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Tuesday, January 03, 2017

Elia Casillas: Setenta veces siete


Setenta veces siete

Elia Casillas


                        Tres pasos para adelante y tres para ningún lado. Una vez más,  ahí estaba aquel hombre. El sacerdote había confesado al último feligrés y al verlo, movió la cabeza negativamente, reprimió su coraje y sentándose de nuevo tiró una mirada al cielo de la capilla, y apretando las  manos en la frente,  pidió paz y ciencia, mientras veía acercarse aquel infeliz,  que a duras penas,  soltaba las palabras…

-Paaaaadre…  Padreee…cito. Perdónemeeee… le juro por Diossi… to  yo no quería bebeer… pero mis amigos… Usted ya sabe… Ellos tienen  más mañas que el diablo…
-Ya Juan- interrumpió el cura- contigo no se puede, regresa a tu casa y duérmete. Corres peligro en la calle, Dios guarde y te atropellen, anda, anda, vete y no me quites el tempo- dijo molesto.
-Siiiiiiii Padrecitoooo… pero perdónemeeeeeeeeeeeee    diga que me perdona y meeee  vooy. Si padreeee? -Suplicaba Juan, con su puño de fétidos olores
-Juan; vete por favor, cuando regreses bueno y sano te absuelvo. Siempre te entran los remordimientos cuando estás borracho, pero en cuanto eres perdonado, olvidas promesas y día a día vuelves dando más guerra y ni te compones- contesto desesperado el religioso. 

                           Juan continuó suplicando, pero el Presbítero y su caridad salieron del confesionario, ignorándolo.  Éste, en su desesperación, quiso alcanzarlo. El Párroco con pasos largos se desprendió de él, arrojándolo a un lado de las bancas. Entonces, el borrachito logró llegar al pie del Cristo que gobernaba la pequeña Iglesia. El clérigo de reojo vio a donde se dirigía el alcohólico y sus lamentos y temiendo que Juan hiciera alguna avería en el altar, regresó.

 -¡Diossssss! ¡Señoooor! ¡perdónameeee! – gritó desesperado Juan, con         los brazos abiertos y mirada llorosa.

El cura,  jalándose los cabellos escondió entre sus codos el rostro enojado. En ese momento, descendió una voz que hizo temblar el edificio. El misionero y Juan posaron una incrédula mirada en el Cristo y, vieron como éste desprendía su mano para bendecir a Juan con palabras que paulatinamente bañaron de gozo el corazón del enturbiado hombre.
-Yo; en nombre de mi Padre,  te perdono Juan- dijo amorosamente el crucificado.
         Desde ese día, esté o no esté de acuerdo, el párroco perdona setenta veces siete a todos los borrachitos del                   pueblo.



Navojoa Sonora,  Junio 8 de 1999



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