundo y por lo seguido que vapuleaba nuestras pobres cabezas con sus dedos amarillos y nudosos como cañas de carrizo. Salimos, pues, a celebrar el santo sacrificio, el padre con los ojos bajos, pero a cuya inquisición nada se escapaba, y yo, de ayudante, con el misal sobre el pecho, muy devotamente y orejeando para todas partes, atento a notar si se había descubierto el hurto. El padre parecía una capitular de oro; yo, junto a él, una insignificante minúscula impresa en tinta roja. Cavilando en mi delito, olvidábanseme las respuestas de la misa, y para que no lo notara el padre, hacía yo una boruca tan incomprensible como el latín de algunos clérigos de misa y olla. Al cambio del misal para las últimas oraciones, miré de soslayo hacia el Señor del Prendimiento y vi que el sacristán hablaba acaloradamente en medio de un grupo de beatas, que observaban con atención el cepo vacío. La mañana nos había traicionado con su luz cobarde, y cuando entramos a la sacristía, Nazario salió a nuestro encuentro y dijo con voz tan agitada como si anunciara un terremoto: — ¡Robaron al Señor del Prendimiento! — ¿Qué dices, Nazario? ¿Se llevaron el santo? —No, señor, ¡que se llevaron el santo dinero de su alcancía! — ¿En dónde está San Dimas? —gritó el padre Coscorrón clavándome los ojos, como si quisiera horadar mi pensamiento; y tirando el cíngulo y la estola, me llevó a empellones hasta un rincón de la sacristía. —Pito Pérez, ponte de rodillas y reza el Yo pecador para confesarte: ¿Quién se robó el dinero de Nuestro Señor? —No sé, padre.   —Hic et nunc te condeno si no me dices quién es el ladrón… —Yo fui, Padre —exclamé con un tono angustiado, temeroso de aquellas palabras en latín que no entendía, y que por lo mismo pareciéronme formidables. El cura agarró con sus dedos de alambre una de mis orejas, que poco faltó para que se desprendiera de su sitio y, zarandeándome despiadadamente, me dijo: — ¡Fuera de aquí, fariseo, sinvergüenza, Pito cochambrudo, y devuelve inmediatamente el dinero, si no quieres consumirte en los apretados infiernos! Cuando el padre Coscorrón aflojó un poco los dedos, di la estampida y no paré hasta el corral de mi casa. No volví a ver a San Dimas, que se quedó con lo robado, y todo el pueblo supo nuestra hazaña porque el padre Coscorrón se encargó de pregonarla desde el púlpito: —Dos Judas traidores robaron el templo; por caridad yo no diré quienes son, pero uno es conocido por San Dimas, y al otro le dicen Pito Pérez. Nos acomodaron versos, mal hechos, por cierto, y peor intencionados: A Dimas le dijo Gestas: ¡qué pendejadas son éstas! Y al Pito le dijo Dimas: te… tizno si no te arrimas. Y volaron al momento las limosnas que tenía en su sagrada alcancía el Señor del Prendimiento. Lo más triste del caso fue que San Dimas pudo volver a la parroquia, rehabilitado por mi confesión. Él se quedó con el santo y la limosna, como dice el viejo refrán; en cambio, yo cargué con el desprestigio, y como único recuerdo de mi vida de acólito, me quedé con la sotana roja, chorreada de cera y llena de las quemaduras que le hicieron las chispas del incensario.   —Pito Pérez, nadie sabe para quién trabaja; ese San Dimas debe haber pensado que ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón, y que el que va por lana sale trasquilado. —No me diga usted más refranes, que cada uno de ellos puede servir de epígrafe a los capítulos de mi vida. Y me voy porque ya tengo el gaznate seco. Venga, pues, el importe de la botella, que hoy lo tengo bien ganado…


(Continuará)




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