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Monday, January 23, 2017

Clotilde Ifrán: Silvina Ocampo


 Lloró todo el día por el traje de diablo que no le habían hecho. Faltaban tres días para Carnaval, la fecha de su cumpleaños. Su madre no tenía tiempo para ocuparse de esas cosas. —Buscate una modista. Ya tenés nueve años. Sos bastante grande para ocuparte de tus cosas. El canto de las chicharras, las flores de las catalpas con elocuencia señalaban el verano y el maravilloso misterio de las proximidades de Carnaval. Clemencia buscó la libreta vieja donde estaban anotados los números de teléfono. En la letra M encontró el número de una modista que había muerto hacía ocho años. Decía así: Clotilde Ifrán (la finada). Pensó: ¿Por qué no la voy a llamar? Sin vacilar marcó el número. La atendieron en el acto. Interrogó: —¿Está Clotilde Ifrán? La voz de Clotilde Ifrán respondió: —Soy yo. Con todos los pormenores de sus desventuras Clemencia explicó lo que le sucedía. Clotilde Ifrán con bondad la escuchó. Prometió buscar el género. Tenía las medidas de Clemencia. Recordó que no hacía un año le había hecho un vestido de fiesta. Iría a probarle el vestido al día siguiente, a la hora de la siesta. Clemencia no dijo nada: era la pequeña venganza que utilizaba en contra de su madre por no haberse ocupado del traje de diablo. Durante las horas que esperó a Clotilde Ifrán, Clemencia no comió ni durmió. Cuando llegó Clotilde Ifrán se sentía envejecida. No había nadie en la casa. Se hubiera dicho que los relojes se habían detenido. Clotilde Ifrán desenvolvió el traje, sacó las tijeras y los alfileres de su cartera, se enjugó la frente y, arrodillada frente al espejo, le probó el traje de diablo, que olía a aceite de ricino. Le quedaba muy bien, salvo los cuernos del gorro y las costuras del pantalón que en cinco minutos se podían corregir con unas puntadas. —¿Cuántas diabluras harás? —musitó la modista con una sonrisa distraída. Clemencia sintió una gran simpatía por Clotilde Ifrán y se echó en sus brazos. —Te llevaría conmigo a mi casa. Tengo bombones y una careta preciosa — exclamó con ternura—, pero tengo miedo que tu mamá no te dé permiso. —Tengo aquí la plata para pagarle la hechura —dijo Clemencia abriendo un monedero de material plástico—. —Es mi regalo de cumpleaños —respondió Clotilde Ifrán, al despedirse—. Una luz oscura resplandeció en sus ojos enormes. —Quiero irme con vos ahora mismo —protestó Clemencia—. No me dejes. —Vamos —dijo Clotilde— Envolvieron el traje de diablo en un papel de diario para llevarlo y dejaron la valija con el cepillo de dientes y el camisón. Las dos salieron tomadas de la mano.





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