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Thursday, November 16, 2017

Canción de la danzarina: Colette

Alina Zapata

 ¡Oh tú, que danzarina me llamas, sabe hoy que no aprendí a danzar! Me encontraste juguetona y pequeña, danzando en el sendero y persiguiendo a mi sombra azul. Giraba como una abeja, y mis pies y mis cabellos, color de camino, se empolvaban con el polen de un polvo rubio.
Me viste venir de la fuente, meciendo el ánfora en mi cadera, mientras, al compás de mis pasos, sobre mi túnica saltaba el agua en redondas lágrimas, en serpientes de plata, en menudos cohetes rizados que ascendían, helados, hasta mi mejilla. Yo caminaba lenta, seria, mas llamaste danza a mis pasos. No mirabas mi rostro, seguías el movimiento de mis rodillas, el balanceo de mi talle, en la arena leías la forma de mis talones desnudos, la huella de mis dedos abiertos, que comparabas con la de cinco perlas desiguales.
Me dijiste: «Coge esas flores, persigue esa mariposa…» Llamabas danza a mi carrera, y cada reverencia de mi cuerpo inclinado sobre los claveles purpúreos, y el ademán, repetido en cada flor, de echar atrás, por encima de mi hombro, un chal resbaladizo.
En tu casa, sola entre tú y la alta llama de una lámpara, me dijiste: «¡Danza!» y no dancé…
Pero desnuda en tus brazos, sujeta a tu lecho por la cinta de fuego del placer, me llamaste, sin embargo, danzarina, al ver agitarse bajo mi piel, desde mi pecho ofrecido a mis pies crispados, la inevitable voluptuosidad.
Fatigada, anudé mis cabellos, y los contemplabas, dóciles, arrollados a mi frente como serpientes hechizadas por la flauta.
Abandoné tu casa mientras murmurabas:
«La más hermosa de tus danzas no es cuando acudes corriendo, jadeante, poseída de un deseo irritado y atormentado ya, por el camino, el broche de tu vestido. Es cuando de mí te alejas, serenada y con las rodillas temblorosas, y al alejarte me miras, en el hombro tu barbilla. Tu cuerpo me recuerda, oscila y titubea, me echan de menos tus caderas y tus senos me están agradecidos.
»Me miras, vuelta la cabeza, mientras tus pies adivinadores tantean y escogen su camino.
»Te vas, siempre pequeña y maquillada por el sol poniente, hasta no ser, en lo alto de la colina, más esbelta en tu túnica anaranjada que una llama vertical, que danza imperceptiblemente…»
Si tú no me abandonas, iré danzando hasta mi blanca tumba.
Saludaré a la luz, que me hizo hermosa y me vio amada con una danza involuntaria, cada día más lenta.
Una postrera danza trágica me enfrentará con la muerte, mas sólo lucharé para sucumbir con elegancia.
Que los dioses me concedan una caída armoniosa, juntos los brazos en mi frente, doblada una pierna y extendida la otra, como presta a franquear, de un salto ingrávido, el negro umbral del reino de las sombras.
Me llamas danzarina, y, sin embargo, no sé bailar…

  




Tuesday, November 14, 2017

La vida inútil de Pito Pérez lX



Alguno de la tertulia, sonriendo maliciosamente, interrogó a Pito Pérez: —¿Y la Caneca? —Está en casa, rodeada de comodidades. —¿Quién es la Caneca? —pregunté intrigado por saber a quién se referían. —¡El amor más fiel que he tenido en mi vida! —Pero, ¿vive usted con alguna mujer, Pito Pérez? —Desde que me la rapté, hace tiempo, del hospital de Zamora. La tenían encerrada en un cuarto contiguo a la administración. Una sola vez la vi, pero esa bastó para que decidiera llevármela, y así lo hice. La víspera de mi salida logré sacarla de su escondite y dormir con ella, en la misma cama, contando, claro está, con la complicidad de los demás enfermos. Al amanecer abandoné el hospital en su compañía, sin que el velador se diera cuenta. Hicimos el camino hasta Uruapan, y atravesamos la sierra de Purépero, durmiendo en los montes, pues me parecía peligroso entrar con ella en los poblados, porque la suspicacia de las gentes me habría ocasionado contratiempos: ¡Con cuánto sigilo tuve que caminar y qué larga me pareció esta travesía! Poco faltó para que se desmayara un peón, que me miró pasar por un potrero, cuando ya había obscurecido. En Uruapan fui a hospedarme con un amigote, pero su mujer puso el grito en el cielo al enterarse de que yo entraba en su casa muy acompañado, y con lágrimas y aspavientos, pidió a su marido que nos echara. Ella decía que era un gran pecado permitir que nos guareciéramos bajo su techo, y mi amigo no pudo  convencerla de que aquello carecía de importancia. ¡Supersticiones de gentes ignorantes! Vinimos, por fin a dar a Morelia, en tren, y para substraerla de miradas indiscretas, tuve que acomodarla dentro de un “chiquihuite”, en el que —¡la pobre!— sufrió mucho y lastimose de todas las coyunturas; pero con mis conocimentos anatómicos y con mi amorosa solicitud pronto logré dejarla restablecida. Ahora vivo con ella, muy a gusto; me espera en casa con mucha sumisión, teniendo siempre una copa en la mano; duerme junto a mí, digo mal, vela mi sueño, jamás cierra los ojos, en cuyo fondo anidan todas las ternuras. “¡La Caneca no es gorda, ni seca, ni come manteca!” —Bueno, Pito Pérez, pero ¿de quién se trata? Tanto misterio para viajar con una mujer y tanta virtud en ella, me parecen incomprensibles. —¡Pues de quién se ha de tratar! Del esqueleto de una mujer, armado cuidadosamente por el médico de Zamora y utilizado por los practicantes del hospital para estudiar anatomía. —¡Qué bárbaro! ¿No siente usted miedo al acostarse con un esqueleto? —Miedo, ¿y por qué? ¿No somos nosotros esqueletos más repugnantes, forrados de carne podrida? Y sabiéndolo, buscamos el contacto de las mujeres. La mía no padece flujos, ni huele mal, ni exige cosa alguna para su atavío. No es coqueta, ni parlanchina, ni rezandera, ni caprichosa. Muy al contrario, es un dechado de virtudes. ¡Qué suerte tuve al encontrármela! Aquí está su fotografía, conozca usted a la señora de Pito Pérez, colgada de su brazo; admire sus grandes ojos, sus dientes blancos, y fíjese que sobre su corazón lleva atado un ramito de azahares, como el que llevo yo prendido en la solapa de mi levita. La Epístola de San Pablo dice que el matrimonio acaba con la muerte; el mío ha comenzado con ella, y durará por toda la eternidad.   —¡Está usted loco de remate, Pito Pérez! —No lo crea —repuso el dueño de “La Central”—, pídale usted alguna cosa fiada, de las que lleva en sus canastos, y verá cómo no hay loco que coma lumbre… —Mucha conversación y poco vino —contestó Pito Pérez. —Sirva usted unas copas para todos —ordené—, aunque me parece algo paradójico brindar a la salud de la muerte. Hagámoslo por Pito Pérez y por su respetable consorte… Los vecinos madrugadores descubrieron el cadáver sobre   un montón de basura, con la melena en desorden, llena de lodo, la boca contraída por un rictus de amargura, y los ojos muy abiertos mirando con altivez desafiadora al firmamento. Una chamarra sucia y un pantalón raído, sujeto a la cintura con una cuerda, eran las prendas que cubrían el cadáver. Llamaron a la policía, y uno de los vecinos, examinando atentamente la cara del difunto, dijo: —Este hombre es Hilo Lacre, el barillero de las campanas. Llevaron una camilla y echaron en ella al muerto. De la bolsa de la chamarra desprendiéronse unos papeles y un retrato: en éste aparecía sonriendo, del brazo de la muerte. Uno de los papeles, escrito con lápiz, decía: Testamento “Lego a la Humanidad todo el caudal de mi amargura. “Para los ricos, sedientos de oro, dejo la mierda de mi vida. “Para los pobres, por cobardes, mi desprecio, porque no se alzan y lo toman todo en un arranque de suprema justicia. ¡Miserables esclavos de una iglesia que les predica resignación y de un gobierno que les pide sumisión, sin darles nada en cambio! “No creí en nadie. No respeté a nadie. ¿Por qué? Porque nadie creyó en mí, porque nadie me respetó. Solamente los tontos o los enamorados se entregan sin condición. “¡Libertad, Igualdad, Fraternidad! “¡Qué farsa más ridícula! A la Libertad la asesinan todos los que ejercen algún mando; la Igualdad la destruyen con el dinero, y la Fraternidad muere a manos de nuestro despiadado egoísmo.   “Esclavo miserable, si todavía alientas alguna esperanza, no te pares a escuchar la voz de los apóstoles: su ideal es subir y permanecer en lo alto, aun aplastando tu cabeza. “Si Jesús no quiso renunciar a ser Dios, ¿qué puedes esperar de los hombres?... “¡Humanidad, te conozco; he sido una de tus víctimas! “De niño, me robaste la escuela para que mis hermanos tuvieran profesión; de joven, me quitaste el amor, y en la edad madura, la fe y la confianza en mí mismo. ¡Hasta de mi nombre me despojaste para convertirlo en un apodo estrafalario y mezquino: Hilo Lacre! “Dije mis palabras, y otros las hicieron correr por suyas; hice algún bien, y otros recibieron el premio. “No pocas veces sufrí castigo por delitos ajenos. “Tuve amigos que me buscaron en sus días de hambre, y me desconocieron en sus horas de abundancia. “Cercáronme las gentes, como a un payaso, para que las hiciera reír con el relato de mi aventuras, ¡pero nunca enjugaron una sola de mis lágrimas! “Humanidad, yo te robé unas monedas; hice burla de ti, y mis vicios te escarnecieron. No me arrepiento, y al morir, quisiera tener fuerzas para escupirte en la faz todo mi desprecio. “Fui Pito Pérez: ¡una sombra que pasó sin comer, de cárcel en cárcel! Hilo Lacre: ¡un dolor hecho alegría de campanas! “Fui un borracho: ¡nadie! Una verdad en pie: ¡qué locura! Y caminando en la otra acera, enfrente de mí, paseó la Honestidad su decoro y la Cordura su prudencia. El pleito ha sido desigual, lo comprendo; pero del coraje de los humildes surgirá un día el terremoto, y entonces, no quedará piedra sobre piedra. “¡Humanidad, pronto cobraré lo que me debes!... Jesús Pérez Gaona. Morelia, a…”  Y mezcladas con el polvo de la tierra se perdieron, para siempre, las cenizas inútiles de un hombre…



