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Friday, July 07, 2017

Virgilio Piñera


































La isla en peso (fragmentos)

La maldita circunstancia del agua por todas partes
me obliga a sentarme en la mesa del café.
Si no pensara que el agua me rodea como un cáncer
hubiera podido dormir a pierna suelta.
Mientras los muchachos se despojaban de sus ropas para nadar
doce personas morían en un cuarto por compresión.
Cuando a la madrugada la pordiosera resbala en el agua
en el preciso momento en que se lava uno de sus pezones,
me acostumbro al hedor del puerto,
me acostumbro a la misma mujer que invariablemente masturba,
noche a noche, al soldado de guardia en medio del sueño de los peces.
Una taza de café no puede alejar mi idea fija,
en otro tiempo yo vivía adánicamente.
¿Qué trajo la metamorfosis?
[…]
Hay que saltar del lecho y buscar la vena mayor del mar para desangrarlo.
Me he puesto a pescar esponjas frenéticamente,
esos seres milagrosos que pueden desalojar hasta la última gota de agua
y vivir secamente.
[…]
Llegué cuando daban un vaso de aguardiente a la virgen bárbara,
cuando regaban ron por el suelo y los pies parecían lanzas,
justamente cuando un cuerpo en el lecho podría parecer impúdico,
justamente en el momento en que nadie cree en Dios.
Los primeros acordes y la antigüedad de este mundo:
hieráticamente una negra y una blanca y el líquido al saltar.
[…]
Los cuerpos en la misteriosa llovizna tropical,
en la llovizna diurna, en la llovizna nocturna, siempre en la llovizna,
los cuerpos abriendo sus millones de ojos,
los cuerpos, dominados por la luz, se repliegan
ante el asesinato de la piel,
los cuerpos, devorando oleadas de luz, revientan como girasoles de fuego
encima de las aguas estáticas,
los cuerpos, en las aguas, como carbones apagados derivan hacia el mar.
[…]
Bajo la lluvia, bajo el olor, bajo todo lo que es una realidad,
un pueblo se hace y se deshace dejando los testimonios:
un velorio, un guateque, una mano, un crimen,
revueltos, confundidos, fundidos en la resaca perpetua,
haciendo leves saludos, enseñando los dientes, golpeando sus riñones,
un pueblo desciende resuelto en enormes postas de abono,
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir,
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.





 La gran puta


Para Oscar Hurtado


Cuando en 1937 mi familia llegó a La Habana 
–uno de los tantos éxodos a que estábamos acostumbrados– 
mi padre –como tenía por costumbre sanguínea– 
se dio de galletas y se puso a echar carajos. 
Llegaron exactamente a las diez de la mañana 
de un día de agosto mojado con vinagre; 
antes de ir a esperar el Santiago-Habana 
tomé un jugo de papaya en Lagunas y Galiano, y como el deber se impone al deseo perdí a un negro que me hacía señas con la mano. 

Por esa época yo tenía veinticinco años 
y toda la vida resumida en la mirada; 
años mal llevados porque el hambre no paga: 
“Virgilio —me decía Oscar Zaldívar— 
no te alimentas lo suficiente. Hay que comer carne...” 
De vez en cuando me llevaba a La Genovesa 
en la esquina atormentada de Virtudes y Prado, 
donde Panchita, una italiana operativa, 
le decía doctor a Oscar y a mí no me decía nada. 
Las calles eran vahídos y las aceras desmayos: 
En la cabeza los versos y en el estómago cranque. 
Corría a la casa de empeños sita en Amistad y Ánimas 
buscando que me colgaran entre docenas de guitarras, 
yo, empeñado, yo empeñando un saco viejo de Osvaldo 
para trepar jadeante la cazuela del Auditórium 
a ver “El Avaro” de Molière que Luis Jouvet presentaba. 

Era La Habana con tranvías y con soldados 
de kaki amarillo, haciendo el fin de mes 
con los pesos de los homosexuales; 
entre los cuales, en cierta manera, me cuento, 
es decir, en mi humilde escala: no osaría ponerme 
a la altura de La Marquesa Eulalia, del Pájaro Verde, 
de Jarroncito Chino, de la Pulga Lírica y del Marqués 
de Pinar del Río, y aunque una noche, en el Don Quijote, 
bailé sobre una mesa disfrazado de maja, 
mi alarde palidece ante la magnificencia 
del Pájaro Verde dejándose degollar en el baño. 

Según se mire eran tiempos heroicos, tiempos 
que fueran cantados por guitarras alcoholizadas, 
palabras tremendas que eran pronunciadas 
con el filo de un cuchillo, mientras allá, 
en Marte y Belona, los bailadores realizaban 
la confusa gesta del danzón ensangrentado. 
Esta gesta alcanzaba proporciones épicas 
en el Cuchillo de San Miguel: allí Panchitín Díaz 
le decía con su voz aflautada a la putica debutante: 
“Muchacha, tienes toda la vida por delante...”, 
y dando dos pasos se metía en la barbería de Neptuno 
para entablar un diálogo funambulesco 
con la corpulenta Albertino, que se hacía afeitar 
una barba imaginaria. 

