Translate

Tuesday, December 13, 2016

Sylvia Plath



EL CARCELERO

Mis sudores nocturnos pringan el plato de su desayuno.
El mismo rótulo de niebla azul gira a su posición habitual
Con los mismos árboles y las mismas lápidas.
¿Y esto es todo lo que puede ofrecer
El meneador de llaves?
Él me drogó y me violó.
Llevo siete horas inconsciente, desquiciada
En este saco negro
Donde me abandono, como un feto o un gato:
Yo, la palanca de sus sueños sexuales.
Algo se ha esfumado para siempre.
Mi pastilla para dormir, mi zeppelín rojo y azul
Me deja caer desde una tremenda altura.
Con el caparazón espachurrado,
Las entrañas desparramadas, soy presa de los pájaros.
Pequeñas barrenas,
¡Cuántos agujeros habéis hecho ya en este día de papel!
Luego me estuvo quemando con un cigarrillo,
Fantaseando con que era una negra de garras rosas.
Yo soy yo. Pero eso no le basta.
El sudor de la fiebre atiesa mis cabellos.
Estoy tan delgada que ya se me notan las costillas.
¿Que si he comido algo? Mentiras y sonrisas nada más.
Seguro que el cielo no es de ese color,
Seguro que la hierba está ondulando ahora.
Durante todo el día,
Mientras encolo mi iglesia de cerillas ardidas,
Sueño con alguien completamente distinto.
Pero él me golpea por rebelarme, él
Con su coraza de falsedades,
Con sus severas y frías máscaras de amnesia.
¿Cómo he podido llegar hasta aquí?
Él, criminal indeterminado,
Me mata de muchas maneras:
Ahorcándome, quemándome, colgándome de un gancho, o de hambre.
Yo me lo imagino
Impotente como un trueno lejano,
A la sombra del cual devoré mi ración de espectros.
Ojalá se fuese o se muriese,
Aunque, al parecer, eso es imposible,
El que yo sea libre. Pues ¿qué sería de la oscuridad
Sin fiebres que comer?
¿Qué sería de la luz
Sin ojos que acuchillar? ¿Qué sería
De él, de él sin mí?

17 de octubre de 1962


PAPI 

Tú ya no, tú ya no
Me sirves, zapato negro
En el que viví treinta años
Como un pie, mísera y blancuzca,
Casi sin atreverme ni a chistar ni a mistar.
Papi, tenía que matarte pero
Moriste antes de que me diera tiempo.
Saco lleno de Dios, pesado como el mármol,
Estatua siniestra, espectral, con un dedo del pie gris,
Tan grande como una foca de Frisco,
Y una cabeza en el insólito Atlántico
Donde el verde vaina se derrama sobre el azul,
En medio de las aguas de la hermosa Nauset.

Yo solía rezar para recuperarte.
Ach, du.
En tu lengua alemana, en tu ciudad polaca
Aplastada por el rodillo
De guerras y más guerras.
Aunque el nombre de esa ciudad es de lo más corriente.
Un amigo mío, polaco,
Afirma que hay una o dos docenas.
Por eso yo jamás podía decir dónde habías
Plantado el pie, dónde estaban tus raíces.

Ni siquiera podía hablar contigo.
La lengua se me pegaba a la boca.
Se me pegaba a un cepo de alambre de púas.
Ich, ich, ich, ich
.
Apenas podía hablar.
Te veía en cualquier alemán.
Y ese lenguaje tuyo, tan obsceno.
Una locomotora, una locomotora
Silbando, llevándome lejos, como a una judía.
Una judía camino de Dachau, Auschwitz, Belsen.
Empecé a hablar como una judía.
Incluso creo que podría ser judía.
Las nieves del Tirol, la cerveza rubia de Viena
No son tan puras ni tan auténticas.
Yo, con mi ascendencia gitana, con mi mal hado
Y mi baraja del Tarot, y mi baraja del Tarot,
Bien podría ser algo judía.
Siempre te tuve miedo: a ti, a ti
Con tu Luftwaffe, con tu pomposa germanía,
Con tu pulcro bigote y esa
Mirada aria, azul centelleante.
Hombre-pánzer, hombre-pánzer, ah tú…
No eras Dios sino una esvástica
Tan negra que ningún cielo podía despejarla.

