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Saturday, September 23, 2017

Phillip K. Dick: Sobre la novela y el cuento corto



 La diferencia entre un relato corto y una novela reside en lo siguiente: un relato corto puede tratar de un crimen; una novela trata del criminal, y los hechos derivan de una estructura psicológica que, si el escritor conoce su oficio, habrá descrito previamente. Por consiguiente, la diferencia entre un relato corto y una novela no es muy grande; por ejemplo, La larga marcha, de William Styron, se ha publicado ahora como “novela corta”, cuando fue publicada por primera vez en Discovery como “relato largo”. Esto significa que si lo leen en Discovery están leyendo un relato, pero si compran la edición de bolsillo van a leer una novela. Con eso basta.
Las novelas cumplen una condición que no se encuentra en los relatos cortos: el requisito de que el lector simpatice o se familiarice hasta tal punto con el protagonista que se sienta impulsado a creer que haría lo mismo en sus circunstancias… o, en el caso de la narrativa escapista, que le gustaría hacer lo mismo. En un relato no es necesario crear tal identificación, pues 1) no hay espacio suficiente para proporcionar tantos datos y 2) como se pone el énfasis en los hechos, y no en el autor de los mismos, carece realmente de importancia -dentro de unos límites razonables, por supuesto- quién es el criminal. En un relato, se conoce a los protagonistas por sus actos; en una novela sucede al revés; se describe a los personajes y después hacen algo muy personal, derivado de su naturaleza individual. Podemos afirmar que los sucesos de una novela son únicos, no se encuentran en otras obras; sin embargo, los mismos hechos acaecen una y otra vez en los relatos hasta que, por fin, se establece un código cifrado entre el lector y el autor. No estoy seguro de que esto sea especialmente negativo.
Además, una novela -en particular una novela de ciencia ficción- crea todo un mundo, aderezado con toda clase de detalles insignificantes…, insignificantes, quizá, para describir los personajes de la novela, pero vitales para que el lector complete su comprensión de todo ese mundo ficticio. En un relato, por otra parte, usted se siente transportado a otro mundo cuando los melodramas se le vienen encima desde todas las paredes de la habitación… como describió una vez Ray Bradbury. Este solo hecho catapulta el relato hacia la ciencia ficción.
Un relato de ciencia ficción exige una premisa inicial que le desligue por completo de nuestro mundo actual. Toda buena narrativa ha de llevar a cabo esta ruptura, tanto en la lectura como en la escritura. Hay que describir un mundo ficticio totalmente. Sin embargo, un escritor de ciencia ficción se halla sometido a una presión más intensa que en obras como, por ejemplo, Paul’s Case o Big Blonde, dos variedades de la narrativa general que siempre permanecerán con nosotros.
En los relatos de ciencia ficción se describen hechos de ciencia ficción; en las novelas de este tema se describen mundos. Los relatos de esta colección describen cadenas de acontecimientos. El nudo central de los relatos es una crisis, una situación límite en la que el autor involucra a sus personajes, hasta tal extremo que no parece existir solución. Y luego, por lo general, les proporciona una salida. Sin embargo, los acontecimientos de una novela están tan enraizados en la personalidad del protagonista que, para sacarlo de sus apuros, debería volver atrás y reescribir su personaje. Esta necesidad no se encuentra en un relato, sobre todo cuanto más breves sea (relatos largos como Muerte en Venecia, de Thomas Mann, o la obra de Styron antes comentada son, en realidad, novelas cortas). De todo esto se deduce por qué los escritores de ciencia ficción pueden escribir cuentos pero no novelas, o novelas pero no cuentos; todo puede ocurrir en un cuento; el autor adapta sus personajes al tema central. El cuento es mucho menos restrictivo que una novela, en términos de acontecimientos. Cuando un escritor acomete una novela, ésta empieza poco a poco a encarcelarlo, a restarle libertad; sus propios personajes se rebelan y hacen lo que les apetece… no lo que a él le gustaría que hicieran. En ello reside la solidez de una novela, por una parte, y su debilidad, por otra.







Eutiquio Cabrerizo: Construcción de un cuento



Para escribir un cuento podemos seguir varios procedimientos. Uno de ellos es redactar las respuestas a una serie de supuestas preguntas ordenándolas en tres partes, introducción, desarrollo y desenlace, conforme a la estructura que debe tener el texto. El resultado será el cuento. Para el principio de la narración las preguntas pueden ser:
-¿Quién es el personaje principal?
-¿Cuáles son sus cualidades o características más importantes?
-¿En qué tiempo tiene lugar lo que se cuenta?
-¿Cuál es la situación de las cosas en el momento en que empieza la historia?
-¿Qué se propone hacer el protagonista?
-¿Por qué quiere hacerlo?
El desarrollo del cuento puede estar formado por las respuestas a las siguientes preguntas:
-¿Qué hace el protagonista?
-¿Qué problemas encuentra para alcanzar su objetivo?
-¿Le sorprende algún peligro?
-¿Tiene que superar alguna prueba difícil?
-¿Encuentra alguna situación misteriosa a la que se tiene que enfrentar?
-¿Tiene que resolver algún enigma?
El final del cuento nos lo pueden facilitar las siguientes preguntas:
-¿Cómo resuelve el protagonista los problemas planteados?
-¿Qué hace para alcanzar su objetivo?
-¿De qué modo supera los peligros que encuentra?
-¿De qué manera modificará su mala conducta a causa de la desagradable experiencia vivida?
-¿Ocurrirá algo al final del relato que cambie el significado de todo lo anterior o que introduzca algún elemento sorpresivo?
Este sistema de preguntas implícitas y respuestas explícitas pueden seguir un orden lógico dispuesto por nosotros mismos, pero también podemos escribir las preguntas en fichas independientes y mezclarlas entre sí para que sea el azar quien fije el punto de partida, la dirección del recorrido y el final del argumento. En este caso, podremos elegir parte de las fichas, según nuestra idea inicial, prescindiendo de las que consideremos innecesarias para lograr nuestro propósito.






Monday, September 18, 2017

Mara. Por Denise Dresser - 18 Sep. 2017.

Mara. No te conocí pero sí te conocí. La sonrisa abierta, luminosa, franca. Parada en una pose entre divertida y desafiante, mandándole un mensaje al mundo: "aquí estoy, pertenezco". Vi tu fotografía y pensé en que te parecías a mi hija, y en esos días en los que no sabíamos dónde estabas, te volviste mía. Te adopté y todas las mañanas revisaba la prensa y las redes sociales para saber algo de tu paradero. Incluso yo, la agnóstica, la que desprecia a la iglesia como institución, le recé a todos los dioses para que te encontraran, para que te encontráramos. Me imaginaba a tu madre, atrapada entre la angustia y la incertidumbre y un pellejo de esperanza. Lo mismo que yo sentiría si mi niña desapareciera viva y reapareciera muerta, envuelta en una sábana. Tu madre, condenada a respirar hacia adentro y hacia afuera sin desearlo ya, porque no estás. Pienso en ella y quiero gritar y gemir y ser yo la que está en ese pedazo de tela blanca ensangrentada y esconderme de la vida y de los vivos porque me da pena mi país. Porque te fallamos, Mara Castilla.
Te fallaron la sociología, la historia, la cultura de México. Te fallaron las instituciones, el sexismo, el machismo, la misoginia, las políticas de Cabify. Todo eso cayó, violentamente, sobre tu cuerpo. Te matamos, entre todos, por acción u omisión o sinrazón o indolencia. Esta sociedad -como escribe Sabina Berman- "moralmente confundida" que todavía discute si el odio contra las mujeres es permisible. Esta sociedad ignorante que te culpa por tener la falda demasiado arriba, el escote demasiado abajo. Esta sociedad aberrante que te critica por ir a un bar y divertirte y bailar y vivir, como tantas noches lo habrá hecho mi hija, educada para ser persona y no recipiente u objeto. Educada para ser Vikinga, dueña de sí misma como lo eras tú, hasta que te topaste con la realidad de ser mujer en México.
Súbete a un taxi y tu cuerpo puede ser destruido. Ve a un bar con amigos y tu cuerpo puede ser destruido. Baila con desconocidos y tu cuerpo puede ser destruido. Ser mujer en México es estar desnuda ante los elementos. Vivir con miedo permanente ante la posibilidad del puño alzado, el cuchillo punzante, la mano que estrangula, el pene que viola. La desnudez perenne porque la ley no te protege, los jueces no te creen, la sociedad no te arropa. El sistema vuelve a tu cuerpo algo que se puede romper.
Entiendo eso y porque lo entiendo, cargo con una tristeza inmóvil, inenarrable. Estoy triste por tu familia, por la familia de tantas, por México, pero sobre todo en este momento estoy triste por ti. Por las Ciencias Políticas que no estudiarás, los libros que no leerás, las ideas que no discutirás, los besos que no compartirás, la hija que no mirarás, embelesada, como tu madre te miró a ti, como yo miro aún a la mía. Estoy triste porque ante tu historia -singular y a la vez arquetípica- percibo una injusticia cósmica, una crueldad profunda, un deseo de romper cadenas y escapar corriendo, contigo, para salvarte, para salvarnos.
Pero no sé exactamente dónde se halla la salvación porque llevamos años marchando, denunciando, reclamando al gobierno para que cumpla con su obligación fundacional de protegernos. Y no pasa nada. Siguen matándote, matándome, matándonos. Mientras hombres que golpean a mujeres pasean por los pasillos del poder y se lo reparten. Y lo poco que nos queda es hacer videos con consejos para cuidarnos ya que otros no lo hacen. Buscar formas de lidiar con la mutilación casual, los huesos rotos, la sábana ensangrentada, lo que le pasa a un cuerpo cuando intenta escapar.
Pero esto sí te prometo, Mara. Mara bonita, Mara, mexicana, Mara mía y de todos. Me haré y nos haremos responsables de los hombres ignominiosos detrás de tu muerte; los hombres que siempre encontrarán una excusa detrás de tus movimientos libres para inculparte. Cada día será uno de lucha para que seamos, todas, ciudadanas completas en este terrible y maravilloso país. Y ojalá estés en algún paraíso, en alguna biblioteca. Ojalá te topes con mi padre y mi hermana y los 43 y los 30,000 que nos faltan. Hasta allá te mando estas líneas de Harriet Tubman: "Si estas cansada, sigue adelante. Si tienes miedo, sigue adelante. Si tienes hambre, sigue adelante. Si quieres probar la libertad, sigue adelante". Seguiremos adelante, Mara. Por ti, para ti, por nosotras y por las hijas que vendrán."







Sunday, September 17, 2017

Recuerdo que: Elia Casillas

...un tipejo de mi barrio quiso violarme. Dormía sola en la casita que rentaba mi tía, enseguida del hogar de mi Abuela Cande. Mi tía se trasladó a Salamanca, Gto. Y yo le cuidaba los dos cuartos que eran su casa. Cuando iba a la cama, moría, nadie podía despertarme a deshoras. Una pesadilla me trajo a la realidad, soñaba que el río Cuale estaba revuelto, y de un costado, pegado a los cimientos de un edificio, una gran sarta de perros muertos y amarrados a una cuerda,  flotaban en sus aguas, y eran arrastrados por el río. El sueño era tan real que desperté. De pronto, sentí cerca de mí una respiración agitada, pensé que era un fantasma. Soy de la época del bikini, así era mi panty. Dormía en ropa interior. Le pregunté quién era, qué se le ofrecía. Sólo escuchaba su respiración. A esa hora, mi Abuela empezó a mover sus cosas, la escuché, él también y se echó encima de mí "Si gritas, te mato" -dijo. Tenía un brazo sobre mi cuello y con la otra mano, hacía como si trajera un cuchillo. Pensé que si fuera una arma, brillaría, tendría algún resplandor en la oscuridad y grité: ¡Abuela, hay un viejo aquí! "Te dije que no gritaras" Y me soltó un golpe que me aflojó los dientes, al tiempo que corría a la puerta. Casi se cruza con ella. Mi abuela vino y me preguntó si me había hecho algo, le dije que no, que sólo me había golpeado la boca. Yo dormía con la ventana abierta, éste, metió la mano y llegó a la chapa, fácil abrió, alguien como él, debió decirle. Mi abuela corrió detrás de él, pero no lo alcanzó, andaba descalzo, sin camisa, sólo vestía un pantalón corto. Lo vi de espaldas, cuando huía. En ese momento, ante tanto grito mío y de mi abuela, la calle se llenó de vecinos. Yo intentaba cubrirme con la almohada el cuerpo. Dios, todo ocurrió tan rápido. Al día siguiente tenía examen de biología en la secundaria. Debía dejar todo este asunto y concentrarme en lo que me esperaba en la escuela. Al tiempo, el primer día del año, una amiga fue violada en su casa, enfiestados, con unas copas de más, ella se fue a dormir. El tipo subió por un árbol que daba a su casa y abusó de ella. Yo venía de bailar en Rancho Grande, de ahí, todos los del grupo de danza Xalixtlico nos fuimos a la discoteca "Los Lobos". Cuando llegué a casa, mi Abuela me dijo que fuera con mi amiga, porque algo muy malo había pasado. Llegué, su hermana me contó lo ocurrido, fui con ella a su recámara, lloraba en silencio y yo, no me atreví a cuestionarla. Ella no volvió a ser la misma, como que si el maldito que la violó, también le hubiera arrebatado el espíritu. Hoy, pienso que fue el mismo que entró a mi habitación. Vendía drogas en el barrio, vivía contra esquina de la tienda de don Silvino. La casa de mi amiga y la de él, compartían el enorme tamarindo por donde subió para llegar a ella. El tamarindo donde jugábamos de niñas, el tamarindo donde colgábamos el columpio.




Navojoa, Son. Septiembre/17/2017








Elia Casillas


Al otro lado de la pausa

la Parca no perdona

en donde truena la vida

y en el segundo sonoro

hielo oscuro esparcido,

señalados nos elevamos

sin atuendo

             a cualquier hora.

Dormidos en el segundo apagado

hielo oscuro esparcido

es lo que somos

                    y ya no estamos.













Elia Casillas



Crackling rumor

                                 grim enters
                                                            brake
hail of this end

                  destroy the leaves

and on the bird spotted tree

                                           my shadow is drilled

                                                             still beating.







Elia Casillas




My fingers empty the word and in it I apologize for the convulsed cold of this path. So that the worries do not fall, I encourage the trains that agonize in my eyes. The candle consumes its destiny, I will forgive myself with the days of the calendar, I will kill the leaves that remain with your name.






Navojoa / Sonora. February / 19/2013







Saturday, September 16, 2017

Un voto...

Participo con esta fotografía:

http://www.lohechoenmexico.mx/mximg7/mximg_voto.php?O=6&ID=4691#.Wb3bDbIjHIU














El Maestro Toledo y las víctimas del terremoto...






Thursday, September 14, 2017

Elia Casillas: ... there is party in hell that does look us.

In the inspiration of the night, with the amber leaves, I leave in the ambush of thought. The dust accumulates in the lines and breaks the cover of oblivion. Night obsession dances on the ailerons of memory and between the furrows of my letters, the becoming of the ashes, blue tide in the burned hours of the nails. In the center of these pages: the images, their aroma does not groan in the fire that seeks it. I wake up and I can go to happiness dressed in red and no one would know that my heart rises in a plastic society. Docile in the cushions, the present and the legs are burned in the enthusiasm of this body. The mosquitoes parade in the perfume of a lady, I go in my flame and move the hips to return me, there are pain in the streets and stun, there is  party in hell that does  look us.
                     

Navojoa, Sonora, 11/11/11






Elia Casillas: hay fiesta en el infierno que nos mira


En la inspiración de la noche                            con las hojas ambarinas              parto en la emboscada del pensamiento                                               El polvo se acumula en los renglones                       y rompe la portada del olvido          Obsesión nocturna baila                  en   los alerones de la memoria          y entre los surcos de mis letras               el devenir  de la ceniza                  marea azul         en las horas quemadas de las uñas                       En el centro de estas cuartillas                las imágenes                su aroma no gime en el incendio              que lo busca            Despierto           y  puedo ir a la felicidad vestida de rojo           y nadie sabría que            mi corazón se levanta                      en una sociedad de plástico                 Dócil                  en los almohadones              el presente                          y las piernas se abrasan                     en el entusiasmo                  de este cuerpo           Los mosquitos desfilan en el perfume de una dama                        voy en mi llamita                y muevo las caderas para que regreses            hay dolor en  las calles          y aturde                 hay  fiesta en el infierno              que  nos mira      
                     


Navojoa, Sonora, 11/11/11





Tuesday, September 12, 2017

Elia Casillas

En el instante no voy por latidos        es otra fuerza el vientre       piernas                 y             Tomo el segundo                        donde un pájaro olvidó el sueño                         y las miradas vienen a golpearnos       Nada sin tus vaivenes             la piel reclama                        donde abandonamos la soledad        con ojos de pantera cuidando de nosotros            Reliquia             y  música de muertos                               noviembre colorido                                         el cempasúchil petulante          en la frente de la Parca                                                                    La calavera  alegra  dulces         cuida el altar             los muslos                    y me descubro Alteza          perdida en disyuntivas                   bailando en el zapato del fantasma         vivo entre los vivos           haciéndose el muerto                     Manos desesperan un cuerpo relámpago              sin llegar       sin ir         sin cansancio                 sólo la negrura con su cocodrilo          destruye lo que escribo          







Navojoa, Sonora. Septiembre /10/2002



Monday, September 11, 2017

Academia de ciencias: Slawomir Mrozek




Desde aquella montaña se divisaban los valles en toda su amplitud, y en el suelo había dos vigas cruzadas.
—Ahora túmbate —dijo el mayor.
—¿Y para qué me tengo que tumbar?
—Para descansar. La montaña es escarpada, te has cansado. No, no en el suelo, sobre las vigas.
—¿Por qué sobre las vigas?
—Porque la tierra está húmeda después de la lluvia, podrías coger un resfriado. Sí, eso es, y ahora abre los brazos.
—¿Por qué?
—Porque así se respira mejor. Y junta las piernas.
Me sujetaron las manos por las muñecas y las piernas por los tobillos; me los apretaron contra la madera. Sacaron un martillo y unos clavos y se pusieron a clavar.
—¿Por qué me están clavando?
—Para que no te caigas cuando te pongamos derecho. Podrías caer y golpearte, o hasta podrías herirte o romperte un brazo o una pierna. Y si te clavamos, los clavos te sujetarán. No te caerás.
—Pero, ¿para qué quieren ponerme derecho?
—Desde aquí, desde esta montaña hay muy buena vista, pero para ti, desde arriba, será todavía mejor. Porque estarás todavía más arriba.
Me levantaron tendido sobre las vigas, la viga vertical la clavaron en la tierra y la reforzaron con unas piedras.
—Ya está —dijeron. Estaban contentos con su trabajo.
—Bueno, pues nosotros ya nos vamos —dijo el mayor poniéndose el casco que se había quitado, pues había sudado mientras trabajaba—. Y tú te quedarás aquí.
—¿Y por qué tengo que quedarme aquí?
—Para que reflexiones sobre el sentido del sufrimiento. Es decir, para que descubras qué significa en el fondo del dolor. Cuando descubras algo, lo explicarás.
—Pero, ¿por qué tengo que descubrir algo?
—¿Qué pasa? ¿Te gustaría sufrir sin sentido? Está mal, hermano, está mal. Todo tiene que tener un sentido.
Empezaron a descender la montaña, alejándose hacia abajo.
—Pero, ¿a quién se lo voy a contar —les grité— si ustedes ya no estarán aquí?
No contestaron, porque ya no estaban.






Sunday, September 10, 2017

En el bote: J. D. Salinger


Era un poco más de las cuatro de la tarde de un veranito de San Juan. Unas quince o veinte veces, desde el mediodía, Sandra, la criada, se había apartado de la ventana de la cocina que daba al lago, con la boca apretada en un gesto de disgusto. Esta última vez, al apartarse, ataba y desataba distraídamente las cintas de su delantal, aprovechando el escaso juego que le permitía su enorme cintura. Después regresó a la mesa esmaltada y depositó su cuerpo gallardamente uniformado en la silla que estaba frente a la señora Snell. La señora Snell había terminado la limpieza y el planchado y tomaba su habitual taza de té antes de dirigirse a pie por la acera hasta la parada del ómnibus. La señora Snell tenía el sombrero puesto. Era el mismo e interesante sombrero de fieltro negro que había usado, no solo durante todo el verano pasado, sino en los últimos tres veranos, pasando por olas monstruosas de calor, transformaciones del sistema de vida, docenas de tablas de planchar y timones de innumerables aspiradoras. Aún tenía adentro la etiqueta de Hattie Carnegie, gastada pero (podríamos decir) invicta.
-No voy a preocuparme -anunció Sandra, por quinta o sexta vez, dirigiéndose tanto a sí misma como a la señora Snell-. Me he propuesto no preocuparme. Total, ¿para qué?
-Claro -dijo la señora Snell-. Yo no me preocuparía. La verdad que no. Alcánceme mi bolsón, querida.
En la alacena había un bolso de mano, sumamente gastado, pero que conservaba adentro una etiqueta tan imponente como la del sombrero de la señora Snell. Sandra pudo alcanzarlo sin incorporarse. Lo tendió por encima de la mesa a la señora Snell, quien lo abrió y sacó un paquete de cigarrillos mentolados y una cajita de fósforos del Stork Club.
La señora Snell encendió un cigarrillo, se llevó luego la taza de té a la boca, pero inmediatamente la depositó otra vez en el platillo.
-Si esto no se enfría de una buena vez, voy a perder el ómnibus.
Miró a Sandra, que clavaba la vista, desalentadamente, en la dirección general de los recipientes de cobre alineados contra la pared.
-Deje de preocuparse -ordenó la señora Snell-. ¿Qué va a sacar con preocuparse? O él se lo dice o no se lo dice. Nada más. ¿Qué gana con hacerse problemas?
-No estoy preocupada -contestó Sandra-. Lo último que pienso hacer es preocuparme. Pero es que una se vuelve loca con ese chico rondando por la casa como un gato. No se le oye, ¿me entiende? Quiero decir, nadie puede oírlo ¿se da cuenta? El otro día estaba desgranando arvejas, justo aquí, en esta mesa, y casi le piso la mano. Estaba sentado justo debajo de la mesa.
-Bueno, yo que usted no me preocuparía.
-Una tiene que pensar cada palabra que dice cuando él anda por ahí -dijo Sandra-. Es para volverse loca.
-Esto todavía no se puede beber -dijo la señora Snell-. Es terrible. Tener que cuidarse para decir cada palabra y todo lo demás.
-Como para volverse loca. ¡En serio! La mitad del tiempo estoy medio loca.
Sandra sacudió de su falda unas migas de pan inexistentes y resolló:
-¡Un chiquilín de cuatro años de edad!
-Es un chico bastante lindo -dijo la señora Snell-. Con esos ojos marrones tan grandes, y todo…
Sandra volvió a resoplar:
-Va a tener una nariz igual que la de su padre.
Alzó la taza y bebió su té sin dificultad.
-No sé para qué van a quedarse aquí todo el mes de octubre -dijo descontenta, bajando la taza-. Quiero decir, ninguno de ellos se acerca ya al agua. Ella no va, él tampoco, el chico menos. Nadie se baña ya. Ni siquiera sacan ahora ese bote de porquería. No sé por qué tiraron la plata de esa manera.
-No sé cómo hace para tomarlo. Yo ni siquiera puedo probar el mío.
Sandra fijó su mirada rencorosa en la pared opuesta:
-Voy a estar tan contenta cuando vuelva a la ciudad. Lo digo en serio. Odio este lugar de locos.
Miró con hostilidad a la señora Snell.
-Usted no tiene problemas, usted vive aquí todo el año. Tiene aquí su vida social y todo eso. A usted no le importa.
-Voy a tomar este té aunque me muera -dijo la señora Snell, mirando el reloj que estaba sobre la cocina eléctrica.
-¿Qué haría usted si estuviera en mi lugar? -preguntó Sandra bruscamente-. ¿Qué haría? Diga la verdad.
La señora Snell se calzaba una pregunta de esas como si fuera un tapado de armiño. De inmediato dejó su taza sobre la mesa.
-Bueno, en primer lugar -dijo-, no me afligiría. Lo que haría es buscar otro…
-No estoy afligiéndome -interrumpió Sandra.
-Ya sé, pero lo que yo haría, sería conseguirme…
Se abrió la puerta de vaivén que comunicaba con el comedor y entró en la cocina Boo Boo Tannenbaum, la señora de la casa. Era una chica menuda, prácticamente sin caderas, de veinticinco años, con un pelo sin personalidad, incoloro, quebradizo, recogido detrás de las orejas, que eran muy grandes. Llevaba pantalones vaqueros hasta la rodilla, un suéter negro de cuello alto, calcetines y zapatillas. Aparte de la gracia de su nombre, aparte de su falta general de belleza, era (pensando en esas caras pequeñas, siempre memorables, extremadamente sensibles) una chica apabullante. Fue directamente a la heladera y la abrió. Mientras escudriñaba el interior, con las piernas separadas y las manos sobre las rodillas, silbaba desafinadamente entre dientes, llevando el compás con pequeños movimientos pendulares y despreocupados del rabo. Sandra y la señora Snell se quedaron calladas. Despaciosamente, la señora Snell apagó el cigarrillo.
-Sandra…
-¿Sí, señora? -Sandra miró atentamente más allá del sombrero de la señora Snell.
-¿No quedan más pepinillos? Quiero llevarle algunos.
-Se los comió -informó Sandra-. Se los comió anoche, antes de irse a la cama, quedaban dos, nada más.
-Oh. Bueno, entonces compraré cuando vaya a la estación. Pensé que a lo mejor podía convencerlo de que saliera de ese bote.
Boo Boo cerró la puerta de la heladera y fue a mirar por la ventana que daba al lago. Desde allí preguntó:
-¿Necesitamos alguna otra cosa?
-Solo pan.
-Le dejé el cheque sobre la mesa del living, señora Snell. Gracias.
-Está bien -dijo la señora Snell-. Parece que Lionel se va a escapar.
Rió brevemente.
-Así parece -dijo Boo Boo, y metió las manos en los bolsillos de atrás.
-Al menos no se escapa muy lejos -dijo la señora Snell, dejando oír otra breve risa.
Junto a la ventana, Boo Boo cambió un poco de posición para no dar directamente la espalda a las dos mujeres sentadas a la mesa.
-No -dijo, y se acomodó un mechón de pelo detrás de una oreja. Y agregó, nada más que como información adicional-: Desde los dos años se escapa en forma sistemática. Pero nunca muy lejos. Creo que lo más lejos que llegó, en la ciudad, por lo menos, fue al Mall en el Parque Central. Solo a dos cuadras de casa. Se quedaba allí para decirle adiós al papá.
Las dos mujeres sentadas a la mesa rieron.
-El Mall es donde todos van a patinar en Nueva York -dijo Sandra, muy socialmente, a la señora Snell-. Los chicos y todos los otros.
-Ah -dijo la señora Snell.
-No tenía más de tres años. Fue el año pasado -dijo Boo Boo, sacando un atado de cigarrillos y una cajita de fósforos de un bolsillo lateral de sus vaqueros. Prendió un cigarrillo, mientras las dos mujeres la contemplaban con interés-. Gran conmoción. Toda la policía buscándolo.
-¿Lo encontraron? -dijo la señora Snell.
-¡Claro que lo encontraron! -dijo Sandra con desdén-. ¿Qué se cree?
-Lo encontraron a las once y cuarto de la noche, en pleno mes de… Dios mío, febrero, creo. Ni un chico en todo el parque. Nada más que asaltantes, supongo, y un surtido de degenerados ambulantes. Estaba sentado en la plataforma donde toca la banda, haciendo rodar una bolita por una grieta del suelo. Casi muerto de frío y con un aspecto de…
-¡Alabado sea Dios! -dijo la señora Snell-. ¿Cómo pudo hacerlo? Quiero decir, ¿de qué se escapaba?
Boo Boo lanzó una única voluta de humo, defectuosa, hacia uno de los vidrios de la ventana:
-Parece que esa tarde uno de los chicos en el parque le había dicho en forma vaga y malintencionado: “Apestas, nene”. Al menos creemos que lo hizo por eso. Yo no sé, señora Snell. Es un poco demasiado complicado para mí.
-¿Desde cuándo lo hace? -preguntó la señora Snell-. Digo, ¿desde cuándo se escapa?
-Bueno, a la edad de dos años y medio -dijo Boo Boo biográficamente- se refugió debajo de la pileta, en el sótano de nuestra casa de departamentos. En el lavadero. Noemí no-sé-cuánto, una amiga íntima suya, le dijo que tenía una lombriz en un termo. Por lo menos, eso fue todo lo que le pudimos sacar.
Boo Boo suspiró y se apartó de la ventana con una larga columna de ceniza en el cigarrillo. Se encaminó hacia la puerta mosquitero.
-Voy a probar otra vez -dijo a manera de despedida.
Las otras dos mujeres rieron.
-Mildred -dijo Sandra, riéndose aún, y dirigiéndose a la señora Snell-. Va a perder el ómnibus si no se da prisa.
Boo Boo cerró la puerta mosquitero al salir. Estaba de pie en la ligera pendiente del jardín de su casa, con el último y bajo sol de la tarde brillando a las espaldas. Doscientos metros más allá, su hijo Lionel se hallaba sentado en el asiento de popa del bote de su padre. Amarrado, y con la vela mayor y el foque recogidos, el bote flotaba en un ángulo perfectamente recto con la punta del muelle. Más o menos veinte metros más afuera flotaba, dado vuelta, un esquí acuático abandonado o perdido; pero no había en el lago embarcaciones de placer: apenas se veía la popa de la lancha de la municipalidad que se dirigía al embarcadero de Leech. A Boo Boo le resultaba bastante dificultoso mantener su vista fija en Lionel. El sol, aunque no era especialmente fuerte, resplandecía tanto que cualquier objeto más o menos distante -un chico, un bote -oscilaba y se retractaba como un palito en el agua. Al cabo de dos o tres minutos, Boo Boo desistió de esforzar su vista. Apagó el cigarrillo al estilo marinero y echó a andar hacia el muelle.
Estaban en octubre, y el calor reflejado en los tablones del muelle no le daba ya en la cara. Caminaba silbando entre dientes “Kentucky Babe”. Cuando llegó a la punta del muelle, se agachó justo en el borde, haciendo sonar sus rodillas, y contempló a Lionel. Se hallaba a menos de un largo de remo de ella. Lionel no la miró.
-¡Eh! -dijo Boo Boo-. Amigo. Pirata. Canallita, Estoy de vuelta.
Sin dirigirle la mirada, Lionel pareció sentir bruscamente la necesidad de exhibir su maestría como navegante. Giró la barra del timón todo lo que pudo hacia la derecha, e inmediatamente después la acercó otra vez de un tirón a su cuerpo. Mantenía los ojos fijos en la cubierta del bote.
-Soy yo -dijo Boo Boo-. Vicealmirante Tannenbaum. Glass es mi nombre de soltera. Vine a inspeccionar los estermáforos.
Obtuvo respuesta.
-No eres un almirante. Eres una señora -dijo Lionel. Sus frases generalmente se cortaban por lo menos una vez a causa de un inadecuado dominio de la respiración, así que, a menudo, las palabras que quería destacar se apagaban en lugar de elevarse. Boo Boo no solamente escuchaba su voz; parecía que trataba de verla.
-¿Quién te lo dijo? ¿Quién te dijo que yo no era un almirante?
Lionel contestó, pero en forma ínaudible.
-¿Quién? -dijo Boo Boo.
-Papá.
Siempre en cuclillas, Boo Boo puso su mano izquierda entre las piernas, apoyándose en las tablas del muelle para mantener el equilibrio.
-Tu papá es un buen tipo -dijo-, pero es un vulgar marinero de agua dulce. Es perfectamente cierto que cuando estoy en puerto soy una señora. Eso es cierto. Pero también es cierto que mi vocación ha sido, es y será siempre navegar por…
-Tú no eres un almirante -dijo Lionel.
-¿Cómo dices?
-Que no eres un almirante. Eres siempre una señora.
Hubo una corta pausa. Lionel la llenó cambiando otra vez el rumbo de su nave; se aferraba al timón con los dos brazos. Llevaba pantalones cortos de color caqui y una camisa blanca, limpia, con un dibujo estampado en el pecho que representaba a Jerónimo el Avestruz tocando el violín. Tenía la piel bronceada, y su cabello, casi idéntico al de la madre en color y tersura, estaba un poco descolorido por el sol.
-Mucha gente cree que yo no soy un almirante -dijo Boo Boo, observándolo-, porque no me la paso cacareándolo.
Sin perder el equilibrio, sacó un cigarrillo y los fósforos de un bolsillo lateral de los vaqueros.
-Casi nunca siento la tentación de hablar de mi grado con la gente y menos con chicos que ni siquiera me miran cuando les hablo. Me darían de baja si lo hiciera.
Sin prender el cigarrillo, repentinamente se puso de pie, se irguió de una manera exagerada, hizo un óvalo con el pulgar y el índice de la mano derecha, acercó el óvalo a la boca y emitió un sonido parecido al toque de un clarín. Lionel alzó instantáneamente la mirada. Casi seguramente se había dado cuenta de que el son era falso, pero lo mismo parecía muy conmovido; se quedó boquiabierto. Boo Boo repitió el toque, una peculiar amalgama de diana y silencio, tres veces, sin interrupción. Luego, ceremoniosamente, hizo un saludo militar hacia la orilla opuesta. Cuando por fin se puso de nuevo en cuclillas sobre el muelle, lo hizo con el máximo pesar, como si se hubiera sentido profundamente conmovida por una de las virtudes de la tradición naval inaccesible para el público y los niños pequeños. Echó un vistazo al reducido horizonte del lago y luego pareció recordar que no estaba sola. Miró hacia abajo, con aire digno, hacia donde estaba Lionel, cuya boca seguía abierta.
-Ese toque de clarín era secreto. Solo los almirantes pueden oírlo.
Encendió el cigarrillo y apagó el fósforo con una teatral bocanada de humo, larga y fina.
-Si alguien se entera de que te he permitido oír ese toque…
Meneó la cabeza. Nuevamente fijó en el horizonte el sextanteo del ojo.
-Hazlo de nuevo.
-Imposible.
-¿Por qué?
Boo Boo se encogió de hombros.
-Demasiada oficialidad subalterna, para empezar.
Cambió de posición, adoptando una postura india, con las piernas cruzadas. Se subió los calcetines:
-Te diré lo que voy a hacer -dijo con tono práctico-. Si me dices por qué te escapas, te soplaré todos los sones secretos de clarín que conozco. ¿Está bien?
Lionel volvió a fijar su mirada en el fondo del bote:
-No.
-¿Por qué no?
-Porque no.
-¿Pero por qué?
-Porque no quiero -dijo Lionel, y para enfatizar dio un tirón al timón.
Boo Boo se protegió la parte derecha de la cara del resplandor del sol.
-Me dijiste que no ibas a escaparte más -dijo-. Hablamos de esto, y me dijiste que ya todo se había terminado. Me lo habías prometido.
Lionel contestó algo, pero no se oyó.
-¿Cómo? -dijo Boo Boo.
-Yo no prometí nada.
-Oh, sí, me lo prometiste. Claro que lo prometiste.
Lionel empezó de nuevo a maniobrar su embarcación.
-Si eres un almirante -dijo-, ¿dónde está tu flota?
-Mi flota. Celebro que me hayas hecho esa pregunta -dijo Boo Boo, y empezó a deslizarse hacia el bote.
-¡Sal de aquí! -ordenó Lionel, conteniéndose para no chillar y manteniendo la vista baja-. No puede subir nadie.
-¿No? -el pie de Boo Boo ya tocaba la proa del bote. Obediente, lo retiró-: ¿Nadie, absolutamente nadie? -nuevamente se sentó a lo indio-. ¿Por qué no?
La respuesta de Lionel fue completa pero, otra vez, demasiado baja.
-¿Qué? -dijo Boo Boo.
-Porque no está permitido.
Boo Boo, sin desviar la vista del niño, se mantuvo en silencio durante un minuto entero; luego dijo:
-Lamento saberlo. Me encantaría subir a tu bote. Te echo tanto de menos. Te extraño mucho. Me pasé todo el día sola en la casa, sin nadie con quién hablar.
Lionel no movió el timón. Estudió la fibra de la madera de la barra.
-Puedes hablar con Sandra -dijo.
-Sandra está ocupada -dijo Boo Boo-. De todos modos, no quiero hablar con Sandra. Quiero hablar contigo. Quiero subir a tu bote y hablar contigo.
-Puedes hablar desde ahí.
-¿Cómo?
-Puedes hablar desde ahí.
-No, no puedo. Estás demasiado lejos. Tengo que acercarme.
Lionel movió el timón.
-Nadie puede subir a bordo -dijo.
-¿Cómo?
-Nadie puede subir a bordo.
-Bueno, ¿entonces me dices desde ahí por qué te escapaste -preguntó Boo Boo-, después de haberme dicho que no volverías a hacerlo?
Cerca del asiento de popa, en el fondo del bote, había una máscara de hueco. Como respuesta, Lionel tomó la correa de la máscara entre el dedo gordo y el segundo de su pie izquierdo y con un movimiento breve, hábil, de la pierna, arrojó la máscara al agua. La máscara se hundió de inmediato.
-¡Que bien! ¡Qué constructivo! -dijo Boo Boo-. Era de tu tío Webb. Se va a poner muy contento.
Fumó una bocanada.
-Antes había sido de tu tío Seymour.
-No me importa.
-Ya sé. Ya veo que no te importa -dijo Boo Boo. Su cigarrillo formaba un ángulo inusitado con sus dedos: la brasa ardía peligrosamente cerca de uno de sus nudillos. De pronto sintió el calor y dejó que el cigarrillo cayera al lago. En seguida sacó algo de uno de sus bolsillos laterales. Era un paquete, más o menos del tamaño de un mazo de naipes, envuelto en papel blanco y atado con una cinta verde-. Este es un llavero -dijo, sintiendo cómo la mirada del chico se alzaba hasta ella-. Igual que el de papá. Pero tiene más llaves que el llavero de papá. Este tiene diez llaves.
Lionel se inclinó hacia adelante en su asiento, soltando el timón. Extendió las manos en actitud de recoger.
-¿Me lo tiras? -dijo-. Sé buena.
-Vamos a pensarlo un poco, Rayito de Sol. Tengo que meditarlo. En realidad, debería tirar este llavero al lago.
Lionel la miró con la boca abierta. Cerró la boca.
-Es mío -dijo, con una entonación cada vez menos imperiosa.
Boo Boo, mirándolo, se encogió de hombros.
-No me importa.
Lionel se arrellanó lentamente en su asiento, observando a su madre, y estiró la mano hacia atrás para tomar el timón. Sus ojos reflejaban una pura percepción, como su madre sabía que reaccionaría.
-Toma -Boo Boo le tiró el paquetito. Aterrizó perfectamente entre sus piernas.
Lionel lo contempló un momento, lo alzó, lo examinó en su mano y lo tiró luego de costado, al agua. Miró en seguida a su madre, pero en sus ojos no había desafío sino lágrimas. Un segundo después su boca se distorsionaba hasta tomar la forma de un ocho horizontal y se ponía a llorar copiosamente.
Boo Boo se incorporó, con cuidado, como alguien a quien se le ha dormido un pie en el lecho, y se introdujo en el bote. Un instante después estaba sentada en el asiento de popa, con el navegante en su falda, y lo mecía y le besaba la nuca y le daba algunos datos:
-Los marineros no lloran, querido, los marineros nunca lloran. Solo cuando se les hunde el barco. O cuando naufragan, y están en la balsa, sin nada para beber salvo…
-Sandra le dijo a la señora Snell que papá es un zorro judío, sucio y estúpido.
Imperceptiblemente, Boo Boo hizo una mueca, pero sacó al chico de su regazo y lo puso de pie frente a ella y le retiró el pelo de la frente.
-¿Con que dijo eso? ¿Eh? -preguntó.
Lionel asintió con la cabeza enérgicamente. Se acercó, llorando aún, para ponerse entre las piernas de su madre.
-Bueno, no es algo tan terrible -dijo Boo Boo, sosteniéndolo entre las dos morsas de sus brazos y sus piernas-. No es lo peor que podía suceder.
Suavemente mordió la oreja del chico.
-¿Tú sabes lo que es un “zorro judío”, querido?
Lionel o bien no quiso o no pudo contestar de inmediato. Por lo menos, esperó a que hubiera disminuido el hipo que siguió a sus lágrimas. A continuación contestó, en forma ahogada pero comprensible, hundido en la tibieza del cuello de Boo Boo.
-Es como un perro, pero más pequeño -dijo.
Para observarlo mejor, Boo Boo apartó un poco a su hijo. Luego le metió una mano traviesa en el interior del pantalón, lo cual lo sorprendió mucho, pero la retiró en seguida y decorosamente le metió la camisa debajo del pantalón.
-Te diré lo que vamos a hacer -dijo-. Iremos en auto al pueblo y compraremos unos pepinillos, y algo de pan, y comeremos los pepinillos en el auto, y después iremos a la estación a esperar a papá, y luego lo traeremos a casa y haremos que nos lleve a pasear en el bote. Tú lo ayudarás a bajar las velas. ¿De acuerdo?
-De acuerdo -dijo Lionel.
No volvieron caminando a la casa; corrieron una carrera. Ganó Lionel.