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Thursday, December 29, 2016

Silvina Ocampo: Mi amada


Tenía los ojos verdes y alargados. Soy dibujante y por eso tal vez pienso detalladamente en el cuerpo de Verónica, aunque admire sus excelencias espirituales y la ame profundamente. No debía sin embargo amarla: fui traicionado, abandonado por ella, pero si pienso por un instante sólo en su cabellera, tengo que amarla y olvidar el reiterado mal que me hizo. La cabellera es tan inmemorial en el amor, tan cantada como la luna en el cielo para los poetas. Sirvió de don y de castigo. Berenice la ofreció a Venus, Santa María Magdalena secó los pies perfumados de Jesús con ella, ¿por ella no fueron arrastradas a la muerte Santa Catalina, Desdémona, la mujer de Barba Azul? ¿La reina Filomena no la extendió como una alfombra para que el rey se arrodillara frente a ella la noche de sus bodas? Y decía otros disparates por ese estilo. Fue lo primero que conocí de Verónica y algo que no llego nunca a conocer del todo. Si quisiera decir de qué color es, no podría: no por las tinturas (mezcla de manzanilla y de agua oxigenada) que después supe que usaba, sino por la calidad de los reflejos que se infiltran en ella como en los caireles de las antiguas arañas, que llevan los colores del arco iris. Desatada, caída sobre los hombros parece un manto cuyo ornamento principal es, en las puntas, el fleco, que podría servirle de flequillo; a veces es una enredadera torturada y sinuosa; a veces una cortina fresca que juega con el viento o que me ampara; a veces una carpa donde se esconde y donde no me deja entrar. Me sirvió de pañuelo, de almohada, de velo, de tapiz, de venda, de vestidura, de cubrecama, de adorno. Fue lo primero que conocí de su cuerpo. Ciertamente la toqué antes que a sus manos sobre la arena húmeda como si hubiera sido una planta junto a los tamariscos. Ella tenía sueño aquella mañana (lo supe después), y detrás de sus anteojos de sol, yo no podía saber que sus párpados estaban cerrados. Sabía en cambio que su cabellera enmarañada y fina se estremecía cuando el viento sopló sobre mi boca. Me buscaba sin que ella lo sintiera. La respiré, la mordí, la besé contra la arena. Desde aquel día fue mi cómplice, mi partidaria, aun cuando nos peleamos. Estábamos en una de esas playas cuya arena es como el fondo de algunos bajorrelieves griegos donde no cabe ninguna otra figura ni adversa ni amiga. No advertíamos la promiscuidad de nuestros cuerpos, bajo el sol que nos estremecía. Apoyé clandestinamente mi cabeza sobre su cabellera (que había extendido sobre una toalla), para soñar que era mía. La toalla era celeste, con grandes flores de relieve y con un fleco impecable que se mezclaba con las puntas del pelo: era una suerte de continuación del cielo. Pero alguien a su lado le hablaba y al mirar el dibujo de las sombras sobre la toalla entreví lo que significaba el sonido de su voz contestando amorosamente a otra persona que la conocía, que conocía su nombre, su edad y tal vez los secretos más íntimos de su vida. No me dolió. Me indicaba sin embargo la presencia de otro cuerpo que la amaba. Antes que existiera mi amor, ya existía esa entrega total de mi ser. Antes que existiera nuestro vínculo, existió mi confianza ciega, incondicional, resuelta. Se volvió y me miró fulminándome con la mirada. El movimiento de uno de mis pies impacientes llenó de arena su pelo. Tuve que alejarme, arrancarme, separarme. El mundo moderno con sus hacinadas playas permite la originalidad de estos encuentros. A veces quisiera haber vivido en otras épocas, pero en este episodio fui un privilegiado. La cabellera de Isolda, la de Julieta, la de Melisandra, que bajaba por la ventana al encuentro de su amante, ninguna puede compararse con la de Verónica. Me abrazaba sobre los sitios donde se había acostado; buscaba el hueco donde se apoyaba mi cabeza para susurrar a mi oído aquí estoy, bésame. Durante mucho tiempo conocí sus estados de ánimo por su cabellera, cosa que la perturbaba. Menos informativo es un termómetro. Era lacia y un poco más oscura cuando estaba triste, también lacia (de un modo inconfundible) cuando había hecho el amor; era lacia también cuando no se preocupaba en parecer más bonita o más seductora. Era ondulada cuando estaba en la naturaleza, dentro de la naturaleza como dentro de un huevo que no quería romper para salir; era ondulada también cuando se enfurecía por motivos injustos; enrulaba entonces en uno de sus dedos un mechón y lo martirizaba hasta cansarse de él; era ondulada también cuando se despertaba después de haber dormido en posturas desesperadas sobre la almohada. Muchas mujeres usan peluca para fingir que tienen más pelo, pero ella no necesitaba ese agregado. Sobre su cabeza planea la cabellera como una aureola de santa, que no participa de sus vicios. Gracia divina que es de ella pero sin embargo no del todo suya: está unida a ella, pero separada por no sé qué mágica sombra del nacimiento. ¡Cómo habría yo guardado las cintas que amorosamente trenzaron (conviviendo con ella) su cabellera de niña!. ¡Cómo habría yo guardado las puntas cortadas de pelo, que cayeron en los pisos de las peluquerías o de su casa, cuando se lo recortaba la madre, la tía o la sirvienta, para jugar a las peinadoras, o para tratar de arreglarla mejor en un día de fiesta!. ¡No lo puedo saber! ¿Cómo podría comprender que yo amé (aparentemente) una parte de ella más que a ella misma? En el hotel La Madreperla, sentada en una mecedora, se secaba el pelo con una pantalla. Su vida se resumía en verano a secar y mojar, mojar y secar, el pelo que envolvía con numerosas horquillas; no me importaba su holgazanería. El verano es para eso. Su tarea de dactilógrafa la cumplía estrictamente cuando terminaban las vacaciones. "Nunca me divierto" me decía; "No me gustan las fiestas. No parezco una chica moderna." Agregaba suspirando: "Soy anticuada. No me pinto los ojos, no fumo ni bailo rock and roll. A veces me da vergüenza." Fui feliz con ella hasta el día en que le regalé el peine perfumado. Un peine de ámbar que usaba con insistencia voluptuosa. En vano la visitaba y la esperaba. Siempre en el momento de besarla blandía como un arma el peine perfumado y se peinaba nerviosamente, ignorando mi presencia. Nunca supimos cómo se le formaban aquellos interminables nuditos en el pelo, que había que desenredar. —Verónica, un día acabaré por ahorcarte con tu propio pelo —le dije—. Dame el peine. —El peine es mío. Podés hacer lo que quieras conmigo, pero no con el peine —me contestó, tendiéndome un largo mechón tentador—. —Sería fácil –exclamé—. —Ya lo creo —me dijo—. Tomé en mis manos su cabellera que dividí rápidamente en dos, le crucé las dos partes debajo de su mentón y las anudé alrededor de su cuello con fuerza. Su cara se puso roja, saltaron las venas de su frente, puso en blanco los ojos, sacó un poco la lengua. —Esta es tu obra —le dije—.  Pero no me oyó. Se había desvanecido. Su mano no soltó el peine perfumado. No logré estrangularla gracias a la suavidad de su pelo, cuyo nudo se deshacía para defenderla o para contrariarme, o para salvarme de un crimen. Ahora, Verónica rehúsa verme. A veces me llama por teléfono.




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