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Saturday, October 08, 2016

Oliverio Girondo




PAISAJE BRETÓN

Douarnenez, en un golpe de cubilete,
empantana
entre sus casas corrió dados,
un pedazo de mar,
con un olor a sexo que desmaya.
¡Barcas heridas, en seco,
con las alas plegadas!
¡Tabernas que cantan
con una voz de orangután!
Sobre los muelles,
mercurizados por la pesca,
marineros que se agarran de los brazos
para aprender a caminar,
 y van a estrellarse
con un envión de ola
 en las paredes;
mujeres salobres,
enyodadas,
de ojos acuáticos,
de cabelleras de alga,
que repasan las redes colgadas de los techos
como velos nupciales.
El campanario de la iglesia,
es un escamoteo de prestidigitación,
saca de su campana
una bandada de palomas.
Mientras las viejecitas,
con sus gorritos de dormir,
entran a la nave
para emborracharse de oraciones,
 para que el silencio
deje de roer por un instante
las narices de piedra de los santos.

Douarnenez, julio, 1920.


CAFÉ-CONCIERTO

Las notas del pistón describen trayectorias de cohete,
vacilan en el aire, se apagan antes de darse contra el suelo.
Salen unos ojos pantanosos, con mal olor, unos dientes
podridos por el dulzor de las romanzas, unas piernas que
hacen humear el escenario.
La mirada del público tiene más densidad y más calorías
que cualquier otra, es una mirada corrosiva que atraviesa
las mallas y apergamina la piel de las artistas.
Hay un grupo de marineros encandilados ante el faro que
un “maquereau” tiene en el dedo meñique, una reunión de
prostitutas con un relente a puerto, un inglés que fabrica
niebla con sus pupilas y su pipa.
La camarera me trae, en una bandeja lunar, sus senos
semi-desnudos... unos senos que me llevaría para
calentarme los pies cuando me acueste.
El telón, al cerrarse, simula un telón entreabierto.

Brest, agosto, 1920


CROQUIS EN LA ARENA

La mañana se pasea en la playa empolvada de sol.
Brazos.
Piernas amputadas.
Cuerpos que se reintegran. Cabezas flotantes de caucho.
Al tornearles los cuerpos a las bañistas, las olas alargan
sus virutas sobre el aserrín de la playa.
¡Todo es oro y azul!
La sombra de los toldos. Los ojos de las chicas que se
inyectan novelas y horizontes. Mi alegría, de zapatos de
goma, que me hace rebotar sobre la arena.
Por ochenta centavos, los fotógrafos venden los cuerpos
de las mujeres que se bañan.
Hay quioscos que explotan la dramaticidad de la
rompiente. Sirvientas cluecas. Sifones irascibles, con
extracto de mar. Rocas con pechos algosos de marinero y
corazones pintados de
esgrimista. Bandadas de gaviotas, que fingen el vuelo
destrozado
de un pedazo blanco de papel.
¡Y ante todo está el mar!
¡El mar!... ritmo de divagaciones. ¡El mar! con su baba y
con su epilepsia.
¡El mar!... hasta gritar
¡BASTA!
como en el circo.

Mar del Plata, octubre, 1920.



NOCTURNO

Frescor de los vidrios al apoyar la frente en la ventana.
Luces trasnochadas que al apagarse nos dejan todavía más
solos. Telaraña que los alambres tejen sobre las azoteas.
Trote hueco de los jamelgos que pasan y nos emocionan sin
razón.
¿A qué nos hace recordar el aullido de los gatos en celo, y
cuál será la intención de los papeles que se arrastran en los
patios vacíos?
Hora en que los muebles viejos aprovechan para sacarse
las mentiras, y en que las cañerías tienen gritos
estrangulados, como si se asfixiaran dentro de las paredes.
A veces se piensa, al dar vuelta la llave de la electricidad,
en el espanto que sentirán las sombras, y quisiéramos
avisarles para que tuvieran tiempo de acurrucarse en los
rincones. Y a veces las cruces de los postes telefónicos,
sobre las azoteas, tienen algo de siniestro y uno quisiera
rozarse a las paredes, como un gato o como un ladrón.
Noches en las que desearíamos que nos pasaran la mano
por el lomo, y en las que súbitamente se comprende que no
hay ternura comparable a la de acariciar algo que duerme.
¡Silencio! —grillo afónico que nos mete en el oído—.
¡Cantar de las canillas mal cerradas! —único grillo que le
conviene a la ciudad—.

Buenos Aires, noviembre, 1921.


RIO DE JANEIRO

La ciudad imita en-cartón, una ciudad de pórfido.
Caravanas de montañas acampan en los alrededores.
El “Pan de Azúcar” basta para almibarar toda la bahía...
El “Pan de Azúcar” y su alambre carril, que perderá el
equilibrio por no usar una sombrilla de papel.
Con sus caras pintarrajeadas, los edificios saltan unos
encima de otros y cuando están arriba, ponen el lomo, para
que las palmeras les den un golpe de plumero en la azotea.
El sol ablanda el asfalto y las nalgas de las mujeres,
madura las peras de la electricidad, sufre un crepúsculo, en
los botones de ópalo que los hombres usan hasta para
abrocharse la bragueta.
¡Siete veces al día, se riegan las calles con agua de
jazmín!
Hay viejos árboles pederastas, florecidos en rosas té; y
viejos árboles que se tragan los chicos que juegan al arco
en los paseos. Frutas que al caer hacen un huraco enorme
en la vereda; negros que tienen cutis de tabaco, las palmas
de las manos hechas de coral, y sonrisas desfachatadas de
sandía.
Sólo por cuatrocientos mil reis se toma un café, que
perfuma todo un barrio de la ciudad durante diez minutos.

Río de Janeiro, noviembre, 1920.


APUNTE CALLEJERO

En la terraza de un café hay una familia gris. Pasan unos
senos bizcos buscando una sonrisa sobre las mesas. El
ruido de los automóviles destiñe las hojas de los árboles. En
un quinto piso, alguien se crucifica al abrir de par en par
una ventana.
Pienso en dónde guardaré los quioscos, los faroles, los
transeúntes, que se me entran por las pupilas. Me siento
tan lleno que tengo miedo de estallar... Necesitaría dejar
algún lastre sobre la vereda...
Al llegar a una esquina, mi sombra se separa de mí, y de
pronto, se arroja entre las ruedas de un tranvía.


  
MILONGA

Sobre las mesas, botellas decapitadas de “champagne”
con corbatas blancas de payaso, baldes de níquel que
trasuntan enflaquecidos brazos y espaldas de “cocottes”.
El bandoneón canta con esperezos de gusano baboso,
contradice el pelo rojo de la alfombra, imanta los pezones,
los pubis y la punta de los zapatos.
Machos que se quiebran en un corte ritual, la cabeza
hundida entre los hombros, la jeta hinchada de palabras
soeces.
Hembras con las ancas nerviosas, un poquitito de espuma
en las axilas, y los ojos demasiado aceitados.
De pronto se oye un fracaso de cristales. Las mesas dan
un corcovo y pegan cuatro patadas en el aire. Un enorme
espejo se derrumba con las columnas y la gente que tenía
dentro; mientras entre un oleaje de brazos y de espaldas
estallan las trompadas, como una rueda de cohetes de
bengala.
Junto con el vigilante, entra la aurora vestida de violeta.

Buenos Aires, octubre, 1921



VENECIA

Se respira una brisa de tarjeta postal.
¡Terrazas! Góndolas con ritmos de cadera. Fachadas que
reintegran tapices persas en el agua. Remos que no
terminan nunca de llorar.
El silencio hace gárgaras en los umbrales, arpegia un
“pizzicato” en las amarras, roe el misterio de las casas
cerradas.
Al pasar debajo de los puentes, uno aprovecha para
ponerse colorado.
Bogan en la Laguna, “dandys” que usan un lacrimatorio
en el bolsillo con todas las iridiscencias del canal, mujeres
que han traído sus labios de Viena y de Berlín para saborear
una carne de color aceituna, y mujeres que sólo se
alimentan de pétalos de rosa, tienen las manos incrustadas
de ojos de serpiente, y la quijada fatal de las heroínas
d’Annunzianas.
¡Cuando el sol incendia la ciudad, es obligatorio ponerse
un alma de Nerón!
En los “piccoli canali” los gondoleros fornican con la
noche,
anunciando su espasmo con un triste cantar, mientras la
luna engorda, como en cualquier parte, su mofletudo visaje
de portera.
Yo dudo que aún en esta ciudad de sensualismo, existan
falos más llamativos, y de una erección más precipitada,
que la de los badajos del “campanile” de San Marcos.

Venecia, julio, 1921.


EXVOTO

A las chicas de Flores

Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces, como las
almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan
moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de
mariposa.
Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos,
para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las
mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el
sexo se les caiga en la vereda.
Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar
del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos
se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a
remolque de sus mamas —empavesadas como fragatas—
van a pasearse por la plaza, para que los hombres les
eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se
enciendan y se apaguen como luciérnagas.
Las chicas de Flores, viven en la angustia de que las
nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado
pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a
veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé,
ya que no tienen el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos
y arrojárselo, a todos los que les pasan la vereda.

Buenos Aires, octubre, 1920.






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