Translate

Wednesday, February 08, 2017

“Prepárate; porque quiero escribir un libro contigo.” Elia Casillas

   

   Lo había soñado, sí, sí lo soñé, entonces se lo dije a MEL.
 -Anoche soñé que Dios me hablaba…
-Ahhhh ¿sí? Ja ja ja  ¿Y qué te dijo?
-Dijo que me prepare porque vamos a escribir un libro.
Mercedes me vio,  como si una parte de mí estuviera conectada a otra dimensión, a otro sitio, a un espacio a donde él, nunca ha podido entrar. El tono de su voz fue burlón, punzante, aunque en el fondo siempre termina admitiendo lo que digo o, hace como que cree.   Luego, siguió en lo suyo, en su mundo, aunque vivimos bajo un mismo techo, él siempre está en su esfera y yo en la  mía. Gaby también tiene su cosmos y Luis su orbita. El béisbol nos hace coincidir y armarnos un cielo, en donde los cuatro nos entendemos, en donde nuestras vidas embonan perfectamente, pero, cada quien permanece en su plaza y desde ahí nos atrincheramos para existir. Porque en el tablero que nos tocó, nuestras piezas siempre han tenido un principio y un no te detengas, un estadio y un automóvil, una pelota y una carretera, una casa que se mueve en donde hay reflectores, pero ante todo, una oración a Dios  en cada pueblo. Sin embargo, regresando al misterioso sueño, cada amanecer le pregunté a mi Padre de qué íbamos a escribir. Tres soles perseguidos por sus lunas esperé, con intriga, con un gozo y una sola pregunta…  ¿Qué quieres escribir conmigo? Lo soñé, sí,  fue un sueño tan real, lo sabía, lo sentí, Dios me habló. No lo vi, sólo escuché su voz,  yo sabía que era Él. Preguntaba y preguntaba y luego, yo misma hacía las veces de contestador, si entraban las dudas me convencía de lo contrario, todo había sido tan cierto. Vivíamos en San Luis Potosí, una ciudad colonial, con gente muy educada, amable, limpia, muy limpia, llena de templos y palomas. Era nuestra tercera temporada, MEL ya había dicho que pensaba retirarse como lanzador, para continuar con su carrera de coach.  Por mí no había problema, la carrera era de él, y era él quien debía detenerse o continuar, eso siempre lo tuve muy claro. Entre preparativos y un vídeo sobre su trayectoria, se nos fue el tiempo y de pronto, ya estábamos en una ceremonia muy bien organizada, Luis Mercedes con ayuda de Antonio Parga y de Óscar Rovira,  hicieron una historia en vídeo para el público, un pequeño testimonio que pudimos ver en la pantalla del estadio.  Juan Cerros y  los jugadores de Tuneros,  reunieron fondos, y se armó un fiestón, la esposa de Saúl Montoya cocinó un rico menudo estilo San Luis, la señora de Alejandro Villalpando (ex ampáyer)  preparó un pozole verde, y nosotros sazonamos las salsas para una carne asada, estilo Sonora. Después del juego nos fuimos a festejar a un salón privado que se encuentra  en la calle 5 de mayo, en el Barrio de San Miguelito. Cecilia Cardín, Julio Parga, Óscar Rovira tocaron toda la noche y ahí entre risas y bromas le dijimos adiós a la lomita, comento: dijimos adiós, es un decir, ya que somos la porra, las que rezamos, cocinamos, limpiamos la casa, la ropa, la vida.
El olvido apareció  puntual y relegué el famoso sueño. Pero Dios  tiene sus métodos para que uno recuerde cada promesa, porque esa era su palabra y acepté,  ya que esa mañana amanecí feliz, lo comenté, casi lo grito para que hijos y vecinos supieran que yo, era honrada por el Señor.   Y sí, lo tiré a la indiferencia,  regresó con un memorándum, que no le deseo ni al ser más mezquino que haya cruzado este suelo. Dejamos San Luis sin novedad, ya lo caminado era historia, tal vez regresaríamos, tal vez no, ya que el equipo Tuneros era nómada, íbamos a donde nos dijeran. Y así fue, no volvimos a tan hermosa ciudad, pero si regresamos a nuestra residencia: Navojoa. En cada vuelta a casa, la encontrábamos llena de   polvo, la tierra había dejado su huella en  cualquier rincón. Dejar el hogar habitable nos llevaba como tres días sin descanso. Las recámaras eran las primeras en estar disponibles, luego la cocina y después, lo demás. Los entrenamientos con los Mayos de Navojoa,  sacaron  a MEL de su vida rutinaria (despertar, desayunar, ver televisión, comer, ver televisión, cenar, ver televisión, dormir). Luis, se fue a Hermosillo, ya tenía trabajo con Los Naranjeros, aunque nunca le dieron el cargo, él se encargaba de las relaciones públicas, de hacer vídeos y documentales de jugadores y todo lo que se les ocurriera en el club. Gabriela estudiaba en la Universidad y trabajaba medio tiempo en un ciber café. Nuestra vida de todos los meses, los días, esperando el inicio de la temporada de béisbol. A unas semanas abriría la Liga Mexicana del Pacífico y en Baja California, Sonora y Sinaloa, las personas se organizaban para la  próxima  época.

La mala nota

Esa mañana, Mercedes sostenía una charla por teléfono en monosílabos, eso  me trajo de la recámara a la sala, el rostro de MEL difícilmente escondía lo que estaba pasando y habló:
-Luis tiene dolor de cabeza y lo hospitalizaron, al parecer trae la presión alta…
-¿En dónde lo tienen hospitalizado?
-En el Cima de Hermosillo.
-Me voy a ir…
-No, no pasa nada, es la presión, sólo eso…  Mañana le hacen unos estudios para saber exactamente que tiene.
Ahhhh, ¿pero quién es capaz de engañar la sangre de la misma sangre y quedarse  tranquilo en la otra avenida…? Una parte de mí decía que algo trágico pasaba con Luis.  De nuevo, el repiquetear del teléfono me sacó de cualquier presentimiento, era don Juan Manz, tenían un taller de cuento en la librería de  Libros y más, en Ciudad Obregón y hablaba para invitarme. Fui al seminario, volver con mis amigos era agua   en zona desierta. Intenté dejar afuera la llamada, pero fue imposible, entre charla y charla un pequeño aguijón entraba por el costado izquierdo avisándome que Luis estaba en peligro y me escondí detrás de unos lentes enormes y oscuros. Don Juan me preguntó si MEL me había golpeado, le contesté que no, y que no iba a quitarme los lentes, a mi hijo algo malo le está pasando, sólo eso puedo adelantarles. Los lentes eran un cristal donde ocultaba mis presentimientos.  Esa noche una máquina contestadora del hospital nos llevó a cualquier sitio, menos al cuarto de Luis, pero al día siguiente antes de irme al curso, llamé para ver cómo iba todo, Luis me dijo que viajara sin pendiente, aunque al regreso, no sé porqué, no dejé de rezar… Sentía una parte de mí oprimida y eso no era buena señal, tenía miedo, miedo a saber lo que realmente ocurría y ése era un aviso, los exámenes de Luis traían malas noticias.  El semblante derrumbado de Gabriela y MEL,  lo confirmaron cuando llegué a casa:
-Luis tiene un tumor en la cabeza… Van a operarlo.
-¿Qué?
Tuve que sentarme, miré el techo, y sólo recuerdo que dije: -no. No, no, no Dios, no-. Pasé la poca saliva que me quedaba, de pronto tenía la boca  reseca y nosotros viendo un lado del pánico al que nunca habíamos entrado, porque una cosa es tener miedo y otra penetrar en su territorio, un sitio frío donde el corazón no tiene un segundo descanso, y donde la calma es sólo una fantasía distante, un laberinto sinuoso, donde uno conoce la entrada, pero no sabe cómo,  ni cuándo va a salir. Poco a poco fui seccionando la noticia para aceptarla, la partí para que no fuera tan dolorosa y me fulminara. Hay tragos que  atraviesan y cortan el aliento. Luego quise hablar con Luis.
-Viejo, ¿cómo estás?
-¿Ya sabes?
-Sí y la vamos a librar,  no te preocupes.
-La operación sale en ciento cincuenta mil pesos y mis amigos quieren hacer un teletón…
-No Luis,  hay dos casas, con una de ellas se paga tu operación, no quiero que pienses en el dinero, si es necesario vendo un pecho…
-Jajaja a ver cuanto te dan por el…
-Bueno y si no, ahí están los riñones, el hígado y lo que sirva… Nos vamos a ir contigo, deja que ordenemos la casa,  y salimos para allá.

El pollo

Nadie había probado un taco,  la noche anterior cociné un pollo en la olla eléctrica, yo traía un café y un pan, Mercedes y Gabriela un cereal. Eran las seis de la tarde, sabía que el viaje de tres horas necesitaba de un esfuerzo para el conductor y para el copiloto y aún así, no queríamos saber nada de comida. La casa de pronto tenía un aire abatido, cualquier rincón era una cueva donde la incertidumbre había tomado posesión, al estómago le importaba una pura y dos sin pan, simplemente no había apetito, éste,  nunca  apareció, sin embargo,  nos comimos un pollo sin  sabor: agua salada. Antes de salir,  limpiamos la casa, lavamos toallas, sábanas, Gabriela dejó todo en orden, y salimos. Rumbo a Hermosillo, cualquier penumbra era motivo de sobresalto, como si la muerte soltara su manto sobre nosotros y el susto aparecía en cada metro de carretera. Antes de venirnos hablé con Bety Bryant y se me fue el llanto, como si en ese momento,  una válvula se abriera dejando explotar el dolor, ella no podía creer que esa malaventura ahora fuera nuestra, le dije que saldríamos para allá. También le hablé a mi hermana Paty para que rezara, llamé a  la Nena del Paquín,  aunque no la encontré dejé recado, y avisé a otras personas, entre ellas a doña Rita, una señora que vende hot-dogs, para que le comunicara a mis amigos y a la gente de San Judas Tadeo, para que pidieran por Luis Mercedes, ella creyó que bromeaba.  De ciudad Obregón llegué casi a las cuatro de la tarde, ese día afortunadamente MEL y Gabriela no lograron comunicarse conmigo, porque yo no uso celular, así que nunca pudieron contactarme y manejé  tranquila, no imagino los 70 kilómetros o más,  desde Cajéeme a Navojoa, no me veo manejando en ese charco negro que de pronto es una desgracia, como la que hoy se nos venía, aunque mi sexto sentido no dejaba de golpear.  En uno de los  salones de la librería de Libros y Más teníamos el taller,  Don Juan Manz  poeta del trigal sonorense propuso enviara mis textos sobre béisbol a la Universidad de Sonora  y esa noticia me traía con la adrenalina arriba, feliz, con un pie en la nube, otro en el acelerador y el alma sin cobijo. Ahora nuestros rostros estaban caídos, siempre hemos sido una familia demasiado unida, vamos,  y venimos por distintos rumbos,  pero constantemente buscamos un momento para estar reunidos y contarnos nuestros triunfos, derrotas, las nuevas, y  las viejas y las que aún no hacen historia. Que uno de nosotros sufriera un descalabro,  nos afectaba duro y seguido y no íbamos a dejarle abandonado, la vida es un bulevar donde nunca sabemos que pueda suceder en la siguiente esquina, pero de algo si estábamos seguros, Dios siempre nos ha amparado, ésta vez y todas las veces, no caminábamos solos. Y aunque nunca he conocido sus  designios, supe que algo traía entre manos y que en los siguientes días mostraría pistas, así es Dios y nunca va a cambiar. MEL, Gabriela y yo, en momentos guardábamos silencio, como si nuestro monólogo interno fuera un torbellino que no hallaba hebra, rezos, plegarias, culpas, juramentos y promesas que siempre acompañan estas catástrofes. Esta vez, la entrada a Hermosillo no hablaba sobre béisbol, no olíamos la pelota, esta vez, un batazo ponía en jaque a Luis Mercedes  y nosotros como jugadores, estábamos ahí para asistirlo. No quise quitarme la batita de manta que vestía, siempre que la uso ellos dicen que soy Fantasmín y eso me divierte. Lo acompañaban Paola su novia, Bety y Derek Bryant, entonces me sentí en familia, ellos siempre han sido nuestra rama espiritual más cercana, nuestros hermanos de fe, nuestra siguiente familia, los hermanos que Dios nos puso para darle fuerza al corazón y al cuerpo.  Mientras hablaba, recordé el sueño y les dije: -Una vez en San Luis Potosí soñé que Dios hablaba conmigo y  me dijo: Prepárate; porque vamos a escribir un libro… Creo que la cosa va por ahí-. Luego, todos empezaron a bromear sobre mi vestido Fantasmín. Luis a simple vista estaba bien, el cuarto tenía aire acondicionado, un televisor, baño, enfermeros las veinticuatro horas, un sofá cama y vaya comida, parecía hotel  de cinco estrellas. Nos fuimos tranquilos a su casita, que también tenía todo, solo qué… En cuanto quisimos prender el televisor, éste no funcionó, moví la mesa donde un florero bien surtido adornaba un pasillo y que se le caen las patas, ya no quise  tocar  nada más. Trajimos el colchón inflable y bajamos hasta la olla con el pollo. Menos mal que la cama funcionaba, el microondas no quise palparlo. Ya entrada la madrugada, de pronto un estremecimiento me hizo dejar el sueño y desperté agarrándome el pecho, entonces, recordé que en casa me había pasado lo mismo tres noches seguidas  y pensando que era el corazón llamamos al doctor Ciro Pellegrini para que calculara mi presión.  Todo estaba funcionando bien… Sin embargo,  en ese momento supe que eran presentimientos, avisos de Dios, diciéndome: prepárate. Lo descuidé, y él siempre llama tres veces a mi corazón. En ese momento supe que él tenía tiempo informándome que estuviera alerta.

Todo cambia

Era domingo y las visitas no cesaron, pero de la oficina de los naranjeros no supimos nada, Derek habló y comentó que hacían trámites para trasladarlo a Ciudad Obregón, al centro de Neurología. Era 24 de septiembre, Mercedes cumplía años,  y Paola le trajo un pastel que compartimos con los que fueron a visitar a Luis.  Antes, nos enteramos que de las oficinas naranjas habían suspendido todos los estudios que estaban pendientes y eso punzó duro en el pecho. Luis tenía los dolores de cabeza desde el 15 de septiembre, entonces, lo enviaron  al Seguro Social, tomaron una radiografía y dijeron que era migraña y que no tenía nada, un simple dolor de cabeza.  Entonces, Luis  comentó:
-Mamá nunca me había sentido tan pobre, a un lado de mí, una mujer estaba muriéndose, le faltaba oxígeno, yo trataba de ayudarla y aquello era muy desesperante, porque sentía que se me iba a morir ahí. En otro sitio, un hombre vomitaba y frente a nosotros,  un enorme bote de basura tenía moscas  por cualquier lado. Te juro que salí peor, que cuando entré. Nunca me había sentido tan pobre.
Hasta que el doctor Arturo León Lerma dio la orden para que fuera al Cima y se hicieran los estudios, Luis pudo descansar, ya que iba y venía al Seguro Social y el dolor cada día era más intenso. En la resonancia magnética le salió un tumor en la  silla  turca, ¡un tumor en el cerebro!  Aunque el doctor explicó que era operable y en tres días estaría en casa, en las oficinas anaranjadas, al enterarse de los ceros de la cuenta, decidieron enviarlo a Obregón, al Centro de Neurocirugía Luis Donaldo Colosio, pero eso nosotros no lo sabíamos y es algo que nunca entendí, si ellos conocen a Mercedes, por qué no ir con él y explicarle personalmente que estaba pasando, ni Juan Aguirre ni el Doctor León Lerma vinieron. El médico que lo atendía en el Cima no se presentó.  El lunes lo trasladaron de nuevo al Seguro Social, nunca voy a olvidar al médico de los Naranjeros que todavía fue a decirnos que debíamos pagar la ambulancia para que trasladaran a Luis. Antes de que todo esto pasara,  tuve que ir a las oficinas del Señor Mazón, no estaba, de paso encontré a Derek chico y él me comunicó con su papá, era casi la una de la tarde y nosotros no sabíamos la suerte de Luis, nadie hablaba.  Veinticinco  de septiembre, no había avance, las doce y nosotros con la incertidumbre en los pies, en la esperanza de una llamada que dijera, “no se preocupen, siempre hemos sido  equipo y aquí cualquier empleado es importante”. Porque si León Lerma investiga en cuanto le sale la producción de un vídeo musical de los jugadores, para pasarse en la pantalla o un documental para televisión como el que Luis le produjo sin recursos, ni tiempo, a Cornelio García, entonces, él  se habría dado cuenta de que Luis no era un simple empleado o tal vez lo sabía, vaya usted a saber.  Y no es porque sea mi hijo, pero es una persona muy creativa, que pena que los gerentes actuales no estén al tanto de que todo ha cambiado, que tienen que ir con el progreso, y que las personas que se dedican al campo de innovar entornos,  también comen y cobran y la verdad es que a Luis le pagaban una miseria (cinco mil pesos mensuales), la mitad del sueldo se le iba en solventar departamento y con la otra mitad debía comer, pagar luz, agua, camiones. Yo le dije que no se fuera por esa cantidad, prefería mantenerlo, pero él me dijo que pensaba titularse. Dios sabe por qué hace las cosas. Bueno, de las oficinas del señor Mazón, la secretaria  me envió al centro, a las administraciones de Los Naranjeros para que me pusieran al tanto. Mientras, el médico del club  siempre le estuvo recalcando a Paola que no iban gastar lo que no tenían, y que los dolores de Luis no eran nada., “no tiene nada, es una migraña, eso es lo que tiene: migraña”. Cuando supo del tumor, hizo su mejor esfuerzo por decirle a Mercedes que no era de preocuparse, entre paréntesis les diré que, este hombre a mí, nunca me dio la cara. - Luis no tiene  nada-, repetía una y otra vez.  Y cómo no mortificarse, hay un tumor, y este señor lo único que nos mostraba era su preocupación por ahorrarle unos pesos a la directiva, por eso, con estos antecedentes cuando vi al doctor León Lerma;  dije:
-Vamos a voltear la situación…
-No, no, no, a mí no me voltee nada…
-Sí ¿qué tal que fuera un hijo suyo…? ¿No lo enviaría en un avión a Tucson y lo instalaría en la mejor clínica? Aquí no viene hablar la esposa de Mercedes Esquer, ni Elia Casillas, aquí frente a usted está la madre de Luis.
-Elia no se trata de dinero, Luis va a ir a la mejor clínica de Neurocirugía, lo que pasa es que se atravesó el fin de semana y nosotros no somos culpables de lo que está pasando…
-No doctor, yo no busco culpables,  en ese caso si vamos a buscar culpables, me culpo yo, por no enviarlo al médico al primer dolor de cabeza, al contrario, a usted agradezco que Luis esté en el Cima ya que por orden suya él está allá y eso se lo agradezco a usted. No puedo decir que usted y yo somos comal y metate, existe una relación  de años y eso es debido al béisbol, sólo eso doctor, y  Luis ya tiene su raya, ni usted ni yo, vamos a alargarla.  Si Dios ha de llevárselo,  ni la ciencia va a detenerlo...  Y yo…   ya se lo entregué a él. Pero si la cuestión es el dinero tengo una casa en Mérida para vender…
-Entonces si ya se lo entregó a Dios, por qué se encuentra en este estado.
-Porque soy su madre, nada más por eso… Sólo por eso. Pero si la cuestión es el dinero…
-No se trata de dinero, pero si puede, y dice que tiene una casa,  véndala, aunque todavía hay que ver que dicen en Obregón, va a estar con los mejores especialistas y de acá lo estamos recomendando para que lo atiendan bien, cuando lleguen lo va  a recibir el Director del Hospital, todo va a estar bien no se preocupe, no venda nada. Y de nuevo le digo, no se trata de dinero.
-Está bien doctor, si la situación se complica en el hospital y si yo veo que las cosas van para atrás, voy a llamarle. Sus amigos querían hacer un teletón pero yo le dije que no se preocupe, al inicio de la carrera de Mercedes vi una viuda, esposa de un jugador pidiendo ayuda en un estadio para mantener a sus hijos, entonces,  expresé que eso no nos pasaría a nosotros, yo iba a ahorrar para cualquier cosa.
-No, no, que no vayan a pedir nada, ya van a atender a Luis y usted no vaya a vender su casa hasta no saber que pasará en Obregón. Aquí hemos comentado que es una pena lo que está pasándole siendo un muchacho tan joven…
-Así es Doctor, nos vemos… Y no se olvide, el que paga es Él de arriba.
Si llevaba maquillaje, éste quedó en una hoja, donde la uña descargaba mis  lágrimas. Luis me vio llegar con lentes oscuros y a Paola y Gaby con la mirada gorda, ellas,  mientras  hablaba con León Lerma, lo único que hacían era llorar. Ahí nos esperaban mis compadres Cintia y Cornelio García, de nuevo se me fue un rosario de lloros, de alguna manera sus hijos y los míos siempre se han visto en familia y ellos también son una parte muy significativa para nosotros. Esa tarde trasladaron a Luis al Seguro Social de Hermosillo, antes le comenté a Paola que me llevara a un templo, me preguntó que a cuál quería ir, si al de Santa Eduviges o al de Fátima, contesté que a cualquiera. Ya en el camino vi una cúpula y quise ir ahí, ella comentó que era la iglesia de Nuestra Señora de Fátima. En ese momento todos los reclamos y coraje me vinieron de pronto, sólo quería tener a Dios frente a mí para empezar mi discurso rebelde, pero… Cuando entramos, un grupo de mujeres rezaba el rosario, vestían túnicas rojas y una enorme cruz dorada en el frente y en la espalda: oraban. Entonces me detuve. ¿Cómo iba a gritarle a mi Padre en frente de la gente? No, ÉL iba a avergonzarse de mí, entonces  fui al Santísimo y ahí, de rodillas y cara a cara,  pregunté: -¿Qué quieres, qué te traes conmigo? En ese momento, automáticamente volteé a una columna que estaba al lado izquierdo y sobre ella, observé a San Mateo con un pliego extendido, luego, giré a la derecha y ahí estaba San Lucas, pero… San Lucas, tenía un libro en blanco en la mano izquierda, y en la derecha una pluma, entonces recordé el sueño. “Prepárate porque quiero escribir un libro contigo”  Ahhhh, entonces, es eso lo que quieres. Quieres que empiece a escribir un libro, está bien, lo voy a empezar, sólo te pido a cambio la salud de mi hijo. De pronto el llanto se fue, sentí el pecho libre, y una energía que me hacía sentir grande, fuerte, enorme, y le dije a Paola, ¿ya viste a los apóstoles? Observa a San Lucas, ve como tiene un libro en blanco y la pluma, Dios quiere que empiece el libro. Luego le dije a Dios - trajiste a dos testigos, Mateo y Lucas, bueno, yo pongo de testigo a Paola y a los Bryant, en cuanto llegue a casa empezamos el libro-. Cuando salí del templo era otra,  la piedra  opresora ya no estaba, me sentí ligera, en paz y confiada en la promesa de Dios. Vi a Gabriela y a Mercedes y les conté lo que me pasó en el templo, y en ese instante le dije a Luis, -viejo, no te preocupes, me quiere a mí escribiendo con Él,  no te preocupes-.


El traslado


Sin embargo, al anochecer no hubo una ambulancia disponible para el viaje y debíamos esperar al siguiente día, saldríamos a Ciudad Obregón a las tres y media de la madrugada, entonces, comenté que durmieran MEL y  Paola y yo les velaría, para no quedarnos dormidos, Gaby estaba con Luis en el hospital. Paola viajaría con él en la ambulancia y nosotros le seguiríamos en el automóvil. Cuando buscaba algo de café en una de las alacenas observé que había muchas cajas de diferentes medicamentos para el dolor de cabeza y sentí pena por mi hijo, él tratando de mil formas aliviar su dolor, cuando esa molestia era para una cirugía de alto riesgo. Salimos casi a las cuatro y media, quise dormir pero con el pendiente frente a nosotros ¿cómo? Nuestro hijo iba delante y debíamos de cuidar que todo marchara bien, el hombre que conducía la ambulancia se veía tranquilo. Mercedes había dejado el entrenamiento de los Mayos, y don Víctor Cuevas extendió un cheque para cualquier emergencia y le dijo que la familia estaba primero, que se fuera, y que por el trabajo no se preocupara. Regresarnos a Navojoa fue bueno para él, ya que  eso le permitiría continuar con la preparación del cuerpo de lanzadores del equipo. Cuando arribamos al Seguro Social de Ciudad Obregón esperamos y esperamos y esperamos, nunca hubo un director para recibir a Luis, corrimos con los mismos trámites que cualquier usuario, la camilla que lo trasportaba duró en el pasillo desde las seis y media hasta las once que lo ingresaron. Nunca vi el trato especial y cuando quisimos platicar con el Director para avisarle de nuestro arribo, nunca obtuvimos respuesta. Yo estaba sin dormir, y le hablé a Sara de Romo, ella,  Vicente y sus hijas siempre han querido a mis hijos y debían saber lo que estaba pasando, inmediatamente se vinieron Kenia y Karla, yo necesitaba descansar mínimo una hora para recuperarme, cuando me vieron sentada en el piso y en fatal estado, una de ellas dijo:
         -¿Tía y esa facha?
         - Ay Kenia, ¿crees que tengo deseos de verme bien?
         -No, pues no, tía. Te entiendo.
 Kenia nos  llevó a su casa  y caímos  tres horas y media, luego  comimos pescado empanizado que nos  supo a felicidad. Desde la fatal noticia la comida para nosotros se había convertido en mero trámite, sólo eso  tramite, no había nada que pudiéramos saborear, hasta una noche antes.  Cuando estábamos en el Seguro Social de Hermosillo, Luis pidió una hamburguesa y ohhhh bendita comida rápida, ya felices y preparándonos para el viaje, relamimos cada papa frita, y las hamburguesas pasaron a ser parte de nuestra vida. La primera noche en el hospital cuidando a Luis fue para mí, y  pasé todas las horas en una silla, Paola iba a estar con él  en el día y yo iría a casa a descansar,  y Gabriela por la noche se turnaría conmigo.  La casa estaba limpia, todo en orden como se había quedado. De nuevo en la carretera, como en cada amanecer, como en cada anochecida, nosotros con un guerrero en los pies, y otro en el corazón, al lado de Luis. Hicimos turnos para dormir con él, ayer me tocó a mí. Llegamos y no atinaba la entrada, al fin en la puerta una mujer cuidaba que no se fueran de más en la visita a los enfermos, la tipa era una luchadora en ring desigual, la custodiaban dos guardias de seguridad. Por supuesto que no dejaron que entrara ya que MEL traía el pase y debía esperar que bajara con él. No importó esperé, en este caso lo primero que debes hacer es no desesperarte. Cuando apareció Paola, me fui al separado de Luis, MEL lo veía con un amor desmedido, era evidente el sufrimiento por su hijo, desde la noticia, había encanecido como diez años. Cuando se fue, Luis me pidió que le sobara la cabeza. Le pregunté que había comido y sólo señaló un plato a medias. No podía creerlo, aquello tenía aspecto de comida para perros, era carne molida color café, sólo eso, con una rebanada de  pan de caja. Me dolió el corazón, a Luis le produjo asco y no cenó. Desde la llegada a Obregón no le suministraron los medicamentos y cada día fue una tortura para él, con los dolores desde el martes no descansaba y ya era jueves,  el sufrimiento crecía  sin que nadie pudiera detenerlo,  como esa noche que se quejó. No sé cuanto tiempo acaricié la cabeza y cuando dormía, aprovechaba para sentarme. Al fin cerca de la media noche logró adormilarse, saqué un libro de García Márquez y leí unos minutos, luego hice mi tendido: una colcha, más la cobijita de Gaby, luego encima puse las almohadas y me acosté. No supe a qué horas quedé noqueada, hasta que Luis dijo:
-Mamá, quiero vomitar
Me fui detrás de él y veía  que casi soltaba el estómago entre vómito y vómito, sentí impotencia, rabia detenida, eran las seis de la mañana…
-      Quiero bañarme,  dijo- le di la toalla, el shampoo y jabón. Volvió a la cama y me pidió de nuevo que le sobara la cabeza.
-      Luis, te juro por Dios, que hoy termina tu martirio, te lo juro por mi padre.
 Entonces apareció una enfermera con un séquito de aprendices.
-¿Todo bien, Luis?
-No, nada está bien-  dije.  Para entonces una fiera se apoltronaba en mi pecho.
-¿Qué pasa?
-Hoy pasa de todo, Luis continúa con el dolor de cabeza, acaba de vomitar, anoche no cenó, lo que trajeron no se le puede llamar más que: comida para perros.
-Señora, eso no se dice, nos está ofendiendo, no tiene por qué decirlo, ¿qué van a decir los demás enfermos que si se comen lo que aquí se les da?
-¿Qué no tengo qué…? Estoy en un país libre y si algo sucede,    voy a  decirlo, a gritarlo.
-Es que es muy ofensivo lo que acaba de decir…
-¿Ofensivo? Si yo les ofendí con mis palabras… A mí me ofenden con esa comida.
Inmediatamente salió con su comitiva, tal vez mi voz desmedida llegó al médico o  quizá le tocaba venir,  la cuestión es que llegó.
-¿Cómo está todo?
-Mal, muy mal, el dolor de cabeza no se va, no ha estado comiendo bien, la cena de anoche era comida para perros…
-Mamita no diga eso, no utilice esos términos
-Doctor, escribo poemas y cuentos, si quiere le hago un poema de esa cena. Es algo surrealista, cuando veníamos para acá, el doctor León Lerma especificó que, no nos mortificáramos por nada, que el director de este hospital estaba al tanto de nuestra situación…
-¿Quién le dijo eso?
-El doctor Arturo León Lerma…
-¿Y ese quién es?
-Es uno de los directivos del equipo de béisbol de los naranjeros de Hermosillo.
-A nosotros no nos gusta el béisbol. Lo siento, ni conocimiento teníamos.
No iba a llamarle a León Lerma, sabía que cuando fui al templo, ya Dios nos tenía en sus manos, sólo era cuestión de no guardar silencio.  Aparte ni cómo hablarle a León Lerma y descalabrarle el ego… Cómo qué no, ¿o sí?     


Y todo mejoró

 Empecé a escribir nombres, la verdad que sólo conocía a los doctores de vista, pero no sabía quién era cuál, ni cuál era quién.  Amablemente el doctor me dio su nombre y santo y seña. En eso vino una enfermera y señaló que,  lo que pasó la noche anterior fue que, yo no quise que le dieran el medicamento a Luis ya que él dormía. Mentira total, ¿cómo voy a impedir que le suministren lo que sé va a quitarle los dolores? Absurdo, ella dijo que estaba anotado en su reporte. Yo sabía que estaban tomando represalias, sí, lo que expuse acerca de la comida no les pareció, ahora iban a ponerse al tú por tú, con nosotros.  Luego le comenté al doctor, “Si a usted le pareció terrible lo que apunté de que la comida parecía de perros, y se sintieron ofendidos, a mí me insulta más esa comida le dan a mi hijo. Era una frase que repetía a cada momento, los demás enfermos sólo veían, sí, me observaban como diciendo: qué valor. Después el médico vino con una serie de papeles, la nutriologa escribió que tomaría cartas en el asunto ya que al parecer no estaban siguiendo las  instrucciones que ella dio y terminó aceptando que el cocinero definitivamente no hizo lo que ella indicó. El doctor le preguntó a Luis que medicamento suministraban en el Cima y yo le entregué el expediente que nos habían dado en ese hospital, en ese momento ordenó que le pusieran la misma dosis  y sólo eso  lo hizo descansar. Al fin, se fue el dolor de cabeza.    El desayuno fue otra cuestión, la comida no se diga, después de aquel altercado todo era calma, después de tres días con sus noches, Luis pudo descansar de la dolencia y empezó a comer bien ya que cambiaron toda la dieta. Resulta que para nuestra buena suerte la nutriologa que le asignaron era Nayeli,  una joven que de niña vivió en la misma calle donde nosotros radicamos y ella fue turnada para que estuviera al tanto de Luis. Mientras, Paola cuidaba a Luis de día, a la persona que le tocaba descanso en casa, limpiaba, se encargaba de cocinar, y lavar ropa. Mercedes era el chofer de noche, él llevaba a la que dormiría allá y se traía a Paola. Iván Villalobos se  unió, ayudándonos los  viernes, eso nos daba una noche más de descanso  a Gaby y a mí. MEL no podía hacer  más, ya que estaba en los entrenamientos de los Mayos de Navojoa y aunque don Víctor Cuevas le había permitido faltar,  no quise que descuidara su trabajo, ya Gabriela había perdido el de ella. Pero eso era una insignificancia, lo importante era sacar a Luis, eso era lo que realmente nos importaba.  Gaby me comentó que no le importaba el trabajo, porque nada más tenía un hermano y podía hallar otro sitio en donde emplearse, Luis estaba primero.
                                   


La Operación

Una noche antes de la operación, MEL pidió que me fuera con ellos a las cinco de la mañana porque tenían que donar sangre y prepararse para la operación. La verdad estaba demasiado cansada, el doctor Pablo de la Rosa no aseguró nada, apuntó que, lo de Luis era serio, pero había otros enfermos más urgentes. Cuando Mercedes y Paola salieron rumbo a Ciudad Obregón yo dormía y no los sentí, gracias a Dios,  porque así pude dormir tranquila cinco horas más. Al despertar fui a la cocina, herví las albóndigas que había cocinado la noche anterior, puse las toallas en la lavadora y entré a la ducha, cuando me secaba sonó el teléfono, era Gabriela, avisando que me fuera rápido ya que Luis iba a entrar al quirófano y que llamara  a Danira para que me llevara a tomar el autobús. Hablé y el teléfono estuvo ocupado en dos ocasiones, entonces busqué en la memoria y sólo alcancé a ver a Nena de Estrada (esposa de Paquín) y le llamé. Inmediatamente dijo que pasaría por mí, en eso recordé que el dorado (auto) estaba a fuera pero… Ni contaba con  dinero,  ni el stratuss tenía gasolina y tampoco vi la  tarjeta para cruzar la caseta sin pagar la cuota de cincuenta y siete pesos. Le dije a Nena que yo iría en el auto a su casa para que no viniera por mí y así fue, cuando llegué me esperaba, pasamos a un supermercado a comprar café y un pan, ella no había desayunado, ni yo. Durante el trayecto hablamos de nuestras correrías en el béisbol, y al fin aterrizamos en el hospital, pedí permiso al guardia para ir al quirófano a darle la bendición a Luis a ponerlo en manos de Dios, no, en sus manos ha estado siempre. El médico ordenó que lo dejaran verme, estaba en la camilla listo, feliz, desde que supimos del tumor nunca lo vi tan contento como ese día, entonces dijo:
-Todo va a estar bien no te preocupes, ¿ya viste quienes van conmigo? Tengo una guerrillera, las enfermeras ya me dijeron que de ahora en adelante le voy a ir a los Yaquis, y les dije que sí, que cuando esté listo nos vamos a ver en el estadio.
-Si padre, primero Dios, ni sé como darte la bendición… Bueno viejo, que Dios te cuide y te socorra.
Salí a buscar a Nena, tenerla a mi lado era como ir en una barca de aguas calmosas, sin dejar de ver la terrible tormenta que nos amenazaba, aún así me sentía en paz. Nos encontramos a MEL con su familia, Nena y yo nos fuimos a Misa, la iglesia había cerrado, entonces un hombre dijo que Catedral estaría abierta y allá nos dirigimos. Cuando entramos me llamó la atención que un grupo de ángeles rodeaban la figura central, no eran ángeles comunes, sus vestidos blancos y la piel plateada les deban otra dimensión desde el sitio donde nos encontrábamos, el incienso inundaba el recinto y nosotros andábamos detrás del Santísimo que jugaba a las escondidas,  al fin después de un peregrinar por la catedral, estábamos frente a él. Nena con sus oraciones y yo con mis ruegos, más bien no eran mis ruegos, eran mil ruegos. No sé cuanto tiempo estuvimos ahí, hincadas, con rezos, con los ojos en el Santísimo pidiendo que viniera con un milagro y terminara con el tormento y la pena de tener a un hijo en manos de la ciencia, sin saber como saldría esa noche librando su propia cruzada y en ese momento de nuevo tuve que ponerlo en sus manos, -regrésamelo con la salud, que la operación salga bien, si desviaste tempestades, y abriste el mar para que tu pueblo fuera libre,  quita ese tumor de su cabeza-. Tuvimos que irnos porque desalojaron el recinto, cuando salíamos Nena distinguió al Señor Obispo y le llevó saludos de Armando Reinoso.        Cuando ella volvió, buscaba una alcancía para dar limosna, pero no encontramos, en eso se acercó el Obispo y fui a contarle nuestra historia, pidió le contara como se resolvía la operación de Luis y dijo que lo tendría en sus oraciones. Cuando salimos, nos dirigimos al restaurante que está frente al templo de la catedral Guadalupana, ya en la mesa, entró una llamada de Paquín y la pobre mesera hizo un surco dándonos vueltas, para que ordenáramos. De pronto le pregunté a Nena la hora y dijo que eran cinco para las dos, le comenté que sentí algo en el corazón. Entonces, ordenó la comida para llevar.  Casi a las tres de la tarde, Nena  dijo que  rezaríamos  el rosario de la Misericordia que se ora a las tres en punto. Más tarde, tuvimos que pedir de nuevo, Paola entró en pánico al no tener noticias de Luis, ya habían pasado cinco horas y dijeron que la operación duraría eso. No fue así, a las diez de la noche el doctor De la Rosa mandó por la familia, yo no quise ir, me quedé con los amigos que se acercaron durante nuestra agonía, la mía no fue tanto, con Nena me sentía segura, ya que para mí la oración es: terrón de azúcar en la amargura. El momento en que uno ora, entra en comunicación directa con Dios y aunque yo creo en él, esa noche no tuve valor de enfrentar al Doctor. Aunque dentro de mí, algo me decía que el médico no traía noticias buenas, noticias que por alguna razón, yo no quise escuchar.

Malas Noticias  Vl

Durante la intervención, el Epi, la Crucita su esposa, Vicente Romo y Sara, Paola, Gaby, y yo, permanecimos fuera del hospital Luis Donaldo Colosio, en espera de noticias. Nena y familiares de Mercedes ya se habían ido, anochecía, la gente de MEL iba hasta el ejido Batamote, Nena, regresaba a Navojoa.  Gabriela, Paola y Mercedes subieron con el doctor Pablo de la Rosa, él daría el diagnóstico sobre la operación de Luis. Con una calma y tomándose un café les explicó que todo se había complicado, gracias a Dios que Luis tenía sangre de más y no necesitó transfusión, pero había perdido dos litros. La cuestión fue que durante las ocho horas y media que duró la intervención, no había logrado sustraer el tumor, de pronto, la cámara que guiaba para verlo se oscureció, y en ese momento, un líquido café se dejó venir, limpiaron de nuevo y al encender de nuevo la cámara, el tumor había desaparecido, el sitio donde estaba el bulto, de pronto era un hueco. La jornada había sido tan  larga, y difícil, y lo más seguro era que todo hubiera sido una ilusión y la horripilante realidad era que,  el tumor continuaba ahí. Había que esperar a que Luis saliera de la sala de cuidados intensivos, regresar de nuevo a donde estaba inicialmente, después, un mes para que se desinflamara el cerebro y hacer de nuevo a los estudios.  Cuando Mercedes, Paola y Gabriela me contaron, mil sentimientos me venían, como si de pronto un largo vaivén se hubiera armado del sentido común a los pies. Por allá en el fondo, dentro de mí, estaba segura que había ocurrido un milagro en la sala. Estaba segura que Dios había cumplido, el tumor no estaba, no lo encontraron, se había ido, andaba desaparecido, desaparecido, desaparecido. Aunque durante ocho horas y media  batallaron para extraerlo, los huesos tan grandes de Luis, formaron una oquedad donde el bulto bailaba sin permitirles tocarlo. Luis era un milagro y nadie iba a quitarme esa idea. Mi cobardía no me permitió ver a Luis conectado a los tubos, ahí, inconsciente, en manos del vacío. Debido a nuestra ignorancia sobre horarios y nuevos reglamentos de la sala de recuperación, nos regresamos a Navojoa. Los celulares eran un constante repiqueteo, y a cada llamada, debíamos de contar la misma historia. Esa noche, los cuatro dormimos en casa, cuando regresamos a Obregón, nos enteramos que uno de nosotros debió estar al pendiente de cualquier noticia que viniera de Luis. Ahora teníamos que dormir en el piso de un pasillo, regresar las cobijas y almohadas, nuevamente me tocó quedarme primero a mí.





