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Thursday, March 23, 2017

JORGE IBARGÜENGOITIA: DOS CRÍMENES, CAPÍTULO V


Cuando salí de mi cuarto, a las cinco, vi a Gerardo y Fernando en el corredor, exactamente en la misma postura que habían tenido la tarde anterior cuando los vi en el patio: el primero con los brazos cruzados y las cejas fruncidas, el segundo pensativo, acariciándose los bigotes. Las malas noticias se las estaba dando esta vez el gringo, que hablaba quedo y con los brazos colgando. Amalia hacía comentarios ocasionales, moviendo las manos, como para darle vida al relato. Igual que la víspera, Fernando fue el primero en verme, pero el codazo esta vez se lo dio al gringo. Los cuatro se volvieron hacia mí y sonrieron, yo a mi vez les sonreí y pensé para mis adentros, "ya los cuatro saben que fui a una mina y que traje muestras de mineral". Nos saludamos, los hijos de Gerardo entraron en el patio jugando, esta vez no con una pelota de fútbol, sino con una pelotita, cambio que de nada sirvió, porque cuando mi tío Ramón salió de su recámara, empujado por Lucero y Zenaida, lo primero que dijo fue: —Gerardo, haz que estos niños desaparezcan. Como la tarde anterior, los hijos de Gerardo besaron la mano a mi tío y como la tarde anterior, también, Lucero tuvo que frotársela con un trapo mojado en alcohol. —Fernando quiere saber si te dio guerra el Safari —me dijo Gerardo y agregó, dirigiéndose a su hermano—, ¿verdad, Fernando? —Sí, en efecto, me gustaría saber si te dio guerra el coche —dijo Fernando—, pero sobre todo si ya me lo puedo llevar. Mi tío no me dio tiempo de contestar. —Marcos va a necesitar el coche mañana y pasado —dijo. —El coche es tuyo, haz lo que tú quieras —dijo Fernando—. Para mí tenerlo o no tenerlo es lo mismo, es nomás cosa de sacar el caballo y de montarlo, que es muy buen ejercicio. Mi tío pasó por alto lo que dijo Fernando y habló dirigiéndose a mí: —¿Trajiste lo que te pedí? Me guiñó el ojo, comprendí que se refería a las muestras y dije que sí. —Pues llévalo al despacho ahora mismo, porque me urge verlo. Era evidentemente otro ardid para poner nerviosos a sus sobrinos Tarragona. —Adiós, muchachos —les dijo, cuando Lucero lo empujaba al despacho. Cuando pasé entre ellos con el saco viejo de cemento con las piedras adentro, Amalia estaba recargada en el barandal mirando una nubecita, el gringo estaba encendiendo otra vez el puro, Gerardo y Fernando se habían sentado en los extremos del sofá de mimbre y habían cruzado la pierna. Mi tío estaba frente al escritorio, me hizo seña de que cerrara la puerta con llave y, cuando obedecí, de que pusiera las piedras sobre la carpeta de cuero que había sobre la mesa del escritorio. —Se va a maltratar la carpeta —le dije. —No importa. Puse las piedras sobre la carpeta, mi tío encendió la lámpara de trabajo, abrió uno de los cajoncitos del copete y se puso a hurgar en el interior. Entre los objetos desplazados vi la botellita azul violáceo con el gotero y la etiqueta que decía "Farmacia La Fe", un reloj viejo y unas fotos oscuras, cuyo asunto no alcancé a distinguir, pero sí que una de ellas tenía las esquinas dobladas y estaba dedicada "a Estela", con una caligrafía primitiva. Mi tío encontró lo que buscaba y cerró el cajoncito: era una lente de joyero que se puso sobre el ojo derecho, que era el único cuyo ceño podía fruncir para sostenerla. Cogió una piedra y se puso a estudiarla. Yo estaba junto al escritorio. Decidí fumar. Saqué un cigarro y estaba a punto de encenderlo cuando él me ordenó, sin levantar la mirada: —No fumes, porque me distraes. Volví a poner el cigarro —un Delicado— en el paquete. Al ver a mi tío inclinado sobre un pedazo de creolita, estudiándolo a través de la lente de joyero —objeto que yo nunca hubiera creído que él tuviera—, prohibiéndome fumar de manera despótica, comprendí que, a pesar de que él era lo que la Chamuca llamaría un miembro de la clase opresora, le tenía afecto. —¿Qué es lo que contiene burilio —preguntó—, lo rojo o lo blanco? —Ambos: lo rojo es sulfuro de burilio y lo blanco son carbonatos. Le expliqué a grandes rasgos cómo se habían formado esas rocas en la era terciaria. Me interrumpió. —¡Qué interesante! —soltó la piedra, se quitó la lente, la echó en el cajoncito y lo cerró, yo alcancé a ver otra vez la foto con la dedicatoria "a Estela", él se echó atrás en la silla y preguntó—. ¿Cuál será el siguiente paso? —Tienes que mandar ensayar las piedras para comprobar que son creolita y que tienen la ley de .08 que te prometí. —Ésa es mi tarea, ¿cuál es la tuya? —Por lo pronto, esperar. —¿A qué? —A que tú tengas los resultados y me des los nueve mil restantes. El estudio de costos y rendimientos requiere un levantamiento topográfico, planos y cálculos. Es decir, necesito dinero para alquilar los aparatos topográficos, un taller de dibujo y un coche para ir y venir de la mina. Mi tío me miró lleno de condescendencia y dijo: —Te equivocas. Ni los aparatos de topografía ni el taller de dibujo ni el coche tendrás que alquilar. Yo te daré una carta para el director de Obras Públicas del Estado, en Cuévano, que te prestará los aparatos que necesites sin que te cueste un centavo, el coche que uses para ir y venir de la mina será, como ya te imaginarás, el Safari; en cuanto al taller de dibujo, pídele a Lucero que te enseñe el cuarto de los baúles. Si ella puede dibujar allí, no veo por qué no puedas hacerlo tú. Por último, para que no te quede ningún pretexto para suspender tu trabajo, doy por sentado que estas piedras son creolita y que tienen la ley que tú prometiste, te pago los nueve mil pesos ahora y sigues adelante. Era lo que yo esperaba que me dijera, pero de todas maneras le pregunté: —¿Por qué haces eso? —En parte porque me da la gana y en parte porque estoy viejo y no tengo tiempo que perder. Abrió otro de los cajoncitos del escritorio y fue sacando uno por uno y contándolos en voz alta, nueve billetes de mil y poniéndolos sobre la cubierta, junto a donde yo tenía la mano. Los billetes que quedaron en el cajón eran cuando menos otro tanto de los que había sacado. —¿Por qué —le pregunté— si tienes caja fuerte, guardas el dinero en un cajón que no tiene llave? —Porque con todos tus primos tengo tratos de dinero y si abriera la caja fuerte delante de ellos, verían la botella de mezcal y me quedaría condenado a beber para siempre agua destilada. ¿Me entiendes? Después quiso que le hiciera un recibo, en el que decía, "de acuerdo con el contrato que tenemos firmado", etc. —Ven —me dijo Lucero y empezó a caminar. Fui tras de ella, que iba con la cabeza erguida, casi sin mover los brazos. Se había recogido el pelo en un chongo y dejado al descubierto la nuca, el escote de su vestido me dejaba ver el principio del vello muy tenue y dorado que tenía en la espalda. Hasta mí llegaba un perfume agradable que se había puesto. Dejamos el corredor y el zaguán y entramos en la parte de servicio, pasamos juntos a la cocina, que era enorme, con brasero de azulejos y el techo negro de mugre. Zenaida se había quedado dormida, sentada en un banquito, con la cabeza recargada en la pared, entre dos cazuelas. En el piso de la despensa había dos costales de frijol y una caja de melones, en el cuarto de Zenaida, una veladora encendida, pasamos junto a dos puertas cerradas y llegamos al extremo del patio, en donde había otra puerta de lámina galvanizada. Cuando Lucero se detuvo para abrirla, di un paso, metí los brazos por debajo de los suyos, puse las manos sobre su vientre y la apreté contra mí. Fue una sensación muy agradable. Ella no hizo nada por separarse y rió. La besé en la nuca y ella rió más todavía. Entonces ocurrió algo que yo no esperaba: con las manos, que yo había dejado libres, Lucero abrió la puerta y dejó salir al perro, que yo no vi hasta que me dio el mordisco. Era el perro negro que la acompañaba cuando iba al gallinero. Entre el dolor, la sorpresa y el susto, la solté y ella se separó de mí y siguió riendo. Le di un puntapié al perro y me soltó, pero no se quejó. Iba a volver a atacarme, pero Lucero dijo: —Quieto, Veneno.  