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Tuesday, March 21, 2017

JORGE IBARGÜENGOITIA: CAPÍTULO III DOS CRÍMENES

CAPÍTULO III

El cuarto de las cuatas perteneció inicialmente a dos hermanas de mi tío Ramón que nacieron gemelas y murieron jovencitas, de influenza española, en una misma semana de 1920. Se conservó intacto y servía para alojar visitantes ocasionales —yo lo conocía por haber pasado en él dos temporadas en que visité de muchacho la casa de mi tío—. Era un cuarto "femenino": el papel tapiz era color de rosa, las colchas de las dos camas eran azul pálido, los tapetes eran azul fuerte y en la pared había una acuarela que representaba un Pierrot. Todo estaba desteñido. Una mujer había quitado una de las colchas y estaba inclinada desdoblando una sábana. Yo podía ver su cabello castaño claro, sus brazos tersos, ligeramente bronceados: era Lucero. Ni había oído mis pasos ni se había dado cuenta de que yo estaba en el umbral. De pronto se enderezó y con un movimiento rápido abrió los brazos e hizo volar la sábana abierta. Los dos nos sobresaltamos, ella al darse cuenta de que no estaba sola y yo al comprender que estaba ante una mujer completamente desarrollada. Cuando la sábana cayó sobre el colchón ella se serenó, antes que yo, y me dijo: —Tú eres Marcos. —Tú eres Lucero. —Tú me enseñaste a jugar un juego de la baraja que se llama canasta de dos manos. —Tú eras una niña flaca que estaba en el corredor llorando de aburrimiento. Me miró de arriba abajo. —No te hubiera reconocido —dijo. Me hizo sentirme incómodo. Puse sobre una silla el jorongo de Santa Marta y el libro del doctor Pantoja. —Yo a ti tampoco. —Tú eras muy guapo —dijo ella. —Tú eras horrible. Ella rió y empezó a meter los extremos de la sábana bajo el colchón. Yo fui a la ventana y miré las ruinas de lo que había sido caballerizas. — ¿Cuándo fue eso? —preguntó Lucero. —Hace diez años. —¿Y ahora qué, te parezco horrible? La miré un momento y después dije: —No. Ella volvió a reír y dijo, sin dejar de tender la cama: —Todavía recuerdo el juego que me enseñaste. A veces lo juego. —Yo lo he olvidado. ¿Y ahora qué haces? —Tiendo la cama. —Aparte de eso, quiero decir, ¿estudias? —Juego ajedrez con mi tío. —¿Por qué?, digo, ¿por qué no estudias? —Porque terminé la preparatoria, que es lo más que se puede estudiar en Muérdago. Iba a ir a Pedrones a estudiar medicina pero entonces mi tío se enfermó y mi mamá y yo tuvimos que venir a esta casa a cuidarlo. —Mala suerte. —No me pesa. Hago otra cosa: dibujo. —¿Dibujas qué cosa? —Caras. Hago retratos de gente. — ¿Y cuando los terminas qué haces con ellos? —Los tiro en la basura. No tenía brasier. La ayudé a tender la colcha.  — ¿Te llevas bien con mi tío? —Mejor que con nadie y él me quiere a mí como a nadie. La miré con respeto. La cama estaba lista. En ese momento entró Amalia. — ¿Qué haces aquí? —preguntó a Lucero. —Vine a tender la cama. —Debió tenderla Zenaida. —Ella estaba poniendo la mesa. Mientras yo consideraba lo diferentes que eran la madre y la hija, Amalia se volvió a mí: — ¿Dónde está tu equipaje? —En esa silla —dije, señalando el jorongo de Santa Marta y el libro del doctor Pantoja. Amalia los miró incrédula un instante, pero no hizo ningún comentario. En cambio dijo: —Mi tío nos espera en la mesa. Salió del cuarto, Lucero me hizo un guiño antes de seguirla y yo cerré la marcha. En la mesa de los Tarragona siempre han cabido diez comensales con amplitud. Dicen que cuando mi tío la heredó, a la muerte de sus padres, se opuso a que le quitaran las extensiones para hacerla más chica. Durante muchos años, las más de las veces, se sentaban a la mesa dos: mi tío Ramón en la cabecera y mi tía Leonor a su lado. Aquel mediodía la mesa seguía siendo enorme y estaba cubierta con un mantel blanco muy limpio. Mi tío parecía Dios Padre, sentado en la cabecera, de espaldas al emplomado amarillo, con una servilleta blanca sujeta por dos pinzas que le cubría el pecho. A su derecha había dos cubiertos y a su izquierda tres, frente al segundo de éstos estaba sentado el gringo. El gringo es Jim Henry, marido de Amalia y padre de Lucero. Es un hombre muy alto, peinado de raya, que siempre tiene un gallo levantado. No había envejecido un minuto en los diez años que yo había dejado de verlo. Tenía puesta la misma camisa de leñador. Cuando me vio entrar no se extrañó ni pareció alegrarse ni siquiera me tendió la mano. Siguió sacando la servilleta del aro y se la puso en las piernas. —Hola —dijo. —Hola —le contesté. —¿Para quién es el sexto cubierto? —preguntó mi tío. —Para Alfonso mi hermano —dijo Amalia—, que dijo que vendría a comer. — ¿Qué querrá? —Yo creo que ver cómo estás y saludarte. —Es necesario decirle a Alfonso que cuando quiera ver cómo estoy, saludarme, me pregunte si quiero yo verlo a él, en vez de avisarte a ti que viene a comer. Amalia se mordió el labio y me ordenó con cierta ferocidad: —Tú, siéntate aquí. Yo había estado a punto de sentarme junto a Lucero, a la derecha de mi tío, Amalia hizo que me sentara junto al gringo, en el lugar más alejado de la cabecera. Amalia se sentó entre el gringo y mi tío. En el mismo instante que Amalia, que fue la última en sentarse, puso las nalgas sobre la silla, entró por la puerta Zenaida con la sopera de porcelana blanca, y fue a ponerla sobre la mesa, al lado de Amalia, quien sirvió los platos y los repartió en el orden siguiente: a mi tío, al gringo, a Lucero y a mí al último. Poco le faltó para servirse ella antes que pasarme un plato. El gringo, que parece que tiene el pescuezo soldado y no puede volver la cabeza sin hacer girar todo el tronco, trató de iniciar una conversación conmigo: — ¿Y qué novedades hay en Cuévano? —No sé. Hace ocho años que no vivo allí. Vivo en México. —Comprendo. ¿Y qué novedades hay en México? —etcétera. Lucero untó mantequilla en una tortilla, la enrolló haciéndola un taquito y se lo dio a mi tío, hizo otro y se lo dio al gringo, hizo un tercero y se lo comió ella misma. A mí no me dio nada. La sopa era de fideo y fue servida según lo que yo recordaba haber sido la costumbre de mi tía Leonor: cada comensal agregaba a su gusto trocitos de queso blanco y chiles guajillos fritos. Yo estaba en la tercera cucharada cuando entró en el comedor un hombre de cejas muy gruesas y bigotes finísimos, vestido a matar, con un traje color aguacate y una camisa amarillo paja. Levantó las manos para pedirnos que no nos moviéramos y se vieron reflejos de mancuernillas, reloj de pulsera muy gruesa y varios anillos, todo de oro, al mismo tiempo decía: —No se levanten, no se cohíban, no me hagan caso, sigan tranquilos comiendo. Era mi primo Alfonso Tarragona, el banquero, alias el Dorado. Fue a la cabecera y trató de besarle la mano sana a mi tío, pero éste se la negó y Alfonso tuvo que conformarse con recoger la mano inerte, que estaba sobre el mantel y ponérsela en los labios, después besó en la mejilla a Lucero, que tenía la boca llena, saludó a Amalia y al gringo moviendo la manita, y hasta entonces pareció darse cuenta de que yo estaba allí sentado, me reconoció inmediatamente y fingió un estremecimiento del gusto que le dio verme. Fue hacia mí con los brazos abiertos, dio la vuelta a la mesa y dijo: — ¡Primo, qué gusto de verte, qué sorpresón tan agradable! Mientras me limpiaba la boca con la servilleta y me ponía de pie, decidí que era Alfonso a quien Amalia había avisado por teléfono que "el Negro" estaba en Muérdago. Nos saludamos como generales, de abrazo, palmada y apretón de manos. Él fue a sentarse junto a Lucero y yo seguí comiendo la sopa. Alfonso preguntó a mi tío: — ¿Cómo has estado, cómo te has sentido, no has tenido ningún nuevo malestar? —No me he sentido ni mejor ni peor que otras veces —dijo mi tío. — ¡Cuánto me alegro! —dijo Alfonso, y agregó, dirigiéndose a los demás—. Estos viejos de antes tienen una constitución de hierro. ¡Qué envidia me dan! —y agregó, dirigiéndose a mí—: ¿y a ti, Marcos, qué vientos afortunados te traen por estos rumbos? —Es un viaje de negocios —dije. —Ah, ya veo, y aprovechaste para venir a saludar a mi tío Ramón a quien no habías visto en... ¿cuánto? —Diez años. — ¡Diez años! ¡Qué barbaridad! ¡Cómo pasa el tiempo! ¿Así que no estuviste en Muérdago cuando murió mi tía Leonor? Ya la habían ascendido. Antes había sido "la señora de mi tío". —No —admití. — ¿Ni cuando estuvo enfermo mi tío, verdad? —Tampoco. —Pues has de encontrar esto muy cambiado. De todos modos me alegro que se te haya ocurrido venir en esta ocasión, porque nos das la oportunidad de volver a verte. Tomó una cucharada de sopa, se limpió los bigotes con la servilleta y siguió interrogando: —¿Dónde guardaste tu coche? —No vine en coche, llegué a Muérdago en autobús. — ¡Hombre, cuánto lo siento, qué barbaridad, qué incómodo ha de ser eso! El gringo tomó la palabra: —¿Por qué no viniste en coche, no tienes? La cuchara llena de sopa que Alfonso iba a meterse en la boca se quedó a medio camino, Lucero dejó de untar mantequilla en una tortilla que iba a darle a mi tío, Amalia y el gringo me observaban con atención, sólo mi tío siguió comiendo tranquilamente. —Mi coche está en México —dije—, en un taller de reparaciones, porque tuve un accidente. —¡Ah, qué caray, qué mala suerte! —dijo Alfonso. —¿Qué marca es? —preguntó el gringo. —Una Pick up International —mentí, porque no podía decir que mi Volkswagen estaba en la Procuraduría. —¿Y por qué una Pick up? —quiso saber Alfonso—, ¿tienes cría de puercos o qué? —Soy consultor de minas —dije. La mención de mi profesión inventada produjo un silencio respetuoso que duró quince segundos. — ¿No tienes otro coche? —preguntó el gringo. Decidí que no estaba en condiciones de inventar otro coche y otra razón para no usarlo. —No —dije.   —Tampoco tiene equipaje —dijo Amalia. Me miraron en silencio un momento, después Alfonso dijo: —¿Tuviste que salir de México a toda prisa? Mientras yo pensaba qué podía contestar, mi tío habló dirigiéndose a mí. —Tus primos —dijo— tienen mucho interés en saber a qué viniste a Muérdago, Marcos. No te mortifiques inventando pretextos. Diles la verdad. Diles que viniste porque yo te mandé llamar. La atención de todos, que había estado fija en mí, se fue sobre mi tío, quien, con mucha calma se metió en la boca una madeja de fideo que resultó demasiado grande y que estuvo sorbiendo ruidosamente. Comprendí que el tormento había terminado cuando vi que el siguiente taquito que hizo Lucero fue para mí. —Si necesitas una camisa—dijo el gringo—, yo te la puedo prestar. —Gracias, pero no me hace falta —dije, aunque la que tenía puesta estaba empapada. —Si quieres ir a algún lado —dijo Alfonso—, ya sea por negocio o porque quieras visitar los alrededores por gusto, no vayas en autobús. Ve al banco de la Lonja, que está aquí en la esquina, preguntas por el director general, que soy yo, y me dices con toda confianza, "Alfonso, quiero el coche", y yo te presto en el acto mi Galaxie. Cuando Zenaida llevó a la mesa el guisado, Amalia cambió el orden del reparto y me pasó el plato que sirvió después del que le dio a mi tío. Más tarde, al levantarnos de la mesa, mientras el gringo encendía un puro y Alfonso y Lucero empujaban la silla de mi tío al corredor, Amalia me tomó del brazo y me dijo con una sonrisa que pretendía ser coqueta: —Supongo que no le has dicho a mi tío que llegaste a Muérdago anoche, que viniste a la casa y que yo no te dejé pasar. —No se lo he dicho y no pensaba decírselo. —Haces bien. Mi tío tendría un disgusto que podría hacerle daño, y además él es el culpable de lo que pasó, por no advertirme que te había mandado llamar y que estabas por llegar, porque has de saber que tiene dadas órdenes estrictas de que no dejemos entrar en esta casa más que a los de la familia y a sus amigos más íntimos. Al llegar a este punto de su discurso, Amalia comprendió que había cometido varios errores y empezó a componerlos: —Claro que tú también eres de la familia, pero. . . —No te preocupes. Entiendo tu situación. Al cruzar el umbral tomados del brazo tuvimos que apretujarnos un poco y sentí en mi muslo la presión de su nalga. No sé si fue accidente. La parte de mi camisa que estuvo en contacto con ella quedó oliendo a heliotropo. Alfonso se despidió —dijo que tenía una cita a las cuatro con un emisario especial del Gobernador del Estado—, volvió a ofrecerme el Galaxie y se retiró. Los demás fuimos a nuestros cuartos "a dormir una siestesita". Mi tío, empujado por Zenaida y Lucero, entró en su recámara, que era la principal, la primera después del despacho y la única que tenía baño individual, Amalia y el gringo entraron en la siguiente puerta del corredor, la tercera puerta era la del cuarto azul, que ocupaba Lucero, la cuarta era la de las cuatas. No entré en ella, sino en la puerta que estaba enfrente, que era la del baño. Era un baño enorme, con lambrín de azulejo blanco. El excusado estaba sobre un estrado, el lavabo tenía un metro veinte de ancho, en la tina podía bañarse una familia. De una de las llaves de agua de la regadera colgaban unos calzones negros, con encajes. Por el tamaño supuse que serían de Amalia. La puerta se podía cerrar, pero no asegurar por dentro, porque el pasador estaba roto. En mi cuarto, saqué lo que tenía en la bolsa de la camisa —los sesenta y un pesos y la copia del contrato que había hecho con mi tío— y lo puse sobre la cómoda, me quité las botas argentinas, vi que en uno de mis calcetines había un hoyo y me tendí sobre la cama que había arreglado Lucero. Me acordé de la Chamuca, en dos imágenes: primero su cara llorosa, en la ventanilla, cuando el autobús se iba, después su cuerpo desnudo, cuando quitaba la colcha y no quiso hacer el amor por miedo de que nos oyera Evodio. El cenzontle enjaulado que había en el corredor cantó, dieron las cuatro en la parroquia, un jicote entró por la ventana abierta y después de un reconocimiento volvió a salir, oí los tacones de Amalia en el corredor y después la puerta del baño que se abría y se cerraba. Pasó un ratito. No sé si fue un ruido insignificante lo que me hizo mirar a la puerta, pero alcancé a ver la perilla que giraba lentamente, la puerta que se abría, y después, por la abertura, aparecer, primero los pelos rubios y luego las cejas negras de Amalia. Cerré los ojos. Comprendí que había entrado en la habitación, porque oí sus pies descalzos caminar sobre el mosaico. Después no oí nada. Entreabrí los   ojos. En la rendija que quedó entre mis pestañas alcancé a ver a Amalia examinando el libro del doctor Pantoja, no encontró lo que buscaba, lo dejó sobre el jorongo, miró a su alrededor y dio un paso hacia la cómoda. Entonces me moví, tratando de imitar a un durmiente que está a punto de despertar. Amalia se detuvo, dio media vuelta y salió de la habitación. Después la oí alejarse taconeando. Cuando trataba de comprender el significado de aquella visita extraña me quedé dormido. Desperté pasadas las cinco, salí al corredor y en el patio vi a Amalia con dos hombres. Reconocí a mis otros dos primos: Gerardo el juez y Fernando el agricultor. Amalia hablaba con voz que no alcancé a oír, Gerardo escuchaba con los brazos cruzados y las cejas hirsutas fruncidas, Fernando se acariciaba los bigotes, pensativo. La actitud de ambos me hizo sospechar que Amalia estaba describiendo los incidentes de mi llegada y lo que mi tío había dicho en la mesa. Cuando Fernando me vio le dio un codazo a Amalia, levantó la mano para saludarme y sonrió a fuerzas, Gerardo, más comunicativo, abrió los brazos y dijo: —Dame un abrazo, primo. Los dos fueron a mi encuentro mientras su hermana se quedó atrás ajustándose los tirantes del brasier. Gerardo es gordo, cano y sonrosado, Fernando es flaco y desgarbado; Gerardo iba de traje de casimir, Fernando de chamarra y pantalones de dril; Gerardo me dio un abrazo apretado, Fernando las puntas de los dedos nomás. —Amalia nos dice que vas a pasar unos días en Muérdago, lo cual me da mucho gusto y a Fernando también, ¿verdad, Fernando? —Sí, me da gusto. —Ya sabes que en este pueblo no hay mucho qué hacer ni gran cosa qué ver, pero de todos modos, si quieres ir a algún lado, cuenta conmigo, y con Fernando también, ¿verdad Fernando? —Sí, cuenta conmigo, si de algo te sirve. —Si en algún rato no tienes qué hacer y estás aburrido, vete al juzgado y podemos platicar o jugar dominó. Fernando puede llevarte a la hacienda, ¿verdad, Fernando? —Sí, si quieres ir, te llevo. —Ahora es tiempo de melones —dijo Amalia, que se había reunido con nosotros. Se oyó un pelotazo y dos muchachos entraron en el patio, jugando fútbol y maltratando las plantas. —Son mis hijos —dijo Gerardo, orgulloso—. Los traigo con frecuencia a que saluden a mi tío Ramón, porque él los adora, ¿verdad, Fernando? —Sí, parece que no le caen mal. En ese momento mi tío apareció en la puerta de su recámara, en su silla de ruedas, empujada por Lucero y Zenaida. Vio el juego de fútbol y dijo: —Gerardo, haz que estos niños se vayan a jugar a otra parte. —Saluden a su tío Ramón, niños, para que puedan irse a la casa. Los muchachos fueron a besarle la mano sana a mi tío y después se retiraron sin despedirse de nadie. Cuando iban por el zaguán, mi tío dijo a Lucero: —Trae un trapo con alcohol para limpiarme la mano. Gerardo se acercó a mí y explicó en voz baja: —A mí me parece muy importante que los jóvenes estén en contacto con la vejez y se vayan familiarizando con ella. ¿No te parece, primo? Yo estuve de acuerdo. — ¿Saben qué se me antoja, muchachos? —Preguntó mi tío cuando Lucero le limpiaba el dorso de la mano—. Ir a ver el atardecer en la punta de la loma de los Conejos. Hubo un momento de silencio. Fue evidente que mis primos no querían ver el atardecer en ningún lado, pero luego se repusieron. —Claro, es muy buena idea —dijo Gerardo—, ¿verdad, Fernando? —Si mi tío quiere, vamos. —Sí quiero y quiero que tú vengas también, Marcos —dijo mi tío. Entre los tres hombres cargamos la silla de ruedas para bajar los cuatro escalones que hay entre el corredor y el zaguán; el coche de Gerardo estaba en la puerta; entre Lucero y Zenaida pasaron a mi tío de la silla de ruedas al asiento delantero del coche en lo que pareció ser una operación muy sencilla,  pero una vez en la loma, para pasar a mi tío del asiento a la silla, los tres hombres que lo acompañábamos tuvimos que forcejear hasta quedar sudorosos. —Empújame allá —dijo mi tío a Fernando, señalando la orilla del acantilado. Mi tío daba órdenes cortas a mis primos, sin agregar nunca un "por favor'', y se había comportado ante ellos como si estuviera presente Amalia, es decir, de manera muy diferente que cuando había estado con don Pepe y conmigo: no había intentado fumar ni dicho palabras groseras. Mientras Fernando y mi tío se alejaban, Gerardo se entretuvo con el pretexto de sacar un paliacate para secarse el sudor, pero en realidad para poder hablar a solas conmigo. —Dice Amalia que mi tío te pidió que vinieras, ¿qué medio de comunicación usó? Comprendí que tenía que seguir echando mentiras. —Una carta —dije, y me quedé dudando si mi tío, medio paralítico, estaría en condiciones de escribir una carta entera. Gerardo me demostró que sí lo estaba con su siguiente pregunta: — ¿Qué te decía en la carta? —Que quería verme. — ¿Con qué objeto? —No decía. —Bueno, yo creo que tiene que haber algún motivo para que mi tío quiera verte ahora, después de tantos años de no verte. ¿Cuál será? —Esa pregunta, Gerardo, debes hacérsela a mi tío, él es el que sabe la respuesta. —La sabe, pero me contestaría que estoy metiéndome en lo que no me importa. —Lo mismo pienso yo. Los dos estábamos sonriendo. Fue una confrontación bienhumorada. —Eres injusto, primo —dijo Gerardo—, porque sí me importa. Dime con sinceridad: ¿no crees que esta llamada que te ha hecho mi tío está relacionada con la herencia? —¿Cuál herencia? —La que mi tío va a dejarnos a sus sobrinos. —A mí no me ha dicho nada de dejarme herencia —dije, la primera verdad de todo el día—. ¿Te ha dicho algo a ti? —No explícitamente —me miró con sus ojitos verdes, blancos y colorados antes de decidir hablar con franqueza—. Pero se sobrentiende. Voy a ponerte el caso de Alfonso mi hermano como ejemplo: cuando mi tío se enfermó, le dijo a Alfonso: "ocúpate de la cartera''. La cartera son las acciones que tiene mi tío, que son muchas. Alfonso se encarga de vigilar la inversión, cobrar dividendos, entregarle a mi tío lo que necesita para sus gastos y reinvertir lo que sobra. Ni Alfonso ha pretendido cobrar comisión por este trabajo, ni mi tío ha ofrecido pagarle un centavo. ¿Qué entiendes? Que cuando mi tío desgraciadamente se muera, Alfonso va a heredar la cartera y que mi tío se la ha dejado manejar desde ahora para que se vaya adiestrando. Lo mismo pasa con Fernando: vive en la hacienda, trabaja de sol a sol, hace las cuentas, es responsable de la maquinaria. Mi tío le paga lo mismo que al mayordomo: cuatro mil pesos al mes. ¿Qué significa esto? Que va a heredar la Mancuerna. El caso de mi hermana Amalia: mi tío le dijo, "vente a vivir en mi casa, con tu hija". ¿Tú crees que eso no es molestia para ella? El gringo duerme solo en su casa. Lógico es que, a la muerte de mi tío, Amalia herede la casa de la Sonaja. ¿Y de mí, qué decir? Yo administro las casas del barrio de San Antonio. Viven allí puros malhechores, no tienes idea del trabajo que me cuesta cobrarles la renta, y eso que me tienen miedo porque soy juez. El día que mi tío se muera, tumbo las casas y vendo el terreno para fábrica o para bodegas, porque está pegado a la carretera. ¿Entiendes ahora cuál es la situación? —Sí, está muy clara. —Entonces no has entendido. No está clara. En los cálculos que hemos hecho mis hermanos y yo no entrabas tú. Por eso te pido, a nombre de mis hermanos y en el mío propio, que apenas sepas qué es lo que va a heredarte mi tío, nos avises, para que nosotros sepamos qué es lo que nos va a tocar y podamos hacer nuestras cuentas. ¿Te parece bien, actuar como buenos primos? —Estoy de acuerdo —dije y nos dimos la mano sonrientes para cerrar el trato. Fernando había colocado la silla de ruedas sobre una plataforma de roca desde donde mi tío podía contemplar con toda comodidad el panorama. A sus pies se extendían las tierras fértiles de la Mancuerna, limitadas de un lado por cerros pelones y del otro por parcelas raquíticas. —... cuando levantes aquella lenteja —estaba diciéndole mi tío a Fernando—, siembra sorgo en ese lugar, cuando se acabe el melonar, empareja la tierra y siembras alfalfa. —Si tú crees que eso es lo que conviene, lo hago —contestó el otro. Mi tío se volvió hacia mí. Era evidente que la vista de sus tierras lo rejuvenecía. — ¿Qué te parece, Marcos? ¿No es como una esmeralda en un basurero? Miré el trigo, que empezaba a tener reflejos plateados, los campos de sorgo rojizo y bien disciplinado, las huertas de fresa, etc. Hasta nosotros llegaba el zumbido de varios tractores. —Está muy bien —dije. —Este que ves aquí —dijo mi tío señalando a Fernando— es el que administra esas tierras y no lo ha hecho mal. Las siembras no están mejores que cuando yo estaba a cargo, pero tampoco están peores, lo cual es mucho decir. —No he tenido ningún mérito —dijo Fernando—, es cosa nomás de sembrar, regar y después recoger la cosecha. Gerardo intervino para explicarme: —Dice Fernando que cuando llegó a la Mancuerna todo estaba en tan buenas manos y en un orden tan perfecto, que hubiera sido imposible cometer un error. —Nunca es imposible cometer un error —dijo mi tío. Durante un rato miramos las tierras en silencio, luego mi tío señaló en lontananza y recordó: —Aquellos eucaliptos que se ven allá, los planté yo mismo hace treinta años. Miramos los eucaliptos hasta que mi tío señaló en otra dirección. —Y aquellos fresnos los planté hace cuarenta. Miramos los fresnos hasta que mi tío señaló en alto: —Miren aquel zopilote. Miramos el zopilote hasta que mi tío dijo: —Se me ocurre, Marcos, que para el viaje que tienes que hacer mañana, el Galaxie de Alfonso no es el coche adecuado. Yo creo que más vale que Fernando te preste su Safari, porque el camino que tienes que recorrer es bastante malo. Yo no tenía idea de cuál era el camino "bastante malo" que yo había de recorrer el día siguiente, porque no había quedado con mi tío de ir a ninguna parte. Él me miraba muy serio, sin parpadear. Mis primos cruzaron una mirada. — ¿A cuál camino te refieres? —preguntó Gerardo. Mi tío contestó inmediatamente: —Es el que va a un lugar en donde Marcos y yo vamos a poner un negocio. Gerardo se volvió a mí, esperando que esclareciera el punto, Fernando, en cambio, se dio por vencido. Dijo a mi tío: —El Safari es tuyo y haces con él lo que quieras. Si crees que Marcos lo necesita para ir a algún lado, allá tú, yo mañana lo dejaré en la puerta de tu casa a las ocho de la mañana. — ¿Te parece bien a las ocho? —me preguntó mi tío. —La hora que a Fernando le convenga es buena —dije. —Muy bien, las ocho —dijo mi tío, y con eso puso punto y aparte en la conversación—. Vamos al Casino a jugar póker. —Si quieres ir al Casino, vamos —dijo Fernando y empezó a empujar la silla de ruedas para regresar al coche. Gerardo y yo volvimos a quedarnos atrás. — ¿Qué negocio es el que tienes con mi tío? —preguntó. —No me preguntes porque no puedo contestarte, le he dado mi palabra de honor a mi tío de no hablar de este asunto, pregúntale a él. —Me va a decir que qué me importa. —Probablemente tenga razón. — ¿Por qué eres así conmigo, primo? Paco el del Casino, un español chaparrito que es el administrador, salió al vestíbulo a recibir a mi tío y lo trató como si fuera el dueño de la institución. Hizo que los mozos abrieran el saloncito del entresuelo que le gustaba a mi tío, fue a sacar las fichas de hueso que guardaba en la caja fuerte y durante la partida entró varias veces a preguntar si se nos ofrecía alguna cosa. Mi tío bebió agua  mineral, no fumó, no dijo malas palabras y ganó todos los juegos menos uno. Yo pasé un mal rato, porque los lotes iniciales eran de doscientos pesos y yo nomás tenía sesenta y uno en la bolsa. Mi tío hizo un chiste. Dijo que la situación en que estaba le recordaba el siguiente cuento: —Pepito va a la escuela y la maestra de zoología explica los hábitos de la hiena. "La hiena", dice la maestra, "es un animal que habita en páramos áridos, se alimenta de carne putrefacta, cohabita una vez al año, y se ríe, ¿está claro?, ¿hay alguna pregunta?" Pepito alza la mano y dice: "yo no entendí, maestra, si la hiena es un animal que habita en páramos áridos, se alimenta de carne putrefacta y cohabita una vez al año, ¿de qué se ríe?" Todos reímos, especialmente Gerardo, que casi se ahogó. —Así estoy yo —dijo mi tío—, ¿de qué me río? Fernando barajó y repartió — ¿Corrida mata a tercia? —pregunté. Los tres me dijeron que sí, pero poco rato después yo tuve corrida y mi