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Saturday, May 27, 2017

Una zona sagrada: Carlos Fuentes



Las sirenas no le cantaron. La nave perdida pasó en silencio frente a las islas encantadas; la tripulación sorda imaginó esa tentación. El jefe amarrado dijo haber escuchado y resistido. Mintió. Cuestión de prestigio, conciencia de la leyenda. Ulises era su propio agente de relaciones públicas. Las sirenas, esa vez, solo esa vez, no cantaron: la vez que la historia registró su canto. Nadie lo sabe, porque esas matronas de escamas y algas no tuvieron cronistas; tuvieron otros auditores, los fetos y los cadáveres. Ulises pudo pasar sin peligro, Ulises solo deseaba protagonizar antagonizando: siempre, el pulso de la agonía; nunca, el canto de las sirenas que solo es escuchado por quienes ya no viajan, ya no se esfuerzan, se han agotado, quieren permanecer transfigurados en un solo lugar que los contiene a todos.






Pedro Páramo, película de Carlos Velo [español]

Thursday, May 25, 2017

La Dama Oval: Leonora Carrington



Una dama muy alta y muy delgada se hallaba de pie delante de su ventana. La ventana era también muy alta y muy delgada. El rostro de aquella dama era pálido y triste. Permanecía inmóvil y nada se movía cerca de la ventana, excepto una pluma de faisán que llevaba prendida en sus cabellos. Aquella temblorosa pluma atraía mi mirada. ¡Se remecía tanto en aquella ventana donde nada se movía! Era la séptima vez que yo pasaba por delante de la mencionada ventana. La dama triste no se había movido y, a pesar del frío que hacia aquella tarde, me detuve. Tal vez los muebles eran tan altos y delgados como ella junto a su ventana, y tal vez el gato (si es que había uno) respondía también a tales elegantes proporciones. Yo deseaba saber, era presa de curiosidad y de un irresistible deseo de entrar en la casa simplemente para cerciorarme. Antes de caer en la cuenta de lo que hacía, me hallaba en la entrada. La puerta se cerró sin ruido detrás de mí, y por primera vez en mi vida me hallé en una verdadera mansión aristocrática. Era sobrecogedor. Primero, el silencio era tan distinguido que apenas me atrevía a respirar; luego, los muebles y los objetos de adorno eran de una elegancia suma. Cada silla era por lo menos dos veces más alta que las sillas corrientes y mucho más angosta. Para aquellos aristócratas, hasta los platos eran ovales y no redondos como los que usa todo el mundo. En el salón donde se hallaba la Dama Triste el fuego brillaba en la chimenea y había una mesa llena de tazas y pastelillos. Cerca de las llamas, una tetera esperaba tranquilamente que su contenido fuese bebido.
Vista de espaldas, la Dama parecía aún más alta: tenia, a lo menos, tres metros de altura. El problema era éste: ¿cómo dirigirle la palabra? ¿Decirle que hacia un tiempo de perros? Demasiado trivial. ¿Hablar de poesía? ¿De qué poesía?
– Señora, ¿le gusta a usted la poesía?
– No. Detesto la poesía -me contestó con una voz de fastidio, sin volverse hacia mí.
– Beba una taza de té; esto la tranquilizará.
– No bebo, no como. Lo hago para protestar contra mi padre, ese cochino.
Tras un cuarto de hora de silencio, ella se volvió y quedé sorprendida al advertir su juventud. Debía tener unos dieciséis años.
– Es usted muy alta para su edad, señorita. Cuando yo tenía dieciséis años, mi estatura era la mitad de la suya.
– ¡Me importa un cuerno! De todos modos, sírvame un poco de té, pero no lo diga a nadie. Tal vez tome uno de esos pastelillos, pero recuerde sobre todo que no debe decir nada.
Comió con un voraz apetito. Antes de engullir el vigésimo pastelillo, me dijo:
– Aunque me muera de hambre, él no ganará nunca. Desde aquí veo el cortejo fúnebre con sus cuatro gordos y relucientes caballos…, marchando lentamente, y mi pequeño ataúd blanco en medio de una nieve de rosas rojas. Y la gente llorando, llorando…
Tras una corta pausa, continuó, sollozando:
– ¡Aquí está el pequeño cadáver de la bella Lucrecia! Y, una vez muerta, ¿sabe usted?, no hay nada que hacer. Tengo deseos de matarme de hambre, sólo para jeringarlo. ¡Qué cerdo!
Dichas las anteriores palabras, salió lentamente de la estancia. La seguí.
Al llegar al tercer piso, entramos en una inmensa habitación destinada a los niños, donde, esparcidos por todas partes, se velan centenares de juguetes descompuestos y rotos. Lucrecia se acercó a un caballo de madera inmovilizado en actitud de galope, a pesar de su edad, que debía frisar en los cien años.
– Tártaro es mi preferido -dijo ella, acariciando el belfo del caballo-. Detesta a mi padre.
Tártaro se meció graciosamente sobre su balancín mientras yo me preguntaba cómo podía moverse solo. Lucrecia lo contempló, pensativa y unidas las manos.
– Irá muy lejos de esta manera -dijo-. Y cuando regrese, me contará algo interesante.
Al mirar hacia fuera, advertí que nevaba. Hacía mucho frío pero Lucrecia no se daba cuenta de ello. Un ruidito en la ventana llamó su atención.
– Es Mathilde -dijo-. Hubiera tenido que dejar abierta la ventana. Por otra parte, una se ahoga aquí.
Tras eso, rompió los cristales y la nieve entró junto con una urraca que, volando, dio tres vueltas por la habitación.
– Mathilde habla como nosotros; hace diez años le partí la lengua en dos. ¡Qué hermosa criatura!
– ¡Hermosa criatura! -graznó Mathilde, con voz de bruja-. ¡Hermooosa crrrriaturrrrra!
Mathilde se posó en la cabeza de Tártaro, que continuaba balanceándose dulcemente, cubierto de nieve.
¿Has venido para jugar con nosotros? -preguntó Lucrecia-. Estoy contenta, porque me aburro mucho aquí. ¿Y si imagináramos que todos nos hemos convertido en caballos? Yo voy a transformarme en caballo con nieve; esto será más verosímil. Tú, Mathilde, también eres un caballo.
– ¡Caballo! ¡Caballo! ¡Caballo! -graznó Mathilde, bailando histéricamente sobre la cabeza de Tártaro.
Lucrecia se arrojó a la nieve, que ya tenía mucho espesor, y se enroscó dentro de ella, gritando:
– ¡Todos somos caballos!
Cuando se levantó el efecto era extraordinario. Si yo no hubiese sabido que era Lucrecia, hubiera jurado que se trataba de un verdadero caballo. Era tan bello, de una blancura tan cegadora, con sus cuatro finos remos como agujas y una crin que caía en torno a su larga cara como si fuese agua. Reía, alegre, bailando locamente en la nieve.
– ¡Galopa, galopa, Tártaro! Pero yo seré más veloz que tú.
Tártaro no cambiaba de velocidad, pero sus ojos centelleaban. Sólo se velan sus ojos, porque estaba cubierto de nieve.
Mathilde chillaba y se golpeaba la cabeza contra los muros. Yo bailaba una especie de polka para que el frío no se apoderase de mi cuerpo.
De pronto, advertí que la puerta estaba abierta y que en el umbral se encontraba una vieja. Estaba allí seguramente desde hacía mucho rato, sin que yo hubiese reparado en ella. La vieja miraba a Lucrecia con ojos fijos y perversos. De repente, temblando de furor, gritó:
– ¡Deteneos! ¿Qué es eso? ¡Vaya, señoritas! Lucrecia, ¿no sabe usted que este juego está estrictamente prohibido por su padre? ¡Ridículo juego! Ya no es usted una chiquilla.
Lucrecia bailaba moviendo peligrosamente sus cuatro piernas cerca de la vieja, al tiempo que lanzaba penetrantes carcajadas.
– ¡Deténgase, Lucrecia!
La voz de Lucrecia era cada vez más aguda, se desternillaba de risa.
– Bueno -dijo la vieja-. ¿No me obedece usted, señorita? Bueno. Entonces, lo lamentará. Voy a conducirla ante su padre.
Tenía una mano oculta detrás de su espalda, pero con una rapidez insólita en una persona tan anciana, saltó sobre Lucrecia y le puso el freno en la boca. Lucrecia se lanzó al aire, relinchando de rabia, pero la vieja no se apeó. Seguidamente, nos agarró a mi por los cabellos y a Mathilde por la cabeza, y los cuatro nos vimos lanzados a una furiosa danza. En el corredor, Lucrecia empezó a cocear y rompió cuadros, sillas y jarrones de porcelana. La vieja estaba pegada a la espalda de Lucrecia como un molusco a la roca. Yo estaba llena de heridas; creí muerta a Mathilde: colgaba lamentablemente de la mano de la vieja como un trapo.
En medio de una verdadera orgía de ruidos, llegamos al comedor. Sentado al extremo de una larga mesa, un anciano caballero, más semejante a una forma geométrica que a otra cosa, terminaba de comer. Bruscamente, una calma absoluta se estableció en la habitación. Lucrecia miró a su padre con los ojos hinchados.
– Entonces, ¿vuelves a las andadas? -dijo el viejo, cascando una nuez-. La señorita de la Rochefroide ha hecho bien en traerte aquí. Hace exactamente tres años y tres días que te prohibí jugar a los caballos. Es la séptima vez que te amonesto, y seguramente estás enterada de que el número siete es el último en nuestra familia. Me veo obligado, mi querida Lucrecia, a castigarte muy severamente.
La muchacha, bajo su forma de caballo, no se movió, pero las ventanas de su nariz palpitaron.
– Lo que voy a hacer es sólo por tu bien, pequeña -dijo el anciano, en voz muy baja. Y continuó-: Eres demasiado grande para jugar con Tártaro. Tártaro es para los niños. Por lo tanto, voy a quemarlo yo mismo hasta que no quede nada de él.
Lucrecia lanzó un grito terrible y cayó de rodillas.
– ¡Eso no! ¡Papa!
El anciano sonrió con gran dulzura y cascó otra nuez.
– Es la séptima vez, pequeña.
Lágrimas manaron de los grandes ojos de caballo de Lucrecia y cruzaron como dos riachuelos sus mejillas de nieve. La muchacha iba cobrando una blancura tan resplandeciente que era luz.
– ¡Piedad, papá, piedad! ¡No quemes a Tártaro!
Su voz aguda se hacía cada vez más delgada. Lucrecia estuvo pronto arrodillada en un lago de agua. Yo era presa de un miedo terrible de verla fundirse.
– Señorita de la Rochefroide, haga salir a la señorita Lucrecia -dijo el padre; y la vieja sacó de allí a la pobre criatura, mudada en un ser flaco y tembloroso.
Creo que él no había advertido mi presencia. Me oculté detrás de la puerta y oí al viejo subir a la habitación de los niños. A poco, me tapaba los oídos con las manos: unos espantosos relinchos se oían arriba, como si una bestia sufriese inauditas torturas…







Tuesday, May 23, 2017

Los hombres en el pantano: José Revueltas




 La cuestión era escuchar algo vivo, y todos esperaban que este anhelado acontecimiento se produjera una vez más, de cualquier modo y como fuese, después de las dos ocasiones, ya tan lejanas al parecer, en que había ocurrido y en que esto los hizo respirar con un alivio cínico, puro y ruin, ahí metidos como estaban, con el agua cenagosa hasta el pecho.
Tres insoportables días de infierno, de silencio enloquecedor, las dos patrullas enemigas una frente de la otra, absolutamente nada más vigilándose, pero con una vigilancia ciega, que no disponía sino tan sólo de los ruidos para orientar el fuego de sus armas en medio del espeso manglar.
La primera ocasión fue cuando el cabo Frank Robles, de Arizona, comenzó a chillar como un estúpido y en seguida una ráfaga de plomo japonés lo hizo callar para siempre. La segunda fue en el otro extremo del pantano --a muy corta distancia y también durante el primer día--, entre los juncos donde estaba el enemigo: alguien que no pudo reprimir un acceso de tos, por lo visto alguien delicado de salud y susceptible a los resfriados, de los que, después de esto, ya no tendría oportunidad de contraer jamás ningún otro. Los dos hombres habían lanzado al morir un alarido espantoso --el de Arizona y el japonés a su turno respectivo--, un alarido que pareció reconfortar, tonificar de igual manera a los dos bandos, en aquella lucha de silencios, de inmovilidad absoluta, que era peor que cualquier otra cosa del mundo.
Se trataba únicamente de oírse, de oírse nada más, y no importaba que el grito representara una baja japonesa o norteamericana, sino que todos supieran, mediante ese grito, mediante esa muerte, que cada uno de ellos no estaba solo ni muerto sobre la superficie de la tierra.
Tres días sin moverse, torturados por el hambre y el frío, sin que ninguno pudiera saber en qué lugar se encontraría su compañero más próximo, ni el enemigo, cada quien a solas, a solas con su vida y su cuerpo, sin nadie, cada quien con la conciencia de su propia soledad, cada quien víctima de la desvinculación, una desvinculación definitiva, total, envueltos en aquello sin sentido, sin lógica, que ya era algo más que la guerra, algo que estaba más allá de la guerra, y que sin embargo era la guerra, y era la sociedad, y eran los hombres, sólo que todo ello visto hasta lo más desnudo del ser, hasta lo más exacto de su desnudez.
De pronto se dieron cuenta de que el prodigio iba a repetirse. Sucedió que del lado americano --americano aunque todos ellos eran mexicanos de Texas, Nuevo México y California, unos veinte hombres en números redondos--, algún imprudente o loco se había movido, confiado tal vez en las sombras de la noche, agitando ruidosamente los juncos y produciendo un rumor asombrosamente claro, preciso, increíble ahí en el pantano, donde aquello significaba la muerte.
Los cuerpos se contrajeron bajo el efecto de una extraña perturbación enervante y ansiosa al escuchar el ruido extraordinario. Sabían lo que iba a ocurrir en seguida --la descarga del fusil automático del japonés, el aullido un tanto animal, pero no obstante humano, de su camarada, y tal vez lo que en el pantano hasta ese momento había sido improbable, una pequeña escaramuza, para volver de nuevo al silencio y la inmovilidad aterradores, por quién sabe cuánto tiempo más--, lo sabían perfectamente, pero saberlo no tenía importancia, puesto que ahí el carácter de los hechos era otro: los hechos no eran sino testimonios, un modo de vivir, un modo de atestiguarse cada uno a sí mismo con la muerte.
Joe Martínez pensó, después de conjeturar en las tinieblas la posible dirección del ruido, que bien podría tratarse del negro Smith, de Texas. «Con tal de que no sea Johnny», se dijo, pues Johnny también estaba en el pantano. Era su cuñado, un muchacho carpintero de Los Ángeles, que a la sazón debía tener dieciocho años. «Con tal de que no sea el pequeño Johnny». Recordó la alegre figura juvenil del muchacho cuando se gastaban juntos un montón de níqueles, durante la mañana entera de los domingos, para derribar aviones ficticios en los aparatos de juego de los establecimientos de Main Street. Hoy las cosas eran distintas, naturalmente.
Después del ruido sobrevino una amenazante, una abrumadora quietud, hasta que alguien, de tal manera próximo a Joe que éste pudo sentir el calor de su aliento, dijo en voz muy queda algo parecido a una frase como «¡hasta que por fin!», en que se notaba un singular descanso.
Del otro lado ya un japonés estaría tratando de orientar en las tinieblas su fusil-ametralladora, ya estaría moviéndose con la lentitud de un reloj de arena.
Joe clavó la punta de los pies en el fondo cenagoso de las aguas, del mismo modo como lo hacía de pequeño para ver, por encima de los hombros de alguien, un desfile militar en las calles de su pueblo, llamado Apaches, en Texas. Aun para él era una sensación dulce, feliz, la de saber que de un momento a otro aquello iba a producirse. «Esperen, no tarda», volvió a escucharse la misma voz quedísima. Las palabras permanecieron flotando en el aire negro de la noche. «Ahorita, en este minuto». Joe tuvo una duda inquietante. ¿No sería él mismo quien estaba hablando en voz alta sin darse cuenta? Se mordió los labios con fuerza, trémulo de ansiedad. No, desde luego, pues la voz ajena volvió a la carga. «¿Oíste eso, Joe? Esto va a ser muy distinto, va a resultar mejor de lo que imaginábamos. ¿Oíste bien, Joe? ¿Quieres jugarte una apuesta?» Joe no respondió. Sí, había escuchado el segundo ruido, el que vino después del crepitar de los juncos, un golpe disparejo, separado como en dos tiempos por una frágil intermitencia y, simultáneamente al golpe, apenas quizá un poco antes, aquella especie de grito inarticulado, ronco, igual que el gemido de un perro. Recordaba que en esa dirección le pareció ver por la mañana, pero de una manera demasiado fugaz para sentirse seguro, la figura del negro Smith.
La cuestión estaba clara: la forma indecisa del golpe y luego ese gemido como sin terminar, querían decir entonces --todos estaban seguros de que así era y experimentaban un íntimo regocijo indecible--, querían decir entonces que el japonés había fallado al primer intento; querían decir entonces que el japonés no quiso emplear su fusil automático; querían decir entonces que el ataque era con arma blanca. Con arma blanca, un hermoso cuchillo oriental o tal vez un legendario sable que habría pertenecido a alguno de los samuráis imperiales.
La lucha sería cuerpo a cuerpo, algo infinitamente más pujante, más intenso; en efecto, algo mejor de lo que esperaban: «¿Ahora, Joe, quieres cruzar la apuesta? Tú elige al nuestro, yo me quedo con el japonés. ¿Medio dólar?» Joe no quiso responder. Hacía esfuerzos por identificar esta voz que al mismo tiempo que lo trataba tan familiarmente le parecía de tal modo desconocida.
El negro Smith --bien, en caso de que se tratara realmente del negro Smith-- había lanzado eso que a Joe le pareció igual que el gemido de un perro, con la misma entonación de cualquier negro a quien sorprenden, digamos, en el momento de robar una caja de cerveza en alguna tienda del Downtown. O aunque no sea una caja de cerveza, sino lo que se quiera: de todos modos un gemido de negro acosado, desamparado, de negro perseguido y lleno de asombro. Se habría quedado dormido --esto es inevitable aquí, después de tanto tiempo sin dormir, pero hay que saber hacerlo como quien dice con un solo ojo--, y dormido fue cuando cometió la grandísima tontería de moverse, el muy bruto, y hacer ruido entre los juncos, para no despertar sino hasta que ya tenía encima al japonés. Entonces fue cuando se oyó esa cosa únicamente gutural, muy negra, muy de los negros que cantan con voz de bajo profundo, por lo que casi sin duda debía tratarse del negro Smith. Aquel gemido con seguridad estaba relacionado con su sueño; es decir, la irrupción del japonés debió ser parte del sueño, una culminación lógica del sueño, ya que en la realidad, como suele ocurrir cuando alguien sueña con un incendio y lo que pasa es que se durmió con el cigarro encendido y la almohada ha comenzado a quemarse y a lanzar humo.
Lo que habría soñado el negro Smith. Por ejemplo: viajaba en el autobús al que subiría para estar al abrigo del frío, esos autobuses de la Greyhound, con su clima artificial, calentito en invierno, y fresco en verano, ahí, instalado en la parte posterior donde deben sentarse los negros, muy calentito, pues aquí entre las aguas el frío era tremendo y un sueño así bien pudiera ser posible por fuerza del deseo. Pero tampoco en el autobús se sentía calor, sino l mismo hielo dentro de los huesos, hasta que un gigantesco gendarme golpeaba al pobre negro Smith con una macana, diciéndole que a ver si él lo haría entrar en calor a golpes, y era aquí cuando el negro Smith despertaba en el pantano ante la sombra del pequeño japonés que se le había echado encima. O quién sabe, ya que se pueden soñar muchas cosas, mil cosas distintas, aun en esos brevísimos segundos en que no es posible más y uno cierra los párpados, vencido, pero siempre para soñar escenas que de un modo o de otro tienen que ver con el pantano, con el fango, con los juncos, con los mosquitos, con los japoneses, con el hambre y el frío, como esos sueños de Joe siempre de frío, donde la marmita llena de ponche, a pesar de que deja escapar nubes de vapor mientras hierve sobre el fuego, en cuanto Joe la vierte en la taza sólo deja salir un líquido helado.
Al mismo tiempo Joe repasaba mentalmente, como paladeándolos, los ruidos que hasta ese momento se habían producido en el pantano: primero el crujir de los bejucos al peso de un cuerpo dormido que va cayendo con suavidad sobre ellos; después la extraña vocalización cavernosa dl hombre a quien se despierta de súbito, y en seguida, aquel golpe partido en dos, aquel golpe que yerra, igual que el acorde, con una disonancia sólo perceptible para el virtuoso.
Sonreía. Hermoso, todo aquello. Ésos no era ridículos cantos de pájaros, rumores de la selva, ni todo lo que habitualmente escuchaban en el manglar. Ésos eran hombres, ésos eran ruidos de hombres que se mataban igual que bestias, pero donde Joe encontraba su propia identidad sombría, la conciencia de cuya culpa personal se dibujaba cada vez más precisa en su mente como una adquisición cruel y necesaria, gracias a esta experiencia del pantano, gracias a esta experiencia embriagadora.
Se escuchó, inmediatamente después, algo más, ahora en el agua, un zambullirse de tal modo sutil, que parecía no serlo, tensamente silencioso. Todos se daban cuenta de que era el negro Smith, de que no era nadie más que el negro Smith, quien se escondía bajo el pantano para esquivar el ataque y sorprender al enemigo. Luego un silencio angustioso, en espera de escuchar en seguida el tableteo de la ametralladora.
Pero no, el japonés seguía sin disparar hacia el punto donde se oyó el ruido. Algo extraño, pero todos comprendían: significaba que los japoneses --y por tal razón tampoco sus enemigos-usarían ya en lo sucesivo sus armas de fuego; que de aquí en adelante la lucha iba a cifrarse, de un modo exclusivo, en esta cacería de lobos, al tacto, hasta el extremo de lo imposible el descubrimiento de sus posiciones. De súbito el silencio era otra clase de silencio, un silencio maravilloso, lleno de vida, de hazañas invisibles que se advertían en las tinieblas con una diafanidad y certeza matemáticas, que lo llenaban todo.
Se podía hasta pensar que eso no era la guerra, sino algún juego fraternal, porque aquellos dos grupos de seres, quietos y enemigos, hundidos en el pantano de alguna isla perdida en la inmensidad del Pacífico, ya no tenían ningún otro interés que el de no perderse un solo detalle de esta lucha viva que se libraba en las tinieblas, este concreto existir con el que los resucitaba el sigiloso, el apasionante combate entre el negro Smith y el japonés, la muerte, el modo peculiar de la muerte de cualquiera de los dos, y después, la muerte de cada uno de los que les seguirían.
Aquellos hombres habían reducido la guerra a sus elementos más simples, reales y descarnados, al de la guerra sin propósitos, al de la guerra pura, sin discursos patrióticos ni invocaciones a Dios; y la guerra, por su parte, los había llevado al otro lado de los límites del hombre, donde ya no eran seres reales, donde habían dejado de ser hombres y no podían encontrar ninguna otra manifestación de vida sino en la muerte; donde lo único humano y viviente que les quedaba en la existencia era el aullido de los que morían, y donde la única acción viva que les estaba permitida era la acción de matar.
«Lo bueno que no fue Johnny», se dijo otra vez Joe. La inexperiencia, la nerviosidad de Johnny, lo hacían temer a cada momento por el muchacho, y además estaban las súplicas que le hizo Paulina, con lágrimas en los ojos, acerca de que se hiciera cargo de él como si fuera su padre, ya que iban a estar juntos en la misma unidad del ejército.
Prestó mayor atención, con todos los sentidos alerta y un palpitar agudo, galopante, en las sienes, en el pecho, en la palma de las manos. En estos momentos el japonés buscaba en las aguas del pantano, sondeándolas con una suavidad imperceptible y una tibia dulzura, mediante algún objeto ancho --podría ser la culata de su fusil automático--, a guisa de remo, con quien boga en silencio, amorosamente, sobre la tersa superficie de un canal. Era una búsqueda fascinante, exquisita y fina, llena de encanto, exenta en absoluto de animadversión u odio. Lo encontraría. Iba a encontrar al negro, tarde o temprano, y en seguida lo destrozaría a cuchilladas, con una ternura violenta y silenciosa, en medio de la sólida y quieta oscuridad del manglar.
Pero si el negro salía bien librado de este mal negocio, Joe se lo preguntaría, no faltaba más, cuando ambos estuvieran otra vez en su hermosa Texas, con la vista fija en la inmensidad verde de los campos: «Dime, viejo Smith, maldito negro Smith, ¿qué soñabas allá --¿te acuerdas?--, cuando te pilló dormido aquel chapo del demonio? Siempre me imaginé que soñabas estar dentro de un autobús, muy a gusto, y de pronto ¡zas!, el japonés que te cae encima.» Reirían a carcajada abierta, ahí mismito, frente a las dulces y suaves praderas tejanas.
Porque, ¿qué se puede soñar cuando, después de no pegar los ojos en el pantano durante tres días, nos dormimos unos segundos y nos despierta el japonés con un golpe para darnos muerte? Aunque también el negro Smith podría haber soñado la realidad misma, eso era muy posible. Haber soñado que estaba ahí, dormido, y que de pronto caía sobre él un japonés al advertir su presencia en las tinieblas a causa de un movimiento falso provocado por una de esas convulsiones nerviosas del sueño. ¿Por qué no podría haber soñado el negro Smith lo que en realidad pasó?
Otra vez muy próxima a él, Joe volvió a escuchar esa voz desconocida, pero que le hablaba con tanta familiaridad. «Te aseguro, Joe, que ahora sí no escuchaste nada. La cosa ya terminó, sin un grito; de seguro el japonés apergolló al nuestro sin dejarlo sacar la cabeza del agua. Hubieras perdido la apuesta.»
Joe sintió algo muy extraño en las piernas.
Ahora, por fin, reconocía aquella voz que era la propia, inconfundible voz del negro Smith, que quién sabe por qué no habría podido reconocerla antes.
Pensó en Johnny. ¿Qué habría estado soñando Johnny?
Bien, de todos modos, le agradecía las hermosas, inolvidables sensaciones que le hizo experimentar con su pequeña muerte.










Mi Venezuela querida: Elia Casillas


   Mi Venezuela querida: recuerdo el café,  porque para mí, el café es un ritual, o porque tal vez, hago de el café un acontecimiento, no un rito común, sino un ritual divino. Había que ir a comprarlo a la Sabana Grande, un centro comercial parecido en aquél entonces, a la Zona Rosa de México. El local, era un lugar pequeño, pero se daba el lujo de tener a la venta el café y galletas, unas cuantas mesas le daban una gran personalidad al sitio. Ana de Moreno, su hija Jesica, Gabriela y yo íbamos a las tiendas, a veces, comprábamos, otras no. Los zapatos eran bellos y hechos en Caracas, también los jeans. Pero nuestro paraje preferido era la cafetería, yo compraba un kilo de café y varias bolsas con galletas, hechas por gente de la localidad. Al principio, mi única compañera en el café era Jesica, creo que tenía como dos o tres años, pero su olfato era fantástico, en cuando el aroma a café le llegaba, ella no dejaba en paz a Ana para que la llevara a mi departamento. Dicen que  la Sabana Grande ya no existe, o existe poco, igual que acá con la Zona Rosa. Seguido explotaban bombas y nos pedían que tuviéramos cuidado, ya que éramos extranjeros, sobre todo, que no lleváramos joyas puestas. Cuando Ana y Jesica llegaban, yo iba a servir las tazas con el café, ponía las galletas y empezábamos a platicar, los hermanos de Ana, Ramón Ramírez y Nicolás (seleccionados del fútbol de México) eran un tema inagotable, ella los ama, aunque Ramón siempre veló por todos, Nicolás también, pero, Ramón fue más famoso o tal vez, era el que más me gustaba a mí como jugador. En aquel tiempo, pertenecía al Club Chivas del Guadalajara. Él era medio campista, Nicolás delantero, creo.  El esposo de Ana; Jesús Moreno, es el segundo lanzador de un juego perfecto en la Liga Mexicana del Pacífico, por decir algo, ya que hizo una gran carrera en el béisbol de las dos ligas mexicanas. Vivíamos en los Departamentos Las Taparitas, el mío daba a una pequeña selva, así que las tardes lluviosas eran fenomenales en la terraza, el café era el mismo, pero la nostalgia cambia todo, hasta el mejor sabor, sabe a tristeza si uno piensa en su tierra. Cada día, nos trasladábamos a Catia la Mar, el pequeño puerto donde jugaban ellos (los maridos). Desde las montañas donde se encuentra Caracas, bajábamos por túneles al puerto, lo mismo hacíamos de regreso, pero ahora en subida. Al chofer del equipo y a los jugadores venezolanos les gustaban las canciones rancheras, y una vez, bailamos para ellos, ahí, en el camión, de vuelta a la capital. Las Taparitas estaban casi en el centro de la ciudad, de ahí que, salir a divertirnos no era costoso, eso sí, una vez encontramos un restaurante de comida mexicana y nos sacaron un realero (moneda venezolana: bolivar), debí decir bolivalero. La gente, inmediatamente nos reconocía por el acento, ellos quieren a nuestra cultura y saben tanto o más, del modo de vivir nuestro. El café (volviendo a la taza), era venezolano, el ritual de nosotros, y todas las tardes lo hacía a la hora que Jesica estaba despierta, no me iba a tomar yo sola tremenda jarra sin nuestras memorias, sin la familia que una vez me dio el béisbol y que aún conservo entre tanto relato, de esos que almacena el cerebro, de esos que nos pican de vez en vez.





Carlos Fuentes Entrevista a Fondo. 1977

Sunday, May 21, 2017

I CONCURSO NACIONAL DE NARRATIVA


¿Tienes algo escrito que merece ser publicado? Esta es tu oportunidad. Te invitamos a nuestro primer concurso nacional de narrativa. Las bases son:
1. Podrán participar todos los escritores de habla hispana.
2. Este año los interesados podrán participar:
a) Con una novela escrita inédita, en lengua española, que deberá tener como mínimo una extensión de 120 cuartillas y máximo 250.
b) O bien, con un cuento inédito que deberá tener como mínimo una extensión de 10 cuartillas y máximo 15.
3. Los trabajos deberán ser inéditos, enviando el archivo electrónico en Word con el título:
I CONCURSO NACIONAL DE NARRATIVA LUCOVA EDITORES (MÉXICO) al siguiente correo electrónico:
lucovaeditores@gmail.com, indicando el título de la obra y el seudónimo correspondiente.
4. Como los trabajos deberán aparecer suscritos con un seudónimo, se deberá enviar un correo aparte, con la una ficha que contenga el nombre, la dirección, el teléfono o celular y el correo electrónico del autor: gela_va@yahoo.com.mx.
5. La recepción de los trabajos queda abierta a partir de la presente convocatoria (1º. de abril de 2017), cerrándose el día 30 de septiembre de 2017.
6. No podrán participar los trabajos similares que hayan sido premiados en otros concursos, ni los que se encuentren comprometidos para su edición, hayan sido publicados, parcial o totalmente, o estén participando en convocatorias similares.
7. El ganador del concurso obtendrá un premio equivalente a la edición, publicación y distribución de 500 ejemplares de la obra bajo el sello de la editorial convocante, un diploma de reconocimiento y un premio económico de $5,000.00.
8. El 2º. y 3º. también recibirán un premio equivalente a la edición, publicación y distribución de 500 ejemplares la obra bajo el sello de la editorial convocante, un diploma de reconocimiento.
9. Los derechos patrimoniales de la obra ganadora y del 2º. y 3º. Lugar pertenecerán a la editorial convocante y por lo tanto, la obra no podrá participar en otros premios, salvo con la autorización expresa de la casa editorial.
10. La edición completa de la obra queda a cargo exclusivamente de la casa editorial. Por lo que cualquier cambio en el título o contenido de la obra queda a cargo de la misma.
11. El premio será único e indivisible; en caso de que fuera declarado desierto no se otorgarán menciones honoríficas.
12. El jurado calificador estará integrado por el consejo de administración de la casa editorial.
13. El fallo del jurado será inapelable.
14. El nombre de los tres primeros ganadores será dado a conocer a través de la página de Facebook de la casa editorial LUCOVA EDITORES (MÉXICO), el día viernes 19 de enero de 2018 y en la página de Internet de la misma.
15. La entrega del I CONCURSO NACIONAL DE NARRATIVA LUCOVA EDITORES (MÉXICO) se llevará a cabo en las instalaciones de la casa editorial, el viernes 26 de enero de 2018, a las 19 horas con un brindis de celebración.

¡Anímate! ¡Y buena suerte!




Noches blancas: Fiódor Dostoyevski






























Noche primera

Era una noche maravillosa, una de esas noches, amable lector, que quizá sólo existen en nuestros años mozos. El cielo estaba tan estrellado, tan luminoso, que mirándolo no podía uno menos de preguntarse: ¿pero es posible que bajo un cielo como éste pueda vivir tanta gente atrabiliaria y caprichosa? Ésta, amable lector, es también una pregunta de los años mozos, muy de los años mozos, pero Dios quiera que te la hagas a menudo. Hablando de gente atrabiliaria y por varios motivos caprichosa, debo recordar mi buena conducta durante todo ese día. Ya desde la mañana me atormentaba una extraña melancolía. Me pareció de pronto que a mí, hombre solitario, me abandonaba todo el mundo que todos me rehuían. Claro que tienes derecho a preguntar: ¿y quiénes son esos «todos»? Porque hace ya ocho años que vivo en Petersburgo y no he podido trabar conocimiento con nadie. ¿Pero qué falta me hace conocer a gente alguna? Porque aun sin ella, a mí todo Petersburgo me es conocido. He aquí por qué me pareció que todos me abandonaban cuando Petersburgo entero se levantó y salió acto seguido para el campo. Fue horrible quedarme solo. Durante tres días enteros recorrí la ciudad dominado por una profunda angustia, sin darme clara cuenta de lo que me pasaba. Fui a la perspectiva Nevski, fui a los jardines, me paseé por los muelles; pues bien, no vi ni una sola de las personas que solía encontrar durante el año en tal o cual lugar, a esta o aquella hora. Esas personas, por supuesto, no me conocen a mí, pero yo sí las conozco a ellas. Las conozco a fondo, casi me he aprendido de memoria sus fisonomías, me alegro cuando las veo alegres y me entristezco cuando las veo tristes. Estuve a punto de trabar amistad con un anciano a quien encontraba todos los días a la misma hora en la Fontanka. ¡Qué rostro tan impresionante, tan pensativo, el suyo! Caminaba murmurando continuamente y accionando con la mano izquierda, mientras que en la derecha blandía un bastón nudoso con puño de oro. Él también se percató de mí y me miraba con vivo interés. Estoy seguro de que se ponía triste si por ventura yo no pasaba a esa hora precisa por ese lugar de la Fontanka. He ahí por qué algunas veces estuvimos a punto de saludarnos, sobre todo cuando estábamos de buen humor. No hace mucho, cuando nos encontramos al cabo de tres días de no vernos, casi nos llevamos la mano al sombrero, pero afortunadamente nos dimos cuenta a tiempo, bajamos el brazo y pasamos uno junto a otro con un gesto de simpatía. También las casas me son conocidas. Cuando voy por la calle parece que cada una de ellas me sale al encuentro, me mira con todas sus ventanas y casi me dice: «¡Hola! ¿Qué tal? Yo, gracias a Dios, voy bien, y en mayo me añaden un piso. » O bien: «¿ Cómo va esa salud? A mí mañana me ponen en reparaciones.» O bien: «Estuve a punto de arder y me llevé un buen susto.» Y así por el estilo. Entre ellas tengo mis preferidas, mis amigas íntimas. Una de ellas tiene la intención de ponerse en tratamiento este verano con un arquitecto. Iré de propósito a verla todos los días para que no la curen al buen tuntún. ¡Dios la proteja! Nunca olvidaré lo que me pasó con una casita preciosa pintada de rosa claro. Era una casita adorable, de piedra, y me miraba de un modo tan afable y observaba con tanto orgullo a sus desgarbadas vecinas que mi corazón se henchía de gozo cuando pasaba ante ella. Pero de repente, la semana pasada, cuando bajaba por la calle y eché una mirada a mi amiga, oí un grito de dolor: «¡Me van a pintar de amarillo!» ¡Malvados, bárbaros! No han perdonado nada, ni siquiera las columnas o las cornisas; y mi amiga se ha puesto amarilla como un canario. A mí casi me dio un ataque de ictericia con ese motivo. Y ésta es la hora en que no he tenido fuerzas para ir a ver a mi pobre amiga desecada, teñida del color nacional del Imperio Celeste.
Así, pues, lector, ya ves de qué manera conozco todo Petersburgo.
Ya he dicho que durante tres días enteros me tuvo atormentado la inquietud hasta que por fin averigüé su causa. En la calle no me sentía bien -éste ya no está aquí, ni este otro; y ¿adónde habrá ido aquel otro?-, ni tampoco en casa. Durante dos noches seguidas hice un esfuerzo: ¿qué echo de menos en mi rincón? ¿Por qué me es tan molesto permanecer en él? Miraba perplejo las paredes verdes y mugrientas, el techo cubierto de telarañas que con gran éxito cultivaba Matryona; volvía a examinar todo mi mobiliario, a inspeccionar cada silla, pensando si no estaría ahí la clave de mi malestar (porque basta que una sola de mis sillas no esté en el mismo sitio que ayer para que ya no me sienta bien), miré por la ventana, y todo en vano..., no hallé alivio. Decidí incluso llamar a Matryona y reprenderla paternalmente por lo de las telarañas y, en general, por la falta de limpieza, pero ella se limitó a mirarme con asombro y me volvió la espalda sin decir palabra; así, pues, las telarañas siguen todavía felizmente en su sitio. Por fin esta mañana logré averiguar de qué se trataba. Pues nada, que todo el mundo estaba saliendo de estampía para el campo. Pido perdón por la frase vulgar, pero es que ahora no estoy para expresarme en estilo elevado.... porque, así como suena, todo lo que encierra Petersburgo se iba a pie o en vehículo al campo. Todo caballero de digno y próspero aspecto que tomaba un coche de alquiler se convertía al punto en mis ojos en un honrado padre de familia que, después de las consabidas labores de su cargo, se dirigía desembarazado de equipaje al seno de su familia en una casa de campo. Cada transeúnte tomaba ahora un aire singular, como si quisiera decir a sus congéneres: «Nosotros, señores, estamos aquí sólo de paso. Dentro de un par de horas nos vamos al campo.» Se abría una ventana, se oía primero el teclear de unos dedos finos y blancos como el azúcar, y asomaba la cabeza de una muchacha bonita que llamaba al vendedor ambulante de flores; al punto me figuraba yo que estas flores se compraban, no para disfrutar de ellas y de la primavera en el aire cargado de una habitación ciudadana, sino porque todos se iban pronto al campo y querían llevarse las flores consigo. Pero hay más, y es que había adquirido ya tal destreza en este nuevo e insólito género de descubrimientos que podía, sin equivocarme, guiado sólo por el aspecto físico, determinar en qué tipo de casa de campo vivía cada cual. Los que las tenían en las islas Kamenny y Aptekarski o en el camino de Peterhof, se distinguían por la estudiada elegancia de sus modales, por su atildada indumentaria veraniega y por los soberbios carruajes en que venían a la ciudad. Los que las tenían en Pargolov, o aún más lejos, impresionaban desde el primer momento por su prestancia y prudencia. Los de la isla Krestovski destacaban por su continente invariablemente alegre. Sucedía que tropezaba a veces con una larga hilera de carreteros que con las riendas en la mano caminaban perezosamente junto a sus carromatos, cargados de verdaderas montañas de muebles de toda laya; mesas, sillas, divanes turcos y no turcos, y otros enseres domésticos; y encima de todo ello, en la cumbre misma de la montaña, iba a menudo sentada una macilenta cocinera, protectora de la hacienda de sus señores como si fuera oro en paño. O veía pasar, cargadas hasta los topes de utensilios domésticos, barcas que se deslizaban por el Neva o la Fontanka hasta a río Chorny o las islas. Los carros y las barcas se multiplicaban por diez o por ciento a mis ojos. Parecía que todo se levantaba y se iba, que todo se trasladaba al campo en caravanas enteras, que Petersburgo amenazaba con quedarse desierto -y llegué al punto de tener vergüenza, de sentirme ofendido y triste. Yo no tenía adónde ir, ni por qué ir al campo, pero estaba dispuesto a irme con cualquier carromato, con cualquier caballero de aspecto respetable que alquilara un coche de punto. Nadie, sin embargo, absolutamente nadie me invitaba. Era como si se hubieran olvidado de mí, como si efectivamente fuera un extraño para todos.
Anduve mucho, largo tiempo, hasta que, como me ocurre a menudo, perdí la noción de dónde estaba, y cuando volví en mí acuerdo me hallé a las puertas de la ciudad. De pronto me sentí contento, rebasé el puesto de peaje y me adentré por los sembrados y praderas sin parar mientes en el cansancio, sintiendo sólo con todo mi cuerpo que se me quitaba un peso del alma. Los transeúntes me miraban con tanta afabilidad que se diría que les faltaba poco para saludarme. No sé por qué todos estaban alegres, y todos, sin excepción, iban fumando cigarros. También yo estaba alegre, alegre como hasta entonces nunca lo había estado. Era como si de pronto me encontrase en Italia -tanto me afectaba la naturaleza, a mí, hombre de ciudad, medio enfermo, que casi comenzaba a asfixiarme entre los muros urbanos.
Hay algo inefablemente conmovedor en nuestra naturaleza petersburguesa cuando, a la llegada de la primavera, despliega de pronto toda su pujanza, todas las fuerzas de que el cielo la ha dotado, cuando gallardea, se engalana y se tiñe con los mil matices de las flores. Me recuerda a una de esas muchachas endebles y enfermizas a las que a veces se mira con lástima, a veces con una especie de afecto compasivo, y a veces, sencillamente, no se fija uno en ellas, pero que de pronto, en un abrir y cerrar de ojos, sin que se sepa cómo, se convierten en beldades singulares y prodigiosas. Y uno, asombrado, cautivado, se pregunta sin más: ¿qué impulso ha hecho brillar con tal fuego esos ojos tristes y pensativos?, ¿qué ha hecho volver la sangre a esas mejillas pálidas y sumidas?, ¿qué ha regado de pasión los rasgos de ese tierno rostro?, ¿de qué palpita ese pecho?, ¿qué ha traído de súbito vida, vigor y belleza al rostro de la pobre muchacha?, ¿qué la ha hecho iluminarse con tal sonrisa, animarse con esa risa cegadora y chispeante? Mira uno en torno suyo buscando a alguien, sospechando algo. Pero pasa ese momento y quizás al día siguiente encuentra uno la misma mirada vaga y pensativa de antes, el mismo rostro pálido, la misma humildad y timidez en los movimientos; y más aún: remordimiento, rastros de cierta torva melancolía y aun irritación ante el momentáneo enardecimiento. Y le apena a uno que esa instantánea belleza se haya marchitado de manera tan rápida e irrevocable, que haya brillado tan engañosa e ineficazmente ante uno; le apena el que ni siquiera hubiese tiempo bastante para enamorarse de ella...
Mi noche, sin embargo, fue mejor que el día. He aquí lo que pasó:
Regresé a la ciudad muy tarde y ya daban las diez cuando llegué cerca de casa. Mi camino me llevaba por el muelle del canal, en el que a esa hora no encontré alma viviente, aunque verdad es que vivo en uno de los barrios más apartados de la ciudad. Iba cantando porque cuando me siento feliz siempre tarareo algo entre dientes, como cualquier hombre feliz que carece de amigos o de buenos conocidos y que, cuando llega un momento alegre, no tiene con quien compartir su alegría. De repente me sucedió la aventura más inesperada.
A unos pasos de mí, de codos en la barandilla del muelle, estaba una mujer que parecía observar con gran atención el agua turbia del canal. Vestía un chal negro muy coqueto y llevaba un bonito sombrero amarillo. «Es, sin duda, joven y morena», pensé. Por lo visto no había oído mis pasos y ni siquiera se movió cuando, conteniendo el aliento y con el corazón a galope, pasé junto a ella. «Es extraño -me dije-, algo la tiene muy abstraída.» De pronto me quedé clavado en el sitio. Creí haber oído un sollozo ahogado. Sí, no me había equivocado, porque momentos después oí otros sollozos. ¡Dios mío! Se me encogió el corazón. Soy muy tímido con las mujeres, pero en esta ocasión giré sobre los talones, me acerqué a ella y le hubiera dicho « ¡Señorita!» de no saber que esta exclamación ha sido pronunciada ya un millar de veces en novelas rusas que versan sobre la alta sociedad. Eso fue lo único que me contuvo. Pero mientras buscaba otra palabra la muchacha recobró su compostura, miró en torno suyo, bajó los ojos y se deslizó junto a mí a lo largo del muelle. Al momento me puse a seguirla, pero ella, adivinándolo, se apartó del muelle, cruzó la calle y siguió caminando por la acera. Yo no me atreví a cruzar la calle. El corazón me latía como el de un pajarillo que se tiene cogido en la mano. Inopinadamente la casualidad vino en mi ayuda. Por la acera, no lejos de mi desconocida, apareció de pronto un caballero vestido de frac, impresionante por los años, aunque no lo fuera por su manera de andar. Caminaba haciendo eses y apoyándose con tiento en la pared. La muchacha iba como una flecha, rauda y tímida, como van por lo común las mocitas que no quieren que se las acompañe a casa de noche, y, por supuesto, el caballero tambaleante no hubiera podido alcanzarla si mi suerte no le hubiera sugerido recurrir a una estratagema. Sin decir palabra, el caballero se arrancó de repente y se puso a galopar en persecución de mi desconocida. Ella volaba, pero no obstante el caballero de los trompicones iba alcanzándola, la alcanzó por fin, la muchacha lanzó un grito... y yo doy gracias al destino por el excelente bastón de nudos que mi mano derecha empuñaba en tal ocasión. En un abrir y cerrar de ojos me planté en la acera opuesta, el caballero importuno comprendió al instante de qué se trataba, tomó en consideración el argumento irresistible que yo blandía, calló, se desvió, y sólo cuando se halló bastante lejos protestó contra mí en términos bastante enérgicos, pero sus palabras apenas se percibían desde donde estábamos.
-Deme usted la mano -le dije a mi desconocida-. Ese sujeto ya no se atreverá a acercarse.
Ella, en silencio, me alargó la mano, que aún temblaba de agitación y espanto. ¡Oh, caballero importuno, cómo te di las gracias en ese momento! La miré fugazmente. Era bonita y morena. Había acertado. En sus pestañas negras brillaban aún lágrimas de miedo reciente o de tristeza anterior. No sé. Pero a los labios afloraba ya una sonrisa. Ella también me miró de soslayo, se ruborizó ligeramente y bajó los ojos.
-¿Por qué me rechazó usted antes? Si yo hubiera estado allí no habría pasado esto.
-No le conocía. Pensé que también usted...
-¿Pero es que me conoce usted ahora?
-Un poco. Por ejemplo, ¿por qué tiembla usted?
-¡Ah, ha acertado a la primera mirada! -respondí entusiasmado de saberla inteligente, lo que, unido a la belleza, no es humo de pajas-. Sí, a la primera mirada ha adivinado usted qué clase de persona soy. Es verdad, soy tímido con las mujeres. Estoy agitado, no lo niego; ni más ni menos que usted misma lo estaba hace un minuto cuando la asustó ese señor. Ahora el que tiene miedo soy yo. Parece un sueño, pero ni aun en sueños hubiera creído que hablaría con una mujer.
-¿Cómo? ¿Es posible?
-Sí. Si me tiembla la mano es porque hasta ahora no había apretado nunca otra tan pequeña y bonita como la suya. He perdido la costumbre de estar con las mujeres; mejor dicho, nunca la he tenido, soy un solitario. Ni siquiera sé hablar con ellas. Ni ahora tampoco. ¿No le he soltado a usted alguna majadería? Dígamelo con franqueza. Le advierto que no me ofendo.
-No, nada. Todo lo contrario. Y si me pide usted que sea franca le diré que a las mujeres les gusta esa clase de timidez. Y si quiere saber algo más, también a mí me gusta, y no le diré que se vaya hasta que lleguemos a casa.
-Lo que hará usted conmigo -dije jadeante de entusiasmo- es que dejaré de ser tímido y entonces ¡adiós a todos mis métodos!
-¿Métodos? ¿Qué clase de métodos? ¿Y para qué sirven? Eso ya no me suena bien.
-Perdón. No será así. Se me fue la lengua. Pero ¿cómo quiere que en un momento como éste no tenga el deseo...?
-¿De agradar, no es eso?
-Pues sí. Por amor de Dios, sea usted buena. Juzgue de quién soy. Tengo ya veintiséis años y nunca he conocido a nadie. ¿Cómo puedo hablar bien, con facilidad y buen sentido? Mejor irán las cosas cuando todo quede explicado, con claridad y franqueza. No sé callar cuando habla el corazón dentro de mí. Bueno, da lo mismo. ¿Puede usted creer que nunca he hablado con una mujer, nunca jamás? ¿Qué no he conocido a ninguna? Ahora bien, todos los días sueño que por fin voy a encontrar a alguien. ¡Si supiera usted cuántas veces he estado enamorado de esa manera!
-Pero ¿cómo? ¿Con quién?
 -Con nadie, con un ideal, con la mujer con que se sueña. En mis sueños compongo novelas enteras. Ah, usted no me conoce. Es verdad que he conocido a dos o tres mujeres; otra cosa sería inconcebible, pero ¿qué mujeres? Una especie de patronas... Pero voy a hacerla reír, voy a decirle que algunas veces he pensado entablar conversación en la calle con alguna mujer de la buena sociedad. Así, sin cumplidos. Claro está que cuando se halle sola. Hablar, por supuesto, con timidez, respeto y apasionamiento; decirle que me muero solo, que no me rechace, que no hallo otro medio de conocer a mujer alguna, insinuarle incluso que es obligación de las mujeres el no rechazar la tímida súplica de un hombre tan infeliz como yo; y que, al fin y al cabo, lo que pido es sólo que me diga con simpatía un par de palabras amistosas, que no me mande a paseo desde el primer instante, que me crea bajo palabra, que escuche lo que le digo, que se ría de mí si le da gusto, que me dé esperanzas, que me diga dos palabras, tan sólo dos palabras, aunque no nos volvamos a ver jamás. Pero usted se ríe... Por lo demás, hablo sólo para hacerla reír... 
-No se enfade. Me río porque es usted su propio enemigo. Si probara usted, quizá lograra todo eso aun en la calle misma. Cuanto más sencillo, mejor. No hay mujer buena, a menos que sea tonta o esté enfadada en ese momento por cualquier motivo, que pensara despedirle a usted sin esas dos palabras que implora con tanta timidez. Por otro lado, ¿quién soy yo para hablar? Lo más probable es que le tuviera a usted por loco. Juzgo por mí misma. ¡Bien sé yo cómo viven las gentes en el mundo!
-Se lo agradezco -exclamé-. ¡No sabe usted lo que acaba de hacer por mí!
-Bien. Ahora dígame cómo conoció usted que soy de las mujeres con quienes.... bueno, a quienes usted considera dignas de... atención y amistad. En otras palabras, no una patrona, como decía usted. ¿Por qué decidió acercarse a mí? 
-¿Por qué? ¿Por qué? Pues porque estaba usted sola, porque ese caballero era demasiado atrevido y porque es de noche. No dirá usted que no es obligación...
-No, no, antes de eso. Allí, al otro lado de la calle. Usted quería acercárseme, ¿verdad?
-¿Allí, al otro lado? De veras que no sé qué decir. Temo que... Hoy, sabe usted, me he sentido feliz. He estado andando y cantando. Salí a las afueras. Nunca hasta ahora he tenido momentos tan felices. Usted... me parecía quizá... Bueno, perdone que se lo recuerde: me parecía que lloraba usted y me era intolerable oírlo. Se me oprimía el corazón. ¡Ay, Dios mío! ¿Cree usted que podía oírla sin afligirme? ¿Es que fue pecado sentir compasión fraternal por usted? Perdone que diga compasión... En suma, ¿acaso podía ofenderla cuando se me ocurrió acercarme a usted?
-Bueno, basta; no diga más -repuso la joven, bajando los ojos y apretándome la mano-. Yo misma tengo la culpa por haber hablado de eso. Pero estoy contenta de no haberme equivocado con usted. Bueno, ya hemos llegado. Tengo que meterme por esta callejuela. Son dos pasos nada más. Adiós, le agradezco...
-¿Pero es de veras posible que no volvamos a vernos? ¿Es posible que las cosas queden así?
-Mire -dijo riendo la muchacha-. Al principio sólo quería usted dos palabras, y ahora... Pero, en fin, no le prometo nada. Puede que nos encontremos.
-Mañana vengo aquí -dije-. Ah, perdone, ya estoy exigiendo... -Sí, es usted impaciente. Exige casi...
-Escuche -la interrumpí-. Perdone que se lo diga otra vez, pero no puedo dejar de venir aquí mañana. Soy un soñador. Hay en mí tan poca vida real, los momentos como éste, como el de ahora, son para mí tan raros que me es imposible no repetirlos en mis sueños. Voy a soñar con usted toda la noche, toda la semana, todo el año. Mañana vendré aquí sin falta, aquí mismo, a este mismo sitio, a esta misma hora, y seré feliz recordando el día de hoy. Este sitio ya me es querido. Tengo otros dos o tres sitios como éste en Petersburgo. Una vez hasta lloré recordando algo, igual que usted. Quién sabe, quizá usted también hace diez minutos lloraba recordando alguna cosa. Pero perdón, estoy desbarrando de nuevo. Puede que usted, alguna vez, fuera especialmente feliz en este lugar.
-Bueno -dijo la muchacha-. Quizá yo también venga aquí mañana. A las diez también. Veo que ya no puedo impedirle... pero, mire, es que necesito venir aquí. No piense usted que le doy una cita. Le aseguro que tengo que estar aquí por asuntos míos. Ahora bien, se lo digo sin titubeos: no me importaría que también viniera usted. En primer lugar porque pudieran ocurrir incidentes desagradables como el de hoy; pero dejemos eso... En suma, sencillamente me gustaría verle... para decirle dos palabras. Ahora, vamos a ver, ¿no me condena usted? ¿No piensa que le estoy dando una cita sin más ni más? No se la daría si...; pero, bueno, eso es un secreto mío. Antes de todo una condición.
-¡Una condición! Hable, dígalo todo de antemano. Estoy de acuerdo con todo, dispuesto a todo - exclamé exaltado-. Respondo de mí, seré atento, respetuoso... Usted me conoce.
-Precisamente porque le conozco le invito para mañana -dijo la joven riendo-. Le conozco muy bien. Pero, mire, venga con una condición: en primer lugar (sea usted bueno y haga lo que le pido; ya ve que hablo con franqueza) no se enamore de mí. Eso no puede ser, se lo aseguro. Estoy dispuesta a ser amiga suya. Aquí tiene mi mano. Pero lo de enamorarse no puede -ser. Se lo ruego.
-Le juro -grité yo, cogiéndole la mano...
-Basta, no jure, porque es usted capaz de estallar como la pólvora. No piense mal de mí porque le hablo así. Si usted supiera... Yo tampoco tengo a nadie con quien poder cambiar una palabra o a quien pedir consejo. Claro que la calle no es sitio indicado para encontrar consejeros. Usted es la excepción. Le conozco a usted como si fuésemos amigos desde hace veinte años. ¿De veras que no cambiará usted?
-Usted lo verá. Lo que no sé, sin embargo, es cómo voy a sobrevivir las próximas veinticuatro horas.
-Duerma usted a pierna suelta. Buenas noches. Recuerde que ya he confiado en usted. Hace un momento lanzó usted una exclamación tan hermosa que justifica cualquier, sentimiento, incluso el de simpatía fraternal. ¿Sabe? Lo dijo usted de un modo tan bello que al instante pensé que podía fiarme de usted.
-¿Pero en qué asunto? ¿Para qué?
-Hasta mañana. Mientras tanto hay que guardar secreto. Tanto mejor para usted, porque a cierta distancia parece una novela. Quizá mañana se lo diga, o quizá no. Ya hablaremos, nos conoceremos mejor...
-Yo mañana le voy a contar a usted todo lo mío. Pero ¿qué es esto? Parece como si me ocurriera un milagro. ¿Dónde estoy, Dios mío? ¿No está usted contenta de no haberse enfadado conmigo, como lo hubiera hecho otra mujer? ¿De no haberme rechazado desde el primer momento? En dos minutos me ha hecho usted feliz para siempre. Sí, feliz. Quién sabe, quizá me ha reconciliado usted conmigo mismo, quizá ha resuelto mis dudas... Quizá hay también para mí minutos así... Pero ya le contaré todo mañana, ya se enterará usted de todo.
-Bueno, acepto. Usted empezará.
-De acuerdo.
-Hasta la vista.
-Hasta la vista. Nos separamos.
Pasé la noche andando, sin decidirme a volver a casa. ¡Me sentía tan feliz! ¡Hasta mañana!
Noche segunda
-Bueno, ya veo que ha sobrevivido usted -me dijo riendo y estrechándome ambas manos.
-Ya llevo aquí dos horas. ¡No puede usted figurarse qué día he pasado!
-Me lo figuro, sí. Pero al grano. ¿Sabe usted para qué he venido? Pues no para decir tonterías como ayer. Mire, es preciso que en adelante seamos más sensatos Ayer estuve pensando mucho en todo esto.
-¿Pero en qué ser más sensatos? ¿En qué? Por mí estoy dispuesto, pero la verdad es que en mi vida me han ocurrido cosas tan sensatas como ahora.
-¿De veras? Para empezar le ruego que no me apriete las manos tanto. En segundo lugar le advierto que hoy ya he pensado mucho en usted.
-Bien, ¿y con qué conclusión?
-¿Con qué conclusión? Pues con la conclusión de que tenemos que empezar por el principio, porque hoy estoy persuadida de que aún no le conozco bien. Ayer me porté como una niña, como una chicuela. Por supuesto, mi buen corazón tiene la culpa de todo. Me estuve dando importancia, como sucede siempre que empezamos a examinar nuestra vida. Y para corregir esa falta me he propuesto enterarme detalladamente de todo lo que toca a usted. Ahora bien, como no tengo a nadie que me pueda dar informes, usted mismo habrá de contármelo todo, revelarme todo el secreto. A ver, ¿qué clase de hombre es usted? ¡Hala, empiece, cuénteme toda la historia!
-¡Historia! -exclamé sobrecogido-. ¡Historia! ¿Pero quién le ha dicho que tengo historia? Yo no tengo historia...
-Puesto que ha vivido usted, ¿cómo no va a tener historia? -me interrumpió riendo.
-No ha habido historia de ninguna clase, ninguna. He vivido, como quien dice, conmigo mismo, es decir, enteramente solo, solo, completamente solo. ¿Entiende usted lo que es estar solo?
-¿Cómo solo? ¿Es que no ve nunca a nadie?
-¡Ah, no! Ver, sí veo; pero solo, a pesar de ello.
-¿Entonces qué? ¿Es que no habla con nadie?
-En sentido estricto, con nadie.
-Entonces, explíquese. ¿Qué clase de hombre es usted? Déjeme adivinarlo. Usted, como yo, probablemente tiene una abuela. La mía está ciega. Nunca me deja ir a ninguna parte, de modo que casi se me ha olvidado hablar. Y cuando un par de años atrás hice ciertas travesuras, y ella vio que no podía hacer carrera de mí, me llamó y prendió mi vestido al suyo con un imperdible. Desde entonces así nos pasamos sentadas días enteros. Ella hace calceta aunque está ciega; y yo, sentada a su lado, coso o le leo algún libro. De esta manera tan rara, prendida a otra persona con un alfiler, llevo ya dos años.
-¡Qué desgracia, Dios santo! No, yo no tengo una abuela como ésa.
-Si no la tiene, ¿por qué se queda usted en casa?
-Escuche. ¿Quiere saber qué clase de persona soy?
-Pues sí.
-¿En el sentido riguroso de la palabra?
-En el sentido más riguroso de la palabra.
-Pues bien, soy... un tipo.
-Un tipo. ¿Un tipo? ¿Qué clase de tipo? -gritó la muchacha, riendo a borbotones, como si no lo hubiera hecho en todo un año-. Es usted divertidísimo. Mire, aquí hay un banco. Sentémonos. Por aquí no pasa nadie. Nadie nos oye y... empiece su historia. Porque, no pretenda lo contrario, usted tiene una historia y trata sólo de escurrir el bulto. En primer lugar, ¿qué es un tipo?
-¿Un tipo? Un tipo es un original, un hombre ridículo -contesté con una carcajada que empalmaba con su risa infantil-. Es un bicho raro. Oiga, ¿sabe usted lo que es un soñador?
-¿Un soñador? ¿Cómo no voy a saberlo? Yo misma soy una soñadora. Hay veces, cuando estoy sentada junto a la abuela, que no sé por qué motivo no se me ocurre nada. Pero me pongo a soñar y a ensimismarme hasta que..., en fin, qué me caso con un príncipe chino. A veces eso de soñar está bien... Por otra parte, quizá no. Sobre todo si ya hay bastantes cosas en que pensar -agregó la joven hablando ahora con relativa seriedad.
-¡Magnífico! Si alguna vez decide casarse con un emperador chino, entenderá lo que digo. Bueno, oiga... Pero, perdón, todavía no sé cómo se llama usted.
-Por fin. ¡Pues sí que se ha acordado usted temprano!
-¡Ay, Dios mío! No se me ha ocurrido siquiera. Como lo he estado pasando tan bien...
-Me llamo... Nastenka.
-Nastenka. ¿Nada más?
-¿Nada más? ¿Le parece poco, hombre insaciable?
-¿Poco? Todo lo contrario. Mucho, mucho, muchísimo. Nastenka, es usted una chica estupenda si desde el primer momento ha sido Nastenka para mí.
-Precisamente. Ya ve.
-Bueno, Nastenka, escuche y verá qué historia más ridícula me sale.
Me senté junto a ella, tomé una postura pedantescamente seria y empecé como si leyera un texto escrito:
-Hay en Petersburgo, Nastenka, si no lo sabe usted, bastantes rincones curiosos. Se diría que a esos lugares no se asoma el mismo sol que brilla para todos los petersburgueses, sino que es otro el que se asoma, otro diferente, que parece encargado de propósito para esos sitios y que brilla para ellos con una luz especial. En esos rincones, querida Nastenka, se vive una vida muy peculiar, nada semejante a la que bulle en torno nuestro, una vida que cabe concebir en lejanas y misteriosas tierras, pero no aquí, entre nosotros, en este tiempo nuestro tan excesivamente serio. En esa otra vida hay una mezcla de algo puramente fantástico, ardientemente ideal, y de algo (¡ay, Nastenka!) terriblemente ordinario y prosaico, por no decir increíblemente chabacano.
-¡Uf! ¡Qué prólogo, Dios mío! ¿Qué es lo que oigo?
-Lo que oye usted, Nastenka (me parece que no me cansaré ya nunca de llamarla Nastenka), lo que oye usted es que en esos rincones viven unas gentes extrañas: los soñadores. El soñador -si se quiere una definición más precisa- no es un hombre ¿sabe usted? sino una criatura de género neutro. Por lo común se instala en algún rincón inaccesible, como si se escondiera del mundo cotidiano. Una vez en él, se adhiere a su cobijo como lo hace el caracol, o, al menos, se parece mucho al interesante animal, que es a la vez animal y domicilio, llamado tortuga. ¿Por qué piensa usted que se aficiona tanto a sus cuatro paredes, indefectiblemente pintadas de verde, cubiertas de hollín, tristes y llenas de un humo inaguantable? ¿Por qué este ridículo señor, cuando viene a visitarle uno de sus raros conocidos (pues lo que pasa al cabo es que se le agotan los amigos), por qué este ridículo señor le recibe tan turbado, tan alterado de rostro y en tal confusión que se diría que acaba de cometer un delito entre sus cuatro paredes, que ha fabricado billetes falsos, o que ha compuesto algunos versecillos para mandar a alguna revista bajo carta anónima en la que declara que el verdadero autor de ellos ha muerto ya y que un amigo suyo considera deber sagrado darlos a la estampa? Diga, Nastenka, ¿por qué no cuaja la conversación entre estos dos interlocutores? ¿Por qué ni la risa ni siquiera una frasecilla vivaz brotan de los labios del perplejo visitante, quien en otras ocasiones ama la risa, las frasecillas vivaces los comentarios sobre el bello sexo y otros temas festivos? ¿Por qué también ese amigo, probablemente reciente, en su primera visita (porque en tales casos no habrá una segunda, ya que ese amigo no volverá), por qué también el amigo se queda azorado, lelo, a pesar de toda su agudeza (si efectivamente la tiene), mirando el torcido gesto del dueño, quien por su parte ha tenido ya tiempo bastante para embrollarse por completo tras los esfuerzos tan titánicos como inútiles que ha hecho por avivar la conver-sación, por mostrar su propio conocimiento de las cosas mundanales, por hablar a su vez del bello sexo y aun por agradar humildemente a ese pobre hombre que allí nada tiene que hacer y que ha venido por equivocación a visitarle? ¿Por qué, en fin, el visitante coge de pronto su sombrero y sale disparado, habiendo recordado de pronto un asunto urgentísimo que por supuesto no existe, una vez que ha librado la mano del cálido apretón de la del -dueño, quien trata en vano de mostrar su contrición y recobrar el terreno perdido? ¿Por qué el visitante, traspasada la puerta de salida, suelta la carcajada y jura no volver a visitar a ese sujeto estrafalario, aunque ese sujeto estrafalario es en realidad un chico excelente? ¿Por qué, con todo, el visitante no puede resistir la tentación de comparar, siquiera forzadamente, la cara de su amigo durante la entrevista con la de un gato infeliz que han maltratado, vapuleándolo y aterrorizándolo a mansalva, unos niños quienes, habiéndolo capturado insidiosamente, lo han dejado hecho una lástima? ¿Gato que logra por fin meterse debajo de una silla, en la oscuridad, donde se ve obligado a pasar una hora entera, erizado todo él, dando resoplidos, lavándose las heridas recibidas, y que durante largo tiempo, mirará con desvío la naturaleza y la vida, incluso los restos de comida que de la mesa del amo le guarda, compasiva, una ama de llaves ... ?
-Oiga interrumpió Nastenka, que me había escuchado todo ese tiempo absorta, con los ojos y la boca abiertos-. Oiga, yo no sé por qué ha ocurrido todo eso ni por qué me hace usted esas preguntas ridículas. Lo que sí sé de cierto es que sin duda todas esas aventuras le han ocurrido a usted -tal como las cuenta.
-Ni que decir tiene -contesté yo con cara muy seria. -Bueno, si es así, siga -prosiguió Nastenka-, porque me interesa mucho saber cómo termina la cosa.
-¿Usted quiere saber, Nastenka, qué hacía en su rincón nuestro héroe, o, mejor dicho, qué hacía yo, porque el héroe de todo ello soy yo, mi propia y modesta persona? ¿Usted quiere saber por qué me alarmó y turbó tanto la visita inesperada de un amigo? ¿Usted quiere saber por qué me solivianté y me ruboricé tanto cuando se abrió la puerta de mi cuarto? ¿Por qué no sabía recibir visitas y por qué quedé aplastado tan vergonzosamente bajo el peso de mi propia hospitalidad?
-Sí, sí -respondió Nastenka-. De eso se trata. Oiga, usted cuenta muy bien las cosas, pero ¿no es posible hablar un poco menos bien? Porque usted habla como si estuviera leyendo un libro.
-Nastenka -objeté con voz imponente y severa, haciendo esfuerzos para no reír-, mi querida Nastenka, sé que cuento las cosas muy bien, pero, lo siento, no puedo contarlas de otro modo. En este momento, querida Nastenka, me parezco al espíritu del rey Salomón, que estuvo mil años dentro de una hucha, bajo siete sellos. Y por fin han levantado los siete sellos. Ahora, querida Nastenka, cuando nos encontramos de nuevo tras larga separación (porque hace ya mucho tiempo que la conozco, Nastenka, porque hace ya mucho tiempo que busco a alguien, lo que es señal de que buscaba precisamente a usted y de que estaba escrito que nos encontrásemos ahora), se me han abierto mil esclusas en la cabeza y tengo que derramarme en un río de palabras, porque si no lo hago me ahogo. Por eso le ruego, Nastenka, que no me interrumpa, que escuche atenta y humildemente. De lo contrario, guardaré silencio.
-De ninguna manera. Hable. Ya no digo más esta boca es mía.
-Prosigo. Hay en mi día, Nastenka, amiga mía, una hora que aprecio extraordinariamente. Es la hora en que han terminado los negocios, el trabajo, las obligaciones, y la gente regresa apresuradamente a casa para comer y descansar. En camino piensa en cosas agradables que hacer durante la velada, la noche y todo el tiempo libre de que dispone. A esa hora también nuestro héroe (y permítame, Nastenka, que hable en tercera persona, porque en primera me resultaría sumamente vergonzoso decirlo), repito, a esa hora también nuestro héroe, que como todo hijo de vecino tiene sus ocupaciones, vuelve a casa con los demás. En su rostro pálido y surcado de arrugas se dibuja un extraño sentimiento de satisfacción. Mira con interés el crepúsculo vespertino que se apaga lentamente en el cielo frío de Petersburgo. Cuando digo que mira, miento. No mira, sino que contempla distraídamente, como si estuviera fatigado o preocupado de algo más interesante en ese momento. De modo que quizá sólo fugazmente, casi sin querer, puede ocuparse de lo que le rodea. Está satisfecho porque se ha desembarazado hasta el día siguiente de asuntos enojosos, y está alegre como un colegial a quien permiten que deje el banco de la escuela para entregarse a sus travesuras y juegos favoritos. Obsérvele de soslayo, Nastenka, y al punto verá que esa sensación de gozo ha influido ya de manera positiva en sus débiles nervios y en su fantasía morbosamente irritada. Mire, está pensando en algo... ¿En la comida quizá? ¿En cómo va a pasar la velada? ¿En qué fija los ojos? ¿En ese caballero de aspecto importante que saluda tan pintorescamente a la dama que pasa junto a él en un espléndido carruaje tirado por veloces caballos? No, Nastenka. Ahora no le importan nada esas menudencias. Ahora se siente rico de su propia vida. De pronto, por un motivo ignorado, se sabe rico. Y no en vano el sol poniente le lanza un alegre rayo de despedida y despierta en su tibio corazón todo un enjambre de impresiones. Ahora apenas se da cuenta del camino en el que poco antes le hubiera llamado la atención la minucia más insignificante. Ahora la «diosa Fantasía» (si ha leído usted a Zhukovski, querida Nastenka) ha bordado con caprichosa mano su tela de oro y ha mandado, para que las desplieguen ante él, alfombras de vida inaudita, milagrosa. ¿Quién sabe si no le ha transportado con su mano mágica de la acera de excelente granito por la que vuelve a casa al séptimo cielo de cristal? Trata usted de detenerle ahora, de preguntarle dónde se encuentra ahora, por qué calles va. Lo probable es que no recuerde ni por dónde va ni dónde está en ese momento, y enrojeciendo de irritación soltará sin duda alguna mentira para salir del paso. Por eso se sorprende, está a punto de lanzar un grito y mira atemorizado a su alrededor cuando una anciana venerable le detiene cortésmente en la acera para pedirle direcciones por haberse equivocado de camino. Sigue adelante con el entrecejo fruncido de enojo, sin percatarse apenas de que más de un transeúnte se sonríe al verle y se vuelve a mirarle cuando pasa, ni de que una muchachita, que le cede tímidamente la acera, rompe a reír estrepitosamente, hecha toda ojos, al ver su ancha sonrisa contemplativa y los aspavientos que hace. Y, sin embargo, esa misma fantasía ha arrebatado también en su vuelo juguetón a la anciana, a los transeúntes curiosos, a la chica de la risa y a los marineros que al anochecer se sientan a comer en las barcazas con las que forman un dique en la Fontanka (supongamos que nuestro héroe pasa por allí a esa hora). Ha prendido traviesamente en su lienzo a todo y a todos, como moscas en una telaraña. Y con esa riqueza recién adquirida el tipo estrafalario entra en su acogedora madriguera, se sienta a cenar, termina de cenar y al cabo de un rato se despabila sólo cuando la pensativa y siempre triste Matryona, la criada que le sirve, levanta los manteles y le da la pipa. Se despabila y recuerda con asombro que ya ha cenado, sin darse la menor cuenta de cómo ha ocurrido la cosa. La habitación está a oscuras. La aridez y la tristeza se adueñan del alma de nuestro héroe. El castillo de sus ilusiones se ha venido sin estrépito, sin dejar rastro, se ha esfumado como un sueño; y él ni siquiera se percata de que ha estado soñando. Pero en su pecho siente todavía una vaga sensación que lo agita ligeramente. Un nuevo deseo le cosquillea tentadoramente la fantasía, la estimula e imperceptiblemente suscita todo un conjunto de nuevas quimeras. El silencio reina en la pequeña habitación. La soledad y la indolencia acarician la fantasía. hasta se enciende poco a poco, empieza a bullir como el agua en la cafetera de la vieja Matryona, que tranquilamente sigue con sus faenas en la cocina, preparando su detestable café. La fantasía empieza a desbordarse entre alguna que otra llamarada. Y he aquí que el libro cogido al azar, maquinalmente, se le cae de la mano a mi soñador, que no ha llegado ni a la tercera página. Su fantasía despierta de nuevo, está en su punto. De pronto, un mundo nuevo, una vida nueva y fascinante, resplandece ante él con brillantes perspectivas. Nuevo sueño, nueva felicidad. Nueva dosis de veneno sutil y voluptuoso. ¿Qué le importa a él nuestra vida real? ¡A sus ojos hechizados, usted, Nastenka, y yo llevamos una existencia tan apagada, tan lenta y desvaída, estamos todos, en su opinión, tan descontentos con nuestra suerte, nos aburrimos tanto en nuestra vida! En efecto, fíjese bien y verá cómo a primera vista todo es frío, lúgubre y, por así decirlo, enojoso entre nosotros. «¡Pobre gente!» piensa mi soñador; y no es extraño que así lo piense. Observe esas visiones mágicas que de manera tan encantadora, tan sugestiva y fluida componen ante sus ojos ese cuadro animado y subyugante, en cuyo primer plano la figura principal es, por supuesto, él mismo, nuestro soñador, su propia persona querida. Fíjese en las diversas aventuras, en la infinita procesión de sueños ardientes. Quizá pregunta usted con qué sueña. ¿Para qué preguntarlo? Sueña con todo, con la misión del poeta, desconocido primero e inmortalizado después, con que es amigo de Hoffmann, con la noche de San Bartolomé, con Diana Vernon, la heroína de Rob Roy, con actos de heroísmo en ocasión de la toma de Kazan por Iván el Terrible, con Clara Mowbray y Effie Deans, otras heroínas de Walter Scott, con el sínodo de prelados y Huss ante ellos, con la rebelión de los muertos en Roberto el Diablo (¿se acuerda de la música? ¡huele a cementerio!), con la batalla de Berezina, con la lectura de poemas en casa de la condesa V.D., con Danton, con Cleopatra e i suoi amanti, con La casita en Kolomma de Pushkin, con su propio rincón, junto a un ser querido que le escucha como usted me escucha ahora, ángel mío, con la boca y los ojos abiertos en una noche de invierno. No, Nastenka, ¿qué le importa a él, hombre voluptuoso, esta vida a la que usted y yo nos aferramos tanto? A juicio suyo es una vida pobre, miserable, aunque no prevé que también para él acaso sonará alguna vez la hora fatal en que por un día de esta vida miserable daría todos sus años de fantasía, y no los daría a cambio de la alegría o la felicidad, ni tendría preferencias en esa hora de tristeza, arrepentimiento y dolor puro y simple. Pero has ta tanto que llegue ese momento amenazador nuestro héroe no desea nada, porque está por encima del deseo, porque está saciado, porque es artista de su propia vida y se forja cada hora según su propia voluntad. ¡Es tan fácil, tan natural, crear ese mundo legendario, fantástico! Se diría, en efecto, que no es una ilusión. A decir verdad, en algunos momentos, está dispuesto a creer que esa vida no es una excitación de los sentidos, ni un espejismo, ni un engaño de la fantasía, sino algo real, auténtico, palpable. Dígame, Nastenka, ¿por qué en tales momentos se corta el aliento? ¿Por qué arte de magia, por qué incógnito arbitrio se le acelera el pulso al soñador, se le saltan las lágrimas, le arden las mejillas humedecidas y se siente penetrado por un inmenso deleite? ¿Por qué pasan en un segundo noches enteras de insomnio, en gozo y felicidad inagotables? ¿Y por qué, cuando la aurora toca las ventanas con sus dedos rosados y el alba ilumina el cuarto sombrío con su luz incierta y fantástica, como sucede aquí en Petersburgo, nuestro soñador, fatigado, extenuado, se deja caer en el lecho, presa de un sopor causado por la exaltación enfermiza y aberrante de su espíritu, y con un dolor de corazón en que se mezclan la angustia y la dulzura? Sí, Nastenka, nuestro héroe se engaña y cree a pesar suyo que una pasión genuina, verdadera, le agita el alma; cree a pesar suyo que hay algo vivo, palpable, en sus sueños incorpóreos. ¡Y qué engaño! El amor ha prendido en su pecho con su gozo infinito, con sus agudos tormentos. Basta mirarle para con vencerse. ¿Querrá usted creer al mirarle,- querida Nastenka, que nunca ha conocido de verdad a la que tanto ama en sus sueños desenfrenados? ¿Es posible que tan sólo la haya visto en sus quimeras seductoras, que esta pasión no sea sino un sueño? ¿Es posible que, en realidad, él y ella no hayan caminado juntos por la vida tantos años, cogidos de la mano, solos, después de renunciar a todo y a todos y de fundir cada uno su mundo, su vida, con la vida del compañero? ¿Es posible que en la última hora antes de la separación no se apoyara ella en el pecho de él, sufriendo, sollozando, sorda a la tempestad que bramaba bajo el cielo adusto, e indiferente al viento que barría las lágrimas de sus negras pestañas? ¿Es posible que todo esto no fuera más que un sueño? ¿Lo mismo que ese jardín melancólico, abandonado, selvático, con veredas cubiertas de musgo, solitario, sombrío, donde tan a menudo paseaban juntos, acariciando esperanzas, padeciendo melancolías, y amándose, amándose tan larga y tiernamente? ¿Y esa extraña casa linajuda en la que ella vivió tanto tiempo sola y triste, con un marido viejo y lúgubre, siempre taciturno y bilioso, que les causaba temor, como si fueran niños tímidos que, tristes y esquivos, disimulaban el amor que se tenían? ¡Cuánto sufrían! ¡Cuánto temían! ¡Cuán puro e inocente era su amor! Y, por supuesto, Nastenka, ¡qué aviesa era la gente! ¿Y es posible, Dios mío, que él no la encontrara más tarde lejos de su país, bajo un cielo extraño, meridional y cálido, en una ciudad maravillosa y eterna, en el esplendor de un baile, en medio del estruendo de la música, en un palazzo (ha de ser un palazzo) visible apenas bajo un mar de luces, en un balcón revestido de mirto y rosas, donde ella, reconociéndole, al punto se quitó el antifaz y murmuró: «¿Soy libre?» Y trémula se lanzó a sus brazos. Y con exclamaciones de éxtasis, fuertemente abrazados, al punto olvidaron su tristeza, su separación, todos sus sufrimientos, la casa lúgubre, el viejo, el jardín tenebroso allí en la patria lejana y el banco en el que, con un último beso apasionado, ella se arrancó de los brazos de él, entumecidos por un dolor desesperado... Convenga usted, Nastenka, en que queda uno turbado, desconcertado, avergonzado, como chicuelo que esconde en el bolsillo la manzana robada en el huerto vecino, cuando un sujeto alto y fuerte, jaranero y bromista, su amigo anónimo, abre la puerta y grita como si tal cosa: «Amigo, en este momento vuelvo de Pavlovsk.»
¡Dios mío! Ha muerto el viejo conde, empieza una felicidad inefable... y, nada, ¡que acaba de llegar alguien de Pavlovsk!
Me callé patéticamente después de mis apasionadas exclamaciones. Recuerdo que tenía unas ganas enormes de reír a carcajadas, aunque la risa fuese forzada, porque notaba que un diablillo se removía dentro de mí, que empezaba a agarrárseme la garganta, a temblarme la barbilla y que los ojos se me iban humedeciendo. Esperaba a que Nastenka, que me había estado escuchando, abriera sus ojos inteligentes y rompiera a reír con su risa infantil, irresistibiemente alegre. Ya me arrepentía de haberme excedido, de haber contado vanamente lo que desde tiempo atrás bullía en mi corazón, lo que podía relatar como si estuviese leyendo algo escrito, porque hacía ya tiempo que había pronunciado sentencia contra mí mismo y ahora no había resistido la tentación de leerla, sin esperar, por supuesto, que se me comprendiera. Pero, con sorpresa mía, Nastenka siguió callada y luego me estrechó la mano y me dijo con tímida simpatía:
-¿Es posible que haya vivido usted toda su- vida como dice?
-Toda mi vida, Nastenka -contesté-. Toda ella, y al parecer así la acabaré.
-No, imposible -replicó intranquila-. Eso no. Puede que yo también pase la vida entera junto a mi abuela. Oiga, ¿sabe que vivir de esa manera no es nada bonito?
-Lo sé, Nastenka, lo sé -exclamé sin poder contener mi emoción-. Ahora más que nunca sé que he malgastado mis años mejores. Ahora lo sé, y ese cono cimiento me causa pena, porque Dios mismo ha sido quien me ha enviado a usted, a mi ángel bueno, para que me lo diga y me lo demuestre. Ahora que estoy sentado junto a usted y que hablo con usted me aterra pensar en el futuro, porque el futuro es otra vez la soledad, esta vida rutinaria e inútil. ¿Y ya con qué voy a soñar, cuando he sido tan feliz despierto? ¡Bendita sea usted, niña querida, por no haberme rechazado desde el primer momento, por haberme dado la posibilidad de decir que he vivido al menos dos noches en mi vida!
-¡Oh, no, no! -exclamó Nastenka con lágrimas en los ojos-. No, eso ya no pasará. No vamos a separarnos así. ¿Qué es eso de dos noches?
-¡Ay, Nastenka , Nastenka! ¿Sabe usted por cuánto tiempo me ha reconciliado conmigo mismo? ¿Sabe usted que en adelante no pensaré tan mal de mí como he pensado otras veces? ¿Sabe usted que ya no me causará tristeza haber delinquido y pecado en mi vida, porque esa vida ha sido un delito, un pecado? ¡Por Dios santo, no crea que exagero, no lo crea, Nastenka, porque ha habido momentos en mi vida de mucha, de muchísima tristeza! En tales momentos he pensado que ya nunca sería capaz de vivir una vida auténtica, porque se me antojaba que había perdido el tino, el sentido de lo genuino, de lo real, y acababa por maldecir de mí mismo, ya que tras mis noches fantásticas empezaba a tener momentos de horrible resaca. Oye uno entre tanto cómo en torno suyo circula ruidosamente la muchedumbre en un torbellino de vida, ve y oye cómo vive la gente, cómo vive despierta, se da cuenta de que para ella la vida no es una cosa de encargo, que no se desvanece como un sueño, como una ilusión, sino que se renueva eternamente, vida eternamente joven en la que ninguna hora se parece a otra; mientras que la fantasía es asustadiza, triste y monótona hasta la trivialidad, esclava de la sombra, de la idea, esclava de la primera nube que de pronto cubre al sol y siembra la congoja en el corazón de Petersburgo, que tanto aprecia su sol. ¿Y para qué sirve la fantasía cuando uno está triste? Acaba uno por cansarse y siente que esa inagotable fantasía se agota con el esfuerzo constante por avivarla. Porque, al fin y al cabo, va uno siendo maduro y dejando atrás sus ideales de antes; éstos se quiebran, se desmoronan, y si no hay otra vida, la única posibilidad es hacérsela con esos pedazos. Mientras tanto, el alma pide y quiere otra cosa. En vano escarba el soñador en sus viejos sueños, como si fueran ceniza en la que busca algún rescoldo para reavivar la fantasía, para recalentar con nuevo fuego su enfriado corazón y resucitar en él una vez más lo que antes había amado tanto, lo que conmovía el alma, lo que enardecía la sangre, lo que arrancaba lágrimas de los ojos y cautivaba con espléndido hechizo. ¿Sabe usted, Nastenka, a qué punto he llegado? ¿Sabe usted que me siento obligado a celebrar el cumpleaños de mis sensaciones, el cumpleaños de lo que antes me fue tan querido, de lo que en realidad no ha existido nunca? Porque ese cumpleaños es el de cada uno de esos sueños inanes e incorpóreos, y esos sueños inanes no existen y no hay por qué sobrevivirlos. También los sueños se sobreviven. ¿Sabe usted que ahora me complazco en recordar y visitar en fechas determinadas los lugares donde a mi modo he sido feliz? ¿Que me gusta elaborar el presente según la pauta del pasado irreversible? ¿Que a menudo corro sin motivo como una sombra, triste, afligido, por las calles y callejas de Petersburgo? ¡Y qué recuerdos! Recuerdo por ejemplo, que hace un año justo, justamente a esta hora, pasé por esta acera tan solo y tan triste como lo estoy en este instante. Y recuerdo que también entonces mis sueños eran deprimentes. Sin embargo aunque el pasado no fue mejor, piensa uno que quizá no fuera tan agobiante, que vivía uno más tranquilo que no tenía este fúnebre pensamiento que ahora me sobrecoge, que no sentía este desagradable y sombrío cosquilleo de la conciencia que ahora no me deja en paz a sol ni a sombra. Y uno se pregunta: ¿dónde, pues están tus sueños? Sacude la cabeza y dice: ¡qué de prisa pasa el tiempo! Vuelve a preguntarse: ¿qué has hecho con tus años?, ¿dónde has sepultado los mejores días de tu vida?, ¿has vivido o no? ¡Mira, se dice uno mira cómo todo se congela en el mundo! Pasarán más años y tras ellos llegará la lúgubre soledad, llegará báculo en mano la trémula vejez, y en pos de ella la tristeza y la angustia. Tu mundo fantástico perderá su colorido, se marchitarán y morirán tus sueños y caerán como las hojas secas de los árboles. ¡Ay, Nastenka será triste quedarse solo, enteramente solo, sin tener siquiera nada que lamentar, nada, absolutamente nada! Porque todo eso que se ha perdido, todo eso no ha sido nada, un cero redondo y huero, no ha sido más que un sueño.
-Basta, no me haga llorar más - dijo Nastenka secándose una lágrima que resbalaba por su mejilla-. Todo eso se ha acabado. En adelante estaremos juntos y no nos separaremos nunca pase lo que pase. Escuche Yo soy una muchacha sencilla y sé poco, aunque mi abuela me puso maestro. Pero de veras que le comprendo a usted, porque todo lo que acaba de contarme me ha pasado a mí también desde que mi abuela me prendió con un alfiler a su vestido. Yo, por supuesto, no podría contarlo tan bien como usted porque no tengo estudios -añadió con timidez, manifestando todavía admiración por mi discurso patético y mi estilo grandilocuente-, pero me alegro de que usted se haya retratado por completo. Ahora le conozco, le conozco a fondo, lo sé todo. ¿Y sabe usted? Yo, por mi parte, quiero contarle mi propia historia, toda ella, sin callar nada, y después me dará usted un consejo. Usted es un hombre muy listo. ¿Promete darme ese consejo?
-Nastenka -respondí-, aunque antes nunca he sido consejero, y mucho menos consejero inteligente, lo que usted me propone me parece muy sensato. Cada uno de nosotros dará a los otros buenos consejos. Ahora, dígame, Nastenka bonita, ¿qué clase de consejo necesita? Dígamelo sin rodeos. En este instante estoy tan alegre, tan feliz, me siento tan atrevido, tan listo, que tendré la respuesta pronta.
-No, no -me interrumpió riendo-. No me hace falta sólo un consejo inteligente, sino un consejo cordial, fraterno, como si me quisiera usted de toda su vida.
-¡Conforme, Nastenka, conforme! -exclamé excitado-. Aunque la quisiera desde hace veinte años, no la querría tanto como en este momento.
-Deme su mano -dijo Nastenka. -Aquí está --- contesté alargándosela.
-Pues comencemos la historia.
 Historia de Nastenka
-Ya conoce usted la mitad de la historia, es decir, ya sabe que tengo una abuela anciana...
-Si la segunda mitad es tan breve como ésta... - me aventuré a interrumpir riendo.
-Calle y escuche. Ante todo una condición: no me interrumpa, porque pierdo el hilo. Escuche callado. Tengo una abuela anciana. Fui a vivir con ella cuando yo era todavía muy niña porque murieron mis padres. Mi abuela, según parece, era antes rica, porque todavía habla de haber conocido días mejores. Ella misma me enseñó el francés y más tarde me puso maestro. Cuando cumplí quince años (ahora tengo diecisiete) terminaron mis estudios. Hice por entonces algunas travesuras, pero no le diré a usted de qué género; sólo diré que fueron de poca monta. Pero la abuela me llamó una mañana y me dijo que como era ciega no podía vigilarme. Cogió, pues, un imperdible y prendió mi vestido al suyo, diciendo que así pasaríamos lo que nos quedara de vida si yo no sentaba cabeza. En suma, que al principio era imposible apartarse de ella. Trabajar, leer, estudiar, todo lo hacía junto a la abuela. Una vez intenté un truco y convencí a Fyokla de que se sentara en mi puesto. Fyokla es nuestra asistenta y está sorda. Fyokla se sentó en mi sitio. En ese momento mi abuela estaba dormida en su sillón y yo fui a ver a una amiga que no vivía lejos. Pero el truco salió mal. La abuela se despertó cuando yo estaba fuera y preguntó por algo, pensando que yo seguía tan campante en mi puesto. Fyokla, que vio que la abuela preguntaba algo pero que no oía lo que era, empezó a pensar en qué debía hacer. Lo que hizo fue abrir el imperdible y echar a correr...
En ese punto Nastenka se detuvo y soltó una carcajada. Yo hice coro. Al instante dejó de reír.
-Oiga, no se ría de mi abuela. Yo me río porque es cosa de risa... Bueno, ¿qué va a hacer una cuando la abuela es así? Pero aun así la quiero un poco. Pues bien, aquella vez me dio una pasada de las buenas. Tuve que volver a sentarme en mi sitio sin decir palabra y ya fue imposible moverse de él. ¡Ah, sí! Se me olvidaba decirle que teníamos -mejor dicho, que la abuela tenía casa propia, una casita pequeña, de madera, con tres ventanas en total, y casi tan vieja como la abuela. En lo alto tenía un desván. A ese desván vino a vivir un inquilino nuevo...
-Es decir que había habido un inquilino viejo --observé yo de paso.
-Pues claro que lo había habido -respondió Nastenka-. Y sabía callar mejor que usted. En serio, apenas decía esta boca es mía. Era un viejecito seco, mudo, ciego, cojo, a quien al cabo le resultó imposible vivir en este mundo y se murió. Con ello se hizo necesario tomar un inquilino nuevo, porque sin inquilino no podíamos vivir, ya que lo que él nos daba de alquiler y la pensión de la abuela eran nuestros únicos recursos. Por contraste, el nuevo inquilino resultó ser un joven forastero que estaba de paso. Como no regateó, la abuela lo aceptó. Luego me preguntó: «Nastenka, ¿es nuestro inquilino joven o viejo?» Yo no quise mentir y dije: «No es ni joven ni viejo.» «¿Y es de buen aspecto?» -preguntó-. Una vez más no quise mentir y contesté: «Sí, es de buen aspecto, abuela.» Y la abuela exclamó: «¡Ay, qué castigo! Te lo digo, nieta, para que no trates de verle. ¡Ay, qué tiempos éstos! ¡Pues anda, un inquilino tan insignificante y tiene, sin embargo, buen aspecto! ¡Eso no pasaba en mis tiempos!»
La abuela todo lo relacionaba con sus tiempos. En sus tiempos era más joven, en sus tiempos el sol calentaba más, en sus tiempos la crema no se agriaba tan pronto... ¡todo era mejor en sus tiempos! Yo, sentada y callada, pensaba para mis adentros: ¿Por qué me da la abuela estos consejos y me pregunta si el inquilino es joven y guapo? Pero sólo lo pensaba, mientras seguía en mi sitio haciendo calceta y contando puntos. Luego me olvidé de ello.
Y he aquí que una mañana vino a vernos el inquilino para recordarnos que habíamos prometido empape larle el cuarto. Hablando de una cosa y otra, la abuela, que era aficionada a la cháchara, me dijo: «Ve a mi alcoba, Nastenka, y tráeme las cuentas.» Yo me levanté de un salto, ruborizada no sé por qué, y olvidé que estaba prendida con el imperdible. No hubo manera de desprenderme a hurtadillas para que no lo viera el in-quilino. Di un tirón tan fuerte que arrastré el sillón de la abuela. Cuando comprendí que el inquilino se había enterado de lo que me ocurría me puse aún más colorada, me quedé clavada en el sitio y rompí a llorar. Sentí tanta vergüenza y amargura en ese momento que hubiera deseado morirme. La abuela gritó: «¿Qué haces ahí parada?», y yo llora que te llora. Cuando vio el inquilino lo avergonzada que estaba, saludó y se fue.
Después de aquello, tan pronto como oía ruido en el zaguán me quedaba muerta. Pensaba que venía el inquilino,- y cada vez que esto pasaba desprendía el imperdible a la chita callando. Pero no era él. No venía. Pasaron quince días, al cabo de los cuales el inquilino mandó a decir por Fyokla que tenía muchos libros franceses, libros buenos, que estaban a nuestra disposición. ¿No quería la abuela que yo se los leyera para matar el aburrimiento? La abuela aceptó agradecida, pero preguntó si los libros eran morales, porque, me dijo: «Si son inmorales, Nastenka, de ninguna manera deben leerse, porque aprenderías cosas malas.»
-¿Qué aprendería, abuela? ¿Qué es lo que cuentan?
-¡Ah! -respondió-. Cuentan cómo los mozos seducen a las muchachas de buenas costumbres; y cómo con el pretexto de que quieren casarse con ellas las sacan de la casa paterna; y cómo luego abandonan a las pobres chicas a su suerte y ellas quedan deshonradas. Yo he leído muchos de esos libros -dijo la abuela-, y todo está descrito tan bien que me pasaba la noche leyéndolos. ¡Así que mucho ojo, Nastenka, no los leas! ¿Qué clase de libros ha mandado? -preguntó
-Novelas de Walter Scott, abuela.
-¡Novelas de Walter Scott! Vaya, vaya, ¿no habrá ahí algún engaño? Mira bien a ver si no ha metido en ellos algún billete amoroso.
-No, abuela, no hay ningún billete.
-Mira bajo la cubierta. A veces los muy pillos los meten bajo la cubierta.
-No hay nada tampoco bajo la cubierta, abuela.
-Bueno, entonces está bien.
Así, pues, empezamos a leer a Walter Scott y en cosa de un mes leímos casi la mitad. El inquilino siguió mandándonos libros. Mandó las obras de Pushkin, y llegó el momento en que yo no podía vivir sin libros y ya dejé de pensar en casarme con un príncipe chino.
Así andaban las cosas cuando un día tropecé por casualidad con el inquilino en la escalera. La abuela me había mandado por algo. Él se detuvo, yo me ruboricé y él también, pero se echó a reír, me saludó, preguntó por la salud de la abuela y dijo: «¿Qué, han leído los libros?» Yo contesté que sí. «¿Y cuáles -volvió a preguntar- les han gustado más?» Yo respondí: «Ivanhoe y Pushkin son los que más nos han gustado.» Con eso terminó la conversación por entonces.
Ocho días después volví a tropezar con él en la escalera. Esta vez la abuela no me había mandado por nada, sino que yo había salido por mi cuenta. Ya habían dado las dos y el inquilino volvía a casa a esa hora. «Buenas tardes», me dijo, y yo le contesté: «Buenas tardes.»
-¿Y qué? -me preguntó-. ¿No se aburre usted de estar sentada todo el día junto a su abuela?
Cuando oí la pregunta, no sé por qué me puse colorada. Sentí vergüenza y pena de que ya hubieran empezado otros a hablar del asunto. Estuve por no contestar y marcharme, pero me faltaron las fuerzas.
-Mire -dijo-, es usted una chica buena. Perdone que le hable así, pero le aseguro que me intereso por su suerte más que su abuela. ¿No tiene usted amigas que visitar?
Yo dije que no, que sólo una, Mashenka, pero que se había ido a Pskov.
-Dígame -prosiguió-, ¿quiere ir al teatro conmigo?
-¿Al teatro? Pero ¿y la abuela?
-La abuela no tiene por qué enterarse.
-No -dije-, no quiero engañar a la abuela. Adiós.
-Bueno, adiós- repitió él. Y no dijo más. 
Pero después de la comida vino a vernos. Se sentó, habló largo rato con la abuela, le preguntó si salía alguna vez, si tenía amistades, y de repente dijo: «Hoy he sacado un palco para la ópera. Ponen El Barbero de Sevilla. Unos amigos iban a ir conmigo, pero después mudaron de propósito y me he quedado con el billete y sin compañía.
-¡El Barbero de Sevilla! -exclamó la abuela-. ¿Es ése el mismo Barbero que ponían en mis tiempos?
-Sí, el mismo -dijo, dirigiéndome una mirada-. Yo lo comprendí todo, me puse encarnada y el corazón me empezó a dar saltos de anticipación.
-¡Cómo no voy a conocerlo! -dijo la abuela-. ¡Si en mis tiempos yo misma hice el papel de Rosina en un teatro de aficionados!
-¿No quiere usted ir hoy? -preguntó el inquilino-. Si no, seria perder el billete.
-Pues sí, podríamos ir -respondió la abuela-. ¿Por qué no? Además, mi Nastenka no ha estado nunca en el teatro.
¡Qué alegría, Dios mío! En un dos por tres nos preparamos, nos vestimos y salimos. La abuela, aunque no podía ver nada, quería oír música, pero es que además es buena. Deseaba que me distrajera un poco, y nosotras solas no nos hubiéramos atrevido a hacerlo. No le contaré la impresión que me causó El Barbero de Sevilla. Sólo le diré que durante la velada nuestro inquilino me estuvo mirando con tanto interés, hablaba tan bien, que pronto me di cuenta de que aquella tarde había querido ponerme a prueba proponiéndome que fuéramos solos. ¡Qué alegría! Me acosté tan orgullosa, tan contenta, y el corazón me latía tan fuertemente que tuve un poco de fiebre y toda la noche me la pasé delirando con El Barbero de Sevilla.
Pensé que después de esto el inquilino vendría a vernos más a menudo, pero no fue así. Dejó de hacerlo casi por completo, o a lo más una vez al mes y sólo para invitarnos al teatro. Fuimos un par de veces más, pero no quedé contenta. Comprendí que me tenía lástima por la manera en que me trataba la abuela, y nada más. Con el tiempo llegué a sentir que ya no podía permanecer sentada, ni leer, ni trabajar. Me echaba a reír sin motivo aparente. Algunas veces molestaba a la abuela de propósito; otras, sencillamente lloraba. Adelgacé y casi me puse mala. Terminó la temporada de ópera y el inquilino dejó por completo de visitarnos. Cuando nos encontrábamos -- en la escalera de marras, por supuesto-, me saludaba en silencio y tan gravemente que parecía no querer hablar. Al llegar él al portal yo todavía seguía en mitad de la escalera, roja como una cereza, porque toda la sangre se me iba a la cabeza cuando tropezaba con él.
Y ahora viene el fin. Hace un año justo, en el mes de mayo, el inquilino vino a vernos y dijo a la abuela que ya había terminado de gestionar el asunto que le había traído a Petersburgo y que tenía que volver a Moscú por un año. Al oírlo me puse pálida y caí en la silla como muerta. La abuela no lo notó, y él, después de anunciar que dejaba libre el cuarto, se despidió y se fue.
¿Qué iba yo a hacer? Después de pensarlo mucho y de sufrir lo indecible, tomé una resolución. Él se iba al día siguiente, y yo decidí acabar con todo esa misma noche después de que se acostara la abuela. Así fue. Hice un bulto con los vestidos que tenía y la ropa interior que necesitaba y, con él en la mano, más muerta que viva, subí al desván de nuestro inquilino. Calculo que tardé una hora en subir la escalera. Cuando se abrió la puerta, lanzó un grito al verme. Creyó que era una aparición y corrió a traerme agua porque apenas podía tenerme de pie. El corazón me golpeaba con fuerza, me dolía la cabeza y me sentía mareada. Cuando me repuse un poco, lo primero que hice fue sentarme en la cama con el bulto a mi lado, cubrirme la cara con las manos y romper a llorar desconsoladamente. Él, por lo visto, se percató de todo al instante. Estaba de pie ante mí, pálido, y me miraba con ojos tan tristes que se me partió el alma.
-Escuche -me dijo-, escuche, Nastenka. No puedo hacer nada, soy pobre, no tengo nada por ahora, ni siquiera un empleo decente. ¿Cómo viviríamos si me casara con usted?
Hablamos largo y tendido y yo acabé por perder el recato. Dije que no podía vivir con la abuela, que me escaparía de casa, que no aguantaba que se me tuviera sujeta con un imperdible, y que si quería, me iba con él a Moscú, porque sin él no podía vivir. La vergüenza, el amor, el orgullo, todo hablaba en mí al mismo tiempo, y a punto estuve de caer en la cama presa de convulsiones. ¡Tanto temía que me rechazara!
Él, después de estar sentado en silencio algunos minutos, se levantó, se acercó a mí y me tomó una mano.
-Escuche, mi querida Nastenka -empezó con lágrimas en la voz-. Escuche. Le juro que si alguna vez estoy en condiciones de casarme, sólo me casaré con usted. Le aseguro que sólo usted puede ahora hacerme feliz. Escuche, voy a Moscú y pasaré allí un año justo. Espero arreglar mis asuntos. Cuando vuelva, si no ha dejado de quererme, le juro que nos casaremos. Ahora no es posible, no puedo, no tengo derecho a hacer promesa alguna. Repito que si no es dentro de un año, será de todos modos algún día, por supuesto si no ha preferido usted a otro, porque comprometerla a que me dé su palabra es algo que ni puedo ni me atrevo a hacer.
Eso me dijo, y al día siguiente se fue. Acordamos no decir palabra de esto a la abuela. Así lo quiso él. Y ahora mi historia está casi tocando a su fin. Ha pasado un año justo. Él ha llegado, lleva aquí tres días enteros y... y...
-¿Y qué? -grité yo, impaciente por oír el final.
-Y hasta ahora no se ha presentado -respondió Nastenka sacando fuerzas de flaqueza-. No ha dado señales de vida.
En ese punto se detuvo, quedó callada un momento, bajó la cabeza y, de pronto, tapándose la cara con las manos, empezó a sollozar de manera tal que me laceró el alma.
Yo ni remotamente esperaba ese desenlace. -¡Nastenka! -imploré con voz tímida-. ¡Nastenka, no llore, por amor de Dios! ¿Cómo lo sabe usted? Quizá no esté aquí todavía...
-¡Sí está, sí está! - insistió Nastenka-. Está aquí, lo sé. Esa noche, la víspera de su marcha, fijamos una condición. Cuando nos dijimos todo lo que le he contado a usted y llegamos a un acuerdo, vinimos a pasearnos aquí justamente a este muelle. Eran las diez. Nos sentamos en este banco. Yo había dejado de llorar y le escuchaba con deleite. Dijo que en cuanto regresara vendría a vernos, y que si yo todavía le quería por marido se lo contaríamos todo a la abuela. Ya ha llegado, lo sé, pero no ha venido. Y se echó a llorar de nuevo.
-¡Dios mío! ¿Pero no hay manera de ayudarla? -grité, saltando del banco con verdadera desesperación-. Diga, Nastenka, ¿no podría ir yo a verle?
-¿Cree usted que podría? -dijo alzando de súbito la cabeza.
-No, claro que no -afirmé conteniéndome a tiempo-. Pero, mire, escríbale una carta.
-No, de ninguna manera. Eso no puede ser -contestó ella con voz resuelta, pero bajando la cabeza y sin mirarme.
-¿Cómo que no puede ser? ¿Cómo que no? - insistí yo aferrándome a mi idea-. Sepa usted, Nastenka, que no se trata de una carta cualquiera. Porque hay cartas y cartas. Hay que hacer lo que digo, Nastenka. ¡Confíe en mí, por favor! No es un mal consejo. Todo esto se puede arreglar. Al fin y al cabo, ha dado usted ya el primer paso, con que ahora...
-No puede ser, no. Parecería que quiero comprometerle.
-¡Ah, mi buena Nastenka! - la interrumpí sin ocultar una sonrisa-. Le digo a usted que no. Usted, después de todo, está en su, derecho, porque él ya le ha hecho una promesa. Y, por lo que colijo, es hombre delicado, se ha portado bien -añadía entusiasmado cada vez más con la lógica de mis argumentos y aseveraciones- ¿Que cómo se ha portado? Se ha ligado a usted con una promesa. Dijo que si se casaba sería únicamente con usted. Y a usted la dejó en absoluta libertad para rechazarle sin más. En tal situación puede usted dar el primer paso, tiene usted derecho a ello, le lleva usted ventaja, aunque sea sólo, digamos, para devolverle la palabra dada.
-Diga, ¿cómo escribiría usted?
-¿El qué?
-La carta esa.
-Pues diría: «Muy señor mío... »
-¿Es de todo punto necesario decir «muy señor mío»?
-De todo punto. Pero, ahora que pienso, quizá no lo sea... Creo que...
-Bueno, bueno, siga.
-«Muy señor mío: Perdone que...» Pero no, no hace falta ninguna excusa. El hecho mismo lo justifica todo. Diga simplemente: «Le escribo. Perdone mi impaciencia, pero durante un año entero he vivido feliz con la esperanza de su regreso. ¿Tengo yo la culpa de no poder soportar ahora un día de duda? Ahora que ha llegado, quizá haya cambiado usted de intención. Si es así, esta carta le dirá que ni me quejo ni le condeno. No puedo condenarle por no haber logrado hacerme dueña de su corazón. Así lo habrá querido el destino. Es usted un hombre honrado. No se sonría ni se enoje al ver estos renglones impacientes. Recuerde que los escribe una pobre muchacha, que está sola en el mundo, que no tiene quien la instruya y aconseje y que nunca ha sabido sujetar su corazón. Perdone si la duda ha hallado cobijo en mi alma, siquiera sólo un momento. Usted no sería capaz de ofender, ni siquiera con el pensamiento, a ésta que tanto le ha querido y le quiere.»
-¡Sí, sí! ¡Eso mismo es lo que se me ha ocurrido! -exclamó Nastenka con ojos radiantes de gozo-. Ha despejado usted mis dudas. Es usted un enviado de Dios. ¡Se lo agradezco tanto!
-¿Por qué? ¿Porque soy un enviado de Dios? -pregunté, mirando con arrebato su rostro alegre.
-Sí, por eso al menos.
-¡Ay, Nastenka! ¡Demos gracias a que algunas personas viven con nosotros! Yo doy gracias a usted por haberla encontrado y porque la recordaré el resto de mi vida.
-Bien, basta. Ahora escuche. En la ocasión de que le hablo acordamos que, no bien llegara, me mandaría recado con una carta que depositaría en cierto lugar, en casa de unos conocidos míos, gente buena y sencilla, que no sabe nada del asunto. Y que si no le era posible escribirme, porque en una carta no se puede decir todo, que vendría aquí el mismo día de su llegada, a este lugar en que nos dimos cita, a las diez en punto. Sé que ha llegado ya, y hoy, al cabo de tres días, ni ha habido carta ni ha venido. Por la mañana no puedo separarme de la abuela. Entregue usted mismo la carta mañana a esa buena gente que le digo. Ellos se la remitirán. Y si hay contestación, usted mismo puede traérmela a las diez de la noche.
-¡Pero la carta, la carta! Lo primero es escribir la carta. De ese modo, quizá para pasado mañana esté todo resuelto.
-La carta... -respondió Nastenka turbándose un poco-, la carta... pues...
No acabó la frase. Primero volvió la cara, que se tiñó de rosa, y de repente sentí en mi mano la carta, escrita por lo visto hacía tiempo, toda preparada y sellada. ¡Qué recuerdo tan familiar, tan simpático y gracioso ha retenido de ello!
-R,o-Ro-s,i-si-n,a-na -empecé yo.
-¡Rosina! -entonamos los dos, yo casi abrazándola de alborozo, ella ruborizándose aún más y riendo a través de sus lágrimas que, como perlas, temblaban en sus negras pestañas.
-Bueno, basta. Ahora, adiós -dijo con precipitación-. Aquí está la carta y éstas son las señas a que hay que llevarla. Adiós, hasta la vista, hasta mañana.
Me apretó con fuerza las dos manos, me hizo un saludo con la cabeza y entró disparada en su callejuela. Yo permanecí algún tiempo donde estaba, siguiéndola con los ojos.
«Hasta mañana, hasta mañana», palabras que se me quedaron clavadas en la memoria cuando se perdió de vista.
Noche tercera
Hoy ha sido un día triste, lluvioso, sin un rayo de luz, cómo será mi vejez. Me acosan unos pensamientos tan extraños y unas sensaciones tan lúgubres, se agolpan en mi cabeza unas preguntas tan confusas, que no me siento ni con fuerzas ni con deseos de contestarlas. No seré yo quien ha de resolver todo esto.
Hoy no nos hemos visto. Ayer, cuando nos despedimos, empezaba a encapotarse el cielo y se estaba le vantando niebla. Yo dije que hoy haría mal tiempo Ella no contestó, porque no quería ir a contrapelo de sus esperanzas. Para ella el día sería claro y sereno, ni una sola nubecilla empañaria su felicidad.
-Si llueve no nos veremos -dijo-. No vendré.
Yo pensaba que ella no haría caso de la lluvia de hoy, pero no vino.
Ayer fue nuestra tercera entrevista, nuestra tercera noche blanca...
¡Pero hay que ver cómo la alegría y la felicidad hermosean al hombre! ¡Cómo hierve de amor el corazón! Es como si uno quisiera fundir su propio corazón con el corazón de otro, como si quisiera que todo se regocijara, que todo riera. ¡Y qué contagiosa es esa alegría! ¡Ayer había en sus palabras tanto deleite y en su corazón tanta bondad para conmigo! ¡Qué tierna se mostraba, cómo me mimaba, cómo lisonjeaba y confortaba mi corazón! ¡Cuánta coquetería nacía de su felicidad! Y yo... lo creía todo a pies juntillas, pensaba que ella. ..
Pero, Dios mío, ¿cómo podía pensarlo? ¿Cómo podía ser tan ciego, cuando ya otro se había adueñado de todo, cuando ya nada era mío? ¿Cuando, al fin y al cabo, esa ternura de ella, esa solicitud, ese amor..., sí, ese amor hacia mí, no eran sino la alegría ante la próxima entrevista con el otro, el deseo de ligarme también a su felicidad? Cuando él no vino y nuestra espera resultó inútil, se le anubló el rostro, quedó cohibida y acobardada. Sus palabras y gestos parecían menos frívolos, menos juguetones y alegres. Y, cosa rara, redoblaba su atención para conmigo, como si deseara instintivamente comunicarme lo que quería, lo que temía si la cosa no salía bien. Mi Nastenka se intimidó tanto, se asustó tanto, que por lo visto comprendió al fin que yo la amaba y buscaba cobijo en mi pobre amor. Es que cuando somos desgraciados sentimos más agudamente la desgracia ajena. El sentimiento no se dispersa, sino que se reconcentra.
Llegué a la cita con el corazón rebosante e impaciente por verla. No podía prever lo que siento ahora, ni el giro que iba a tomar el asunto. Ella estaba radiante de felicidad. Esperaba una respuesta y la respuesta era él mismo. Él vendría corriendo en respuesta a su llamamiento. Ella había llegado una hora antes que yo. Al principio no hacía sino reír, respondiendo con carcajadas a cada una de mis palabras. Estuve a punto de hablar, pero me contuve.
-¿Sabe por qué estoy tan contenta? ¿Tan contenta de verle? -preguntó-. ¿Por qué le quiero tanto hoy?
-¿Por qué? -pregunté yo a mi vez con el corazón trémulo. -Pues le quiero porque no se ha enamorado de mí. Otro, en su lugar, hubiera empezado a importunarme, a asediarme, a quejarse, a dolerse. ¡Usted es tan bueno!
Me apretó la mano con tanta fuerza que casi me hizo gritar. Ella se echó a reír.
-¡Dios mío, qué buen amigo es usted! -prosiguió, sería, al cabo de un minuto-. ¡Qué sí, que Dios me lo ha enviado a usted! Porque ¿qué sería de mí si no estuviera usted conmigo ahora? ¡Qué desinteresado es usted! ¡Qué bien me quiere! Cuando me case, seguiremos muy unidos, más que si fuéramos hermanos. Voy a quererle a usted casi tanto como a él.
En ese instante sentí una horrible tristeza y, sin embargo, algo así como un brote de risa empezó a cosquillearme el alma.
-Está usted arrebatada --dije-: Tiene usted miedo. Piensa que no va a venir.
-Bueno --contestó-. Si no estuviera tan feliz creo que su incredulidad y sus reproches me harían llorar. Por otro lado me ha devuelto usted el buen juicio y me ha dado mucho que pensar; pero lo pensaré más tarde; ahora le confieso que tiene usted razón. Sí, estoy un poco fuera de mí. Estoy a la expectativa y las cosas más nimias me afectan. Pero, basta, dejémonos de sentimientos...
En ese momento se oyeron pasos y de la oscuridad surgió un transeúnte que vino hacia nosotros. Los dos sentimos un escalofrío y ella casi lanzó un grito. Yo le solté la mano e hice ademán de alejarme. Pero nos habíamos equivocado; no era él. 
-¿Qué teme? ¿Por qué me ha soltado la mano? -preguntó dándomela otra vez-. ¿Qué pasa? Vamos a encontrarle juntos. Quiero que él vea cuánto nos queremos.
«¡Ay, Nastenka, Nastenka -pensé-, cuánto has dicho con esa palabra! Un amor como éste, Nastenka, en ciertos momentos enfría el corazón y apesadumbra el alma. Tu mano está fría; la mía arde como el fuego. ¡Qué ciega estás, Nastenka! ¡Qué insoportable a veces es la persona feliz! Pero no puedo enfadarme contigo... »
Por fin sentí que mi corazón rebosaba:
-Oiga, Nastenka -exclamé-. ¿Sabe lo que he hecho en el día de hoy?
-Bueno, ¿qué ha hecho? ¡A ver, de prisa! ¿Por qué no lo ha dicho hasta este instante?
-En primer lugar, Nastenka, cuando hice todos sus mandados, entregué la carta, estuve a ver a esas buenas gentes... fui a casa y me acosté...
-¿Nada más? -me interrumpió riendo.
-Sí, casi nada más -respondí haciendo un esfuerzo porque en los ojos me escocían unas lágrimas estúpidas-. Me desperté como una hora antes de nuestra cita, y me parecía que no había dormido. No sé lo que me pasaba. Se me antojaba que había salido para contarle a usted todo esto y que iba por la calle como si se me hubiese parado el tiempo, como si hasta el fin de mi vida debiera tener sólo una sensación, un sentimiento, como si, un minuto. debiera convertirse en una eternidad entera, y como si la vida se hubiera detenido en su curso... Cuando desperté creí que volvía a recordar un motivo musical de gran dulzura, largo tiempo conocido, oído antes en algún sitio. Se me figuraba que ese motivo había querido brotar de mi alma durante toda mi vida y que sólo ahora...
-¡Dios mío! ¿Qué significa eso? -No entiendo palabra.
-¡Ay, Nastenka! Quería comunicarle a usted de algún modo esa extraña impresión... -indiqué con voz lastimera en la que, aunque muy remota, latía aún la esperanza.
-¡Basta, basta, no siga! -dijo, y en un momento la pícara lo comprendió todo. De súbito se volvió locuaz, alegre y retozona. Me cogía del brazo, reía, quería que yo también riera, y recibía cada confusa palabra mía con larga y sonora carcajada. Yo empecé a sulfurarme y ella entonces se puso a coquetear.
-¿Sabe? -dijo-. Me escuece un poco que no se enamore usted de mí. Después de esto, ¿qué voy a pensar de usted? Pero, de todos modos, señor inflexible, no puedo menos de alabarme por lo ingenua que soy. Yo le cuento a usted todo, todito, por grande que sea la tontería que se me viene a la cabeza.
-Escuche. Parece que están dando las once -dije cuando se oyeron las campanadas de una lejana torre de la ciudad. Ella calló en el acto, dejó de reír y se puso a contar.
-Sí, las once -acabó por decir con voz tímida e indecisa.
Yo me arrepentí al punto de haberla asustado, de haberle hecho contar la hora, y me maldije por mi arrebato de malicia. Sentí lástima de ella y no sabía cómo expiar mi conducta. Me puse a consolarla, a buscar razones que explicaran la ausencia de él, a ofrecer argumentos y pruebas. Nadie era tan fácil de engañar como ella entonces, porque en momentos así todos escuchamos con alegría cualquier palabra de consuelo y nos contentamos con una sombra de justificación.
-Pero esto es ridículo -dije yo, animándome cada vez más y muy satisfecho de la insólita claridad de mis pruebas-, pero si no podía haber venido. Usted, Nastenka, me ha cautivado y confundido hasta el punto de que he perdido la noción del tiempo... Piense usted que apenas ha habido tiempo para que reciba la carta. Supongamos que no ha podido venir; supongamos que piensa contestar; en tal caso la carta no llegará hasta mañana. Yo mañana voy a recogerla tan pronto como amanezca y en seguida le diré a usted lo que hay. Piense, por último, en un sinfín de posibilidades, por ejemplo, que no estaba en casa cuando llegó la carta, y que quizá no la haya leído todavía. Todo ello es posible.
-Sí, sí --contestó Nastenka-, no había pensado en ello. Claro que todo es posible -prosiguió con tono de asentimiento, pero en el que, como una disonancia enojosa, se percibía otra idea lejana-. Mire lo que debe hacer. Usted va mañana lo más temprano posible y si recibe algo me lo dice en seguida. ¿Pero sabe usted dónde vivo? -y empezó a repetirme sus señas.
Luego, sin transición, se puso tan tierna y tímida conmigo... Parecía escuchar con atención lo que le decía, pero cuando me volví hacia ella para hacerle una pregunta, guardó silencio, quedó confusa y volvió la cabeza. Le miré los ojos. Efectivamente, estaba llorando.
-Pero, ¿es posible? ¡Qué niña es usted! ¡Pero qué niñería!... Vamos, basta.
Trató de sonreír y se calmó, pero aún le temblaba la barbilla y le palpitaba el pecho.
-Estoy pensando en usted -me dijo tras un momento de silencio-. Es usted tan bueno que una tendría que ser de piedra para no notarlo. ¿Sabe lo que ahora se me ha ocurrido? Pues compararles a ustedes dos. ¿Por qué él y no usted? Él no es tan bueno como usted, aunque le quiero más que a usted.
Yo no contesté. Ella, por lo visto, esperaba que dijera algo.
-Claro que quizá no le comprendo a él bien todavía, que no le conozco bien. Parecía, ¿sabe usted? como si siempre le tuviera miedo, por lo serio que estaba siempre, por lo así como orgulloso que parecía. Por supuesto que era sólo por fuera. En el corazón tiene más ternura que yo. Recuerdo cómo me miraba cuando, como ya le he dicho, fui a buscarle con el hatillo de ropa. Pero aun así, le tengo, no sé por qué, demasiado respeto y esto crea cierta desigualdad entre nosotros.
-No, Nastenka -respondí-, eso quiere decir que usted le quiere más que a nadie en el mundo, mucho más de lo que usted se quiere a sí misma.
-Bueno, supongamos que sea así -dijo la inocente Nastenka-. ¿Sabe usted lo que se me ocurre? Pero ahora no quiero hablar por mí sola, sino en general. Esto ya lo pensé hace tiempo. Escuche, ¿por qué no nos tratamos unos a otros como hermanos? ¿Por qué hasta el hombre más bueno disimula y calla en presencia de otro? ¿Por qué no decir sin rodeos lo que tiene uno en el corazón, inmediatamente, cuando sabe uno que su palabra no se la llevará el viento? ¿Por qué parecer más adusto de lo que uno es en realidad? Es como si cada cual temiera violentar los propios sentimientos si los expresa libremente.
-¡Ah, Nastenka, dice usted verdad! Eso resulta de varios motivos -interrumpí yo, que en ese instante reprimía mis propios sentimientos más que nunca.
-No, no -respondió ella con profunda emoción-. Usted, por ejemplo, no es como los otros. Francamente, no sé cómo decirle lo que siento, pero creo que usted, por ejemplo..., aunque ahora..., me parece que usted sacrifica algo por mí -agregó con timidez, lanzándome una ojeada fugaz-. Perdone que le hable así. Soy una muchacha sencilla, he visto poco mundo y la verdad, no sé cómo expresarme a veces -añadió con voz que algún oculto sentimiento hacía temblar, y procurando sonreír al mismo tiempo-. Pero sólo quería decirle que soy agradecida y que comprendo todo esto... ¡Que Dios se lo pague haciéndole feliz! Lo que me contó usted de su soñador no tiene pizca de verdad; quiero decir, que no tiene ninguna relación con usted. Usted se repondrá. Usted es muy diferente de como se pinta a sí mismo. Si alguna vez se enamora ¡que Dios le haga feliz con ella! A ella no le deseo nada porque será feliz con usted. Lo sé porque soy mujer y debe usted creer lo que digo...
Calló y me apretó la mano con fuerza. A mí la agitación me impidió decir nada. Pasaron algunos instantes.
-Bueno, está visto que no viene hoy -dijo por último alzando la cabeza-. Es tarde...
-Vendrá mañana -dije con voz firme y confiada.
-Sí -añadió ella alegrándose-. Ahora veo que no vendrá hasta mañana. ¡Hasta la vista, pues, hasta mañana! Si llueve quizá no venga. Pero vendré pasado mañana, vendré pase lo que pase. Esté usted aquí sin falta. Quiero verle y le contaré todo.
Seguidamente, cuando nos despedimos, me dio la mano y dijo mirándome serenamente a los ojos:
-En adelante estaremos siempre juntos, ¿verdad?
¡Oh, Nastenka, Nastenka, si supieras qué solo estoy ahora!
Cuando dieron las nueve se me hizo intolerable quedarme en el cuarto. Me vestí y salí a pesar del mal tiempo. Fui al lugar de la cita y me senté en nuestro banco. Hasta entré en su callejuela, pero me dio vergüenza y giré sobre los talones, sin mirar sus ventanas y sin dar más que dos pasos hacia su casa. Llegué a la mía dominado por la tristeza más grande que he sentido en mi vida. ¡Qué tiempo tan crudo y sombrío! Si al menos fuera bueno, me hubiera estado paseando allí toda la noche...
Bueno, hasta mañana. Mañana me lo contará todo. Pero no ha habido carta hoy. Aunque bien mirado, sin embargo, quizá había de ser así. Estarán ya juntos...
Noche cuarta
¡Dios mío, cómo ha terminado todo esto! ¡Qué fin ha tenido!
Llegué a las nueve. Ella ya estaba allí. La observé desde lejos. Estaba, como aquella primera vez, apoyada en la barandilla del muelle y no me oyó acercarme.
-¡Nastenka! exclamé haciendo un esfuerzo por contener mi emoción. Ella al punto se volvió hacia mí.
-¡Bueno -dijo-. de prisa!
La miré perplejo.
-Pero, ¿dónde está la carta? ¿Ha traído usted la carta? -repitió asiéndose a la barandilla.
-No, no tengo carta -dije al fin -. ¿Pero es que él no ha venido?
Ella se puso mortalmente pálida y me miró, inmóvil, largo rato. Yo había destruido su última esperanza.
-¡Sea lo que Dios quiera! -dijo al cabo con voz entrecortada-. ¡Qué Dios le perdone si me abandona así!
Bajó los ojos y luego quiso mirarme pero no pudo. Durante algunos minutos probó a dominar su emoción, pero de pronto me volvió la espalda, puso los codos en la barandilla del muelle y se deshizo en lágrimas.
-Basta, basta -empecé a decir, pero, mirándola, no tuve fuerzas para continuar. Al fin y al cabo, ¿qué podía decir?
-¡Pero qué inhumano y cruel es esto! -empezó de nuevo-. ¡Ni tan siquiera un renglón! Si al menos dijera que no me necesita, que no quiere nada conmigo... ¡Pero eso de no ponerme unas líneas en tres días seguidos! ¡Qué fácil le es agraviar a otros, ofender así a una pobre chica indefensa, cuya única culpa ha sido quererle! ¡Ay, lo que he sufrido estos tres días! ¡Dios mío, Dios mío! Cuando recuerdo que soy yo la que fue a verle por primera vez, que me humillé ante él, que lloré, que mendigué una migaja de amor siquiera... ¡Y después de eso...! ¡Oiga -dijo volviéndose hacia mí, centelleantes sus ojos negros-; eso no puede ser, eso no puede ser así, eso no es natural! Uno de nosotros dos, usted o yo, se habrá equivocado. No habrá recibido la carta. Quizá ésta es la hora en que aún no sabe nada. ¿Cómo es posible? Juzgue usted mismo, dígame, por amor de Dios, explíqueme, porque yo no puedo entenderlo. ¿Cómo es posible portarse tan bárbara y groseramente como él se ha portado conmigo? ¡Ni siquiera una palabra! ¡Hasta a la persona más insignificante del mundo se la trata con más compasión! ¿Es posible que haya oído algo? ¿Es posible que alguien le haya dicho cosas de mí? -gritó volviéndose, inquisitiva, hacia mí-. ¿Qué piensa usted?
-Mire, Nastenka, mañana voy a verle de parte de usted.
-¿Y qué?
-Le pregunto todo y le cuento todo.
-¿Y qué? ¿ Y qué?
-Usted escribe una carta. No diga que no, Nastenka, no diga que no. Le obligaré a respetar el comportamiento de usted, se enterará de todo, y si...
-No, amigo mío, no -interrumpió-. Ya basta. No recibirá de mí una palabra, ni una sola palabra, ni una línea. Ya basta. Ya no le conozco, ya no le quiero, le olvidaré...
No terminó la frase.
-Cálmese, cálmese. Siéntese aquí, Nastenka -dije haciéndola sentarse en el banco.
-¡Pero si estoy tranquila! Basta, así es la vida. Y estas lágrimas ya se secarán. ¿Es que cree usted que me voy a matar? ¿Qué me voy a tirar al agua?
Mi corazón rebosaba de emoción. Quise hablar, pero no pude.
-Diga -prosiguió, cogiéndome de la mano-, ¿usted no se portaría así, ¿verdad? ¿No abandonaría a quien hubiera venido a usted por su propia voluntad? ¿Usted no le echaría en cara, con burlas crueles, el tener un corazón débil y crédulo? ¿Usted la protegería? ¿Usted pensaría que era una muchacha sola, que no sabía mirar por sí misma ni cuidarse del amor que sentiría por usted... que ella no tenía la culpa .... Que, en fin, no tenía la culpa de... que no había hecho nada malo?
¡Ay, Dios mío, Dios mío!
-¡Nastenka! -exclamé por fin sin poder dominar mi agitación-. Nastenka, usted me está atormentando, usted me destroza el corazón, usted me mata. ¡Nastenka, no puedo callar! ¡Tengo que hablar, decir todo lo que me oprime aquí, en el corazón! Al decir esto me levanté del banco.
Ella me cogió de la mano y me miró con asombro.
-¿Qué le pasa? -preguntó por fin.
-Escuche -dije con decisión-. Escúcheme, Nastenka. Todo lo que voy a decirle es absurdo, todo es quimérico y estúpido. Sé que nada de ello puede realizarse, pero no puedo seguir más tiempo callado. ¡En nombre de lo que usted sufre ahora, le ruego de antemano que me perdone!
-Pero, ¿esto qué es? -preguntó cesando de llorar y mirándome con fijeza, mientras en sus ojos sorprendidos brillaba una extraña curiosidad-. ¿Qué le pasa?
-Esto es quimérico, lo sé, pero la quiero a usted, Nastenka. Eso es lo que pasa. Ahora ya lo sabe usted todo -agregué remachando lo dicho con el brazo-. Ahora verá usted si puede hablar conmigo como hablaba hace un momento y si puede escuchar al cabo lo que voy a decirle..,
-Bueno, ¿y qué? -me cortó Nastenka-. ¿Qué hay de nuevo en eso? Ya sabía que me quería usted, aunque creía que me quería así, sencillamente, sin segunda intención... ¡Ay, Dios mío!
-Al principio, sí, sencillamente, pero ahora..., ahora soy exactamente como usted cuando fue a verle a él con el hatillo de ropa. Pero todavía peor, Nastenka porque entonces él no quería a nadie, mientras que ahora usted quiere a otro.
-¿Qué dice usted? No le entiendo a usted en absoluto. Pero dígame, ¿con qué fin, es decir, no con qué fin, sino por qué se pone usted así tan de repente? ¡Cielo santo, estoy diciendo tonterías ... ! Pero usted...
Nastenka quedó desconcertada del todo. Se le encendieron las mejillas y bajó los ojos.
-¿Qué hacer, Nastenka, qué hacer? Soy culpable, he abusado de... Pero no, ¡qué va! No, Nastenka. Conozco esto, lo siento, porque me dice el corazón que tengo razón y que de ninguna manera puedo agraviarla o injuriarla. Era amigo de usted y sigo siéndolo. No ha cambiado en nada. Mire cómo se me saltan las lágrimas, Nastenka. ¡Que se me salten, pues! No molestan a nadie. Ya se secarán...
-¡Pero siéntese, siéntese! --dijo obligándome a sentarme en el banco- ¡Ay, Dios mío!
-No, Nastenka, no quiero sentarme! yo ya no puedo seguir aquí más tiempo; usted no me verá ya más. Voy a decirlo todo y me voy. Sólo quiero decir que usted no hubiera sabido nunca que la quiero. Yo hubiera guardado el secreto y no la hubiera martirizado aquí y en este momento con mi egoísmo. Pero es que no he podido aguantar más; usted misma empezó a hablar de esto, usted misma ha tenido la culpa, toda la culpa, y no yo. Usted no puede alejarme de su lado...
-¡Pero claro que no, no señor, yo no le alejo de mi lado! -dijo Nastenka, ocultando, la pobre, su confusión como mejor pudo. 
-¿No me aleja usted? Pues entonces yo mismo me voy. Me voy, sólo que antes le contaré a usted todo, porque cuando usted hablaba hace un momento no podía quedarme quieto en mi asiento; cuando usted lloraba, cuando usted sufría porque... (voy a decirlo tal como es, Nastenka), porque es usted desdeñada, porque su amor no es correspondido, ¡yo sentía, por mi parte, tanto amor por usted, tanto amor! Y me daba tanta pena no poder ayudarla con ese amor... que se me partía el alma y... ¡y no pude callar y tuve que hablar, Nastenka, tuve que hablar!...
-¡Sí, sí! ¡Hábleme, hábleme así! --dijo Nastenka con un gesto delicado-. Quizá le parezca extraño que se lo diga, pero... ¡hable! ¡Ya le diré más tarde! ¡Ya le contaré todo!
-¡Me tiene usted lástima, Nastenka, sólo lástima, amiga mía! A lo hecho, pecho. Agua pasada... ¿no es verdad? Bueno, ahora lo sabe usted todo. Algo es algo. ¡Muy bien! ¡Todo está ahora bien! Ahora escuche. Cuando estaba usted ahí sentada llorando, yo pensé para mis adentros (¡ay, déjeme decir lo que pensé!) pensé que (claro que esto, Nastenka, es imposible)... pensé que usted... pensé que usted, no sé cómo..., bueno, por algún extraño motivo ya había dejado de quererle. Entonces -y yo ya pensaba esto, Nastenka, ayer y anteayer-, entonces yo hubiera hecho de modo... hubiera hecho sin duda de modo que usted me hubiera ido tomando cariño, porque usted misma dijo, usted misma afirmó, Nastenka, que ya casi me quería. Ahora, ¿qué más? Bueno, esto es casi todo lo que quería decir: sólo queda por decir lo que pasaría si usted me tomara cariño, nada más. Escuche, amiga mía (porque de todos modos es usted mi amiga), yo, por supuesto, soy un hombre sencillo, pobre, muy poca cosa, pero no importa (estoy tan confuso, Nastenka, que no doy pie con bola); sólo sé que la querría de tal manera... de tal manera la querría, que si usted siguiera queriéndole a él, si siguiera queriendo a ese hombre para mí desconocido, vería usted que mi amor no sería para usted una carga. Usted sólo notaría... sólo sentiría a cada instante que junto a usted latía un corazón honrado, honrado, un corazón ardiente, que para usted... ¡Ay, Nastenka, Nastenka! ¿Qué ha hecho usted conmigo?
-No llore, no quiero que llore -dijo Nastenka levantándose rápidamente del banco-. Vamos, levántese, venga conmigo. No llore más, no llore -siguió diciendo mientras me enjugaba las lágrimas con su pañuelo-. Bueno, vamos; puede que le diga algo... Sí, sí ahora él me abandona, si me olvida, aunque yo todavía le quiero (no me propongo engañarle a usted)... Pero escuche y contésteme. Si yo, por ejemplo, le tomara cariño a usted, es decir, si yo... ¡Ay, amigo mío, amigo mío! ¡Cómo me doy plena cuenta ahora de que le ofendí cuando me reí de su amor, cuando le elogiaba Por no haberse enamorado de mí ... ! ¡Ay Dios! ¿Pero cómo no preví esto? ¿Cómo no lo preví? ¿Cómo pude ser tan tonta? pero, en fin, estoy decidida. Voy a contarle todo...
-Mire, Nastenka, ¿sabe lo que voy a hacer? Me alejo de usted. Sí, eso, me voy de su lado. No hago más que martirizarla. Ahora le remuerde la conciencia porque se rió usted de mí, y no quiero... eso, no quiero que, junto a la pena que siente..., yo, por supuesto, tengo la culpa, Nastenka, pero... ¡adiós!
-Deténgase y escúcheme. ¿Es que no puede esperar?
-¿Esperar qué?
-Yo le quiero a él, pero esto pasará, esto tiene que pasar. Es imposible que no pase, está pasando ya, lo siento... ¿Quién sabe? Quizá termine hoy mismo, porque le odio, porque se ha reído de mí, mientras que usted ha llorado aquí conmigo, porque usted no me hubiera repudiado como él lo ha hecho, porque usted me quiere y él no, porque, en suma, yo le quiero a usted... ¡Sí, le quiero! Le quiero como usted me quiere a mí; y, a decir verdad, yo misma se lo he dicho antes, usted mismo lo oyó. Le quiero porque es usted mejor que él, porque es usted más noble que él, porque, porque él...
La emoción de la pobre muchacha era tan fuerte que no terminó la frase; puso la cabeza en mi hombro, luego en mi pecho y rompió a llorar amargamente. Traté de consolarla, de convencerla, pero no cesaba en su llanto; sólo me apretaba la mano y decía entre sollozos: «¡Espere, espere, que acabo en seguida! Quiero decirle... no piense usted que estas lágrimas... esto no es más que debilidad; espere a que pase ... » Por fin se serenó, se enjugó las lágrimas y proseguimos nuestro paseo. Yo hubiera querido hablar, pero ella siguió diciéndome que esperara. Guardamos silencio ... Al fin, sacó fuerzas de flaqueza y rompió a hablar ...
-Mire -empezó a decir con voz débil y trémula, pero en la que de pronto empezó a vibrar algo que entró en mi corazón y lo llenó de dulce alegría-, no me crea usted liviana e inconstante. No piense que soy capaz de cambiar y olvidar tan ligera y rápidamente... Le he querido a él un año entero y juro por lo más sagrado que nunca, nunca le he faltado, ni con el pensamiento siquiera. Él ha desdeñado esto y se ha reído de mí ¡qué se le va a hacer! Me ha agraviado y me ha lastimado el corazón. No... no le quiero, porque sólo puedo querer lo que es generoso, lo que es comprensivo, lo que es noble -porque yo soy así y él es indigno de mí- bueno, ¿qué se le va a hacer? Mejor es que haya obrado así ahora y no que más tarde me hubiera enterado con desengaño de cómo es... Bien, ¡pelillos a la mar! Pero ¿quién sabe, mi buen amigo? -prosiguió, apretándome la mano-. ¿Quién sabe si quizá todo el amor mío no fue más que un engaño de los sentidos, de la fantasía? ¿Quién sabe si no empezó como una travesura, como una chiquillada, por hallarme bajo la vigilancia de la abuela? Quizá debiera amar a otro, y no a él, no a un hombre como él, sino a otro que me tuviera lástima y... Pero dejemos esto, dejémoslo -interpuso Nastenka, a quien ahogaba la agitación-, sólo quería decirle... quería decirle que sí, a pesar de que le quiero a él (no, que le quería), si, a pesar de eso, dice usted todavía..., si siente usted que su cariño es tan grande que puede con el tiempo reemplazar al anterior en mi corazón... si de veras se compadece usted de mí, si no quiere dejarme sola en mi desgracia, sin consuelo, sin esperanza, si promete amarme siempre como ahora me ama, en ese caso le juro que la gratitud .... que mi cariño acabará siendo digno del suyo... ¿me cogerá usted de la mano ahora?
-Nastenka -grité ahogado por los sollozos-. ¡Nastenka, oh, Nastenka!
-¡Bueno, basta, basta! ¡Bueno, basta ya de veras! -dijo, haciendo un esfuerzo para calmarse-. Ahora ya está todo dicho, ¿verdad? ¿No es así? Usted es feliz y yo soy feliz. No se hable más del asunto. Espere, no me apure... ¡Hable de otra cosa, por amor de Dios!... -
¡Sí, Nastenka, sí! Con eso basta, ahora soy feliz... Bueno, Nastenka, bueno, hablemos de otra cosa. ¡A ver, a ver, de otra cosa! Sí, estoy dispuesto...
No sabíamos de qué hablar, reíamos, llorábamos, decíamos mil palabras sin ton ni son. Marchábamos por la acera y de repente volvíamos sobre nuestros pasos y cruzábamos la calle. Luego nos parábamos y volvíamos al muelle. Parecíamos chiquillos...
-Ahora vivo solo, Nastenka -decía yo-, pero mañana... Ya sabe usted, Nastenka, que, por supuesto, soy pobre. En total, no tengo más que 1.200 rublos, pero eso no importa...
-Claro que no. Además la abuela tiene una pensión y no será una carga. Tenemos que llevarnos a la abuela.
-Desde luego hay que llevarse a la abuela... Ahora bien, también está Matryona...
-¡Ah, sí, y nosotras tenemos a Fyokla!
-Matryona es buena, pero tiene un defecto. Carece de imaginación, Nastenka, carece por completo de imaginación. Pero eso no tiene importancia.
-Ninguna. Pueden vivir juntas. Entonces se muda usted a nuestra casa.
-¿Cómo? ¿A casa de ustedes? Muy bien, estoy dispuesto.
-Sí, como inquilino. Ya le he dicho que tenemos un desván en lo alto de la casa y que está vacío. Teníamos una inquilina, una vieja de familia noble, pero se nos fue, y sé que la abuela busca ahora a un joven. Yo le pregunto: «¿Por qué un joven?» Y ella dice: «Porque ya soy vieja; pero no vayas a creerte, Nastenka, que te estoy buscando marido.» Yo sospechaba que era para eso...
-¡Ay, Nastenka!
Y los dos rompimos a reír.
-Bien, basta ya. ¿Y usted dónde vive? Ya se me ha olvidado.
-Ahí, junto a uno de los puentes, en casa de Barannikov.
-¿Esa casa tan grande?
-Sí, esa casa tan grande.
-Ah, sí, ya sé, es una casa hermosa. Bueno, pues ya sabe que mañana la deja y se viene con nosotras cuanto antes...
-Pues mañana, Nastenka, mañana. Estoy algo retrasado con el pago del alquiler, pero no importa... Voy a recibir mi paga pronto y...
-Y ¿sabe?, quizá yo dé lecciones. Yo misma me instruiré y daré lecciones...
-¡Magnífico! Y yo recibiré pronto una gratificación, Nastenka...
-De modo que mañana será usted un inquilino...
-Sí, e iremos a oír El Barbero de Sevilla, porque lo van a poner pronto otra vez.
-Sí que iremos -dijo riendo Nastenka-. No. Mejor será que vayamos a oír otra cosa en lugar de El Barbero.
-Bueno, muy bien, otra cosa. Claro que será mejor. No había pensado...
Hablando así, íbamos y veníamos como aturdidos, como caminantes en la niebla, como si no supiéramos qué nos pasaba. A veces nos parábamos y charlábamos largo rato en un mismo lugar; a veces reanudábamos nuestras ¡idas y venidas y llegábamos hasta Dios sabe dónde, y allí vuelta a reír y vuelta a llorar... De pronto, Nastenka decidió volver a casa. Yo no me atreví a retenerla y quise acompañarla hasta la puerta misma. Nos pusimos en camino y al cabo de un cuarto de hora nos hallamos de nuevo en nuestro banco del muelle. Allí suspiró y alguna lagrimilla volvió a bañarle los ojos. Yo quedé cohibido y perdí un tanto mi ardor... Pero ella, allí mismo, me apretó la mano y me arrastró de nuevo a caminar, a charlar, a contar cosas...
-Ya es hora de que vaya a casa, ya es hora. Pienso que debe ser muy tarde -dijo por fin Nastenka- , ¡basta ya de chiquilladas!
-Sí, Nastenka, pero lo que es dormir, no dormiré ahora. Yo no me voy a casa.
-Yo parece que tampoco voy a dormir. Pero acompáñeme usted.
-Por supuesto.
-Esta vez, sin embargo, es preciso que lleguemos hasta mi casa.
-Claro. Por supuesto.
-¿Palabra de honor?... Porque alguna vez habrá que volver a casa.
-Palabra de honor --contesté riendo.
-Bueno, andando.
-Andando.
-Mire el cielo, Nastenka, mírelo. Mañana va a hacer buen día. ¡Qué cielo tan azul! ¡Qué luna! ¡Mire cómo la va a cubrir esa nube amarilla, mire, mire! No, ha pasado junto a ella. ¡Mire, mire! Pero Nastenka no miraba la nube, sino que, clavada en el sitio, guardaba silencio. Un instante después comenzó a apretarse contra mí con una punta de timidez. Su mano temblaba en la mía. La miré... Ella se apoyó contra mí con más fuerza aún. En ese momento pasó junto a nosotros un joven. Se detuvo de repente, nos miró de hito en hito y luego dio unos pasos más. Mi corazón tembló.
-Nastenka -dije yo a media voz-. ¿Quién es, Nastenka?
-Es él -respondió con un murmullo, apretándose aún más estremecida contra mí. Yo apenas podía tenerme de pie.
-¡Nastenka! ¡Nastenka! ¡Eres tú! -exclamó una voz tras nosotros y en ese momento el joven dio unos pasos hacia donde estábamos.
¡Dios mío, qué grito dio ella! ¡Cómo temblaba! ¡Cómo se libró forcejeando de mis brazos y voló a su encuentro! Yo me quedé mirándolos con el corazón deshecho. Pero apenas le dio ella la mano, apenas se hubo lanzado a sus brazos, cuando de pronto se volvió de nuevo hacia mí, corrió a mi lado como una ráfaga de viento, como un relámpago, y antes de que yo me diera cuenta, me rodeó el cuello con los brazos y me besó con fuerza, ardientemente. Luego, sin decirme una palabra, corrió otra vez a él, le cogió de la mano y le arrastró tras sí.
Yo me quedé largo rato donde estaba, siguiéndoles con la mirada. Por fin se perdieron de vista.
La mañana
Mis noches terminaron con una mañana. El día estaba feo. Llovía, y la lluvia golpeaba tristemente en mis cristajes. Mi cuarto estaba oscuro y el patio sombrío. La cabeza me dolía y me daba vueltas. La fiebre se iba adueñando de mi cuerpo.
-Carta para ti, señorito. El cartero la ha traído por correo interior --dijo Matryona inclinada sobre mí.
-¿Una carta? ¿De quien? -grité saltando de la silla.
-No tengo idea, señorito. Mira bien. Puede que esté escrito ahí.
Rompí el sello. Era de ella.
«Perdone, perdóneme -me decía Nastenka-, de rodillas se lo pido, perdóneme. Le he engañado a usted y me he engañado a mí misma. Ha sido un sueño, una ilusión... ¡No puede imaginarse cómo le he echado de menos hoy! ¡Perdóneme, perdóneme!
»No me culpe, porque en nada he cambiado con respecto a usted. Le dije que le amaría y ya le amo, y aún le amo más de la cuenta. ¡Ay, Dios mío! ¡Si fuera posible amarles a ustedes dos a la vez! ¡Ay, si fuera usted él! »
«¡Ay, si él fuera usted!» -me cruzó por la mente. ¿Recordé tus propias palabras, Nastenka?
«¡Dios sabe lo que yo haría por usted ahora! Sé que está usted apesadumbrado y triste. Le he agraviado, pero ya sabe usted que quien ama no recuerda largo tiempo el agravio. Y usted me ama.
»Le agradezco, sí, le agradezco a usted ese amor. Porque ha quedado impreso en mi memoria como un dulce sueño, un sueño de esos que uno recuerda largo rato después de despertar; siempre me acordaré del momento en que usted me abrió su corazón tan fraternalmente, en que tomó en prenda el mío, destrozado, para protegerlo, abrigarlo, curarlo... Si me perdona, mi recuerdo de usted llegará a ser un sentimiento de gratitud que nunca se borrará de mi alma... Guardaré ese recuerdo, le seré fiel, no le haré traición, no traicionaré mi propio corazón; es demasiado constante. Ayer se volvió al momento hacia aquél a quien ha pertenecido siempre.
»Nos encontraremos, usted vendrá a vernos, no nos abandonará, será siempre mi amigo, mi hermano. Y cuando me vea me dará la mano... ¿verdad? Me la dará usted en señal de que me ha perdonado, ¿verdad? ¿Me querrá usted como antes? 
»Quiérame, sí, no me abandone, porque yo le quiero tanto en este momento... porque soy digna de su amor, porque lo mereceré... ¡mi muy querido amigo! La semana entrante nos casamos. Ha vuelto enamorado, nunca me olvidó. No se enfade usted porque hablo de él. Quisiera ir con él a verle a usted; usted le cobrará afecto, ¿verdad?
»Perdónenos, y recuerde y quiera a su
Nastenka.»
Leí varias veces la carta con lágrimas en los ojos. Por fin se me escapó de las manos y me cubrí la cara.
-¡Mira, mira, señorito! -exclamó Matryona.
-¿Qué pasa, vieja?
-Que he quitado todas las telarañas del techo. Ahora, cásate, invita a mucha gente, antes de que el techo se ensucie otra vez...
Miré a Matryona... Era todavía una vieja joven y vigorosa. Pero no sé por qué, de repente se me figuró apagada de vista, arrugada de piel, encorvada, decrépita. No sé por qué me pareció de pronto que mi cuarto envejecía a la par que Matryona. Las paredes y los suelos perdían su lustre; todo se ajaba; las telarañas agrandaban su dominio. No sé por qué, cuando miré por la ventana, me pareció que la casa de enfrente también se deslustraba y se ajaba, que el estuco de sus columnas se desconchaba, se desprendía, que las cornisas se ennegrecían y agrietaban, y que las paredes se cubrían de manchas de un amarillo oscuro y chillón...
Quizá fuera un rayo de sol que, tras surgir de detrás de una nube preñada de lluvia, volvió a ocultarse de repente y lo oscureció todo a mis ojos. O quizá la perspectiva entera de mi futuro se dibujó ante mí tan sombría, tan melancólica, que me vi como soy efectivamente ahora, quince años después, como un hombre envejecido, que sigue viviendo en este mismo cuarto, tan solo como antes, con la misma Matryona, que no se ha despabilado nada en todos estos años.
¿Pero suponer que escribo esto para recordar mi agravio, Nastenka? ¿Para empañar tu felicidad clara y serena? ¿Para provocar con mis amargas quejas la angustia en tu corazón, para envenenarlo con secretos remordimientos y hacerlo latir con pena en el momento de tu felicidad? ¿Para estrujar una sola de esas tiernas flores con que adornaste tus negros rizos cuando te acercaste con él al altar...? ¡Ah, nunca, nunca! ¡Qué brille tu cielo, que sea clara y serena tu sonrisa, que Dios te bendiga por el minuto de bienaventuranza y felicidad que diste a otro corazón solitario y agradecido!
¡Dios mío! ¡Sólo un momento de bienaventuranza! Pero, ¿acaso eso es poco para toda una vida humana?