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Saturday, October 15, 2016

El Pabellón de los Lagos: Silvina Ocampo



Debía de ser en el principio del verano, cuando los paseos se hacían más densos y más largos. Aquel día tenía una amiga nueva de la misma edad que ella; se habían hecho amigas a través de las risas que aumentaban en circunferencias cada vez mayores, como sobre el agua las circunferencias provocadas por las piedritas que tiraban en el lago de Palermo. Catalinita tenía una niñera buenísima porque le gustaba conversar con las otras niñeras; las desobediencias pasaban sin notarse a través de largas conversaciones que le hacían mover los ojos de derecha a izquierda vertiginosamente y que no le dejaban ver nada, salvo el placer de sus conversaciones; saboreaba sus palabras con un ruidito de lengua contra el paladar. Cuando concluía de conversar parecía que acababa de comer algún plato delicioso. Catalinita insensiblemente buscaba el paquete de caramelos que seguramente llevaba el bolsillo de su niñera. Catalinita jugaba frente al Pabellón de los Lagos. Era un pabellón milagroso adonde la llevaban cuando se había portado excepcionalmente bien, y entraba siempre como a una iglesia, con ganas de persignarse. Dentro de una caja de vidrio había una equilibrista rubia que bailaba sobre una cuerda floja. Bastaba poner diez centavos y la música era tan irresistible que la muñeca empezaba a bailar; estaba vestida con un vestido de tul blanco salpicado de espejitos que temblaban en cada uno de sus movimientos. Había también una gallina de oro que por veinte centavos ponía huevos floreados llenos de confites que nunca se comían.   Cuando Teresa, la nueva amiga, conoció por primera vez el Pabellón de los Lagos Catalinita también lo conoció, doblemente, por primera vez; sus ojos se llenaron del asombro de Teresa delante de la equilibrista que bailaba mejor que nunca. Tres veces la hicieron bailar, hasta que se acabaron las monedas de diez centavos; quedaba una de veinte para la gallina de oro. Catalinita adoraba tanto los zapatitos y el pelo suelto y lacio de Teresa, que le regaló el huevo divino, sintiendo crecer en ella la cara de una santa. Y ese día salieron del Pabellón de los Lagos con las dos cabezas vueltas hacia atrás, mirando en el fondo de los vidrios a la equilibrista desaparecida para siempre. El lago era encantado en la época en que existía el Pabellón de los Lagos, tan encantado que en las orillas del agua debajo de una palmera encontraron un caracol o una piedra preciosa. Catalinita dio un grito y las dos se sentaron en el suelo con los ojos en la maravilla del descubrimiento; se habían olvidado de la inalcanzable felicidad de los paseos en bote. El agua que llenaba el lago venía entonces de un mar lejano y desconocido, como el que hay en las playas de Biarritz; de tanto caminar, el agua se había embarrado los pies, pero no se había olvidado de traer piedras preciosas o caracoles verdes del color del mar. Catalinita apretó la piedra verde entre sus manos y se cortó la palma de la mano con el vidrio; gotitas de sangre redonditas como vaquitas de San José brotaban y se aplastaban contra el vestido blanco almidonado. Puso el caracol contra su oreja y oyó cantar el mar.




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