Translate

Thursday, November 10, 2016

Octavio Paz: El fuego de cada día


ESPIRAL

COMO el clavel sobre su vara, como el clavel, es el cohete: es un clavel que se dispara. Como el cohete el torbellino: sube hasta el cielo y se desgrana, canto de pájaro en un pino. Como el clavel y como el viento el caracol es un cohete: petrificado movimiento. Y la espiral en cada cosa su vibración difunde en giros: el movimiento no reposa.

IV (CIELO)

Frío metal, cuchillo indiferente, páramo solitario y sin lucero, llanura sin fronteras, toda acero, cielo sin llanto, pozo, ciega fuente.
Infranqueable, inmóvil, persistente, muro total, sin puertas ni asidero, entre la sed que da tu reverbero y el otro cielo prometido, ausente.
Sabe la lengua a vidrio entumecido, a silencio erizado por el viento, a corazón insomne, remordido. 
Nada te mueve, cielo, ni te habita. Quema el alma raíz y nacimiento y en sí mismase ahonda y precipita.


V
Las horas, su intangible pesadumbre, su peso que no pesa, su vacío, abigarrado horror, la sed que expío frente al espejo y su glacial vislumbre, mi ser, que multiplica en muchedumbre y luego niega en un reflejo impío, todo, se arrastra, inexorable río, hacia la nada, sola certidumbre. Hacia mí mismo voy; hacia las mudas, solitarias fronteras sin salida: duras aguas, opacas y desnudas, horadan lentamente mi conciencia y van abriendo en mí secreta herida, que mana sólo, estéril, impaciencia.



PEQUEÑO MONUMENTO

A Alí Chumacero

Fluye el tiempo inmortal y en su latido sólo palpita estéril insistencia, sorda avidez 
de nada, indiferencia, pulso de arena, azogue sin sentido. 
Resuelto al fin en fechas lo vivido veo, ya edad, el sueño y la inocencia, puñado de aridez en mi conciencia, sílabas que disperso sin ruido. Vuelvo el rostro: no soy sino la estela de mí mismo, la ausencia que deserto, el eco del silencio de mi grito. Mirada que al mirarse se congela, haz de reflejos, simulacro incierto: al penetrar en mí me deshabito.


SEVEN P. M.


EN FILAS ordenadas regresamos y cada noche, cada noche, mientras hacemos el camino, el breve infierno de la espera y el espectro que vierte en el oído: « ¿No tienes sangre ya? ¿Por qué te mientes? Mira los pájaros... El mundo tiene playas todavía y un barco allá te espera, siempre.» Y las piernas caminan y una roja marea inunda playas de ceniza. «Es hermosa la sangre cuando salta de ciertos cuellos blancos. Báñate en esa sangre: el crimen hace dioses.» Y el hombre aprieta el paso y ve la hora: aún es tiempo de alcanzar el tranvía. «Allá, del otro lado, yacen las islas prometidas. Danzan los árboles de música vestidos, se mecen las naranjas en las ramas y las granadas abren sus entrañas y se desgranan en la yerba, rojas estrellas en un cielo verde, para la aurora de amarilla cresta...» Y los labios sonríen y saludan a otros condenados solitarios: ¿Leyó usted los periódicos? « ¿No dijo que era el Pan y que era el Vino? ¿No dijo que era el Agua?
Cuerpos dorados como el pan dorado y el vino de labios morados y el agua, desnudez...» Y el hombre aprieta el paso y al tiempo justo de llegar a tiempo doblan la esquina, puntuales, Dios y el tranvía.


LA CALLE

Es UNA calle larga y silenciosa. 
Ando en tinieblas y tropiezo y caigo y me levanto y piso con pies ciegos las piedras mudas y las hojas secas y alguien detrás de mí también la pisa: si me detengo, se detiene; si corro, corre. Vuelvo el rostro: nadie. Todo está obscuro y sin salida, y doy vueltas y vueltas en esquinas que dan siempre a la calle 
donde nadie me espera ni me sigue, donde yo sigo a un hombre que tropieza y se levanta y dice al verme: nadie.


CUARTO DE HOTEL


LA LUX cenicienta del recuerdo que quiere redimir lo ya vivido arde el ayer fantasma. ¿Yo soy ese que baila al pie del árbol y delira con nubes que son cuerpos que son olas, con cuerpos que son nubes que son playas? ¿Soy el que toca el agua y canta el agua, la nube y vuela, el árbol y echa hojas, un cuerpo y se despierta y le contesta? Arde el tiempo fantasma: arde el ayer, el hoy se quema y el mañana. Todo lo que soñé dura un minuto y es un minuto todo lo vivido. Pero no importan siglos o minutos: también el tiempo de la estrella es tiempo, gota de sangre o fuego: parpadeo.


II
Roza mi frente con sus manos frías el río del pasado y sus memorias huyen bajo mis párpados de piedra. No se detiene nunca su carrera y yo, desde mí mismo, lo despido. ¿Huye de mí el pasado?¿Huyo con él y aquel que lo despide es una sombra que me finge, hueca? Quizá no es él quien huye: yo me alejo y él no me sigue, ajeno, consumado. Aquel que fui se queda en la ribera. No me recuerda nunca ni me busca, no me contempla ni despide: contempla, busca a otro fugitivo. Pero tampoco el otro lo recuerda.


III
No hay antes ni después. ¿Lo que viví lo estoy viviendo todavía?¡Lo que viví! ¿Fui acaso? Todo fluye: lo que viví lo estoy muriendo todavía. No tiene fin el tiempo: finge labios, minutos, muerte, cielos, finge infiernos, puertas que dan a nada y nadie cruza. No hay fin, ni paraíso, ni domingo. No nos espera Dios al fin de la semana. Duerme, no lo despiertan nuestros gritos. Sólo el silencio lo despierta. Cuando se calle todo y ya no canten la sangre, los relojes, las estrellas, Dios abrirá los ojos y al reino de su nada volveremos.

ELEGÍA INTERRUMPIDA

HOY recuerdo a los muertos de mi casa. Al primer muerto nunca lo olvidamos, aunque muera de rayo, tan aprisa que no alcance la cama ni los óleos. Oigo el bastón que duda en un peldaño, el cuerpo que se afianza en un suspiro, la puerta que se abre, el muerto que entra. De una puerta a morir hay poco espacio y apenas queda tiempo de sentarse, alzar la cara,ver la hora y enterarse: las ocho y cuarto.
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa.
La que murió noche tras noche y era una larga despedida,
un tren que nunca parte, su agonía.
Codicia de la boca al hilo de un suspiro suspendida,
ojos que no se cierran y hacen señas y vagan de la lámpara a mis ojos, fija mirada que se abraza a otra, ajena, que se asfixia en el abrazo y al fin se escapa y ve desde la orilla cómo se hunde y pierde cuerpo el alma y no encuentra unos ojos a que asirse... ¿Y me invitó a morir esa mirada? Quizá morimos sólo porque nadie quiere morirse con nosotros, nadie quiere mirarnos a los ojos.
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. Al que se fue por unas horas
y nadie sabe en qué silencio entró.
De sobremesa, cada noche,
la pausa sin color que da al vacío
o la frase sin fin que cuelga a medias
del hilo de la araña del silencio
abren un corredor para el que vuelve: suenan sus pasos, sube, se detiene... Y alguien entre nosotros se levanta y cierra bien la puerta.
Pero él, allá del otro lado, insiste.
Acecha en cada hueco, en los repliegues, vaga entre los bostezos, las afueras. Aunque cerremos puertas, él insiste. Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. Rostros perdidos en mi frente, rostros sin ojos, ojos fijos, vaciados, ¿busco en ellos acaso mi secreto, el dios de sangre que mi sangre mueve, el dios de yelo, el dios que me devora?
Su silencio es espejo de mi vida,   en mi vida su muerte se
prolonga: soy el error final de sus errores.
Hoy recuerdo a los muertos de mi casa. El pensamiento disipado, el acto disipado, los nombres esparcidos (lagunas, zonas nulas, hoyos
que escarba terca la memoria),
la dispersión de los encuentros,  el yo, su guiño abstracto, compartido siempre por otro (el mismo) yo, las iras, el deseo y sus máscaras, la víbora enterrada, las lentas erosiones, la espera, el miedo, el acto
y su reverso: en mí se obstinan, piden comer el pan, la fruta, el cuerpo, beber el agua que les fue negada.
Pero no hay agua ya, todo está seco,
no sabe el pan, la fruta amarga, amor domesticado, masticado,
en jaulas de barrotes invisibles 
mono onanista y perra amaestrada, lo que devoras te devora, tu víctima también es tu verdugo.
Montón de días muertos, arrugados
periódicos, y noches descorchadas y en el amanecer de párpados hinchados el gesto con que deshacemos el nudo corredizo,
la corbata, y ya apagan las luces en la calle -saluda al sol, araña, no seas rencorosa- y más muertos que vivos entramos en la cama. Es un desierto circular el mundo, el cielo está cerrado y el infierno vacío.


LA VIDA SENCILLA

LLAMAR al pan el pan y que aparezca sobre el mantel el pan de cada día; darle al sudor lo suyo y darle al sueño y al breve paraíso y al infierno y al cuerpo y al minuto lo que piden; reír como el mar ríe, el viento ríe, sin que la risa suene a vidrios rotos; beber y en la embriaguez asir la vida; bailar el baile sin perder el paso; tocar la mano de un desconocido en un día de piedra y agonía y que esa mano tenga la firmeza que no tuvo la mano del amigo; probar la soledad sin que el vinagre haga torcer mi boca, ni repita mis muecas el espejo, ni el silencio se erice con los dientes que rechinan: estas cuatro paredes -papel, yeso, alfombra rala y foco amarillento- no son aún el prometido infierno; que no me duela más aquel deseo, helado por el miedo, llaga fría, quemadura de labios no besados: el agua clara nunca se detiene y hay frutas que se caen de maduras; saber partir el pan y repartirlo, el pan de una verdad común a todos, verdad de pan que a todos nos sustenta, por cuya levadura soy un hombre, un semejante entre mis semejantes; pelear por la vida de los vivos, dar la vida a los vivos, a la vida, y  enterrar a los muertos y olvidar los como la tierra los olvida: en frutos...Y que a la hora de mi muerte logre morir como los hombres y me alcance el perdón y la vida perdurable del polvo, de los frutos y del polvo.

ENVÍO

Tal sobre el muro rotas uñas graban
un nombre, una esperanza, una blasfemia, sobre el papel, sobre la arena, escribo estas palabras mal encadenadas. Entre sus secas sílabas acaso un día te detengas: pisa el polvo, esparce la ceniza, sé ligera 
como la luz ligera y sin memoria 
que brilla en cada hoja, en cada piedra, dora la tumba y dora la colina y nada la detiene ni apresura.

Calamidades y milagros


ENTRE LA PIEDRA Y LA FLOR


A Teodoro Cesarman


AMANECEMOS piedras.
Nada sino la luz. No hay nada sino la luz contra la luz.
La tierra: palma de una mano de piedra. El agua callada en su tumba calcárea. El agua encarcelada, húmeda lengua humilde que no dice nada. 
Alza la tierra un vaho. 
Vuelan pájaros pardos, barro alado. 
El horizonte: unas cuantas nubes arrasadas. Planicie enorme, sin arrugas. El henequén, índice verde, divide los espacios terrestres. Cielo ya sin orillas.


II
¿Qué tierra es ésta?¿Qué violencias germinan
bajo su pétrea cascara, qué obstinación de fuego ya frío, años y años como saliva que se acumula y se endurece y se aguza en púas? Una región que existe antes que el sol y el agua alzaran sus banderas enemigas, una región de piedra creada antes del doble nacimiento de la vida y la muerte. En la llanura la planta se implanta en vastas plantaciones militares.
Ejército inmóvil frente al sol giratorio y las nubes nómadas. El henequén, verde y ensimismado, brota en pencas anchas y triangulares: es un surtidor de alfanjes vegetales. El henequén es una planta armada. Por sus fibras sube una sed de arena. Viene de los reinos de abajo, empuja hacia arriba y en pleno salto su
chorro se detiene, convertido en un hostil penacho, verdor que acaba en puntas. Forma visible de la sed invisible.
El agave es verdaderamente admirable: su violencia es quietud, simetría su quietud. Su sed fabrica el licor que lo sacia: es un alambique que se destila a sí mismo.
Al cabo de veinticinco años alza una flor, roja y única. Una vara sexual la levanta, llama petrificada. Entonces muere.


III

Entre la piedra y la flor, el hombre: el nacimiento que nos lleva a la muerte, la muerte que nos lleva al nacimiento. El hombre, sobre la piedra lluvia persistente y río entre llamas y flor que vence al huracán y pájaro semejante al breve relámpago: el hombre entre sus frutos y sus obras. El henequén, verde lección de geometría sobre la tierra blanca y ocre. Agricultura, comercio, industria, lenguaje. Es una planta vivaz y es una fibra, es una acción en la Bolsa y es un signo. Es tiempo humano, tiempo que se acumula, tiempo que se dilapida. La sed y la planta, la planta y el hombre, el hombre, sus trabajos y sus días. 
Desde hace siglos de siglos tú das vueltas y vueltas 
con un trote obstinado de animal humano: tus días son largos como años y de año en año tus días marcan el paso; no el reloj del banquero ni el del líder: el sol es tu patrón, de sol a sol es tu jornada y tu jornal es el sudor, rocío de cada día que en tu calvario cotidiano se vuelve una corona transparente -aunque tu cara no esté impresa en ningún lienzo de Verónica 
ni sea la de la foto del manda más en turno 
que multiplican los carteles: tu cara es el sol gastado del centavo, universal rostro borroso;
tú hablas una lengua que no hablan
los que hablan de ti desde sus púlpito
y juran por tu nombre en vano, los tutores de tu futuro, los albaceas de tus huesos: tu habla es árbol de raíces de agua, subterráneo sistema fluvial del espíritu, y tus palabras van -descalzas, de puntillas-de un silencio a otro silencio; tú eres frugal y resignado y vives, como si fueras pájaro, de un puño de pinole en un jarro de atole; tú caminas y tus pasos son la llovizna en el polvo; tú eres aseado como un venado; tú andas vestido de algodón y tu calzón y tu camisa remendados son más blancos que las nubes blancas; tú te emborrachas  con licores lunares y subes hasta el grito como el cohete y como él, quemado, te desplomas; tú recorres hincado las estaciones 
y vas del atrio hasta el altar y del altar al atrio 
con las rodillas ensangrentadas y el cirio que llevas en la mano gotea gotas de cera que te queman;
tú eres cortés y ceremonioso y comedido y un poco hipócrita como todos los devotos y eres capaz de triturar con una piedra el cráneo del cismático y el del adúltero; tú tiendes a tu mujer en la hamaca y la cubres con una manta de latidos; tú, a las doce, por un instante, suspendes el quehacer y la plática, 
para oír, repetida maravilla, dar la hora al pájaro, reloj de alas; tú eres justo y tierno y solícito con tus pollos, tus cerdos y tus hijos; como la mazorca de maíz tu dios está hecho de muchos santos y hay muchos siglos en tus años; un guajolote era tu único orgullo
y lo sacrificaste un día de copal y en salmos; tú llueves la lluvia de flores amarillas, gotas de sol, sobre el hoyo de tus muertos-mas no es el ritmo oscuro, el renacer de cada día y el re morir de cada noche, lo que te mueve por la tierra:

IV
El dinero y su rueda, el dinero y sus números huecos, el dinero y su rebaño de espectros. El dinero es una fastuosa geografía: montañas de oro y cobre, ríos de plata y níquel, árboles de jade y la hojarasca del papel moneda. Sus jardines son asépticos, su primavera perpetua está congelada, son flores son piedras preciosas sin olor, sus pájaros vuelan en ascensor, sus estaciones giran al compás del reloj. El planeta se vuelve dinero, el dinero se vuelve número, el número se come al tiempo, el tiempo se come al hombre, el dinero se come al tiempo. La muerte es un sueño que no sueña el dinero. El dinero no dice tú eres: el dinero dice cuánto. Más malo que no tener dinero es tener mucho dinero. Saber contar no es saber cantar.
Alegría y pena ni se compran ni se venden.
La pirámide niega al dinero, el ídolo niega al dinero, el brujo niega al dinero, la Virgen, el Niño y el Santito niegan al dinero. El analfabetismo es una sabiduría ignorada por el dinero. El dinero abre las puertas de la casa del rey, cierra las puertas del perdón. El dinero es el gran prestidigitador. Evapora todo lo que toca: 
tu sangre y tu sudor, tu lágrima y tu idea. El dinero te vuelve ninguno. Entre todos construimos el palacio del dinero: el gran cero. No el trabajo: el dinero es el castigo. El trabajo nos da de comer y dormir:
el dinero es la araña y el hombre la mosca! El trabajo hace las cosas: el dinero chupa la sangre de las cosas. El trabajo es el techo, la mesa, la cama: el dinero no tiene cuerpo ni cara ni alma. El dinero seca la sangre del mundo, sorbe el seso del hombre. Escalera de horas y meses y años: allá arriba encontramos a nadie. Monumento que tu muerte levanta a la muerte.


Mérida, 1937/México, 1976.









No comments: