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Friday, May 19, 2017

LA ADOPCIÓN: David Slodky Kafkale



Algo hubo en el ring del teléfono que le hizo presagiar la llamada que tanto esperaba.
-¿Dra. López? Ha llegado su bebé. ¿Puede pasarse por el Centro de Adopción?
Necesitó tomarse un tiempo para poder responder. Se dio cuenta que estaba temblando. Escuetamente, dijo:
-Sí, ya mismo.
Por fin, después de tanta espera y desespera, de tanta sala y antesala, de tanto persevera y triunfarás, de tanto Dios sabrá por qué, de tanto ilusionarse, desilusionarse, convencerse, dudar, confiar, desconfiar, soñar, anhelar, aguardar, consumirse…
Hacían ya tres años de la primera entrevista en el Centro de Adopción. Habló con el Juez, se sometió a todos los estudios psicológicos y ambientales, respondió todas las preguntas. ¿No sería para tapar su soledad, para conseguir alguien que la acompañara en la vejez que ya se podía avizorar? Ella no podía responder por sus motivaciones inconscientes, pero lo que podía asegurar era que tenía muchos deseos de criar, de educar, de ser mamá. Y seguramente habría un ser desvalido que necesitaría ser criado, educado, amado… ¿Varoncito o mujercita? Lo que le tocara. ¿Bebé o niñito? Lo que le tocara. Dios sabría.
El informe de la psicóloga del Centro de Adopción fue negativo. No podría darle a ese hijo la imagen paterna que tanto necesita un niño para desarrollarse. Era soltera, vivía sola, su único hermano residía a más de mil kilómetros, su padre hacía tiempo había fallecido… Su psicólogo -al que justamente había consultado apenas esa idea comenzara a germinar en su cabeza- elevó un contrainforme. No sólo se estaba negando el derecho de esta mujer a ser madre, sino el derecho de un niñito a ser inscripto en el amor y la dedicación a él. ¿No era mejor un niño criado con amor por su madre, aún sin padre, que un niño “institucionalizado”? El informe de la Asistente Social fue positivo. Tenía una gran ternura para dar; y a pesar de trabajar muchas horas por día tenía todo perfectamente organizado para cubrir las necesidades afectivas y materiales del hijo que adoptara… Por fin, un día el Juez dio el sí, pero había una numerosa lista de espera.
Pasó aún mucho tiempo.
-¿Dra. López? Ha llegado su bebé. ¿Puede pasarse por el Centro de Adopción?
Fue. El temor acrecentaba el peso de sus 50 años. Se lo mostraron de lejos: estaba almorzando con todos los chiquitos internados, calladamente. “Tiene dos años. Su madre lo acaba de entregar. Hay chicos mucho más lindos, parece medio tardito…”. “Es el que llegó. Dios así lo dispuso y yo lo acepto.”
Rápidamente, se lo entregaron en forma provisoria.
Quizcudo, bien morochito, la miraba en silencio desde sus grandes ojos marrones, sentado a su derecha mientras ella manejaba el coche con el que se desplazaban por la ciudad. Fueron a un Supermercado a comprar ropita. Lo llevó en el changuito. “¿Te gusta pasear en este autito?” Un hosco silencio le respondió. Por más morisquetas y regalos que intentara, no logró arrancarle ni una sonrisa. Ya al pagar, la cajera -que la conocía y sabía de su espera- la felicitó y le dijo: “Pero tenga cuidado con el perro, suelen ser muy celosos. En una de esas va a tener que elegir entre el perro y el chico”.
Mientras iban en el auto a casa, una angustia opresiva la invadía: sí, recién lo pensaba. Había leído sobre casos tremendos. ¡Cómo arriesgarse! Tendría que conseguirle otra casa a Toro. Seguramente alguien lo querría: tan noble, tan guardián, tan fiel. ¡Pero qué ingrata era! Toro había sido su única compañía, el único que durante años la esperara, la celebrara, la cuidara… ¡Tanto amor, tanto celo, tanta devoción! Y ella ahora, “como a un perro…”. Pero no tenía opción.
Cuando llegaron a casa, atinó sin embargo a realizar lo que le pareció una prueba sensata: ubicado el niñito en la cama-cuna con barrotes, hizo entrar del patio al animal. Con ella como vigilante testigo, el perro y el niño protegido por los tirantes de madera se miraron durante tensos segundos. De golpe, el ovejero dio la media vuelta y volvió al patio.
“No lo acepta…” -se dijo la Dra. López.
Segundos después, Toro volvía con algo en sus enormes fauces. Antes que ella atinara a nada, se paró en dos patas sobre el travesaño de la cama y depositó su convite a los pies del pequeño, retirándose luego unos trancos, moviendo la cola y mirando al chiquillo atentamente. En silencio, con el ceño fruncido, el niño cogió la pelota, miró al animal y la arrojó después de unos segundos. El ágil manto negro la barajó en el aire, para repetir de inmediato la maniobra. El niño distendió su entrecejo. Cogió nuevamente la pelota y volvió a tirarla. Con una cabriola en el aire Toro la barajó nuevamente. Una carcajada sacudió los mofletes paspados del pequeño.
Dos lágrimas corrían por las mejillas de la Dra. López.





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