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Monday, October 10, 2016

El pasaporte perdido: Silvina Ocampo




  "Certifico que Da. Claude Vildrac, de estado soltera, de profesión..., que sí lee y escribe, y cuya fotografía, impresión digitopulgar derecha y firma figuran al dorso, es nacida... 15 de abril de 1922... en el pueblo... Cap. Federal, Buenos Aires, Rep. Argentina... tiene 1m 40 cm de altura, el cutis de color blanco, cabello rubio, nariz de dorso recto, boca med. y orejas med."... Claude seguía las huellas de su cara con las dos manos y mirando el pasaporte pensaba: "No tengo que perder este pasaporte. Soy Claude Vildrac y tengo 14 años. No tengo que olvidarme; si pierdo este pasaporte ya nadie me reconocería, ni yo misma. No tengo que perder este pasaporte. Si llegara a perderlo, seguiría eternamente en este barco hasta que los años lo usaran y prepararan para un naufragio. Los barcos viejos tienen todos que naufragar, y entonces tendría que morirme ahogada y con el pelo suelto y mojado, fotografiada en los diarios: La chica que perdió su pasaporte". "Tengo que llegar a Liverpool, en donde me espera mi tía con el sombrero en la punta de la cabeza. Mi tía Mabel tiene una casa grande con cinco perros, tres daneses y dos galgos. Un galgo blanco que llegó fotografiado en una de las cartas breves de Mabel: 'This is my beautiful Lightning', nombre difícil para un perro, a quien hay que llamar muchas veces. Mi tía Mabel tiene un jardín con flores y una fábrica de tejidos. No quiero llegar demasiado pronto a Liverpool, porque los días a bordo son todos días de fiesta, y quiero tener muchos días de fiestas corriendo por la cubierta, sola, sola, sola, sin que nadie me cuide." "Alguien me preguntó si estaba triste, porque anoche apoyaba mis manos sobre mis ojos de sueño. No, no estaba triste; mi padre me recomendó al comisario de a bordo y a una familia de nombre extraño que se me olvida todo el tiempo. El día que salía del barco las campanas tocaban como en la elevación, y el comedor estaba lleno de olor a flores y los abrazos me hundieron tanto el sombrero que no veía más que los pies despedirse con pasos de baile. Mi padre me quitó el sombrero para verme los ojos, y en ese momento vi que había montones de ojos a mi alrededor que lloraban. Sentí que ése era un momento de la vida en que había que llorar. Refregué mis ojos y guardé mi pañuelo en la mano como un signo de llanto hasta el final de la despedida. "Cuando me dieron el último abrazo, las campanas sonaban como las campanillas de los helados en la calle." La sirena hacía temblar el barco, como si se fuera a romper tres veces, y después el silencio del agua se llenó de luces y de tres campanadas en el reloj de los ingleses. Buenos Aires ya estaba lejos. "Así son los viajes", pensaba Claude Vildrac, "tan distintos de lo que uno ha previsto." Sentada sobre la cama del camarote, leía su pasaporte como un libro de misa. Hacía ya una semana que se había embarcado a bordo del Transvaal, transatlántico flamante de banderitas y de estrellas. Antes de embarcarse habían visitado el barco ella y su madre, habían elegido el camarote, habían buscado corriendo el bote de salvamento correspondiente a un caso de naufragio. El terror le puso a Claude el rostro que tenía en el pasaporte, los ojos se le habían   ensanchado profundamente con las olas de las tormentas que hacen naufragar los barcos. Su madre se había reído, y a Claude le pareció un presagio funesto. Recordó que ese día habían almorzado en un restaurante que se llama La Sonámbula. En cada plato había una sonámbula chiquitita, de cabello suelto, con los brazos tendidos, cruzando un puente; esa sonámbula era más bien una mujer recién desembarcada de un naufragio, que perdió su pasaporte a los catorce años, su casa y su familia. Se asomó por el ojo de buey: el mar estaba azul marino, de tinta muy azul; el barco crujía suavemente de un lado al otro. Era increíble lo distinto que podía ser el mar de los baños de mar, el mar de las playas, del mar de a bordo, tan duro, tan impenetrable como las mesas de mármol veteadas de verde. Claude tenía el cabello húmedo de un baño de pileta, que había durado más de dos horas. Elvia la había retado. ¿Quién era Elvia? No sabía su apellido, no sabía quién era su padre ni su madre, y, sin embargo, Elvia era la persona a quien ella seguía a bordo todo el día; era la persona a quien daría su salvavidas el día del naufragio. Guardaba preciosamente un pedazo de cinta, con la cual Elvia se había atado el cabello el día de cruzar la línea. El comedor estaba lleno de luces aquella noche, la música de circo se había vuelto sentimental. Las mesas también estaban vestidas de baile, y los crackers eran de un verde de aguas marinas, con anchas mariposas y caballos de carrera y bailarinas y cazadores pintados encima. Pero Elvia no estaba vestida de baile; llevaba un vestido que lloraba de soledad en el brillo de la noche; los cinco frascos de perfume con que se había perfumado hacían como un jardín alrededor de ella, que la guardaba encerrada. ¿Quién era Elvia? "Una guaranga", decían "algunos". "Una mujer de la vida", había dicho un viejo, tapándose la boca, como si tosiera, al ver el cabello suelto y las piernas rasguñadas de Claude. "Una mujer de la vida" debería tener un traje negro de trabajadora, con grandes remiendos y zapatos gastados de caminar por la vida. Así veía Claude a "las mujeres de la vida", con la boca despintada y una gran bolsa en las espaldas, como los linyeras, caminando de estancia en estancia. Claude recordaba una mañana en que, corriendo por el decktennis, se había caído al suelo. Elvia la había recogido con un gesto maternal y le había vendado la rodilla lastimada con un pañuelo fino. Después, cuando se encontró sola, vio que la esquinita del pañuelo llevaba un nombre bordado: Elvia. Así había conocido a Elvia. Recostó su cabeza contra la frescura blanda de la almohada; las almohadas eran caracoles blancos donde se oye de noche el ruido del mar, sin necesidad de estar embarcada. Lo que más le gustaba de a bordo eran los desayunos por las mañanas, la música de circo, el miedo de los naufragios y Elvia. Pero de pronto un pez redondo, de aletas festoneadas por las grandes profundidades del mar, con un pico largo de medio metro, entró por la puerta volando; primero empezó a picar las peonías de un cuadro y después las bombitas de luz. El cuarto quedó en tinieblas, envuelto entre los tules rayados del mar. La angustia se apoderó de Claude: la angustia de haber perdido el espectáculo del naufragio. ¿El barco se habría hundido hacía ya cuánto tiempo? Y, de repente, de una bombita rota, surgió una llama imperceptible, que fue creciendo y derramándose por el suelo y sobre las sillas. El barco entero se iba a incendiar de ese modo. "¡Incendio, incendio!", todas las puertas de los camarotes se abrían a gritos. Claude salió corriendo, repitiendo el número del bote de salvamento, como una letanía. Subió las escaleras. Los botes estaban todos llenos de gente en camisón. Estaban todos los pasajeros: los que comían  en el comedor grande y los que comían en el comedor chico; estaban los mozos y los dos peluqueros, estaban los oficiales y los marineros, los músicos, los cocineros y las mucamas. Estaban todos, menos Elvia. Elvia venía caminando lejos, lejos, por el puente, y no llegaba nunca. Elvia, transformada en la sonámbula del plato, no llegaba nunca, nunca. Claude corría detrás de ella con el salvavidas en los brazos. El barco se hundía para siempre, llevándose su nombre y su rostro sin copia al fondo del mar.




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