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Wednesday, July 05, 2017

Castigo: Anónimo: Mundo árabe


—Si mañana hace buen día, iré al mercado a comprar un asno —dijo Nasrudín a su mujer.
—Olvidaste añadir: “Si Alá lo quiere” —señaló su esposa.
Pero Nasrudín, exasperado por una racha de desgracias, dijo malhumorado:
—Nunca Alá parece querer nada. Estoy cansado de decir esas palabras cuando no tienen ninguna utilidad.
El día siguiente era soleado y el mulá se fue a la subasta de asnos, donde compró uno por un precio muy razonable. Montado en su nuevo asno, emprendió el regreso a casa.
—¿Quién necesita los buenos deseos de Dios? —se dijo feliz a sí mismo—. He encontrado una verdadera ganga, sin su aprobación.
Justo entonces, una culebra se deslizó por el camino. El asustado asno corcoveó y Nasrudín voló por el aire, aterrizando en un matorral de espino. Cuando luchaba por liberarse del matorral, las raíces del arbusto se desprendieron y rodó con el mulá cuesta abajo, hasta el pie de la ladera. Nasrudín se las arregló como pudo para liberarse de las espinas. Magullado, sangrando, con las ropas desgarradas y hechas jirones, se fue cojeando hasta su casa. Estaba tan lejos de la aldea que llegó cuando la noche había caído.
Llamó, haciendo acopio de sus últimas fuerzas.
—¿Quién es? —preguntó su esposa desde dentro.
—Abre, mujer —replicó Nasrudín a punto de desfallecer—. Soy yo, si Alá lo quiere.






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