FIN



Sunday, November 12, 2017

La vida inútil de Pito Pérez Vlll

Buenas noches a toda la compañía —dijo Pito Pérez, al  llegar a la tienda. Su estampa era la misma que yo conocí diez años antes: levita deteriorada con flor en el ojal, bastón de puño niquelado, pantalón con unas rodilleras tan amplias que podría guardar en ellas a sus hijos, a semejanza de los canguros; sombrero carrete haciendo equilibrios para conservarse sobre la melena alborotada y que, por su color de oro viejo, parecía aureola de santo. —¿Y las canastas, Pito Pérez? —No vengo en plan de comerciante. Las agujas y los peines peluqueros a esta hora duermen con inocencia infantil. Yo me acerco a la tertulia como esas madres que se reúnen al anochecer, para contarse las monerías de sus hijos, después de dejarlos dormidos. —¿Qué ha hecho usted en tantos años que no nos vemos, Pito Pérez? —Beber para emborracharme, y después, para curarme la cruda, hasta que me asalta el delirium tremens y caigo medio muerto, perdida por completo la conciencia, en la cuneta de algún camino. La muerte y yo nos hablamos de tú desde hace tiempo; ella juega conmigo sin hacerme daño. ¡Los peligros de que he escapado, quizá con su ayuda! Me caí a un río, en estado de ebriedad, que ya es mi estado perfecto, y sin saber cómo ni cuándo, me salvé. He pasado victorioso como un general por campos de batalla, cubiertos de cadáveres, aspirando el hedor de la carne podrida, y he visto cómo los ojos de los difuntos adquieren brillo de celuloide al ausentarse la luz del pensamiento. He palpado con mis manos el frío del cristal de los pies de un hombre muerto,    pretendiendo calentarlos en un rapto de alcohólica compasión. He recibido en el hospital la visita de dos colegas borrachos, que me llevaban cuatro cirios, con esa complaciente sonrisa de quien regala una caja de dulces, y escuchado a uno de ellos que, tartamudeando, dábame el pésame por mi muerte y la disculpa de que no podría acompañarme al cementerio, al siguiente día, por tener que evacuar otro negocio. He llorado sobre mis tristes despojos, con dolor verdadero, y he sentido que no hay pena comparable a la de morir. Sin embargo, aquí me tiene usted, guardando mi propio luto sin que todavía haya estacado la zalea. —Pero, ¿dónde ha pasado usted tantos peligros? —¡Calcule usted! He sido huésped de un buen número de hospitales en donde, si no mueren los pacientes de la enfermedad que allí los llevó, sucumben de hambre o en algún experimento clínico. Estuve en el hospital de San Vicente de Paul, y para subsistir, salíamos a la calle los asilados, pidiendo limosna de puerta en puerta. ¡Hubo tifosos que apenas tenían alientos para cargar el cobertor, y que expiraban en los quicios de las puertas! En el hospital del Santo Refugio, los enfermos danzábamos en el jardín desde las primeras horas de la mañana, sin más vestidura que unas sábanas de dudosa limpieza. Salíamos a cortar quelites, romeritos, talayotes que, cocidos en una olla común, constituían el único alimento de aquella sociedad vegetariana. ¡Fantástico espectáculo el de aquellas enormes mariposas blancas, volando de quelite en quelite —volando, es la palabra— porque no había en nuestros cuerpos ni un gramo de carne! —Compañeros, prueben como postre las malvas —aconsejábales yo, que era el más optimista de la pandilla. Luchaba elocuentemente por convencer a los enteleridos comensales de que el talayote tiene sabor de pechuga de pollo. “Sobrepónganse a la realidad —predicábales— y coman con la fantasía, a imitación de los hambrientos que se dan banquetes espirituales, contemplando los aparadores de las pastelerías. Sigan mi ejemplo: yo tomo violetas cocidas como demostración  de cultura; los aristócratas las saborean cristalizadas con azúcar, acaso para inspirarse despertando sus aficiones poéticas”. Estuve en el hospital de Cotija, y de veintiocho enfermos soy el único superviviente. Verá usted: Era su director un botánico insigne, citado frecuentemente en los textos de medicina. Este sabio eminente había clasificado más de veinte mil plantas de la flora de nuestro país y ensayaba en nosotros sus propiedades terapéuticas dosificándolas a costa de los enfermos. ¿Que moría un paciente, vaciado por la infusión de coloquíntida?, pues a disminuir la dosis en el tratamiento, y a olvidarse del pobre conejito sacrificado en aras de la ciencia. Yo pude escapar de las escoletas de este médico famoso, debido a que salté muy a tiempo las tapias del hospital. El galeno corrió a darme alcance, prometiéndome que pondría sus cinco sentidos en mi curación, pero yo, a larga distancia, le grité: “De veneno a veneno, opto por el tequila Cuervo”. —Bueno, Pito, ¿de dónde le han llovido tantas enfermedades? —Del mentado veneno. Según dicen los historiadores, los reyes habituaban su naturaleza al uso de los venenos más activos, para inmunizarla en previsión de cualquier atentado. A nosotros, los borrachos, no nos sirve el experimento porque a medida que bebemos, resentimos más los efectos de nuestros filtros venenosos. Pero, proseguiré el itinerario de mis malandanzas. Sólo por un milagro de la muerte que, como ya digo, es mi mejor amiga, pude salir del hospital de Morelia. Trabajaba en él una enfermera, de corazón altruista. Llamábase Pelagia, y este nombre ya era de mal agüero para los supersticiosos que caían en sus manos. Nació Pelagia en Hoyo del Aire, del Municipio de Taretan; hizo sus estudios en un solo día, y recibió su título de enfermera en el mismo instante en que la contrataron como criada del hospital. Le encasquetaron un gorro blanco, la metieron dentro de un mandil que le arrastraba, y la plantaron en medio de un pabellón de aislados, sin inquirir si debajo de la toca había una cabeza, y si ésta tenía sesos, o era una sonaja rellena con piedrecitas del arroyo.  A la hora de la visita médica, Pelagia seguía al doctor, de catre en catre, recogiendo las recetas que él formulaba, para surtirlas después en la farmacia del propio edificio. Pelagia hablaba, sin parar, de los enfermos a su cuidado: —Él   no durmió anoche, y por si juera de hambre le truje su torta de sardinas, que lo dejó súpito; el 4, lleva seis deposiciones muy jediondas, que le guardé, dotorcito, pa’ si quere esaminarlas; el  ya no está tan malo, no crea. Anoche me quería apapachar los cuadriles. Cuando Pelagia volvía de la botica con las fórmulas surtidas, parábase en la puerta del salón y nos gritaba jubilosa, igual que una madre que llega de paseo, con golosinas para sus hijos: —Aquí están las melecinas. Vamos a ver, ¿quén quere píldoras? ¿Quén quere cucharadas? ¿Quén papeles? Y daba a cada enfermo lo que le pedía, con peligro de reventarnos a todos. A mí no me quería por lurio, como afirmaba, y por este motivo ensartábame los lavados intestinales recetados a otros. —Pal escribano —decía— las lavativas, porque es capaz de emborracharse con cásulas. Quizá por esto no estiré la pata, pues por esa boca no suelen recetarse venenos muy activos. Las ideas políticas constituían otro peligro en el interior del hospital. Había médicos mochos que atendían con gran esmero a los pacientes que comulgaban, y medicos liberales que no veían con buenos ojos a sus clientes del bando contrario. A los primeros les hablaba de mi hermano el padre, y a los otros, le contaba que yo pertenecía a la secta de los husitas, y que si bebía vino en ayunas, era en la recepción de uno de nuestros sacramentos. Un doctor Ortiz creyó en mis doctrinas, permitiéndome comulgar todas las mañanas con un vaso de fino moscatel que me proporcionaban, por orden suya, en la despensa del establecimiento. Algunos días comulgaba yo hasta tres veces, como una práctica propiciatoria para la salvación de mi alma. Por supuesto que ya estas cosas marcaban el principio de mi convalecencia y la vuelta de mi yo interno a su estado normal.  Mis períodos largos de embriaguez culminaban siempre con un ataque de delirium tremens, y éste me conducía a regiones insospechadas para el resto de los mortales. Con el delirio adquiría formas de una hiperestesia exaltada, llena de alucinaciones. Cierta ocasión me sentí árbol: mis pies eran las raíces y mis piernas troncos por cuya corteza, áspera y dura, subían hormigas de todos tamaños. El ejército de pequeños animalitos cosquilleaba con sus patas de alambre mi carne rugosa, desesperando mis nervios. Yo los veía subir, y subir y me asaltaban deseos de limpiarlos, de arrojarlos lejos de mí, pero deteníame una idea: los árboles tienen obligación de prestar ayuda a estos parásitos, hijos, como ellos, de la naturaleza y, por lo tanto, hermanos suyos. Si yo soy un árbol, debo permitir que trepen por mi tronco —cavilaba—, que coman de mi carne. Y para que mis manos no atropellaran a aquellas criaturas indefensas, subí los brazos al cielo, y el cielo premió mis brazos convirtiéndolos en ramas verdes, frescas, floridas. No sentí más el cosquilleo de los insectos, sino el paso de una savia dulce por mis venas, que hacía nacer en mí pequeños brotes cuyas hojas aterciopeladas, mecidas por el aire, cantaban un allegro de primavera. Pájaros de diversos colores venían a anidar en mi fronda: eran mis pensamientos de toda la vida, que regresaban a su nido: chupamirtos embriagados por el néctar de las flores, sinsontes que soplaron por mi vieja flauta; golondrinas de amor, fugaces y asustadizas; loros que decían sus incoherencias inútiles y sus malas palabras, y la lechuza huraña y filosófica de mi melancolía. Era yo un renuevo en el bosque; mas de pronto me vine abajo, a los golpes de la cordura. Terminó mi delirio y volví a adquirir la forma estéril del hombre. —¡Pito Pérez, insigne borracho, es usted un loco! —¿Y por qué no un poeta?  Otra vez, tendido sobre un duro camastro, sentí que poco a poco me transformaba en un lienzo de seda, de esos que crujen con un frufrú sensual al más leve contacto. Mis ojos me veían descender por los lados de la cama, como un cortinaje sobre un balcón empavesado; mis manos y mis pies eran borlas colgantes de oro, y en mi barriga había chafaduras y roces, como si una persona hubiese permanecido de codos sobre mi cuerpo, mirando pasar el ejército de los siglos. Después, sentí que me cortaban con unas tijeras enormes y que hilvanaban con mis pedazos el traje de un niño, a quien sus padres no permitían moverse, temerosos de que rompiera su vestido nuevo. Yo también sentí la angustia de que el muchacho se arrastrara por el suelo, o se deslizara por el pasamano de la escalera. Mis carnes sufrían el dolor de verse magulladas y rotas, sin que nadie escuchara las voces, sin sonido, de mi desesperación. Di un suspiro de alivio, al notar que la tela de mi cuerpo adquirió un tono rosa y un brillo desusado. Entonces, ordené a mi fantasía: —Quiero ser camisón de dormir de una mujer hermosa y sentir su contacto tibio y perfumado. Voy a pecar, al menos una vez, sin que me desprecien, sin que me aparten con repugnancia; con cada hilo de mi cuerpo acecharé los más ocultos rincones de otro cuerpo, en medio de una fiesta de luz; con hebra de mi carne, lograré la posesión de la mujer deseada. Mi placer subirá en ondas voluptuosas desde la costura de la falda hasta los lazos del corpiño, y, ya saciado, dormiré con un sueño reparador, ceñido a un vientre de alabastro. ¡Y el milagro se hizo! Mis pliegues bajaron por unas caderas triunfales; quedé prendido a unos hombros de nieve; combado sobre unos pechos cuyos botones lastimaban mi sensibilidad, lo mismo que la aguja lastima la tela. Más comencé a sentir molestia de intemperie y a estornudar por todos mis tejidos, como si me hubiese constipado. Porque aquella figura femenina, con toda su pagana desnudez, era una estatua de mármol insensible, y su contacto frío hízome despertar de mi fiebre…  —Ahora que nos está usted contando estas cosas, Pito Pérez, ¿no tendríamos razón si pensáramos que se ha extraviado la suya? —Pero, ¿puede usted decirme cuál es mi realidad y cuál mi ficción? Yo estoy seguro de que existe todo lo que veo, y que la muerte me presta sus ojos para que me divierta, como un anticipo sobrenatural, con el panorama de otros mundos. Una noche sentí que traía un puñal y quise deshacerme de él, porque soy hombre pacífico y odio toda clase de armas, aun en mis mayores borracheras. Lo saqué de la vaina y lo tiré a lo alto, diciendo entre dientes: —No te quiero ver más; escóndete en el espacio. El puñal llegó al cielo y al descender rasgó con su afilada punta las cortinas del firmamento, que se abrieron como una puerta de un pabellón de campaña. Mis ojos atisbaron curiosamente por la rendija de aquel mundo desconocido, y caí en la cuenta de que estaba asomado a la gloria. Los árboles, de un verde artificial, parecían árboles de Nochebuena, cargados de juguetes y de bombones; el prado era un tapete estilo Luis XV, con grandes rosas bordadas; en el centro del cielo, el sol extendía sus rayos, como una lámpara irisada de almendras de cristal, y en las paredes translúcidas, colgaban santos en persona que parecían retratos pintados al óleo. De marco a marco, aquellos justos varones platicaban o discutían los dogmas católicos, con la intervención de San Agustín, que enfáticamente repetía para todo: “Lo he dicho yo”, mientras su maestro San Ambrosio componía, entonándola en voz baja, una canción litúrgica, que glosaba San Gregorio el Magno, con su divino contrapunto. Debajo de un árbol corpulento, el Santo Job jugaba con San Simeón el Estilita una partida de ajedrez, rodeados por algunos santos menores; el Estilita rascábase la cabeza, desesperado, y decía a los que le cercaban: —Job lleva cinco lustros frente al tablero ¡y aún no resuelve esta jugada!   Un anciano venerable, vestido con una túnica de lino, sobre la que flotaba el pabellón pacifista de su barba de nieve, apacentaba, majestuoso, un rebaño de ovejas blancas. Mirándolas con atención, descubrí que las ovejas tenían caras de gentes y unas tablitas al cuello, indicando su nombre y la fecha en que habían entrado al cielo. Todas las ovejas conservaban alguna insignia de su profesión terrenal: los santos esposos engañados, sus cuernos retorcidos; las adúlteras, su inocente sonrisa; las bacantes arrepentidas, su tarifa en dineros, en ropas y en otros obsequios; los tontos beatificados, sus bandas y sus vendas de vanidad. Discurrían por allí carneros lanudos, con etiquetas de ricos que habían legado sus bienes a la Iglesia; otros, con las vedijas ensortijadas y los ojos lánguidos: Magdalenas de sexo ambiguo, que obtuvieron perdón por haber amado mucho. Algunos carneros lucían charreteras de generales, por haber muerto, después de combatir cristianamente, a los enemigos de su religión. Vi unos corderos trasijados, con sus partes pudendas doradas y ostentando sobre su testuz coronas de mártires. El cartel que llevaban en el cuello, decía: Casados con ricas; supieron lo que es fornicar por obligación. Triscaban por todas partes unas ovejillas de ojos tristes, que se refregaban en los troncos de los árboles; eran las vírgenes virtuosas que, a todo trance, defendieron su doncellez. Recostadas con mansedumbre sobre el césped, dormían unas corderas velludas y obesas, cada vez que oían pasos levantábanse y avizoraban el camino: eran las mujeres de los tahúres y de los borrachos que pasaron la vida en espera de sus trasnochadores compañeros. Metí la cabeza por entre las cortinas del firmamento, y vi un cura gordo, con un platillo entre las manos, para no perder la costumbre, como si colectara limosnas. —Padre —le pregunté—, ¿aquí no hay ovejas negras? —No, candoroso hermano, las ovejas negras son los pobres de la Tierra, pero como hay tantos y aquí no cabrían, las acomodamos en el purgatorio, o en el limbo. —¿Y si no lo merecen?   —Los pobres lo merecen todo. Además, ¿qué ganarían con rebelarse? El infierno, como Luzbel. Asustado de la justicia celeste, tan parecida a la de nuestro mundo, me aparté presuroso de la cortina azul y maldije el puñal que desgarró el misterio… —¡Desventurado Pito Pérez, su razón se enreda y se desenreda, lo mismo que una bola de hilo lacre!...



(Continuará)




Saturday, November 11, 2017

Del océano: Elia Casillas


Afuera las ciudades corren               sigo  el amparo caliente de febrero         y veo entre paréntesis el gatuperio             que sostengo a carcajadas          Regreso por mis huesos     los dedos arman            esta condena donde escribo                 El pecho cierra sus oscuros centinelas                 Sol de paso         voy con la paciencia en ningún sitio          el vitral de mi luna pierde tonos                y mi carne es tierra          y se vacía       en el charco azul de mermas            Oscurece en el lienzo            que el infinito prende        y revive el amor         con su fuego más querido







Navojoa Sonora. Febrero/2008








La vida inútil de Pito Pérez Vll



“…porque no hay pena comparable a la de morirse…” Pito Pérez


Morelia, en mayo, sufre calenturas; las gentes adelgazan y   los chicos enferman del estómago. —Es la fruta nueva —dicen las señoras que platican en los estrados—; pero a las primeras lluvias, la ciudad entrará en razón. El sol siente también que se asfixia y quiere escapar, rompiendo con su cabezota rubia las paredes blancas, como payaso que salta a través de un disco de papel de china, al galope de su caballo “mandadero”. En los días de calor hay pocos transeúntes por las calles de Morelia, y sus pasos resuenan en las banquetas señalando las horas, como un reloj indefectible. Son las ocho de la mañana: doña Pachita Pérez Gil pasa, de prisa, por la calle real rumbo a la iglesia de La Cruz. Algunas generaciones de colegialas la han llamado abuela, aunque más parece un abad que zarandea, satisfecho, su panza hinchada de virtudes. A las nueve, don Adolfo Cano se encamina a su notaría. Su ojos brillan con malicia, pero en su clara inteligencia no bullen las cláusulas de un contrato, ni la prosa legal de una escritura. Piensa —¡ay!— en los tres reyes que mató una flor… Dicen que cierta vez comía cabizbajo y distraído, cuando de pronto, díjole su esposa: —¿Quieres una tortilla caliente, Adolfo? —Acepto, y mando diez más —contestó el abogado, desde el país fantástico del as de oros. Y tomando el apilo de tortillas comenzó a repartirlas entre sus hijos, lo mismo que si fuera una baraja…  A las once, escúchase el tranco monorrítmico del cojo que vende gorduras: —¡Requesón, jocoque, queso! ¡Queso, jocoque, requesón! Y con la pata de palo repica en las baldosas, apremiando a los marchantes. A las tres, óyense los pasos del señor licenciado don Lorenzo Olaciregui, Deán de la Catedral, que sube a coro. Un taconeo, a compás de dos por cuatro, presto, vivace, resuena en las baldosas: es el maestro Mier, que corre a dar sus lecciones de piano. Al profesor Gallegos no se le escucha pasar porque va en hombros de sus veinte juanetes, y apenas toca el suelo. Detiénese en las esquinas, monologa en alta voz, con su grandilocuencia que, por incomprendida, le ha ocasionado tantos sinsabores. ¡Recordemos, si no, el incendio de su casa! Saltó don Mónico por un postigo, en paños menores, clamando ayuda del sereno: —Guardia noctámbulo, aligerad vuestro pies con las alas de Mercurio, y haced vibrar el bronce cóncavo y plañidero, antes de que el más voraz de los elementos incinere mi paupérrima morada. El gendarme lo miró asombrado, sin moverse de su sitio, y la casa del profesor quedó destruída por las llamas. ¿Y el bochorno de sentirse insultado por un carbonero? —Bucólico morador de las selvas umbrías, ¿en cuánto aprecias el fardo de maderas calcinadas que lleváis sobre los lacerados omoplatos de este rústico pollino? —Eso lo será usted, roto pinche. Se valen de que son ricos pa’ humillar a los probes… Por la calle de las Ratas sube acompasado, lento, el toque de unas esquilas. No es el viático que visita a un agonizante, ni el paso de una yegua que sirve de guión a los hatajos que vienen de tierra caliente. Las gentes saben ya lo que las campanas pregonan, y corren a las puertas en espera de aquel estrambótico mercero. Un hombre enjuto, ennegrecido por el sol, con la cabellera tan larga que le besa los hombros, camina lentamente,  sosteniendo un enorme cesto en cada brazo. En los arcos de las canastas, en el ala del sombrero, en el vuelo de la chaqueta, se mecen esquilas de todos tamaños, desde la que cuelga del cuello de una res, hasta la diminuta que alegra el báculo de los pastores de Nochebuena. Su tintineo es regocijado, como charla de parvulillos a la hora de sus juegos. En aquellas canastas, lo mismo que en las manos de los prestidigitadores, ocúltase todo un almacén: agujetas para los zapatos, peines peluqueros y escarmenadores, broches de presión, tiras bordadas, medias de seda, polvo para la cara, hilo lacre… —¡Eh, barillero!, ¿trai rizadores? —pregunta una muchacha que asoma por un postigo. —Para todas las partes, señorita. —¿A cómo las medias? —De seda natural, a dos cincuenta. —¿No me hace una bajita? —Regaladas las llevas, niña, si yo te las pongo. Las campanas enmudecen respetuosas oyendo la voz de su amo, hasta que el trato se consuma, y otra vez a cantar, calle arriba, pregonando las mercancías… El hombre de las campanas es Pito Pérez que, al encontrarme en la esquina de “La Central”, acomoda en el suelo su establecimiento portátil, para saludarme con más holganza: —¡Hace tantos ayeres que no nos vemos! Desde la torre de Santa Clara. Va para diez años… —Es verdad, Pito Pérez; dejó usted trunca la narración de su vida. —Para seguirla viviendo, amigo, y tener de qué hablar: bajó del Norte el torbellino y nos dispersó a todos los que no teníamos hondas raíces; levantó el polvo seco, la hojarasca podrida; hizo huir a los pájaros medrosos, y aun a la langosta que acaba con las sementeras. Hablando sin metáforas: al rico, al cura, al holgazán y al aventurero. Quedaron sin moverse los árboles que, año con año, dan su fruto, y las piedras desnudas de la montaña. Los trabajadores del   surco: encinas arraigadas en la tierra. Los indios: riscos seculares, que sólo un ciclón arrancaría de su asiento, para despedazar con ellos el tezontle rosado y fofo de las ciudades corrompidas… —¡Bravo, Pito Pérez!, lo dejé a usted en filósofo cínico y ahora lo encuentro convertido en orador político. —Y usted dirá que se necesita más cinismo para esto que para aquello. Es verdad, pero no hay que confundirlos: el político tiene el corazón en el estómago, y el filósofo en la cabeza. —¿Una copa, Pito Pérez? ¿O una botella? —Según la llave que usted quiera aplicar al estante de mis confidencias; recuerde nuestro viejo contrato. —Pero, ¡cómo lo encuentro mudado! Dejó usted la levita, que era su clásica envoltura, y cambió usted el bastón y el sorbete por unas canastas llenas de baratijas y por esas campanas que no sé para qué le sirven. —Pues para que mi garganta no se estropee pregonando la mercancía y para mantener inmarcesibles los recuerdos de mis peregrinaciones por nuestro amado Michoacán. ¿Me explico bien? Fíjese usted: cada una de las campanas lleva una inscripción: el nombre de alguno de nuestros pueblos, o los nombres de las campanas de esos mismos pueblos. Y cuando camino por las calles, sudando bajo el peso de mis canastos, las oigo dialogar entre sí de lo que han visto y de lo que han vivido… La campana grande de Pátzcuaro regaña a su hermana menor, la de Quiroga, porque enseña la lengua a la laguna. Las campanas de Zamora golpean sus pechos con el badajo, como jóvenes novicias acosadas por malos pensamientos. La campana de Tacámbaro se desgañita gritando vivas a la Revolución; se traba la lengua a la de Tzintzuntzan, para rezar en tarasco a un dios que no es el suyo, y la vieja campana de Zitácuaro llora aún, con gruesas lágrimas de bronce, el desastre del 65. Tintinea alegremente la campana de Tingüindín; canta la de Tiríndaro; convoca danzas bullangueras la de Paracho; la de Irimbo, como un reloj de paz, da el toque de descanso para los labradores rendidos  Las que llevo aquí junto a mi pecho, son las campanas de mi tierra; ésta, la de la Guanoncha, que canta la alborada en las fiestas grandes; ésta, la de la Hermandad, que dobla por los difuntos, y ésta de plata, pequeñita, representa la de la parroquia, que tantas veces hice vibrar con mis manos entumecidas por el frío, para llamar a misa primera. ¡Campanas de Michoacán, repicad todas a vuelo, porque pasa Pito Pérez, glorioso con su miseria y altivo con sus harapos! —Es usted un carillón humano. —Sí, señor; unas veces repico aleluya, y otras, salmos penitenciales. Cada una de mis campanas resucita en mi mente el panorama de un pueblo, tal como lo abarcaron mis ojos, y sus voces remedan las de mis amigos que, por su conducto, me cuentan sus andanzas. Oyéndolas, suelo desatender a los clientes y pasar de largo junto a ellos para no cortar la plática de las esquilas. Entonces, los marchantes dicen con cierto retintín burlesco: —Pito Pérez va borracho. —¡Borracho voy, en verdad, pero de recuerdos: riendo, llorando, blasfemando y cantando, como en los días de mi lejana juventud!... —¿Y el Pito Pérez filarmónico? — ¡No sé ya ni dónde quedó! Perdí la flauta en alguna cárcel, o en algún sitio de tantos que me han servido para dormir las monas. Porque debo advertirle, con la honradez que ha caracterizado mi desvergüenza, que ya no soy un borracho respetable, ni siquiera ingenioso. Me escarnecen los chicos, me roban los tenderos, me humillan los gendarmes, y cuando quedo tendido en las banquetas, con la botica abierta y el boticario dormido, no hay alma caritativa que extienda sobre mis desnudeces el abrigo de un periódico. Las personas decentes huyen de mí con asco; asco de mi aspecto repugnante, de mi hedor a vino agrio, de mis manos negras, que ni los amigos quieren estrechar, simulando que llevan las suyas ocupadas con el pañuelo. ¿Y sabe usted cómo me llaman aquí? Me dicen Hilo Lacre, ¡Hilo Lacre!, apodo de barillero, de hombre zafio, y no de artista, como yo. Todo esto lo digo a usted, por si se avergüenza de mí y no quiere hablarme…   —No piense en tales cosas, Pito Pérez. Venga usted por las noches a “La Central” para que platiquemos como en otros tiempos. Pito Pérez prometió acceder a mi súplica, y levantando del suelo sus canastas henchidas de baratijas, alejose con el oído atento a su propia música, triste, alegre, bulliciosa o lánguida, según los altibajos de la calle…


(Continuará)




Friday, November 10, 2017

La vida inútil de Pito Pérez Vl

 —Una pregunta indiscreta, Pito Pérez, ¿es cierto que conoce usted muchas cárceles? —Sí, es verdad, conozco algunas, y no me avergüenza confesarlo. He ido a parar a ellas por borracho y travieso, pero a nadie he matado ni he cometido crímenes de ésos que honran a los ricos y hunden a los pobres en largos años de condena. Porque un rico mata y se esconde mientras su dinero quebranta leyes y suaviza voluntades; un rico hace un fraude, y acumula tales pruebas de descargo, que al final de cuentas él es quien resulta defraudado y calumniado. No he tenido aún la suerte de llegar a una de esas cárceles modernas, en donde, según dicen, todo es confort y costumbres refinadas; donde los presos visten elegantes uniformes, que se han puesto de moda fuera de los penales como ropa de dormir y con el nombre de pijamas. En las cárceles de los pueblos encontré a honrados y caballerosos ciudadanos, aprehendidos para sustituir a personas que gozaban de libertad absoluta. Reina en ellas un espíritu infantil que hace a los reclusos orinarse en los zapatos de sus compañeros, como una inocente diversión; aún hay sentimientos generosos y nadie se muere de hambre, a pesar de la buena voluntad del Gobierno, que ha suprimido el rancho de los presos, como cosa superflua. El que tiene comida, porque se la llevan de su casa, la comparte con el que no la tiene, y al que no le ven cobija, le mientan la madre, con solicitud, para que se caliente. ¡Los banquetes que yo me he dado dentro de la cárcel, aceptando de mis colegas, ya un plato de arroz, ya un chile relleno, a cambio de una consulta de tinterillo, o de una afectuosa palmadita en la espalda!  La vida dentro de nuestras cárceles tiene cierto calor de familia, algo de hermandad religiosa, con pactos y contraseñas de sociedad secreta. En las sesiones matinales, a la hora de la espulgada general, se toma el sol, planeándose las defensas, la coartadas; conciértanse los negocios, y se escriben las cartas para el exterior. He sido el amanuense obligado de centenares de reclusos; los puntos de mi pluma fueron ojos para llorar ausencias, bocas para gritar agravios, troquel de recuerdos para madres, esposas o hijos desventurados. Después de las comidas —no encuentro apropiado decir de sobremesa— se discute de política y se retocan los retratos de las primeras autoridades del pueblo, sin olvidar detalles de familia. Por las tardes, a la hora triste de ocultarse el sol, cuando las rejas simulan cruces ensangrentadas por la mano criminal del crepúsculo, las almas se conmueven con el paisaje que adivinan, y surge a coro una canción que se repite como un salmo y repercute en el aire como un doloroso gemido. Las noches vienen aparejadas de imágenes obscenas, de recuerdos sensuales y dichos libidinosos y, a cuál más, los presos echan sus mentiras, haciéndose la ilusión de que el auditorio se las cree, y hablan de batallas descomunales y de espadones invencibles en los campos imaginarios del amor. Pero aquéllos que escuchan, mientras les llega su turno de fantasear en alta voz, sonríen incrédulos, porque saben que tales cosas se cuentan nada más como un estimulante para el solitario desahogo del cuerpo. Una a una recuerdo las cárceles que he conocido, y me precio de haber fincado dentro de ellas muy buenas amistades. Impusiéronme ocho días de arresto por repicar las campanas de mi parroquia, para autoagasajarme al volver a mi pueblo, poseedor de un sombrero de bola, un bastón y un traje nuevo. Porque en la populosa ciudad de Tancítaro, grité borracho: ¡Muera el cura Hidalgo!, quince días de cárcel, sin lograr convencer a las autoridades de que mi grito para nada influyó en la muerte de tan preclaro varón, definitivamente fusilado un siglo antes de que yo lo proclamara.  Por celebrar unas Panateneas y salir a las calles de Quiroga envuelto en una sábana y coronado de flores, como un auténtico ateniense, me impusieron ocho días de barrer la plaza; y otros ocho de faena, por haber expresado mis deseos de que estallara una revuelta para aplicar la ley de Talión al Presidente Municipal, haciéndole barrer todo el pueblo sin más atavío que unas plumas en la cabeza, tocado que le correspondía de derecho por ser un salvaje. Por meterme a redentor de jumentos, un mes de cárcel. Explicaré a usted el caso, para dar respuesta a la pregunta que estoy leyendo en sus ojos: Un arriero, vecino mío, era dueño de un burrito al que medio mataba a palos. Condolido por la mala suerte del pobre animal, tomé la resolución de libertarlo de tan dura esclavitud, y con este fin rogué a su dueño que me lo alquilara para hacer un viaje a Pátzcuaro. En cuanto salimos al camino real, dije al humilde pollino: la única forma de que cambie tu suerte es que te vayas con el primero que pase. El burro accedió, lanzando un sonoro rebuzno, y yo lo vendí a unos arrieros en doce pesos, sin la patente respectiva. Al regresar a Santa Clara, el inhumano alquilador preguntome por su burro, y yo le contesté: —Haga cuenta que el desdichado animalito murió para usted —pero el sujeto hizo cuentas y más cuentas, y metiéronme en la cárcel dizque por robo. Fui a dar unos ejercicios espirituales al pueblo de Opopeo, usando dignamente la sotana de Joaquín mi hermano, y con el noble fin de colectar limosnas para nuestras misiones en el Japón. Probé mi elocuencia catequizadora en beneficio de ovejas descarriadas, movido tan sólo por el ansia de hacer el bien, y como pago a tanta generosidad, un mes de cárcel y la devolución inmediata de lo recaudado, en virtud de que Nuestra Santa Madre la Iglesia nunca pierde, y cuando pierde arrebata, como Jalisco. ¡Resultaron estériles mis rosarios con dedicatoria para la Virgen María; inútiles mis sermones! Y anote usted esta coincidencia irritante: glosando las palabras del Evangelio, que dicen:  Os llamé como la gallina llama a sus polluelos para cobijaros debajo del ala, y no vinisteis, ¡zas!, los que vinieron fueron los gendarmes y me bajaron del púlpito, sin ningún respeto a mis hábitos religiosos. Así es sobajada en este mundo la virtud. Una vez, convinimos con Jesús el panadero en cambiar un gallo por una gallina. Le llevé mi gallo, recogí su gallina, y porque me la comí en mole, cinco días de arresto. —Pero, Pito Pérez, este castigo parece el más injusto, y no veo el dolor por ninguna parte. —Así lo estimo yo también, aunque debo explicarle cómo estuvo el negocio: Oí decir a Jesús el panadero que tenía muchas gallinas y que necesitaba un gallo para satisfacer el harén. Le propuse que yo le daría uno de mis gallos a cambio de una de sus gallinas, y él aceptó sin inquirir las señas particulares del incógnito Don Juan de capa y chambergo de plumas. Lo único que preguntó fue si ya cantaba el animalito, a lo que contesté que sí. Al filo de la media noche apresté mi pito y me dirigí al callejón en donde vive Jesús. Estuve junto a su puerta desgranando lo mejor de mi repertorio: motivos populares, algún trozo de música selecta y el Quitollis de la misa de Mercadante. Pasaron por la calle unos aprendices de trasnochadores, se detuvieron a oírme, y aseguró uno de ellos que el Quitollis que yo tocaba, era la Perjura del Presidente Lerdo de Tejada. Guardé el instrumento, salté la cerca del corral de Jesús, y eché mano a la primera gallina adormilada, brincando nuevamente a la calle, con la polla bien cogida. Al abandonar el sitio, dejé a Jesús esta canción, como tarjeta de visita: Adiós, te digo, tocayo, antes de volver la esquina ya me llevo tu gallina y aquí terminó mi gallo.  Discurrió Jesús que yo no había cumplido legalmente el trato, y el juez condenome a pagar la gallina, sin tomar en cuenta el valor de mi “gallo”. En otra ocasión, mientras tomaba un plato de menudo en un portal de Jiquilpan, dije en voz alta que en aquel pueblo no tenían agua, al grado de que ponían el cocido con aguardiente y se lavaban las manos con cerveza. Por eso me llevaron a la cárcel. Pero sucedió que al exponer mi delito al prefecto, que era un señor don Enrique Farías, muy hidalga persona, exclamó lanzando una carcajada: — ¡Hágamela buena, amigo! Y ordenó mi inmediata libertad. De la cárcel de Yuriria recuerdo un episodio trágico, de esos que los escritores emplean para escribir novelas que ahora se llaman de psicoanálisis y que antes se conocían por culebrones. Andaba yo peregrinando por los pueblos y rancherías de aquella región, pidiendo ayuda a las almas cristianas para construir un templo en el Monte Líbano, cuando al pasar por Yuriria, del Estado de Guanajuato, fui detenido en virtud de que el Presidente Municipal recibió un exhorto que decía: “Aprehenda Jesús Pérez Gaona, falso misionero, hácese pasar fraile carmelita. Señas particulares: entiende sobrenombre Pito Pérez. R. Iturbide, Presidente Municipal de Morelia.” En la cárcel de Yuriria conocí a un preso a quien temían los demás por su carácter violento y vengativo. Llamábase Rosendo, y amén de otros delitos de sangre que había cometido, purgaba una condena por haber asesinado a un hombre que se atrevió a cobrarle la pastura de una vaca, unos veinte centavos a lo sumo. Pero lo que asombraba a las gentes era la conducta que a raíz del homicidio siguió la amasia del muerto, una mujer callada y humilde a quien yo veía llegar a la reja de la cárcel, días tras día, con la comida de Rosendo.  Los otros presos me pusieron al tanto de esa historia: Poco tiempo después del crimen aquella mujer se presentó en la cárcel en busca del delincuente, como si le estuviera agradecida. Durante dos años, ella trabajó para sostener al preso, quien, al principio, pareció desconfiar de esa extraña conducta, pero tanta perseverancia y tanta ternura lograron disipar los recelos del hombre que, vanidoso como todos, aceptaba las cosas explicándoselas a su manera: —Esta infeliz debe haber padecido mucho con el finado, que en paz descanse, y yo de un tiro acabé con su penas. En la época en que estuve en dicha cárcel, Rosendo arregló salir de ella bajo fianza. Su defensor fue a buscarlo, y rondando la reja, vimos a Apolinaria con su vestido rojo de percal, sus zapatos nuevos y su rebozo azul de pringas blancas, terciado sobre el pecho. Esperaba fielmente, como si Rosendo fuera su marido. De mano de éste recibió la cobija y echaron a andar rumbo a la casa de ella, de la manera más natural del mundo. El almuerzo bien sazonado; después la cama humilde, pero incitadora. La mujer se dejó conducir a ella sin prisas ni desasosiegos. Una luz dulce manaba de sus ojos y una sonrisa triste de sus labios. Cerraron las puertas y se hizo esa obscuridad en donde sólo el dios vendado ve. De pronto, un grito terrible escapó de la casa, conmoviendo a los vecinos. — ¿Qué ha pasado? ¿De dónde saldría ese alarido espantoso? En el instante mismo en que a Rosendo estremecía el escalofrío del espasmo, la mujer abrió cautelosamente una navaja de afeitar, y con ella cercenó, de un solo tajo, las partes victoriosas del macho, a quien la policía encontró desnudo y muerto. Apolinaria lo veía con aquella luz dulce que manaba de sus ojos. —Ya cumplí la promesa que hice a mi difunto —exclamó con serenidad—, ahora llévenme… He visitado muchas cárceles, por borracho, por músico, por misionero, y una sola vez por tonto: ésta es la única que escuece mi conciencia.   Llegué a Ario de Rosales en busca de trabajo. Me ofrecí como boticario, como barbero, como sacristán, rondé los juzgados para ver si alguien necesitaba presentar alguna demanda: todo inútil. O mi persona, a simple vista no inspiraba confianza, o el pueblo había adoptado esta doctrina americana: Ario para los arienses. El señor Medal, propietario de una botica, era dueño, además, de un salón de billares, y a éste fui a parar esperando que saliera algún pichoncito a quien sacarle un peso. Porque yo soy buen carambolista, de esos que juntando las bolas en un rincón de la mesa, hacen sus tiros de treinta, asegurando que aquella es la primera vez que toman un taco. —Oiga —me dijo el dueño de la botica—, ¿es usted el que vino en la mañana en busca de trabajo? Pues si sabe escribir y tienen alguna ilustración, le puedo dar empleo. —He pendoleado todas las formas de letras y he leído La Ilustración Española y Americana: con que usted dirá si sirvo para algo. —¿Ha tenido algunas actividades periodísticas? —He sido subscriptor gratuito de Flor de Loto, de Morelia. —Pues le voy a dar dos pesos diarios para que sirva de administrador responsable de un periódico quincenal, que saco cada tres meses. Precisamente mañana echo fuera el número 2; así es que dígame si le conviene. —Acepto —contesté. Al siguiente día volvía a la botica para recibir las instrucciones de mi nuevo jefe, quien me dio mis dos pesos, previo recibo provisional, y me mandó a conocer el pueblo para que me fuera empapando, según dijo, en las necesidades de los vecinos. Después de conocer las calles, fui a instalarme en una luneta de la plaza, a donde momentos después llegó el comandante de la policía, diciéndome que el Jefe Político quería verme. Entramos en la oficina y el prefecto me interrogó, agitando un periódico que tenía en la mano: — ¿Es usted el responsable de este pasquín? —Y el Admor. al mismo tiempo —le dije en abreviatura.   — ¡Sinvergüenza, quiere usted hacerse, además, el gracioso! ¡Pues a la cárcel, no sin que antes y en mi presencia se trague usted este papelucho! Hizo que me comiera el periódico, masticándolo sabrosamente, lo mismo que si se tratara de un delicioso manjar. Supe después que el boticario utilizó mi persona como responsable del periódico y que, en aquel número, ponía de oro y azul al Jefe Político, llamándole asesino y ladrón, entre otras lindezas. ¡Todo por dos pesos diarios que me prometió, pero de los que no volví a ver ni el filo de una moneda, como justo castigo de mi estupidez! Una cuaresma pasé metido en aquella cárcel, aunque no me correspondía toda entera, pues firmaron mi boleta de libertad para el domingo de Ramos, pero como con los presos habíamos organizado una Semana Santa de bulto, y yo desempeñaba en ella el papel de Nuestro Señor Jesucristo, quise apurar el cáliz de la amargura hasta las heces y me quedé en la cárcel para ser crucificado. En el pasaje de la cena, los doce presos que me acompañaron parecían verdaderos apóstoles, con sus barbas hirsutas, sus cobijas rotas y sus ojos tristes, desprovistos de toda esperanza. Lavé sus pies, en medio de una salva de estornudos, y de la galera grande salimos al patio, entoldado de luna, para que me aprehendieran en el Huerto de los Olivos. Un sueño alcohólico invadió a mi séquito, que no pudo ver a Judas en el momento de darme el beso traidor, ósculo simulado nada más, pues negose a dármelo el recluso que hacía el papel, alegando que no era maricón. —Levántense ya —ordené con voz estentórea. San Pedro se levantó, el primero, y sacando el machete tiró un tajo al criado del Sumo Sacerdote, quien reculando prontamente exclamó: —¡Jijo, por nada me tizna! Lleváronme de Herodes a Pilatos, que no pudo lavarse las manos, en primer lugar, porque era manco, y en segundo, porque no había jofaina.   Cantó el gallo las tres veces y Pedro no quiso negarme, gritando, hecho una furia: —¡Yo conozco a mi cuate, y no me le rajo! ¡Los mexicanos semos muy hombres! Llegó la hora del suplicio, me despojaron de mis ropas, que se perdieron de verdad, y atáronme fuertemente a una cruz. A Dimas y a Gestas no los crucificaron porque no había cruces, pero se les amonestó que permanecieran haciendo guardia cerca de mí, con los brazos abiertos. Dimas era un administrador de correos, desfalcado y lleno de hijos, y Gestas un heroico borrachín cuyas medallas le salían al rostro en forma de pústulas de todos colores. Y las siete palabras brotaron serenas de mis labios: “¡Padre, castígalos; se hacen que no saben lo que hacen!” “En verdad te digo que hoy estarás conmigo en el paraíso (si logras escaparte de chirona)”. “¡Mujer, he allí a tus hijos! ¡Hijos, ¿por qué os mentáis tanto a vuestras inocentes madres?” “Elí, Elí, ¿por qué nos habéis abandonado en esta triste mazmorra?” “Sed tengo.” (“Yo pago una cerveza para el Señor”, dijo San Pedro, desabrochándose prontamente la víbora). “¡Los tiempos han cambiado: no sólo de la palabra de Dios vive el hombre…” Mirando las botellas vacías que rodaban por el suelo, exclamé acongojado: “¡Todo se ha consumido!...” Las cuerdas molestaban mis brazos y érame imposible por más tiempo aquella postura. Comencé a decir en voz alta: “Descuélguenme, ya estoy cansado; bájenme, ¡no recito más!” Pero los presos reían de mi angustia y me daban la espalda con la misma indiferencia con que la humanidad ve morir a Jesús, pendiente del madero…   no volvió más a la torre, dejó trunco su relato, entretenido quizá en atisbar por el ojo de las botellas, con la ilusión de descubrir en su fondo otro mundo más generoso. ¿Lograría sorprenderlo, tras el claro cristal del vino? ¡Tal vez! Y por eso lo vimos rodar de tienda en tienda, con los zapatos hechos trizas y la melena sucia, coronada de flores…


(Continuará)




Thursday, November 09, 2017

No entiendo nada: Señores Arellano Hernández

Solicitud




Hoy, 11:25 a.m.

Respondiste el 09/11/2017 01:15 a.m..
(ESTA ES UNA SOLICITUD OFFTHERECORD)            
Estimada Elia Casillas,
Le escribo en relación a su blog de actualidad:


En concreto a un artículo:

En el nombran a los Sres. Erik Ernesto Arellano Hernández y Juan José Arellano Hernández, de forma un tanto despectiva como: “BESTIAS EMPRESARIALES” y pasa a relatar los tristes acontecimientos de Mel y la Sra. Mercedes en el tema de la venta de los vaqueros de laguna. Los hermanos Arellano si son familia de béisbol y tal como supongo ya sabrá para la siguiente liga están en trámite el traspaso de Vaqueros de Laguna.

Como bien sabrá la pasión por el béisbol de los hermanos Arellano les llevo a la presidencia de dos equipos de béisbol en México.
Los Leones de Yucatán de los cuales son presidentes desde el año 2014, y los Vaqueros de Unión Laguna en el 2016 (2017 venta de Vaqueros Laguna), uno de la conferencia norte y otro de la conferencia sur.
Ello les ha llevado a tener muchos amigos y muchos enemigos, tal como es la pasión del béisbol y la visceralidad de cualquier acontecimiento deportivo.

Por todo ello le solicitamos la cancelación de dicho artículo por ser información antigua sin ninguna repercusión actual y perjudicial para la reputación histórica de los Vaqueros de Laguna.

Rogamos atiendan esta solicitud lo antes posible Por tratarse de información perjudicial, obsoleta, y sin ningún tipo de repercusión mediática actual, solicitamos la CANCELACIÓN de la siguiente URL de su propiedad ubicados en el siguiente enlace:

Ya que para el inicio de la siguiente temporada los empresarios Arellano quieren centrarse únicamente en su equipo y los nobles valores del béisbol Mexicano.

No dude en contactarme si necesita más documentación o información al respecto,
Saludos cordiales.