El perro y yo nos miramos furiosos, él listo para morderme otra vez y yo para darle otro puntapié. Lucero dijo: —Por aquí. Caminamos los tres en paz, como si no hubiera pasado ni el apretón ni el beso ni el mordisco, ni el puntapié, cruzamos el patiecito empedrado y entramos en el cuarto de los baúles. Lucero encendió la luz. Era un cuarto alargado, encalado, con dos ventanas, por las que se veía, en la luz del atardecer, el gallinero de mi tío y las macetas con geranios que había en la azotea de la casa de don Pepe Lara. Los baúles estaban en un rincón y no estorbaban, junto a una de las ventanas había un caballete, un banco y una mesita. Quise ver el cuadro que estaba en el caballete y encontré un retrato del gringo que me pareció horrible. Fui a la mesita a admirar una naturaleza muerta, sin ningún chiste. —Esto está muy bien —comenté. Lucero tomó la naturaleza muerta y la puso boca abajo. Yo miré el cuarto, estudiando la posibilidad de convertirlo en taller de dibujo —cualquier cuarto, con sólo ponerle una mesa y una lámpara, se convierte en taller de dibujo—, y volví a decir: —Esto está muy bien. Me di cuenta de que mientras yo había estado mirando el cuarto, Lucero me había estado mirando a mí. —Me gustas —dijo. Yo iba a dar un paso hacia ella, pero el Veneno peló los dientes y eso me detuvo. Lucero esperó a que el Veneno y yo saliéramos del cuarto para apagar la luz. Mientras ella cerraba el candado le pregunté: —¿A qué horas pintas? No porque me interesara la respuesta, sino para darle naturalidad a la escena. —No tengo hora fija. ¿Te molestará si pinto cuando tú trabajas? —Al contrario, me gusta estar acompañado. Mientras Lucero echaba el candado en la siguiente puerta —el Veneno había quedado encerrado— estuve a punto de darle otro apretón, pero la voz de Amalia me interrumpió: —¿Qué pasó, te gustó el cuarto de los baúles, podrás trabajar allí? Su figura azul fuerte, en forma de un ocho esbelto avanzaba hacia nosotros llena de solicitud. Esa noche, después de cenar, siguiendo la costumbre implantada la noche anterior, mi tío y yo fuimos a su despacho. Dos cosas dignas de anotarse ocurrieron. Una, que fue Lucero y no Amalia quien llevó la charola con el coñac y el agua mineral. En vez de dejarla sobre la mesita que teníamos a nuestro alcance, como había hecho su madre la noche anterior, Lucero llevó la charola a la mesa del escritorio y ella misma sirvió la copa de coñac y el vaso de agua mineral y fue a ponérnoslos enfrente. Esto requirió que fuera de un lado a otro de la habitación y que se inclinara dos veces. Cuando ella salió, mi tío dijo: —Tengo la impresión de que esta muchacha anda poniéndote las nalgas por delante. Bebió tres copas de coñac, como la noche anterior y fumó como chimenea. La otra cosa interesante que dijo fue: —Yo pretendo que me entusiasma la mina, pero lo único que estoy esperando es la muerte. En ese momento lo vi, realmente, muy viejo y enfermo. ¿Por qué me dijo "me gustas"?, pensaba yo más tarde, en la cama. ¿Por qué, si es verdad que le gusto, abrió la puerta del patio para que me mordiera el perro? ¿Y por qué después me dijo "me gustas"? Otra pregunta: ¿por qué me besó esta mañana, tenía ganas de hacerlo o fue lo único que se le ocurrió cuando casi la descubrí esculcando mi camisa? Por otra parte, hay que admitir —pensaba yo en la cama— que si esta mañana Lucero estuvo en una situación tan forzada que no le quedó más remedio que besarme, esta tarde, en cambio, no había nada que la obligara a decirme que le gusto si no le gusto. De lo anterior se deduce que sí le gusto y que esta mañana, aunque haya tenido otros motivos, quería darme un beso. Aunque, claro, en contra de esta teoría está la circunstancia de que cuando le di el apretón en el patio, abrió la puerta y dejó salir al perro. Es una mujer llena de contradicciones. Yo estaba en el cuarto a oscuras, acostado bocarriba, en la cama de una de las cuatas, cubierto por una sábana, en la cual alcanzaba a ver, en la penumbra, la pirámide blanca formada por mi erección.  ¿Qué diría la Chamuca si me viera como estoy, por culpa de una mujer sin ideología? Para borrar la imagen reprobatoria de la Chamuca, evoqué el beso que me dio Lucero y el apretón que yo le di. El reloj de la parroquia dio la una y cuarto, oí las chinelas de marabú, la puerta del baño que se abría y se cerraba, la fluxión del excusado, la puerta del baño otra vez y las chinelas que se alejaban. No sé por qué estos ruidos me hicieron concebir un plan muy arriesgado: ¿cuánto tardará Amalia en volver a dormirse profundamente?, pensé. Demasiado tarde para entablar conversaciones que esclarecieran este punto, como por ejemplo, decirle: "yo padezco insomnio, ¿tú qué tal duermes?" Recordé otra vez a Lucero cuando me dio el beso y a Lucero cuando puso la copa en la mesita y el comentario que hizo mi tío. Al cuarto para las dos me levanté de la cama. No sé cómo me atreví, en una casa tan respetable como la de mi tío Ramón Tarragona, a salir al corredor encuerado. No sólo encuerado, sino con una erección. Afortunadamente no me vio ni el cenzontle, porque en la noche Zenaida cubría la jaula con una toalla vieja. Había luna. Llegué a la puerta del cuarto de Lucero e hice girar la perilla. Nunca oí perilla —y después la puerta— girar tan silenciosamente. El ruido de mi circulación, en mis sienes, en cambio, era estruendoso. Cerré la puerta con mucho cuidado. Tardé un rato en distinguir a Lucero, que dormía boca abajo, despatarrada, con los brazos abiertos y las manos a los lados de la almohada, la cara hacia el otro extremo del cuarto, ocupando casi toda la cama que era ancha. Cuando me golpeé contra una silla, cambió el ritmo de su respiración, cuando levanté las cobijas movió una pierna, cuando entré en la cama, despertó. —No te asustes —le dije, muy quedo—, soy yo: Marcos. Era el momento más peligroso. Si ella gritaba me metía en un lío, pero no gritó. No se movió. Le puse una mano en el hombro, ella no la rechazó y empecé a tocarla. Lucero, me di cuenta en esos momentos, dormía en playera de algodón y pantaleta. Sin cambiar de posición, sin volverse y mirarme, dejó que yo metiera las manos por debajo de la playera, que le acariciara los pechos, que la oprimiera contra mi cuerpo para hacerle sentir la erección. Tuve la certeza de que en un momento después Lucero iba a ser mía, y al mismo tiempo me di cuenta de que había olvidado los condones en el cajón del buró de las cuatas, pero yo estaba tan excitado y el cuerpo de ella parecía tan receptivo, que decidí seguir adelante. Metí las manos por debajo de la pantaleta y toqué el pelo del pubis, puse la otra mano en el elástico de la pantaleta y empujé para sacarla. Entonces, Lucero cambió de posición y juntó las piernas. No volvió a separarlas. Primero recorrí su cuerpo a besos, hasta llegar a los dedos del pie, después fingí haber perdido interés en ella y le di la espalda, por último, me hinqué en la cama, puse las manos en sus rodillas y traté de separarlas a fuerzas. Los dos hicimos lo que pudimos y ella ganó. Cuando terminó la lucha, las cobijas estaban en montón en el piso, yo, jadeante y Lucero en posición fetal, con los ojos cerrados, la pantaleta y la playera puestas. Bajé de la cama, volví a chocar con la silla, abrí la puerta y entonces la oí hablar por primera vez: —Buenas noches —dijo. Estuve a punto de dar un portazo, pero cerré con cuidado. Fui al baño e hice pipí. Comprendí que regresar a mi cuarto en aquellas condiciones me resultaba intolerable. Entonces se me ocurrió otro plan todavía más arriesgado que el anterior. En realidad no fue plan, porque antes de concebirlo ya lo estaba ejecutando. Fue más bien un impulso irresistible. Cuando menos pensé ya estaba yo dentro del cuarto de Amalia. ¡Qué diferente recibimiento! Cuando Amalia oyó que alguien andaba tropezándose con los muebles, encendió la luz. Tenía un camisón escotado que dejaba ver el nacimiento de sus tetas enormes y dormía con un trapo amarrado en la cabeza para que no se le descompusiera el peinado, las chinelas —eran realmente chinelas de marabú— estaban junto a la cama. Habló mucho, pero en voz baja. Si mal no recuerdo, dijo: —¿Qué pasa?. . . ¿Marcos, qué tienes?. . . ¿qué quieres?. . . ¡Ay, Virgen Santísima!. . . ¡Mira nomás cómo te has puesto!. . . ¡Estás loco. . . ¡Piensa en mi reputación!. . . ¡Ay, qué maravilla!. . Después, afortunadamente, se calló. Regresé a mi cuarto todavía oscuro, antes de que se levantara Zenaida y destapara el cenzontle, me metí en la cama y dormí profundamente hasta que me despertaron las campanas de la misa de ocho. Cuando abrí los ojos sentí una tremenda opresión. ¡Qué estupidez tan grande he cometido!, pensé. Mi infidelidad a la Chamuca era de segunda importancia, porque ella ignoraba lo ocurrido y si alguien se lo dijera se negaría a creerlo. Mucho más seria era la posibilidad de que mi tío o Lucero se hubieran dado cuenta de lo que había ocurrido en el cuarto de junto. Con un escalofrío imaginé la escena que podría ocurrir dentro de un rato en el comedor: yo entrando, mi tío adusto, porque yo había mancillado su casa, Amalia, con el gotero en la mano, preparando la medicina, roja de vergüenza, Lucero llorosa. ¿Qué me quedaba? Irme de la casa. Cuarenta mil pesos me costaba el chiste. Pero había que considerar también la otra posibilidad: de que ni mi tío ni Lucero se hubieran dado cuenta de nada. La casa de mi tío es vieja y los muros son gruesísimos: adobe, dos capas de cal y canto, aplanados de mezcla y por último el papel tapiz. Casi un metro de espesor. No recordaba haber oído desde el cuarto de las cuatas más ruido que el de los tacones de Amalia caminando por el corredor. Repasé los sucesos de la noche anterior tratando de analizarlos con un criterio acústico. La cama crujía, los dos habíamos hecho el amor furiosamente: yo había resoplado, Amalia había hecho exclamaciones, y al final, aquel lamento prolongado, tan extraño, parecido al mugido de una vaca. No aclaré ninguna duda, pero llegué a la conclusión de que había pasado una noche muy satisfactoria. Lo peor que puede ocurrir, pensé, es que me tenga que ir de aquí; ni modo: tomo los casi diez mil pesos que mi tío me ha dado, voy a Jerez, paso por la Chamuca, nos vamos juntos a la Playa de la Media Luna, hotel Aurora, y allí nos quedamos hasta que se acabe el dinero. Después ya veremos. Al salir de mi cuarto encontré a Lucero, que salía del suyo. Me miró de una manera que borró mis preocupaciones: era evidente que no tenía ni rencor por lo que había pasado en su cuarto, ni idea de lo que había pasado en el de Amalia. —¿Cómo pasaste la noche? —preguntó sonriendo. Y sin esperar mi respuesta se alejó caminando de una manera que me recordó lo que había dicho mi tío la noche anterior: "anda poniéndote las nalgas por delante" Cuando entré en el comedor, mi tío, que había terminado de desayunar y estaba picándose los dientes, dejó de hacerlo y sin decir palabra señaló un sobre cerrado que estaba junto a mi lugar, en la mesa. Tuve un sobresalto. Pensé, ¿se habrá dado cuenta de lo que pasó anoche y me escribió una carta pidiéndome que me vaya y no vuelva a poner un pie en su casa? Estuve a punto de abrir el sobre, pero mi tío dijo: —No es para ti, no seas pendejo, es para el director de Obras Públicas, en Cuévano, le digo que eres mi sobrino y que le agradeceré que te preste los aparatos de topografía que necesites. —Gracias, tío —dije, aliviado, dejando la carta sobre la mesa—. Hoy mismo iré a recogerlos. En ese momento entró Amalia. ¡Qué distintas se ven las mujeres cuando ha hecho uno el amor con ellas! No me pareció tan ridícula. Se había pintado de azul los párpados y se había puesto rimel en las pestañas. Llevaba un vestido blanco ligero. Me hizo la misma pregunta que su hija: —¿Cómo pasaste la noche? —cuando le dije que muy bien rió con una risa ronca—. ¿Qué quieres desayunar? Ella misma, me dijo después, hizo los huevos a la mexicana, refrió los frijoles, calentó las tortillas y llevó el desayuno a la mesa. —Nunca la había visto tan activa —comentó mi tío en un momento en que Amalia salió a buscar el pan dulce. Amalia regresó, se sentó a la mesa a verme comer y habló de unos pajaritos que hay en el campo — "son chiquirrinitos y tienen la cabecita y las alas casi negras y el pechito café". —Se llaman golondrinas —dijo mi tío, que había escuchado la descripción con incredulidad. En efecto, eran golondrinas lo que Amalia quería describir: anidaban entre las vigas de los portales y al volar movían las alas a ratos y a ratos se dejaban llevar por su impulso. Amalia quedó admirada de haber pasado tantos años sin saber cuáles eran las golondrinas, habiéndolas visto tantas veces. Su reacción, y la carcajada que echó —alcancé a verle el paladar— me simpatizaron. Noté que mi tío la observaba en silencio. Puse frijoles refritos y huevo en una tortilla y al morderla, pensé: "Amalia es muy bruta pero muy humana" y, un momento después, "de esta casa no me saca nadie hasta que mi tío me entregue los cuarenta mil pesos que faltan". Mi tío me pidió que ya que iba a Cuévano, llevara a don Pepe Lara, que tenía que ir a esa ciudad para arreglar varios asuntos, entre otros, llevar las muestras de creolita al laboratorio de ensaye. Cuando pasé con el Safari por la casa de don Pepe, lo encontré en la puerta, listo para salir. Para ir a la capital del Estado se había puesto un traje gris oscuro y un sombrero más nuevo que el que se ponía a diario. Las muestras de creolita las había puesto en un costalito de cáñamo, más elegante y más limpio que el saco viejo de cemento en que habían estado guardadas el día anterior. Doña Jacinta salió a despedirlo como si se fuera a un largo viaje y no a una ciudad que está a cuarenta kilómetros. — ¡Que Dios los bendiga! —dijo doña Jacinta cuando el coche arrancó. Esperé a llegar a una recta en la carretera para hacer a don Pepe la pregunta que había preparado: —¿Quién es o quién era Estela? Volvió la cabeza para mirarme. Nunca se pareció tanto a una lechuza. Era evidente que no le gustó la pregunta y que no hallaba cómo darme la respuesta. —¿En dónde viste ese nombre? —preguntó. Le dije que la tarde anterior mi tío había abierto uno de los cajoncitos de su escritorio y que yo había alcanzado a ver una foto que estaba dedicada "a Estela". Como ante algo irremediable, don Pepe dijo: —Estela era tu tía Leonor. —¿Cómo, mi tía Leonor? —Así le decían en el lugar donde trabajaba. —¿En dónde trabajaba mi tía? —Yo creía que tú sabías. No sabía, pero siempre me había parecido raro que mi tía Leonor, una mujer humilde, de rancho, se hubiera casado con mi tío Ramón, que desde joven fue un hacendado con dinero. Mi madre había sido siempre imprecisa al tratar este punto. "Tu tía Leonor", decía mi madre, "fue a trabajar en Cuévano y allí conoció a don Ramón". Aunque nadie me había dicho en qué había consistido el trabajo de mi tía Leonor, yo la imaginaba dependienta en una mercería. —¿Mi tía trabajaba en un burdel? —pregunté. Don Pepe alzó los hombros lo más que pudo, como para taparse los oídos y no oír la frase. —No lo llames así. Era más bien como una casa de huéspedes. —En donde vivían señoritas. . . —Exactamente. —E iban señores a visitarlas. —Mira, Marcos, tu tía Leonor es una de las mujeres que yo más he apreciado y respetado en mi vida. —Yo también tengo un recuerdo magnífico de ella y por eso le pido a usted que me diga dónde trabajaba. Don Pepe se acurrucó en el asiento como si tuviera frío, y me dijo, mirando con persistencia al frente: —Tu tía llegó a trabajar en una casa que estaba en el callejón de las Malaquitas, que era propiedad de una señora Aurelia. Allí la conoció Ramón y se enamoró de ella y se casaron y vivieron felices hasta que ella, desgraciadamente, murió, lo cual ha sido la mayor catástrofe que le ha pasado a Ramón. La foto que tú viste en el escritorio de Ramón dedicada "a Estela", ha de ser una de las que le dieron sus compañeras el día en que ella se separó del trabajo, para ir a vivir en Muérdago, en la casa que Ramón compró para ella, en el barrio de San José. La revelación que hizo don Pepe, más que escandalizarme, hizo más interesante, y mucho más clara, la figura de mi tía Leonor. Aunque, claro, esto no impidió que a partir de ese día, cuando algo sale mal y me da la melancolía, diga para mis adentros: —Nací en un rancho perdido, mi padre fue agrarista, me dicen el Negro, la única parienta que llegó a ser rica empezó siendo puta: estoy jodido.





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