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Monday, February 06, 2017

Juan Bañuelos



Esto es la otra parte


Quiero escribir voces. Que estamos,
que hundimos la mano en un muro
áspero e idéntico a su sombra.
Vamos a alcanzar al primer
terror incendiado que calla
en el corazón de aquellos
que en los duros años han amado,
y que, ferozmente, beben
el tósigo torpe y el tedio.
He visto partir al combate
diario, inapreciables momentos
que guarda la vida
detrás de una puerta fatigada.
Y después, han sido los puentes
de sombra que unen (perseguidos),
lo que han separado los días.
Volvemos, sumisos, a entregarnos,
a meter la mano en el bolsillo,
a encoger los hombros,
a empezar a amar como si fuera
la primera vez, a darnos confianza,
a pesar los días como madera muerta.
Y entre puente y puente
avanza el olvido.
Lo profundo busca
su máscara altiva.

No importa la muerte. Vivimos.

Sátira con final de vals

Porque estamos aquí con el sueño del polo,
con el fuego que hizo el primer hombre en la tierra,
a la hora que marcan los relojes del banco,
en la silla cercana de la caja de bienes
del que roba y sonríe por la gracia del cielo.
Y cercanos al niño
que aún lleva el cordón umbilical de la anemia;
correctos, vestidos de frac
a la hora que vemos pasar triste un entierro.
Aquí, pues, nos quedamos
con las lindas queridas del señor General.

Por la gran avenida, la manzana del aire se pudre
y la panza del cielo es color de la iguana
y la tarde agoniza levantando la voz.
Porque estamos aquí en el bar donde cantan
solitarias de tedio las parejas que pronto
dormirán en hoteles,
y el ramito de dicha dejarán en un charco.
Ah la almohada del agua que reparte los sueños,
que circunda las ferias. Y la arpía hecha letra
desollando la fiebre en los juicios llevados
contra los inocentes.

Porque estamos aquí
para que se cumpla la voluntad del coral,
de la red y del hombre
que ahora vuelve con la presa ganada.
Carpinteros de nardos,
albañiles del día,
relojeros que saben cuándo el tiempo nos muerde,  
ved mis venas, parecen ríos hondos con labios
repartiendo ternura.

Yo ya no busco: heredo.

Sabed que las colmenas y la alondra del día
tañen una campana de futuros follajes.
Unánime
Huelga de hambre

2

Puede caer la noche cuando quiera.
Puede cerrar los ojos la ciudad.
Pero no duermo.
No vivo, estoy lleno de espanto.
Arriba hay un cielo ásperamente limpio
Y la luz de la luna —tierna loba— a través de la puerta
Lame los piececitos de mis dos pequeñas hijas.
Abajo hay un oscuro en pálido, hay
Una manotada en bestia acechante.
Y mientras duermen nada está en reposo;
Algo se mueve y se abre paso hasta mí
Y oigo que un perro camina por la calle.

        Un perro en la calle;
        Ese sonido de patas sobre el asfalto
        A las dos de la mañana, ese ruido babélico
        Que produce con el hocico
        Al remover la basura y la noche.

Un perro. La calle. La luna.
Mientras caigo en el sueño
El grito de un animal sin rostro inunda mi cuarto.
Se escuchan estallidos de casas y avenidas.
Una daga en el vientre,
Y el grito del hambriento, el grito
Que se apoya en las puertas,
Contra los monumentos
Y en las paredes de los ministerios.

Luego es un soplo.
Ese ruido de resaca que sale
De los perros sin lengua.
Luego es el miedo igual
A una delgada hiedra subiendo por la piel
Y girando en la lengua como el disco
De un teléfono loco.
Luego es el odio una callada puerta
(Y lo que queda del odio
Es un ácido beso
Y es una mala ropa).
Pasado el frío es el silencio,
Ese huraño silencio de la noche
Que levanta su cresta de iguana negra.

Pero no duermo. En la ciudad
Se oye un redoble de tímpanos. En la ciudad
Hay varios compañeros declarados
En huelga de hambre.

5

Aquí en México escribo estas palabras.
Juan me llamo:
                        No soy nadie
                                            Y soy el pueblo,
Fui gemelo y por dos me voy muriendo.
Aquí en México escribo estas palabras,
Les doy ocupación el día que cumplo años.
Les doy su justo nacimiento.
El día que cumplo engaños
Soy un propósito de tiempo.

Las palabras son hijas de la vida.
Sufren, paren; también tienen sus muertos.
Y en la honda capital de la miseria
Las armé de fusiles y de verbos
(En esta patria muda, perseguida,
Donde hasta el aire mismo va a dolernos).
Yo fui el autor;
Lo que suena a dolor me suena a pueblo.
Nací en el Sur. Mi nombre:
                                             Juan Bañuelos
                                          
Viola da gamba

                                       Es ist der alte Bund: Mensch, du musst
                                       sterben
                                                             Cantata BWV 106. Bach


Ese que se levanta del asiento
y cierra lentamente el clavicordio,
camina grave ahora y distraído:
ha escrito en esta noche el Actus Tragicus.
(Detrás de Dios, del sueño y la penumbra
a indescifrable araña hila
memorias sobre unas amapolas).
Polvo disperso lo que fue una roca
mira nacer el hombre el alba
y se estremece. No de la luz anticipada
sino del último relámpago
que almoneda los sueños de las cosas.
Lo ha alcanzado la fuga de la muerte,
la multitud de hojas detenidas
en su sencilla eternidad de trémolo.
Brisa animal cuando el metal se anima
se oye crujir la nieve como el hierro
y Bach se inclina a su cantata breve
(un sedoso mastín gruñe en la puerta:
se ha extinguido el candil en la recámara
de Ana Magdalena).
                               Ensimismado
cruza la sala y de otra zarza ardiente
oye las notas siervas de su nombre,
bien sabe que el azar acecha oculto
en su naturaleza con abismos,
que de su mano comen las violas de la noche
y que ha devuelto sólo al tiempo un dios disperso
en sonidos armónicos o atroces.
Cerca del frío
recuerda que bebió —hasta las heces
la sumisión ante el margrave, y que no olvida
su cautiverio en la Corte de Weimar
(la mariposa rota que entró por la ventana
apenas entreabierta, cae).
Fugaz, intemporal a despecho del desastre,
ciego tantea con el pie la fosa
al tiempo que en los riscos del aire van tejiendo
redes de pesadillas las centurias.
Él, que templó la voz humana,
¿por qué no extrae de la sombra su palabra?
Sólo bebió el destino del espejo
que agazapa los rostros de un modo involuntario
Liberado del sueño tantas veces
¿cuántas otras fue presa del olvido?
Con el sol se oye un órgano de escarcha:
Señor, las ramas crujen al peso de la nieve.
Hombre, debes morir. Es la antigua alianza.
Y si tocó el molusco de la duda
fue para saborear ecos y pasos
de la muerte.

Hoy sabe que su música ha creado
un planeta gemelo de la tierra.


Esta garganta erguida como un árbol,
calcárea como el humo suspendido
en la memoria de los muertos,
canta las cosas por venir, esparce
la sedición de la esperanza,
y en el ariete de la imagen
la estación de la cólera es más seca
que un verano de sal.
Esta garganta erguida como un árbol
florece una canción de plaza pública,
una canción que vaga por las calles
y nos inunda y nos congrega y
                         es como el mar
hecho de tantas gotas,
y es como el eco en las montañas
que responde y responde a muchas voces,
y es como el sol
hecho de tantas manos que sostienen
el espejo de todos.

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