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Thursday, June 29, 2017

La mala memoria: André Breton



Me contaron hace un tiempo una historia muy estúpida, sombría y conmovedora. Un señor se presenta un día en un hotel y pide una habitación. Le dan el número 35. Al bajar, minutos después, deja la llave en la administración y dice:
–Excúseme, soy un hombre de muy poca memoria. Si me lo permite, cada vez que regrese le diré mi nombre: el señor Delouit, y entonces usted me repetirá el número de mi habitación.
–Muy bien, señor.
A poco, el hombre vuelve, abre la puerta de la oficina:
–El señor Delouit.
–Es el número 35.
–Gracias.
Un minuto después, un hombre extraordinariamente agitado, con el traje cubierto de barro, ensangrentado y casi sin aspecto humano entra en la administración del hotel y dice al empleado:
–El señor Delouit.
–¿Cómo? ¿El señor Delouit? A otro con ese cuento. El señor Delouit acaba de subir.
–Perdón, soy yo… Acabo de caer por la ventana. ¿Quiere hacerme el favor de decirme el número de mi habitación?





Sunday, June 25, 2017

Fiestas Patronales de San Juan, Pueblo Viejo. Fotografía, Elia Casillas

























Ryunosuke Akutagawa: Kappa

Extrañamente, experimentaba simpatía por Gael, presidente de una compañía de vidrio. Gael era uno de los más grandes capitalistas del país. Probablemente, ningún otro kappa tenía un vientre tan enorme como el suyo. ¡Y cuán feliz se le ve cuando está sentado en un sofá y tiene a su lado a su mujer que se asemeja a una litchi y a sus hijos similares a pepinos! A menudo fui a cenar a la casa de Gael acompañando al juez Pep y al médico Chack; además, con su carta de presentación visité fábricas con las cuales él o sus amigos estaban relacionados de una manera u otra. Una de las que más me interesó fue la fábrica de libros. Me acompañó un joven ingeniero que me mostró máquinas gigantescas que se movían accionadas por energía hidroeléctrica; me impresionó profundamente el enorme progreso que habían realizado los kappas en el campo de la industria mecánica.
Según el ingeniero, la producción anual de esa fábrica ascendía a siete millones de ejemplares. Pero lo que me impresionó no fue la cantidad de libros que imprimían, sino la casi absoluta prescindencia de mano de obra. Para imprimir un libro es suficiente poner papel, tinta y unos polvos grises en una abertura en forma de embudo de la máquina. Una vez que esos materiales se han colocado en ella, en menos de cinco minutos empieza a salir una gran cantidad de libros de todos tamaños, cuartos, octavos, etc. Mirando cómo salían los libros en torrente, le pregunté al ingeniero qué era el polvo gris que se empleaba. Éste, de pie y con aire de importancia frente a las máquinas que relucían con negro brillo, contestó indiferentemente:
-¿Este polvo? Es de sesos de asno. Se secan los sesos y se los convierte en polvo. El precio actual es de dos a tres centavos la tonelada.
Por supuesto, la fabricación de libros no era la única rama industrial donde se habían logrado tales milagros. Lo mismo ocurría en las fábricas de pintura y de música. Contaba Gael que en aquel país se inventaban alrededor de setecientas u ochocientas clases de máquinas por mes, y que cualquier artículo se fabricaba en gran escala, disminuyendo considerablemente la mano de obra. En consecuencia, los obreros despedidos no bajaban de cuarenta o cincuenta mil por mes. Pero lo curioso era que, a pesar de todo ese proceso industrial, los diarios matutinos no anunciaban ninguna clase de huelga. Como me había parecido muy extraño este fenómeno, cuando fui a cenar a la casa de Gael en compañía de Pep y Chack, pregunté sobre este particular.
-Porque se los comen a todos.
Gael contestó impasiblemente, con un cigarro en la boca. Pero yo no había entendido qué quería decir con eso de que “se los comen”. Advirtiendo mi duda, Chack, el de los anteojos, me explicó lo siguiente, terciando en nuestra conversación.
-Matamos a todos los obreros despedidos y comemos su carne. Mire este diario. Este mes despidieron a 64.769 obreros, de manera que de acuerdo con esa cifra ha bajado el precio de la carne.
-¿Y los obreros se dejan matar sin protestar?
-Nada pueden hacer aunque protesten -dijo Pep, que estaba sentado frente a un durazno salvaje-. Tenemos la “Ley de Matanzas de Obreros”.
Por supuesto, me indignó la respuesta. Pero, no sólo Gael, el dueño de casa, sino también Pep y Chack, encaraban el problema como lo más natural del mundo. Efectivamente, Chack sonrió y me habló en forma burlona.
-Después de todo, el Estado le ahorra al obrero la molestia de morir de hambre o de suicidarse. Se les hace oler un poco de gas venenoso, y de esa manera no sufren mucho.
-Pero eso de comerse la carne, francamente…
-No diga tonterías. Si Mag escuchara esto se moriría de risa. Dígame, ¿acaso en su país las mujeres de la clase baja no se convierten en prostitutas? Es puro sentimentalismo eso de indignarse por la costumbre de comer la carne de los obreros.
Gael, que escuchaba la conversación, me ofreció un plato de sándwiches que estaba en una mesa cercana y me dijo tranquilamente:
-¿No se sirve uno? También está hecho de carne de obrero.






Friday, June 23, 2017

Kjell Askildsen: Ajedrez

El mundo ya no es lo que era. Ahora, por ejemplo, se vive más tiempo. Yo tengo ochenta y muchos, y es poco. Estoy demasiado sano, aunque no tenga razones para estar tan sano. Pero la vida no quiere desprenderse de mí. El que no tiene nada por qué vivir tampoco tiene nada por qué morir.
Tal vez sea ese el motivo.
Un día hace mucho, antes de que mis piernas empezaran a flaquear seriamente, fui a visitar a mi hermano. No lo había visto desde hacía más de tres años, pero seguía viviendo donde fui a visitarlo la última vez.
-Sigues vivo -dijo, aunque él era mayor que yo.
Me había llevado un bocadillo y él me ofreció un vaso de agua.
-La vida es dura -dijo-, no hay quién la aguante.
Yo estaba comiendo y no contesté. No había ido allí a discutir. Acabé el bocadillo y me bebí el agua. Mi hermano miraba fijamente hacia algún punto situado por encima de mi cabeza. Si me hubiera levantado y él no hubiese desviado la mirada antes, se habría quedado mirándome directamente, pero sin duda la habría desviado. Mi hermano no se encontraba a gusto conmigo. O dicho de otro modo, no se encontraba a gusto consigo mismo cuando estaba conmigo. Creo que tenía mala conciencia o, al menos, no buena. Escribió una veintena de novelas muy largas. Yo solo he escrito unas pocas, que además son breves. A él se le considera un escritor bastante bueno, aunque un poco obsceno. Escribe mucho sobre el amor, sobre todo el amor físico, no pregunto dónde lo habrá aprendido.
Mi hermano seguía con la mirada clavada en algún punto situado por encima de mi cabeza, supongo que se sentía en su derecho por las veinte novelas que tenía en sus nalgas fofas. Me estaban entrando ganas de largarme sin decirle el motivo de mi visita, pero pensé que después de la caminata que me había dado sería de tontos, así que le pregunté si le apetecía jugar una partida de ajedrez.
-Eso lleva mucho tiempo -dijo-, y yo ya no tengo mucho tiempo que perder. Podrías haber venido antes.
Debí levantarme y largarme en ese momento, se lo habría merecido, pero soy demasiado cortés y considerado, esa es mi gran debilidad, o una de ellas.
-No lleva más de una hora -dije.
-La partida sí -contestó-, pero a eso habría que añadir la excitación posterior o el cabreo si la perdiera. Mi corazón, sabes, ya no es lo que era. Y el tuyo tampoco, supongo.
No contesté, no tenía ganas de discutir con él sobre mi corazón, así que dije:
-De modo que tienes miedo a morir. Vaya, vaya.
-Tonterías. Lo que pasa es que mi obra aún no está concluida.
Así de pretencioso estuvo, me entraron ganas de vomitar. Yo había dejado el bastón en el suelo, y me agaché a recogerlo, quería que dejara de presumir.
-Cuando morimos, al menos dejamos de contradecirnos -dije, aunque no esperaba que entendiera el sentido de mis palabras. Pero él era demasiado soberbio para preguntar.
-No ha sido mi intención herirte -dijo.
-¿Herirme? -contesté levantando la voz. Era razonable que me irritara-. Me importa un bledo lo poco que he escrito y lo poco que no he escrito.
Me puse de pie y le solté un discurso:
-Cada hora que pasa, el mundo se libra de miles de tontos. Piénsalo. ¿Te has parado alguna vez a pensar en la cantidad de estupidez almacenada que desaparece en el transcurso de un día? Imagínate todos los cerebros que dejan de funcionar, pues es ahí donde se almacena la estupidez. Y sin embargo, todavía queda mucha estupidez, porque algunos la han perpetuado en libros, y así se mantiene viva. Mientras la gente siga leyendo novelas, ciertas novelas de las que tanto abundan, la estupidez seguirá existiendo.
Y añadí, un poco vagamente, lo confieso:
-Por eso he venido a jugar una partida de ajedrez.
Permaneció callado un buen rato, hasta que hice ademán de marcharme, entonces dijo:
-Demasiadas palabras para tan poca cosa. Pero les sacaré partido, las pondré en boca de algún ignorante.
Exactamente así era mi hermano. Por cierto, murió ese mismo día, y no es improbable que me llevara sus últimas palabras, pues me marché sin contestarle, y eso no debió de gustarle nada. Quería tener la última palabra y la tuvo, aunque supongo que habría querido decir algo más. Cuando recuerdo lo que se irritó, me viene a la memoria que los chinos tienen un símbolo en su grafía que representa la muerte por agotamiento en el acto sexual.
Al fin y al cabo éramos hermanos.










Tuesday, June 20, 2017

FOR THIS HEBREW: Elia Casillas


Fetter of my fundamentals

How to exclude it

Flight in my oven

And in its atmosphere of scorpions.

Will I always be a heart chained?
                             
Is there a miracle thread for this wound?
 
Why did God not know me when I saw him?

I can not look at the stars,

His words are buried

In this subversive fire,

And in the theater of thoughts

Bounce with your armchairs,

As orphaned as the water that revives us

In its caiman oasis.

I'm going to immerse myself in the world's flour

I want to lose sight of the boats

And paper cherry,

     I am that wind that the cloud bewitches

And I will not hide,

His hands are more stubborn than ever,

Bark, babosean,

Break this habit of dying

And live on this blue moon

That sensually fills us

Of carnage madness.

The tranquility addresses its murky canutillo

And there are no fasts,

In hell there are also celestial angels

  And temples are devils,

Chronic demons.





POR ESTA HEBRA: Elia Casillas

  

Grillete de mis fundamentos

cómo excluirlo

vuelo en mi horno

y en su atmósfera de escorpiones.
 
¿Seré un corazón encadenado siempre?
                              
¿Hay un hilo milagroso para esta herida?
  
¿Por qué Dios me desconoció cuando lo vi?

No puedo contemplar las estrellas,

sus palabras están sepultadas

en este fuego subversivo,

y en el teatro de los pensamientos

reboto con sus butacas,

tan huérfana como el agua que nos revive

en su oasis de caimanes.

