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Monday, March 20, 2017

CAPÍTULO II: JORGE IBARGÜENGOITIA, DOS CRÍMENES

  

No olvidaré mi llegada a Muérdago. Me quedé parado en la esquina de los portales mirando a la gente que daba vueltas en la Plaza de Armas oyendo la serenata. Con gusto me hubiera cambiado por cualquiera de ellos. Me sentí cansado, perseguido y desconcertado. El día había sido difícil y con sobresaltos, pero en aquel momento me parecía poca cosa comparado con la perspectiva de enfrentarme aquella misma noche a un tío viejo que casi no me conocía ni me esperaba ni me quería ni me había visto en diez años, para contarle la historia que había inventado en el camino. En el reloj de la parroquia faltaban diez para las ocho. Estuve tentado a cruzar la calle, entrar en el hotel Universal, alquilar un cuarto, dormirme y no volver a acordarme de la entrevista hasta el día siguiente. Me detuvo la consideración de los sesenta y un pesos que llevaba en la bolsa y la circunstancia de que por no llevar equipaje era posible que me pidieran que pagara por adelantado. Además, no quería llamar la atención y las barbas y la ropa que llevaba eran francamente notorias. Haciendo un esfuerzo recorrí los portales, di vuelta en la calle de la Sonaja y caminé hasta reconocer el portón ancho y los tres balcones de la casa de mi tío Ramón Tarragona. Cuando llamé con el aldabón las manos me estaban sudando. Me abrió la puerta una mujer rubia. Nos quedarnos mirando en silencio. Entonces me di cuenta de que aquella boca pintada de rojo y aquel lunar bastante grueso en el mentón yo los había visto en algún lado. Era quien menos esperaba encontrar y a quien menos ganas tenía de ver: Amalia Tarragona de Henry, sobrina de mi tío Ramón y prima política mía. —¿Qué desea? —preguntó sin reconocerme. —Soy Marcos —le dije. Ella miró mis barbas, el jorongo de Santa Marta y mis botas argentinas. —¿Cuál Marcos? Nunca me quiso, como no quiso nada de lo que tenía que ver con mi difunta tía Leonor, pero pudo haberme reconocido a pesar de las barbas, como yo la reconocí a ella a pesar de los cabellos rubios. —Soy Marcos, el Negro, tu primo. — ¡Marcos, Marcos González qué milagro, cuántos años sin verte, cómo has cambiado! ¿Qué andas haciendo por aquí? Mientras decía estas palabras, que parecían bienvenida, la vi meter la pierna detrás de la puerta para evitar que yo fuera a abrirla dándole un empujón. —Quiero ver a mi tío Ramón —le dije. —Fíjate, qué mala suerte: llegas en el momento en que está merendando y el doctor ha dado órdenes de que nadie le interrumpa sus alimentos, porque puede hacerle daño. —Puedo volver al rato. —Fíjate que al rato va a ser peor, porque va a estar dormido. —¿Podré verlo mañana? —Pues francamente yo te aconsejaría que no, porque con la emoción de verte quién sabe cómo se ponga. Ha estado muy delicado de salud, ¿sabes? Yo estaba confuso y no sabía qué decir. Ella dijo: —¡No sabes qué pena me da no poder dejarte pasar! Adiosito —y cerró la puerta. Me quedé allí parado un momento, completamente desconcertado. Eché andar por la calle oscura, alejándome de la Plaza. Una vez en Muérdago tenía que ver a mi tío aunque fuera para pedirle dinero con que seguir mi viaje. Decidí quedarme en el hotel y hacer otro intento de verlo al día siguiente, pero no quise regresar a la Plaza por la misma calle, por temor. . . sí, por temor de encontrarme otra vez con Amalia. Preferí dar toda la vuelta a la manzana. Por buena suerte lo hice, porque al doblar la segunda esquina vi a un hombre de sombrero que estaba cerrando la puerta de una farmacia. Reconocí a don Pepe Lara, el amigo de mi tío. —Don Pepe —le dije. Me miró un momento y me detuvo con un gesto cuando vio que yo iba a decirle mi nombre. —No me digas quién eres.  Me agarró de los brazos y me hizo girar hasta que me dio en la cara la luz del farol. Él es un viejo chiquito, de pelo blanco, con anteojos de aros redondos y nariz picuda. Parece una lechuza. Estuvo mirándome a los ojos un rato antes de hablar. —Eres el sobrino de Leonor. Te llamas. . . Marcos. Los dos reímos, él me dio un abrazo y me dijo: —Bienvenido a Muérdago. Después se alejó un paso para verme de cuerpo entero y dijo: —Hombre, pareces Martín Fierro. Sentí como nunca la urgencia de quitarme las barbas y cambiar de ropa. —¿Pero por qué no me ha dicho Ramón que estabas en Muérdago? —Es que no he visto a mi tío. Le dije que había estado en la casa de mi tío y que Amalia no me había dejado entrar. No le extrañó. —Amalia —dijo— es una mujer llena de ideas torcidas a quien más vale no contrariar, pero voy a proponerte una cosa: quédate a dormir en mi casa esta noche y mañana esperamos a que Amalia se vaya a su tienda y llegamos los dos a ver a Ramón, verás cómo a él le dará mucho gusto verte y cómo cuando regrese Amalia ya no se atreverá a correrte. ¿Qué te parece? Me pareció muy bien. Don Pepe me preguntó si había cenado, si tenía equipaje, si quería que fuéramos al Casino a tomar unas copas o si prefería que las tomáramos en su casa —preferí lo segundo—, él empujó la puerta entornada que estaba junto a la farmacia, me hizo entrar en un vestíbulo lleno de plantas, abrió otra puerta, encendió la luz de la sala y dio un grito: — ¡Jacinta! Era una sala antigua, de pueblo, con piano vertical, sarape de Saltillo, retrato de antepasado, batea de Puruándiro y dos vitrinas, una con figuras de porcelana y de barro, la otra con botellas de licor y copas. Don Pepe se quitó el sombrero y lo colgó en el perchero. Comprendí que se lo ponía para ir de su casa a la farmacia, que quedaba a dos metros escasos. Sacó una llavecita del bolsillo y abrió la segunda vitrina. —¿Qué prefieres, Fundador o Martell? Preferí Martell. Cuando don Pepe servía las copas entró en la sala una mujer reumática, que se había puesto un delantal sobre el vestido negro y que se detuvo en la puerta al verme y exclamó: — ¡Ay, Jesús mil veces! —¿Pero qué te pasa? —preguntó don Pepe—, ¿no lo reconoces? Es Marcos, el sobrino de Leonor y de Ramón. —Es que ahora tiene barbas —dijo doña Jacinta. ... Y botas argentinas y jorongo de Santa Marta, pensé yo. —Con todo y las barbas —dijo don Pepe—, yo lo reconocí inmediatamente, porque lo miré a los ojos, que son idénticos a los de su tía Leonor. Doña Jacinta se acercó a mí sonriendo tímidamente y me dio la mano, diciendo: —Discúlpeme por no haberlo reconocido, pero es que ahora la gente se viste tan raro, que parece que bajaron del cerro. Su marido intervino: —Marcos no parece que haya bajado del cerro, parece un hombre moderno —y dando por terminada la discusión, siguió—. Trae aceitunas y queso, a lo que haya de cena le agregas un filete con papas y después tiendes la cama del cuarto de huéspedes, porque Marcos va a quedarse a dormir aquí. Cuando doña Jacinta salió de la sala, don Pepe y yo nos sentamos en un sofá crujiente y él me contó lo que había ocurrido a mi tío en los tres años transcurridos desde la muerte de su esposa. En el primer año de su viudez, me dijo, mi tío Ramón se vestía de negro, iba con frecuencia al panteón con flores y dejó de jugar billar en señal de luto. En el segundo, en cambio, dio por tomarse al hilo dos botellas de mezcal, sentado en el sillón giratorio de su despacho. Una tarde, Zenaida, la criada antigua de mi tío Ramón, llegó a la farmacia y le dijo a don Pepe: "el patrón está en el suelo y no se quiere levantar". Don Pepe encontró a mi tío en el piso del despacho, bocabajo, llorando sobre el tapete. "¿Qué te pasa, Ramón?", preguntó. Mi tío dejó de llorar y contestó: "es que ya me convencí de que la vida sin Leonor no tiene ningún chiste". En los días que siguieron, don Pepe, preocupado por esta revelación, consultó con el doctor Canalejas si consideraba que mi tío sería capaz de llegar al suicidio, y el doctor Canalejas contestó que, en su opinión, mi tío era capaz de cualquier cosa. Pero mi tío Ramón no se suicidó. Tuvo una embolia. Estuvo al borde del sepulcro, pero se salvó. Salió del hospital paralizado de un brazo y una pierna, en una silla de ruedas. El doctor Canalejas dijo que con atención y disciplina mi tío viviría un año más. —Entonces —dijo don Pepe—, entraron en escena los hijos del guapo. "Los hijos del guapo" son los Tarragona, mis primos, los hijos del hermano de mi tío, yo soy hijo de una hermana de Leonor, su esposa. Mi tío Ramón y mi tía Leonor nunca tuvieron hijos. Don Pepe siguió: —No es que yo insinúe que lo que han hecho tus primos era por el interés de la herencia, pero lo cierto es que ellos son, aparte de ti, los herederos visibles, Ramón es el hombre más rico de este pueblo, y ellos nunca le habían hecho el menor caso hasta que supieron que le quedaba nomás un año de vida. Desde que salió del hospital ellos se han dedicado a velarle el pensamiento: Amalia ha estado, con su hija, viviendo en casa de Ramón, para poder atenderlo, Alfonso le ve los negocios, Fernando le administra la hacienda y Gerardo, que no sabe hacer nada, va todas las tardes a preguntarle cómo se siente. El año que el doctor Canalejas le había dado de vida a mi tío había pasado y él seguía vivo. —Y ahora —dijo don Pepe, dando por concluido el tema—, quiero saber de ti. ¿Te has casado? —No. Había decidido no mencionar a la Chamuca. —¿Cuántos años tienes? —Treinta y dos. —Haces bien en no haberte casado. No hay por qué precipitarse. Yo me casé a los cuarenta. Lo último que supe de ti es que estudiabas ingeniería de minas en Cuévano, ¿ejerces? —Soy consultor de minas —con esta frase borré de mi pasado los cinco años de monotonía en el Departamento de Planeación. —¿Y eso en qué consiste? —Tengo un despacho particular y cuando alguna compañía minera necesita algún peritaje o una exploración o un muestreo, me contratan y de eso vivo. — ¡Qué interesante! Supongo que te irá bien. Estaba mirando mis botas argentinas. Decidí no exagerar. —Estoy apenas empezando. —¿Y qué milagro te trae por aquí después de tanto tiempo de ausencia? —Vine a proponerle un negocio a mi tío, pero no sé si será prudente hacerlo ahora que está tan enfermo. —Dime cuál es el negocio y yo te diré si es prudente o no proponérselo. —¿Sabe usted lo que es la creolita? —No tengo la menor idea. —Es el mineral del que se obtiene el burilio, un metal muy usado en la industria. Las aleaciones de burilio tienen una resistencia muy alta a las deformaciones producidas por los cambios de temperatura y por eso son muy apreciadas. Últimamente el burilio ha subido de precio, porque hay escasez mundial. — ¡Qué barbaridad! ¿Y qué más? —Que yo sé dónde hay un yacimiento de creolita. —Y quieres vendérselo a Ramón. —No precisamente. Quiero proponerle una sociedad: yo le digo dónde está la mina, él pone el dinero, yo administro y dirijo la explotación, mi tío recupera su inversión y partimos las ganancias. —Me parece justo. ¿Cómo se hace el trabajo? —Es relativamente sencillo. Existe la excavación, hay que alquilar maquinaria, sacar el mineral y ponerlo en camiones para llevarlo a beneficiar en Cuévano. Es un yacimiento chico que se agotará al cabo de unos seis meses de producción. Por eso no le propongo este negocio a una de las compañías grandes, porque no les interesa. —¿Dónde está la mina? —No puedo darle ese dato, porque es lo único que vendo. —¿Cuánto dinero se necesita invertir?  —Un millón de pesos. Don Pepe se levantó del asiento y me dijo, mirándome con mucha solemnidad: —Todo parece indicar, muchacho, que lo que vienes a proponer es precisamente lo que hace falta. Lo que Ramón tiene no es tanto que esté muy enfermo, sino que se muere de aburrimiento. Un negocio como el que vas a proponerle, que es diferente, nuevo para él, interesante y al mismo tiempo no demasiado arriesgado, puede hacerle mucho bien. Si pierde un millón de pesos o gana dos, no importa, lo que urge es que se distraiga y deje de pensar en su enfermedad. Contemplé en mi mente el relato que acababa de hacer y me llené de admiración. Con unas cuantas mentiras había justificado mi viaje a Muérdago y el sablazo que pensaba darle a mi tío; además, las barbas, el jorongo de Santa Marta y las botas argentinas habían adquirido de pronto un aspecto respetable, por ser los atributos de quien ha recorrido las sierras en busca de minerales. Don Pepe echó la cabeza hacia atrás y me miró por debajo de los aros de sus anteojos. —Te advierto que si a Ramón le interesa la mina de creolita, los hijos del guapo te van a detestar. Parecía divertido. La cama que doña Jacinta preparó para mí era ancha y blanda, las sábanas y las fundas estaban inmaculadas. Una vez acostado abrí un libro que don Pepe me había recomendado: El jardín medicinal de don Eustaquio Pantoja. El autor era un médico cuevanense de principios de siglo —me explicó don Pepe— que había dedicado su vida a recopilar, poner en orden y escribir en un lenguaje relativamente claro las recetas de los curanderos indígenas de la región. Leí los usos de la belladona, para qué sirve la ruda y a la mitad de la descripción del pie de gato me quedé dormido. Soñé que estaba en un aeropuerto muy grande en una ciudad desconocida buscando a la Chamuca, sin poder encontrarla. Me despertó el estruendo de las campanas de la parroquia llamando a misa. Un rayito de sol entraba por los visillos. El cuarto era blanco. Después de un momento agradable recordé mi situación. Don Pepe y doña Jacinta estaban en el patio teniendo una discusión. Él, que tenía puesto un saco viejo y estaba sin corbata, insistía en que el animalito que ella estaba a punto de matar, aplastándolo con el mango de una escoba, era inofensivo, ella decía que era un ciempiés, cuya picadura es mortal. Cuando don Pepe demostraba que aquel animal no podía ser lo que ella creía, doña Jacinta empujó la escoba y acabó con el animal y con la demostración. Don Pepe se puso rojo, pero en ese momento se dio cuenta de que yo estaba en el corredor y me preguntó cómo había pasado la noche. —Quisiera rasurarme —dije—, ¿puede prestarme una navaja? Los dos me miraron de una manera tan aprobatoria que comprendí que habían discutido mis barbas y llegado a la conclusión de que eran superfluas. Don Pepe dijo que tenía una navaja inglesa, de barbero, con la que se rasuraba en ocasiones solemnes, como el día de su santo y la víspera de Navidad. —Ve a buscarla —le dijo a su esposa—. Está en mi ropero. Trae también el frasco de agua de colonia. Mientras doña Jacinta obedecía, comenté lo interesante que me había parecido el libro del doctor Pantoja. —Quédate con él —me dijo don Pepe. Me enseñó algunas de las plantas que tenía en macetas. —Esta es brumidora o paxtle —dijo, señalando una planta de hojitas diminutas que daba flores azules—. Es de lo más versátil. En infusión es somnífero, macerada y puesta en las fosas nasales cura los síntomas del catarro, en cambio, mezclada con abrótano macho y tomada en infusión como agua de uso, provoca el aborto. Tenía gran fe en las plantas medicinales y lamentaba que muchas hubieran caído en desuso. —Los médicos modernos no las saben usar —dijo—. Recetan medicinas de patente, que son más caras que las yerbas y que muchas veces son menos eficaces. Agregó que el doctor Canalejas había puesto a mi tío en un tratamiento a base de una medicina casera que le había probado estupendamente. Al ver mi antigua cara en el espejo del baño me sentí más tranquilo, más joven y más inocente. Cuando entré en el comedor rasurado, mis anfitriones aplaudieron. No muy lejos se oía un pleito de gorriones. El cielo azul cobalto de la cuaresma colgaba sobre Muérdago. A nuestra izquierda podían verse las torres color de rosa de la parroquia, las casas de dos pisos y los laureles de la Plaza de Armas. En el resto del campo visual se extendía la ciudad plana, de azoteas, amenizada en trechos por una torre, una cúpula o un fresno aislado. A lo lejos estaban los campos sembrados y al fondo la sierra. Don Pepe y yo estábamos agazapados tras las macetas de los geranios. Habíamos subido a la azotea de su casa para observar la de mi tío, que era colindancia. A nuestros pies estaban los gallineros, más atrás, el patio de servicio y al fondo alcanzábamos a ver un pedazo del patio principal y del corredor. Queríamos estar seguros de que Amalia hubiera salido de la casa de mi tío cuando nosotros llegáramos a visitarlo. Don Pepe tenía informes de que ella iba todas las mañanas a su negocio, una tienda de ropa de mujer llamada Casa Amalia. —Parece —dijo don Pepe—, que nomás va a preguntar qué se ofrece y a sacar el dinero que entró el día anterior, pero con eso nos basta. Las gallinas empezaron a cacarear, la puertecita del gallinero se abrió y entró una muchacha seguida de un perro. —Es Lucero —dijo don Pepe. La hija de Amalia y del gringo, su esposo, que diez años antes había sido una niña pálida, se había convertido en una mujer muy bella. Oculto tras los geranios, la observé: tenía el pelo castaño claro, los brazos dorados, apoyado en la cadera llevaba un traste lleno de maíz. Metió la mano en el traste y empezó a arrojar maíz a las gallinas, que se alborotaron. De vez en cuando el perro correteaba a una gallina que huía espantada. Los movimientos de Lucero eran apacibles. Cuando el maíz se acabó, Lucero sacudió el traste dándole un golpe en la cadera y salió del gallinero seguida del perro, cerrando la puertecita. Don Pepe y yo nos enderezamos. — ¡Qué bonita es! —dije. —Sí, es bonita —dijo don Pepe, buscando cigarros en el bolsillo de su saco. Nos sentamos en el poyo que había en la azotea y fumamos. Un rato después oímos el taconeo. Fuimos otra vez a pararnos detrás de los geranios. En el corredor de la casa de mi tío vimos a Amalia pasar muy peinada, vestida de morado, con una sombrilla color de rosa en la mano, seguida de su hija unos pasos atrás. —Tu prima —dijo don Pepe— es la única mujer en todo el Estado del Plan de Abajo que usa paraguas en tiempo de secas. Cuando oímos que el portón se cerraba empezamos a bajar la escalera. Mi tío Ramón Tarragona estaba en el corredor de su casa, sentado en una silla de ruedas, leyendo el Excélsior. Don Pepe y yo estábamos en medio del patio, entre las begonias y las mafafas —Zenaida, la criada antigua, nos había abierto el portón, me había reconocido inmediatamente y se había alegrado de verme—. "Ocho terroristas presos", leí en la primera plana del periódico que tenía en las manos mi tío. Él, al oír nuestros pasos, inclinó el periódico y su rostro quedó a descubierto. La mitad derecha de mi tío era la de un hombre viejo pero vivaz y lleno de inteligencia, la mitad izquierda, en cambio, parecía una copia de la anterior mal hecha y desprovista de expresión. Sólo el ojo de ese lado, que me acechaba por encima de los anteojos, parecía tener vida. —Adivina quién es —dijo don Pepe. Yo me quedé parado, con el jorongo de Santa Marta y el libro del doctor Pantoja en la mano. No sabía qué hacer: quería leer lo que decía el periódico, quería ver la cara de mi tío, y al mismo tiempo, quería que mi tío encontrara en la mía los rasgos inequívocos del hombre honrado —los ojos francos que miran de frente sin parpadear—. Mi tío acabó por absorber mi atención cuando la mitad derecha de los labios se separó dejando entrever encías moradas y dientes amarillentos. Tardé un momento en comprender que era una sonrisa. —Es Marcos —dijo. Su voz era la de siempre. Dejó caer el periódico cuando levantó el brazo derecho. —Quiere darte un abrazo —dijo don Pepe en voz muy baja. Subí torpemente los cuatro escalones que separaban el patio del corredor y le di a mi tío Ramón el abrazo incómodo que permitían el periódico, que estaba entre las piernas de mi tío y el suelo, la silla de ruedas, el jorongo que yo llevaba en la mano y el libro del doctor Pantoja. Yo olía a ropa sudada, mi tío a jabón importado. Él estaba vestido con corbata, chaleco y pantalones de casimir. —¿Cómo estás? —se me ocurrió preguntarle. —Como puedes ver, jodido —dijo él. Don Pepe recogió el periódico y lo puso sobre una mesita. —¿Cuándo llegaste? —preguntó mi tío. —Acaba de bajarse del camión —dijo don Pepe. Habíamos decidido no mencionar lo ocurrido la noche anterior. —Arrimen sillas —ordenó mi tío. Obedecimos y nos sentamos. Mi tío siguió ordenando, dirigiéndose a mí: —Y ahora, dame cuentas. ¿Qué ha pasado contigo? Repetí la historia que le había contado a don Pepe la noche anterior. Mi tío, mientras tanto, sacó del chaleco una boquilla, se la puso en la boca, un Delicado y lo metió en la boquilla, un encendedor y encendió el cigarro, usando nomás la mano derecha. Fumó mientras yo hablaba. Don Pepe, que se había quitado el sombrero, se sentó en el borde de una mecedora, apoyó las manos en las rodillas y se quedó mirándome atento, como si no hubiera oído lo que yo estaba diciendo y esperara que mi narración fuera interesantísima. Volví a no mencionar ni a la Chamuca ni al Departamento de Planeación, en cambio, mi profesión inventada la enriquecí con nuevos detalles: dije que mi despacho estaba en las calles de Palma y di los nombres de tres empresas que habían contratado mis servicios. El interés con que me escuchó mi tío y la benevolencia que yo parecía inspirarle me llenaron de confianza. Mi tío interrumpió mi relato. —Dime a qué viniste. —A proponerte un negocio. —¿Ah sí? Más vale que sea bueno —dijo mi tío y encendió otro cigarro en la brasa del anterior—. ¿En qué consiste? —¿Sabes lo que es la creolita? —No. —Es un mineral que. . . —No me digas qué es, dime qué tiene que ver con el negocio. —Que yo sé dónde hay creolita. —¿Cuánto cuesta sacarla? —Un millón de pesos. —¿Y ya que la sacamos en cuánto la vendemos? —Entre cuatro y cinco millones. —¿Cuánto tiempo nos tardamos en sacarla? —No más de seis meses. —Está bien. Me interesa el negocio. Don Pepe intervino: —No le contestes así —dijo a mi tío—. Deja que nos explique —y preguntó dirigiéndose a mí—. ¿Cómo se extrae la creolita? —En este caso es muy sencillo, porque hay una galería que llega al yacimiento. Es una mina abandonada. —¿Está en el Estado del Plan de Abajo? —quiso saber mi tío. —Sí. —Mejor, porque si tenemos problemas de licencia nos da una manita el Gobernador, que es mi amigo. Acepto el negocio. Yo, igual que don Pepe, sentía que estábamos poniéndonos de acuerdo demasiado pronto. —Te advierto, tío —dije—, que antes de hacer la inversión total conviene hacer lo que se llama un estudio de costos y rendimientos, que incluye un levantamiento topográfico y unos muestreos para tener una idea aproximada del volumen del mineral explotable, porque las cifras que te estoy dando por el momento son a ojo. —A mí me parece muy sensata esa actitud —dijo don Pepe. Mi tío hizo un gesto de resignación. —Pues que se haga el estudio de costos y rendimientos. Este era el momento que yo había esperado. —Cuesta cincuenta mil pesos —dije. —Si puedo pagar un millón, puedo pagar cincuenta mil pesos. —Pero vas a tener que pagármelos aunque los resultados del estudio indiquen que no conviene hacer la inversión —advertí. Mi tío vaciló un momento antes de decir. —De acuerdo, pero si indican lo contrario vamos a medias. ¿Te parece? Accedí. Mi tío dijo: —Empújenme al despacho y hacemos el contrato ahora mismo. Yo empujé la silla de ruedas, don Pepe me guió y abrió la puerta del despacho, que era un cuarto amplio y un poco oscuro cuyos elementos fundamentales eran el escritorio de cortina y la caja fuerte antigua, de fierro negro. Había también un librero con cuatro libros de agricultura y una Constitución del Estado del Plan de Abajo, varios archiveros de madera, un sofá y dos sillones de cuero. Escribimos el convenio a mano, don Pepe un tanto y yo el otro. Yo me comprometía a entregar a mi tío muestras de creolita, de ley superior a .08, en un plazo de cinco días a partir de la fecha, mi tío se comprometía a entregarme diez mil pesos, como anticipo a cuenta de honorarios, al recibir los resultados del análisis y las pruebas de que el yacimiento que íbamos a explotar no tenía inscripción vigente en el Registro Minero. En los siguientes diez días yo le entregaría el estudio de costos y rendimientos y él me pagaría cuarenta mil pesos, cualquiera que fuera la decisión posterior. Si la mina se explotaba yo sería el administrador, mi tío recuperaría su inversión y dividiríamos las ganancias. Mi tío y yo firmamos de acuerdo y don Pepe y Zenaida —que no sabía ni leer ni escribir pero sí firmar y que no quiso oír lo que el convenio decía— firmaron como testigos. Cuando Zenaida se retiró, mi tío hizo girar los discos de la caja fuerte y la abrió, pero en vez de guardar en ella su ejemplar del contrato, que era lo que yo creí que iba a hacer, sacó de la caja una botella de mezcal y tres copas. Mi sorpresa hizo reír a mi tío. Don Pepe me explicó: —El doctor Canalejas considera que una copa de vez en cuando le hace provecho a Ramón; Amalia, en cambio, considera que el alcohol es para él mortal. —Tampoco me deja fumar —dijo mi tío. Sirvió las copas con la mano sana y preguntó: —¿Cómo se llama esa mina? —Covadonga —dije. —Por la Covadonga, entonces —dijo mi tío, levantando la copa. Los tres bebimos. En ese momento oímos crujir el portón al abrirse. En un instante cambió la situación. Mi tío y don Pepe apuraron las copas hasta el final, mi tío se puso la boquilla entre los labios, arrancó el cigarro y antes de que yo tuviera tiempo de preguntar "qué pasa", me lo puso entre los dedos, me guiñó el ojo sano, guardó la boquilla en la bolsa del chaleco y, con un movimiento rápido, echó su ejemplar del contrato en el interior de la caja fuerte. —Guarda eso —me dijo señalando mi copia del contrato. Yo la doblé y la metí en la bolsa de mi camisa. Don Pepe, mientras tanto, había guardado la botella y las copas en la caja fuerte, cerrado la puerta y borrado la combinación. —Finjan que platican —dijo mi tío. No pudimos. Los tres nos quedamos oyendo los tacones de Amalia que se acercaban por el corredor. Ella se detuvo en el umbral y se quedó mirándonos encandilada. —Buenas tardes. ¿Quién está aquí? En la mano llevaba la sombrilla color de rosa, que evidentemente no había abierto. El vestido morado resaltaba sus formas espectaculares de guapa de tiempos del presidente López Mateos: nalgas en forma de pera, cinturita y los pechos levantados milagrosamente. Su piel morena era más oscura que el pelo teñido de rubio, se depilaba las cejas, en cambio, tenía pelos negros en las piernas, tenía ojos espléndidos pero miopes; apenas alcanzó a distinguir tres figuras; tuvo una sonrisa vagamente cordial, que dejaba ver unos dientes fuertísimos. —Es Marcos —dijo mi tío Ramón. La sonrisa desapareció. —Ah, hola. Huele a cigarro. —Marcos y yo hemos fumado mucho —mintió don Pepe. Mi tío puso fin a la interrupción: —Marcos va a pasar unos días con nosotros. Encárgate de que le arreglen el cuarto de las cuatas. La mirada que Amalia me echó estaba cargada de mala voluntad, pero a mi tío le sonrió, dijo "como tú ordenes", dio media vuelta y los tres la vimos alejarse: una figura morada, apoyada en piernas que por alguna razón me parecieron provocativas.  Cuando don Pepe se despidió y mi tío quiso ir a su cuarto, yo me quedé solo. Lo primero que hice fue ir a la mesita que estaba en el corredor y abrir el Excélsior. En la página doce aparecían las fotos de todos los que habían estado en mi casa la antevíspera —menos Pancho—. Algunos parecían criminales, especialmente el Manotas. Lidia Reynoso parecía heroína de la guerra española. Ifigenia Trejo parecía arrepentida. El texto hablaba de la fiesta: nos habíamos reunido en mi casa "para planear nuevos golpes". Los siete habían confesado ser miembros del "Grupo de Liberación Gualterio Gómez'' y ser responsables del incendio de los Almacenes El Globo. Dos miembros de la banda habían logrado escapar, decía la información, pero se esperaba que de un momento a otro cayeran en manos de los agentes de la Dirección de Investigaciones. No aparecía ni mi nombre ni el de la Chamuca ni, por lo visto, había la policía entregado a los periódicos las fotos nuestras que tenían que haber encontrado en el departamento. Los agentes habían descubierto el automóvil de los fugitivos, abandonado en un estacionamiento de las calles de Edison. Dejé el periódico en la mesita y fui hacia el cuarto de las cuatas, que ya conocía y era el último del corredor. Al pasar por la puerta abierta que da a la recámara de Amalia, oí la voz de ésta, que decía: —... Parece que vino a proponer un negocio. . . Estaba hablando por teléfono, sacudiendo vigorosamente con la mano algo que le había caído en el vestido, sobre los pechos. Dejó la frase a medias cuando me vio. Un instante nos quedamos mirando en silencio, después ella empujó con el pie la puerta hasta cerrarla y yo seguí andando. La oí decir: —El Negro acaba de pasar y me oyó.







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