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Wednesday, May 31, 2017

#FemicidioEsGenocidio (Fuerza Artística de Choque Comunicativo)

Elia Casillas: POR ESTA HEBRA



Me escucho en cada fragmento de esa larga

letanía,

los labios aún tienen el escalofrío de la espalda,  

en las entrañas está madurando una hoguera,

es hora de afinar el vientre

y de montar un cielo de Alondras
 
a la sombra de Dios.    

Arrinconó en las manos su hebra,

sus aristas son desliz

y quitapesares,  

hunde los dedos en mi nostalgia

y se complace con disparar mensajes

que roba a la ternura.

El polvillo de mi poesía se desliza en el

    sombrero

y donde circulo, nacen

y se rompen los espejos que nada reflejan.

¿Por qué? 

Del cielo aún caen sentencias –dicen-

y el juicio jamás será de nosotros,

tampoco el café domará las horas,

la inquietud habita con su pájaro homicida

y no soy árbol,

el corazón está de pie –creo-

porque Dios nunca se equivoca    

y usted es franquicia de ángeles tristes

que riegan lágrimas por donde cruza.

Navega el llanto en una gota invisible, 

he olvidado la sal de mis ojos 

y la devoción hiriente,

tengo las pupilas suspendidas

en la red incandescente de tus labios

junto a la sábana que emboba al broche,

y en las tinieblas brindo con las sienes

perfumadas,

la fantasía hace tempestades en el aire, 

tu beso acaricia una nube

y desata un chubasco.

Arrancas el sueño de mi esqueleto

y las uñas laceran las oraciones

que arrinconaste en el pulso,


para que me desnudaran.



POR ESTA HEBRA


[Fragmento]






Tuesday, May 30, 2017

Amor loco: André Breton

  

