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Saturday, April 22, 2017

Elia Casillas y sus minificciones: Javier Neri

 Una de mis primeras impresiones cuando inicié la lectura de LA (PESCA ) DA fue afirmar: las minificciones ya no son lo que antes eran. Más tarde, cuando recobré la razón creí que había sido un sueño, como el dinosaurio de Monterroso y sí, LA (PESCA) DA continuaba sumergida entre más de mil trescientos documentos en el subdirectorio de descargas de mi vieja Mac. Volví sobre los textos y ahora me hablaron, dijeron tantas cosas que ahora revelaré.
En principio, me pregunté si es correcto llamar minificciones a los escritos contenidos en el archivo enviado por Elia. Porque al revisarlo, encontré relatos pequeños, reducidos de tamaño, unas miniaturas que por su brevedad bien merecen una mención igual que otros por su extensión. Pero están ahí, yo los vi, los leí y me sumergí para nadar entre ellos y saber si algo pescaba. Me pregunté a mi mismo: mi mismo —me dije—, ¿Cuál es la extensión que deben cumplir para ser llamados así, minificciones? De pronto me di cuenta: ¿Cuándo se definió este género literario? ¿Género? ¿Tienen género estos escritos miniaturizados? Bueno, título tienen, extensión reducida, también… ¿Cuál es la extensión que deben tener? ¿Cuáles sus características? ¿Son un género nuevo? Si son nuevos ¿Quién los creó? ¿Cuándo aparecieron los primeros cuentos pequeños? ¿En dónde surgieron los primeros? Fíjense que he usado la palabra pequeños porque el tío Juez dice que es la palabra correcta en lugar de chiquito, que se escucha muy feo por sus connotaciones coprológicas y sicalípticas.
Entonces ¿Qué son? Surgieron ante mí un número impreciso de preguntas todas de difícil respuesta. Como el cuerpo central de mi investigación en la universidad tiene que ver con el manejo de la materia a nivel atómico, por un momento creí que me encontraba bajo una moderna manera de tratar a los cuerpos sólidos. Pero ¿Qué cosas digo? Esto no es ciencia aplicada, no es investigación básica, es peor que eso, es… literatura, son ficciones que recorren nuestra mente y escapan a ella antes de haberlos saboreado. Apenas se termina con uno y el lector, ensimismado como está, persigue las formas e imágenes creadas en su cerebro y con un movimiento del dedo índice de su mano derecha avanza hacia la siguiente ficción cuando aún revolotea en su mente, la anterior.
Acudí pues, en busca de mi amigo. Él sí es escritor. Hicimos cita para nuestra cantina favorita. Sus respuestas me dejaron más confundido. Dio tantos nombres como no tienen ustedes idea: arte preciso, arte conciso, arte breve, brevicuento, casi cuento, cuentín, cuasicuento, cuento breve, cuento brevísimo, cuento corto, cuento cortísimo, cuento diminuto, cuento en miniatura, cuento escuálido, cuento instantáneo, cuento más corto, cuento rápido, fábula, ficción de un minuto, ficción rápida, ficción súbita, hiperbreve, historias mínimas, microcuento, microficción, micro relato, microtexto, minicuento, minificción, minitexto, nanocuento, relato corto, relato mínimo, minirrelato, relato microscópico, rompenormas, texto breve, texto brevísimo, texto ultrabrevísimo, cuento ultracorto, textículo, varia invención para aplicarlo al caso de los cuentos de Juan José Arreola y los conocidísimos poemínimos del inolvidable Efraín Huerta, quien si bien no caben aquí porque son poemas, fue el creador de esos pequeños dardos, saetas populares publicadas cuando el inolvidable Cocodrilo vivía su época más prolífica. En fin —agregó mi cuate—, existen más nombres que ejemplos de minicuentos.
Pedimos clamatos para ambos, bajos en vodka pero con elevado contenido de clamato por aquello de que el tomate es re-bueno pa’los calambres. Después de ponernos al corriente sobre nuestras dolencias, pastillas y píldoras para tomar el día entero, nuestras mujeres, nuestras aventuras aunque en nuestro caso se trata de recordar viejas hazañas de hace treinta o más años. Reconocemos que el tiempo ya está sobre nuestras espaldas y sin esperar, pregunta: ¿Cómo vas con los textos de tu amiga? Me resisto a contestar pero contraataca de nuevo: existe un consenso generalizado para afirmar el origen de los así – llamados – minicuentos. Violeta Rojo ubica su nacimiento en América Latina. ¡Vaya! Digo para mis adentros.2 ¡Al fin conozco algo que es endémico, de esta América dolida y sangrada por el imperialismo despiadado! Escucho la explicación de mi amigo escritor. La Rojo afirma que los precursores de estas narraciones reducidas fueron Julio Torri junto a Juan José Arreola en México, Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Julio Cortázar, Jorge Luis Borges y Augusto Monterroso en América del Sur, sí, aquel que su familia separó del amor de su vida tan solo porque él frisaba los sesenta y tantos años y ella, tan solo diez y seis apenas cumplidos. Ellos desarrollaron e hicieron aportaciones sustanciales a este nuevo género. Se ignora si es un género específico pues los teóricos consideran que es uno sin demasiada importancia. Tal vez se explica porque quienes lo afirman, son escritores de novelas y de esas enormes, de lomos gordos, pesados libros llenos de vericuetos y con sinnúmero de metáforas.
Sin embargo, debes entender que en tanto género, el minicuento se resiste a aceptar absolutos, aunque su extensión es variable dentro de su reducida anchura, su expresión como género es compleja y ambigua, elusiva y sus características no son escasas aunque tampoco demasiadas pues están o son, en función de quien elabore un recuento de ellas. Tal vez por eso, los académicos tan apegados a los ordenamientos y clasificaciones terminan en afirmaciones de escasa seriedad e incompletas pero de casi nula veracidad. En ocasiones no son un género bien definido y eso los obliga a permanecer en el margen, aislados de todo contacto con los iluminados. En otras palabras, su extrema dilatación los hace parecer muy cortos como para ser importantes.
Su origen es tan antiguo como la Humanidad misma. Existen, por ejemplo, las Misceláneas griegas y romanas, relatos pequeños. Se conoce el género Zuihitzu de Japón, textos breves y con los ingleses se tienen los Hodgepodge, relatos breves. También se cuentan los Gemeinplätze, alemanes, los Lieoux Communs franceses y los Zilbaldone, de Italia. En fin, en todas las latitudes del mundo se encuentran ejemplos de estas pequeñas joyas de la literatura.
Mi amigo el escritor calló. Asió la tasa del espumeante capuchino y se quedó con la vista clavada en alguna alegoría que tal vez se quedó prisionera en su mente. Yo quedé confundido. Nunca hubiera imaginado la cantidad de ideas en torno a los minicuentos o minificciones, como ustedes quieran llamarlas. Elia nos ha traído una buena opción para deleitar nuestra lectura con una más de sus contribuciones a la consolidación de la cultura en el Noroeste del país, este país tan golpeado por los políticos que sólo saben de nepotismos y corruptelas y eliminan todos los apoyos para la difusión de la cultura.
Tomé nota de los más variados nombres para estos relatos. Intenté aplicarlos a los textos de Elia y encontré características interesantes. Sin ponerles nombre aun, deduje que son una forma literaria breve, muy breve, son una narración que conllevan siempre, un carácter ficcional. Existen teóricos de la literatura que consideran materia de análisis y estudio al género literario de las minificciones. Aseguran que su extensión no debe sobrepasar de una página, es decir; no más allá de unos mil 500 caracteres. Los de Elia sobrepasan con mucho esas características. Lean por ejemplo, (Ah) divina: en doce, con doce palabras Elia resume toda una vida de los protagonistas. ¿Alguien duda de la economía de las palabras? Pero no es el único ejemplo: en el minirrelato La negra (en) viuda Elia sorprende con otro ejemplo de cómo ahorrar palabras: con tal solo ocho palabras nos muestra cómo la protagonista, al enviudar, ha dejado tras de sí, una estela de nueve, nueve esposos que gozan de cabal salud en su sacras sepulturas. Ocho palabras dejan en la mente del lector imágenes imposibles de olvidar. ¿Cómo habrá sido la muerte de los esposos de la negra viuda? ¿Por qué los mataría? ¿Qué mal hicieron a la negra para morir? ¿Los mató ella o contrató los servicios de un sicarios, de los que hay miles por ahí, con sus motos automáticas y sus armas pavonadas, bien aceitadas y con calibres insospechados? ¿Dónde están sepultados? ¿Quién pregunta por esos maridos y por qué? ¿Por qué la negra ni se inmuta cuando preguntan? Y lo que es peor: parece que ya esperaba una pregunta similar por la mueca casi sonora que expide: “Mmmm…”
Se encuentran aspectos que distinguen al libro de Elia. En un objeto de 13.5 centímetros por 21.5 centímetros se obtiene una proporción de 1.592559255925 en otras palabras, está muy cercano a la Proporción Áurea. El primer nanorrelato pesa alrededor de 0.14664548 por ciento del total de palabras usadas por Elia en el trabajo que ahora nos entrega. Cada vez que abría
una sesión en el CaraLibro, encontraba lamentos de Elia por todos lados: Ayyy de mi, no terminaré a tiempo mi libro… Ayyy… Ayyy… ¿Quién pudiera ayudarme para terminar a tiempo? ¡No terminaré mi libro! Siempre creí que eran lamentos al aire, sin razón y que solo lanzaba plegarias para atraer la inspiración o para encontrar la misericordia entre sus contactos para decirle: Elia, trabajas demasiado, descansa un poco, tómate tiempo para ti, el libro puede esperar… y de nuevo arremetería con más ímpetu para lograr su objetivo: traer a este paraíso un conjunto homogéneo de ficciones aquí presentes.
El segundo microrrelato pesa 0.00097764 por ciento de las 8,183 palabras usadas por Elia. ¿Alguien duda del ahorro de palabras? Uno se pregunta; ¿Cómo es posible hacer ese trabajo monumental? ¿Se trata de inspiración o de algo más? ¿Los alienígenas abdujeron alguna vez a Elia, le implantaron un chip para que escribiera estos texticulitos y por medio de sus lecturas esos viajeros ancestrales lleguen hasta nuestros cerebros y escudriñen nuestros pensamientos? Porque en sus cuentos breves existen referencias a estos seres, incluso la protagonista de uno de ellos afirma haber visto un objeto volador no identificado allá por los cerros que rodean a Mazatlán. O como el ángel que cayó en una cocina y rompió todos los platos en la alacena. El desmadre fue provocado por un ángel que cayó desde algún lugar en el cielo y la protagonista se pregunta ¿Quién pagará los platos rotos? Yo no lo digo, Elia dixit. ¿Quién puede asegurar que no fue ángel y sí, un ser de otro planeta. Y de ellos, hay otros ejemplos que Elia no deja de lado. Son muchas las interrogantes en mi mente, como han de comprender. Este libro de cuentos mínimos me vinieron a romper mi rutina. No, no me quejo. Para nada. Me dieron la oportunidad para conocer no solo la disposición de nuestra autora por entregarnos un ramillete de florilegios únicos, excepcionales pero sobre todo, repletos de elegancia en la escritura porque en tan reducido espacio deben usarse las palabras concisas, concretas, hechiceras, que conquistan no solo el buen gusto del lector pero también deben degustarse con sabor y si son acompañadas de un tinto maduro y afrutado, mejor pero más mejor, como dicen en mi pueblo, con una cerveza helada, como nalga de cadáver para exorcizar este endemoniado calor.
Esa elegancia escritural se acompaña de una hibridez pura y señera, un proteísmo portentoso y destructor de todo género, una aplicación amplia de la intertextualidad, en donde el autor da por entendidas muchas cosas y el lector conoce los antecedentes, aunque ignora el camino trazado por la narración. Ese es el carácter verdadero de la obra de Elia Casillas: utiliza la palabra justa, la que vierte veneno medida con termómetro, pesada con balanza de precisión, la palabra que disfruta con el uso de la parodia, palabras mordaces repletas de ironía, ironía capturada por Elia quién sabe dónde y cuándo pero que nació en algunos de los lugares y fechas colocadas al final de cada cuento breve, en algunas de las ciudades mencionadas. Son relatos microscópicos donde la elipsis se regodea y deja al lector perplejo y peor si es como yo: para entender el significado preciso de las palabras casillescas, tengo que releer y volver a leer una y otra vez la misma ficción y en ocasiones es hasta por la noche cuando me cae el veinte y doy con la intención de nuestra autora y una voz en miniatura como sus cuentos, me dice al oído, como diría un clásico: lo que la Casillas quiso decir…
Por cierto, traigo mi personal propuesta: a los textos de Elia Casillas y al género mismo propongo nombrarlos cuentos jején, como humilde homenaje a estos diminutos diablillos que nos atacan con puntualidad cada año durante las últimas veinticinco ediciones del festival. Dos últimos comentarios: si alguno ha tenido dificultades para expresar sus emociones, pensamientos, injurias, dolencias o cualquier otro comentario en Twitter, puede leer su libro. Twitter permite 140 caracteres, Elia menos.
Por otro lado, Elia nunca ha condescendido. Tal vez por eso tampoco ha descendido, más bien ha ascendido a otras cumbres diferentes, ha escalado por tanto, el Parnaso. Junto con esta observación bien puede usarse su propia metáfora: cuando un ser sobrenatural le dice que se le terminaron las alas, Elia pide plumas, plumas fuente, plumas de tinta negra, de tinta azul, de las que sean pero que sean plumas. Porque Elia supo desde el principio que deseaba ser escritora, escribir en las paredes, sobre piedras, en el camino rumbo a casa cuando salía de la escuela, pero escribir y siempre lírica pero en libertad, lo que le dicte su libre albedrío que para eso ella es Elia, solo Elia, nuestra Elia Casillas, la diva de Navachiste, que de diva nada tiene pues ha adaptado su conducta a los avatares desarrollados en esta región del municipio, del estado, del país, del continente, del mundo, del Universo.
¡Larga vida a Elia Casillas!
Bloomsplace, Morelos. Primavera 2017.








2 comments:

Perla Ortiz Murray said...

Me encantó esta presentación. Le hace mucho honor al libro.

Elia Casillas said...

Gracias, Perla.