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Thursday, December 29, 2016

Amancio Luna: Silvina Ocampo

Amancio Luna, el sacerdote Tenía un triángulo verde en el iris castaño de uno de los ojos, el pelo oscuro y lacio, las mejillas hundidas, los pómulos salientes, la boca violeta, como una cicatriz. Lo vi una vez en mi vida, cuando yo tenía ocho años, pero nunca pude olvidarlo. Durante un veraneo, tuve una otitis infecciosa; mi madre me llevó a verlo al monasterio. Hacía mucho tiempo que yo sufría de dolores de cabeza cuyas causas ningún médico supo descubrir y yo sabía que me llevaban al monasterio como a otro consultorio. Esperamos a Amancio Luna en un enorme patio lleno de sol; los canteros tenían piedritas bien cuidadas y una preciosa profusión de naranjos. Para endulzar mi sufrimiento mi madre me regaló aquel día un paquete de caramelos. Cuando apareció Amancio Luna, con su hábito oscuro y su rostro grave, me inquieté. Luna se caló las gafas. Ceremoniosamente nos hizo pasar a su celda; me quitó el paquete de caramelos y el abrigo. Después de mirarme la oreja, salió al patio a buscar algo y volvió. Volvió con una piedrita que me aplicó a la oreja. Me pareció al principio que la piedrita me quemaba; luego sentí un bienestar extraño. —¿No te duele? —Inquirió el sacerdote—. Sacudí la cabeza. Mi madre tímidamente le preguntó: — ¿Cura con piedritas?—. En efecto, era un cura con piedritas, pero advertí después que mi madre le preguntaba si curaba con piedritas las enfermedades. El sacerdote tardó en contestar porque buscaba en mi oreja algún lugar que seguramente era la clave, el álgido punto donde actuaría mejor el calor milagroso de la piedra. Hábilmente colocó la piedra sobre el pabellón de mi oreja, luego puso mi mano en el sitio donde estaba la suya para que yo misma sostuviera la piedra. Se acercó a un mueble, abrió un largo cajón lleno de piedritas y las señaló: —Estoy en este monasterio gracias a estos objetos aparentemente insignificantes —dijo con lentitud—. Cuando yo tenía la edad de esta niña — prosiguió— jugaba con las piedritas del jardín. El jardín estaba aquí emplazado y rodeaba mi casa natal. Yo no quería salir del jardín, porque ahí me entretenía más que en ninguna otra parte, y con razón. Una vez descubrí que en cada piedra Dios me mandaba un mensaje divino. Entre el pulgar y el índice el sacerdote tomó una piedra y, haciéndola brillar en el aire, la mostró. — ¿Qué ve usted acá? —Preguntó a mi madre—. Un monasterio ¿verdad? ¿Reconoce la fachada? Es éste. Estaba en esta piedra, antes de que yo lo hubiera hecho construir. Mi madre suspiró elocuentemente. — ¿Y su casa, la casa donde nació? —Preguntó mi madre—. —No pude conservarla. Resultaba costoso mantener los dos edificios. La hice demoler. —Qué pena —exclamó mi madre—, era tan linda. Yo la veía siempre cuando iba a la escuela. Me detenía a mirar los leones de piedra del portón y el aljibe con el brocal de mármol. 55 El sacerdote hizo un ademán como de espantar una mosca y prosiguió con sus preguntas: — ¿Y acá? —dijo, tomando otra piedra, como si fuera un bombón de chocolate. —Veo a la Virgen con el Niño —susurró mi madre, que se sonrojó vivamente—. —Muy bien, mi hijita. ¿Y acá —dijo el sacerdote tomando otra piedra entre los dedos—. —Una santa. — ¿Cuál? Fíjese bien. —Santa Clara. —No, mi hijita, Santa Clara no lleva una corona de rosas, lleva en su mano una linterna. Reflexione un poco. Nuestra Patrona. —Sí, sí —dijo mi madre—. Santa Rosa de Lima. — ¿Y acá? —dijo el sacerdote tomando otra piedra entre sus dedos. —Un niño. — ¿Qué niño? Vamos, mi hijita. —El Niño Jesús. —Naturalmente. ¿Cómo no había usted de reconocerlo? Mire —agregó, señalando con el índice los detalles de su cabellera—. No le faltan ni los rulitos. Mi madre exclamaba con júbilo: —Qué maravilla, pero qué maravilla. Ya no me dolía el oído y retiré la piedrita del lugar en donde la había colocado el sacerdote, pero me ordenó sostenerla de nuevo hasta que la piedra se enfriara y con un ademán severo me la aplicó otra vez sobre la oreja. Grité porque sentí el ángulo de la piedra. El padre prior acudió para ver qué sucedía. Entreabrió la puerta, chistó, colocó el índice sobre su boca y, al vernos, abrió los ojos desmesuradamente. En verdad la piedra parecía mágica o más bien diabólica pues tardó muchísimo en perder ese calor sedante que tenía y que, pasado mi dolor, me abrumaba. Mientras tanto mi madre contemplaba la colección de piedritas que el sacerdote le enseñaba. A la caída del sol salimos del monasterio. Cinco pares de ojos en la puerta nos espiaron. Felices, yo de no sentir más dolores en el oído y mi madre de haber logrado que alguien me sanara, entonamos una canción y volvimos a casa. Fue a principios del otoño cuando mi madre, por una tía, recibió la noticia de que a Amancio Luna le habían quitado los hábitos. Lo acusaban de practicar brujerías con personas enfermas, que iban al monasterio a visitarlo. Mi madre tuvo remordimientos, porque pensó que tal vez nos habíamos demorado demasiado en la celda el día de nuestra visita. Hablaba con sus amigas de la aparición del prior y de los ojos que nos espiaban a la salida. Era probable, argüía, que hubiéramos despertado sospechas, pues yo llevaba la cabeza vendada y con mis quejidos atraje la atención de algunas personas, cuando esperábamos, en el patio, la llegada del sacerdote. ¿Pero acaso no hacía tiempo que los métodos curativos de Amancio Luna se conocían y se respetaban? ¿En qué momento todo eso dejó de parecer natural y se convirtió en sacrílego? Nunca lo sabríamos, pero mi madre, que era muy escrupulosa, pensó que todo se había desencadenado aquella tarde.   Poco después leímos en los diarios que Amancio Luna había muerto. Según dijeron, en su mano encontraron un piedrita que llevaba, estampado, su rostro, con lágrimas. No faltó quien atacara a la Iglesia por no canonizarlo, pues parientes de Luna sostenían que la piedra, todos los años, en la fecha de su muerte, emitía verdaderas lágrimas.




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