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Tuesday, December 20, 2016

Sylvia Plath

GULLIVER

Sobre tu cuerpo pasan las nubes
Altas, altas y heladas,
Y también un poco planas, como si
Flotasen sobre un cristal invisible.
No como los cisnes,
Pues ellas no se reflejan,
Ni como tú,
Ya que nada las sujeta.
Ellas son todo calma, todo azul. No como tú
Tumbado ahí, de espaldas,
Mirando el cielo.
Los hombres-araña te apresaron,
Enrollando y retorciendo sus insignificantes pero viles
Ataduras. Cuánta seda
Para sobornarte.
Ah, cómo te odian, cómo
Parlotean en el valle de tus dedos esas lombrices.
Les gustaría tenerte durmiendo en sus gabinetes,
Con un dedo del pie allí y otro allá. Como una reliquia.
Pero ¡huye!
Aléjate siete leguas, unas distancias semejantes
A las que confluyen en Crivelli  tan intangibles.
Haz de este ojo un águila,
Y de la sombra de este labio, un abismo.

6 de noviembre de 1962


  TALIDOMIDA
 
Oh media luna—
Medio cerebro, claror —
Negro  enmascarado de blanco,
Tus oscuros
Miembros amputados se arrastran
Y espantan, como arañas peligrosas.
Qué guante,
Qué clase de cuero
Me ha protegido
De esa sombra—
Los brotes  indelebles,
Protuberancias en los omóplatos, los
Rostros que
Pujan por nacer, arrastrando
El amnios sanguíneo
Y cercenado de las ausencias.
Durante toda la noche construyo
Un espacio para esta cosa que me viene dada,
Este amor
Con dos ojos húmedos y un grito.
¡Blanco escupitajo
De indiferencia!
Los frutos oscuros rotan y caen.
El espejo se raja de lado a lado,
La imagen
Se esfuma y aborta como mercurio derramado.

8 de noviembre de 1962



 CARTA DE NOVIEMBRE

Amor, el mundo
Cambia de súbito, cambia de color. La luz
De la farola escinde las vainas del laburno—
Esas colas de rata— a las nueve de la mañana.
Esto es el Ártico,
Este pequeño círculo
Negro, con sus sedosas hierbas ambarinas: el cabello de un niño.
Flota un verdor en el aire,
Suave, delicioso,
Que amorosamente me cobija.
Cálida y sonrojada, me siento
Como un enorme prodigio,
Tan estúpidamente feliz,
Chapoteando y chapoteando
Con mis botas de agua por el hermoso rojo.
Ésta es mi heredad.
Dos veces al día
La recorro, olisqueando
El bárbaro acebo, con sus festones
Limas, hierro puro,
Y el muro de los viejos cadáveres.
Me encantan.
Me encantan como me encanta la Historia.
Las manzanas son doradas,
Imagínatelo:
Mis setenta árboles
Sosteniendo sus bolas color oro rojizo
En medio de una sustanciosa sopa gris,
Con su millón
De hojas doradas, metálicas e inertes.
Oh amor, oh célibe.
Nadie sino yo
Pasea por este humedal, mojada hasta la cintura.
Los irremplazables
Oros sangran y medran, bocas de las Termopilas.

11 de noviembre de 1962


MUERTE Y CÍA

Dos. Por supuesto hay dos.
Cosa que ahora me parece de lo más normal.
Hay uno que jamás alza la vista, con unos ojos enormes
Bajo los párpados cerrados, igual que los de Blake,
Y que exhibe
Sus marcas de nacimiento, que son su marca de fábrica:
La quemadura del agua hirviendo,
El desnudo
Cardenillo del cóndor.
Yo soy carne fresca para él. Me ataca
De lado con su pico, pero yo aún me resisto.
Me dice que no soy nada fotogénica,
Que los niños conservados
En las cámaras frigoríficas del hospital
Resultan de lo más tiernos, con sus sencillos
Cuellos de encaje,
Las estrías de sus sudarios
Jónicos,
Y sus dos piesecillos.
Éste ni sonríe ni fuma.
El otro sí,
El tipo zalamero y con melena.
Un cabrón
Que masturba un destello
Para conseguir que le quieran.
Pero yo ni me inmuto.
La escarcha forma una flor,
El rocío, una estrella,
Las campanas doblan,
Las campanas doblan
Por alguien.

14 de noviembre de 1962

AÑOS

Los años entran como animales del espacio
Exterior del acebo donde las espinas
No son los pensamientos que yo activo, como un yogui,
Sino el verdor, la oscuridad tan pura
Que ellos hielan y son.
Oh, Dios, yo no soy como tú
En tu vacua negrura
Perforada de estrellas: brillante y estúpido confeti.
La eternidad me aburre,
Jamás la deseé.
Lo que me gusta es
El pistón funcionando:
Mi alma desfallece ante él.
Y los cascos de los caballos,
Su despiadado batir.
En cambio tú, gran Estasis…
¿Qué hay de grande en eso?
¿Es un tigre este año, ese rugido en la puerta?
¿O es un Cristo,
Con su espantosa
Pizca de Dios en él,
Muriéndose por volar y acabar con eso?
Los coralillos son siempre ellos mismos, en su quietud.
Los cascos, en cambio, jamás lo conseguirán.
En la infinitud azul, sisean los pistones.

16 de noviembre de 1962

LOS MIEDOSOS

Este hombre se inventa un seudónimo
Y se arrastra tras él como un gusano.
Esta mujer que está al teléfono
Afirma ser un hombre, no una mujer.
La máscara crece, se come al gusano,
Le marca con rayas la boca, los ojos, la nariz.
La voz de la mujer se ahonda
Más y más, como la de un muerto,
Repta insidiosa en las consonantes oclusivas.
Ella odia
La sola idea de tener un niño
—Un ladrón de células, un ladrón de belleza—,
Preferiría estar muerta antes que gorda,
Muerta y perfecta, como Nefertiti,
Oyendo a la máscara feroz ensalzar
El limbo plateado de cada uno de sus ojos
Donde el niño nunca puede nadar,
Donde sólo existe él, él.

16 de noviembre de 1962



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