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Thursday, December 08, 2016

HOMENAJE A RAMÓN ÍÑIGUEZ: Luis Alberto Bojórquez




Para Ramón y Magda Irma
Con aprecio
Guadalajara, Jalisco. 1942
Por: Luis Alberto Bojórquez
Uno de los personajes más destacados en la promoción de las actividades culturales de nuestro pasado y presente inmediato.
Inició como periodista en su natal Guadalajara, hace cuarenta y un años, y en diciembre de 1968 aparece aquí en la ciudad trabajando en Tribuna del Yaqui, en donde se ocupó sólo un año, luego como fundador y director de la Biblioteca Pública Municipal desde 1973, y fue más en este lugar en donde logró hacerse merecedor de un justo reconocimiento por parte de funcionarios y ciudadanos. También se distingue por su formación como humanista y cinéfilo, ocultando en muchas ocasiones, sus cualidades como escritor.
Ha incursionado en poesía, cuento, ensayo, crónica y entrevista. Ha sido promotor y continuador del cine club desde 1969 y el fundador de los Juegos Trigales del valle del Yaqui y autor de su memoria titulada El pan de la poesía, también de unas crónicas de infancia llamadas El corazón del paraíso y de Cartas a mi escuela y otras nostalgias, del poemario Memoria a golpe de teclas, editor responsable del Quehacer Cultural del Diario del Yaqui desde 1992, en fin, promotor cultural, profesor, fotógrafo y maestro de bibliotecarios. Colaborador de diferentes revistas y suplementos culturales de Guadalajara, Hermosillo y Ciudad Obregón.
III Años De Formación
Toda esta etapa de su vida, sumada con ese último año de la escuela secundaria, fue una cauda de aprendizajes, vivencias, emociones y conocimientos que le dieron más experiencia y criterios para sobrellevar la vida.
Seguía leyendo, pero al cine no lo dejaba por nada del mundo, al contrario; cada vez era mayor el deleite, él mismo nos cuenta que en esa época hizo mancuerna con su amigo Manuel de Jesús Álvarez “El nazareno” con quien en unas vacaciones se la pasaron viendo cine todos los días de la semana durante dos meses, “claro está que la mayoría de las veces él pagaba la entrada”.
Puede decirse que el tercer año de la escuela secundaria fue el momento preciso que empezó a tomar conciencia de su entorno:
“…me empecé a dar cuenta que el estudio de las escuelas oficiales curiosamente era muy distinto de las escuelas de paga… se separaban como si se hubieran cortado con un machete, en una estaba el orden, la disciplina, la moralidad, si tú quieres aparente o superficial, pero se guardaban una serie de figuras y formas éticas y acá era la polaca, el movimiento grillo, era estar asesorado por líderes de los niveles superiores de la U. de G. en donde había golpeadores, gorilitas, gente que se ensamblaba y formaba grupos de choque y se golpeaban unos más que otros.
“…había todo un clima de control, de manipulación, de ejercicio, de violencia, de prácticas fraudulentas, de imposiciones y eso era lo mismo exactamente en la preparatoria y las carreras de nivel de instrucción superior”
Le tocó la época de las “novatadas” cuando estaban en su momento más cruel y violento, de irse a los cines y entrar de “gratis y a caballazo limpio” de recorrer los mercados y fruterías y llevarse lo que se pudiera.
“En cierta ocasión me tocaba estar de mirón en ‘las grajeadas’ que era cuando lo pelaban a uno, los trasquilaban, le hacían hasta lo que no.
Recuerda una anécdota que le relataron y que va como sigue:
En la carrera de medicina agarraron a un amigo y le dijeron:
– Órale mi grajo ¡Vamos a echarnos unas heladas!
– No, no, no traigo dinero, no traigo dinero.
– No se preocupe, usted véngase.
Y lo llevaban al forense donde estaban los cadáveres, en el refrigerador. Donde, a veces, también había mujeres a las que no recogían o no las identificaban, y le decían al novato: A ver ¡échese una helada! Y el amigo se caagaabaaa.
…era un soberano desmadre y no estaba todavía tan viciado, solían agarrarse a golpes, pero ya empezaba a relucir eventualmente las pistolitas, aunque no corría sangre, ésta correría diez años después cuando llegaron los Zuno al poder, apoyados en su cuñado Luis Echeverría”
La verdad es que en esta etapa de formación académica y en su ubicación como ciudadano reflexivo, es cuando adquirió mayor conciencia social en el ambiente tapatío a fines de los 50’s hasta mediados de los años 60’s, años de formación y aprendizaje que no olvidará jamás.
Aunque él nunca fue fiestero ni aprendió a bailar, pero si le gustaba acompañar a su amigo “El Nazareno”, –su maestro en la vagancia y que de santo no tenía nada–, y verlo bailar gratis en El Ángel Azul mientras él se quedaba esperando tras bambalinas y distinguía claramente cómo su vecino se entendía con las ficheras, al mismo tiempo que bailaba las melodías del momento. Ahí debió percibir como los parroquianos salían bien beodos al grado de azotar de bruces contra la banqueta o salir disparados por la entrada principal porque los sacaban a empujones al no pagar la cuenta o porque de plano, se ponían bien enfadosos:
“A mí, esas circunstancias y esos lugares me daban miedo, porque mi mamá me decía: ‘m’ijito, no visites esos lugares, te puede pasar un percance’… yo por voluntad propia nunca entré a un burdel o salón, a mí las putas me daban miedo y él fue siempre muy aventado en esas situaciones. La verdad, yo no sé lo que es una ‘cruda’”
Gracias a la habilidad para conocer a la gente y detectar talento del “Tata-cura” Rafael Meza Ledesma, le debemos a que Ramón Iñiguez, joven aún, entrara a estudiar filosofía y humanidades, pues fue por iniciativa y a la influencia del párroco de San Felipe de Jesús como fue becado y aceptado por las autoridades del Instituto Católico Pío XII, el cual fue
fundado por el mismo obispado de Guadalajara en 1962 para formar nuevos cuadros católicos y capacitados en la fe, la filosofía cristiana y los puntos de vista del Vaticano.
Ramón tiene 21 años y estaba un poco pasado en edad, pero eso le da ventajas sobre el resto de los compañeros pues “ya había leído una gran cantidad de autores que hablaban del carácter y de la formación”, había visto un sinfín de películas y era un buen conocedor del ambiente tapatío. Todo ello le dio más perspectivas para instruirse y conocer de cerca la carrera de filósofo y buen cristiano, que era lo que se proponía el Instituto Católico Pío XII.
Y quien inició el proyecto de este Instituto fue el padre Ramón Gómez Arias, continuado tenazmente por “el licenciado en Derecho Canónico, Santiago Méndez Bravo y que hasta hace poco fuera rector de la Universidad del Valle de Atemajac, la bisnieta del Pío XII”. Aquí, bajo la influencia de sus maestros adquiere conocimientos que le darían mayor fluidez conceptual para estructurar sus propias ideas, materias como Filosofía, Sociología, Teología, Historia de la iglesia, Lectura y redacción (esto en las escapadas a las aulas de la incipiente escuela de periodismo, anexa), Ética y un sin fin de materias. Este ambiente le propició una formación sólida y una excelente estructura mental, incluso para todos aquellos que alcanzó a bañar dicho Instituto. Aquí estuvo en el Pío XII hasta los 22 años.
“Entre toda esa marejada de temas y libros se me quedó un segmento y fue a partir del cual yo empecé a construirme y a poder, de alguna manera, a navegar en las aulas y empezar a discutir con los compañeros y a interrogar a los maestros”.
Es en la dirección del Instituto en donde tienen la brillante idea para conformar el cine club y la edición del semanario Cinerama. Ramón aparece como subdirector de la revista junto con el licenciado Francisco Humberto Zárate quien asumía el puesto de director. Aquí Ramón despliega una serie de iniciativas y capacidades para el buen funcionamiento de ambos compromisos, la hace de barrendero, cácaro, corresponsal, crítico, “entrevistado” y aprendiz de corrector e impresor y todo por “el amor al arte”, ya que él y todo el equipo de colaboradores no perciben ni un sólo peso, sólo la satisfacción de contribuir a elevar la cultura cinematográfica y promover el placer estético para las mayorías. Cuando le preguntamos qué recuerdos le traía aquella época, nos dijo iluminándosele la cara como de niño travieso: “me divertía de lo lindo”.
La gaceta Cinerama, que salía todos los viernes y que nació como un producto de los sueños juveniles, fue la puerta de entrada al periodismo para Ramón. El Instituto Pío XII y sus alumnos eran unos entusiastas y apasionados del cine y del fenómeno cinematográfico. Algunos de estos incipientes intelectuales, ya acusaban una tendencia hacía la poesía y la buena lectura, como fue el caso de Luis Gutiérrez Esparza.
Cinerama se identifica como “una publicación de los alumnos del Instituto Pío XII” que buscaba difundir la cultura cinematográfica desde una perspectiva cristiana, en el fondo el proyecto Cinerama era una coincidencia de intereses para catalizar el cine y combatir con sus propias armas el cine “pornográfico”. Habría que destacar que los alumnos representan a los peones dentro de la jerarquía católica ya que arriba estaba el presbítero y licenciado en derecho canónico y a la sazón director del Instituto, Santiago Méndez Bravo quien a su vez tenía relativo apoyo del arzobispo de Guadalajara, José Garibi Rivera.
Todos estos jóvenes faltos de teoría y práctica le entraron a este periodismo cinematográfico por curiosidad y porque les gustaba el cine y no eran tan inocentes y rígidos, ya que creían, dentro de su catolicismo y su sincera fe, que el cine dominante era pueril y que podrían hacer algo para mejorar la situación, ya que entre ellos mismos observaban que en Guadalajara había entonces muy poca crítica cinematográfica seria y profunda, en forma y contenido. Mentes afines con quien platica y discute más de cine, sobre todo con Luis Gutiérrez Esparza,
observaban, con justicia y ojo de lince, que en algunas revistas ya existían críticos y comentaristas que destacaban por su nivel, su buen gusto y una forma expositiva agradable y perspicaz.
A Ramón el cine le divertía y le producía tanto placer que en algunas ocasiones debió de salir cansado después de una jornada maratónica a las seis o siete de la mañana pero satisfecho, luego de preparar el siguiente número de la revista. Al comenzar la publicación era tanto su optimismo que se le hacían “chiquitos los estacionómetros de la avenida Juárez saltándolos en una fugaz y alocada cabalgata”
En su paso por Cinerama su pasión por el cine arraigaría mucho más y aquí adquirió mayor experiencia y consolidó conocimientos del fenómeno cinematográfico, además hizo excelentes amigos y hasta le dio oportunidad de conocer y entrevistar artistas de verdad y no los simulacros que hacían él y Luis Gutiérrez Esparza. Así en su primera prueba como periodista del Cinerama se entrevista con Roberto Cañedo, Jorge Alzaga y Carlos Pouliot quienes eran los personajes centrales de tres episodios (pretensión neorrealista) de la película “El hombre propone” por Películas Guadalajara, donde subsisten fotos como testimonios para la historia del cine tapatío, en ellas aparece un Ramón Iñiguez de 23 años, desgarbado, serio, de cara afilada y de frente prominente como queriéndosele salir los sesos de la mollera.
*Tomado del libro de Luis Alberto Bojórquez aún inédito:
Notas para el estudio de la
HISTORIA DE LA CULTURA EN CAJEME
(1963-1972)






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