Voy a sumergirme en la harina del mundo

quiero perder de vista los barcos

y la cereza del papel,

soy ese viento que la nube hechiza

y no voy a ocultarme,

sus manos están más tercas que nunca,

ladran, babosean,

rompen este vicio de morirnos

y vivir en esta luna azul

que sensualmente nos colma

de locura carnicera.

El sosiego aborda su canutillo lóbrego

y no hay ayunos,

en el infierno también existen ángeles celestes

 y los templos son diablos,

demonios crónicos.





Friday, June 16, 2017

Ryunosuke Akutagawa




Muerte

Aprovechando la suerte de estar solo en el dormitorio, colgó el cinturón del enrejado de la ventana e intentó ahorcarse. Pero al tratar de introducir el cuello en el cinturón, lo asaltó el miedo a la muerte. No temía el dolor físico que se siente en el instante de morir. Sacó por segunda vez el reloj de bolsillo y decidió hacer la prueba de medir el suicidio por ahorcamiento. Entonces, después de una breve agonía, todo se volvió confuso. Si fuera capaz de superar al menos ese paso, sin duda alcanzaría la muerte. Consultó las agujas del reloj. El sufrimiento había durado más de un minuto y veinte segundos. Las tinieblas reinaban más allá de la ventana enrejada. Pero, de repente, la oscuridad fue quebrada por el canto fogoso de un gallo.



El gran terremoto

Olía como a albaricoques podridos. Caminando entre las ruinas del incendio, percibió ese tenue olor. También pensó que, extrañamente, el hedor de cadáveres putrefactos bajo el calor del sol no era tan desagradable. Ante el estanque donde habían ido apilando los cadáveres, comprendió que en el ámbito de las sensaciones, la expresión «atroz y truculento» no era exagerada. En especial, lo había impresionado el cadáver de un niño de doce o trece años. Mientras lo miraba, sintió algo parecido a la envidia. Las palabras «Los amados por los dioses, mueren prematuramente» surgieron en su mente. La casa de su hermana, quemada. La de su hermano adoptivo, también. Sin embargo, su cuñado, en libertad provisional por haber cometido perjurio…
«Ojalá se mueran todos».
Fue todo lo que se le ocurrió pensar mientras permanecía inmóvil y de pie ante las ruinas de los incendios que siguieron al terremoto.



Almohada

Usando como almohada un escepticismo con olor a hojas de rosa, leía un libro de Anatole France. Pero nunca se dio cuenta de que, dentro de su almohada, había un centauro, una deidad que era medio hombre, medio caballo.


Base Naval 

El interior del submarino era oscuro. Se agachó, rodeado de maquinaria, y echó un vistazo por el periscopio. Vio el paisaje del puerto naval.
—Por ahí tal vez pueda ver un buque, el Kongo —le dijo un oficial.
Mientras contemplaba un buque de guerra en la lente cuadrada, se acordó, sin saber por qué, del perejil. El perejil sobre un bistec de a treinta centímetros el plato. Y de su delicado aroma.



Cuerpo de mujer

Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había un pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.
Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. “Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…”
Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.
En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.
Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado como hizo la pulga.







Thursday, June 15, 2017

Armando Alanís : (A) las rotas


(A)  las rotas
Armando Alanís

Amor por la brevedad, horror a la ociosa acumulación de vocablos, a las amplificaciones, como diría Torri, a la ampulosa palabrería. Eso es lo que encontramos, en primer lugar, en estas ficciones súbitas de Elia Casillas. Pero también sentido del humor, una sutil ironía, a veces no tan sutil, que recorre cada una de las páginas de La (pesca) da; punzadas que atraviesan cada rojo clavel de este racimo de brevedades.
            Una mujer quiso ser pájaro y acabó convertida en gárgola; un ángel cae en casa y alguien deberá pagar los platos rotos; la edad de la prima avanza implacable y ya no será más primavera; tríos y procacidad como en el minicuento “En (verga) dura”, donde el tamaño no importa si la niña aún no tiene edad de pensar en longitudes; juegos de palabras: palabras que se desdoblan, que se multiplican por dos o por tres o por cuatro, según que tan despiertas estén la imaginación y la malicia del lector. Otros textos están cruzados por un aliento poético: se aproximan, son, poemas en prosa. Porque la minificción, sabemos, es un género híbrido, hermafrodita: género posmoderno –y a la vez tan antiguo como las pirámides–, que roza el poema, la estampa, el microensayo, el aforismo. Frases lapidarias, dardos venenosos cargados de ironía cuando no de sarcasmo. 
            El amor, el sexo, ilusorios y recurrentes príncipes azules. En algunos lugares no te atienden si vas con las alas rotas: tendrías que estar muriéndote. Hay hogares donde la pasión desbordada, rompe-vajillas, se torna asesina. No es demasiado grave no ser profeta en tu tierra: lo peor que puede sucederte es que no seas poeta en tu tierra. En “Escribí (  ) entes” la tanga, que separa nalgas, puede también servir de separador en una voluminosa novela de Murakami. Una personaja pierde la uña, achicharrada esta última por la flama de una vela: tragedia doméstica. Otra ve morir a su celular, no importa que lo apriete amorosa entre sus brazos, junto a su pecho: otra tragedia doméstica. El llanto de las mujeres –una de sus más eficaces armas– puede volverse inútil cuando se abusa de él: es un buen recurso, pero un pésimo sistema. En “I (n) existente” se extraña al que nunca se tuvo, o al que se tuvo pero era invisible: el amigo imaginario. Una mujer solitaria cuida de su casa como un perrito chihuahuense. En el paraíso terrenal la culpa no fue de la serpiente sino del amor a primera vista entre Adán y Eva. Un amor fatal: el más fatal de todos.
Quizás uno de los textos de este libro más corrosivos sea el titulado “La negra (en) viuda”: la protagonista confiesa que tuvo nueve maridos y que, gracias a Dios, todos están muertos. Hay, sí, amores que matan. Hay mujeres que matan. Quién sabe por qué, recuerda uno a personajes de la vida real como María Félix, la famosa doña del cine nacional: ¿quién podía resistir a sus encantos? Mató a un marido tras otro: era una viuda negra, como la del microrrelato de Elia Casillas. También hay viudos negros, habría que añadir.
            Si el IMSS es una institución donde es un milagro que te hagan caso y alivien tus heridas, en otros lugares de nuestro país sólo te atienden para matarte. Época violenta es ésta que nos ha tocado en suerte, época sin sentido: por donde quiera, a lo largo y ancho del territorio nacional, aparecen fosas clandestinas, cadáveres que cuelgan de puentes, cabezas cercenadas a la orilla del camino. La tradicional porra, el México, México, ra ra ra, se ha vuelto un canto fúnebre: como el canto del cisne. “Ahora, somos el infierno señalado”. Pero la vida individual continúa en medio de estas turbulencias. Una mujer se sabe dualidad. Dos voluntades libran en su interior batalla a muerte: “mi sentido común funciona de una manera, y mi bestialidad de otra”, grita, desesperada. Es el fin del mundo, el Día del Diluvio: Noé ha construido una barca para salvar a algunos seres humanos y a parejas de animales. Pero su esposa no quiere, por ningún motivo, llevar a su suegra en el arca, porque si no la nueva vida será igual a la que dejan atrás: una no muy recomendable.
            Una minificción o microrrelato no es, para nada, una novela resumida. Tampoco es un cuento reducido a unos cuantos párrafos o palabras. Es una totalidad. Empieza y acaba en unas cuantas líneas. No es síntesis sino plenitud en cápsulas, en comprimidos tanto narrativos como poéticos. Así los textos de  La (pesca) da. Los más largos llegan, a lo más, a la mitad de la página. Pero la mayoría se resuelven en unas cuantas líneas, en un solo párrafo. Conviene advertir que no son textos que podrían desenvolverse hasta llenar páginas y páginas como un rollo de papel higiénico. Son como son: breves y rotundos, definitivos y redondos como las esferas multicolores y luminosas de un pino navideño. Multitud de historias, mujeres insumisas, ángeles con las alas estropeadas, anhelos y frustraciones, placeres y contrariedades… de todo hay como en botica en este volumen de brevedades.
            En “Drama (t) hurga”, un ser femenino que venía a este mundo le dijo a Dios que quería ser ángel. Pero al Creador se le había acabado su provisión de alas, así es que le dio, a cambio, una pluma. Y aquel ser femenino arribó a esta tunda de quebrantos, a esta tragicomedia que es el mundo, para ser escritora: diosa creadora de dramas y comedias. Diosa creadora de tragicomedias. Era, es, seguirá siendo Elia Casillas.








Raúl Renán: Minificciones

La caída

En una concentración de ciudadanos en la plaza pública, un hombre con aire suspensivo desembolsa, furtivo, un libro menudo como él. Lo abre y lee para sí. Lo que lee se refleja en sus reacciones: las quijadas trabadas, el puño apretado, el color encendido del rostro, cierto intento de levitación. De pronto, un ventarrón sopla entre la multitud ciega y sorda, azota las páginas del libro con un hojeo brusco y hace volar todas las palabras abandonándolas a su peso sobre la multitud. Los extraños volantes van cayendo y cada ciudadano, como si fuera su designio, recibe del aire su palabra. Todos los puños blanden sus palabras contra el hombre del poder que desde el balcón del palacio cae palabreado, múltiplemente muerto.


El cuerpo del delito

El cadáver yacía en posición decúbito dorsal, al pie de uno de los estantes de la biblioteca. Junto a su cabeza se halló un libro llamado Diccionario de la Lengua Española con todas las hojas en blanco. El cuerpo estaba sepultado bajo una montaña de palabras, mismas que le sirvieron de oración fúnebre.


El doble

El rostro del hombre, uno solo en su juventud, va separando sus rasgos en dos gestos que finalmente perfilan un par de rostros de un ojo cada uno y diferentes del primero que los generó: marca de nuestro linaje en doble máscara. Últimos hijos del hombre nacidos viejos.


Bálsamo de mis heridas

Se están hundiendo las arrugas. Cede vencida la piel al filo incisivo del tiempo. Y penetrará, penetrará convertido en muerte. Los afeites quisieron disimular las cisuras. Sólo podrá cubrirlas el bálsamo para retrasar la descomposición.


Pan

Partí el pan que colmaba la cuenca de mi plato y en su entraña encontré el levantamiento de mi humanidad que sacia su hambre, el amor de mis semejantes puesto en la espiga, y el ascenso del olor hacia la desaparición, como toda forma del tiempo.









Wednesday, June 14, 2017

Raúl Renán




  

Poema del poema

El poema
no sabe
ni sospecha
la frente
en que caerá
después de muerto.
La vida
es un responso
a flor
cerrada.

Un verso 
clavado
en la espesura
es señal de
presa ambigua.
No hay figura
que entrañe.
El poema
mira
por todos
lados
con sus
ojos de mosca
y no caben
en sí
sus visiones.
Estoy de él
cubierto
por su saliva
y tatuado
por todos
sus versos,
así me miran
los que leen.

Cuando
su cuerpo
se llena
de versos
como agujas
de erizo,
pican la lengua
al memorioso.
En los libros
manchan
las páginas
junto a las flores
marchitas
que indican
las caídas
fatales.
La espera
de los versos
es picata menuda
servida
en plato
plano
pero enriquecedor.


En lugar
del papel
prefiero guardar
mi poema
en el bolsillo,
entre mis monedas
baratas.
Pagar con él
a la puerta
del Inferno
para no
pasar.

Mi poema
está escrito
en la palma
de mis orejas
montadas
con rimas
en M.

Oigo
trinar
unos versos –
los percibo
solos
haciendo lo suyo
verbal— cantar
para sobrevivir—
en la operación
de la suma
el resultado
es Poema
vivencia
a cuentaversos
de laúd.
           
                                




El antepasado
antes de llegar con
la maledicencia
no dicha aún.

La maledicencia
antes de traer su
hueso de eslabón
carbón de piedra
angular indócil

Fósil de verbo erguido
a pesar de su mortalidad
Mitad líquido duro
mitad la otra –
blanda por su madurez

Un pez lo subraya
Agaya de un colazo
impulsado por la alegría
de ser acuático—Ático
arriba la naturaleza
rodea a quien tiene a
su alcance—Lance de
puro cambio de golpe
sin aviso previo al
trueno—Bueno es
el rayo contiguo al
derrumbe—Zumbe
el ave del paraíso
en su viaje al
infierno– Tierno el
recién acontecido asombro
en la tierra lo es a simple
vista—Pista de más para
entender que ayer me vi
comiendo de frente al
único prójimo exacto a mí

Lamí mis dedos y tatué
sobre mis rodillas la gloria
de ser gemelas mis andanzas
Lanzas ecuestres trotan
para caer en el blanco que
las espera con el ojo inmóvil

No vil despoja de tal
instinto el ventarrón
que te arrastrará
al inframundo
Inmundo fuego blanco
no quema mengua
el cuerpo cual si fuera la materia
Feria de lo azul abismal
donde viven las ideas irreales
males acaso bienes
intensos del mismo
hálito y sus evoluciones
fulgurantes—Antes
del después el Diablo
da de sí
carbones azules.
                                               



Aventura del dedo gordo
[Fragmento]

Ahí
estás
en ellas
confundido
y eres breve
apagado
sin qué hacer
sin luz
ni habla
clara
para verse
y decir
¡oh!
cuelgo
apéndice
débil
¿algo más
para el hueco
los huecos
de mi nariz
y restantes?
No hay
dirección
rodear
la rama
nada más.




De De las queridas cosas (1982)

Neosonetos


Soneto para rima izquierda
Soneto a la cáscara de la naranja
Soneto en tres términos
Soneto monorrimo
Soneto ruido
Soneto Blas


Soneto para rima izquierda

Carcomida pasión impuso
marino con la mar adentro,
salino el verso de su oleaje,
barco que en abordaja queda

parco, sin vigía, con el am-
barino timbre de sirena,
al tino con la que nos llama:
marco de trépido durmiente.

Iremos de la mano de Neptuno,
callado el tiempo, casi ronco el yodo.
Viremos contra el haz de la tormenta,

llamado que obedece porque abrasa.
Tiremos de los hilos horizontes,
flamado el sol, quemada la ceguera.


Soneto a la cáscara de la naranja

Para Pierre Alechinsky
Cintillo amargo,
venda que envuelve
la sin embargo
dulce que absuelve

borla de azúcar.
Tantas mordidas
succionan su car-
ne de amor. Midas

cambia sus oros
por el de jugo
que arde en los coros

del limbo. ¿Plugo
a dios tesoros
como este yugo?



VI

Sin los brillos del oro de tus dientes
alumbras luces ciegas, Auro Lelio.
Un solo rasgo al poeta le ha bastado:
quemar los siglos.

IX

Lisonja canta un himno a la belleza
de mi nariz tronchada y mi joroba
y elogia el heroísmo de mi tumba:
incienso inútil.

X

Del cordel del amor la torcedura
tiene el odio enhilado entre la trama,
igual que en el andamio de la rama
la alterna altura.

XIII

En el túnel del ojo los fantasmas
derraman sus plegarias, casi flores.
Ayuntan confundidos con los sueños
que hablan callados.