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Thursday, September 22, 2016

Astro terranalicio de la luz segunda: Macedonio Fernández


 
 Astro terranalicio de la luz segunda
astro terranalicio de la luz dulce
que con aventura extraña visitas las noches de la tierra, unas
sí y otras no, pero siempre de una noche para otra con diversa libertad
de visita, siempre o más breve o más detenida
y cada serie de tus visitas comienzas tímidamente y mitad decreces
noche a noche y mitad decreces noche a noche, haciéndote un visitante
diferente de noche en noche, para en mínimo ser cual comenzaste
partir a un no volver de algunos días.

Astro terranalicio de un día sí y otro no, de una vez
más y otra menos, pero que no dejas nunca de serlo.

¿Para qué astro eres entonces visita de sus noches, pues
no eres terrenal en tus ciertas ausencias, o es que los otros días
piensas en ti sola como sólo en la tierra en las noches de tu plena
luz?

Dile a un poeta que no lo sabe todo, si está hecha tu ausencia
con un pensar en ti, o quizá con un lucir a otro. Porque poeta es
saberlo todo.

Trechos de tu órbita la tierra no los sabe, y ella tan cierta
está de algún imposible tuyo para tenerse en sus noches y
este amor alternante no se enduda, en tanto en mí, hombre de continuidad
en humano amor me puso incurablemente en sospecha.

Pero te amamos tanto, astro de la luz segunda, tu dulce luz tanto amamos
memorizando a la tierra el sol no presente con tu luz recuerdo; yo al menos
te amo tanto, que cuando vuelves ceso de creer en tu ausencia de ayer y
de otros días. También como la tierra, yo creo que sólo
por imposible ayer no estabas.

Astro memorioso que esmeras un día de cada dos en tocar de diurnidad
la noche terrenal, cual si supieras que la memoria solar de la tierra solaricia
es desfalleciente de un día a otro alternado día y si antes
y después le has de hacer noches diurnales a la tierra
y lo haces tú, tú que no tienes olvido por ausencia,
tú que ausente por noches fías en la memoria de ti por la
tierra, inquiétaste por la memoria solar de la tierra.

Tutora de la fidelidad terrenal al recuerdo del sol, en eso eres solaricia;
pero eres terranalicia en tu fidelidad de compañía a la órbita
de la tierra.

He comprendido un misterio tuyo pero éste no.

Terranalicia tú, solaricia la tierra ¿es que velas por
toda la memoria en el mundo y amas más las memorias, por más
reales, que los presentes? Aquí callo sin comprender.

¿O es que no nos vienes en tu amor sino en un menos amor y en
principal cuida del amor solario de la tierra?

Cuando te veo recién arribada, alcanzado por ti nuestro borde,
pareciendo vacilar allí y como a emprender un rodar a lo largo del
horizonte por gustarlo, y luego te pliegas a un ascenso ¿qué
nos quieres decir así?

Quedemos sin saberlo hoy también; mañana, más tarde
para qué son nuestros días sino para trabajar más
y otra vez los misterios más enérgicamente, en buena hora
de mi espíritu contemplaré, escucharé el misterio
de tu sentido en el misterio todo.

Cuando tú quieres ser el ojo del ciprés y con un mirar
obseso aferras nuestra contemplación debemos comprenderte dolorida,
tanto como cuando nosotros en un no poder ya resistir nos revolvemos como
tú ahora
oh único astro que mira
(pues todos los otros saetan ásperos de chispas que nunca miraron).

Oh único astro de mirada,
nos revolvemos clamando hacia el no ser.

Y ya ahora te desprendiste del follaje y tiendes hacia el horizonte,
te serenas, vagas
y cuando la nubecilla en gran viento flota, te aguzas flecha disparada
de ella vertiginosa
para detenerte, serenarte cunado huiste bastante de aquel pasajero
copo al que le opusiste tu fuga, caprichosa triste
y complacida de tu juego y nuestro asombro, nos encaras con ligereza
y en fin vas cayendo con ladeado mirar distraído hacia el borde
del mundo.

Y ya te fuiste, con tus pobres dichas y quejas.
En toda la andanza, sólo en el perfil de los cipreses lloraste,
y tanto que pediste nuestra piedad.
Y ahora por faltar tuyo un cielo sin mirada en las noches,
ahora sólo habrá astros que agitan, no tú que
acompañas.

Oh, sí, acompañas
con cuántas gracias saltas de copa en copa siguiéndonos
entre los árboles con tus saltitos de luz a sombras.

El único mirar dulce que viene de lo alto es el tuyo
el chispear del viaje de indiferencia de las otras estrellas molesta
y agita, y no nos mira.

Heridos de ellas, corremos a ti cuando apareces
y con dolor nuestro comienza la ausencia tuya.

Sí; porque pudiera que el móvil chispear de las estrellas
sea dolor como hay dolor en nosotros
pero es que tú, luna, que también sufres, miras y acompañas.

Eres más sabia o afortunada en la mitigación participante.

Qué es la luna no lo sabemos hombres y aun artistas y poetas,
qué sentido tiene su ser y sus modos, su adhesión a la tierra,
su seguimiento al sol, su mediación mnemónica entre la tierra
y el sol y por qué quiere hacer diurnales unas y no otras de las
noches terrenas, y tantas cosas más neciamente explicadas, que de
ella ignoramos pero que sólo puede explicarlas la doctrina del misterio.

Que el sol te atrae, que la tierra también, que recibes la luz
del sol y sin amor, por fuerza la reflejas a la tierra, éstas no
son explicaciones; no se nos dice por qué el sol brilla, por qué
en torno suyo gira la luna en torno de la tierra, ya que pudo ser otramente;
por qué hay una luz interceptable, por qué hay una luz que
tiene sombras, por qué ceden a su paso unas cosas y otras no y hay
lo opaco y lo traslúcido.

Mecánica dirá por qué, pero yo no pregunto sino
para qué razón para el alma, pues conciencia se anula si
admite un mundo rígido, y todo el porqué físico no
es más que decirme el antes de algo, o sea una evasión no
una respuesta.

Lo que anhelamos explicar es qué debemos sentir y adivinar ante
estos hechos, ante el comportamiento lunar, qué nos quiere decir
y de qué manera concierta con el misterio total único. La
espontaneidad, el acontecer libre, no es una respuesta; es un renunciamiento
explicativo.

Todavía no poeta, no soy poeta, no hay poeta, pues de eso no
se sabe. Hasta ahora, pues, sólo vivimos.

Debió enseñarsenos y debimos entenderlo antes que nuestro
saber ignorado innato y luego nuestro acto nos hicieran gustar por primera
vez el pecho materno. ¿Pero cómo, se dirá, ha de esperar
el niño a conocer el sentido de la luna para empezar a nutrirse,
si en tanto morirá? ¿Pero por qué, digo yo, ha de
precisar nutrirse antes de entender el sentido de la luna y se ha de morir
si deja lo uno por lo otro? La ciencia nada explica, es evidente; pero
el poeta no lo dijo nunca tampoco, aún.

Y yo miraré la próxima luna todavía sin entenderla.

Oh luna, que puede amarse, bien me pareces pobrecita del cielo


  
  








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