Una noche en El Prado, con su pedazo de cielo 
particularmente convulso sobre leones de bronce verde, 
sobre leones que temblaban al paso del 
Emperador del Mundo —un negro tuberculoso con 
el pecho constelado de chapitas de Coca Cola—, 
se comentaba con terror manifiesto 
la frase ciceroniana de la mujer que se tiró 
bajo las ruedas del automóvil de Lily Hidalgo de Conill: 
“¡Habana, ábrete y trágame!” 
Pero La Habana se hizo aún más rígida 
para que ella pudiera ir hasta Colón sin baches, 
para que esa noche las putas chancrosas 
hicieran buenos pesos y para que lloraran los 
sentimentales, entre los cuales también me cuento, 
al extremo que podría ser nombrado presidente de 
los sentimentales, y ahora precisamente recuerdo 
al hombre que vi matar junto a la estatua de Zenea 
con su mano convulsa aferrada al seno de mármol 
de la mujer que eternamente lo acompaña. 
Me pareció que llegaba el Apocalipsis, 
pero justo en ese momento oí: “¡Maní tostao, maní!” 
y metían por mis ojos anegados en lágrimas 
un cucurucho de voluptuosidad cubana. 

Mi amiga, la Muerta Viva, una puta francesa 
que recaló en Sagua allá por el veinticuatro 
compraba todos los días el periódico para 
ver si en la Crónica Roja aparecía muerto 
el cabrón, decía ella, que la dejó plantada en Sagua. 
Pero como la vida manda, seguía abriendo las piernas 
sin sentimentalismo de ninguna clase. 
Yo, que mi destino de poeta me impidió la putería 
soñaba persistentemente con abrir las mías: 
cuando el hambre aprieta, sueños monstruosos 
se perfilaban en cada esquina, monedas del tamaño de 
una casa me caían encima, y todo terminaba 
en una frita deglutida al compás de 
“Bigote de gato es un gran sujeto...” 
Sin embargo, pensaba en la inmortalidad 
con la misma persistencia con que me acosaba 
la mortalidad, porque aun cuando viéndome 
forzado a escuchar “la inmortalidad del cangrejo” 
y ver al tipo pálido sentado en el café de 
los bajos de mi casa, con un palillo en los 
dientes y un vaso de agua sobre la mesa 
pensando en las musarañas, yo me aferraba 
a la mentira piadosa siguiendo al mismo 
tiempo con la vista los sándwiches de pierna 
que rechinaban en mis tripas. 

Suaritos anunciaba a Ñico Saquito, 
Toña La Negra quebraba la luna con su voz 
de tortillera mejicana, Batista daba golpetazos 
en Columbia, Patricia la Americana se momificaba 
en un disco y Daniel Santos galvanizaba los solares. 
Claro está, en la ciudad del sol constante 
los fantasmas acostumbraban salir a plena luz: 
los he visto acompañándome por Monte y Cárdenas 
el día del entierro de Menocal, con ron peleón, 
porque de eso el general prodigó, enchumbó, anestesió 
y el champán para él y Marianita en París. 
“Querida, me dijo Jarroncito Chino, hoy todo el mundo 
está jalao, haremos ranfla moñuda, 
ya el General templó lo suyo y nosotras moriremos 
con un troyó papá bien grande adentro” 
Así murió efectivamente. Destino cumplido, 
vida realizada, strip-tease de pelo en pecho, 
sacando palanganas de agua de culo. 
Cuando se la llevaron había un Norte de 
tres pares de cojones. 

Estos son los monumentos que nunca veremos en 
nuestras plazas, amorfa, sí, amorfa cantidad 
de donde extraigo el canto, en cualquier parte, 
bajando por Carlos III que entonces tenía bancos, 
escuálido, tembloroso, con mi amorosa Habana 
siguiéndome los pasos como perro dócil 
entre años caídos retumbando como cañones 
dejando la peseta en casa de la barajera 
para saber ¿para saber? si mañana entraré 
en la papa... Un pelado en el Mercado Único, 
un guarapo en el Mercado del Polvorín, 
siempre avanzando, en brecha mortal, 
buscando la completa como se busca un verso, 
¡oh inacabables calles, oh aceras perfumadas 
con orine! ¡Oh hacendados con pañuelos 
imprednados de Guerlain, que nunca 
me pusieron casa! 

Solo en mi accesoria haciendo mis versitos 
veía pasar La Habana como un río de sangre: 
y como una puta más del barrio de Colón 
los contaba de madrugada como si fueran pesos.


(1960)

                    







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