Querida Ecusette de Noireuil: En la hermosa primavera de 1952 cumplirás dieciséis años y tal vez te sentirás tentada de hojear este libro, del que me gusta pensar que eufónicamente el título te será traído por el viento que inclina los espinos blancos... Todos los sueños, todas las esperanzas, todas las ilusiones bailarán, espero, día y noche, a la luz de tu cabellera, y yo sin duda ya no estaré allí, yo que sólo desearía estar para verte. Los caballeros misteriosos y espléndidos pasarán raudos, en la hora del crepúsculo, a lo largo de los cambiantes riachuelos. Bajo ligeros velos verdes de agua, con un peso de sonámbula, una doncella se deslizará bajo las altas bóvedas, donde parpadeará una sola lámpara votiva. Pero los espíritus de los juncos, pero los gatos minúsculos que fingen dormir en las sortijas, pero el elegante revólver de juguete perforado por la palabra “Baile” evitarán que tomes estas escenas por el lado trágico. Sea cual fuere la parte nunca bastante hermosa, u otra cualquiera, que te sea dada, no pudo saberlo, te agradará vivir, esperarlo todo del amor. Ocurra lo que ocurra hasta que puedas leer esta carta — parece que lo que debe ocurrir es lo imprevisible—, déjame pensar que tú entonces estarás dispuesta a encamar esta potencia eterna de la mujer, la única ante la cual me he inclinado. Que tú acabes de cerrar un pupitre sobre un mundo de fantasía color azul cuervo, o que te destaques, con la excepción de un ramillete que llevas en el talle, como una silueta solar en el muro de una fábrica — me hallo lejos de esta seguro acerca de tu porvenir—, déjame creer que estas palabras: “El amor loco” serán las únicas que tendrán relación con tu vértigo. Estas palabras no cumplirán su promesa porque sólo te esclarecerán el misterio de tu nacimiento. Hace mucho tiempo pensé que la peor locura era dar la vida. En todo caso, estaba resentido contra los que me la habían dado. Es posible que tú m e detestes ciertos días. Por esto he escogido contemplarte a los dieciséis años, edad en que no puedes detestarme. ¿Contemplarte, he dicho? ¡Oh, no! Sólo tratar de ver con tus ojos, de mirarme con tus ojos. Niña mía que sólo tienes ocho meses, que sonríes siempre, que estás hecha a la vez como el coral y la perla, entonces sabrás que todo azar ha sido rigurosamente excluido de tu llegada, que ésta ha ocurrido a la misma hora en que debía ocurrir, ni más tarde ni más temprano, y que ninguna sombra te esperaba encima de tu cuna de mimbre. Hasta la gran miseria que era y es la mía, se calmaba durante algunos días. Por otra parte, no estaba enojado contra esta miseria: aceptaba tener que pagar el rescate de mi no esclavitud perpetua, del derecho que yo mismo me había otorgado una vez por todas de no expresar más ideas que las mías. No estábamos tan... Ella pasaba a lo lejos, muy embellecida, casi justificada, un poco como en esto que se ha llamado, referido a un pintor que fue uno de tus primeros amigos, la época azul. Ella aparecía como la consecuencia casi inevitable de mi rechazo a pasar por donde casi todos los demás pasaban, fuesen de un bando o de otro. Esta miseria, hayas o no hayas tenido tiempo de detestar, piensa que sólo era el reverso de la milagrosa medalla de tu existencia: menos brillante, sin ella, hubiese sido la Noche del Tornasol. Menos brillante porque el amor no hubiese tenido que desafiar todo lo que desafiaba, porque no habría tenido, para vencer, que contar en todo y para todo en sí mismo. Tal vez esto era una terrible imprudencia, pero era justamente esta imprudencia más bella joya del escriño. Más allá de esta imprudencia lo único que quedaba era cometer otra mayor: la de hacerte nacer, aquélla de la cual eres el aliento perfumado. Era necesario que a lo menos, entre una y otra, fuese tendida una cuerda mágica, tendida hasta romperse sobre el precipicio para que la belleza fuese a arrancarte como una imposible flor aérea, ayudándose con su único contrapeso de volatinero. ¡Ojalá llegue el día en que te complazca pensar que eres esta flor, que has nacido sin ningún contacto con el suelo desgraciadamente no estéril de lo que se ha convencido en llamar “los intereses humanos”! Surgiste del sólo centelleo de lo que fue bastante tarde para mí el resultado de la poesía a la que me había entregado en mi juventud, de la poesía a cuyo servicio he continuado, con desprecio por todo lo que no fuese ella. Te has encontrado allá como por encanto, y si alguna vez descubres una huella de tristeza en estas palabras que por primera vez dirijo sólo a ti, puedes decirte que este encanto prosigue y proseguirá formando uno contigo, que está obligado a soportaren mí todos los desgarramientos del corazón. Siempre y mucho tiempo, las dos grandes palabras enemigas que se enfrentan desde que se trata del amor, no han cambiado nunca más ciegas estocadas que hoy por encima de mí, en un cielo todo entero igual que tus ojos, cuyo blanco es todavía tan azul. De estas palabras, la que lleva mis pabellones, incluso si su estrella palidece en esta hora, incluso si debe perder, es siempre. Siempre, como sobre la arena blanca del tiempo y por la gracia de este instrumento que sirve para contarlo, pero sólo hasta aquí te fascina y te sitia de hambre, reducido a un hilillo de leche sin fin fluyendo de un seno de cristal. Hacia todo y contra todo, yo habría mantenido que este siempre es la gran llave. Lo que yo he amado, lo haya conservado o no, lo amaré siempre. Como tú estás llamada a sufrirlo también, yo quisiera, al terminar este libro, explicarte. He hablado de cierto “punto sublime” en la montaña. Nunca se trató de establecerme allí. A partir de aquel momento, por otra parte, hubiera dejado de ser sublime y yo de ser hombre. A falta de poder razonablemente fijarme allí, por lo menos nunca me he alejado hasta perderlo de vista, hasta no poderlo mostrar. Yo había escogido ser este guía, me había obligado, por consiguiente, a no enajenarme ese poder que, en la dirección del amor eterno, me había hecho ver y concedido el privilegio más raro de hacer ver. Nunca me lo he enajenado, nunca he cesado de estar unido a la carne del ser que amo y de la nieve de las cumbres cuando sale el sol. Del amor sólo he querido conocer las horas de triunfo, cuyo collar te coloco y cierro. Estoy seguro de que comprenderás qué debilidad me ata a la perla negra, la última, qué suprema esperanza de conjuro he puesto en ella. No niego que el amor tenga que trenzarse con la vida. Digo que debe vencer y para esto haberse elevado a una tal conciencia poética de él mismo que todo lo que encuentre necesariamente hostil se funda en la hoguera de su propia gloria. Por lo menos esto hubiera sido permanentemente mi gran esperanza, a la cual nada arrebata mi incapacidad, a veces, de estar a su altura. Si alguna vez se ha comprometido con otro, me aseguro de que éste no te toque de menos cerca. Como he querido que tu existencia conociera esta razón de ser que yo había pedido a lo que era para mí, en toda la extensión de la palabra, la belleza, en toda la extensión de la palabra, el amor — el nombre que te doy al principio de esta carta no da sólo cuenta encantadoramente, bajo la forma anagramática, de tu aspecto actual, ya que, mucho después de haberlo inventado para ti, advertí que las palabras que lo componen me habían servido para caracterizar el aspecto mismo que había tomado para mí el amor: esto debe ser la semejanza—, he querido aún que todo lo que yo esperaba del acontecer humano, todo lo que según creo hace que valga la pena luchar para todos y no para uno, dejó de ser una manera formal de pensar, cuando sería la más noble, para compararse con esta realidad en acontecer viviente que eres tú. Quiero decir que temí, en una época de mi vida, verme privado del contacto necesario, del contacto humano con lo que existiría después de mí. Después de mí... Esta idea continúa extraviándose, pero se vuelve a encontrar maravillosamente en un cierto ademán que tú tienes como (y para mí sin cómo) tienen todos los niños pequeños. He admirado tanto, desde el primer día, tu mano. Revoloteaba, dejándolo casi inane, alrededor de todo lo que yo había tratado de edificar intelectualmente'. ¡Esta mano es cosa insensata, y me apiado de los que no han tenido ocasión de adornar con ella la más hermosa página de un libro! Súbita indigencia de la flor. Basta examinar esta mano para pensar que el hombre vuelve irrisorio lo que cree saber. Todo lo que comprende ella es que está verdaderamente hecha, en todos los sentidos, para lo mejor. Esta ciega aspiración hacia lo mejor bastaría para justificar el amor tal como yo lo concibo, el amor absoluto, como único principio de selección física y moral que puede responder de la no vanidad del testimonio, de la jomada humana. Soñaba con esto, no sin fiebre, en septiembre de 1936, solo contigo en mi famosa casa inhabitable de sal grema. Soñaba con esto en el intervalo de los periódicos que relataban, más o menos hipócritamente, los episodios de la guerra civil española, de los periódicos detrás de los cuales tú creías que yo desaparecería para jugar contigo al escondite. Y esto era también verdad, porque en tales minutos el inconsciente y el consciente, bajo tu forma y la mía, existían en plena dualidad uno cerca del otro, se mantenían en una ignorancia total uno del otro, y sin embargo, se comunicaban por medio de un solo hilo todopoderoso que era entre nosotros las miradas que cambiá­bamos. Ciertamente, mi vida pendía de un hilo. Grande era la tentación de ir a ofrecerla a los que, sin error posible y sin distinción de tendencias, querían, costase lo que costase, acabar con el viejo “orden” fundado en el culto de esta trinidad abyecta: la familia, la patria y la religión. Y sin embargo, me retenías con este hilo que es el de la felicidad, tal como se transparenta en la trama de la desgracia misma. Yo amaba en ti a todos los niños de los milicianos de España, semejantes a los que vi correr desnudos en los barrios de pimienta de Santa Cruz de Tenerife. ¡Que al sacrificio de tantas vidas humanas pueda hacer de ellos, un día, seres felices! Y sin embargo, no me sentía con valor de exponerte conmigo para contribuir a que esto fuese. ¡Ante todo, que la idea de familia sea enterrada! Si he amado en ti la realización de la necesidad natural, es en la medida exacta en que en tu persona ha sido por completo semejante a lo que era para mí la necesidad humana, la necesidad lógica, y en que la conciliación de estas dos necesidades siempre se me ha ofrecido como o la única maravilla al alcance del hombre, como la única oportunidad que tiene de escapar de vez en cuando de la maldad de su condición. Has pasado del no ser al ser en virtud de uno de estos acordes realizados que son los únicos para los cuales me ha complacido tener una oreja. Eres dada como posible, como cierta en el momento mismo en que, en el amor más seguro de sí mismo, un hombre y una mujer te querían. ¡Alejarme de ti! Me importaba demasiado, por ejemplo, oírte un día contestar con toda inocencia a esas preguntas insidiosas que los mayores hacen a los niños: “¿Con qué se piensa, se sufre? ¿Cómo se ha sabido su nombre, a la luz del día? ¿De dónde viene la noche?” ¡Como si pudieran decirlo ella mismas! Siendo la criatura humana, para mí, perfecta en su autenticidad, tú debías, contra toda verosimilitud, enseñármelo... Deseo que seas locamente amada.


 Breton, André,

El amor loco, México, ed. Joaquín Mortiz, 1975.


[Fragmento]





Monday, May 29, 2017

This love song... Elia Casillas


 This love song is not for you. I could be your guitar but I'm not wood, see, the nails are blue when I sleep and almost dawn. I no longer want to hear: the roosters only remind me of your voice, the neurasthenia of your day, my doubts. Now that I think, this sheet is a farewell, even if it does not have your name, take what belongs to you. This leaf is a spark opening fire, it's a safe penalty: cornered. ¿Why do not I take off? ¿Why does this sick body have burning thighs? My song is a sweetness alone, it is an inconsolable poem, it is the malignancy  rooted in the neglect of days. This dew, not what comes out of my fingers enchants, ¿why the sigh has its own life?



 2/5/2017









Vincent Van Gogh-La Pincelada de un Genio

Saturday, May 27, 2017

Una zona sagrada: Carlos Fuentes



Las sirenas no le cantaron. La nave perdida pasó en silencio frente a las islas encantadas; la tripulación sorda imaginó esa tentación. El jefe amarrado dijo haber escuchado y resistido. Mintió. Cuestión de prestigio, conciencia de la leyenda. Ulises era su propio agente de relaciones públicas. Las sirenas, esa vez, solo esa vez, no cantaron: la vez que la historia registró su canto. Nadie lo sabe, porque esas matronas de escamas y algas no tuvieron cronistas; tuvieron otros auditores, los fetos y los cadáveres. Ulises pudo pasar sin peligro, Ulises solo deseaba protagonizar antagonizando: siempre, el pulso de la agonía; nunca, el canto de las sirenas que solo es escuchado por quienes ya no viajan, ya no se esfuerzan, se han agotado, quieren permanecer transfigurados en un solo lugar que los contiene a todos.






Pedro Páramo, película de Carlos Velo [español]

Thursday, May 25, 2017

La Dama Oval: Leonora Carrington



Una dama muy alta y muy delgada se hallaba de pie delante de su ventana. La ventana era también muy alta y muy delgada. El rostro de aquella dama era pálido y triste. Permanecía inmóvil y nada se movía cerca de la ventana, excepto una pluma de faisán que llevaba prendida en sus cabellos. Aquella temblorosa pluma atraía mi mirada. ¡Se remecía tanto en aquella ventana donde nada se movía! Era la séptima vez que yo pasaba por delante de la mencionada ventana. La dama triste no se había movido y, a pesar del frío que hacia aquella tarde, me detuve. Tal vez los muebles eran tan altos y delgados como ella junto a su ventana, y tal vez el gato (si es que había uno) respondía también a tales elegantes proporciones. Yo deseaba saber, era presa de curiosidad y de un irresistible deseo de entrar en la casa simplemente para cerciorarme. Antes de caer en la cuenta de lo que hacía, me hallaba en la entrada. La puerta se cerró sin ruido detrás de mí, y por primera vez en mi vida me hallé en una verdadera mansión aristocrática. Era sobrecogedor. Primero, el silencio era tan distinguido que apenas me atrevía a respirar; luego, los muebles y los objetos de adorno eran de una elegancia suma. Cada silla era por lo menos dos veces más alta que las sillas corrientes y mucho más angosta. Para aquellos aristócratas, hasta los platos eran ovales y no redondos como los que usa todo el mundo. En el salón donde se hallaba la Dama Triste el fuego brillaba en la chimenea y había una mesa llena de tazas y pastelillos. Cerca de las llamas, una tetera esperaba tranquilamente que su contenido fuese bebido.
Vista de espaldas, la Dama parecía aún más alta: tenia, a lo menos, tres metros de altura. El problema era éste: ¿cómo dirigirle la palabra? ¿Decirle que hacia un tiempo de perros? Demasiado trivial. ¿Hablar de poesía? ¿De qué poesía?
– Señora, ¿le gusta a usted la poesía?
– No. Detesto la poesía -me contestó con una voz de fastidio, sin volverse hacia mí.
– Beba una taza de té; esto la tranquilizará.
– No bebo, no como. Lo hago para protestar contra mi padre, ese cochino.
Tras un cuarto de hora de silencio, ella se volvió y quedé sorprendida al advertir su juventud. Debía tener unos dieciséis años.
– Es usted muy alta para su edad, señorita. Cuando yo tenía dieciséis años, mi estatura era la mitad de la suya.
– ¡Me importa un cuerno! De todos modos, sírvame un poco de té, pero no lo diga a nadie. Tal vez tome uno de esos pastelillos, pero recuerde sobre todo que no debe decir nada.
Comió con un voraz apetito. Antes de engullir el vigésimo pastelillo, me dijo:
– Aunque me muera de hambre, él no ganará nunca. Desde aquí veo el cortejo fúnebre con sus cuatro gordos y relucientes caballos…, marchando lentamente, y mi pequeño ataúd blanco en medio de una nieve de rosas rojas. Y la gente llorando, llorando…
Tras una corta pausa, continuó, sollozando:
– ¡Aquí está el pequeño cadáver de la bella Lucrecia! Y, una vez muerta, ¿sabe usted?, no hay nada que hacer. Tengo deseos de matarme de hambre, sólo para jeringarlo. ¡Qué cerdo!
Dichas las anteriores palabras, salió lentamente de la estancia. La seguí.
Al llegar al tercer piso, entramos en una inmensa habitación destinada a los niños, donde, esparcidos por todas partes, se velan centenares de juguetes descompuestos y rotos. Lucrecia se acercó a un caballo de madera inmovilizado en actitud de galope, a pesar de su edad, que debía frisar en los cien años.
– Tártaro es mi preferido -dijo ella, acariciando el belfo del caballo-. Detesta a mi padre.
Tártaro se meció graciosamente sobre su balancín mientras yo me preguntaba cómo podía moverse solo. Lucrecia lo contempló, pensativa y unidas las manos.
– Irá muy lejos de esta manera -dijo-. Y cuando regrese, me contará algo interesante.
Al mirar hacia fuera, advertí que nevaba. Hacía mucho frío pero Lucrecia no se daba cuenta de ello. Un ruidito en la ventana llamó su atención.
– Es Mathilde -dijo-. Hubiera tenido que dejar abierta la ventana. Por otra parte, una se ahoga aquí.
Tras eso, rompió los cristales y la nieve entró junto con una urraca que, volando, dio tres vueltas por la habitación.
– Mathilde habla como nosotros; hace diez años le partí la lengua en dos. ¡Qué hermosa criatura!
– ¡Hermosa criatura! -graznó Mathilde, con voz de bruja-. ¡Hermooosa crrrriaturrrrra!
Mathilde se posó en la cabeza de Tártaro, que continuaba balanceándose dulcemente, cubierto de nieve.
¿Has venido para jugar con nosotros? -preguntó Lucrecia-. Estoy contenta, porque me aburro mucho aquí. ¿Y si imagináramos que todos nos hemos convertido en caballos? Yo voy a transformarme en caballo con nieve; esto será más verosímil. Tú, Mathilde, también eres un caballo.
– ¡Caballo! ¡Caballo! ¡Caballo! -graznó Mathilde, bailando histéricamente sobre la cabeza de Tártaro.
Lucrecia se arrojó a la nieve, que ya tenía mucho espesor, y se enroscó dentro de ella, gritando:
– ¡Todos somos caballos!
Cuando se levantó el efecto era extraordinario. Si yo no hubiese sabido que era Lucrecia, hubiera jurado que se trataba de un verdadero caballo. Era tan bello, de una blancura tan cegadora, con sus cuatro finos remos como agujas y una crin que caía en torno a su larga cara como si fuese agua. Reía, alegre, bailando locamente en la nieve.
– ¡Galopa, galopa, Tártaro! Pero yo seré más veloz que tú.
Tártaro no cambiaba de velocidad, pero sus ojos centelleaban. Sólo se velan sus ojos, porque estaba cubierto de nieve.
Mathilde chillaba y se golpeaba la cabeza contra los muros. Yo bailaba una especie de polka para que el frío no se apoderase de mi cuerpo.
De pronto, advertí que la puerta estaba abierta y que en el umbral se encontraba una vieja. Estaba allí seguramente desde hacía mucho rato, sin que yo hubiese reparado en ella. La vieja miraba a Lucrecia con ojos fijos y perversos. De repente, temblando de furor, gritó:
– ¡Deteneos! ¿Qué es eso? ¡Vaya, señoritas! Lucrecia, ¿no sabe usted que este juego está estrictamente prohibido por su padre? ¡Ridículo juego! Ya no es usted una chiquilla.
Lucrecia bailaba moviendo peligrosamente sus cuatro piernas cerca de la vieja, al tiempo que lanzaba penetrantes carcajadas.
– ¡Deténgase, Lucrecia!
La voz de Lucrecia era cada vez más aguda, se desternillaba de risa.
– Bueno -dijo la vieja-. ¿No me obedece usted, señorita? Bueno. Entonces, lo lamentará. Voy a conducirla ante su padre.
Tenía una mano oculta detrás de su espalda, pero con una rapidez insólita en una persona tan anciana, saltó sobre Lucrecia y le puso el freno en la boca. Lucrecia se lanzó al aire, relinchando de rabia, pero la vieja no se apeó. Seguidamente, nos agarró a mi por los cabellos y a Mathilde por la cabeza, y los cuatro nos vimos lanzados a una furiosa danza. En el corredor, Lucrecia empezó a cocear y rompió cuadros, sillas y jarrones de porcelana. La vieja estaba pegada a la espalda de Lucrecia como un molusco a la roca. Yo estaba llena de heridas; creí muerta a Mathilde: colgaba lamentablemente de la mano de la vieja como un trapo.
En medio de una verdadera orgía de ruidos, llegamos al comedor. Sentado al extremo de una larga mesa, un anciano caballero, más semejante a una forma geométrica que a otra cosa, terminaba de comer. Bruscamente, una calma absoluta se estableció en la habitación. Lucrecia miró a su padre con los ojos hinchados.
– Entonces, ¿vuelves a las andadas? -dijo el viejo, cascando una nuez-. La señorita de la Rochefroide ha hecho bien en traerte aquí. Hace exactamente tres años y tres días que te prohibí jugar a los caballos. Es la séptima vez que te amonesto, y seguramente estás enterada de que el número siete es el último en nuestra familia. Me veo obligado, mi querida Lucrecia, a castigarte muy severamente.
La muchacha, bajo su forma de caballo, no se movió, pero las ventanas de su nariz palpitaron.
– Lo que voy a hacer es sólo por tu bien, pequeña -dijo el anciano, en voz muy baja. Y continuó-: Eres demasiado grande para jugar con Tártaro. Tártaro es para los niños. Por lo tanto, voy a quemarlo yo mismo hasta que no quede nada de él.
Lucrecia lanzó un grito terrible y cayó de rodillas.
– ¡Eso no! ¡Papa!
El anciano sonrió con gran dulzura y cascó otra nuez.
– Es la séptima vez, pequeña.
Lágrimas manaron de los grandes ojos de caballo de Lucrecia y cruzaron como dos riachuelos sus mejillas de nieve. La muchacha iba cobrando una blancura tan resplandeciente que era luz.
– ¡Piedad, papá, piedad! ¡No quemes a Tártaro!
Su voz aguda se hacía cada vez más delgada. Lucrecia estuvo pronto arrodillada en un lago de agua. Yo era presa de un miedo terrible de verla fundirse.
– Señorita de la Rochefroide, haga salir a la señorita Lucrecia -dijo el padre; y la vieja sacó de allí a la pobre criatura, mudada en un ser flaco y tembloroso.
Creo que él no había advertido mi presencia. Me oculté detrás de la puerta y oí al viejo subir a la habitación de los niños. A poco, me tapaba los oídos con las manos: unos espantosos relinchos se oían arriba, como si una bestia sufriese inauditas torturas…







Tuesday, May 23, 2017

Los hombres en el pantano: José Revueltas




 La cuestión era escuchar algo vivo, y todos esperaban que este anhelado acontecimiento se produjera una vez más, de cualquier modo y como fuese, después de las dos ocasiones, ya tan lejanas al parecer, en que había ocurrido y en que esto los hizo respirar con un alivio cínico, puro y ruin, ahí metidos como estaban, con el agua cenagosa hasta el pecho.
Tres insoportables días de infierno, de silencio enloquecedor, las dos patrullas enemigas una frente de la otra, absolutamente nada más vigilándose, pero con una vigilancia ciega, que no disponía sino tan sólo de los ruidos para orientar el fuego de sus armas en medio del espeso manglar.
La primera ocasión fue cuando el cabo Frank Robles, de Arizona, comenzó a chillar como un estúpido y en seguida una ráfaga de plomo japonés lo hizo callar para siempre. La segunda fue en el otro extremo del pantano --a muy corta distancia y también durante el primer día--, entre los juncos donde estaba el enemigo: alguien que no pudo reprimir un acceso de tos, por lo visto alguien delicado de salud y susceptible a los resfriados, de los que, después de esto, ya no tendría oportunidad de contraer jamás ningún otro. Los dos hombres habían lanzado al morir un alarido espantoso --el de Arizona y el japonés a su turno respectivo--, un alarido que pareció reconfortar, tonificar de igual manera a los dos bandos, en aquella lucha de silencios, de inmovilidad absoluta, que era peor que cualquier otra cosa del mundo.
Se trataba únicamente de oírse, de oírse nada más, y no importaba que el grito representara una baja japonesa o norteamericana, sino que todos supieran, mediante ese grito, mediante esa muerte, que cada uno de ellos no estaba solo ni muerto sobre la superficie de la tierra.
Tres días sin moverse, torturados por el hambre y el frío, sin que ninguno pudiera saber en qué lugar se encontraría su compañero más próximo, ni el enemigo, cada quien a solas, a solas con su vida y su cuerpo, sin nadie, cada quien con la conciencia de su propia soledad, cada quien víctima de la desvinculación, una desvinculación definitiva, total, envueltos en aquello sin sentido, sin lógica, que ya era algo más que la guerra, algo que estaba más allá de la guerra, y que sin embargo era la guerra, y era la sociedad, y eran los hombres, sólo que todo ello visto hasta lo más desnudo del ser, hasta lo más exacto de su desnudez.
De pronto se dieron cuenta de que el prodigio iba a repetirse. Sucedió que del lado americano --americano aunque todos ellos eran mexicanos de Texas, Nuevo México y California, unos veinte hombres en números redondos--, algún imprudente o loco se había movido, confiado tal vez en las sombras de la noche, agitando ruidosamente los juncos y produciendo un rumor asombrosamente claro, preciso, increíble ahí en el pantano, donde aquello significaba la muerte.
Los cuerpos se contrajeron bajo el efecto de una extraña perturbación enervante y ansiosa al escuchar el ruido extraordinario. Sabían lo que iba a ocurrir en seguida --la descarga del fusil automático del japonés, el aullido un tanto animal, pero no obstante humano, de su camarada, y tal vez lo que en el pantano hasta ese momento había sido improbable, una pequeña escaramuza, para volver de nuevo al silencio y la inmovilidad aterradores, por quién sabe cuánto tiempo más--, lo sabían perfectamente, pero saberlo no tenía importancia, puesto que ahí el carácter de los hechos era otro: los hechos no eran sino testimonios, un modo de vivir, un modo de atestiguarse cada uno a sí mismo con la muerte.
Joe Martínez pensó, después de conjeturar en las tinieblas la posible dirección del ruido, que bien podría tratarse del negro Smith, de Texas. «Con tal de que no sea Johnny», se dijo, pues Johnny también estaba en el pantano. Era su cuñado, un muchacho carpintero de Los Ángeles, que a la sazón debía tener dieciocho años. «Con tal de que no sea el pequeño Johnny». Recordó la alegre figura juvenil del muchacho cuando se gastaban juntos un montón de níqueles, durante la mañana entera de los domingos, para derribar aviones ficticios en los aparatos de juego de los establecimientos de Main Street. Hoy las cosas eran distintas, naturalmente.
Después del ruido sobrevino una amenazante, una abrumadora quietud, hasta que alguien, de tal manera próximo a Joe que éste pudo sentir el calor de su aliento, dijo en voz muy queda algo parecido a una frase como «¡hasta que por fin!», en que se notaba un singular descanso.
Del otro lado ya un japonés estaría tratando de orientar en las tinieblas su fusil-ametralladora, ya estaría moviéndose con la lentitud de un reloj de arena.
Joe clavó la punta de los pies en el fondo cenagoso de las aguas, del mismo modo como lo hacía de pequeño para ver, por encima de los hombros de alguien, un desfile militar en las calles de su pueblo, llamado Apaches, en Texas. Aun para él era una sensación dulce, feliz, la de saber que de un momento a otro aquello iba a producirse. «Esperen, no tarda», volvió a escucharse la misma voz quedísima. Las palabras permanecieron flotando en el aire negro de la noche. «Ahorita, en este minuto». Joe tuvo una duda inquietante. ¿No sería él mismo quien estaba hablando en voz alta sin darse cuenta? Se mordió los labios con fuerza, trémulo de ansiedad. No, desde luego, pues la voz ajena volvió a la carga. «¿Oíste eso, Joe? Esto va a ser muy distinto, va a resultar mejor de lo que imaginábamos. ¿Oíste bien, Joe? ¿Quieres jugarte una apuesta?» Joe no respondió. Sí, había escuchado el segundo ruido, el que vino después del crepitar de los juncos, un golpe disparejo, separado como en dos tiempos por una frágil intermitencia y, simultáneamente al golpe, apenas quizá un poco antes, aquella especie de grito inarticulado, ronco, igual que el gemido de un perro. Recordaba que en esa dirección le pareció ver por la mañana, pero de una manera demasiado fugaz para sentirse seguro, la figura del negro Smith.
La cuestión estaba clara: la forma indecisa del golpe y luego ese gemido como sin terminar, querían decir entonces --todos estaban seguros de que así era y experimentaban un íntimo regocijo indecible--, querían decir entonces que el japonés había fallado al primer intento; querían decir entonces que el japonés no quiso emplear su fusil automático; querían decir entonces que el ataque era con arma blanca. Con arma blanca, un hermoso cuchillo oriental o tal vez un legendario sable que habría pertenecido a alguno de los samuráis imperiales.
La lucha sería cuerpo a cuerpo, algo infinitamente más pujante, más intenso; en efecto, algo mejor de lo que esperaban: «¿Ahora, Joe, quieres cruzar la apuesta? Tú elige al nuestro, yo me quedo con el japonés. ¿Medio dólar?» Joe no quiso responder. Hacía esfuerzos por identificar esta voz que al mismo tiempo que lo trataba tan familiarmente le parecía de tal modo desconocida.
El negro Smith --bien, en caso de que se tratara realmente del negro Smith-- había lanzado eso que a Joe le pareció igual que el gemido de un perro, con la misma entonación de cualquier negro a quien sorprenden, digamos, en el momento de robar una caja de cerveza en alguna tienda del Downtown. O aunque no sea una caja de cerveza, sino lo que se quiera: de todos modos un gemido de negro acosado, desamparado, de negro perseguido y lleno de asombro. Se habría quedado dormido --esto es inevitable aquí, después de tanto tiempo sin dormir, pero hay que saber hacerlo como quien dice con un solo ojo--, y dormido fue cuando cometió la grandísima tontería de moverse, el muy bruto, y hacer ruido entre los juncos, para no despertar sino hasta que ya tenía encima al japonés. Entonces fue cuando se oyó esa cosa únicamente gutural, muy negra, muy de los negros que cantan con voz de bajo profundo, por lo que casi sin duda debía tratarse del negro Smith. Aquel gemido con seguridad estaba relacionado con su sueño; es decir, la irrupción del japonés debió ser parte del sueño, una culminación lógica del sueño, ya que en la realidad, como suele ocurrir cuando alguien sueña con un incendio y lo que pasa es que se durmió con el cigarro encendido y la almohada ha comenzado a quemarse y a lanzar humo.
Lo que habría soñado el negro Smith. Por ejemplo: viajaba en el autobús al que subiría para estar al abrigo del frío, esos autobuses de la Greyhound, con su clima artificial, calentito en invierno, y fresco en verano, ahí, instalado en la parte posterior donde deben sentarse los negros, muy calentito, pues aquí entre las aguas el frío era tremendo y un sueño así bien pudiera ser posible por fuerza del deseo. Pero tampoco en el autobús se sentía calor, sino l mismo hielo dentro de los huesos, hasta que un gigantesco gendarme golpeaba al pobre negro Smith con una macana, diciéndole que a ver si él lo haría entrar en calor a golpes, y era aquí cuando el negro Smith despertaba en el pantano ante la sombra del pequeño japonés que se le había echado encima. O quién sabe, ya que se pueden soñar muchas cosas, mil cosas distintas, aun en esos brevísimos segundos en que no es posible más y uno cierra los párpados, vencido, pero siempre para soñar escenas que de un modo o de otro tienen que ver con el pantano, con el fango, con los juncos, con los mosquitos, con los japoneses, con el hambre y el frío, como esos sueños de Joe siempre de frío, donde la marmita llena de ponche, a pesar de que deja escapar nubes de vapor mientras hierve sobre el fuego, en cuanto Joe la vierte en la taza sólo deja salir un líquido helado.
Al mismo tiempo Joe repasaba mentalmente, como paladeándolos, los ruidos que hasta ese momento se habían producido en el pantano: primero el crujir de los bejucos al peso de un cuerpo dormido que va cayendo con suavidad sobre ellos; después la extraña vocalización cavernosa dl hombre a quien se despierta de súbito, y en seguida, aquel golpe partido en dos, aquel golpe que yerra, igual que el acorde, con una disonancia sólo perceptible para el virtuoso.
Sonreía. Hermoso, todo aquello. Ésos no era ridículos cantos de pájaros, rumores de la selva, ni todo lo que habitualmente escuchaban en el manglar. Ésos eran hombres, ésos eran ruidos de hombres que se mataban igual que bestias, pero donde Joe encontraba su propia identidad sombría, la conciencia de cuya culpa personal se dibujaba cada vez más precisa en su mente como una adquisición cruel y necesaria, gracias a esta experiencia del pantano, gracias a esta experiencia embriagadora.
Se escuchó, inmediatamente después, algo más, ahora en el agua, un zambullirse de tal modo sutil, que parecía no serlo, tensamente silencioso. Todos se daban cuenta de que era el negro Smith, de que no era nadie más que el negro Smith, quien se escondía bajo el pantano para esquivar el ataque y sorprender al enemigo. Luego un silencio angustioso, en espera de escuchar en seguida el tableteo de la ametralladora.
Pero no, el japonés seguía sin disparar hacia el punto donde se oyó el ruido. Algo extraño, pero todos comprendían: significaba que los japoneses --y por tal razón tampoco sus enemigos-usarían ya en lo sucesivo sus armas de fuego; que de aquí en adelante la lucha iba a cifrarse, de un modo exclusivo, en esta cacería de lobos, al tacto, hasta el extremo de lo imposible el descubrimiento de sus posiciones. De súbito el silencio era otra clase de silencio, un silencio maravilloso, lleno de vida, de hazañas invisibles que se advertían en las tinieblas con una diafanidad y certeza matemáticas, que lo llenaban todo.
Se podía hasta pensar que eso no era la guerra, sino algún juego fraternal, porque aquellos dos grupos de seres, quietos y enemigos, hundidos en el pantano de alguna isla perdida en la inmensidad del Pacífico, ya no tenían ningún otro interés que el de no perderse un solo detalle de esta lucha viva que se libraba en las tinieblas, este concreto existir con el que los resucitaba el sigiloso, el apasionante combate entre el negro Smith y el japonés, la muerte, el modo peculiar de la muerte de cualquiera de los dos, y después, la muerte de cada uno de los que les seguirían.
Aquellos hombres habían reducido la guerra a sus elementos más simples, reales y descarnados, al de la guerra sin propósitos, al de la guerra pura, sin discursos patrióticos ni invocaciones a Dios; y la guerra, por su parte, los había llevado al otro lado de los límites del hombre, donde ya no eran seres reales, donde habían dejado de ser hombres y no podían encontrar ninguna otra manifestación de vida sino en la muerte; donde lo único humano y viviente que les quedaba en la existencia era el aullido de los que morían, y donde la única acción viva que les estaba permitida era la acción de matar.
«Lo bueno que no fue Johnny», se dijo otra vez Joe. La inexperiencia, la nerviosidad de Johnny, lo hacían temer a cada momento por el muchacho, y además estaban las súplicas que le hizo Paulina, con lágrimas en los ojos, acerca de que se hiciera cargo de él como si fuera su padre, ya que iban a estar juntos en la misma unidad del ejército.
Prestó mayor atención, con todos los sentidos alerta y un palpitar agudo, galopante, en las sienes, en el pecho, en la palma de las manos. En estos momentos el japonés buscaba en las aguas del pantano, sondeándolas con una suavidad imperceptible y una tibia dulzura, mediante algún objeto ancho --podría ser la culata de su fusil automático--, a guisa de remo, con quien boga en silencio, amorosamente, sobre la tersa superficie de un canal. Era una búsqueda fascinante, exquisita y fina, llena de encanto, exenta en absoluto de animadversión u odio. Lo encontraría. Iba a encontrar al negro, tarde o temprano, y en seguida lo destrozaría a cuchilladas, con una ternura violenta y silenciosa, en medio de la sólida y quieta oscuridad del manglar.
Pero si el negro salía bien librado de este mal negocio, Joe se lo preguntaría, no faltaba más, cuando ambos estuvieran otra vez en su hermosa Texas, con la vista fija en la inmensidad verde de los campos: «Dime, viejo Smith, maldito negro Smith, ¿qué soñabas allá --¿te acuerdas?--, cuando te pilló dormido aquel chapo del demonio? Siempre me imaginé que soñabas estar dentro de un autobús, muy a gusto, y de pronto ¡zas!, el japonés que te cae encima.» Reirían a carcajada abierta, ahí mismito, frente a las dulces y suaves praderas tejanas.
Porque, ¿qué se puede soñar cuando, después de no pegar los ojos en el pantano durante tres días, nos dormimos unos segundos y nos despierta el japonés con un golpe para darnos muerte? Aunque también el negro Smith podría haber soñado la realidad misma, eso era muy posible. Haber soñado que estaba ahí, dormido, y que de pronto caía sobre él un japonés al advertir su presencia en las tinieblas a causa de un movimiento falso provocado por una de esas convulsiones nerviosas del sueño. ¿Por qué no podría haber soñado el negro Smith lo que en realidad pasó?
Otra vez muy próxima a él, Joe volvió a escuchar esa voz desconocida, pero que le hablaba con tanta familiaridad. «Te aseguro, Joe, que ahora sí no escuchaste nada. La cosa ya terminó, sin un grito; de seguro el japonés apergolló al nuestro sin dejarlo sacar la cabeza del agua. Hubieras perdido la apuesta.»
Joe sintió algo muy extraño en las piernas.
Ahora, por fin, reconocía aquella voz que era la propia, inconfundible voz del negro Smith, que quién sabe por qué no habría podido reconocerla antes.
Pensó en Johnny. ¿Qué habría estado soñando Johnny?
Bien, de todos modos, le agradecía las hermosas, inolvidables sensaciones que le hizo experimentar con su pequeña muerte.










Mi Venezuela querida: Elia Casillas


   Mi Venezuela querida: recuerdo el café,  porque para mí, el café es un ritual, o porque tal vez, hago de el café un acontecimiento, no un rito común, sino un ritual divino. Había que ir a comprarlo a la Sabana Grande, un centro comercial parecido en aquél entonces, a la Zona Rosa de México. El local, era un lugar pequeño, pero se daba el lujo de tener a la venta el café y galletas, unas cuantas mesas le daban una gran personalidad al sitio. Ana de Moreno, su hija Jesica, Gabriela y yo íbamos a las tiendas, a veces, comprábamos, otras no. Los zapatos eran bellos y hechos en Caracas, también los jeans. Pero nuestro paraje preferido era la cafetería, yo compraba un kilo de café y varias bolsas con galletas, hechas por gente de la localidad. Al principio, mi única compañera en el café era Jesica, creo que tenía como dos o tres años, pero su olfato era fantástico, en cuando el aroma a café le llegaba, ella no dejaba en paz a Ana para que la llevara a mi departamento. Dicen que  la Sabana Grande ya no existe, o existe poco, igual que acá con la Zona Rosa. Seguido explotaban bombas y nos pedían que tuviéramos cuidado, ya que éramos extranjeros, sobre todo, que no lleváramos joyas puestas. Cuando Ana y Jesica llegaban, yo iba a servir las tazas con el café, ponía las galletas y empezábamos a platicar, los hermanos de Ana, Ramón Ramírez y Nicolás (seleccionados del fútbol de México) eran un tema inagotable, ella los ama, aunque Ramón siempre veló por todos, Nicolás también, pero, Ramón fue más famoso o tal vez, era el que más me gustaba a mí como jugador. En aquel tiempo, pertenecía al Club Chivas del Guadalajara. Él era medio campista, Nicolás delantero, creo.  El esposo de Ana; Jesús Moreno, es el segundo lanzador de un juego perfecto en la Liga Mexicana del Pacífico, por decir algo, ya que hizo una gran carrera en el béisbol de las dos ligas mexicanas. Vivíamos en los Departamentos Las Taparitas, el mío daba a una pequeña selva, así que las tardes lluviosas eran fenomenales en la terraza, el café era el mismo, pero la nostalgia cambia todo, hasta el mejor sabor, sabe a tristeza si uno piensa en su tierra. Cada día, nos trasladábamos a Catia la Mar, el pequeño puerto donde jugaban ellos (los maridos). Desde las montañas donde se encuentra Caracas, bajábamos por túneles al puerto, lo mismo hacíamos de regreso, pero ahora en subida. Al chofer del equipo y a los jugadores venezolanos les gustaban las canciones rancheras, y una vez, bailamos para ellos, ahí, en el camión, de vuelta a la capital. Las Taparitas estaban casi en el centro de la ciudad, de ahí que, salir a divertirnos no era costoso, eso sí, una vez encontramos un restaurante de comida mexicana y nos sacaron un realero (moneda venezolana: bolivar), debí decir bolivalero. La gente, inmediatamente nos reconocía por el acento, ellos quieren a nuestra cultura y saben tanto o más, del modo de vivir nuestro. El café (volviendo a la taza), era venezolano, el ritual de nosotros, y todas las tardes lo hacía a la hora que Jesica estaba despierta, no me iba a tomar yo sola tremenda jarra sin nuestras memorias, sin la familia que una vez me dio el béisbol y que aún conservo entre tanto relato, de esos que almacena el cerebro, de esos que nos pican de vez en vez.





Carlos Fuentes Entrevista a Fondo. 1977

Sunday, May 21, 2017

I CONCURSO NACIONAL DE NARRATIVA


¿Tienes algo escrito que merece ser publicado? Esta es tu oportunidad. Te invitamos a nuestro primer concurso nacional de narrativa. Las bases son:
1. Podrán participar todos los escritores de habla hispana.
2. Este año los interesados podrán participar:
a) Con una novela escrita inédita, en lengua española, que deberá tener como mínimo una extensión de 120 cuartillas y máximo 250.
b) O bien, con un cuento inédito que deberá tener como mínimo una extensión de 10 cuartillas y máximo 15.
3. Los trabajos deberán ser inéditos, enviando el archivo electrónico en Word con el título:
I CONCURSO NACIONAL DE NARRATIVA LUCOVA EDITORES (MÉXICO) al siguiente correo electrónico:
lucovaeditores@gmail.com, indicando el título de la obra y el seudónimo correspondiente.
4. Como los trabajos deberán aparecer suscritos con un seudónimo, se deberá enviar un correo aparte, con la una ficha que contenga el nombre, la dirección, el teléfono o celular y el correo electrónico del autor: gela_va@yahoo.com.mx.
5. La recepción de los trabajos queda abierta a partir de la presente convocatoria (1º. de abril de 2017), cerrándose el día 30 de septiembre de 2017.
6. No podrán participar los trabajos similares que hayan sido premiados en otros concursos, ni los que se encuentren comprometidos para su edición, hayan sido publicados, parcial o totalmente, o estén participando en convocatorias similares.
7. El ganador del concurso obtendrá un premio equivalente a la edición, publicación y distribución de 500 ejemplares de la obra bajo el sello de la editorial convocante, un diploma de reconocimiento y un premio económico de $5,000.00.
8. El 2º. y 3º. también recibirán un premio equivalente a la edición, publicación y distribución de 500 ejemplares la obra bajo el sello de la editorial convocante, un diploma de reconocimiento.
9. Los derechos patrimoniales de la obra ganadora y del 2º. y 3º. Lugar pertenecerán a la editorial convocante y por lo tanto, la obra no podrá participar en otros premios, salvo con la autorización expresa de la casa editorial.
10. La edición completa de la obra queda a cargo exclusivamente de la casa editorial. Por lo que cualquier cambio en el título o contenido de la obra queda a cargo de la misma.
11. El premio será único e indivisible; en caso de que fuera declarado desierto no se otorgarán menciones honoríficas.
12. El jurado calificador estará integrado por el consejo de administración de la casa editorial.
13. El fallo del jurado será inapelable.
14. El nombre de los tres primeros ganadores será dado a conocer a través de la página de Facebook de la casa editorial LUCOVA EDITORES (MÉXICO), el día viernes 19 de enero de 2018 y en la página de Internet de la misma.
15. La entrega del I CONCURSO NACIONAL DE NARRATIVA LUCOVA EDITORES (MÉXICO) se llevará a cabo en las instalaciones de la casa editorial, el viernes 26 de enero de 2018, a las 19 horas con un brindis de celebración.

¡Anímate! ¡Y buena suerte!