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Sunday, March 19, 2017

DOS CRÍMENES: JORGE IBARGÜENGOITIA

CAPÍTULO I 

La historia que voy a contar, empieza una noche en que la policía violó la Constitución. Fue también la noche en que la Chamuca y yo hicimos una fiesta para celebrar nuestro quinto aniversario, no de boda, porque no estamos casados, sino de la tarde de un trece de abril en que ella "se me entregó" en uno de los restiradores del taller de dibujo del Departamento de Planeación. Había una tolvanera cerrada que no dejaba ver ni el Monumento de la Revolución que está a dos cuadras; yo era dibujante, la Chamuca había estudiado sociología, pero tenía plaza de mecanógrafa, los dos trabajábamos horas extras, no había nadie en la oficina. A la fiesta de aniversario habíamos invitado a seis de nuestros mejores amigos, cinco de los cuales llegaron a las ocho cargados de regalos: el Manotas con el libro de Lukács, los Pereira con el jorongo de Santa Marta, Lidia Reynoso con unos platos de Tzinzunzan y Manuel Rodríguez con dos botellas de vodka del mejor que había conseguido a través de un amigo suyo que trabajaba en la Embajada Soviética. No he estado en reunión más cordial que el principio de aquella fiesta, hablamos, bebimos, reímos y cantamos como si fuéramos hermanos. El Manotas había regresado de vacaciones a la orilla del mar. Describió un lugar apartado, sin turistas, con playa de arena fina, una ensenada de agua cristalina y almejas recién sacadas del mar. Quise saber las señas y él escribió en mi libreta: "del puerto de Ticomán tomar la lancha que va a la Playa de la Media Luna (hotel Aurora)". No imaginé el significado que iba a tener para mí este apunte. A las once la Chamuca sirvió el tamal de cazuela. Estábamos comiéndolo cuando llegó Ifigenia Trejo, la sexta invitada, con un desconocido. Cuando éste cruzó el umbral la fiesta se enfrió como si hubiera caído un aguacero. Ifigenia lo presentó como "Pancho" y a nosotros como "unos amigos". Desde el momento en que lo vi Pancho me dio mala espina: tenía un diente de oro, papada, traje, corbata y camisa. Lo primero que hizo después de darnos la mano fue pedir permiso para ir al baño. Apenas salió de la sala le pregunté a Ifigenia que estaba sentándose en una de las sillas de tule: —¿Quién es éste? —Trabaja en la Procuraduría. —¿Por qué lo trajiste? —Porque él quería conocerlos a ustedes. Como no había suficientes platos, la Chamuca tuvo que usar dos de los de Tzinzunzan para servir el tamal de cazuela a los que acababan de llegar. Cuando Pancho salió del baño, se quitó el saco, se sentó junto a Ifigenia y en vez de comer puso el plato en un librero, en cambio, aceptó la cuba libre que le ofrecí. Se la tomó al hilo, luego otra y la tercera se la sirvió él mismo, sin pedir permiso. Aprovechó el momento en que Lidia Reynoso se levantó para servirse dulce —había cocada—, para levantarse de la silla de tule donde estaba sentado y dejarse caer pesadamente en el cojín lila, que Lidia había ocupado y que era el asiento más cómodo que había en la casa. Una vez allí, con las piernas dobladas, empezó a decir sandeces: que los socialistas tienen dogma, que el marxismo es una doctrina política inválida porque no tiene en cuenta la ambición del poder que es una fuerza innata que se encuentra en todo ser humano, etcétera. —Si va usted a hablar ahora de Stalin y de los campos de concentración en la Unión Soviética — dijo Olga Pereira—, me despierta cuando termine. Para poner de manifiesto el desprecio que sentía por Pancho, Olga se acostó boca arriba en el diván. Lidia Reynoso, que no podía creer lo que estaba oyendo, me dijo entre dientes: —¡Pero este hombre es antimarxista! Pancho dijo que por qué, si el socialismo es un sistema perfecto, hay gente que emigra de los países socialistas, por qué, preguntó, nadie quiere irse a vivir en la Unión Soviética. La Chamuca le contestó con las manos crispadas debajo del huipil: —Se equivoca, señor. Hay mucha gente de todas partes que emigra hacia la Unión Soviética, nomás que lo hace con menos publicidad que los que reniegan del socialismo. Dicho esto, se levantó de su asiento y salió de la habitación. El Manotas movió el banquito en que estaba sentado hasta quedar frente a Pancho y empezó a explicarle, con paciencia infinita, lo difícil que es erradicar del hombre el instinto pequeñoburgués. Ifigenia se había soltado la melena y empezaba a hacerse las trenzas. Es su costumbre. Si llega a una fiesta de cola de caballo, se hace trenzas, si llega de trenzas, las suelta, se cepilla y sale de cola de caballo, pero deja en cualquiera de los dos casos cuatro o cinco pelos gruesos, largos y muy negros, inconfundibles, como recuerdo de su presencia. Al verla con los brazos en alto y la boca llena de horquillas comprendí que estaba un poco apenada por las idioteces que estaba diciendo su compañero, pero no lo bastante apenada. Me arrepentí de haberla invitado. Pancho tenía camisa blanca y un vaso verde en la mano, el Manotas, que se jalaba los bigotes de zapatista, parecía una montaña café oscuro puesta en un banquito con tres patas; en el diván rosa fuerte había tres figuras, Olga Pereira, larga y esbelta, de blue jeans, estaba recostada pegada al muro, con la mirada puesta en el techo; junto a los pies descalzos de Olga había ido a sentarse Lidia Reynoso, la más vieja de la reunión, de pelo gris y quexquémetl anaranjado, que oía lo que decía Pancho con incredulidad; en el otro extremo del diván, junto a la cabeza de Olga, estaba acurrucado Manuel Rodríguez, que trataba de leer, a la luz rojiza de la lámpara, la Crítica del Estado capitalista de Poliakov, que había sacado del librero. Carlos Pereira, que cree ser idéntico al Che Guevara —cuyo retrato estaba en la pared— se mecía en una silla de palo y fumaba puro, Ifigenia seguía arreglándose el pelo sentada en sus famosas nalgas enfundadas en pantalones verde fuerte que se desbordaban del asiento. La Chamuca apareció en la puerta de la recámara con la guitarra en la mano y me miró un instante. Comprendí que había decidido cantar para acabar la discusión molesta y las tonterías que estaba diciendo Pancho. Aplaudí y los demás, menos Pancho, aplaudieron también. La Chamuca se abrió paso entre los invitados, moviendo sus largas piernas con cuidado de no pisarlos y fue a sentarse en la orilla del diván. Se había quitado el huipil y quedado en la camisa de algodón bordado, que yo le había pedido que no usara en público, porque dejaba traslucir sus pezones, que son demasiado oscuros. Templó la guitarra, y sin hacer caso a lo que algunos le pedían que cantara, dio un acorde sonoro y empezó a cantar su canción predilecta: el "Retrato del guerrillero Carlos Macías". Me cuesta trabajo explicar lo que siento cuando canta la Chamuca. En primer lugar me enorgullece que una mujer tan bella sea mía: es morena, tiene los ojos muy grandes, los labios carnosos, los dientes magníficos, de sus orejas cuelgan arracadas, su cuerpo podría ser el monumento a la raza. Pero también es un poco ridícula. Cuando canta abre la boca, entrecierra los ojos, y suelta alaridos de pasión ficticia. Me siento incómodo, pero me aguanto, porque considero que cada quien tiene derecho a expresarse como pueda. Es mi filosofía. Cuando recuerdo la escena, ella cantando, yo mirándola y los demás oyendo, me asombra lo lejos que estaba entonces de imaginar que aquella noche era la última que íbamos a pasar en la casa, y que la imagen de aquella fiesta fallida iba a quedar en mi mente como la más vivida y dolorosa de nuestro departamento querido de las calles de Miguel Schultz, o que el diván rosa fuerte, los posters del Festival de La Habana y los libreros de madera que habíamos hecho la Chamuca y yo iban a aparecer, al ser evocados, no como objetos cotidianos de una existencia feliz, sino como elementos escenográficos de aquella reunión desastrosa. Varias canciones cantó la Chamuca y logró su objetivo: Pancho no sólo dejó de hablar, sino que se quedó dormido. Estaba a la mitad de "Patrulla guajira" cuando tocaron a la puerta. Creí que serían los vecinos que llegaban a protestar, porque era más de la una. Al abrir la puerta me extrañó que no hubiera nadie frente a mí. Asomé al pasillo y vi, a unos metros, la figura de un hombre chaparro, con las manos en los bolsillos. Como la luz es muy mala en ese pasillo —la dueña pone focos de 20 watts— me tardé un momento en distinguir el rostro solemne de Evodio Alcocer. No me hizo ninguna gracia que llegara a esas horas otro que no había sido invitado, y con más razón tratándose de Evodio, a quien respeto, porque sé que es un activista de corazón, pero cuyas opiniones no comparto, no es de mi grupo ni tengo mucho en común con él. No obstante, le dije: —Evodio, qué gusto de verte. Pasa. No se movió. Siguió en el pasillo parado, como si fuera la estatua de Benito Juárez y por fin levantó la mano y me hizo seña de que me acercara. Cerré la puerta del departamento para que los vecinos no oyeran "Patrulla guajira" y fui hacia él. Tenía los ojos irritados y la boca fruncida. —¿Tienes fiesta? —preguntó, como si le pareciera mal que la tuviera. En el pasillo retumbaba el canto de la Chamuca. —Está muy animada —le dije—. ¿Por qué no pasas? —¿Quiénes son los invitados? No entiendo por qué no me pareció insultante esta pregunta, pero no me lo ha de haber parecido, porque le contesté de buena manera quiénes estaban en la reunión, incluyendo a Pancho, a quien describí como "un amigo de Ifigenia Trejo". Él me oyó mirando el piso de mosaico verde jaspeado y cuando terminé la relación se encogió de hombros y dijo: —Supongo que está bien. —¿Qué es lo que está bien? En vez de contestar mi pregunta, lo cual nos hubiera evitado muchos disgustos, me dijo: —Voy a pedirte un favor muy grande: que me dejes pasar la noche en tu casa. Cuando alguien me pide un favor de manera tan directa, rara vez me atrevo a negarlo, pero tampoco me gusta decir que sí nomás porque sí. Yo hubiera querido saber la razón por la que Evodio quería pasar la noche en mi casa, pero no le tenía confianza suficiente para preguntarle qué le impedía irse a dormir en la suya. Supuse que tendría algún conflicto familiar —su esposa es una argentina neurótica que Evodio conoció en Moscú— y le dije: —Muy bien, Evodio, pasa la noche aquí. Entramos juntos, con naturalidad, como si Evodio hubiera estado invitado a la fiesta y se le hubiera hecho tarde para llegar. Esta ficción no pegó, porque todos los que estaban presentes, menos Pancho, conocían a Evodio tan bien o tan mal como yo, pero bastante para saber que no era de nuestro grupo, que nunca iba a nuestras fiestas y que debería tener un problema para llegar de visita tan tarde. La Chamuca dejó la guitarra y saludó a Evodio de abrazo y con exclamaciones que no dejaban duda de que no lo esperaba. Pancho despertó. —¿Tienes hambre, Evodio? —preguntó la Chamuca. —Sí —dijo Evodio. La Chamuca fue a la cocina a recalentar el tamal de cazuela. —Siéntate aquí, Evodio —dijo Lidia Reynoso, dando una palmada en el lugar que la Chamuca acababa de desocupar. Evodio se sentó, yo le di una cuba libre. Pancho, que había estado mirando a Evodio, dijo: —No nos han presentado. —El señor se llama Evodio Alcocer —dijo Lidia Reynoso. Fue la única indiscreción. Pancho dijo su apellido, que nadie tomó en cuenta, y estrechó la mano de Evodio. Cuando la Chamuca entregó el plato a Evodio y éste empezó a comer con voracidad, los demás invitados empezaron a ponerse de pie, a desentumecerse y a buscar debajo de los muebles lo que habían perdido —Olga Pereira, un zapato, Ifigenia Trejo, un listón rojo, Lidia Reynoso una bolsa bordada por otomíes—. Hubo una pequeña tragedia. Pancho, al coger su saco, tiró al suelo el plato de Tzinzunzan que estaba en el librero, y se rompió. Pidió disculpas a la Chamuca, pero dejó que yo recogiera los pedazos y los llevara a la cocina. Cuando regresé a la sala, Lidia Reynoso estaba casi llorando. —Ya no hacen platos como ése —me dijo. —Estoy seguro de que vamos a poder pegarlo —le dije para consolarla, pero ya había echado los pedazos en la basura. Tuve que acompañar a los invitados a la puerta del edificio, porque Estefanita, la portera, acostumbra echar doble cerrojo en la noche. Cuando regresé al departamento encontré a la Chamuca recogiendo los vasos sucios. —¿Dónde está Evodio? —pregunté. Me hizo seña de que había entrado en el baño. —Va a pasar la noche aquí —dije. —El me lo dijo. —No me quedó más remedio que invitarlo. Espero que no te moleste. —No mucho —dijo ella y salió de la sala con una charola llena de vasos sucios. No sólo iba Evodio a dormir en la casa, sino que la Chamuca se había puesto de mal humor. Para apaciguarla la ayudé a recoger lo sucio y a amontonarlo en el fregadero. La Chamuca sacó del clóset lo necesario y tendió cama en el diván. Cuando Evodio salió del baño, dijo: —Me duele la cabeza. La Chamuca fue por una aspirina a la recámara y yo por un vaso con agua a la cocina. Cuando Evodio se tomó la aspirina, le dijimos dónde estaba el apagador de la luz y le dimos las buenas noches.  Cuando entré en el baño encontré el olor de la caca de Evodio, abrí la ventana y asomé a la calle. Estaba desierta, había papeles tirados en el piso, a la luz del farol se alcanzaba a leer el letrero del comercio de enfrente: "Casa Domínguez. Sellos de goma", decía. Cuando entré en la recámara encontré a la Chamuca desnuda, inclinada sobre la cama, quitando la colcha. Recuerdo que me excitó muchísimo y que empecé a acariciarle las nalgas, pero ella me rechazó. —No —dijo—. Nos puede oír Evodio. A mí no me hubiera importado, pero Evodio, en efecto, hubiera podido oírnos, porque la cabecera del diván estaba muy cerca del muro. Nos acostamos y apagué la luz. Dieron las tres en San Cosme. Me dormí inmediatamente. Desperté creyendo que estaba sobrio, pero no me acordé de Evodio hasta que entré en la sala y lo encontré dormido en el diván. Estaba en camiseta, boca arriba, con una mosca parada en el labio. El cuarto olía a rayos. Abrí la ventana que daba al pozo de luz y entré en el baño. Las barbas, que me había dejado crecer hacía tres años y a las que estaba acostumbrado, me sobresaltaron. Después de bañarme asomé a la ventana. Un barrendero vestido de anaranjado pasó empujando un carrito, el dueño de la Casa Domínguez estaba levantando la cortina de acero, me sentí deprimido. Ojalá que Evodio se vaya pronto, pensé. Cuando regresé a la recámara desperté a la Chamuca, porque era hora de ir al trabajo. Se levantó amodorrada y estuvo a punto de salir del cuarto desnuda. —Acuérdate de que Evodio durmió en la sala —dije. Eso acabó de despertarla. Me echó una mirada llena de rencor y se puso la bata. —Evodio es más tu amigo que mío —le dije. —Pero yo no lo invité a quedarse —dijo y salió del cuarto. Era imposible desayunar en la casa, porque la cocina estaba llena de platos sucios y Evodio dormido en la sala. Estuve a punto de despertarlo para decirle que urgía que se fuera, pero decidí que era más elegante despedirnos por carta. Cuando acabé de ponerme las botas argentinas, cogí una hoja de papel y escribí: "Querido Evodio: Son las ocho y media y nos vamos corriendo al trabajo. En el refrigerador encontrarás algo para desayunar, come lo que quieras. No te preocupes de lavar platos o de hacer la cama. Se despiden de ti con un abrazo. Marcos y la Chamuca." Con esto creí que iba a deshacerme de Evodio. Mientras la Chamuca abría la puerta del departamento, puse el recado en la mesita que estaba junto al diván, de manera que Evodio tuviera que verlo apenas abriera los ojos, después me reuní con la Chamuca y cerramos la puerta, procurando no hacer ruido. Desayunamos en una lonchería que está en Ejido, frente al Departamento de Planeación. Mientras la mesera me servía el café con la leche, alcancé a leer el encabezado del periódico que leía un hombre que estaba en una mesa vecina —creo que era La Prensa —. "Cayó uno de los incendiarios de El Globo", decía. El Globo era una tienda muy grande de ropa que había ardido tres o cuatro meses antes. Un caso muy sonado que no había sido resuelto. Después de pensar en ese asunto un momento, lo olvidé por completo. Al salir a la calle me dio el sol y sentí calor. Hasta entonces me di cuenta de que me había puesto el jorongo de Santa Marta que nos habían regalado los Pereira la noche anterior. La Chamuca, que se daba cuenta del motivo de mi extrañeza, me dijo: —Estás borracho. Ella tenía ojeras, pero no le dije nada. Cruzamos la calle de Ejido entre el tránsito y entramos corriendo en el edificio donde estaban las oficinas del Departamento de Planeación. Cuando llegamos al rincón donde estaba el reloj marcador eran las nueve en punto. La Chamuca bajó del elevador en el cuarto piso, casi sin despedirse. Seguía enfadada. Yo seguí hasta el sexto, colgué el jorongo del perchero que está en la entrada del taller de dibujo, me senté frente al restirador y encendí un cigarro. Tenía poco qué hacer y menos ganas de hacerlo. Me quedé mirando por la ventana el Monumento de la Revolución desde las nueve hasta las once. A esa hora uno de mis compañeros me dijo que alguien me llamaba por teléfono. Cuando tomé la bocina tardé un momento en reconocer la voz de Estefanita, la portera del edificio donde vivíamos. Parecía agitada: —Con la novedad, señor Marcos, de que vinieron cuatro del Gobierno a buscarlo. Preguntaron por usted y por la señora y quisieron que les abriera la puerta del departamento. Yo les abrí, creyendo que estaría vacío y ellos se llevaron al señor que estaba en la sala, durmiendo en camiseta. Me preguntaron dónde trabajaban usted y la señora y, le juro, don Marcos, que les dije que no sabía, pero se me hace que no han de tardar en llegar a buscarlo. Le aviso, para que esté prevenido. —Muchas gracias, Estefanita —le dije, y colgué la bocina. Así acabó esa parte de mi vida. Ni por un momento me pasó por la cabeza, ni por la de la Chamuca tampoco, la idea de que si uno es inocente no tiene nada que temer. Nos sentíamos inocentes, pero la Chamuca tiene un expediente por haber estado en protestas, yo soy remiso, es decir, nunca me presenté a hacer el Servicio Militar, y los dos hemos estado en contacto con grupos socialistas serios. Además, estamos convencidos de que la policía es capaz, cuando le conviene, de colgarle cualquier delito a quien sea. Antes de que yo acabara de explicarle a la Chamuca lo que había pasado, ella empezó a abrir cajones y a sacar cosas a las que les tenía afecto —un llavero de sordomudo, un pisapapeles con una florecita adentro, etc.— y a echarlas en la bolsa. Lo más cerca de ser aprehendidos que estuvimos aquel día fue cuando quisimos recoger el Volkswagen. Lo habíamos dejado donde lo dejábamos siempre, en un estacionamiento que está a una cuadra del Departamento de Planeación. Ya habíamos entrado en el lote y estábamos buscando al cuidador cuando lo vimos entre los coches. Estaba hablando con dos tipos y los tres estaban mirando nuestro Volkswagen. Eso bastó. Salimos del estacionamiento sin decir nada y tomamos un taxi que iba pasando. —¿A dónde vamos? —me preguntó la Chamuca. —A la Terminal del Norte —le dije al chofer. En ese momento comprendí que ya sabía lo que teníamos que hacer. La Chamuca me miraba sin entender. —Tú te irás a pasar unos días con tu prima en Jerez —le dije. —¿Y tú? —Yo iré a Muérdago, a ver a mi tío Ramón y a pedirle dinero. Nadie en México sabía que la Chamuca tenía una prima en Jerez ni nadie sabía que yo tenía un tío rico en Muérdago. —Cuando consiga dinero —le dije a la Chamuca, que me miraba con aprehensión— iré a buscarte y nos iremos juntos a vivir en algún lado mientras pasa este lío. Ella me dio la dirección y el teléfono de su prima, a quien yo no conocía, luego juntamos el dinero que teníamos entre los dos. Eran cuatrocientos cincuenta y tres pesos, que nos alcanzaron para pagar el taxi, el boleto a Jerez en primera, el boleto a Muérdago en segunda, el chile relleno que la Chamuca pidió en la cafetería de la terminal y no se pudo comer, y el resto lo repartimos: nos tocaron sesenta y un pesos a cada uno. Nos sentamos en unas butacas a esperar la hora de abordar el autobús en que iba a irse la Chamuca. —¿Qué vas a decirle a tu prima? —pregunté. —Que he tenido un disgusto contigo. Cuando llames por teléfono será para pedirme perdón, cuando llegues por mí será que nos reconciliamos. Yo sabía que la Chamuca era muy lista, pero a veces se me olvidaba. —¿Y tú —preguntó ella—, qué vas a decirle a tu tío? —No tengo la menor idea. El momento más triste del día llegó al ver la cara de la Chamuca a través de la ventanilla cuando el autobús se echaba en reversa para tomar la salida. Ella descorrió el vidrio y vi que estaba llorando, después el autobús viró y la perdí de vista. Me quedé parado un rato ante el andén vacío, después me di cuenta de que en la mano llevaba el jorongo de Santa Marta.





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