Tuesday, November 07, 2017

La vida inútil de Pito Pérez V




—Y el amor, Pito Pérez, ¿ha sido con usted generoso, o ingrato? —Amigo, no ponga usted el dedo en la llaga, ni miente la soga en casa del ahorcado. El amor es la incubadora de todas mis amarguras; el espejo de todos mis desengaños. Ha influido en contra mía de tal manera, que otro gallo me cantara si en el amor hubiera encontrado estímulo para luchar por algo o por alguien. Dicen que tira más una mujer que una yunta de bueyes, lo creo pero conmigo han ensayado las mujeres su fuerza de repulsión y no la de atracción. Aquí, en la intimidad, confieso a usted mis culpas que, por otra parte, no son un secreto para nadie. Borracho y tramposo, el amor me hubiera regenerado, pero ese diosecillo impertinente jamás se acercó a mí con intenciones de redimirme, sino de escarnecerme. Con sus manos de niño inocente rompió todos los resortes de mi voluntad. ¿Qué voy por la vida sucio, greñudo, desgarrado? ¡Y qué importa si no tengo con quién quedar bien! ¿Que no trabajo? ¡Qué más da, si nadie tiene que vivir a mi costa! ¿Quién se ha interesado por mí con algún sentimiento afectuoso? Usted mismo, a quien estoy contando mi historia, ¿se ha preocupado por conocerme, por estudiarme con alguna indulgencia? No, usted quiere que yo le cuente aventuras que le hagan reír: mis andanzas de Periquillo o mis argucias de Gil Blas. Pero, ¿ya se fijó usted que mis travesuras no son regocijadas? Yo no soy de espíritu generoso, ni tuve una juventud atolondrada, de ésas que al llegar a la madurez vuelven al buen camino y acaban predicando moralidad, mientras mecen la cuna del hijo. No, yo seré malo hasta el fin, borracho hasta morir congestionado por el alcohol; envidioso del bien ajeno, porque nunca he tenido bien propio; malediciente, porque en ello estriba mi venganza en contra de quienes me desprecian. Nada pondré de mi parte para corregirme. Solamente los cobardes ofrecen enmienda, o se retractan, y yo no haré ni una ni otra cosa. La humanidad es una hipócrita que pasa la vida alabando a Dios, pretendiendo engañarlo con el Jesús en los labios y maldiciendo y renegando sin piedad del Diablo. ¡Pobrecito del Diablo, qué lástima le tengo, porque no ha oído jamás una palabra de compasión o de cariño! Los hombres son realmente aburridos, insoportables. Cuando se dirigen a Dios, lo hacen con fórmulas escritas para cada caso: Ayúdanos, Señor, danos el pan de cada día; ¡ten misericordia de nosotros!... Para librarse del dolor ocurren a Dios, como al dentista; pero para la disipación, buscan vergonzantemente al Diablo y se anegan en todas las delicias del pecado, sin que Satanás oiga alguna vez un ¡gracias, Diablo mío! Por el contrario, aún tiene que escuchar cómo los hombres, después del goce prohibido, dan gracias a Dios por el placer que obtuvieron. Yo no sé qué Fausto agradeciera al Diablo la juventud, el amor y el dinero que recibió de sus manos. El Diablo habita en círculos de sombras luchando contra el odio y la envidia, ajeno a toda caricia, a todo sentimiento de ternura. El Diablo no conoció calor de madre; Jesús nació de una virgen toda pureza, toda amor. El Diablo pudiera odiar el mal y amar el bien, pero no es dueño de su albedrío; él fue condenado a amar el odio y a odiar el amor, y jamás romperá su destino. Jesucristo murió una sola vez, con todos los dolores humanos; el Diablo padecerá, por los siglos de los siglos, sus suplicios y los que Dante le inventó. ¡Pobrecito del Diablo, qué lástima le tengo! —Pito Pérez, perdone que interrumpa sus disquisiciones diabólicas, pero estoy ávido de saber cómo fueron sus éxitos y sus desastres amorosos.   —Pues bien, ya que usted se empeña, voy a contarle cuántas veces y de qué manera el amor se ha burlado de mí, pero no espere hallar idilios engarzados en hilos de luna, con cartas extraídas de algún libro de Lamartine o de Víctor Hugo. Mis amores fueron de pueblo, vulgares, y el más profundo, el de mi niñez, murió en secreto, sin que el ser amado hubiera entendido mis declaraciones musicales. Ella vivía frente a mi casa y se llamaba Irene, ¡Irene!, lo más bonito de su persona. Era tres o cuatro años mayor que yo; alta, delgada, color de raja de canela, con unos senos que parecían dos peritas robadas y ocultas debajo del corpiño. En su casa pasaban grandes privaciones. El padre, un arriero sin hatajo; la madre molía chocolate para las tiendas. Irene solía llamar a la puerta de mi casa para pedir prestado, roja de vergüenza, un puñado de sal o un terrón de azúcar. Algunas veces iba descalza y viéndole los pies y el nacimiento de las piernas, despertáronse mis primeros pensamientos voluptuosos. Desde el zaguán de mi casa descubríase el interior de la suya: dos camas sin colchones, una mesa sin barnizar y un banco viejo, cargado de macetas rotas, por cuyos agujeros salían las flores como salen los dedos de los niños por un zapatito hecho pedazos. Todas las tardes, al oscurecer, Irene asomaba a su puerta, y el pito de Pito Pérez entonaba su amorosa canción: “Te amo en secreto, si lo supieras nunca me hirieras con tu desdén…” Ahora sí debe haberme comprendido —pensaba yo, al acostarme, dibujando en mi cerebro las dos peritas de San Juan, ocultas bajo la blusa, y aquellos pies desnudos que las piedras de la calle trataban con tanta crueldad.  Un año largo de pasión, un año de concierto y de miradas tiernas, sin resolverme a decir una palabra; pero llegaron las vacaciones y con ellas mis hermanos los colegiales, Joaquín, el que estudiaba para cura, y Francisco, el que pretendía ser abogado y resultó ser mi rival, pues una noche lo sorprendí besando a Irene, a quien como supe después, había besado ya en las vacaciones anteriores. Corrí al corral sollozando por la muerte de mi primer amor. Y mi hermano Joaquín entró en mi seguimiento: — ¿Lloras, Jesús? —me dijo. ¡Ya sé por qué! Llora cuanto quieras, que el amor se deshace con lágrimas… —¡Y dicen que la música doma a las fieras, Pito Pérez! —A las fieras, no lo dudo; pero las mujeres son torcazas cuyo corazón está defendido por una rodela de plumas que embota los dardos más venenosos. Ya escuchó usted el capítulo cursi de mi frustrado idilio; ahora vamos a la comedia que, entre risas y burlas, también rompiome un ala. Yo tuve un tío con tienda en la plaza, perilla a la Napoleón III, sombrero de copa y más tonto que el puño de un paraguas. Discúlpeme usted si paso por alto algún otro detalle de su filiación. Mi madre Herlinda habló con mi tío para que yo entrara a su tienda como dependiente. Él accedió después de largarme una filípica sobre la honradez, insinuando que la mía andaba en tela de juicio desde el robo al Señor del Prendimiento, y agregó algunas consideraciones sobre el mérito y las ventajas del abstemio. Fui a la tienda, dispuesto a ser más honrado que San Dimas, el auténtico, y a no ingerir sino lo preciso para mantener incorrupto el cadáver de mi última esperanza. Mis propósitos de honradez duraron hasta que supe que mi tío asignábame por único salario la comida, no muy abundante, por cierto. El trabajo era duro: hacíame poner en pie a las cinco de la mañana y caer rendido a las once de la noche. En cuanto a la bebida, me las compuse de manera de estar chupando todo el día,   en las propias barbas de mi tío, asegurando que lo que tomaba eran medicamentos que surtía en la botica, y para corroborar mi dicho, envolvía el pomo en papel oscuro y le pegaba las tibias y la calavera con que suelen señalarse las substancias venenosas. Para que el olor no me denunciara mezclaba al aguardiente algunas gotas de esencia de clavo. Consumía diariamente una botella de tal medicina, recordando a los enfermos de Urapa, en donde puse de moda tan original terapéutica. Por las noches las cucharadas se me subían a la cabeza y yo veía la tienda menos oscura y con ojos de piedad a los marchantes, al grado de que hacía correr en su favor el fiel de las balanzas. Los muy ladinos lo notaron y hacían cola para surtir sus despensas momentos antes de cerrar “El Moro Musa”, que era el nombre de nuestro establecimiento. Mi tío tenía varias hijas, tan diferentes entre sí como si hubieran sido de padres distintos: altas y rubias, morenas y bajas. Llamábase Chucha la más tostada de color; parecía una monita traviesa, sombreada de vellos y con unos dientes de ratón, blancos y menuditos. Aprovechando la circunstancia de que mi tío dormía las siestas, entraba Chucha al almacén, sonreíame coquetonamente y acercábase a don Prudencio, del que extraía sus dos o tres monedas de plata. Ella decía que tal contribución era para los pobres de la Conferencia, pero yo notaba que Chucha era la más bien vestida de mis primas y que nunca le faltaban cintas finas de vistosos colores en el pelo. Después de las sonrisas vinieron las conversaciones y las preguntas sobre los secretos de mi vida. El amor volvió a alcanzarme con una de sus flechas envenenadas, pero esta vez tuve el atrevimiento de confesarlo al objeto de mi pasión, aunque en un sitio desprovisto de toda poesía: en la trastienda, oliente a tabaco mije y a sobrón revenido. Con voz queda y temblorosa formulé mis amantes querellas: —Acércate, Chucha, yo te quiero…  — ¡Yo también te quiero, Pitito! Una tarde, atrenchilada con un tercio de salvado; intenté darle un beso. Ella retiró con presteza su boca y la mía le hizo cosquillas en el oído. — ¿Te duele alguna muela, Jesús? Hueles a esencia de clavo. ¡A esencia de borracho debí olerle, según la rapidez con que retiró su boca de la mía! Mis manifestaciones de cariño hacia Chucha y mis sacrificios por ella, aumentaron copiosamente: le guardaba las monedas de plata más nuevas que caían al cajón del dinero; compré un cepillo de dientes; reduje las cucharadas de alcohol a “cucharaditas” cafeteras, y no volví a rogarle que cuidara de la tienda cuando yo necesitaba visitar los apartados y malolientes rincones de la casa. ¡Oh, amor gozoso, pleno de abnegación! La enfermedad fue acentuándose hasta convertirse en un serio peligro, sobre todo para la estabilidad económica del negocio: A Ruperto “El Ocote”, quien tenía reputación de buen carpintero, le abrí trato para que me hiciera una cama de matrimonio, ancha y resistente, a cambio de clavos, cola y demás materiales de su oficio, de los que nosotros teníamos en existencia. Preguntome “El Ocote” con curiosidad: —¿Por qué quieres el catre tan fuerte? ¿Es que te vas a casar con doña Justina, la del mesón, que pesa once arrobas? Yo deseaba un lecho muy amplio para poder dormir a respetable distancia de la que iba a ser mi esposa, a fin de que no se diera cuenta de los olores de mi aliento, perfumado con tequila, mezcal, charanda y todas las esencias finas de la casa. Decía a Chucha, poniéndome serio: —¿Cuándo me das las medidas de tu ropa para mandar hacer las donas? Noche a noche proponíame hablar con mi tío para ponerlo al tanto de mis relaciones con su hija y pedirle su venia para el casorio; pero al hallarme en su presencia faltábame valor, impresionado por su perilla que le daba aspecto de retrato antiguo. En vista de que los días pasaban y no tenía valor de enfrentarme con aquella trinidad ingénita, compuesta por mi tío, mi patrón y mi suegro, decidí comisionar a don Santiago, nuestro vecino, para que, según costumbre en nuestra tierra, pasara a pedir la mano de Chucha. Don Santiago era un solterón rico y respetado, calvo y ventrudo como la mayoría de los ricos de pueblo. Don Santiago escuchó atentamente mi súplica y se hizo repetir varias veces el nombre de aquélla que iba a pedir: —Chucha, ¿no?, esa vivaracha, muy cantadora. La noche que convinimos presentose don Santiago a la petición de mano, muy limpio y rasurado y con su bastón de puño de cuerno en la diestra. En el colmo de la emoción olvidé mis propó- sitos de temperancia y, a boca de frasco, empiné no menos de un cuartillo de mezcal. Estirando las orejas rumbo a la sala, me pareció que la conversación tomaba un giro de cordial entendimiento. Hasta la tienda llegaban las risas de don Santiago y las de mi tío, cascadas y campanudas como de actor viejo. Llamaron a Chucha para que interviniera en aquella conferencia tripartita. “Ahora le estarán preguntando si me quiere —pensaba yo—, sufriendo de gozo; ahora, responderá ella tímidamente que sí; ahora le estarán diciendo los padres, como es costumbre, aunque no sea cierto, que la dejan en libertad para elegir esposo y le recordarán que en su casa no carecerá de cosa alguna, por si quiere desistirse del matrimonio; ahora, estarán señalando un plazo discreto para la boda”; y como si la realidad obdeciera a mi pensamientos, oí la voz de don Santiago que se despedía, dando las gracias, y vi entrar en la tienda a mi tío, sonriente y satisfecho. “Me va a decir algo cariñoso —pensé un poquillo cortado—, me va a abrazar”; pero fuese rumbo al comedor, con una botella en la mano, sin decirme cosa alguna. Después de cerrar la tienda salí a buscar todo anheloso a don Santiago, a quien hallé sentado en un equipal en la puerta de su casa y muy satisfecho, fumando un puro. —¿La dieron, don Santiago? —¡La dieron, hijo, la dieron! —¿Y qué plazo para la boda? —Ninguno. Pero debo advertirte una cosa, de poca importancia, esperando que no te molestará. Pedí la mano de Chuchita para mí, reflexionando que eres muy joven para echarte a cuestas semejantes obligaciones —y levantándose del equipal don Santiago me dio las buenas noches muy fino, y con la puerta en las narices. Cuando regresé a acostarme, todos los frascos de la tienda temblaron; las botellas tuvieron temor de ser violadas, los barriles creyeron llegada su última hora, hasta que, al fin, Baco se compadeció de mí y me durmió en sus brazos como en los de un padre cariñoso. En los días siguientes Chucha se hizo la desentendida, rehuyendo hablar de aquella cosa sin importancia. Entraba a la tienda, extraía los tostones del cajón del dinero y salía enseñándome, como antes, sus dientes blancos de monita inconsciente y traviesa. Pocos días después de la petición de mano, dijo mi tío que iría a Morelia al arreglo de algunos negocios y que yo quedaría al frente del establecimiento. Gozando de aquella libertad y del producto de las ventas, organicé bailecitos en los barrios apartados y comencé a fiar mercancías sin apuntarlas en ningún libro para no caer en la pichicatería de todo comerciante. Dios había tocado mi corazón y sentía, por primera vez, el regocijo de ser generoso con los necesitados. Los tramos de la tienda a medio vaciar, hablaban muy alto de mi desprendimiento, y yo miraba desaparecer sin dolor los bienes terrenales, embriagado por el deífico ejercicio de dar, o por el alcohol que ingería devota y abundantemente. Regresó mi tío de su viaje, y al mirar los armazones destartalados, frotose las manos satisfecho. —¿Qué ocurrió con las mercancías? ¡Por lo que veo, vendiste mucho! —Se han vendido, tío. El amo encaminose derechamente al cajón de las ventas, y al hallarlo vacío preguntó con cierta inquietud: —¿En dónde está el dinero?  —Se acabó en dar vueltos, señor —contesté modestamente, intentando ocultar mis buenas acciones porque, como dice la Biblia: que no sepa tu mano izquierda lo que da tu derecha. Mi tío no quiso hacerse cargo del mérito de mi conducta, y temblándole de rabia la perilla, hecho un basilisco, corriome injustamente de su casa. Yo salí de ella omnia mecum porto, como hubiera dicho el padre Pureco. Di a Chucha por muerta, y cuando su recuerdo me importuna, aun ahora que ya es madre de muchos hijos, me visto con una levita negra y un sombrero de copa muy deteriorados, y voy al cementerio a llevarle flores, que deposito en una tumba imaginaria. Sé que Chucha se molesta cuando las amigas le dicen que Pito Pérez le lleva coronas a su sepultura. En cuanto a don Santiago, me ve pasar con ojos entristecidos por la envidia y murmura en voz baja: “¡Lástima que no sea verdad tanta belleza!...” Para que acabe usted de convencerse de que mi sino es desdichado en el amor, le contaré mi última aventura, que resultó tragedia salpicada de sangre. Doña Cliseria y su sobrina Soledad se sostenían de vender en el zaguán de su casa el maíz del diezmo. Por aquella época yo no tenía más ocupación que estudiar mi papel de Ermitaño en el drama de Zorrilla, “El Puñal del Godo”, que se iba a llevar a la escena para festejar el onomástico de un vecino pudiente del pueblo. A la hora de los ensayos se charlaba, se reía, se bebía y se contaban cuentos picantes. Por cierto que esta voz sentenciosa que tengo, la debo, en parte, a aquella representación, pues tomé tan a pecho mi papel que a su influencia teatralizáronse todos los actos de mi vida, perdiendo el sentido de la naturalidad. Recuerdo que en aquella velada silbó maravillosamente un trozo de ópera el padre Buitrón, y José Elguero recitó unos versos de su cosecha. Pero regresaré a mi Soledad y a su tía doña Cliseria. He oído decir que hay toros de bandera y que se llaman así porque dan un juego brillante en todos los tercios. Doña Cliseria era uno de esos toros y llegaba a la suerte final con mucho empuje y muy altos los pitones.  Soledad, su sobrina, heredaba los arranques de la tía, y alegre y coqueta, pasábase la vida con el cigarro en la boca y punteando la guitarra. Cuando me veía pasar frente a su casa, gritábame con su natural desparpajo: —Pito Pérez, ven. Te damos una copa y te cantamos una canción si nos haces la cuenta del maíz vendido esta semana. Y yo no sólo ponía en claro los números, sino que despachaba la clientela, cuarterón tras cuarterón, con tal de que Soledad siguiera tocando y cantando. La pierna cruzada descubría el nacimiento de la pantorrilla, y al apoyar la sétima en el pecho, éste se ponía de relieve como un dúo de la inquietante partitura de “La Traviata”. Cierta ocasión, no pudiendo resistir por más tiempo la duda atormentadora de saber si aquellas exuberancias eran auténticas, extendí una mano y la puse encima del corazón de Soledad, que por no dejar de ensayar un acompañamiento difícil, no se retiró. —Espera, Pito, que ya va a salir la segunda. Y en efecto la segunda salió a la perfección. Desde aquella fecha; ¡qué existencia tan plácida, sin inquietudes ni deseos! ¡Tocatas armoniosas, canciones lánguidas, románticas, tristes, de ésas que hacen llorar sin saber por qué! Y como en casa de doña Cliseria me daban de comer, creí que, de pronto, me había vuelto rico y que los granos de maíz que llenaban aquellos cajones, eran monedas de oro relucientes, mediecitos antiguos con los que jugaban mis manos avarientas. Pero un día —¡dichoso día!— desapareció la guitarra. Soledad no salió de su cuarto y doña Cliseria me dijo con una franqueza que no me dejó formular ni el más leve reparo: —No vuelvas por aquí, Pito Pérez. Soledad se casa con el nuevo receptor de rentas, que tiene celos de tu persona. Digno y caballero, ya no volví a pasar ni por la calle. Leyéronse las amonestaciones, y llegó la fecha de la boda. Desde lejos seguí el cortejo de los novios rumbo a la iglesia y los vi regresar ya casados: ella, sin levantar los ojos del suelo, con un  recato de novicia, y él, limpiándose el sudor y bufando como un buey uncido a una carreta. En la casa del padrino había comelitón y bailecito, y yo decidí presentarme en la fiesta para comer una vez a expensas del novio, ya que tanto tiempo había comido a costa de la novia. El banquete era de los buenos: de tres sopas y tres dulces, y la concurrencia de lo más distinguido del pueblo. Hasta mi prima Chucha estaba allí con su venerable don Santehago, como ya comenzaban a decirle los maliciosos. La música de Hilario tocaba polcas y chotis, y la del Pedregoso, sones de la sierra. —Ándele, maistro, échese un valsecito —decían al director de esta música. —No puedo porque vengo templado pa’ jarabe. Antes de que los invitados se acomodaran en la mesa, repartieron vasos de un coyote trepador. Mezcla de catalán, de jerez y de otras mixtelas. Yo me acomodé en el extremo de la mesa, confundido con las gentes de poca importancia y procurando tapar, hasta donde fuera posible, las palideces agonizantes de mi traje. Llegó la hora de los brindis y habló el señor cura, con una sonrisita provocadora, que salía desde el fondo de su vaso de cariñena: Creced y multiplicaos, hijos míos. Después tomó la palabra el Secretario del Ayuntamiento, elogiando la juventud esplendorosa del novio y la inocencia de la virgen que llegaba vestida de blanco al himeneo. Al terminar el secretario, me puse de pie improvisando estos malos versos: “El pueblo lo felicita por la mujer que se lleva. Es dadivosa, bonita, diligente, y casi nueva. Tiene un lunar en el pecho, barbas en las pantorrillas. Y verá usted, satisfecho,   que ya no tiene cosquillas. Le huelen mal los sobacos, si seguido no se baña. Al fin de los arrumacos gime, muerde, grita, araña…” El novio se puso de pie con la cabellera alborotada, los ojos echando chispas, y cogiendo una botella de sobre la mesa, me la tiró con tal tino que, dándome con ella en la frente, me hizo rodar por el suelo bañado en mi propia sangre. Los comensales abandonaron la mesa, los músicos irrumpieron en la sala tocando sus instrumentos, y en medio de tanto alboroto, según oí referir después, sólo don Santehago reía, pensando, quizá con razón, que él escapó el día de su matrimonio de un brindis topográfico semejante. Mi suerte de amador ha sido muy infortunada. Recordando todas mis desgracias me vienen a la memoria estos versos populares, aunque no sinteticen mi vida al pie de la letra: “¿Qué favor le debo al sol por haberme calentado, si de chico fui a la escuela, si de grande fui soldado, si de casado cabrón y de muerto condenado? ¿Qué favor le debo al sol por haberme calentado?”


(Continuará)