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Wednesday, March 22, 2017

JORGE IBARGÜENGOITIA: DOS CRÍMENES, CAPÍTULO IV


 Dormí mal. Hacía calor y me desnudé, quité las cobijas y conservé la sábana, abrí la ventana y entraron moscos; Amalia, a quien imaginé de bata chodrón y chinelas de marabú con tacón alto, me despertó las cuatro veces que fue al baño, el reloj de la parroquia tocó cada cuarto de hora, despierto me preguntaba qué suerte habría corrido la Chamuca, dormido la soñaba siendo atropellada por un camión de mudanzas, el cenzontle empezó a cantar a las cinco de la mañana, a las seis llamaron a la primera misa y a esa hora empezaron a pelearse los gorriones. Hoy, decidí, tengo que hablar con la Chamuca. A las siete me levanté, me puse los pantalones, cogí la toalla que Lucero había puesto sobre una silla y fui al baño. Los calzones de Amalia seguían en la llave de la regadera: los colgué del perchero y me bañé. Más tarde, cuando abrí la puerta de mi cuarto, vi a Lucero en el centro de la habitación. Me detuve en el umbral sorprendido. Ella tenía una bata de algodón, muy recatada, como de señorita inglesa antigua y me miraba turbada, tenía una mano en el respaldo de la silla donde yo había puesto mi camisa. De pronto, sonrió. —Cierra la puerta —me dijo. Cerré la puerta. —Vine a darte un beso —dijo. Fue a donde yo estaba —yo llevaba la toalla mojada en la mano— y tomándome en sus brazos me dio el beso técnicamente más perfecto que me han dado en mi vida. Solté la toalla y traté de quitarle la bata. Tenía un cuerpo muy agradable al tacto, pero se defendió con decisión y energía inesperadas, se separó de mí con un empujón y me dijo: —Así nomás. Salió del cuarto. Yo, sin entender bien todavía lo que había pasado, fui a pararme frente al tocador de las cuatas y me miré en el espejo: vi a un hombre con la boca abierta, el torso desnudo y unos pantalones deformados por el bulto de la erección. Poco después, al ponerme la camisa, me di cuenta de que los sesenta y un pesos y la copia del contrato que yo había dejado en la bolsa habían cambiado de posición. Al entrar en el comedor encontré a mi tío sopeando un bizcocho en la taza del chocolate. Me guiñó el ojo en respuesta cuando le dí los buenos días. Amalia estaba a su lado, de pie, contando las gotas de medicina que echaba en un vaso de agua. La bata que tenía puesta, que yo había supuesto chodrón, era amarilla y hacía más evidente el color moreno de su piel —y más ridículo el pelo rubio—. Puso el gotero en el frasco y me sonrió amablemente. —¿Cómo pasaste la noche? —Muy bien —contesté. —Apuesto a que no dormiste —dijo mi tío, mordió el bizcocho y agregó con la boca llena—. Nadie ha dormido bien en esta casa la primera noche. Bebió el último trago de chocolate, se limpió la boca con la servilleta, tomó el vaso con la medicina que Amalia había preparado y bebió hasta acabárselo, lo puso sobre la mesa y eructó. —Esta medicina —explicó— me sabía a rayos cuando empecé a tomarla, pero ahora ya me acostumbré y no me sabe a nada. —¿Qué es? —pregunté. —Agua zafia —dijo Amalia. Le ha hecho mucho provecho. ¿Qué quieres desayunar? —me preguntó. Le dije lo que quería y ella salió del comedor llevando en la mano una botellita de vidrio azul violáceo que tenía una etiqueta en la que alcancé a leer "Farmacia La Fe", que es la de don Pepe Lara. —El Safari está en la puerta, como quedamos —dijo mi tío, sacó una llave de la bolsa del chaleco, la puso sobre el mantel, y con un tafite vigoroso la hizo llegar, con bastante buen tino, al lugar donde yo estaba—. El tanque está lleno. Me alegré de saber que no tenía que gastar mis sesenta y un pesos en gasolina y guardé la llave. Mi tío dijo:  —Uno de los tractoristas de la hacienda trajo el Safari, lo dejó en la puerta, se comió un taco que le dio Zenaida, y regresó a pie a la Mancuerna. Yo sabía que eran dos horas de camino. —Le agradezco la molestia al tractorista y a Fernando —dije. —El Safari es mío y al tractorista lo pago yo —dijo mi tío. —Entonces te lo agradezco a ti. —No seas pendejo. ¿Necesitas alguna cosa? Pensé un momento antes de decir: —Una linterna sorda, un martillo y un cincel. —Pídeselos a Zenaida. Metió la mano en la otra bolsa del chaleco, sacó un billete que dobló en cuatro, lo puso sobre el mantel y de otro tafite lo hizo llegar a donde yo estaba. Era de mil pesos. —Es a cuenta de honorarios —me dijo—. Te los doy para que no pases trabajos. —¿Por qué había de pasarlos? —Lucero estuvo esculcando en tu ropa y dice que nomás tienes sesenta y un pesos. Pensando en lo difícil que es a veces conseguir cambio de mil pesos, decidí ir al Banco de la Lonja a cambiar el billete. El Banco es un edificio antiguo que está en la esquina de la Sonaja y la Plaza de Armas, a media cuadra de la casa de mi tío. Me formé en una cola de tres personas que había frente a uno de los pagadores y esperé mi turno. No había pasado un minuto cuando alguien, que tenía una mano como tenaza, me agarró del brazo. Era Alfonso. —¿Pero qué estás haciendo en la cola si tú en este banco eres influyente? Vente por acá. Cruzamos el mostrador por una puertita, pasamos a las oficinas generales y entramos en el despacho privado de Alfonso. De la pared colgaban dos retratos a colores, muy retocados, del mismo tamaño, uno era del Gobernador del Estado, el otro era del Presidente de la República. —Cuando el señor Presidente venga a esta humilde casa —me dijo, al ver que yo estaba mirando los retratos—, voy a poner un retrato más grande que tengo de él, mientras tanto, así los dejo, porque el señor Gobernador viene a cada rato. Hizo que yo me sentara en un sillón estrecho y él se sentó en otro más amplio, que estaba tras de un escritorio con patas de tigre. —¿Qué se te ofrece, Marcos? —Nomás quería cambiar un billete. Se lo dí. Él lo desdobló, lo estudió cuidadosamente, abrió un cajón, comparó el billete con una lista que sacó, se dio por satisfecho, guardó la lista y gritó: — ¡Elenita! Entró una mujer morena, con los labios pintados de rojo, el pelo rizado artificialmente y un vestido espectacular. —Elenita, éste es mi primo Marcos González, la señorita es Elenita Céspedes, mi secretaria particular. —Mucho gusto —nos dijimos Elenita y yo al mismo tiempo. —Mi primo quiere cambiar este billete de mil pesos, Elenita —le dio el billete y me preguntó—. ¿Cómo quieres el cambio, primo? —Ochocientos en billetes de cien y el resto en de diez —dije, mirando a Elenita. —Ochocientos en billetes de cien y el resto en de diez —dijo Alfonso a Elenita, como si ella no hubiera oído. —Muy bien, licenciado —dijo Elenita a Alfonso y salió. —A mí me gusta estar rodeado de cosas bellas —dijo Alfonso. Tardé un momento en entender que se refería a Elenita. El siguió: —Vi que el coche de Fernando está parado en la puerta de la casa de mi tío, lo cual me hace pensar que has desairado el ofrecimiento que te hice ayer de prestarte mi Galaxie. —Es que voy por un camino muy malo y mi tío y yo pensamos que iba a maltratar tu coche.   —No te estoy pidiendo explicaciones, nomás quiero advertirte dos cosas, una que el ofrecimiento sigue en pie y segunda, que se me hace que escogiste mal, porque no puedes comparar la lata de sardinas que tiene Fernando con un Galaxie, que casi se maneja solo. Elenita entró, entregó los billetes a Alfonso y volvió a salir. Alfonso me dio el dinero y me dijo: —El billete de mil pesos te lo dio mi tío, ¿verdad? —Sí. —Lo sé por el número de la serie —hizo una pausa, yo me moví incómodo en el asiento, él siguió—. No te sientas obligado a decirme por qué te lo dio, nomás te hago esta observación para que sepas que estoy al tanto de tus asuntos. Nos despedimos con cordialidad ficticia y yo salí del banco arrepentido de haber entrado, fui a donde estaba el Safari, subí en él, después de varios intentos lo eché a andar y estuve un rato dando vueltas por las calles de Muérdago hasta que encontré la salida a la carretera de Cuévano. La carretera desciende entre los mezquites en una curva pronunciada, se estrecha y convierte en puente para librar la cañada y remonta la loma siguiente. Ese paraje se llama, o se llamaba, "los García'', no sé por qué. En la cima de la segunda cuesta está el entronque. 

Y BALNEARIO EL CALDERÓN 
¡CUARTOS DE LUJO! 
¡COCINA INTERNACIONAL! 
¡AGUAS TERMALES! 
¡DISFRÚTELO! (10 KMS.) 

Decía el letrero, que era nuevo. La brecha era la de siempre, arranca del asfalto casi en ángulo recto y sube la cuesta dando brincos entre los garambullos. Ni los dueños del hotel ni los que vivían en el rancho le habían puesto mano en diez años y, pensándolo bien, ni en veinte. A veces el coche se estremecía al ser golpeado por las piedras que él mismo se echaba, a veces se hundía en hoyancos disfrazados por el polvo finísimo. Cuando yo había avanzado unos trescientos metros por la desviación, vi, reflejado en el espejo tembloroso, que un cochecito blanco se había detenido en el entronque. Seguí adelante a la misma velocidad. Al llegar a la cima detuve el coche para contemplar un momento, con la extrañeza que siento cada vez que regreso, el panorama que se extendía frente a mí: los cuatro cerros idénticos, como dos pares de tetas que se unen, dejando en el centro un valle en forma de cazuela que es lo que se llama el Calderón. Allí, al pie de uno de los cuatro cerros está el manantial famoso, que da origen a los baños y al plantío de la caña, únicas riquezas de la región. ¡Qué lugar tan raro para haber nacido! pensé, igual que cada vez que regreso. Nací en un rancho perdido, mi padre fue agrarista, me dicen el Negro, estoy jodido. Puse la palanca en primera y el coche empezó a avanzar. Entonces vi, en el espejo, que el cochecito blanco había salido de la carretera, tomado la brecha, avanzado por ella, y se había detenido, igual que yo. Unos metros más adelante, la curvatura del cerro me impidió seguirlo viendo. "Pura huizachera y nopalera hay aquí", decía mi madre que decía mi padre, "puras piedras". Por eso un día fue dizque a comprar unos tubos para la bomba en Pedrones y no lo volvimos a ver. Nos abandonó a mi madre, una mujer que lo quiso con insensatez, y a mí, un niño de siete años. Llegué hasta la hondonada, un lugar en donde el caño se revienta y forma un lodazal que es eterno, igual que los nidos de moscos. Bordeé el lodazal con cuidado, pero sin preocuparme por dejar o no huellas, y en vez de seguir adelante, por el camino que lleva a las casas blancas del hotel y a las pardas del rancho, tomé la brecha que sale a la izquierda, que está, si se puede, más abandonada que la primera, da la vuelta a dos cerros y va a terminar en un vallecito que forman al juntarse por afuera los otros dos. Al llegar a este punto detuve el coche, apagué el motor y me apeé. Todo parecía igual. La casa "del español" estaba en ruinas, como antes, los cuatro eucaliptos seguían de pie, de la entrada del socavón emergían los rieles herrumbrosos, aun la vagoneta volcada parecía tener la misma posición en que yo la había visto la última vez —diez años antes—, o la penúltima —veintidós años antes—, en que había visitado aquel lugar. "La mina vieja", le decíamos los chiquillos que íbamos a jugar en ella, pero yo después supe que se llamaba la Covadonga.   Cogí la linterna sorda que me había prestado Zenaida, pero dejé el martillo y el cincel en la cajuela, crucé el vallecito hasta llegar al socavón y me detuve en el umbral. Era un agujero negro y hosco, de dos metros de ancho por dos de alto, que me quitaba las ganas de entrar. Cuando oí el ruido del motor que se acercaba, dominé la repulsión que sentía, encendí la linterna y empecé a caminar por el túnel. El olor a meados de murciélago era idéntico al que había cuando yo entraba en la mina de chico. Al verme, los murciélagos gritaron y empezaron a revolotear. La galería parecía estar en buena condición, la madera de los marcos estaba sana, las paredes y el techo estaban casi secos. Cincuenta y dos pasos conté hasta llegar al punto en que la galería se hacía más pequeña, de manera que para seguir avanzando hubiera sido necesario hacerlo agachado o a gatas. Me di por satisfecho, di media vuelta y emprendí el regreso a la boca de la mina. Afuera se oía el ruido de un motor desesperado. Era evidente que había un coche maniobrando furiosamente, después se detuvo. Seguí caminando pegado al muro hasta llegar a la entrada y miré hacia fuera por una rendija del último dintel. El cochecito blanco había girado en redondo y estaba junto al Safari, listo para salir corriendo. En ese momento se abría la portezuela y alguien se apeaba: era el gringo, con su camisa de leñador roja y verde. Paseó la mirada lentamente por la casa en ruinas, los eucaliptos, unos montones que había de deshecho de mineral, la vagoneta, los rieles y la detuvo en el socavón. Estuvimos mirándonos a los ojos sin que él se diera cuenta. Después entró en el coche, lo puso en marcha y se fue, dejando una polvareda. Decidí hacer tiempo. Cuando el coche se perdió de vista, salí de la mina, crucé el vallecito y fui a sentarme en el poyo que hay en el portal de la casa del español, a la sombra de unas láminas. Observé que entre las matas de zacate amarillo no había papeles ni latas vacías ni ningún otro signo de ocupación reciente. Había, eso sí, huellas de paso frecuente de rebaños de chivas. Miré el cerro que estaba enfrente, cubierto de huizaches verdes, porque estaban retoñando, y garambullos cenizos y me acordé que se llama el Cerro sin Nombre. ¡Qué nombre tan idiota para un cerro!, pensé. El sol pegaba con fuerza, no se movía una hoja, el cielo estaba azul, una torcaza cantó. Decidí que ese canto triste era la señal de ponerme en marcha. En la ranchería todo estaba como antes. Una jauría de perros flacos, furiosos, persiguió el coche, tratando de morder las ruedas, unos niños tripones me echaron piedras, las casas estaban ocultas tras la nopalera. Reconocí la casa del Colorado por el limonero y el portalito. Un hombre estaba desgranando mazorcas sentado en una sillita. Cinco perros me recibieron en la entrada. Al ver que me apeaba, el hombre dejó la mazorca y la muela, se levantó de la silla y cruzó el corralito para ir a darle un puntapié a un perro blanco, que era el más bravo de todos. Me dí cuenta de que no me había reconocido. —Soy el Negro —le dije. La sonrisa casi le hizo pedazos la cara. Después de mirarme a mí miró el Safari y por último nos estrechamos la mano. —Mira nomás, Negro, cómo has cambiado, que no me daba cuenta de que eras tú. Yo tampoco me había dado cuenta, pensé, de que el Colorado, además de ser rojo, es cacarizo. —Vamos a dar una vuelta —le dije— porque quiero platicar contigo. El cerró la puertecita de su casa con un mecate y nos pusimos a caminar, él por delante y yo atrás. No me preguntó a dónde quería ir, porque ya sabía: hicimos el mismo paseo que hemos dado cada vez que regreso al rancho: tomamos la vereda vieja que describe una curva para evitar al balneario, sube una pendiente empinada, pasa por el puerto que hay entre dos cerros, cruza la cazuela del Calderón por en medio, donde la huizachera es más espesa y desemboca en el manantial. A éste le dicen el borbollón. Es un agujero de diez metros de diámetro al que nadie le ha visto el fondo, porque el vapor que sale de adentro le quema a uno la cara cuando se asoma. El ruido que hace el borbollón es inolvidable: es como el eructo de un gigante que se produjera irremisiblemente cada tres segundos. Es igual de fétido. El manantial se desagua por una cañada estrecha que serpentea, dejando un rastro de vapor, hasta llegar a un punto en que el terreno baja y el agua llega a la superficie, de donde es conducida primero al estanque, para que se enfríe, después al balneario y por último a los cañaverales. Nos paramos en el borde del agujero, en terreno resbaladizo, donde no molestaba el vapor y el Colorado me hizo la pregunta ritual: —¿Te acuerdas de Nate, uno que era borracho y se puso aquí en cuatro patas y se fue de cabeza al hoyo? Nunca lo volvimos a ver. El borbollón no dejó escapar más que el sombrero. —Sí me acuerdo —le dije—. ¿Todavía vienen aquí las mujeres cuando quieren hervir un pollo y lo echan al borbollón pelado, amarrado con un mecate? —Todavía —dijo el Colorado.   Después de esta conversación caminamos otra vez, él por delante y yo atrás. Seguimos la cañada hasta llegar al estanque, nos paramos en el lodo calizo y el Colorado me hizo la otra pregunta ritual: —¿Te acuerdas de que aquí nos bañábamos cuando éramos chiquillos y de que un día hicimos tanto barullo que la dueña mandó al bañero a que nos corriera y fuimos nosotros los que lo hicimos correr a él, echándole piedras? —Me acuerdo —dije. Volvimos a caminar, entramos en el hotel por detrás, atravesamos los corredores y el patio desierto hasta llegar al porche, en donde decía "Ladies Bar", y nos sentamos en una mesa. Era evidente que los nuevos dueños habían querido hacer del Calderón un paraíso turístico y habían fracasado. No sólo no había clientes, sino que no había nadie detrás de la barra. Al rato se oyeron unos chancletazos que se acercaban por el corredor y no tardó en aparecer una mujer gorda y vieja, desfajada, que se había lavado el pelo y lo tenía extendido sobre una toalla que traía en los hombros. —Es doña Petra, la encargada —me explicó el Colorado. —¿Qué desean? —preguntó doña Petra. —Unas cervezas —dije. —Nomás que me hacen un favor —dijo ella—, que ustedes las saquen de la hielera, porque me lavé la cabeza con agua caliente y puede hacerme daño poner las manos en algo frío. Cuando el Colorado trajo las cervezas y tomamos un trago, dije: —Estoy en tratos para trabajar la mina vieja. —Está bueno —dijo él. —Nomás que hay alguien que tiene ganas de meter la mano y echar todo a perder. —Eso está malo. —Necesito alguien que, durante las próximas dos semanas, esté allí presente, noche y día, y que se encargue de que nadie entre en la mina y menos que saque mineral. ¿Conoces tú alguien de confianza que pueda encargarse de este trabajo? —Yo mismo. Dos semanas las tengo libres. Ya barbeché y no tengo nada qué hacer hasta que lleguen las lluvias. —¿Tienes todavía la carabina? —pregunté. —Todavía. —¿Cuánto me cobras? —Lo que tú me pagues. —¿Cien pesos diarios? —Está bueno. Le di dos billetes de cien. —Es un anticipo —dije. — Está bueno —dijo él y guardó los billetes. Tuvimos que ir a la administración para pagarle a doña Petra las cervezas. A un lado del mostrador había una cabina que decía "Larga distancia". Estuve a punto de pedir comunicación con la Chamuca, pero cambié de parecer en el último momento, porque había decidido hacerlo dando un nombre falso —Ángel Valdés— y el Colorado, que sabía mi nombre, estaba a mi lado. Pagué la cuenta y salimos. En Cuévano estacioné el Safari en el Jardín de la Constitución, frente a las oficinas del Registro Minero, compré los cinco periódicos que acababan de llegar de México y con ellos bajo el brazo, entré en la Flor de Cuévano. Pedí un café y estuve revisando los periódicos con mucho cuidado. La noticia de "los terroristas" aprehendidos, que había aparecido en primera plana el día anterior, había ido a parar en la página de Excélsior ese día, y no tenía continuación en ninguno de los otros periódicos. La información de Excélsior era un refrito de la del día anterior, excepto por una cosa: daban los nombres de los fugitivos, o mejor dicho, los apodos: "El Negro" y "La Chamaca". No aparecían nuestras fotos. La situación, decidí, era, dentro de lo posible, lo mejor. Más tranquilo, saqué mi agenda para buscar el número de teléfono de la prima de la Chamuca y lo primero que encontré fue el apunte, con letra del Manotas, que decía: "ir a Ticomán, tomar la lancha que va a la Playa de la Media Luna, hotel Aurora". Tomé este hallazgo como un signo de buena suerte  y decidí que allí precisamente, en la Playa de la Media Luna, íbamos a escondernos la Chamuca y yo nomás que tuviéramos dinero. Fui a la caja y le di a la cajera el número de Jerez. Ella empezó a llenar la forma. —¿Con quién quiere hablar? —Con Carmen Medina —es el nombre de la Chamuca. —¿Quién la llama? —Ángel Valdés. Cuando la cajera me hizo la seña y entré en la cabina, oí la voz desconfiada de la Chamuca que decía: —¿Sí? —Es Marcos. —Oí una mezcla de risa, sollozo y palabras incoherentes. —¿Cómo estás? —pregunté. —Quiero verte. —Pero estás bien. —Sí, pero quiero verte. —Oye esto: mañana o pasado, mi tío me entregará nueve mil pesos. —¿Qué le contaste? —Déjame terminar: si crees que estás en peligro o estás a disgusto en Jerez, dímelo ahora y voy por ti apenas tenga el dinero. —Ven por mí. —Déjame terminar: si no estás en peligro ni estás a disgusto y puedes esperarme diez días, mejor, porque mi tío tiene que entregarme entonces cuarenta mil pesos, y pasaré por ti y podremos irnos a pasar una temporada en la Playa de la Media Luna, que es donde estuvo el Manotas, ¿te acuerdas de que nos platicó? —Está bien, espero diez días y vienes por mí y nos vamos a la Playa de la Media Luna. —Perfecto. Yo te hablaré cada vez que pueda. —Dime qué hiciste para lograr que tu tío te dé tanto dinero. —Voy a hacer un trabajo sobre una inversión, que él va a decidir que no le conviene hacer, pero que de todas maneras me tiene que pagar. Ella rió, me despedí y colgué. Al salir de la Flor de Cuévano, crucé el Jardín de la Constitución y eché todos los periódicos que había comprado un rato antes en un bote de la basura, después fui por la calle del Triunfo de Bustos hasta encontrar una puerta con un letrero que dice "La Cueva de Alí Baba", entré en ella. Es una casa de antigüedades. En el cuarto mal iluminado vi, amontonado en desorden, libros viejos, ex votos, muebles apolillados, cerrojos antiguos, espejos empañados, etc. Había un hombre dando una mano de aceite a una silla; se irguió al verme y me preguntó: —¿Qué se le ofrece? —Creolita —dije. Me condujo a un patio interior en donde había fierros viejos y montones de piedras de varias clases, todas decorativas, de las que la gente usa para completar colecciones de minerales, como adorno o simplemente para detener puertas. Yo, que sabía lo que buscaba, fui a uno de los montones y escogí seis ejemplares que me parecieron excelentes. La creolita es una piedra pesada, blanca, con vetas rojizas. —Cuestan veinte pesos cada una —dijo el hombre. Le pagué y él me dio un saco viejo de cemento para ponerlas. Las llevé al Safari y las puse en la cajuela, después entré en las oficinas del Registro Minero, compré un mapa aéreo, escala 1:50,000, en el que aparecía el Calderón y llené una solicitud de "certificado de no inscripción" de una mina llamada La Covadonga, en el Municipio de Las Tuzas. Hecho esto, fui a la tienda que se llama El Caballero Elegante y compré dos camisas y cuatro pares de calcetines. Al salir de El Caballero Elegante, iba a cruzar otra vez el Jardín de la Constitución para llegar al coche, cuando tomé una decisión muy extraña: entré en la farmacia del doctor Ballesteros y compré seis condones.  En la calle de la Sonaja, afuera de la casa de mi tío, estaba el cochecito blanco. Le di un golpe no completamente intencional al estacionar el Safari. Eran pasadas las cuatro. Zenaida abrió el portón y me ayudó a sacar lo que tenía en el coche. —Antes de irse a dormir la siesta —dijo Zenaida—, el patrón me dejó encargado que le diera a usted lo que se le antojara, tanto de beber como de comer, así que ordéneme, joven. Le dije lo que quería y entramos juntos en la casa. Nos separamos en el zaguán, ella se fue hacia el patio de servicio con las herramientas que me había prestado en la mañana y yo hacia el corredor con el saco de cemento lleno de piedras y el bulto de El Caballero Elegante. Caminé procurando no hacer ruido, porque las puertas de los cuartos estaban abiertas; hacía mucho calor. Mi tío Ramón dormía la siesta casi sentado, reclinado en cojines, en la cama matrimonial de fierro. Amalia y el gringo estaban en camas gemelas, boca arriba, los brazos pegados al cuerpo, las piernas estiradas y los pies, sin zapatos, formando un ángulo recto. Parecían dos que hubieran muerto estando en "firmes", la posición fundamental del soldado. Lucero estaba recostada en su cama, leyendo un libro. Usaba anteojos. La casa verde, alcancé a leer el título. Me detuve ante su puerta. Ella me miró por encima de los anteojos y sonrió. —Hola —dijo. —Quiero otro beso —dije. —Ahora no —contestó y siguió leyendo. Seguí caminando al cuarto de las cuatas, puse el saco con las piedras en el piso, el bulto de El Caballero Elegante sobre la cama, saqué el mapa aéreo de la bolsa del pantalón e iba a ponerlo sobre la cómoda, pero cambié de opinión, volví a ponerlo en la bolsa, cogí la toalla y fui al baño. Me tardé mucho rato. Cuando regresé a mi cuarto encontré lo que esperaba encontrar: el saco con las piedras había sido cambiado ligeramente de lugar. Al examinar el interior vi que de las seis piedras que compré, había cinco. Saqué el mapa aéreo que llevaba en la bolsa del pantalón, lo puse en uno de los cajones de la cómoda, que estaban vacíos, y lo cubrí con las camisas nuevas y los calcetines que acababa de comprar. Salí al corredor. Lucero seguía leyendo en su cuarto. El gringo se había levantado de la cama y estaba encendiendo un puro, sentado en uno de los equipales del corredor. —¡Hola! —dijo al verme—. Te extrañamos a la hora de comer. ¿Dónde andabas? Nos miramos sonrientes, llenos de amabilidad, como dos imbéciles. Se necesita ser pendejo, pensé, para hacer estas preguntas. —Fui a Cuévano —dije. —¿Ah, sí? ¿Y qué noticias me das de Cuévano? Ni siquiera le contesté. Fui derecho al comedor.




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