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Monday, October 23, 2017

Valentina: Elia Casillas


Mi Valentina

No me sentía tranquila, a veces creo que soy la única a la que le sucede algo inexplicable. Algo, algo que prefieres no contarlo para que los demás no piensen que traes un tornillo suelto y de que están a punto de ponerte una bata blanca de cordones largos. Quizá la actividad de las Fiestas Patronales me traía de cabeza. Siempre voy a velar al Santo Patrono, me siento en una silla mecedora y canto toda la noche hasta el amanecer. Luego, para reponerme de tremenda desvelada, paso tres días con sus anocheceres cayendo en cualquier lado. Pero lo que ocurrió aquella madrugada es el verdadero motivo por el que me encuentro en este momento frente a ustedes. No había luna, eso hacía del cielo un sitio estrellado, un verdadero lugar para apreciar las estrellas, mi patio es grande, así que fui a una de sus bancas de madera y me senté a contemplar el firmamento. Sentí tristeza, del lago sólo quedaban las piedras, las bombas a medias y el gran plástico negro. Todo revuelto. Levanté la cabeza, y en eso, una pelotita cayó cerca de mí, presté atención, los hijos de mis vecinos suelen jugar béisbol y siempre tenemos que regresarles las pelotas que caen de nuestro lado. Silencio. Además, casi es de madrugada, creo, no vi el reloj cuando salí. Dejo la bola de lado y se va, rueda sola. Luego, salta, salta, salta en diferentes altitudes que no pasan de los quince centímetros. Me quiero reír, pero tengo la quijada congelada, algo parecido al miedo, no puedo escuchar mi corazón, pero la sangre va de prisa. De un jalón me levanto, quiero correr y los pies no responden, estoy aterrada, la pelota continúa moviéndose sola. Estoy frente a la puerta y ésta se cierra con fuerza, el ruido que provoca me hace retroceder, -no pasa nada, -me digo- y con la mano izquierda me aferro a la pestaña del portón para abrirlo, al tiempo la pelota golpea suavemente mi omóplato derecho. Ahora soy el muro de esa bolita, y de alguien. Alguien. Repito -no está pasando, no sucede nada-, pero la puerta no cede, volteo, y la bola cae en mis manos. Pienso que es mi oportunidad y la arrojo al fondo del jardín. Veo que la pelota se detiene, y alguien jala mi bata con fuerza, varias veces. Entonces, la puerta se vence sola, pero mi pie queda atorado y caigo. El sol mañanero pica mis pantorrillas, una parte de mi cuerpo quedó dentro y la otra en el jardín, me duele la cabeza. Voy a bañarme, no quiero pensar en la noche anterior, pero... Cuando me quito la bata, veo una manita pintada en ella, una huella de lodo. La mano es de alguien que no tiene menos de dos años. ¿Será de ella? En mi recámara están las toallas, a un lado del gran espejo, observo que traigo un pañuelo amarrado a mi cabeza. Tengo muchos paños, todos de distintos colores, de diferentes dibujos, éste, éste es anaranjado con calaveritas blancas. Veo el calendario: 1 de noviembre. Ahora estoy segura: fue ella. Ella vino a jugar conmigo.


Navojoa, Sonora. Oct./16/2017
6:21 P.M.







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