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Sunday, June 11, 2017

Llámenme Ismael: Luis Armenta Malpica

No me pregunto si todos
estos años hemos vivido
juntos en páginas
distantes
un ojo
cerca de otro
una muñeca
de otra
y este
filo
rasgando
la mirada en un filme
surreal.

Y Dios creó a las grandes ballenas
es una letanía allá en el fondo.
Aquí mientras comulgo
aplasto con los dedos una hormiga
que se lleva mi repentino asombro
ante un jardín botánico:
rísperidonas
haloperidolos
olanzapinas
aripiprazoles
que giran
e implosionan
al azar
mientras una columna de insectos
se abre paso
unos encima de otros
y sin piedad alguna.


Arranco algunas hojas
a mi viejo ejemplar de Moby-Dick.
Las suficientes para hacer un océano de papeles
en donde ahogar mis manos
vacías y desangradas
de una historia común.
No cupimos
en ella al mismo tiempo.
Esta ballena blanca
será escrita muchos años
después
de separarnos.
Conocíamos la trama del pincel y el cuchillo.
Pero aquí se dan cita la pluma y el arpón.
¿Qué hay de Dios en nosotros
cuando dormimos juntos
el hombre
y la ballena?


Alguna vez lo dije: lo que ocurra en los muelles
permanezca en las aguas.

Con lenguaje de señas, en clave
morse, en braille
o desarticulando las palabras
a cada remo, sorbo, golpe
respiración, se lo repito.
Los fuegos de San Telmo
en las arboladuras del Pabellón Rosetto
nos han llevado al patio. Al dique
a la alcoba de Helena. A los dioscuros
ojos que brillan con el plasma.

Con tres lenguas de fuego nombran al mismo
tiempo a todos los cetáceos conocidos:
belugas, narvales y yubartas
a marsopas, ballenas grises
orcas y piloto. Al comodoro Starbuck
quien vio luz en el mástil.
Pero esto no
es un río: Leteo, Rubicón
para quemar las naves.

Esto es el miedo.


Los miedos se han quedado en la tierra.
A mediados del hombre. Enterrada su faz.
Varados en la niebla del espejo (sin ti). Derivados
a toda la familia. Fascinados los unos
en los menos. Más miedo
si profunda 
es la raíz
del ojo. Corroídos
por óxido de llanto
y las toscas escarpias
en la boca del hombre
cuando niega si ha comulgado
en éxtasis. Si ha comido a su dios.
Si debemos hablar...

Yo no utilizo miedos (como drogas).
Está en el mar
mi Dios.


Le decían Moby-Dick
y engullía a los pacientes
como el ogro de piedra (del bosque) de Bomarzo.

Pero llámenlo (Ismael)
con esa lengua ardiente
del desesperanzado (Billy Budd).

Arpones
que le atinan a ese mar
(de azulejos)
sin final ni respuesta.

Con la (indómita) luz media de los ojos
lejos del puerto
una lengua británica y hospitalaria
(el espigón más largo)
como un ahogado

comulga.

De las olas más quietas
(tan humanas)
emerge Moby-Dick.

Este dios imponente
camina por las aguas
con total displicencia.

Lo que tiene de mito
(entre los muelles)
de sagrado (en el bosque)

termina

por hundirlo.


Llámenme Ismael, pero
en silencio. Mi nombre real
es blanco
de burlas y de arpones.

Si lo hacen en silencio
       no
me importa.

Así escucho a los ángeles. A Dios.
A quien (pacientemente) aguardo con la quijada abierta.
Aunque mi cuerpo es grande, de eslora y emociones
y pese a que hago fila (en este embarcadero)
hacia la noche (tartamuda)

         yo

comulgo.


La gente que ha pasado
por su cuerpo
lleva un olor a cal
en las heridas. 




Luis Armenta Malpica

Libro: Llámenme Isamael








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