tío tercia y tercia mató a corrida y mi tío recogió las apuestas. —Tercia mata a corrida —me explicó Gerardo que me veía descontento— cuando es póker abierto de siete cartas, como el que jugamos en esta partida. Más tarde yo tuve tercia y mi tío corrida en póker abierto de siete cartas y corrida mató a tercia y mi tío volvió a recoger las apuestas. Me le quedé mirando a Gerardo, esperando otra explicación, pero él estaba muy ocupado barajando para poder contestarme. —Esto no sirve —dijo Fernando—, me voy. Echó las cartas sobre la mesa con tanta fuerza que se voltearon. Estoy seguro de que alcancé a ver dos pares. Esa partida mi tío la ganó con un par de odios. En otra ocasión, Gerardo, que tenía par de reinas y dos cuartos, no quiso seguir apostando y se fue dejando dos cartas sin abrir. Mi tío ganó con tercia. Me quedaban muy pocas fichas cuando llegó a mis manos una flor. Me sostuve. Aposté todo lo que tenía en fichas y cincuenta pesos que saqué de la bolsa, mis primos se retiraron del juego después de pujar un rato y mi tío pagó por ver. Se puso rojo cuando vio las cinco cartas de corazones que yo abrí. —Muy buen juego —dijo, y puso sobre el tapete dos pares. Ni Fernando ni Gerardo se atrevieron a decir que dos pares matan a flor. Recogí las apuestas. Mi tío dijo en ese momento: —Ya me cansé. Vámonos. Retiré mis cincuenta pesos y justo alcancé a pagar el lote que había recibido al principio. Nadie se dio cuenta de que había jugado sin fondos, cosa que, supongo, hubiera escandalizado cuando menos a mis primos. Mi tío ganó cuatrocientos cincuenta pesos, que se guardó en el chaleco, Gerardo perdió el albur que jugamos para decidir quién pagaba lo que habíamos bebido, pagó y nos levantamos de la mesa. Mi tío y yo merendamos en el comedor, café con leche y bizcochos, atendidos por Amalia — Lucero había salido a la calle, Zenaida estaba lavando el piso de la cocina—. Al terminar, mi tío se limpió la boca con la servilleta, y le dijo a Amalia: —Quiero hablar a solas con Marcos en mi despacho. Llévale a él una botella de coñac y una copa, y a mí una botella de Tehuacán y un vaso. Empujé a mi tío al despacho y me senté frente a él en uno de los sillones de cuero. El dijo: —No te sientas obligado a ir mañana a ningún lado. Le pedí el Safari a Fernando nomás para molestar a tus primos. Estoy seguro de que no van a poder dormir pensando en cuál será el negocio que podamos tener entre tú y yo —se rió de placer al pensar en el insomnio que iba a provocar su broma. —Ya que conseguiste el coche —le dije—, voy a usarlo. Mañana te traigo las muestras. Amalia entró con una charola en la que había una botella de Martell y una copa, otra de agua de Tehuacán y un vaso, y la puso en la mesita. —Debes saber, Marcos —me dijo Amalia con mucha solemnidad— que mi tío tiene prohibido fumar y beber. —Cierra esa puerta cuando salgas —dijo mi tío. Cuando Amalia se fue, mi tío abrió la caja fuerte, sacó una de las copas que habíamos usado al medio día para tomar mezcal, la puso sobre la mesita, con un gesto me ordenó que se la llenara y se la  bebió de un trago, sin dar tiempo siquiera a decir "salud". Respiró satisfecho y me hizo el mismo gesto. Volví a llenarle la copa. —Voy a pedirte un favor —dijo mi tío—: mientras estés en esta casa, quiero que todas las noches tomes coñac Martell, que es lo que a mí me gusta beber después de cenar, y que fumes cigarros Delicados, que son los que acostumbro fumar. De esta manera las mujeres creerán que tú eres el único que fuma y bebe, ¿me entiendes? Quiero que me sirvas de pantalla. —Lo haré con mucho gusto, tío —dije. Más tarde, cuando Amalia entró a recoger lo sucio, la vi quedarse mirando la botella de coñac a medias y los ocho cigarros que había en el cenicero. No hizo ningún comentario.





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