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Tuesday, May 23, 2017

Mi Venezuela querida: Elia Casillas


   Mi Venezuela querida: recuerdo el café,  porque para mí, el café es un ritual, o porque tal vez, hago de el café un acontecimiento, no un rito común, sino un ritual divino. Había que ir a comprarlo a la Sabana Grande, un centro comercial parecido en aquél entonces, a la Zona Rosa de México. El local, era un lugar pequeño, pero se daba el lujo de tener a la venta el café y galletas, unas cuantas mesas le daban una gran personalidad al sitio. Ana de Moreno, su hija Jesica, Gabriela y yo íbamos a las tiendas, a veces, comprábamos, otras no. Los zapatos eran bellos y hechos en Caracas, también los jeans. Pero nuestro paraje preferido era la cafetería, yo compraba un kilo de café y varias bolsas con galletas, hechas por gente de la localidad. Al principio, mi única compañera en el café era Jesica, creo que tenía como dos o tres años, pero su olfato era fantástico, en cuando el aroma a café le llegaba, ella no dejaba en paz a Ana para que la llevara a mi departamento. Dicen que  la Sabana Grande ya no existe, o existe poco, igual que acá con la Zona Rosa. Seguido explotaban bombas y nos pedían que tuviéramos cuidado, ya que éramos extranjeros, sobre todo, que no lleváramos joyas puestas. Cuando Ana y Jesica llegaban, yo iba a servir las tazas con el café, ponía las galletas y empezábamos a platicar, los hermanos de Ana, Ramón Ramírez y Nicolás (seleccionados del fútbol de México) eran un tema inagotable, ella los ama, aunque Ramón siempre veló por todos, Nicolás también, pero, Ramón fue más famoso o tal vez, era el que más me gustaba a mí como jugador. En aquel tiempo, pertenecía al Club Chivas del Guadalajara. Él era medio campista, Nicolás delantero, creo.  El esposo de Ana; Jesús Moreno, es el segundo lanzador de un juego perfecto en la Liga Mexicana del Pacífico, por decir algo, ya que hizo una gran carrera en el béisbol de las dos ligas mexicanas. Vivíamos en los Departamentos Las Taparitas, el mío daba a una pequeña selva, así que las tardes lluviosas eran fenomenales en la terraza, el café era el mismo, pero la nostalgia cambia todo, hasta el mejor sabor, sabe a tristeza si uno piensa en su tierra. Cada día, nos trasladábamos a Catia la Mar, el pequeño puerto donde jugaban ellos (los maridos). Desde las montañas donde se encuentra Caracas, bajábamos por túneles al puerto, lo mismo hacíamos de regreso, pero ahora en subida. Al chofer del equipo y a los jugadores venezolanos les gustaban las canciones rancheras, y una vez, bailamos para ellos, ahí, en el camión, de vuelta a la capital. Las Taparitas estaban casi en el centro de la ciudad, de ahí que, salir a divertirnos no era costoso, eso sí, una vez encontramos un restaurante de comida mexicana y nos sacaron un realero (moneda venezolana: bolivar), debí decir bolivalero. La gente, inmediatamente nos reconocía por el acento, ellos quieren a nuestra cultura y saben tanto o más, del modo de vivir nuestro. El café (volviendo a la taza), era venezolano, el ritual de nosotros, y todas las tardes lo hacía a la hora que Jesica estaba despierta, no me iba a tomar yo sola tremenda jarra sin nuestras memorias, sin la familia que una vez me dio el béisbol y que aún conservo entre tanto relato, de esos que almacena el cerebro, de esos que nos pican de vez en vez.





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