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Friday, December 16, 2016

Un helado de 100 bolívares: Omira Bellizzio


 

 Es un eco seco la melodía de los helados, ya los niños no salen corriendo tras el carrito del heladero. Sus caritas se quedan pegadas al cristal humedecido de lágrimas, mamá no tiene para un helado, mamá no tiene ni 100 bolívares.
Llegaron las vacaciones por las fiestas decembrinas. Los niños ya no van a la escuela. Algunos de ellos acompañan a mamá al banco, especialmente este martes 13. Las colas son interminables, las colas del desconsuelo. Carteras abultadas, un morral, un koala, una caja, todos se aferran con sus manos protectoras. Vamos enfilados, yo me apunto, soy parte de esa cola, mi mamá de otra, la de la tercera edad.
Todos vamos a depositar los billetes de 100 bolívares (el billete de más alta denominación, el Bolívar Fuerte que tanto se jactó el comandante Chávez, exaltó con tanta algarabía, en aquella nota de cambiarlo todo y re-hacer, re-inventar, re-usar, re-novar, re-volver, re-partir a manera de ¨reciclaje¨ cuanta cosa veía a su alrededor, incluyendo las estrellas de la bandera, el caballo del escudo y el nombre de la República). Ahora el gobierno chavista madurista saca de circulación, de estampida, a lo macho, a lo ejecútese, con tan solo 72 horas a contra reloj, los billetes de 100 bolívares. Dictan la medida un domingo, cuando el lunes es bancario, dejando a la población asombrados y en tensión. Tenemos martes y miércoles para un: lo toman o lo dejan. Partida…! como en las carreras de caballos o de borregos.
Llegó el martes. Estoy a las 7 en punto frente a un banco, con mi mamá. Hay mucha gente por delante. Mucha, no importa hemos llegado. Quizá tarde, en comparación con aquellas personas que llegaron a las 5:30 am, al menos eso me dijo el primero de la fila. El banco abre a las 8:30 am. Pero irse muy temprano era exponerse al hampa, que de hecho hicieron de las suyas durante estos días.
Los viejitos al momento de abrir la puerta del banco fueron los primeros en impedir que se colearan. Sus voces infundían respeto. Vi algunos empujones, pero todos poco a poco fueron tranquilizándose y avanzaron.
Uno de los abuelitos camina despacio, muy despacio, otro va con bastón, habían cobrado recientemente su sueldo de jubilados, y vuelven nuevamente para depositarlo. Van saliendo con las manos vacías, no están dando el nuevo cono monetario. Dice la cajera que para el próximo lunes se estima estén circulando, que no saquen de los cajeros automáticos porque estos están repletos de billetes de 100 bolívares. ¿Qué extraño, no les parece?
Avanza mi fila, entramos al banco un grupo, mamá entró mucho antes que yo, gracias a dios, pienso, se ve cansada. De repente, una señora se marea y la sientan, lleva un turbante de colores muy vivos, pude escuchar que ayer le habían practicado una quimioterapia. Sonríe agradecida por el puesto que le cedió alguien, de los 8 asientos destinados para la taquilla de la tercera edad, discapacitados y embarazadas.
La muchacha que va detrás de mí, me pide le guarde su puesto, va a firmar en el trabajo, y regresa de inmediato, espera que su jefe haya llegado para decirle que está haciendo la cola en el banco, debe depositar sus 100 bolívares que había sacado para ir al mercado a comprar los ingredientes de las hallacas, usted sabe me dice _en el mercado no hay punto de ventas, no haré las hallacas esta semana como lo tenía programado, se lamenta, lleva consigo una cartera grande, que abre de vez en vez, la siento nerviosa.
Como el niño pegado al vidrio de una ventana que ve pasar el heladero, mis lentes se empañan, las lágrimas se me salen, cada escena me conmueve. Me disculpo con las personas que están delante y detrás de mí, porque mantenemos una conversación y todos estamos afligidos. Una niña corre desesperada por el recinto del banco, nos tropieza, lleva en sus manos una revista Hola, la que rasga con fuerza tras un grito estridente. Se hace un silencio, vuelve a gritar, la madre está mucho más atrás, corre tras de ella, dice avergonzada que su hija es autista, que no podía dejarla sola en casa.
La bondad existe en este país de penurias, alguien le cede su puesto y la señora pasa directo a la taquilla, mientras la niña corre, grita y rasga, alguien la lleva con cariño a una silla, se mantiene unos segundos y se para, corre, grita y rasga la cara de la Reina Letizia de España. Vuelan los papeles, por encima de nuestras cabezas, mis lágrimas siguen saliendo como papelillos.
Me imaginé que todos rompíamos los billetes de a 100 con la cara de Simón Bolívar en 1000 pedacitos, este valdrá 20.000 bolívares, dicen, a la fecha nadie lo ha visto. De repente, alguien nuevamente toma a la niña del brazo, es su mamá, se tranquiliza la chica de unos 11 o 12 años. La señora logró hacer su depósito
y al salir dice un hasta luego.
Hasta luego, me resuena en la mente. Hasta cuando, digo, sintiendo una puñalada en el pecho. Vamos como borregos, enfilados para comprar comida, medicinas, echar gasolina, somos los borregos de los 100 bolívares en una cola interminable que no se resta ni se suma, es una cola que se multiplica, como la inflación galopante. 100 bolívares que no alcanzan ni para comprar un helado para esa niña que corre, grita y rasga, cansada de acompañar a su mamá en una cola que no merecemos, que cuando ella gritaba, todos queríamos acompañarla.
Las navidades se tornan grises, muchos niños no tendrán niño Jesús, ni estrenaran ropa, ni comerán hallacas, eso es lo que escuché en esta cola, en todas las colas que hago. No piensan en esas personas humildes que no tienen cuentas bancarias, ni tarjeta de débito, ni de crédito. Que viven en los campos, montañas o en la selva venezolana, que aún tienen sus billetes de 100 bolívares.
Por ahora el futuro es incierto, con este gobierno solo se sabe de caos y angustia. Aún con todos nuestros problemas salimos adelante, los venezolanos somos fuertes, solidarios y sonreímos. Sí, así es. Sonreímos. Al menos les debo a mis hijos mi sonrisa adornada de esperanza, a los niños y a las niñas con quienes comparto mis cuentos y poemas, para ellos y por ellos la vida se debe tornar bella y feliz, como cuando me devuelve la sonrisa un niño que sostiene un helado en la mano y se limpia sus manitos de la camisa. Para todos esas pequeñas y dulces sonrisas a las que nos debemos, ¡Feliz Navidad!


15 de diciembre de 2016.







1 comment:

Tibisay castañeda said...

nos debemos.....alguien me comento alguna vez, aqui no sabemos en que cola estamos, si la de la harina, los pañales, el banco, la bateria o la del atraco o la muerte