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Thursday, June 15, 2017

Armando Alanís : (A) las rotas


(A)  las rotas
Armando Alanís

Amor por la brevedad, horror a la ociosa acumulación de vocablos, a las amplificaciones, como diría Torri, a la ampulosa palabrería. Eso es lo que encontramos, en primer lugar, en estas ficciones súbitas de Elia Casillas. Pero también sentido del humor, una sutil ironía, a veces no tan sutil, que recorre cada una de las páginas de La (pesca) da; punzadas que atraviesan cada rojo clavel de este racimo de brevedades.
            Una mujer quiso ser pájaro y acabó convertida en gárgola; un ángel cae en casa y alguien deberá pagar los platos rotos; la edad de la prima avanza implacable y ya no será más primavera; tríos y procacidad como en el minicuento “En (verga) dura”, donde el tamaño no importa si la niña aún no tiene edad de pensar en longitudes; juegos de palabras: palabras que se desdoblan, que se multiplican por dos o por tres o por cuatro, según que tan despiertas estén la imaginación y la malicia del lector. Otros textos están cruzados por un aliento poético: se aproximan, son, poemas en prosa. Porque la minificción, sabemos, es un género híbrido, hermafrodita: género posmoderno –y a la vez tan antiguo como las pirámides–, que roza el poema, la estampa, el microensayo, el aforismo. Frases lapidarias, dardos venenosos cargados de ironía cuando no de sarcasmo. 
            El amor, el sexo, ilusorios y recurrentes príncipes azules. En algunos lugares no te atienden si vas con las alas rotas: tendrías que estar muriéndote. Hay hogares donde la pasión desbordada, rompe-vajillas, se torna asesina. No es demasiado grave no ser profeta en tu tierra: lo peor que puede sucederte es que no seas poeta en tu tierra. En “Escribí (  ) entes” la tanga, que separa nalgas, puede también servir de separador en una voluminosa novela de Murakami. Una personaja pierde la uña, achicharrada esta última por la flama de una vela: tragedia doméstica. Otra ve morir a su celular, no importa que lo apriete amorosa entre sus brazos, junto a su pecho: otra tragedia doméstica. El llanto de las mujeres –una de sus más eficaces armas– puede volverse inútil cuando se abusa de él: es un buen recurso, pero un pésimo sistema. En “I (n) existente” se extraña al que nunca se tuvo, o al que se tuvo pero era invisible: el amigo imaginario. Una mujer solitaria cuida de su casa como un perrito chihuahuense. En el paraíso terrenal la culpa no fue de la serpiente sino del amor a primera vista entre Adán y Eva. Un amor fatal: el más fatal de todos.
Quizás uno de los textos de este libro más corrosivos sea el titulado “La negra (en) viuda”: la protagonista confiesa que tuvo nueve maridos y que, gracias a Dios, todos están muertos. Hay, sí, amores que matan. Hay mujeres que matan. Quién sabe por qué, recuerda uno a personajes de la vida real como María Félix, la famosa doña del cine nacional: ¿quién podía resistir a sus encantos? Mató a un marido tras otro: era una viuda negra, como la del microrrelato de Elia Casillas. También hay viudos negros, habría que añadir.
            Si el IMSS es una institución donde es un milagro que te hagan caso y alivien tus heridas, en otros lugares de nuestro país sólo te atienden para matarte. Época violenta es ésta que nos ha tocado en suerte, época sin sentido: por donde quiera, a lo largo y ancho del territorio nacional, aparecen fosas clandestinas, cadáveres que cuelgan de puentes, cabezas cercenadas a la orilla del camino. La tradicional porra, el México, México, ra ra ra, se ha vuelto un canto fúnebre: como el canto del cisne. “Ahora, somos el infierno señalado”. Pero la vida individual continúa en medio de estas turbulencias. Una mujer se sabe dualidad. Dos voluntades libran en su interior batalla a muerte: “mi sentido común funciona de una manera, y mi bestialidad de otra”, grita, desesperada. Es el fin del mundo, el Día del Diluvio: Noé ha construido una barca para salvar a algunos seres humanos y a parejas de animales. Pero su esposa no quiere, por ningún motivo, llevar a su suegra en el arca, porque si no la nueva vida será igual a la que dejan atrás: una no muy recomendable.
            Una minificción o microrrelato no es, para nada, una novela resumida. Tampoco es un cuento reducido a unos cuantos párrafos o palabras. Es una totalidad. Empieza y acaba en unas cuantas líneas. No es síntesis sino plenitud en cápsulas, en comprimidos tanto narrativos como poéticos. Así los textos de  La (pesca) da. Los más largos llegan, a lo más, a la mitad de la página. Pero la mayoría se resuelven en unas cuantas líneas, en un solo párrafo. Conviene advertir que no son textos que podrían desenvolverse hasta llenar páginas y páginas como un rollo de papel higiénico. Son como son: breves y rotundos, definitivos y redondos como las esferas multicolores y luminosas de un pino navideño. Multitud de historias, mujeres insumisas, ángeles con las alas estropeadas, anhelos y frustraciones, placeres y contrariedades… de todo hay como en botica en este volumen de brevedades.
            En “Drama (t) hurga”, un ser femenino que venía a este mundo le dijo a Dios que quería ser ángel. Pero al Creador se le había acabado su provisión de alas, así es que le dio, a cambio, una pluma. Y aquel ser femenino arribó a esta tunda de quebrantos, a esta tragicomedia que es el mundo, para ser escritora: diosa creadora de dramas y comedias. Diosa creadora de tragicomedias. Era, es, seguirá siendo Elia Casillas.








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