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Thursday, October 26, 2017

La traición: Elia Casillas

Me di cuenta de que mi comadre Chela cambiaba conmigo, pero no sólo ella, también su marido, el cura, y hasta los amigos que compartíamos. A veces, lo que ella llevaba a cabo era fuera de lugar. En una ocasión,   me llamó para que fuera a su casa, tenían invitados y por eso nos hablaba. Escribo en serio, no es una broma. Fuimos como siempre y, como es costumbre en Sonora, los hombres en un lado, las mujeres en otro (la cocina). Graciela, le dijo a su comadre María que contara algo y la mujer con cara de zorra, y hablo literal: zorra (no puta), zorra,  inició así su discurso. "Mi compadre (se refería a conocido personaje local), es engañado por su mujer porque ahí como lo ves de grandote, la tiene chiquita, dicen que todos los altos, la tienen así, por eso, sus mujeres los engañan. La comadre Graciela comenzó a reírse tan estúpidamente que no me gustó, imaginé que algo tramaban. Las dos, tenían una risa de hienas, la expresión  de sus malvados rostros me sacó de lugar, como si hubieran obtenido un triunfo, como si la hazaña, o el atrevimiento de la mujer al hacer su analogía a cerca de los hombres de gran estatura le mereciera un trofeo. Sus carcajadas se convirtieron en asombro y guardaron absoluto silencio cuando solté un grito. Lo que hice, jamás lo esperaron, creo que nunca van a olvidarlo. 
¡Mercedes! -Aullé fuerte, muy fuerte. Mercedes se presentó. "¿Qué se te ofrece, mujer?" Ella, -hablé- apuntando a María, dice que su compadre está muy alto y que todos los altos, la tienen chiquita. ¿Te la puedes sacar para que te la vea? "Ay, esta mujer" Contestó y salió corriendo de la cocina. Vi la cara de Graciela, sus ojos eran minerales rabiosos, muy pronto la sonrisa malvada había desaparecido de la cara de las dos mujeres. La María  estaba roja, azul, amarilla, morada. "Yo no me llevo así contigo, nunca debiste hacer eso..." No me dejaste de otra, tú andas calentando los asientos del pueblo, te conoces o estás en todos los cafés   de Navojoa (reuniones de señoras que juegan baraja)  y si me hubiera quedado callada, habrían dicho que el que calla otorga, y  a mi marido no lo vas a traer en la lengua de medio mundo, burlándote como lo haces ahora de tus compadres. Me levanté, y le comenté a MEL que me regresaba a casa. Las personas de las que hablaba, eran conocidas mías, y del pueblo. Al día siguiente, Graciela me llamó y entonces sí, enfurecí. Con tal de enlodar a sus compadres, María no mide sus palabras ni el daño que puede hacer su lengua, que hable de ellos, a nosotros no va a traernos en sus mitotes y te voy a pedir un favor, no quiero que vuelvas a invitarme cuando esa mujer esté en tu casa, porque esa era la intención de ella y le salió el tiro por la culata.  Al tiempo, fui a la inauguración de una discoteca. Mis amigos pertenecían a un grupo de música católica, y una de las integrantes era sobrina del dueño y me invitaron. Cuando empezaron las canciones de los 70´s Javier me invitó a bailar. No bailoteamos ni una sola pieza abrazados, ni una. Allá andaba el Pancho Valenzuela, imagino que les comentó. MEL estaba en Mérida y como casi terminaba la temporada, ya no regresé, vine a la graduación de Luis y me quedé. Luego, él viajó de Mérida a Caracas y tuve que empacar de nuevo para reunirnos, pero cuando regresamos, Graciela me preguntó delante de él, si ya le había dicho que me había ido a bailar con Javier. El que nada debe, nada teme. Solté tremenda carcajada. ¿Recuerdas que en Caracas quise contarte algo...?  Intenté decirte lo que había hecho antes de irme a Venezuela,  y  contestaste que no querías saber, que fuera con el cura a confesarme.  Era eso, que me fui con los Cantares a una discoteca y bailé con Javier, ninguna canción de cachetito, lo juro. Fin  del complot, si ella pensó dañarnos, mala suerte, nada de eso sucedió. Sin embargo, este año que casi termina, traje a casa a una amiga para que me ayudara a guardar la semilla del cilantro y en la charla de mujeres, salió de nuevo mi  amistad con Javier. “Elia, cuando dijeron que la amante de Javier era la mujer del pelotero, supe inmediatamente de quién hablaban, ah, la Elia” Por eso en ese momento debí imaginar que ella pretendía enlodarme, que ya le había echado el ojo y la lengua a mi puesto y no iba a descansar hasta lograrlo. 

(Continuará...)





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