                            Adela Castro

No sé de qué forma uno empieza a convivir con los enfermos y no sé en qué   momento, su tragedia es nuestra y compartimos oraciones y nos contamos cómo es que nuestra historia nos llevó al hospital, a la cama donde ahora cuidamos a un familiar. Adela es delgada, sumamente flaca, pero su rostro posee la alegría de las flores. Ella tiene un derrame cerebral, cuando entramos, inmediatamente le prestó su abanico a Luis y eso la hizo importante para nosotros. Hoy iban a operarla y con esa idea  regresé, y cada momento que ella venía a la mente empezaba a rezar, tiene tres hijos y ellos están solos en su casa, hoy nos contó que le cortaron la luz y eso la tenía mortificada, su residencia está en Culiacán. Su esposo Emilio consiguió trabajo con uno de los dolientes de una maestra; ella, se dio un balazo y no murió, está inconsciente. Pero Adela se ha ganado el cariño de todos, así que, mientras su esposo va a trabajar, cualquiera de nosotros le echamos la mano. Hoy, toda  la mañana cantó alabanzas a Dios y su canto nos  tranquilizó, pasé mala noche, el suelo es difícil de ablandar y estuve acomodándome de manera que mi carnosidad no dejara algún hueso rozando con el piso, la cuestión es que no dormí y parecía vaca lechera. Así que entre los cantos de Adela y los movimientos de enfermeras y doctores yo robaba descanso para el cuerpo. Adela es tan alegre que mientras la preparaban para el quirófano no dejaba de bromear con la enfermera y como es tan sólo una cortina de plástico la que nos  divide, podía escucharla mientras le decía al Doctor que en su recuperación quería regresar a la misma sala, ya que  extrañaría a sus vecinos. Sus piernas delgadas, ahora envueltas en vendajes, se cruzaban causando risas entre los que la veíamos como una niña haciendo travesuras. Cuando me vine le dije que los que cantan alabanzas a Dios, oran dos veces, que no se mortificara, nosotros pediríamos por ella

                                              En la sala de recuperación

 La mujer de la entrada no me dejaba entrar con mi cargamento, dijo que nadie metía cobijas. Bueno, contesté, con mi celular voy a tomar un vídeo y lo llevaré al canal de televisión para que te enteres de cuanta gente que está al pendiente de sus familiares busca la manera de dormir más cómoda. Ante tremenda disyuntiva me permitió entrar con todo y almohadas. Ahí, en ese pasillo como pudimos nos hicimos un sólo gusano. Al día siguiente un doctor nos llamó, cada uno teníamos un turno, y el médico nos diría en qué condiciones estaba nuestro enfermo. El comentario que hizo sobre Luis casi me aplasta.
-Luis Mercedes Esquer… Bueno, seguramente ayer le dijeron que el tumor continúa en su sitio, vamos a esperar a la recuperación, empezar de nuevo y  volver  a operar…  Es todo. Sin embargo, cuando salí, algo me decía que estuviera tranquila, empecé a sentir fuerza en todo el cuerpo, se fue el cansancio de dormir en el piso, luego, cuando Paola y Gabriela llegaron, volví a recargar la pila. Ésta vez, Gabriela era el chofer, antes de venirse Paola había hecho la comida, yo desayunaba en el auto huevos revueltos con jamón, y café. Al llegar a casa, era ir directo a la cama, descansar todo el día y la noche, para cuidar a Luis el siguiente oscurecer. Mercedes estaba en entrenamientos con los Mayos de Navojoa y él iba de noche a ver a Luis, y se traía de regreso a Paola y llevaba a la que se iba a quedar a cuidarlo. Aquello era una rutina, la que descansaba tenia que cocinar al siguiente día, y hacerla de chofer, llevar a Paola y traerse al que había velado. Una noche en el gimnasio vi  Iván Villalobos, me dijo que lo que se ofreciera, entonces le pregunté si  hablaba en serio, dijo que sí, y lo enrolé para que nos ayudara los viernes, de esta manera, nos daba un día más de descanso a Gabriela y  a mí.  Regresamos a la misma sala, ya iba de salida cuando vi al doctor de la Rosa y le dije que lo que le había pasado a Luis era un milagro, él volteó y al verme casi me congela su respuesta: Nosotros no creemos en milagros. Regresó a su escrito ignorándome por completo. Era sábado, Paola llamó y me dijo que me preparara, habían dado de alta a Luis. Esa alegría fue inmensa, me alisté y nos fuimos por él. La cuestión fue que cuando llegué, algo extraño ocurría, y aunque nadie comentaba, yo sabía que algo malo estaba pasando ahí. Fui con el doctor de la Rosa y me dijo que Luis había caminado y eso le había traído un problema y no iba a darlo de alta. De forma inexplicable, le subió la presión. En esas condiciones era imposible que saliera del hospital. Esperamos, si la presión volvía a su nivel, salía. Y salió. Rumbo a casa yo iba casi a cuarenta kilómetros por hora, eso empezó a desesperar a Luis, y le dije que trasladaba a un enfermo y no iba a aumentar la velocidad. Ya en casa, nos entró un cansancio y nos quedábamos dormidos en cualquier sitio.




Continuará... 












No comments: