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Monday, July 24, 2017

Elia Casillas

I alternated what remained in the coffin, with a faithful measure of the kilo occupied. I only left the time of Joaquín Sabina, the skin of foreigner, the remedies of Jaime Sabines and two autumn leaves. I do not need lumps, not even a gypsy profile. I only ask in the backpack the last dream, the sea, ah that sea, fish rings and mermaids, where the gulls still bring news of gods in the beak. Sea in me before birth, sand in every duel, turtles excited with their suckers that do not run anymore, without roses work their cemetery of shells, in each sacrificed child. Purple sunset, seductive sun, combustible lord of the work, lithograph of my flesh, palm trees, accomplices of drunks and needs of one another clueless,  palms of the red hill, doses of eroticism on the roof catwoman, troublemakers of dog confusions jolting him ardent to the night. Ghosts of the Port in drying clothes, sentinels of rivers and enchanted houses consult kisses in lanterns a day of dead.



San Luis Potosí, San Luis Potosí. April / 27/2004






Saturday, July 22, 2017

Elia Casillas: Ni de aquí, ni de allá


Quiero contarles algo, si publico fotografías y de casualidad son sus parientes, no piensen que busco ganarme su cariño, su amistad, su confianza o que vayan a mis presentaciones. La verdad no me interesa andar de caime bien, nunca me importó. De alguna manera, sus familiares tocaron mi vida, los conocí, los observé, estuve ahí. Cuando voy a Puerto Vallarta, estoy siempre con mi raza porque duro mucho sin ir y mi deseo es andar con ellos. De vez en vez, me toca encontrarme con alguien o invitar a algún amigo a una fiesta, pero la verdad no procuro a la gente; por eso, hago alboroto cuando presento mis libros, porque es un pretexto para estar con ustedes. No imaginan lo feliz que me hace verlos, no, no lo imaginan. A veces, sin querer me doy cuenta de sus malos comentarios y también me gustaría que sepan que, estoy acostumbrada, en cuestiones literarias, hay mucha ignorancia, y como en aquellos años en los que vivía en Vallarta, muchos ni siquiera sabían en todo lo que andaba, porque, yo tampoco estuve al tanto de sus vidas, realmente atesoré pocos amigos, pero muy buenos maestros. Aquí (en Sonora), tampoco soy popular, para los sonorenses, soy una extranjera, y cuando voy a Puerto Vallarta, me siento igual, ya que ni pertenezco a esta tierra, ni a Vallarta. Las personas que laboran en Cultura (en Puerto Vallarta, Jalisco), siempre se han empeñado en hacer de mis presentaciones un lío, y eso duele, ya que la gente que me ha cerrado las puertas, ni siquiera son Patasaladas, como yo. No le dan publicidad a mis presentaciones, no invitan a la prensa, he pasado como un fantasma por mi tierra, igual que mis libros. No es fácil hacer un libro, y yo los armo, los edito, porque es una manera de recuperar la inversión y ganar más, que con las regalías de una editorial. Pero Mi Padre, Dios, me dio inteligencia, y no saben qué bien se siente decir: edito mis libros. A mí sólo me quiere Dios y uno que otro mortal y como lo tengo a Él, es muy difícil que me dé por vencida. Puerto Vallarta no tiene escritores, no hay gente para una presentación digna, no los hay, se los digo yo, que ando en este oficio, entonces, cuando me preguntan quién va a estar conmigo en la mesa, les digo que busquen, no lo hacen, no lo hacen porque no tienen de dónde agarrar, y yo tengo amigos muy capaces, escritores, buenos escritores pero radican en CDMX o Guadalajara y tampoco quieren correr con los gastos para traerlos. Entonces, por su incapacidad o porque no saben trabajar, no les gusta o no les da la gana, lo culpan a uno de sus mediocridades, luego, tengo que sondear entre ustedes, buscar a alguien para lea el prólogo del libro. Esta vez, me ayudó el maestro Ramon Gonzalez Lomeli y su equipo, no me quejo. En otras ocasiones, Arturo Dávalos Peña me echó la mano. Y no defiendo a Arturo en las redes porque le deba algo, él cumplió con su deber y eso si agradezco. Lo defiendo porque lo sigo en las redes, ya que es una forma de estar cerca, de ver las calles, las avenidas, observar el entusiasmo con que trabaja por nuestro pueblo. Dos de mis libros se han presentado en la FIL (POR ESTA HEBRA y Sola, sin tu sombra) y uno de ellos en la Feria del Libro del Palacio de Minería (POR ESTA HEBRA). Es un logro pequeño, pero, no cualquiera llega a esos cielos. Ahora que fui con mi libro de micro cuentos LA (PESCA) DA, me ayudó Julia BaumgartenAntonia Carrillo PerezLupilau Zatarain, ellas anduvieron conmigo y llevaron bocadillos, y eso, es una bendición. No lloro, no me siento triste porque algunos de ustedes no fueron, no asistió ni siquiera gran parte de mi familia y, siempre recordaré las palabras de un maestro: Elia Casillas ¿quieres saber cuántos amigos tienes? Presenta un libro.



Franz Kafka: El paseo repentino




 Cuando por la noche uno parece haberse decidido terminantemente a quedarse en casa; se ha puesto una bata; después de la cena se ha sentado a la mesa iluminada, dispuesto a hacer aquel trabajo o a jugar aquel juego luego de terminado el cual habitualmente uno se va a dormir; cuando afuera el tiempo es tan malo que lo más natural es quedarse en casa; cuando uno ya ha pasado tan largo rato sentado tranquilo a la mesa que irse provocaría el asombro de todos; cuando ya la escalera está oscura y la puerta de calle trancada; y cuando entonces uno, a pesar de todo esto, presa de una repentina desazón, se cambia la bata; aparece en seguida vestido de calle; explica que tiene que salir, y además lo hace después de despedirse rápidamente; cuando uno cree haber dado a entender mayor o menor disgusto de acuerdo con la celeridad con que ha cerrado la casa dando un portazo; cuando en la calle uno se reencuentra, dueño de miembros que responden con una especial movilidad a esta libertad ya inesperada que uno les ha conseguido; cuando mediante esta sola decisión uno siente concentrada en sí toda la capacidad determinativa; cuando uno, otorgando al hecho una mayor importancia que la habitual, se da cuenta de que tiene más fuerza para provocar y soportar el más rápido cambio que necesidad de hacerlo, y cuando uno va así corriendo por las largas calles, entonces uno, por esa noche, se ha separado completamente de su familia, que se va escurriendo hacia la insustancialidad, mientras uno, completamente denso, negro de tan preciso, golpeándose los muslos por detrás, se yergue en su verdadera estatura.
Todo esto se intensifica aún más si a estas altas horas de la noche uno se dirige a casa de un amigo para saber cómo le va.





Friday, July 21, 2017

Ryunosuke Akutagawa: Cuerpo de mujer

Una noche de verano un chino llamado Yang despertó de pronto a causa del insoportable calor. Tumbado boca abajo, la cabeza entre las manos, se había entregado a hilvanar fogosas fantasías cuando se percató de que había una pulga avanzando por el borde de la cama. En la penumbra de la habitación la vio arrastrar su diminuto lomo fulgurando como polvo de plata rumbo al hombro de su mujer que dormía a su lado. Desnuda, yacía profundamente dormida, y oyó que respiraba dulcemente, la cabeza y el cuerpo volteados hacia su lado.
Observando el avance indolente de la pulga, Yang reflexionó sobre la realidad de aquellas criaturas. “Una pulga necesita una hora para llegar a un sitio que está a dos o tres pasos nuestros, aparte de que todo su espacio se reduce a una cama. Muy tediosa sería mi vida de haber nacido pulga…”
Dominado por estos pensamientos, su conciencia se empezó a oscurecer lentamente y, sin darse cuenta, acabó hundiéndose en el profundo abismo de un extraño trance que no era ni sueño ni realidad. Imperceptiblemente, justo cuando se sintió despierto, vio, asombrado, que su alma había penetrado el cuerpo de la pulga que durante todo aquel tiempo avanzaba sin prisa por la cama, guiada por un acre olor a sudor. Aquello, en cambio, no era lo único que lo confundía, pese a ser una situación tan misteriosa que no conseguía salir de su asombro.
En el camino se alzaba una encumbrada montaña cuya forma más o menos redondeada aparecía suspendida de su cima como una estalactita, alzándose más allá de la vista y descendiendo hacia la cama donde se encontraba. La base medio redonda de la montaña, contigua a la cama, tenía el aspecto de una granada tan encendida que daba la impresión de contener fuego almacenado en su seno. Salvo esta base, el resto de la armoniosa montaña era blancuzco, compuesto de la masa nívea de una sustancia grasa, tierna y pulida. La vasta superficie de la montaña bañada en luz despedía un lustre ligeramente ambarino que se curvaba hacia el cielo como un arco de belleza exquisita, a la par que su ladera oscura refulgía como una nieve azulada bajo la luz de la luna.
Los ojos abiertos de par en par, Yang fijó la mirada atónita en aquella montaña de inusitada belleza. Pero cuál no sería su asombro al comprobar que la montaña era uno de los pechos de su mujer. Poniendo a un lado el amor, el odio y el deseo carnal, Yang contempló aquel pecho enorme que parecía una montaña de marfil. En el colmo de la admiración permaneció un largo rato petrificado y como aturdido ante aquella imagen irresistible, ajeno por completo al acre olor a sudor. No se había dado cuenta, hasta volverse una pulga, de la belleza aparente de su mujer. Tampoco se puede limitar un hombre de temperamento artístico a la belleza aparente de una mujer y contemplarla azorado cómo hizo la pulga.






Thursday, July 20, 2017

Elia Casillas



I do not go to the plain, I need to name you, complete the exodus, walk of this confusion, it was not: it is. It exists, it is, it is, it flowers, it lives. Enough: wake up in blue waters. Without you it is not tomorrow that I love: and, these feet music; Denied at dawn, speak clear with the wind: urban voice, serene, calm, evident and in us, the eyes of the cats shocked, with the tango of the night.



Navojoa, Sonora. Nov./15/2016



Wednesday, July 19, 2017

Elia Casillas



Destroza una de tus venas,  y píntate el rostro. Todavía es de noche, nadie lo notará.  Tu lenguaje está inmóvil; mueve los dedos,  educa  al teclado. Los ángeles te reclaman, pero no quieres escuchar –no es mi día-, coreas.  Le hablas a la providencia   y observas la lluvia.  La sombra de tu madre acomoda el rompecabezas a un lado de la almohada (ella ya no existe). Sientes el viento y los pedazos vuelan, en la historia del ojo dormido.  


Navojoa, Sonora. Dic./18/2015




Hay una hoja blanca debajo de los relojes, en zapatillas vigilas el insomnio, afuera es cuaresma. Regresó el  frío, protege tus flores, en el movimiento de la época peligran.    Camina lento, puedes ensuciar tu sombra, el invierno es un puerto crudo y estás detenida.  Dejaron la puerta libre, pero el rebozo te cubre, estás protegida ¿de quién? Él te busca entre sus nombres, has  escrito amor sin culpa y buscas la  espiral  de tus enaguas.   Amanecida en  las tinieblas, sigue madrugadora. El destino  cumplió, llegaste el famoso día  y Dios no vino a verte.


Navojoa, Son. Sábado/19/dic./2015






José Carlos Becerra



Apariciones

Sometimes these cogitations still amaze
The troubled midnight and the noon’s repose.
T.S. Elliot

Aquel árbol, al atardecer,
el aleteo apresurado de un pájaro, el crujido de una rama, la luz sobre la yerba como una obsesión sagrada,
la penumbra de un cuarto, la ventana entreabierta,
sobre la mesa un rayo del poniente como la mano de una niña inmóvil,
nuestras voces y nuestros rumores como saliendo de un pozo profundo o de un gran ademán de la muerte.

Todo aquello respiraba en nosotros,
todo aquello ponía su peso en nuestro corazón, su luminosa y quieta avalancha,
su pesada gota de vida humedeciendo ciertas entradas del alma,
ciertas cavidades donde el deseo y el recuerdo comparten sus talleres.
Todo aquello ponía por un momento su otra parte en nosotros;
la blancura de tu cuerpo parecía un hermoso deshielo, un río atormentado por sus inclinaciones al mar,
la luz del sol posada en lo que sentíamos al otro lado del beso;
y todo aquello nos pertenecía de la misma manera que nos alejaba,
de la misma manera que el tiempo introducía en nosotros aquello que éramos,
mientras el atardecer se iba volviendo hermoso y antiguo
como la nave mayor de un gran templo.

¿De quién son ahora estas palabras?
¿Qué movimiento realizan en la conclusión de mis actos?
¿Qué apariciones y qué ausencias las hacen posibles?
¿Quién las está escuchando? ¿Quién las dirá de nuevo?
He aquí la vocación de recordarlo,
he aquí el instante en que es necesario que el sueño se saque de su interior sus vestiduras,
con un movimiento de prestidigitación;
es necesaria esta invocación, este derrame de aguas y signos y transcripciones nocturnas:
tus ojos eran más bellos que las grutas donde el mar es, al fin, la oscuridad de lo azul,
todo tu cuerpo me convencía de esas aguas donde la profundidad desequilibra toda actitud de vida sin compartirla con el abismo,
y las espumas de esas olas se detenían y se quedaban inmóviles en tu cintura y en tu cuello, en el temblor de tus senos,
como esperando playas más allá de sí mismas,
y esas espumas organizaban el mar en tu cuerpo
y yo sentía la forma disuelta de tus cabellos sobre tus hombros,
tus cabellos que parecían caer de entre las manos del poniente,
y en tanta luz era la oscuridad la que guiaba mis pasos.

Oh imágenes, descubrimientos reservados a la pasión:
entonces la volcadura, el cuerpo donde comienza la exploración del mundo,
la invención de los mares donde el viaje sostiene los antiguos caminos de los hombres,
aguas donde los navegantes abandonan la brújula y el portulano
y la orientación, a partir de entonces,
será confiada a lo que diga el viento.

Oh imágenes, mediaciones entre el hombre y su sueño;
una tarde, el campo, los cerros esbozados por una luz última que casi los hacía de nuevo,
el crepúsculo sobre las pequeñas casas, las mujeres sentadas a sus puertas,
los niños jugando, los pirules pasándose la brisa los unos a los otros;
lo recuerdo muy bien, lo establezco, lo invento dentro de mi,
me cercioro de estas ausencias, me hundo en esas ausencias, en el ritmo que el anochecer iba cediéndole al campo.

Ahora lo busco en mi imaginación;
la casa en el valle, el olor del jardín,
el sabor un tanto amargo de aquellas yerbas que distraídamente mordíamos mientras hablábamos,
la penumbra del cuarto, el rumor de tus pies descalzos por el piso de barro,
los gritos de los niños allá afuera, la alta ventana por donde mirábamos desde la cama
el vuelo de aquel pájaro donde la tarde cubría sus últimos tramos.

Dame ahora otros instrumentos para llamarte,
la posesión de un lenguaje donde pueda escucharse el ruido de puertas y ventanas
golpeadas por el viento que corre por estas imágenes, por estos sitios de representaciones equívocas.
Dame ahora otras palabras para reconocerte, dame ahora otros signos para destruirte;
que la imagen proceda a la deformación de aquella belleza para encontrar su propia belleza;
la belleza irrescatable a la sobra imposible de nuestros actos
(todavía contemplo —no sé si recuerdo— tu vestido verde caído en mitad del cuarto).

Todo es vano, por lo menos ahora en que tú, detenida al borde de otros acontecimientos,
tal vez también vacilas ante el rápido vuelo, ante el breve aleteo de ciertas imágenes.
Oh tardes de entonces, reflejos que se deslizaban por el descubrimiento de una presencia,
por el canto de una libertad que iluminaba
sus centros de azar y exploración con juveniles umbrales.

Oh tardes de entonces,
enciendo estas palabras para iluminar los angostos pasillos de estas escasas descripciones,
enciendo estas palabras para quemar las últimas hojas,
las consecuencias de esta obstinada página en blanco.


De: Relación de los hechos

 
Batman

Recomenzando siempre el mismo discurso,
el escurrimiento sesgado del discurso, el lenguaje para distraer al silencio;
la persecución, la prosecución y el desenlace esperado por todos.
Aguardando siempre la misma señal,
el aviso del amor, de peligro, de como quieran llamarle.
(Quiero decir ese gran reflector encendido de pronto…)

La noche enrojeciendo, la situación previa y el pacto previo enrojeciendo,
durante la sospecha de la gran visita, mientras las costras sagradas se desprenden
del cuerpo antiquísimo de la resurrección.

Quiero decir
el gran experimento.
buscándole a Dios en las costillas la teoría de la costilla faltante,
y perdiendo siempre la cuenta de esos huesos
porque las luces eternamente se apagan de pronto, mientras volvemos a insistir en hablar a través de ese corto circuito,
de esa saliva interrumpida a lo largo de aquello que llamamos el cuerpo de Dios, el deseo de luz encendida.

Llamando, llamando, llamando.
Llamando desde el radio portátil oculto en cualquier parte,
llamando al sueño con métodos ciertamente sofocantes, con artificios inútilmente reales,
con sentimientos cuidadosa y desesperadamente elegidos,
con argumentos despellejados por el acometimiento que no se produce.
Palabras enchufadas con la corriente eléctrica del vacío, con el cable de alta tensión del delirio.
(Acertijos empañados por el aliento de ciertas frases, de ciertos discursos acerca del infinito.)

Recomenzando, pues, el mismo discurso,
recomenzando la misma conjetura,
el Clásico desperfecto en mitad de la carretera,
el Divinal automóvil con las llantas ponchadas
entorpeciendo el tráfico de las lágrimas y de los muertos, que transitan Clásicamente en sentidos contrarios.
Recomenzando, pues, la misma interrupción,
La pedorreta histórica de las llantas ponchadas,
el sofisma de cada resurrección,
el ancla oxidada de cada abrazo,
el movimiento desde adentro del deseo y el movimiento desde afuera de la palabra, como dos gemelos que no se ponen de acuerdo para nacer,
como dos enfermeros que no se coordinan para levantar al mismo tiempo el cuerpo del trapecista herido.

(Aquí el ingenio de la frase ganguea al advertir de pronto su sombrero de copa de ilusionista;
ese jabón perfumado por la literatura con el cual nos lavamos las partes irreales del cuerpo,
o sea el radio de acción de lo que llamamos el alma,
las vísceras sin clave precisa, los actos sin clave precisa,
la danza de los siete velos velada por la transparencia del dilema;
y por la noche, antes de acostarse,
la dentadura postiza en el vaso de agua,
la herida postiza en el vaso de agua, el deseo postizo en el vaso de agua.)

La señal... la señal... la señal...

Así sonríes sin embargo, confiando otra vez en tu discurso,
mirándote pasar en tus estatuas,
flotando nuevamente en tus palabras.
La señal, la señal, la señal.
Y entretanto paseas por tu habitación.
Sí, estás aguardando tan sólo el aviso,
ese anuncio de amor, de peligro, de como quieran llamarle,
ese gran reflector encendido de pronto en la noche.

Y entretanto miras tu capa,
contemplas tu traje y tu destreza cuidadosamente doblados sobre la silla, hechos especialmente para ti,
para cuando la luz de ese gran reflector pidiendo tu ayuda, aparezca en el cielo nocturno,
solicitando tu presencia salvadora en el sitio del amor
o en el sitio del crimen.
Solicitando tu alimentación triunfante, tus aportaciones al progreso,
requiriendo tu rostro amaestrado por el esfuerzo de parecerse a alguien
que acaso fuiste tú mismo
o ese pequeño dios, levemente maniático,
que se orina en alguna parte cuando tú te contemplas en el espejo.

Miras por la ventana
y esperas...
La noche enrojecida asciende por encima de los edificios traspasando su propio resplandor rojizo,
dejando atrás las calles y las ventanas todavía encendidas,
dejando atrás los rostros de las muchachas que te gustaron,
dejando atrás la música de un radio encendido en algún sitio y lo que sentías cuando escuchabas la música de un radio encendido en algún sitio.

Sigue la noche subiendo la noche,
y en cada uno de los peldaños que va pisando, una nueva criatura de la oscuridad rompe su cascarón de un picotazo,
y en sus alas que nada retienen, el vuelo balbucea los restos del peldaño o cascarón diluido ya en aire;
y mientras tanto tú no llegas aún para salvarte y salvar a esa mujer
que según dices
debe ser salvada.

¿En qué sitio, en qué jadeo
el sueño recorre el apetito reconcentrado de los dormidos?
¿Qué ola es ésa, que al golpear contra el casco
hace que el marinero de guardia ponga atención por un momento, para decirse después que no era nada
y torne a pasearse por el cuarto, mirando de vez en cuando por la ventana las luces dispersas de la calle?
¿Qué ir y venir está gastando el cuerpo de su andanza
contra el casco manchado, cubierto de parásitos marinos?

...porque de pronto has dejado de pasearte por la habitación.
¿Acaso escuchas realmente ese ruido? ¿Ese ruido viene del pasillo o viene de tu deseo?
(Cierta especie de ruido que tropieza con cierta especie de silencio dentro de ti,
como alguien que se topa con una silla al caminar a oscuras...)

¡Tal vez ya prendieron el reflector para pedirte auxilio!
¡Tal vez fue esa mujer quien lo encendió!
Pero no, todavía no,
nadie camina por el pasillo hacia tu puerta, nadie tropieza con una silla dentro de ti,
y allí están doblados tu traje de héroe y tus sentimientos de héroe,
listos para cuando entres en acción.
¿Pero por qué no han encendido ese gran reflector?
¿Es sólo el ascenso de la noche lo que deja sus cascarones rotos en el aire?
¿Qué criatura de la oscuridad picotea para que el aire tome forma de cascarón roto, de peldaño dejado atrás?
¿Qué es aquello que detiene de súbito tus paseos por la habitación mientras te dices "Acaso deba esperar otro rato"?

Y vuelves a asomarte por la ventana.
¿Es el zumbido de un jet que cruza el cielo rayándolo fugazmente con sus pequeñas luces de navegación?
Y algo dentro de ti que tú crees que es la noche allá afuera,
cruje pisando cascarones rotos, peldaños donde el cuerpo de su andanza deja un hilo finísimo de baba o soliloquio,
mientras retorna el fantasma de una mujer bandeado por la oscuridad
donde el mar se encaverna después del zarpazo,
y ese fantasma, que es la otra cara de la espuma, repite contra el casco del barco el golpe del sueño
salpicando al silencio desde lejos.

Y vuelves a asomarte por la ventana.
¿Es el zumbido de un jet que cruza el cielo?
¿Qué es ese ruido que te hace mirar tu traje y tu antifaz,
y asomarte después por la ventana?

Ir y venir alrededor de una silla,
enrevesado viaje alrededor de una silla, guardando el equilibrio difícilmente
al caminar y girar sobre un hilo finísimo de saliva.
Ir y venir, habladuría alrededor de una silla donde está un extraño traje doblado,
ir y venir alrededor de un viejo y descompuesto automóvil que estorba el tráfico en la carretera,
gestos entrecruzados, habladuría de ventanas y escaleras
labrando la estatua cuyo sentido griego vacila y se viene abajo en el trayecto entre una ventana y un reflector que no se ha encendido,
mientras los cascarones rotos de la oscuridad crujen y se disuelven bajo el brusco aleteo con que la oscuridad va impulsando la noche.

Y otra vez te paseas,
¿quieres desovillar el hilo de saliva, el hilo de palabras sobre el que te balanceas en precario equilibrio?
¿En qué juego de tus frases, en qué humillante silencio has puesto el oído?
Y otra vez te paseas y otra vez te vuelves hacia la ventana,
pero ese resplandor… pero ese resplandor que descubres de pronto,
es el amanecer,
palidísimo gesto de esa luz entre los edificios, donde el silencio enhebra las pisadas lejanas de todo lo nocturno.

¿Y ahora,
qué es lo que sientes que se aleja,
como alguien corriendo descalzo por la playa, entre la niebla que la luz va a ocupar?
¿Y en esa claridad en aumento, acaso puede todavía distinguirse
la señal de un reflector encendido?

Paseos alrededor de una silla donde está un extraño traje doblado,
monólogo alrededor de una silla donde está un simulacro en forma de traje doblado,
mientras el amanecer se deja llevar por su propia marea ascendente, y por el ruido de las barredoras mecánicas y de los primeros camiones urbanos
que aparecen por las calles desiertas.


De: Ejecuciones


el ahogado

un gancho de hierro
y se jala,
su expansión lo desmiente al subir
el agua que lo chorrea
lo
mueve
de
los
hilos
de su salida al escenario

en el muelle los curiosos
miraban ese bulto
donde los ojos de todos esperaban
el pasadizo extraviado del cuerpo

gota a gota el cuerpo caía
en el charco de Dios,
alguien pidió un gancho de hierro
para subirlo,
cuidado —dijo uno de los curiosos —
la marea lo está metiendo debajo
del muelle,
un gancho de hierro
había que sujetarlo con un gancho
había que decirle algo con un gancho
mientras el sucio bulto
flotante
caía
gota
por
gota
desde la altura donde lo desaparecido
iba a despeñar una piedra sobre nosotros.

Selección: Eduardo Milán y Ernesto Lumbreras


El deseo concluido

Las imágenes que emergen de tu cuerpo desembocan en esta noche que no eres tú ni soy yo quienes conversan en el cuarto de al lado y a quienes escucho completamente solo.
Concibiendo esta noche como algo inmóvil, bien podríamos ser tú y yo los que están al otro lado,
tu voz es un receptáculo indeterminado que no ha terminado nunca,
aunque en última instancia este espacio nos haya suprimido juntos y estemos allá hablando, esperándote yo rendido en la cama tibia
mientras tú regresas del baño quejándote del frío.

Porque el amor lleva consigo su propio espacio,
porque el muerto no sentirá nunca su desaparición;
la fosforescencia que se mueve sobre la superficie del deseo que ha concluido.



De: Fiestas de invierno




Sunday, July 16, 2017

István Örkény


Sin perdón

Les di veinte forintos a los dos enfermeros que lo colocaron en la camilla y lo bajaron a la ambulancia. También en la clínica di veinte a cada una de las enfermeras, a la diurna y a la de noche, y les pedí que lo cuidaran. Dijeron que no me preocupara, que ellas cada media hora se iban a asomar a verlo, aunque por suerte el paciente no estaba inconsciente. Al día siguiente era domingo, así que pude ir a visitarlo. Seguía estando consciente, pero ya casi no hablaba. Por el paciente de la otra cama me enteré de que las enfermeras no aparecieron ni una sola vez, lo cual no era de extrañar, porque entre las dos tenían que atender a ciento sesenta enfermos. Los médicos tampoco lo habían examinado: dijeron que el lunes lo revisarían en detalle. Eso siempre es así, dijo el vecino, cuando el enfermo ingresa el sábado al mediodía.
Salí al pasillo y busqué una enfermera, pero no encontré a ninguna de las del día anterior. Después de mucho buscar, logré dar con la que estaba de guardia. También le di veinte forintos, y le pedí que le echaran una mirada de vez en cuando a mi padre. Hubiera querido encontrarme también con el médico. Todavía en casa había metido un billete de cien forintos en un sobre, pero la enfermera me dijo que al médico lo habían llamado para una transfusión a la sala de las mujeres. Que podía confiar en ella, hablaría con él. Regresé a la sala de los enfermos, donde el vecino me tranquilizó diciendo que seguramente el médico de guardia no tendría tiempo de examinar a los enfermos, así que era mejor que no le hubiese podido entregar el dinero. De todas maneras solo al día siguiente vendrían los especialistas, ellos ya tendrían tiempo de ocuparse de él.
-¿Necesitas algo? -pregunté.
-Gracias, no necesito nada.
-Te traje algunas manzanas.
-Gracias, no tengo hambre.
Me quedé sentado una hora más junto a su cama. Hubiera querido conversar con él, pero ya no sabía de qué. Un rato después le pregunté si le dolía algo. Dijo que no. De manera que tampoco le pude hacer más preguntas en cuanto a eso. Estuvimos callados todo el tiempo. La relación entre nosotros era púdica y reservada, hablábamos solo de hechos. Pero los hechos que ayer todavía hubiéramos podido mencionar, para hoy perdieron importancia y se convirtieron en nada. De sentimientos nunca intercambiamos palabra.
-Entonces me voy -le dije después.
-Anda, hijo -contestó.
-Mañana vendré y hablaré con el médico.
-Gracias -dijo.
-El especialista solo viene por la mañana.
-No es tan urgente -dijo, y su mirada me acompañó hasta la puerta.
A las siete de la mañana me llamaron para decirme que había muerto durante la noche. Cuando entré en la 217, en la cama ya había otro en su lugar. Su vecino me tranquilizó, diciendo que no sufrió nada, solo suspiró levemente y ese fue el final. Sospeché que quizás el vecino no decía la verdad, porque se me ocurrió que en su lugar yo también hubiera dicho lo mismo, pero luego intenté convencerme de que no me había engañado y que de verdad mi padre había muerto sin sufrir.
Tuve que cumplir muchas formalidades. En la oficina de admisión se me acercó una enfermera, pero no era ninguna de las del sábado, ni tampoco la que estaba de guardia ayer, sino una que no había visto hasta entonces, la cual me entregó el reloj de oro de mi padre, sus lentes, su billetera, su encendedor y la bolsa con las manzanas. Le di veinte forintos y seguí dictando los datos. Luego se me acercó un hombre con gorra de cuero y se ofreció para lavar, afeitar y vestir el cuerpo. Fue él quien lo dijo así, “el cuerpo”, con lo cual seguramente quiso hacer sentir que, aunque la persona en cuestión ya no vivía, no sería totalmente un cadáver hasta que no fuese lavado y vestido.
Aún tenía conmigo los cien forintos metidos en el sobre. Se los entregué. Rasgó el sobre, miró adentro y luego, con un gesto rápido, se quitó la gorra y ya no se la volvió a poner más en mi presencia. Dijo que iba a arreglar todo muy bonito, que mandase un traje y ropa interior limpia, que con toda seguridad yo iba a quedar conforme. Le respondí que por la tarde vendría con la ropa interior y con un traje oscuro, pero que ahora quería ir a verlo.
-¿Quiere ver el cuerpo? -me preguntó, asombrado.
-Quiero verlo -dije.
-Sería mejor después -me aconsejó.
-Quiero verlo ahora -dije-. No pude estar a su lado cuando murió.
A regañadientes me condujo al depósito de cadáveres, que estaba en un edificio aparte, en el centro del parque de la clínica. El sótano estaba iluminado con una bombilla muy fuerte y había que bajar por unas escaleras de piedra. Ahí, sobre el asfalto, al pie de las escaleras, estaba tendido boca arriba mi padre. Sus piernas abiertas, los brazos también, tal como pintan en los cuadros a los héroes muertos. Pero él no tenía ropa y de una de sus fosas nasales sobresalía un pedacito de algodón y había otro pegado a su muslo izquierdo. Seguramente ahí había recibido la última inyección.
-Ahora todavía no puede verse nada -dijo el de la gorra de cuero, como justificándose. Se mantuvo a mi lado, ahí en el helado sótano, con la cabeza descubierta-. Pero tendrá que verlo cómo va a quedar cuando lo vista.
No dije nada.
-¿Pasó mucho tiempo enfermo? -preguntó después.
-Mucho -dije.
-Estoy pensando -dijo- en que voy a cortarle un poco el cabello. Eso contribuye bastante.
-Como quiera -dije.
-¿Se peinaba con la raya al lado?
-Sí -dije.
Se calló. También yo me mantuve callado. Ya no podía decir nada, ni podía hacer nada, ni podía dar dinero a nadie más. No podía remediar nada, ni siquiera mandándome enterrar vivo a su lado.



El hogar

La niña solo tenía cuatro años. Sus recuerdos, probablemente, ya se habían desvanecido, y su madre, para concienciarle del cambio que las esperaría, la llevó a la cerca de alambre de espino; desde allí, de lejos, le enseñó el tren.
-¿No estás contenta? Ese tren nos llevará a casa.
-Y entonces ¿qué pasará?
-Entonces ya estaremos en casa.
-¿Qué significa estar en casa? -preguntó la niña.
-El lugar donde vivíamos antes.
-¿Y qué hay allí?
-¿Te acuerdas todavía de tu osito? Quizás encontremos también tus muñecas.
-Mamá, ¿en casa también hay centinelas?
-No, allí no hay.
-Entonces, de allá ¿se podrá escapar?



El conductor


József Pereszlényi, desplazador de materiales, se detuvo con su coche Wartburg, matrícula número CO 75–14, junto al kiosco de periódicos de la esquina.
–Deme un Noticias de Budapest.
–Lamentablemente se agotó.
–Deme uno de ayer, entonces.
–También se acabó. Pero casualmente tengo ya uno de mañana.
–¿También ahí aparece la cartelera del cine?
–Eso sale todos los días.
–Entonces deme ese de mañana –dijo el movilizador de materiales.
Se volvió a sentar en su coche y buscó la programación de los cines. Después de un rato encontró una película checoslovaca –Los amores de una rubia– de la que había oído hablar elogiosamente. La proyectaban en el cine Cueva Azul de la calle Stácio, a partir de las cinco y media.
Justo a tiempo. Todavía faltaba un poco. Siguió hojeando el diario del día siguiente. Le llamó la atención una noticia acerca del desplazador de materiales József Pereszlényi, quien, con su coche Wartburg matrícula CO 75–14 se desplazaba con una velocidad mayor a la permitida por la calle Stácio, y no lejos del cine Cueva Azul chocó de frente con un camión. El descuidado conductor murió en el acto.
“¡Quién lo diría”, pensó Pereszlényi.
Miró su reloj. Ya pronto serían las cinco y media. Guardó el periódico en el bolsillo, se puso en marcha, a una velocidad mayor de la permitida, y chocó con un camión en la calle Stácio, no lejos del cine Cueva Azul.
Murió en el acto, con el periódico del día siguiente en el bolsillo.



In memoriam Dr. KHG


—Hölderlin ist ihnen unbekannt?* —preguntó el Dr. KHG mientras cavaba el foso para el cadáver de un animal reventado.
—¿De quién habla? —preguntó el centinela alemán.
—Él escribió el Hiperión —explicó el Dr. KHG, que le gustaba mucho explicar—. La figura cumbre del romanticismo alemán. Y a Heine, por ejemplo, ¿lo conoce?
—¿Quiénes son esos? —preguntó el centinela.
—Poetas —dijo el Dr. KHG—. ¿Tampoco le suena el nombre de Schiller?
—Sí, me suena —dijo el centinela alemán.
—¿Y el nombre de Rilke?
—También —dijo el centinela alemán y se puso colorado como un pimiento, y le pegó un tiro, sin más, al Dr. KHG.