Toda mujer adora a un fascista,
La bota en la cara, el bruto
Bruto corazón de un bruto como tú.
Mira, papi, aquí estás delante del encerado,
En esta foto tuya que conservo,
Con un hoyuelo en el mentón en lugar de en el pie,

Mas sin dejar por eso de ser un demonio,
El hombre de negro que partió
De un bocado mi lindo y rojo corazón.
Yo tenía diez años cuando te enterraron.
A los veinte intenté suicidarme
Para volver, volver a ti.
Creía que hasta los huesos lo harían.
Pero me sacaron del saco
Y me amañaron con cola.

Y entonces supe lo que tenía que hacer.
Creé una copia tuya,
Un hombre de negro, tipo Meinkampf,
Amante del tormento y la tortura.

Y dije sí, sí quiero.
Pero, papi, se acabó. He desconectado
El teléfono negro de raíz, las voces
Ya no pueden reptar por él.
Si ya había matado a un hombre, ahora son dos:
El vampiro que afirmaba ser tú
Y que me chupó la sangre durante un año,
Siete años, en realidad, para que lo sepas.
Así que ya puedes volver a tumbarte, papi.
Hay una estaca clavada en tu grueso y negro
Corazón, pues la gente de la aldea jamás te quiso.
Por eso bailan ahora, y patean sobre ti.
Porque siempre supieron que eras tú, papi,
Papi, cabrón, al fin te rematé.

12 de octubre de 1962


MEDUSA

Lejos de esta lengua de piedras ígneas expulsadas por la boca,
Con los ojos puestos en blanco y cada vez más ciegos,
Siempre prestando oídos a las incoherencias del mar,
Albergas tu espantosa cabeza: bola de Dios,
Lente de piedades,
Tus secuaces
Moldeando sus células salvajes a la sombra de mi quilla,
Presionando de cerca como corazones,
Un estigma rojo en el mismísimo centro,
Navegando contracorriente hasta el lugar más cercano de partida,
Arrastrando su larga cabellera de Cristo.
¿Habré escapado al fin?, me pregunto.
Mi mente serpentea como una espiral hacia ti,
Viejo ombligo cubierto de percebes, cable transatlántico
Que, al parecer, te mantienes en un estado milagroso.
El caso es que siempre estás ahí,
Trémula respiración al otro lado de mi línea,
Curva de agua que manas
Ante mi vara de zahorí, deslumbrante y agradecida,
Afectuosa y absorbente.
Yo no te llamé.
Yo no te llamé de ninguna manera.
Y aun así, aun así viniste
Cruzando el mar como una borrasca,
Gruesa y roja, una placenta
Que paraliza el combate de los amantes,
Luz de cobra
Oprimiendo las campanillas de sangre de la fucsia
Hasta cortarles el aliento. Yo tampoco podía respirar,
Arruinada, muerta como lo estaba,
Sobreexpuesta, igual que una radiografía.


¿Pero quién te crees que eres?
¿La Sagrada Forma? ¿La Virgen Llorona?
No pienso probar ni un solo bocado de tu cuerpo,
Botella en la que vivo
Siniestro Vaticano.
Estoy harta, asqueada de sal caliente.


Tus deseos, verdes como eunucos,
Silban continuamente recriminándome mis pecados,
¡Fuera, fuera, tentáculo anguila!
No hay nada entre nosotras.

