Translate

Friday, April 21, 2017

La diva en Navachiste: Javier Palacios Neri






Conocí a Elia hace varias lunas. Por cierto, era una de esas que embelesan la vista y llenan con emociones el alma. Esas noches en Navachiste son admirables. El tremendo haz de luz nace allá, entre la Isla Blanca y el Cerro del Metate. El paso del tiempo ha blanqueado desde la última orilla hasta la punta de la isla. En realidad es herencia de los pájaros que anidan ahí desde el inicio de los tiempos. Toda llena de detritus de miles de aves marinas. Pero eso no significa que sea inhóspita. Bueno, pues la luna surge entre el Cerro del Metate y esta isla. Proyecta su luz sobre la quietud del mar. Siempre que hemos llegado a Navachiste, su tranquilidad es impresionante. Quienes asistimos al evento anual nos sentamos a la orilla del mar, con la cara al frente, por donde aparecerá de un momento a otro, la luna enorme y su luminosa espada. Nadie escapa al encanto de su aparición.
Elia no llegó por la noche. Caminábamos por la playa, con la cámara lista, la cruda encima de nosotros pero con botes en la mano para exorcizarla al primer acoso. El campamento de navanautas apenas mostraba sus primeras edificaciones. El delfín de piedra tallado por algún escultor años ha, halaba con su único ojo, nuestros intentos por mantenernos en la magia. Desde la palapa un grito llamó nuestra atención y sorbimos cerveza para darnos valor y levantar la vista ante el basto sol sobre nosotros. A media bahía se mostró un bajel ataviado con magníficos velos y unos como esclavos en taparrabos a babor y estribor. Uno, con enorme pluma abanicaba el aire, el otro; con manos enormes hizo a un lado los velos y levantaba maletas, presto para tomar la playa. No, no era pluma. Era una enorme vara con la cual el marinero buscaba la parte menos rocosa para descender. Nos quedamos ensimismados con esa visión. Ninguno de los tres parados frente a la nave salíamos de nuestra cruda, perdón, asombro. Un enorme sombrero se removía entre maletas y velos. Los fornidos marineros con rostros curtidos por el sol, iniciaron el descenso y estiramos nuestros cuellos para ver a quién habían transportado.
Ahí salió Elia. Los hombres dispusieron su descenso pero ganamos nosotros. De inmediato construimos una escalinata vistosa para que la recién llegada posara sus pies sobre la playa. Nos acercamos por la borda para ver quién era. El enorme sombrero llenaba más de dudas. De los grandes velos salió una mano que preguntó si ahí era Navachiste. Sí, contestamos de inmediato. Si vienes en busca de la Isla de los Poetas, estás en lo correcto. Si lo que buscas es la Isla de los Poetas Locos, también. El lugar es el mismo pero está usted en donde debe, oh hermosa dama. Tome usted mi mano que honrada se sentirá con el roce de la suya, dije yo, lisonjero. La mano ni caso hizo y como pudo, bajó. Los hombres se hicieron a un lado con una reverencia; conocían nuestra alcurnia. Elia saludó a mis acompañantes mientras llenaba mi garganta con cerveza. Hicimos la presentación de rigor pero Elia solo atinó a decirnos: ya estoy aquí…
Ebrios como estábamos no pudimos edificar su mansión. Pero desde entonces, se convirtió en nuestra Elia: La diva de Navachiste. Bueno, aunque diva solo es un decir. Ahora hemos confirmado que es toda una navanauta: se adaptó a las condiciones navachisteras. Acepta con gusto los jejenes, esos pequeños diablillos que dejan nuestros cuerpos lacerados de desagradables pero inmediatas picaduras. No se queja, es más, creo ha hecho convenio con ellos. Se levanta tarde, cuando el sol hiere nuestros cuerpos y ella duerme el sueño de los justos, aunque nada tengan de justicia. Ignoro cómo puede dormir porque el sol hace imposible la estancia dentro de las casas de campaña. Pero bueno, Elia tiene mansión.
Ha hecho presentaciones de sus poemas que anuncia como performance. En las o los mismos, se acompaña con una belleza que nos deja a todos con la baba que cuelga de nuestras bocas. De hecho puede afirmarse que esas presentaciones las que muchas personas vienen a admirar a la celebración anual. No recuerdo el nombre de todas pero una de ellas, me impresionó. Hundido en el humo de una borrachera sensacional provocada por las un día deseadas ballenas, recién terminaba mi encuentro anual con Baco cuando desperté y frente a mi estaba una mujer con flores multicolores en sus senos. Nada dije. Creí que si algo decía todos harían escarnio de mí. Estiré la mano para alcanzar al menos uno de esos frutos pero fue imposible. Estaban fuera de mi alcance. Luego, alguien con rostro cadavérico apareció frente a los presentes. Ignoro cómo terminó la función, los humos del alcohol volvieron a hundirme en un sueño donde mi mano había atrapado a uno de eso frutos. Un performance excelente…
Elia continua con nosotros. Acude con puntualidad a la cita anual. En lugar de andar como el noventa por ciento de la población nacional, a golpe de pecho, acepta la comida impropia de una diva. Usa algo como parecido a letrina igual que cualquiera de la nalga más atractiva del festival. Se sienta a la mesa junto al más humilde de los trabajadores y come con los dedos cuando los cubiertos brillan por su ausencia y sus reales dedos se manchan con comida. Asiste a los actos de tamborileros que desvelan a todos por la noche. Hace caso omiso de esos humos que hacen reír a cualquier hora, platica con aquellos que se acercan a ella y hacen plática sobre cualquier tema, claro; tiene sus preferidos. Pero es su esencia, es su modo de ver la vida, es como es, como siempre ha sido: mujer, mujer todo terreno, nunca pide nada para ella, aunque lo pide pero algo impide que lo haga. La solidaridad sale por cada uno de sus poros. La hermandad define su personalidad y la hace única, imprescindible. Es Elia. En la última edición del festival hizo la invitación para que presentara su libro más reciente. Ignoro por qué si soy un desalmado, un poca madre que carece de sentimientos pero soy un tonel pleno de resentimientos contra todos. Pero lo hice, me agradó seleccionara mi sintaxis. Elia será navanauta por el tiempo que la luna continue con sus presentaciones anuales.
Bloomsplace, Morelos. Primavera 2017.




No comments: