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Sunday, December 11, 2016

El mar: Silvina Ocampo




Era en un barrio de pescadores cerca del puerto; el caserío de latas grises brillaba en la tarde, cuando una mujer con la mano puesta como una visera sobre sus ojos resguardándolos del sol, miraba lejos sobre la extensión vacía de la playa. La playa en aquel lugar se asemejaba al mar; era undosa y reflejaba con trasparencias de agua los cambios del cielo. Los tamariscos se encaminaban perpetuamente hacia el mar como lentas procesiones de bichos quemadores verdes. La mujer mordía sus labios paspados. La playa, hasta donde llegaban sus ojos, estaba desierta. El cencerro de las vacas lecheras cruzaba el camino; era la vaca blanca la que llevaba el cencerro. La mujer dejó de morder sus labios; en el horizonte aparecieron dos diminutos puntos negros que aumentaban despacito; dos hombres venían caminando. La mujer sabía quiénes eran esos hombres, sabía cómo estaban vestidos, sabía de memoria cuál era el botón descosido de la camisa de su hermano y el remiendo del pantalón de su marido; los veía venir desde muy lejos, el color de las bufandas flameaba detrás de ellos como banderitas en el viento. Después de inclinar la cabeza a un lado y a otro, dos o tres veces, como si ese movimiento atestiguara el regreso de los dos hombres, entró en la casa. Esa casa se diferenciaba de las otras porque tenía un jardincito muy pequeño, con canteros de flores rodeados de piedras y caracoles y un columpio colgado entre dos postes gruesos de madera. Todos los chicos de las casas vecinas se columpiaban en ese jardín y por eso la llamaban "La Casa de las Hamacas". La cocina estaba llena de humo, las paredes chorreaban negrura de carbón, pero todo estaba en perfecto orden como en un cuarto recién blanqueado, mientras la mujer cocinaba. Por el camino de tierra venían acercándose los dos hombres; el más alto era de tez más obscura, con los ojos asimétricos, el otro tenía los ojos grises  muy hundidos; a uno lo había obscurecido el sol, al otro lo había iluminado como a un campo de trigo. La puerta permanecía entreabierta; entraron derecho a la cocina; la mesa estaba puesta. Después de quitarse los abrigos se sentaron frente a la mesa; la mujer iba y venía, retiraba la olla del fuego, buscaba sal en los estantes, hasta que todo estuvo listo y trajo la fuente, la depositó sobre la mesa y se sentó entre los dos hombres. No hablaban, se oía solamente el ruido de los cubiertos contra los platos, ruido de mandíbulas y dientes en el silencio. Después de un rato el hombre obscuro habló: hablaba de las lanchas pescadoras; nombres de pescados plateados relumbraban sobre la mesa. La mujer protestó: no traían nunca nada, ninguna brótola, ninguna corvina negra, todo lo vendían, y los pescados que sobraban los tiraban siempre al mar. El hombre rubio se reía: el pescado era comida para gatos; en cuanto a él, prefería morirse de hambre antes de probar un calamar o un langostín. El otro hombre escupió contra el suelo: a él le era lo mismo con tal de comer algo, lo mismo la perdiz que el pejerrey, la carne de vaca o el caballo. Sobrevino el silencio, abrieron la puerta y vieron que era una noche sin luna. Después de lavar los platos, la mujer cansada se desvestía sentada sobre la cama, los hombres la miraban sin verla por la abertura de la puerta. Ella oía entre sueños las voces de los hombres que la llevaban por un camino larguísimo, al final del que se quedaba dormida, meciendo la cuna del hijo. Los dos hombres seguían sentados en la cocina. Fue recién a la una de la noche cuando salieron de la casa; llevaban un revólver, un farol, y un manojo de llaves. Elegían un mes antes la casa adonde entraban a robar. Rondaban varios días por los barrios, viendo a qué horas apagaban las luces, cómo eran las cerraduras, trataban de amigarse con los perros, y pedían algunas veces permiso al jardinero para beber agua en las canillas. Y después, sigilosamente elegían la noche más obscura. Los dos hombres se pusieron los abrigos; esa noche se internaban por los caminos de las lomas que se alejaban del mar. Había que caminar más de cincuenta cuadras; las casas estaban sin luz; no había ningún viento; los hombres caminaban despacio. Caminaban entre matorrales cortando camino; tardaron más de una hora en llegar, la maleza subía en grandes olas y se rompía a la altura de las rodillas; de vez en cuando encendían el farol. Cuando estuvieron a unos veinte metros, el perro empezó a ladrar; saltaron por encima de la reja; el perro seguía ladrando; se acercaron hasta que los reconoció y se quedó quieto, acurrucado, desperezándose y moviendo la cola. Era una casa grande. Revisaron las persianas que daban sobre el corredor: estaban todas cerradas. En las partes laterales no había corredores; los dos hombres iban deslizándose pegados contra el muro y vieron que una de las persianas estaba abierta, una pequeña luz brillaba a través de la cortina, la ventana estaba también abierta de par en par. Se treparon despacio sobre un tanque de agua llovida por donde pudieron asomarse al cuarto. La luz estaba encendida. Frente a un espejo una mujer se probaba un traje de baño, se acercaba, se retiraba y se acercaba de nuevo al espejo como si ejecutara un baile misterioso. Se miraba de frente y de perfil. Uno de los dos hombres cerró los ojos. La mujer se quitó el traje, tomó el camisón que estaba estirado sobre la cama y se lo puso, después dobló el traje de baño y lo dejó sobre la silla contra la ventana. Los dos hombres contenían sus respiraciones, no se movieron durante quizás media hora, hasta que la mujer se durmió. Entonces uno de los hombres, agrandando el silencio, extendió el brazo y robó el traje de baño y una caja de cartón que estaba sobre la silla. Salieron corriendo; habían oído golpear una puerta. Caminaron largamente en las lomas,  volvían desandando caminos defraudados por aquel robo en que no había intervenido la ganzúa ni el farol, en que no habían penetrado en el comedor eligiendo la platería, con el revólver apuntando a las puertas. Los dos sentían el perfume que emanaba del traje de baño, iban arrancando las hojas de los cercos hasta que llegaron a la casa. Entraron golpeando las puertas y vieron de pronto, por primera vez, a la mujer durmiendo en el cuarto vecino; un hombro desnudo se asomaba por encima de la sábana. Se durmieron con el canto de los pájaros. Al día siguiente, cuando volvió la mujer del tambo, le mostraron el traje de baño y el vestido celeste que habían encontrado en la caja de cartón. La mujer levantó los brazos: ¡para eso habían salido a la una de la noche y no la habían dejado dormir tranquila! Examinó el género del vestido sacudiendo la cabeza: no alcanzaba ni para hacerle una bombacha al hijo; todavía el traje de baño era un poco más abrigado. Los hombres le contestaron que tenía que ponerse el traje, ya que se lo habían traído; la llevarían hasta la playa a bañarse; ellos se bañaban siempre los días de mucho calor. ¿Por qué no se bañaba ella también? La mujer sacudió de nuevo la cabeza: el mar no había sido nunca un placer sino más bien un aparato de tortura incansable. La vecina le aconsejaba bañarse; cuando tenía libres las mañanas iba a la playa vestida con un traje de seda, viejo y negro; se bañaba en la orilla y volvía cubierta de caracoles chiquitos, piedritas y algas enredadas entre los dedos de los pies. Decía que era bueno para los huesos. Los hombres insistieron hasta que la mujer accedió creyendo que se habían vuelto locos. Salió vestida como estaba con un pañuelo sobre la cabeza; los hombres iban de cada lado, caminando apuradamente. La mañana estaba muy quieta, era domingo. Llegaron a la playa, la mujer tras una larga consideración se desvistió junto al bote. A esos hombres que nunca la llevaban con ellos, que nunca se ocupaban de ella sino para pedirle comida o alguna otra cosa, ¿qué era lo que les pasaba? La mujer se olvidó de la vergüenza del traje de baño y el miedo de las olas: una irresistible alegría la llevaba hacia al mar. Se humedeció primero los pies despacito, los hombres le tendieron la mano para que no se cayera. A esa mujer tan fuerte le crecían piernas de algodón en el agua; la miraron asombrados. Esa mujer que nunca se había puesto un traje de baño se asemejaba bastante a la bañista del espejo. Sintió el mar por primera vez sobre sus pechos, saltaba sobre esa agua que de lejos la había atormentado con sus olas grandes, con sus olas chicas, con su mar de fondo, saltando las escolleras, haciendo naufragar barcos; sentía que ya nunca tendría miedo, ya que no le tenía miedo al mar. Cuando regresaron, el llanto del chico los esperaba desde lejos; la mujer lo acunó en sus brazos. Los hombres no se movieron de la casa ese día. Discusiones oblicuas se establecían entre ellos; un odio obscuro empezó a envolverlos; subía, subía como la marea alta. Vivieron en una madeja intrincada de ademanes, palabras, silencios desconocidos. Mucho tiempo después se creyó que el demonio se había apoderado de La Casa de las Hamacas. Las hamacas se columpiaban solas. Una noche los vecinos oyeron gritos y golpes y luego, después de un silencio bastante largo, creyeron ver la sombra de una mujer que corría con un niño en los brazos y un atado de ropa. No se supo nada más. Al día siguiente, como de costumbre, al alba salieron los dos hombres con la red de pescar. Caminaron uno detrás del otro, uno detrás del otro, sin hablarse.




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