16 de octubre de 1962


LESBOS

¡Crueldad en la cocina!
Las patatas protestan silbando.
Todo es muy vulgar e indecente,
este lugar sin ventanas,
La luz fluorescente, encendiéndose y apagándose en una mueca de dolor,
Como una terrible jaqueca,
Estas modestas tiras de papel a modo de puertas—
Telones de teatro, rizos de viuda.
Y yo, cariño, soy una embustera patológica,
Y mi hija —mírala, tumbada bocabajo en el suelo,
Una marionetilla sin hilos, pataleando desesperada por desaparecer,
Porque es una esquizofrénica,
Da miedo verla así, con la cara roja y blanca.
Y todo porque arrojaste sus gatitos por la ventana
A una especie de pozo de cemento
Donde cagan, vomitan y gimotean, y ella no los puede oír.
Dices que no la soportas,
Claro, la cabrona es una niña.
Tú, a quien se le han fundido las lámparas, como a una radio barata,
Limpia ya de voces y de historia, del ruido
Electroestático de lo novedoso.
Dices que debería ahogar a los gatitos, porque ¡apestan!
Dices que debería ahogar a la niña,
Pues, si a los dos años ya está así de loca, a los diez se cortará el cuello.
El bebé, en cambio, ese caracol rechoncho, sonríe
Desde los pulidos rombos de linóleo anaranjado.
Te lo comerías. Claro: él es un niño.
Dices que tu marido no es bueno contigo.
Su mamá judía le guarda su dulce sexo como si fuera una perla.
Tú tienes un solo hijo, yo dos. Debería sentarme en una roca
Allá en Cornwall y dedicarme a peinarme el cabello.
Debería llevar pantalones de piel de tigre y liarme con alguien.
Las dos, sí, deberíamos reencontrarnos en otra vida,
Reencontrarnos en el aire.
Tú y yo.
Entretanto, la cocina hiede a grasa y a cagada de bebé.
Me siento atontada y lenta por culpa del somnífero de ayer.
La humareda de la cocina, la humareda del infierno
Flota sobre nuestras cabezas, dos oponentes ponzoñosas,
Nuestros huesos, nuestros cabellos.
Yo te llamo Huérfana, huérfana. Estás enferma.
El sol te produce úlceras, el viento, tuberculosis.
Una vez fuiste hermosa.
En New York, en Hollywood, los hombres decían: « ¿Llegaste?
Guau, nena, pues sí que eres especial».
Pero tú fingías, fingías, fingías por puro placer.
El marido impotente se escabulle pesarosamente fuera, en busca de un café.
Yo intento retenerlo,
Esa vieja vara que aguanta los rayos,
Los baños de ácido, los cúmulos que surgen de ti.
Al fin se larga bajando la colina empedrada de plástico,
Tranvía apaleado,
Desparramando chispas azules
Que se fragmentan como el cuarzo en millones de astillas.
Oh, joya. Oh, objeto valioso.
Esa noche, la luna
Arrastraba su bolsa de sangre, como un enfermo
Animal,
Por encima de las luces del puerto.
Y de pronto volvió a ser ella,
Dura, distante, blanca.
Su brillo de hojuela, reflejado en la arena, me daba un miedo de muerte.
Nos entretuvimos cogiendo puñados de ella, amándola,
Amasándola como si fuese pasta, el cuerpo de un mulato,
Gravilla sedosa.
Un perro husmeó y se quedó mirando a tu perruno marido.
Y así continuaron por un buen rato.
Ahora estoy aquí callada, inmersa
Hasta el cuello en mi odio.
Un odio denso, denso.
No hablo.
Estoy empaquetando las patatas duras como si fueran ropa buena,
Empaquetando a los niños,
Empaquetando los gatos enfermos.
Oh, jarra de ácido, pero si es de amor
De lo que estás llena. Tú bien sabes a quién odias.
Ahora él está abrazado a su bola de prisionero ahí abajo,
Junto a la puerta de la verja que da al mar,
Justo donde éste se adentra, blanco y negro,
Y luego refluye.
Cada día lo rellenas de sustancia anímica, como si fuese un cántaro.
Estás tan cansada.
Tu voz es mi pendiente,
Un murciélago deseoso de sangre, aleteando y chupando.
Eso es. Eso es.
Asomas la cabeza por la puerta,
Triste, endemoniada bruja. ―Todas las mujeres son unas putas.
No logro comunicarme con nadie.
Veo cómo tu precioso decorado
Se cierra sobre ti como el puño de un bebé
O una anémona, esa querida
Del mar, esa cleptómana.
Yo aún estoy muy verde.
Te digo que tal vez vuelva.
Ya sabes para qué sirven las mentiras.
Pues tú y yo jamás nos reencontraremos, ni siquiera en tu cielo zen.

18 de octubre de 1962


PARADA EN SECO

Chirrido de frenos.
¿O quizás el llanto de un recién nacido?
Y aquí estamos los dos, pendiendo sobre este lugar secreto
Tío, pantalones marca Gordiflón, millonario.
Y tú frío, desvanecido a mi lado, en tu silla
.
Las ruedas, dos larvas de caucho, se muerden sus dulces colas.
¿Es España lo que se ve allí abajo?
Rojo y gualda, dos apasionados metales ardientes
Retorciéndose y suspirando, ¿qué clase de lugar  es éste?
Porque esto no es Inglaterra, ni Francia, ni Irlanda.
Esto es algo violento. Nosotros estamos aquí de visita,
Con un dichoso crío gritando en algún sitio.
Siempre hay un maldito crío en el aire.
Yo a esto lo llamaría ocaso, pero
¿Cuándo se oyó a un ocaso dar semejantes alaridos?
Tú sigues hundido en tu papada,  callado como un muerto.
¿Quién te crees que soy,
Tío, tío?
¿El triste Hamlet con su daga?
¿Dónde demonios escondes tu vida?
¿Es un penique o una perla
Tu alma, tu alma?
Voy a salirme con la mía, igual que una hermosa niña rica,
Simplemente abriré la puerta, saldré del coche
Y viviré del aire, del aire en Gibraltar.

19 de octubre de 1962


140° DE FIEBRE

¿Pura? ¿Y eso qué significa?
Las lenguas del infierno
Son necias, necias y aburridas como la triple
Lengua del gordo, necio y aburrido Cancerbero
Que resuella ante la puerta. Incapaz
De limpiar, lamiéndolo,
El tendón afiebrado, el pecado, el pecado.
La mecha solloza.
¡El olor indeleble
De una vela despabilada!
Amor, amor, las ondas de humo fluyen bajas
De mí como los chales de Isadora, y tengo miedo
De que alguna se quede enganchada a la rueda.
Estos malhumorados humos amarillos
Crean su propio elemento. No se elevarán
Sino que girarán alrededor del globo,
Asfixiando al anciano y al dócil,
Al débil
Bebé de invernadero en su cuna,
A la espectral orquídea
Que pende en el aire su jardín colgante,
¡Diabólico leopardo!
La radiación la ha empalidecido del todo,
La ha matado en una hora.
Untando los cuerpos de los adúlteros,
Como la ceniza de Hiroshima, y devorándolos.
El pecado. El pecado.
Cariño, llevo toda la noche llameando
De manera intermitente: encendiéndome y apagándome.
Las sábanas son ya tan pesadas como el beso de un lascivo.
Tres días y tres noches así.
A base de agua con limón, de agua
Con pollo, de agua nauseabunda.
Soy demasiado pura para ti o para cualquiera.
Tu cuerpo
Me hiere como el mundo hiere a Dios. Soy un farolillo:
Mi cabeza, una luna
De papel japonés, y mi piel, de oro batido,
Infinitamente delicada e infinitamente cara.
¿No te maravilla el calor, la luz que desprendo?
Yo sola me he vuelto una inmensa camelia
Fulgurante, que viene y que va, rubor sobre rubor.
Siento que me elevo,
Siento que podría ascender:
Las bolas de mercurio caliente vuelan, y yo, amor mío, yo
Soy una virgen
De puro acetileno
Asistida por rosas,
Besos, querubines
O lo que sean esas cosas rosadas.
Ni tú ni él,
Ni él, ni él
(Mis egos se disuelven, viejas enaguas de puta):
Al Paraíso.


20 de octubre de 1962






No comments: